El intermediario — John Grisham

La CIA consigue que un hombre salga de prisión, le proporciona una identidad nueva, lo esconde en Italia y espera pacientemente. No quiere salvarlo. Quiere descubrir quién intenta matarlo.

Joel Backman había sido uno de los grandes intermediarios de Washington: abogado, negociador y hombre capaz de abrir puertas entre empresas, políticos y poder. Después cometió el error de acercarse demasiado a un secreto relacionado con un sistema de vigilancia por satélite y terminó condenado a veinte años de prisión.

Seis años después recibe inesperadamente un indulto presidencial. Parece una segunda oportunidad, pero John Grisham convierte desde las primeras páginas una figura asociada a la clemencia en la pieza inicial de una operación de inteligencia. Backman vuelve a ser libre sólo en apariencia. En realidad acaba de convertirse en cebo.

Cubierta del ejemplar de El intermediario de John Grisham conservado en Librería5
El ejemplar de El intermediario conservado en Librería5.

Un indulto utilizado como trampa

The Broker apareció en Estados Unidos en enero de 2005. Grisham construyó la novela alrededor de una inversión narrativa muy sencilla: el indulto presidencial, que debería poner fin al castigo, se convierte aquí en el comienzo del verdadero peligro. Un presidente a punto de abandonar la Casa Blanca libera a Joel Backman tras recibir fuertes presiones de la CIA, pero ni el propio Backman conoce las razones completas que hay detrás de aquella decisión.

El antiguo abogado había alcanzado una posición extraordinaria dentro de Washington gracias a su capacidad para actuar precisamente como aquello que anuncia el título: un intermediario. Sabía quién necesitaba hablar con quién, cuánto podía valer una información, qué puerta debía abrirse y qué interés podía conectarse con otro. Su fortuna profesional dependía menos del conocimiento jurídico puro que de su habilidad para gestionar relaciones y secretos. Cuando aparece una información relacionada con un sofisticado sistema de vigilancia por satélite, intenta convertir también ese secreto en negocio. La operación fracasa y Backman termina desapareciendo dentro de una prisión federal.

La CIA sospecha, sin embargo, que detrás del sistema puede encontrarse alguna potencia extranjera y diseña un procedimiento brutal para averiguarlo. Backman es sacado del país en secreto, recibe documentación falsa, aprende una identidad nueva y es instalado en Italia. Cuando haya pasado suficiente tiempo y parezca haberse adaptado a su nueva existencia, su localización será filtrada discretamente a distintos servicios de inteligencia. La agencia sólo tendrá que observar quién intenta llegar hasta él.

La premisa central de la novela es casi experimental: Backman no necesita conocer por completo el secreto que desencadenó su caída. Basta con que varias potencias crean que todavía sabe algo por lo que merece la pena matarlo.

La situación produce una ironía especialmente eficaz. Durante años Backman utilizó la información de otros como instrumento de poder. Ahora es él quien ha sido convertido en información. Su identidad, sus movimientos y hasta el hecho de seguir vivo forman parte de una operación diseñada y administrada por personas que nunca le explicarán las reglas completas del juego.

Un hombre que tiene que aprender a no ser Joel Backman

La parte más interesante del personaje empieza precisamente cuando pierde aquello que lo había definido. El Backman anterior a la prisión disponía de clientes, teléfonos, dinero, empleados y acceso privilegiado al poder político. Sabía desenvolverse en Washington porque conocía la red invisible que conectaba a sus protagonistas. Después de seis años encarcelado y de una liberación controlada por la CIA, prácticamente todo ese capital ha desaparecido.

Grisham aprovecha esa degradación para convertir la supervivencia en un proceso de reconstrucción. Backman no puede limitarse a esconderse: debe aprender a ser otra persona. Le proporcionan un nombre distinto, ropa nueva, una biografía fabricada y profesores que lo introducen lentamente en el italiano. Tiene que controlar los gestos que podrían traicionarlo, acostumbrarse a no poder llamar a quienes conocía y aceptar que cualquier iniciativa aparentemente inocente puede revelar demasiado.

Hay en esa transformación algo más interesante que la simple preparación de un fugitivo. El antiguo intermediario había construido una personalidad basada en la capacidad de influir sobre otros; ahora descubre qué queda cuando nadie reconoce su nombre. La novela lo obliga a empezar por operaciones básicas: observar, memorizar, escuchar y aprender. Un hombre que antes hacía llamadas capaces de modificar decisiones importantes tiene que descubrir cómo pedir comida, moverse por una ciudad extranjera y recordar una ruta sin depender de nadie.

Eso modifica también nuestra relación con el personaje. Backman no es presentado como inocente injustamente perseguido. Su caída procede de su propia ambición y de la confianza excesiva en que siempre podría controlar la operación siguiente. Sin embargo, la desproporción entre sus errores y el mecanismo montado para sacrificarlo permite que el lector termine acompañando su intento de recuperar una autonomía que antes había dado por supuesta.

Bolonia como instrumento del suspense

Uno de los rasgos que distinguen El intermediario dentro de la obra de Grisham es la importancia de Italia y, especialmente, de Bolonia. El escenario no funciona únicamente como cambio pintoresco respecto de los tribunales y despachos estadounidenses. La ciudad forma parte del mecanismo narrativo porque Backman tiene que aprenderla al mismo tiempo que aprende a sobrevivir.

Las calles medievales, los pórticos, los recorridos cotidianos, cafés, restaurantes y plazas van componiendo una geografía práctica. Para un hombre que teme estar siendo vigilado, conocer una ciudad significa saber qué calle ofrece varias salidas, dónde puede observar sin ser visto, qué trayecto se ha repetido demasiadas veces y en qué momento una presencia empieza a parecer menos casual de lo que debería.

Grisham visitó repetidamente Bolonia mientras preparaba la novela y explicó después que la había considerado un lugar ideal para esconder a su protagonista. La ciudad terminó teniendo tanta presencia en el libro que, durante la presentación italiana de 2005, recibió del Ayuntamiento la Turrita d'argento, un reconocimiento concedido a personalidades no boloñesas que habían contribuido a proyectar la imagen de la ciudad.

Esta inmersión italiana produce además un ritmo peculiar. El suspense alterna momentos de amenaza con escenas aparentemente tranquilas en las que Backman estudia el idioma, camina, come o intenta adaptarse a su nueva vida. Pero la tranquilidad nunca es completa porque el lector conoce el experimento que se desarrolla detrás. Lo cotidiano está contaminado por una sospecha permanente: cualquiera de esos hábitos puede estar siendo observado.

Fotografía adicional del ejemplar de El intermediario de John Grisham conservado en Librería5
Otra vista del ejemplar de El intermediario conservado en Librería5.

Grisham sale del tribunal

John Grisham había construido ya en 2005 una de las carreras más reconocibles de la literatura comercial contemporánea. Desde Tiempo de matar y, sobre todo, el enorme éxito de La tapadera, su nombre había quedado unido al thriller jurídico. Abogados jóvenes enfrentados a grandes bufetes, jurados, corrupción empresarial, fiscalías, jueces y conflictos morales dentro del sistema judicial formaban un territorio que el autor conocía además por experiencia profesional.

El intermediario conserva parte de ese mundo, porque Backman es abogado y su antigua influencia pertenece al ecosistema político y jurídico de Washington, pero la novela cambia pronto de género dominante. No existe un gran proceso judicial que organice la trama ni una batalla final en los tribunales. La estructura pertenece mucho más claramente al espionaje: identidades falsas, vigilancia internacional, comunicaciones secretas, servicios de inteligencia enfrentados y un protagonista que necesita descubrir las reglas de una operación de la que forma parte sin haber dado su consentimiento.

Este desplazamiento no obliga a Grisham a abandonar aquello que mejor sabe hacer. Sigue interesado en los sistemas de poder y en las personas que aprenden a utilizarlos. Lo que cambia es el sistema. En sus thrillers judiciales, conocer el procedimiento puede permitir ganar un juicio; aquí el procedimiento permanece oculto y cada agencia conoce solamente una parte del tablero. La supervivencia depende de comprender lo suficiente antes que los demás.

El resultado es menos jurídico y más geopolítico, aunque continúa teniendo una característica muy reconocible del autor: la complejidad institucional nunca impide avanzar a la narración. Grisham utiliza satélites, agencias y conflictos internacionales sin convertir la novela en un tratado técnico. El lector sólo necesita comprender aquello que comprende Backman: existe una información extremadamente valiosa y demasiada gente está dispuesta a eliminarlo para controlar sus consecuencias.

La información puede valer más que quien la posee

El secreto tecnológico alrededor del cual gira la trama funciona casi como una abstracción narrativa. Saber exactamente cómo opera el sistema de satélites resulta menos importante que comprender la economía política creada a su alrededor. Una información vale porque alguien desea conocerla, porque otro quiere ocultarla y porque un tercero sospecha que puede utilizarla contra los demás.

Backman había hecho precisamente de esa lógica una profesión. Su negocio consistía en ocupar posiciones intermedias y saber cuánto podía valer un contacto. Por eso su caída tiene algo de justicia irónica: el hombre que comercializaba accesos termina convertido en el acceso que otros intentan comprar o destruir.

Grisham introduce además una visión bastante fría de los servicios de inteligencia. La CIA no libera a Backman porque crea que seis años de prisión hayan sido suficientes, ni porque pretenda proporcionarle una reinserción. Su bienestar es secundario. La agencia calcula que su exposición puede producir información útil y está dispuesta a correr el riesgo correspondiente porque quien arriesga la vida no pertenece realmente a quienes diseñan la operación.

La cuestión moral más incómoda no consiste en decidir si Backman merece simpatía. La novela pregunta qué ocurre cuando una institución puede justificar casi cualquier tratamiento de un individuo porque considera que el resultado pertenece a la seguridad nacional.

Eso introduce una segunda clase de espionaje, menos espectacular pero más inquietante. Backman no sabe quién lo vigila, pero tampoco sabe con precisión quién está de su lado. La misma organización que aparentemente lo protege ha preparado las condiciones para ponerlo en peligro. La distinción entre aliado y enemigo deja de depender de quién desea encontrarlo y pasa a depender de qué pretende hacer cada uno cuando lo encuentre.

El título y su pequeña ironía

The Broker se tradujo al castellano como El intermediario, una elección particularmente adecuada porque el título no describe solamente el trabajo anterior del protagonista. Contiene también el movimiento completo de la novela. Backman empieza siendo recordado por aquello que fue: el hombre situado entre grandes intereses que conseguía hacerlos circular a través de él. Sin embargo, al salir de prisión ha perdido precisamente esa posición.

Ahora otros son los intermediarios de su propia vida. La CIA decide dónde vive y con qué nombre. Funcionarios desconocidos organizan sus movimientos. Agencias extranjeras reciben información sobre él. Cada fragmento de su existencia circula a través de personas que Backman no puede ver. El intermediario ha sido desplazado al extremo pasivo de la operación.

Su verdadera lucha consiste, por tanto, en recuperar el control de la información. Correr puede servir durante unas horas; esconderse puede servir durante unos días. Pero para dejar de ser una pieza tiene que comprender quién mueve las demás piezas y volver a intervenir en el flujo de datos. La supervivencia depende de recuperar exactamente la habilidad que lo convirtió años antes en un hombre poderoso, aunque esta vez no la necesite para enriquecerse sino para conservar la vida.

Ahí está probablemente la mejor idea de la novela. Grisham no transforma mágicamente al viejo manipulador en héroe moral. Lo coloca en una situación donde su talento profesional sigue siendo útil pero su finalidad ha cambiado. El hombre que sabía negociar con secretos descubre finalmente qué ocurre cuando él mismo es el secreto negociado.

La edición española conservada en Librería5

El ejemplar conservado en Librería5 corresponde a la edición española publicada por Ediciones B dentro de la colección La Trama. La página legal identifica como título original The Broker y acredita la traducción a M. Antonia Menini. Se trata de la primera edición española, marzo de 2005, publicada prácticamente de forma simultánea a la aparición estadounidense de la novela.

Los créditos registran © 2005 by Belfry Holdings, Inc. y © Ediciones B, S. A., 2005. El volumen lleva ISBN 84-666-1966-6 y depósito legal CO-43-2005. La impresión fue realizada por Gráficromo en el Polígono Industrial Las Quemadas, Córdoba.

La edición pertenece a una etapa en la que Ediciones B presentaba dentro de La Trama numerosos thrillers internacionales de gran difusión. La propia solapa del ejemplar sitúa a Grisham junto a autores como John Katzenbach, Michael Connelly, Patricia Cornwell, Lee Child, Anne Perry o David Baldacci, una fotografía bastante precisa del thriller comercial que circulaba en España a mediados de los años dos mil.

Detalle del ejemplar de El intermediario de John Grisham conservado en Librería5
Detalle adicional del ejemplar de la edición de Ediciones B.
Título
El intermediario
Título original
The Broker
Autor
John Grisham
Primera publicación original
Doubleday, Estados Unidos, 2005
Traducción
M. Antonia Menini
Editorial
Ediciones B, S. A.
Colección
La Trama
Edición del ejemplar
Primera edición, marzo de 2005
Copyright
© 2005 Belfry Holdings, Inc.; © Ediciones B, S. A., 2005
ISBN
84-666-1966-6
Depósito legal
CO-43-2005
Impresión
Gráficromo, Polígono Industrial Las Quemadas, Córdoba
Género
Thriller político y de espionaje
Idioma
Castellano

El intermediario no es la novela que mejor representa el Grisham de tribunales, jurados y abogados idealistas, y precisamente por eso tiene interés dentro de su producción. Conserva su obsesión por las personas atrapadas dentro de grandes sistemas, pero sustituye el juzgado por una red internacional de servicios secretos y convierte el conocimiento jurídico del protagonista en algo menos útil que su vieja capacidad para interpretar el comportamiento humano.

La CIA cree haber diseñado una operación en la que Joel Backman sólo tiene que permanecer vivo el tiempo suficiente para revelar quién lo busca. El problema es que ha elegido como cebo a un hombre cuya profesión consistía precisamente en observar intereses, establecer conexiones y sobrevivir entre personas más poderosas que él. La pregunta de la novela deja entonces de ser únicamente quién llegará primero hasta Backman. Poco a poco aparece otra mucho más interesante: cuánto tardará el intermediario en comprender que para sobrevivir tiene que volver a serlo.

Fuentes utilizadas para contextualizar la obra