Una ciudad continúa funcionando mientras se derrumba. En el sótano del último café, dos viejos amigos discuten sobre la decadencia, la democracia y la pequeña porción de culpa que corresponde a cada hombre.
Cuando cerraron el último café de la avenida, todavía quedaban encendidas las farolas.
Aquello sorprendió a Pavel Andréievich. Durante años había supuesto que el fin de una civilización vendría acompañado de algún signo inequívoco: soldados atravesando las plazas, estatuas derribadas, incendios en los ministerios, campanas tocando a rebato. Pero las farolas continuaban encendiéndose puntualmente a las seis de la tarde, aunque ya no hubiera apenas transeúntes a quienes alumbrar. Los semáforos cambiaban del rojo al verde ante calles vacías. Los autobuses pasaban con retraso, pero pasaban. En las oficinas municipales todavía se sellaban documentos que nadie leería.
La ciudad moría con una cortesía administrativa admirable.
Pavel Andréievich había acudido al café por última vez porque allí se reunía, cada jueves, con Lev Románovich, antiguo profesor de historia natural, expulsado de la universidad muchos años atrás por haber declarado en una conferencia que las sociedades también podían enfermar.
No lo dijo como metáfora. Ese fue su error.
Explicó que una idea podía comportarse como un parásito, apropiarse del aparato reproductivo de una cultura y utilizarlo para propagarse. Afirmó también que ciertas creencias, aunque perjudiciales para quienes las sostenían, podían sobrevivir si ofrecían prestigio, consuelo moral o una ventaja inmediata. No culpó a ningún partido ni mencionó a ninguna minoría. Sin embargo, todos comprendieron que hablaba de ellos.
—Las sociedades no son organismos —le objetó entonces el decano.
—No —respondió Lev Románovich—. Son algo peor. Los organismos sienten dolor cuando se destruyen.
A la semana siguiente fue apartado de la docencia. Primero temporalmente. Luego, como ocurre con tantas cosas temporales, para siempre.
Cuando Pavel llegó al café, encontró las sillas apiladas sobre las mesas. El dueño estaba desenroscando las bombillas del techo.
—Cerramos —dijo sin mirarlo.
—Ya lo veo.
—No me refiero por hoy.
El hombre guardó las bombillas en una caja de cartón. Las envolvía una a una en hojas de periódico.
—¿Y Lev Románovich?
—En el sótano.
Pavel bajó por una escalera estrecha. Allí estaba el profesor, sentado junto a una estufa eléctrica que no calentaba. Sobre una mesa había dos vasos, una botella casi vacía y un periódico doblado.
—Sabía que vendrías —dijo Lev Románovich—. Las personas siempre acuden puntualmente a sus costumbres cuando el mundo se acaba. Es su manera de fingir que todavía existe un reloj.
Pavel se quitó el abrigo. En el sótano hacía más frío que en la calle.
—El dueño dice que cierra.
—El dueño huye mañana.
—¿Adónde?
—Al norte, creo. Aunque al norte ya están huyendo hacia el oeste, y en el oeste hacia el sur. Lo importante no es encontrar un lugar seguro, sino desplazarse en una dirección que permita pensar que uno ha tomado una decisión.
El profesor señaló el periódico.
En la portada podía leerse:
Pavel sonrió con amargura.
—¿Qué te parece?
—Me parece un titular.
—Entre líneas.
—Entre líneas hay papel.
Lev Románovich sirvió el resto de la botella.
—Te has vuelto prudente.
—Me he vuelto viejo.
—Es casi lo mismo.
Pavel se sentó frente a él. Durante unos segundos escucharon el zumbido inútil de la estufa.
—Han descubierto el miedo —dijo finalmente Pavel—. Eso es todo. Durante años creyeron que la historia avanzaba necesariamente hacia una tolerancia cada vez mayor. Pensaban que el progreso era una especie de ley física. Ahora miran hacia Oriente, ven lo que ciertos poderes, religiones y sociedades tienen preparado para ellos y corren a refugiarse bajo las banderas de quienes despreciaban ayer.
—Una tabla de salvación llena de clavos ardiendo.
—Exactamente.
—¿Y te satisface?
—No.
—Pero te confirma.
Pavel no respondió.
El profesor levantó el periódico y lo examinó como si estuviera estudiando el ala de un insecto.
—La gente confunde con frecuencia la satisfacción con la confirmación. Cuando llega la desgracia, algunos sufren por lo ocurrido; otros se alegran en secreto porque pueden decir: “Yo tenía razón”. Estos últimos sufren menos. La vanidad es un buen anestésico.
—No me alegro.
—Naturalmente. Tampoco nadie votó jamás por egoísmo. Nadie abandonó a sus hijos por comodidad. Nadie miró hacia otro lado por cobardía. Todos tuvieron circunstancias.
Pavel bebió de su vaso.
—No hay drama —dijo—. Bajo una perspectiva biológica, una civilización decadente debe desaparecer para que otra más resiliente pueda emerger. Es la evolución operando sobre los grupos.
Lev Románovich sonrió.
—Esa frase la pronuncian siempre los hombres que esperan sobrevivir a la desaparición.
—No espero sobrevivir.
—Entonces es todavía más vanidosa. Quieres morir comprendiendo.
Pavel apartó el vaso.
Arriba se oyó el golpe de una silla contra el suelo. El dueño maldijo y después continuó embalando su negocio.
—¿Niega usted que las civilizaciones mueran? —preguntó Pavel.
—No.
—¿Niega que algunas sean reemplazadas por otras más fuertes?
—No.
—Entonces, ¿qué objeta?
—La limpieza del razonamiento. Hablas de la muerte de millones de personas como si estuvieras describiendo la caída de las hojas. Dices “evolución” y con esa palabra lavas la sangre antes de que se haya derramado.
—No he dicho que sea justo.
—Tampoco has dicho que sea injusto. Has dicho que no hay drama.
Pavel miró las paredes húmedas. Por una grieta descendía un hilo de agua que había formado una mancha oscura detrás del profesor.
—El drama es una categoría humana —dijo—. A la historia le resulta indiferente.
—También a una piedra le resulta indiferente que un niño muera de frío. Sin embargo, no solemos pedir consejo político a las piedras.
Pavel suspiró. Aquella clase de conversación había sido habitual entre ellos durante treinta años. Antes discutían para acercarse a la verdad. Ahora discutían porque no les quedaba ninguna otra forma de intimidad.
—Un golpe de timón no puede corregir casi un siglo de deriva —dijo Pavel—. Occidente está moribundo. Entre todos lo hemos matado. Ahora unos lloran, otros buscan culpables y otros se envuelven en banderas nuevas. Pero todos remaron con la corriente.
—¿También tú?
—También yo.
El profesor se inclinó hacia delante.
—¿Votó usted?
Pavel frunció el ceño.
—¿Qué?
—Es una pregunta sencilla. ¿Votó usted?
—Sí.
—¿A Víctor Karev?
Pavel sonrió a pesar suyo.
—Sí. Voté por él.
—Y Víctor Karev hizo lo que quiso.
—Yo no voté para esto.
—¿Para qué votó?
—Para evitar lo otro.
—¿Y qué era lo otro?
—Lo que Víctor Karev decía que era lo otro.
Lev Románovich asintió gravemente.
—Comprendo. Votó usted contra la descripción que Víctor Karev hacía de sus adversarios.
—No simplifiques.
—Dios me libre. La complejidad es el escondite preferido de los responsables.
—No podía saber lo que ocurriría.
—¿No podía?
—No.
—Entonces era usted tonto.
Pavel apretó el vaso.
—No me insultes.
—He formulado una posibilidad. La otra es peor.
—¿Cuál?
—Que lo supiera, pero creyera que las consecuencias las pagarían otros.
El silencio se hizo más denso. Desde la calle llegó el sonido de una sirena. No era una alarma militar, sino una ambulancia. En aquella ciudad incluso las catástrofes respetaban el código de circulación.
—Todo el mundo lo hacía —murmuró Pavel.
Lev Románovich cerró los ojos.
—Ahí está. Por fin ha comparecido el verdadero soberano.
—¿Quién?
—Todo el mundo.
El profesor se levantó con dificultad. Caminó hasta una pequeña ventana situada a ras del techo. Solo se veían los zapatos de los transeúntes.
—Todo el mundo compraba aquello, repetía aquello, votaba aquello, deseaba aquello. Todo el mundo se endeudaba para mostrar su prosperidad. Todo el mundo despreciaba a sus padres y educaba a sus hijos para que despreciaran a sus abuelos. Todo el mundo llamaba libertad a sus apetitos y derechos a sus comodidades. Todo el mundo suponía que las fronteras, las leyes, los hospitales, las universidades y la paz eran fenómenos naturales, como la lluvia.
Se volvió hacia Pavel.
—¿Trae usted el teléfono nuevo?
—¿Qué tiene que ver?
—Enséñemelo.
—No seas ridículo.
—Vamos. Muéstreme su nuevo iPhone para que pueda admirar su alto estatus.
Pavel metió la mano en el bolsillo. El aparato pesaba allí como un objeto culpable.
—El antiguo dejó de funcionar.
—Naturalmente. También la civilización dejó de funcionar, pero esa no pudo cambiarla por el modelo siguiente.
—No he venido para que me juzgues.
—Todo el mundo viene a ser juzgado, Pavel Andréievich. Lo que ocurre es que desea elegir al juez.
El dueño bajó al sótano.
—Tenéis que marcharos. Cortarán la electricidad en media hora.
—¿Por impago? —preguntó el profesor.
—Por reorganización.
—Ah. Esa palabra es más cara.
El hombre dejó dos velas sobre la mesa y volvió a subir.
Pavel miró el periódico.
—Ahora cambiarán de pastor.
—Sí.
—Pero el nuevo pastor no es demócrata.
Lev Románovich encendió una vela.
—La democracia es una anomalía histórica, una gota en un mar de acontecimientos. ¿Está usted seguro de que existió alguna vez?
—Votábamos.
—También se vota en los consejos de administración.
—Había prensa libre.
—Propiedad de seis personas.
—Había tribunales.
—Para quienes podían permitirse llegar hasta ellos.
—Había derechos.
—Escritos en papeles que los satisfechos no necesitaban leer y que los desesperados no podían hacer cumplir.
—Entonces todo fue un espejismo.
—No necesariamente. Un espejismo puede estar formado por agua real que se encuentra en otro lugar.
Pavel observó la llama. La luz alteraba el rostro del profesor, profundizaba sus mejillas y le daba el aspecto de un santo famélico o de un criminal arrepentido.
—Nos dijeron que aquello era democracia.
—Y usted les creyó.
—¿Qué otra cosa podía hacer?
—Nada.
Pavel levantó la cabeza.
—¿Nada?
—Nada de nada.
—Ahí está. Hasta tú, que te consideras tan escéptico, me das la razón. No había alternativa.
—No me ha comprendido. Usted votó, participó, celebró, compartió sus consignas e indirectamente legitimó aquello. Después compró sus productos, imitó sus gestos y recompensó a sus propagandistas con su atención. Yo le digo que podía no haber hecho nada de todo aquello.
—¿Y eso habría cambiado el curso de la historia?
—Probablemente no.
—Entonces, ¿qué sentido habría tenido?
—No convertirse en aquello que ahora dice lamentar.
Pavel se echó hacia atrás.
—Eso es moral religiosa.
—No. Es contabilidad.
—¿Contabilidad?
—Cada hombre dispone de una pequeña parcela de causalidad. Minúscula, casi ridícula. No puede decidir el destino de una civilización, pero sí puede decidir qué añade a ella. Usted no podía detener el río. Podía abstenerse de escupir en el agua.
La luz eléctrica parpadeó dos veces.
—Hablas como si la abstención nos absolviera —dijo Pavel.
—No absuelve. Limita la culpa.
—¿Y de qué sirve una culpa menor cuando el resultado es el mismo?
—Al muerto, quizá de nada. Al asesino, mucho.
Pavel se levantó bruscamente.
—No somos asesinos.
—No. Somos algo más vulgar.
—¿Qué?
—Colaboradores estadísticos.
La electricidad se apagó.
La estufa dejó de zumbar. Solo quedaron las dos velas y el resplandor lejano de las farolas, que entraba débilmente por la ventana.
Durante algunos minutos permanecieron en silencio.
—Mañana entra el nuevo gobierno —dijo Pavel.
—Lo sé.
—Disolverán el parlamento.
—Probablemente.
—Prohibirán asociaciones.
—Algunas.
—Detendrán a gente.
—Sin duda.
—¿Y tú dices que no hay drama?
Lev Románovich lo miró con cansancio.
—No. Eso lo has dicho tú.
Pavel volvió a sentarse.
—Quise decir que, desde la perspectiva de la historia...
—La historia no tiene perspectiva. Tiene supervivientes.
—La corriente era demasiado fuerte.
—Siempre lo es cuando se nada a favor de ella.
—Millones hicieron lo mismo.
—Por eso fue tan fácil.
—Nos engañaron.
—Porque querían ser engañados.
—Nos prometieron seguridad.
—A cambio de obediencia.
—Nos prometieron libertad.
—A cambio de aislamiento.
—Nos prometieron prosperidad.
—A crédito.
—Nos prometieron que todo derecho conquistado era irreversible.
—Como si el universo hubiera firmado un contrato.
Pavel apoyó los codos sobre la mesa y se cubrió el rostro.
—Entonces, ¿qué debimos hacer?
—Lo que nadie quiere hacer mientras las cosas van bien.
—¿Qué?
—Renunciar.
La palabra quedó suspendida entre ambos.
—¿Renunciar a qué?
—A una comodidad cuando destruye una institución. A una ventaja cuando corrompe una regla. A una mentira cuando favorece a los nuestros. A un placer cuando otro paga su precio. A la absolución inmediata. Renunciar incluso a tener razón cuando tener razón solo sirve para odiar mejor.
Pavel se rio sin alegría.
—Eso es pedir santidad a las masas.
—No. Es pedir límites. La santidad habría sido suficiente en unos pocos. Los límites eran necesarios en muchos.
Arriba, el dueño arrastró la última caja. Después se oyó cerrarse la puerta del café.
Los dos hombres quedaron solos.
—El titular tiene razón —dijo Pavel—. Están virando.
—Todos viran cuando sienten la cascada.
—Demasiado tarde.
—Casi siempre.
—¿No es legítimo que busquen protección?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué los desprecias?
—No los desprecio. Los compadezco.
—Suena peor.
—Porque han descubierto que la historia no era una madre, sino un río. Remaron alegremente mientras la corriente coincidía con sus deseos. Ahora ven espuma delante y creen que basta con cambiar de bandera para cambiar la dirección del agua.
—Quizá el nuevo poder los proteja.
—Quizá.
—No lo crees.
—Un lobo puede proteger a una oveja de otro lobo. Durante un tiempo.
Pavel volvió a mirar el periódico. La fotografía mostraba una manifestación: banderas antiguamente enemigas aparecían juntas, sostenidas por personas que unos años atrás se habrían insultado mutuamente.
—Es grotesco.
—Es humano.
—Primero contribuyen a destruir el mundo que los toleraba. Después llaman salvadores a quienes jamás los toleraron.
—También quienes los toleraban dejaron de tolerarse a sí mismos.
—No empieces con paradojas.
—No es una paradoja. Una civilización puede avergonzarse tanto de su propia existencia que termine considerando virtud facilitar su reemplazo.
—Entonces admites que estaba enferma.
—Sí.
—Y que debía desaparecer.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque estar enfermo no obliga moralmente a morir.
—Biológicamente, sí.
—Otra vez la biología. Los hombres recurren a la naturaleza cuando quieren declarar inevitable aquello que han elegido.
Pavel calló.
Desde algún punto de la ciudad llegó un estruendo sordo. Después otro. Tal vez estaban levantando barricadas. Tal vez derribaban una estatua. Tal vez solo había caído un contenedor.
La mayoría de los acontecimientos históricos sonaban, desde lejos, como trabajos de mantenimiento.
—¿Tienes miedo? —preguntó Pavel.
—Mucho.
—No lo parece.
—La edad vuelve educado al miedo.
—¿Y qué harás mañana?
—Nada.
Pavel levantó la vista.
—¿Nada de nada?
—No acudiré a la ceremonia. No aplaudiré. No publicaré mensajes de esperanza. No llamaré inevitable a la humillación. No repetiré que el nuevo pastor es necesario porque el anterior era incompetente. Tampoco fingiré que soy inocente.
—Te detendrán.
—Puede ser.
—¿Y de qué servirá?
—Ya te lo he dicho: de nada.
—Eso es absurdo.
—La dignidad suele parecer absurda porque carece de departamento de publicidad.
Pavel se puso el abrigo.
—Yo me marcharé al norte.
—Allí también llegará el río.
—Entonces seguiré avanzando.
—Hasta que el mapa se termine.
—¿Qué propones? ¿Que me quede aquí esperando?
—No propongo nada. Las recetas son el último entretenimiento de las civilizaciones moribundas. Comisiones, manifiestos, conferencias, gestos, performances. Pequeños berrinches contra la corriente del devenir. Anestésicos para el ego. Hacen creer a cada cual que ha combatido el incendio porque publicó una fotografía del humo.
—Entonces no hay cura.
—Para la historia, no. Para una persona, quizá.
—¿Cuál?
Lev Románovich tomó el periódico, lo dobló cuidadosamente y lo acercó a la vela. El papel prendió por una esquina. Durante unos instantes ardió el rostro sonriente del nuevo jefe de gobierno.
—No mentirse.
Dejó caer el periódico en un cubo metálico.
Las llamas iluminaron el sótano.
Pavel observó cómo desaparecían las palabras, primero los titulares, después las fotografías y finalmente la fecha. Pensó que así se consumían las épocas: no con una explosión, sino convirtiéndose lentamente en algo que ya no podía leerse.
—Entre todos lo matamos —dijo.
—Sí.
—Por egoísmo.
—Sí.
—Por individualismo.
—También.
—Por necesidad.
—A veces.
—Porque pensamos que no merecía vivir.
—Muchos lo pensaron.
—Y ahora buscamos culpables.
—Es más cómodo repartir una culpa inmensa que reconocer una pequeña culpa propia.
—Fueron los políticos.
—Y quienes los eligieron.
—Los periodistas.
—Y quienes los escucharon.
—Los empresarios.
—Y quienes compraron.
—Los intelectuales.
—Y quienes deseaban que les explicaran por qué sus apetitos eran virtudes.
—Las minorías.
—Y las mayorías.
—Los ricos.
—Y quienes querían parecer ricos.
—Los extranjeros.
—Y los nacionales.
—Los otros.
Lev Románovich sonrió tristemente.
—Siempre los otros.
El fuego se extinguió. En el cubo quedó una ceniza frágil.
Pavel subió la escalera. Al llegar a la calle, se detuvo.
La avenida estaba desierta. Las farolas continuaban encendidas. En los escaparates vacíos, las pantallas publicitarias mostraban rostros felices: familias comiendo, jóvenes viajando, ancianos sonrientes, automóviles avanzando por carreteras sin tráfico. Una ciudad inexistente seguía vendiéndose a otra que ya había desaparecido.
Pavel sacó el teléfono. Tenía cuarenta y tres mensajes sin leer.
Unos culpaban al gobierno anterior. Otros culpaban al nuevo. Algunos pedían resistencia. Otros recomendaban prudencia. Había quienes anunciaban que siempre habían advertido lo que ocurriría, aunque Pavel recordaba perfectamente que no habían advertido nada. Dos amigos le enviaban fotografías de sus maletas. Un antiguo compañero celebraba la llegada del orden. Una mujer a quien no veía desde hacía veinte años había escrito:
No podíamos saberlo.
Pavel comenzó a responder.
Escribió que todos habían sido engañados. Después borró la frase.
Escribió que la culpa era de los extremistas. También la borró.
Escribió que las circunstancias habían sido demasiado complejas para juzgar a nadie. Permaneció mirando aquellas palabras durante unos segundos. Finalmente las borró.
El teléfono le mostró una notificación:
¿Desea compartir lo que está pensando?
Pavel contempló la pantalla luminosa. Después levantó la vista hacia el extremo de la avenida, donde las sombras parecían avanzar lentamente desde el palacio del parlamento.
Guardó el teléfono en el bolsillo.
Por primera vez en muchos años, no compartió nada.
Echó a andar hacia la estación.
Mientras caminaba, oyó detrás de él la voz de Lev Románovich, que había salido del café y permanecía inmóvil bajo una farola.
—¡Pavel Andréievich!
Pavel se volvió.
—¿Sí?
—Cuando le pregunten quién hizo esto, ¿qué responderá?
La nieve comenzaba a caer. Una nieve débil, casi vergonzosa, que se derretía al tocar el pavimento.
Pavel pensó en Víctor Karev, en los periódicos, en los votantes, en los satisfechos, en los temerosos, en los ricos, en los pobres, en quienes habían remado y en quienes simplemente se habían dejado llevar. Pensó también en sí mismo, en cada pequeña concesión que entonces le había parecido insignificante y que ahora regresaba formando una corriente única.
—Nosotros —respondió.
El profesor asintió.
Pavel continuó andando.
No sabía si aquella respuesta serviría para algo. Probablemente no. No detendría a los soldados, no reabriría el parlamento, no devolvería la confianza a los hombres ni haría retroceder el agua hacia su nacimiento.
No cambiaría nada.
Nada de nada.
Pero aquella noche, mientras la ciudad se preparaba para recibir a su nuevo pastor, un hombre caminó hacia la estación sin culpar a los otros.
Y quizá, en ciertos tiempos, eso sea lo más cerca que puede estar una criatura humana de nadar contra la corriente.