PRÓLOGO
Hay relatos que necesitan muchas páginas para construir un mundo y otros que, como Vanina Vanini, apenas necesitan unas cuantas para incendiarlo.
Stendhal enfrenta aquí dos pasiones absolutas: el amor y la causa. Vanina ama con la misma violencia con que Pietro Missirilli cree en Italia. Ninguno de los dos conoce la moderación. Para ella, el ser amado termina ocupando el horizonte entero; para él existe algo situado incluso por encima del amor: una patria que todavía no existe como Estado unificado, pero por la que está dispuesto a perder la libertad y la vida.
De ese choque nace el relato.
Publicado por primera vez en 1829 en el volumen IX de la Revue de Paris: journal critique, politique et littéraire, Vanina Vanini pertenece al Stendhal fascinado por Italia: sus pasiones, sus conspiraciones, sus aristocracias, sus cárceles, su violencia política y, sobre todo, esa peculiar convivencia entre un mundo antiguo que se resiste a morir y otro nuevo que todavía no ha conseguido nacer.
La Italia que aparece en estas páginas no es aún el Estado italiano. La península continúa fragmentada entre reinos, ducados, territorios sometidos a potencias extranjeras y los Estados Pontificios. Bajo esa superficie operan sociedades clandestinas como la Carbonería, en las que liberalismo, nacionalismo, conspiración y romanticismo político se mezclan hasta resultar difíciles de separar.
Pietro Missirilli pertenece a ese mundo.
No es solamente un conspirador. Stendhal lo convierte en una criatura poseída por una idea. Su patriotismo tiene algo religioso: acepta el sufrimiento, la cárcel e incluso la muerte con la naturalidad del mártir que considera secundaria su propia existencia frente a una causa superior.
Vanina Vanini pertenece aparentemente al extremo contrario. Es una joven aristócrata romana, orgullosa, inteligente, acostumbrada a despreciar a quienes la rodean. Sin embargo, cuando ama, lo hace con una radicalidad semejante. El amor deja de ser para ella un sentimiento y se transforma en voluntad.
Ahí reside una de las grandes crueldades del relato: Vanina y Pietro se parecen mucho más de lo que creen.
Ambos viven en lo absoluto.
Simplemente han elegido absolutos diferentes.
Stendhal podría haber convertido este conflicto en una sencilla exaltación romántica. Tenía todos los materiales para hacerlo: una princesa, un joven perseguido, sociedades secretas, encuentros clandestinos, fugas, cárceles, sacrificios y una Italia poblada por hombres dispuestos a morir por su libertad.
Pero Stendhal nunca termina de confiar en aquello que exalta.
Debajo del romanticismo aparece constantemente la mirada del observador. Hay entusiasmo, pero también ironía; heroísmo, pero también vanidad; amor sublime, pero también posesión; patriotismo, pero también fanatismo. Sus personajes avanzan convencidos de la grandeza de sus sentimientos mientras el narrador parece observarlos desde una distancia apenas perceptible, preguntándose hasta qué punto las grandes pasiones ennoblecen al hombre y hasta qué punto lo vuelven ciego.
Por eso Vanina Vanini puede producir inicialmente una impresión de exceso. Sus personajes sienten demasiado, deciden demasiado deprisa y llevan sus convicciones hasta consecuencias que un lector contemporáneo difícilmente consideraría razonables.
Pero ese exceso no es un defecto accidental.
Es el mecanismo del relato.
Stendhal lleva cada pasión hasta su límite para averiguar qué queda cuando dos valores que parecían nobles resultan incompatibles. El amor exige una cosa; el deber, otra. Y ninguna solución permite conservar intactos ambos mundos.
Es entonces cuando aparece el verdadero tema de Vanina Vanini: el desengaño.
No el desengaño entendido simplemente como decepción amorosa, sino como destrucción de una ilusión fundamental: la creencia de que aquello que amamos debe necesariamente poder reconciliarse con aquello que somos.
Vanina quiere a Pietro, pero quiere también que Pietro deje de ser aquello que precisamente lo convierte en Pietro.
Pietro ama a Vanina, pero existe dentro de él una fidelidad anterior y superior a ese amor.
La tragedia estaba, por tanto, contenida desde el principio en la propia estructura de sus sentimientos.
Y quizá por eso el final conserva todavía hoy su fuerza. Después de tanta exaltación, Stendhal no concede a sus personajes una reconciliación consoladora. No recompensa necesariamente la intensidad de sus pasiones. Simplemente deja que las consecuencias lleguen.
La presente edición de Librería 5 toma como texto de referencia la primera publicación de Vanina Vanini, aparecida en 1829 en el volumen IX de la Revue de Paris: journal critique, politique et littéraire.
Hemos preferido acudir a ese primer testimonio antes que partir de ediciones francesas posteriores, porque permite acercarnos cuanto sea posible al relato tal como fue ofrecido originalmente a sus primeros lectores.
La traducción busca conservar esa proximidad sin imponer al lector español del siglo XXI un castellano artificialmente envejecido. Stendhal escribió hace casi doscientos años; no creemos que sea necesario obligarlo además a hablar como una estatua.
Se ha procurado, por ello, mantener el significado, el ritmo, las diferencias de registro y las peculiaridades históricas del original, empleando al mismo tiempo un castellano literario natural. Allí donde una palabra pertenece específicamente al universo político, social o cultural de la época, se conservará cuando resulte útil y se explicará mediante nota antes que sustituirla silenciosamente por un concepto moderno que altere su sentido.
No pretendemos ofrecer el Stendhal definitivo.
Pretendemos algo quizá más sencillo y más honesto: abrir de nuevo el libro.
Casi dos siglos después, Vanina sigue queriendo poseer lo que ama. Pietro continúa dispuesto a sacrificarlo todo por una idea. Italia ya existe, los carbonarios han desaparecido y los palacios romanos pertenecen a otro mundo.
Pero el conflicto permanece.
Porque todavía seguimos preguntándonos qué debe prevalecer cuando el amor exige traicionarnos a nosotros mismos.
Y Stendhal, discretamente apartado al fondo de la escena, sigue contemplando cómo intentamos responder.
VANINA VANINI
O PARTICULARIDADES SOBRE LA ÚLTIMA VENTA DE CARBONARIOS DESCUBIERTA EN LOS ESTADOS DEL PAPA
Era una tarde de primavera de 182*. Toda Roma estaba en movimiento. El duque de B***, aquel célebre banquero, daba un baile en su nuevo palacio de la plaza de Venecia. Todo cuanto las artes de Italia y el lujo de París y Londres podían producir de más magnífico se había reunido para embellecer aquel palacio.
La concurrencia era inmensa. Las bellezas rubias y reservadas de la noble Inglaterra habían ambicionado el honor de asistir a aquel baile y llegaban en tropel. Las mujeres más hermosas de Roma rivalizaban con ellas por el premio de la belleza.
Una joven a quien el fulgor de sus ojos y sus cabellos de ébano proclamaban romana entró acompañada por su padre; todas las miradas la siguieron. Un orgullo singular se manifestaba en cada uno de sus movimientos.
Se veía a los extranjeros que llegaban maravillados por la magnificencia del baile.
—Las fiestas de ninguno de los reyes de Europa —decían— se acercan siquiera a esto. Los reyes no tienen un palacio de arquitectura romana; además, están obligados a invitar a las grandes damas de su corte. El duque de B*** sólo invita a mujeres hermosas.
Aquella noche había tenido fortuna con sus invitaciones; los hombres parecían deslumbrados.
Entre tantas mujeres notables surgió la cuestión de decidir cuál era la más bella. Durante algún tiempo la elección permaneció indecisa; pero finalmente la princesa Vanina Vanini, aquella joven de cabellos negros y ojos de fuego, fue proclamada reina del baile.
Enseguida, los extranjeros y los jóvenes romanos, abandonando los demás salones, se agolparon en aquel donde ella se encontraba. Su padre, el príncipe don Asdrubale Vanini, había querido que bailara primero con dos o tres soberanos alemanes.
Después aceptó las invitaciones de algunos ingleses muy apuestos y de elevada nobleza; pero sus maneras rígidas la aburrieron. Pareció divertirse más atormentando al joven Livio Savelli, que se mostraba profundamente enamorado de ella.
Era el joven más brillante de Roma y, además, también él era príncipe; pero, si le hubieran dado a leer una novela, habría arrojado el libro después de veinte páginas alegando que le producía dolor de cabeza. A los ojos de Vanina, aquello era una desventaja.
Hacia la medianoche comenzó a circular por el baile una noticia que causó bastante impresión. Un joven carbonario, detenido en el castillo de Sant’Angelo, acababa de escapar aquella misma tarde gracias a un disfraz y, en un exceso de audacia novelesca, al llegar al último puesto de guardia de la prisión había atacado a los soldados con un puñal. Sin embargo, él mismo había resultado herido. Los esbirros seguían por las calles el rastro de su sangre y confiaban en capturarlo de nuevo.
Mientras se relataba aquella aventura, don Livio Savelli, deslumbrado por la gracia y los triunfos de Vanina, con quien acababa de bailar, la acompañaba de regreso a su asiento y, casi enloquecido de amor, le dijo:
—Pero, por favor, ¿quién podría llegar a gustaros?
—Ese joven carbonario que acaba de escapar —respondió Vanina—. Al menos él ha hecho algo más que tomarse la molestia de nacer.
El príncipe don Asdrubale se acercó a su hija.
Era un hombre rico que desde hacía veinte años no ajustaba cuentas con su administrador, el cual le prestaba sus propias rentas a un interés muy elevado. Si uno se lo encontrara por la calle, lo tomaría por un viejo actor; apenas repararía en que llevaba las manos cargadas con cinco o seis enormes anillos engastados con gruesos diamantes.
Sus dos hijos se habían hecho jesuitas y después habían muerto locos. Él los había olvidado; pero le contrariaba que su única hija, Vanina, no quisiera casarse.
Tenía ya diecinueve años y había rechazado los partidos más brillantes. ¿Cuál era la razón? La misma que llevó a Sila a abdicar: su desprecio por los romanos.
Al día siguiente del baile, Vanina observó que su padre, el más negligente de los hombres, que jamás en su vida se había tomado la molestia de coger una llave, cerraba con gran cuidado la puerta de una pequeña escalera que conducía a unas habitaciones situadas en el tercer piso del palacio.
Aquellas habitaciones tenían ventanas que daban a una terraza adornada con naranjos.
Vanina salió a hacer algunas visitas por Roma. A su regreso, como la gran puerta del palacio estaba obstruida por los preparativos de una iluminación, el carruaje entró por los patios traseros.
Vanina levantó los ojos y vio con sorpresa que una de las ventanas de aquellas habitaciones que su padre había cerrado con tanto cuidado estaba abierta.
Se desembarazó de su dama de compañía, subió a los desvanes del palacio y, después de buscar durante largo rato, consiguió encontrar una pequeña ventana enrejada que daba a la terraza de los naranjos.
La ventana abierta que había observado se encontraba a sólo dos pasos de ella.
Sin duda aquella habitación estaba ocupada.
¿Pero por quién?
Al día siguiente, Vanina consiguió hacerse con la llave de una pequeña puerta que daba a la terraza de los naranjos. Se acercó de puntillas a la ventana, que seguía abierta. Una persiana le sirvió para ocultarse.
Al fondo de la habitación había una cama.
Y alguien estaba acostado en ella.
Su primer impulso fue retirarse; pero vio un vestido de mujer arrojado sobre una silla.
Al observar con más atención a la persona que estaba en la cama, advirtió que era rubia y, al parecer, muy joven. Ya no dudó de que se trataba de una mujer.
El vestido abandonado sobre la silla estaba ensangrentado; también había sangre en unos zapatos de mujer colocados sobre una mesa.
La desconocida hizo un movimiento y Vanina comprendió que estaba herida. Un gran lienzo manchado de sangre le cubría el pecho; estaba sujeto únicamente con unas cintas y resultaba evidente que no había sido colocado por la mano de un cirujano.
Vanina observó que todos los días, hacia las cuatro, su padre se encerraba en sus habitaciones y después iba a visitar a la desconocida. Al poco rato volvía a bajar y subía a su carruaje para dirigirse a casa de la condesa Vitteleschi.
En cuanto se marchaba, Vanina subía a la pequeña terraza desde donde podía observar a la desconocida.
Su sensibilidad se había despertado vivamente en favor de aquella joven tan desgraciada y trataba de adivinar su historia. El vestido ensangrentado arrojado sobre la silla parecía haber sido atravesado por varias puñaladas. Vanina podía contar los desgarrones.
Un día consiguió ver con mayor claridad a la desconocida. Sus ojos azules estaban fijos en el cielo; parecía rezar. Poco después, las lágrimas llenaron aquellos hermosos ojos.
A la joven princesa le costó mucho contenerse y no dirigirle la palabra.
Al día siguiente, Vanina se atrevió a ocultarse en la pequeña terraza antes de que llegara su padre.
Vio entrar a don Asdrubale en la habitación de la desconocida. Llevaba una pequeña cesta con provisiones. El príncipe parecía inquieto y habló muy poco. Lo hacía en voz tan baja que, aunque la puerta vidriera estaba abierta, Vanina no pudo entender sus palabras.
Se marchó enseguida.
«Esa pobre mujer debe de tener enemigos terribles —pensó Vanina— para que mi padre, con su carácter tan despreocupado, no se atreva a confiar en nadie y se tome la molestia de subir ciento veinte escalones todos los días.»
Una tarde, mientras Vanina adelantaba cautelosamente la cabeza hacia la ventana de la desconocida, sus miradas se encontraron y todo quedó descubierto.
Vanina cayó de rodillas y exclamó:
—Os quiero. Estoy enteramente a vuestro servicio.
La desconocida le hizo una señal para que entrara.
—¡Cuántas disculpas os debo! —exclamó Vanina—. ¡Qué ofensiva debe de haberos parecido mi estúpida curiosidad! Os juro que guardaré el secreto y, si lo exigís, no volveré jamás.
—¿Quién podría no sentirse feliz al veros? —dijo la desconocida—. ¿Vivís en este palacio?
—Naturalmente —respondió Vanina—. Pero veo que no me conocéis. Soy Vanina, hija de don Asdrubale.
La desconocida la miró sorprendida, se ruborizó intensamente y añadió:
—Permitidme esperar que vendréis a verme todos los días; pero desearía que el príncipe ignorase vuestras visitas.
El corazón de Vanina latía con fuerza. Los modales de la desconocida le parecían llenos de distinción.
Sin duda aquella pobre joven había ofendido a algún hombre poderoso. Quizá, en un arrebato de celos, había matado a su amante.
Vanina era incapaz de imaginar una causa vulgar para su desgracia.
La desconocida le explicó que había recibido una herida en el hombro que había penetrado hasta el pecho y le causaba grandes sufrimientos. Con frecuencia se le llenaba la boca de sangre.
—¡Y no tenéis cirujano! —exclamó Vanina.
—Ya sabéis que, en Roma —respondió la desconocida—, los cirujanos están obligados a informar a la policía con exactitud de todas las heridas que atienden. El príncipe se digna a vendar él mismo mis heridas con el lienzo que veis.
La desconocida evitaba, con perfecta elegancia, compadecerse de su propia desgracia.
Vanina estaba loca por ella.
Sin embargo, hubo algo que sorprendió enormemente a la joven princesa: en medio de una conversación sin duda muy seria, la desconocida tuvo grandes dificultades para contener unas repentinas ganas de reír.
—Sería muy feliz —le dijo Vanina— si supiera vuestro nombre.
—Me llaman Clémentine.
—Pues bien, querida Clémentine, mañana a las cinco vendré a veros.
Al día siguiente, Vanina encontró a su nueva amiga muy enferma.
—Quiero traeros un cirujano —dijo Vanina, abrazándola.
—Preferiría morir —respondió la desconocida—. ¿Iba yo a comprometer a quienes me han ayudado?
—El cirujano de monseñor Savelli-Catanzara, gobernador de Roma, es hijo de uno de nuestros criados —replicó vivamente Vanina—. Nos es completamente fiel y, por su posición, no tiene nada que temer de nadie. Mi padre no hace justicia a su fidelidad; mandaré llamarlo.
—¡No quiero ningún cirujano! —exclamó la desconocida con una vehemencia que sorprendió a Vanina—. Venid a verme y, si Dios ha de llamarme a su lado, moriré feliz entre vuestros brazos.
Al día siguiente, la desconocida estaba peor.
—Si me queréis —le dijo Vanina al marcharse—, aceptaréis ver a un cirujano.
—Si viene, mi felicidad se desvanecerá.
—Voy a mandar a buscarlo —repuso Vanina.
Sin decir nada, la desconocida la retuvo y tomó su mano, cubriéndola de besos.
Hubo un largo silencio. La desconocida tenía los ojos llenos de lágrimas.
Por fin soltó la mano de Vanina y, con el aire de quien se dispone a marchar hacia la muerte, le dijo:
—Tengo que haceros una confesión. Anteayer os mentí al decir que me llamaba Clémentine; soy un desgraciado carbonario…
Vanina, atónita, echó hacia atrás su silla y poco después se puso en pie.
—Comprendo —continuó el carbonario— que esta confesión va a hacerme perder el único bien que todavía me ata a la vida; pero sería indigno de mí engañaros. Me llamo Pietro Missirilli; tengo diecinueve años; mi padre es un pobre cirujano de Sant’Angelo-in-Vado y yo soy carbonario. Nuestra venta fue descubierta; me llevaron encadenado desde la Romaña hasta Roma. Me arrojaron a un calabozo iluminado día y noche por una lámpara y allí pasé trece meses.
»A un alma caritativa se le ocurrió ayudarme a escapar. Me vistieron de mujer. Cuando salía de la prisión y pasaba ante los guardias de la última puerta, uno de ellos maldijo a los carbonarios y yo le di una bofetada. Os aseguro que no fue una bravata inútil, sino simplemente una distracción.
»Perseguido aquella noche por las calles de Roma después de semejante imprudencia, herido por varios golpes de bayoneta y ya sin fuerzas, entré en una casa cuya puerta estaba abierta. Oí a los soldados subir tras de mí, salté a un jardín y caí a pocos pasos de una mujer que estaba paseando…
—¡La condesa Vitteleschi! ¡La amiga de mi padre! —dijo Vanina.
—¿Cómo? ¿Os lo ha contado ella? —exclamó Missirilli—. Sea como fuere, aquella dama, cuyo nombre jamás debe pronunciarse, me salvó la vida. Mientras los soldados entraban en su casa para detenerme, vuestro padre me hacía salir de allí en su carruaje.
»Me encuentro muy mal. Desde hace varios días, esta herida de bayoneta en el hombro me impide respirar. Voy a morir, y moriré desesperado, porque no volveré a veros.
Vanina había escuchado con impaciencia. Salió rápidamente.
Missirilli no encontró piedad alguna en aquellos ojos tan hermosos, sino solamente la expresión de un carácter orgulloso al que acababan de herir.
Al caer la noche apareció un cirujano. Venía solo.
Missirilli quedó desesperado; temía no volver a ver jamás a Vanina. Hizo algunas preguntas al cirujano, que le practicó una sangría y no respondió.
El mismo silencio se repitió durante los días siguientes.
Los ojos de Pietro no se apartaban de la ventana de la terraza por la que Vanina acostumbraba entrar. Era profundamente desgraciado.
Una noche, hacia la medianoche, creyó distinguir a alguien entre las sombras de la terraza.
¿Era Vanina?
Vanina acudía todas las noches y apoyaba la mejilla contra los cristales de la ventana del joven carbonario.
«Si le hablo —se decía—, estoy perdida. No; jamás debo volver a verlo.»
Pero, una vez tomada aquella resolución, recordaba a pesar suyo el afecto que había llegado a sentir por aquel joven cuando, tan tontamente, lo había creído una mujer.
Después de una intimidad tan dulce, ¿tenía que olvidarlo?
En sus momentos de mayor lucidez, Vanina se asustaba del cambio que se había producido en sus pensamientos.
Desde que Missirilli le había revelado su nombre, todas las cosas en las que solía pensar parecían haberse cubierto con un velo y sólo se le presentaban ya desde muy lejos.
No había transcurrido una semana cuando Vanina, pálida y temblorosa, entró en la habitación del joven carbonario acompañada por el cirujano.
Venía a decirle que convenía convencer al príncipe de que se hiciera sustituir por un criado.
No permaneció allí ni diez segundos.
Pero, algunos días después, volvió de nuevo con el cirujano, por humanidad.
Una tarde, aunque Missirilli se encontraba mucho mejor y Vanina ya no podía escudarse en el temor por su vida, se atrevió a acudir sola.
Al verla, Missirilli llegó al colmo de la felicidad; pero pensó que debía ocultar su amor. Ante todo, no quería apartarse de la dignidad que correspondía a un hombre.
Vanina, que había entrado en su habitación con la frente encendida por el rubor y temiendo declaraciones amorosas, quedó desconcertada por la amistad noble y entregada, pero muy poco tierna, con que él la recibió.
Se marchó sin que intentara retenerla.
Cuando regresó algunos días después, encontró la misma conducta: idénticas muestras de respetuosa devoción y de gratitud eterna.
Lejos de tener que ocuparse en contener los arrebatos del joven carbonario, Vanina comenzó a preguntarse si era ella la única enamorada.
Aquella joven, hasta entonces tan orgullosa, sintió amargamente toda la magnitud de su locura. Fingió alegría e incluso frialdad; acudió con menos frecuencia, pero no consiguió obligarse a dejar de ver al joven enfermo.
Missirilli, consumido de amor, pero consciente de su oscuro nacimiento y de lo que creía deberse a sí mismo, se había prometido no rebajarse a hablar de amor a menos que Vanina pasara ocho días sin visitarlo.
El orgullo de la joven princesa resistió palmo a palmo.
«Después de todo —se dijo finalmente—, si voy a verlo es por mí, para darme ese gusto; y jamás le confesaré el interés que me inspira.»
Hacía largas visitas a Missirilli, que hablaba con ella exactamente como lo habría hecho si hubiera habido veinte personas presentes.
Una tarde, después de haber pasado todo el día detestándolo y prometiéndose firmemente mostrarse con él todavía más fría y severa que de costumbre, le dijo que lo amaba.
Poco después, ya no tuvo nada que negarle.
Si grande fue su locura, hay que reconocer que Vanina fue perfectamente feliz.
Missirilli dejó de pensar en lo que creía deber a su dignidad de hombre; amó como se ama por primera vez a los diecinueve años y en Italia.
Tuvo todos los escrúpulos propios del amor apasionado, hasta el punto de confesar a aquella joven princesa tan orgullosa la estrategia de que se había valido para conseguir que lo amara.
Él mismo estaba asombrado ante la enormidad de su felicidad.
Cuatro meses pasaron muy deprisa.
Un día, el cirujano dio finalmente de alta a su enfermo.
«¿Qué voy a hacer? —pensó Missirilli—. ¿Permanecer escondido en casa de una de las mujeres más hermosas de Roma? ¡Y esos viles tiranos que me tuvieron trece meses en prisión sin dejarme ver la luz del día creerán que han conseguido desalentarme! Italia, verdaderamente eres desgraciada si tus hijos te abandonan por tan poca cosa.»
Vanina no dudaba de que la mayor felicidad de Pietro consistiría en permanecer unido a ella para siempre; parecía demasiado feliz.
Pero unas palabras del general Bonaparte resonaban amargamente en el alma del joven e influían en toda su conducta respecto a las mujeres.
En 1796, cuando el general Bonaparte abandonaba Brescia, los miembros del municipio que lo acompañaban hasta las puertas de la ciudad le dijeron que los habitantes de Brescia amaban la libertad por encima de todos los demás italianos.
—Sí —respondió él—; les encanta hablar de ella con sus amantes.
Missirilli dijo a Vanina con aire bastante incómodo:
—En cuanto caiga la noche, tendré que marcharme.
—Procura regresar al palacio antes del amanecer. Te esperaré.
—Al amanecer estaré ya a varias millas de Roma.
—Muy bien —dijo Vanina fríamente—. ¿Y adónde iréis?
—A la Romaña. A vengarme.
—Como soy rica —prosiguió Vanina con la mayor tranquilidad—, espero que aceptaréis de mí armas y dinero.
Missirilli la contempló durante unos instantes sin pestañear. Después se arrojó en sus brazos.
—Alma de mi vida, conseguirías que lo olvidara todo —le dijo—, incluso mi deber. Pero cuanto más noble es tu corazón, mejor debes comprenderme.
Vanina lloró mucho, y finalmente acordaron que Pietro no abandonaría Roma hasta dos días después.
—Pietro —le dijo ella al día siguiente—, muchas veces me habéis dicho que un hombre conocido, un príncipe romano, por ejemplo, que pudiera disponer de mucho dinero, estaría en condiciones de prestar los mayores servicios a la causa de la libertad si alguna vez Austria se viera comprometida, lejos de nosotros, en una gran guerra.
—Sin duda —respondió Pietro, sorprendido.
—Pues bien: valor no os falta; sólo os falta una posición elevada. Vengo a ofreceros mi mano y doscientas mil libras de renta. Yo me encargaré de obtener el consentimiento de mi padre.
Pietro cayó a sus pies.
Vanina resplandecía de alegría.
—Os amo apasionadamente —le dijo—; pero soy un pobre servidor de la patria. Cuanto más desgraciada es Italia, más obligado estoy a permanecerle fiel. Para obtener el consentimiento de don Asdrubale tendría que representar un triste papel durante varios años. Vanina, te rechazo.
Missirilli se apresuró a comprometerse pronunciando aquellas palabras.
El valor empezaba a faltarle.
—Mi desgracia —exclamó— es que te amo más que a la vida; que abandonar Roma es para mí el peor de los suplicios. ¡Ah, si Italia estuviera libre de los bárbaros! ¡Con qué alegría me embarcaría contigo para ir a vivir a América!
Vanina permanecía helada.
El rechazo de su mano había herido su orgullo; pero poco después se arrojó en brazos de Missirilli.
—Nunca me has parecido tan digno de amor —exclamó—. Sí, mi pequeño cirujano de pueblo, soy tuya para siempre. Eres un gran hombre, como nuestros antiguos romanos.
Todas las ideas sobre el porvenir, todas las tristes advertencias del sentido común desaparecieron. Fue un instante de amor perfecto.
Cuando pudieron volver a razonar:
—Estaré en la Romaña casi al mismo tiempo que tú —dijo Vanina—. Haré que me prescriban los baños de la Poretta. Me detendré en el castillo que poseemos en San Nicolò, cerca de Forlì…
—Allí pasaré mi vida contigo —exclamó Missirilli.
—Desde ahora me corresponde atreverme a todo —prosiguió Vanina con un suspiro—. Me perderé por ti, pero no importa… ¿Podrás amar a una mujer deshonrada?
—¿No eres mi esposa? —dijo Missirilli—. ¿Y no una esposa adorada para siempre? Sabré amarte y protegerte.
Vanina tenía que presentarse en sociedad.
Apenas hubo abandonado a Missirilli, éste empezó a encontrar bárbara su propia conducta.
«¿Qué es la patria? —se dijo—. No es un ser al que debamos gratitud por algún beneficio recibido, un ser que pueda sufrir y maldecirnos si le faltamos. La patria y la libertad son como mi capa: algo que me resulta útil y que debo comprar, ciertamente, cuando no lo he recibido como herencia de mi padre; pero, al fin y al cabo, amo la patria y la libertad porque ambas me son útiles.
»Si no las necesito, si para mí son como una capa en el mes de agosto, ¿para qué comprarlas, y además a un precio enorme?
»¡Vanina es tan hermosa! ¡Tiene un carácter tan extraordinario! Intentarán agradarle; me olvidará. ¿Qué mujer ha tenido un solo amante en toda su vida? Esos príncipes romanos, a quienes desprecio como ciudadanos, poseen tantas ventajas sobre mí… ¡Deben de ser tan seductores! ¡Ah! Si me marcho, ella me olvidará y la perderé para siempre.»
En plena noche, Vanina fue a verlo.
Missirilli le confesó las dudas que acababan de atormentarlo y el examen al que, precisamente porque la amaba, había sometido aquella gran palabra: patria.
Vanina estaba radiante de felicidad.
«Si tuviera que elegir de verdad entre la patria y yo —pensaba—, me escogería a mí.»
El reloj de la iglesia vecina dio las tres. Había llegado el momento de la despedida definitiva.
Pietro se arrancó de los brazos de su amada.
Ya descendía la pequeña escalera cuando Vanina, conteniendo las lágrimas, le dijo sonriendo:
—Si te hubiera cuidado una pobre campesina, ¿no harías algo por agradecimiento? ¿No intentarías recompensarla? El porvenir es incierto y vas a viajar en medio de tus enemigos. Concédeme tres días por gratitud, como si yo fuera una pobre mujer, y para pagarme los cuidados que te he dado.
Missirilli se quedó.
Finalmente abandonó Roma.
Gracias a un pasaporte comprado en una embajada extranjera, consiguió llegar hasta su familia.
La alegría fue inmensa: lo creían muerto.
Sus amigos quisieron celebrar su regreso matando a uno o dos carabineros —así se llamaba a los gendarmes en los Estados del Papa—.
—No matemos sin necesidad a un italiano que sabe manejar las armas —dijo Missirilli—. Nuestra patria no es una isla como la afortunada Inglaterra: lo que nos faltan son soldados para resistir la intervención de los reyes de Europa.
Algún tiempo después, acosado de cerca por los carabineros, Missirilli mató a dos de ellos con las pistolas que Vanina le había regalado.
Pusieron precio a su cabeza.
Vanina no aparecía en la Romaña.
Missirilli creyó que lo había olvidado.
Su vanidad quedó herida y empezó a pensar mucho en la diferencia de rango que lo separaba de su amante.
En un momento de ternura y nostalgia por la felicidad perdida, tuvo la idea de regresar a Roma para averiguar qué hacía Vanina.
Aquel pensamiento insensato estaba a punto de imponerse sobre lo que él creía que era su deber cuando, una tarde, la campana de una iglesia de la montaña tocó el Ángelus de una manera singular, como si el campanero estuviera distraído.
Era una señal de reunión para la venta de carbonarios a la que Missirilli se había afiliado al llegar a la Romaña.
Aquella misma noche todos se reunieron en una ermita perdida en los bosques.
Los dos ermitaños, adormecidos con opio, no advirtieron en absoluto el uso que se hacía de su pequeña casa.
Missirilli, que había llegado profundamente triste, supo allí que el jefe de la venta había sido detenido y que él, un joven que apenas contaba veinte años, iba a ser elegido jefe de una venta en la que había hombres de más de cincuenta, implicados en conspiraciones desde la expedición de Murat de 1815.
Al recibir aquel honor inesperado, Pietro sintió latir su corazón.
En cuanto se quedó solo, resolvió no pensar más en la joven romana que lo había olvidado y consagrar todos sus pensamientos al deber de liberar a Italia de los bárbaros.1
Dos días después, Missirilli vio en el informe de llegadas y salidas que recibía como jefe de la venta que la princesa Vanini acababa de llegar a su castillo de San Nicolò.
La lectura de aquel nombre produjo en su alma más turbación que alegría.
En vano creyó demostrar su fidelidad a la patria obligándose a no volar aquella misma noche al castillo de San Nicolò; el pensamiento de Vanina, a la que descuidaba, le impidió cumplir razonablemente con sus deberes.
La vio al día siguiente.
Ella lo amaba igual que en Roma.
Su padre, que quería casarla, había retrasado su partida. Vanina traía consigo dos mil cequíes. Aquella ayuda inesperada sirvió admirablemente para afianzar la autoridad de Missirilli en su nueva dignidad.
Se mandaron fabricar puñales en Corfú; se sobornó al secretario particular del legado, encargado de perseguir a los carbonarios. De este modo se consiguió la lista de los párrocos que servían de espías al gobierno.
Fue por entonces cuando terminó de organizarse una de las conspiraciones menos insensatas que se habían intentado en la desgraciada Italia.
No entraré aquí en detalles fuera de lugar. Me limitaré a decir que, si el éxito hubiera coronado la empresa, Missirilli habría podido reclamar una buena parte de la gloria.
Gracias a él, varios miles de insurgentes se habrían levantado a una señal convenida y habrían esperado, armados, la llegada de los jefes superiores.
Se acercaba el momento decisivo cuando, como sucede siempre, la conspiración quedó paralizada por la detención de sus dirigentes.
Apenas llegó a la Romaña, Vanina creyó advertir que el amor a la patria haría olvidar a su amante cualquier otro amor.
El orgullo de la joven romana se rebeló.
Intentó en vano razonar consigo misma; una negra tristeza se apoderó de ella. Llegó a sorprenderse maldiciendo la libertad.
Un día en que había ido a Forlì para ver a Missirilli, no pudo dominar el dolor que hasta entonces su orgullo siempre había conseguido contener.
—En verdad —le dijo—, me amáis como un marido. Y eso no me basta.
Poco después comenzaron a correr sus lágrimas; pero lloraba de vergüenza por haberse rebajado hasta formular reproches.
Missirilli respondió a aquellas lágrimas como un hombre cuya mente estaba en otra parte.
De pronto, Vanina tuvo la idea de abandonarlo y regresar a Roma.
Experimentó una alegría cruel al castigarse por la debilidad que acababa de hacerla hablar. Tras unos instantes de silencio, tomó su decisión: se habría considerado indigna de Missirilli si no lo hubiera abandonado.
Se complacía imaginando la dolorosa sorpresa de Pietro cuando la buscara en vano a su lado.
Pero pronto la idea de no haber conseguido el amor del hombre por quien había cometido tantas locuras la conmovió profundamente.
Entonces rompió el silencio e hizo cuanto pudo para arrancarle una palabra de amor.
Él le dijo, distraídamente, cosas muy tiernas; pero con un acento infinitamente más profundo, al hablar de sus empresas políticas, exclamó con dolor:
—¡Ah! Si este asunto fracasa, si el gobierno vuelve a descubrirlo, abandono la lucha.
Vanina permaneció inmóvil.
Desde hacía una hora sentía que estaba viendo a su amante por última vez.
Las palabras que acababa de pronunciar arrojaron una luz fatal sobre su pensamiento.
Se dijo:
«Los carbonarios han recibido de mí varios miles de cequíes. Nadie puede dudar de mi entrega a la conspiración.»
Vanina sólo salió de su ensimismamiento para decirle a Pietro:
—¿Queréis venir a pasar veinticuatro horas conmigo en el castillo de San Nicolò? Vuestra reunión de esta noche no necesita de tu presencia. Mañana por la mañana, en San Nicolò, podremos pasear; eso calmará tu agitación y te devolverá toda la sangre fría que necesitas en circunstancias tan graves.
Pietro aceptó.
Vanina lo dejó para preparar el viaje, cerrando con llave, como de costumbre, la pequeña habitación donde lo había ocultado.
Vanina corrió a casa de una de sus antiguas doncellas, que había dejado su servicio para casarse y abrir un pequeño comercio en Forlì.
Al llegar, escribió apresuradamente, en el margen de un libro de horas que encontró en la habitación, la indicación exacta del lugar donde la venta de los carbonarios debía reunirse aquella misma noche.
Terminó su denuncia con estas palabras:
«Esta venta está compuesta por diecinueve miembros; éstos son sus nombres y sus direcciones.»
A continuación escribió una lista perfectamente exacta, salvo por un detalle: había omitido el nombre de Missirilli.
Después dijo a aquella mujer, de cuya fidelidad estaba segura:
—Lleva este libro al cardenal legado. Haz que lea lo que está escrito y que después te devuelva el libro. Aquí tienes diez cequíes. Si el legado llega alguna vez a pronunciar tu nombre, tu muerte será segura; pero me salvarás la vida si consigues que lea la página que acabo de escribir.
Todo salió a la perfección.
El miedo hizo que el legado no se comportara como un gran señor. Permitió que aquella mujer del pueblo que pedía hablar con él compareciera enmascarada ante su presencia, aunque con la condición de que llevara las manos atadas.
En aquellas condiciones, la comerciante fue conducida ante el gran personaje, a quien encontró atrincherado detrás de una enorme mesa cubierta con un tapete verde.
El legado leyó la página del libro de horas sosteniéndolo muy lejos de sí, por temor a algún veneno sutil.
Después se lo devolvió a la mujer y no ordenó que la siguieran.
Menos de cuarenta minutos después de haber abandonado a su amante, Vanina, que había visto regresar a su antigua doncella, volvió junto a Missirilli convencida de que, en adelante, sería enteramente suyo.
Le dijo que se advertía un movimiento extraordinario en la ciudad: se veían patrullas de carabineros por calles en las que nunca aparecían.
—Si quieres hacerme caso —añadió—, partiremos inmediatamente hacia San Nicolò.
Missirilli aceptó.
Llegaron a pie hasta el carruaje de la joven princesa, que la esperaba a media legua de la ciudad con su dama de compañía, confidente discreta y bien pagada.
Al llegar al castillo de San Nicolò, Vanina, turbada por la extraña acción que acababa de cometer, redobló sus muestras de ternura hacia su amante.
Pero cuando le hablaba de amor tenía la sensación de estar representando una comedia.
El día anterior, mientras traicionaba, se había olvidado del remordimiento.
Ahora, estrechando a su amante entre sus brazos, se decía:
«Hay una palabra que podrían decirle sobre mí; y en cuanto esa palabra fuera pronunciada, en ese mismo instante y para siempre, me aborrecería.»
En mitad de la noche, uno de los criados de Vanina irrumpió bruscamente en su habitación.
Aquel hombre era carbonario, sin que ella lo supiera.
Missirilli tenía, pues, secretos incluso para ella, incluso en asuntos como aquél.
Vanina se estremeció.
El criado venía a advertir a Missirilli de que, aquella noche, en Forlì, las casas de diecinueve carbonarios habían sido rodeadas y sus ocupantes detenidos en el momento en que regresaban de la reunión de la venta.
Aunque los habían sorprendido desprevenidos, nueve habían conseguido escapar.
Los carabineros habían logrado conducir a diez de ellos a la prisión de la ciudadela.
Al entrar en ella, uno se había arrojado al pozo, que era muy profundo, y había muerto.
Vanina perdió el dominio de sí misma.
Por fortuna, Pietro no lo advirtió: habría podido leer su crimen en sus ojos.
—En este momento —añadió el criado—, la guarnición de Forlì forma una cadena a lo largo de todas las calles. Cada soldado está lo bastante cerca del siguiente como para hablar con él. Los habitantes sólo pueden cruzar de un lado de la calle al otro allí donde hay apostado un oficial.
Después de que el hombre se marchara, Pietro permaneció pensativo apenas unos instantes.
—Por ahora no hay nada que hacer —dijo finalmente.
Vanina estaba desfallecida; temblaba bajo la mirada de su amante.
—¿Qué os ocurre de extraordinario? —le preguntó Pietro.
Pero enseguida pensó en otra cosa y dejó de mirarla.
Hacia el mediodía, Vanina se atrevió a decirle:
—Otra venta descubierta. Supongo que ahora estaréis tranquilo durante algún tiempo.
—Muy tranquilo —respondió Missirilli con una sonrisa que la hizo estremecerse.
Vanina tuvo que realizar una visita ineludible al párroco de San Nicolò, quizá espía de los jesuitas.
Cuando regresó para cenar, hacia las siete, encontró vacía la pequeña habitación donde su amante permanecía oculto.
Fuera de sí, corrió a buscarlo por toda la casa.
No estaba.
Desesperada, regresó a la pequeña habitación. Sólo entonces reparó en una nota.
Leyó:
«Voy a entregarme al legado. Desespero de nuestra causa; el cielo está contra nosotros.
»¿Quién nos ha traicionado?
»Probablemente el miserable que se arrojó al pozo.
»Puesto que mi vida ya no sirve para la pobre Italia, no quiero que mis camaradas, al ver que sólo yo no he sido detenido, puedan imaginar que los he vendido.
Adiós. Si me amáis, pensad en vengarme.
Arruinad, aniquilad al infame que nos ha traicionado, aunque fuera mi propio padre.»
Vanina cayó sobre una silla, medio desvanecida y sumida en la más atroz de las desgracias.
No podía pronunciar una sola palabra; tenía los ojos secos y ardientes.
Finalmente se precipitó de rodillas.
—¡Dios mío! —exclamó—. Recibid mi juramento: sí, castigaré al infame que ha traicionado; pero antes es preciso devolverle la libertad a Pietro.
Una hora después estaba camino de Roma.
Desde hacía mucho tiempo, su padre la apremiaba para que regresara. Durante su ausencia había concertado su matrimonio con el príncipe Livio Savelli.
Apenas llegó Vanina, su padre se lo comunicó temblando.
Para su enorme sorpresa, ella aceptó de inmediato.
Aquella misma tarde, en casa de la condesa Vitteleschi, su padre le presentó casi oficialmente a don Livio. Vanina conversó largamente con él.
Era el joven más elegante y poseía los caballos más hermosos; pero, aunque todos le reconocían bastante ingenio, su carácter pasaba por ser tan frívolo que el gobierno no sospechaba absolutamente nada de él.
Vanina pensó que, si primero conseguía hacerle perder la cabeza, podría convertirlo en un agente muy manejable.
Como era sobrino de monseñor Savelli-Catanzara, gobernador de Roma y ministro de Policía, suponía que los espías no se atreverían a seguirlo.
Después de tratar magníficamente durante algunos días al amable don Livio, Vanina le anunció que jamás sería su esposa.
Según ella, era demasiado atolondrado.
—Si no fuerais un niño —le dijo—, los empleados de vuestro tío no tendrían secretos para vos. Por ejemplo, ¿qué se ha decidido respecto a los carbonarios descubiertos recientemente en Forlì?
Dos días después, don Livio acudió a decirle que todos los carbonarios detenidos en Forlì se habían fugado.
Vanina fijó en él sus grandes ojos negros con la amarga sonrisa del más profundo desprecio y no se dignó dirigirle la palabra durante toda la velada.
Dos días más tarde, don Livio regresó y, ruborizándose, le confesó que al principio lo habían engañado.
—Pero —le dijo— he conseguido una llave del despacho de mi tío. Por los documentos que he encontrado allí sé que una congregación —o comisión— formada por los cardenales y prelados de mayor influencia se reúne en el más absoluto secreto para deliberar si conviene juzgar a esos carbonarios en Rávena o en Roma.
»Los nueve carbonarios detenidos en Forlì y su jefe, un tal Missirilli, que ha cometido la estupidez de entregarse, se encuentran ahora presos en el castillo de San Leo.2
Al oír la palabra «estupidez», Vanina pellizcó al príncipe con todas sus fuerzas.
—Quiero ver yo misma los documentos oficiales y entrar con vos en el despacho de vuestro tío —le dijo—. Debéis de haber leído mal.
Ante aquellas palabras, don Livio se estremeció.
Vanina le pedía algo casi imposible; pero el extraño carácter de aquella joven no hacía sino redoblar su amor.
Pocos días después, Vanina, disfrazada de hombre y vestida con un bonito uniforme de la librea de la casa Savelli, consiguió pasar media hora entre los documentos más secretos del ministro de Policía.
Experimentó un instante de intensa felicidad cuando encontró el informe diario sobre la conducta del acusado Pietro Missirilli.
Le temblaban las manos mientras sostenía aquel papel.
Al volver a leer aquel nombre, estuvo a punto de desvanecerse.
Al salir del palacio del gobernador de Roma, Vanina permitió que don Livio la besara.
—Salís bastante bien parado de las pruebas a las que quiero someteros —le dijo.
Después de semejantes palabras, el joven príncipe habría prendido fuego al Vaticano con tal de agradar a Vanina.
Aquella noche había baile en casa del embajador de Francia. Vanina bailó mucho y casi siempre con él.
Don Livio estaba embriagado de felicidad.
Había que impedir que reflexionara.
—Mi padre a veces tiene ocurrencias extrañas —le dijo Vanina un día—. Esta mañana ha despedido a dos de sus criados, que han venido llorando a verme. Uno me ha pedido que le consiga un puesto al servicio de vuestro tío, el gobernador de Roma; el otro, que fue artillero bajo los franceses, querría que le empleasen en el castillo de Sant’Angelo.
—Me quedo con los dos a mi servicio —dijo vivamente el joven príncipe.
—¿Es eso lo que os he pedido? —replicó Vanina con altivez—. Os repito literalmente la súplica de esos pobres hombres: deben obtener aquello que han pedido, y no otra cosa.
Nada resultaba más difícil.
Monseñor Catanzara distaba mucho de ser un hombre frívolo y sólo admitía en su casa a personas que conocía perfectamente.
En medio de una vida aparentemente colmada de todos los placeres, Vanina, atormentada por los remordimientos, era profundamente desgraciada.
La lentitud de los acontecimientos la mataba.
El administrador de su padre le había proporcionado dinero. ¿Debía huir de la casa paterna y marcharse a la Romaña para intentar liberar a su amante?
Por insensata que fuera aquella idea, estaba a punto de llevarla a cabo cuando el azar se apiadó de ella.
Don Livio le dijo:
—Los diez carbonarios de la venta de Missirilli van a ser trasladados a Roma, aunque después de ser condenados puedan ser ejecutados en la Romaña. Eso es lo que mi tío acaba de obtener esta noche del papa. Vos y yo somos las únicas personas en Roma que conocemos este secreto. ¿Estáis satisfecha?
—Os estáis convirtiendo en un hombre —respondió Vanina—. Regaladme vuestro retrato.
La víspera del día en que Missirilli debía llegar a Roma, Vanina buscó un pretexto para ir a Città Castellana.
En la prisión de aquella ciudad pasaban la noche los carbonarios trasladados desde la Romaña a Roma.
Vio a Missirilli por la mañana, cuando salía de la prisión. Iba solo, encadenado sobre una carreta. Le pareció muy pálido, pero en absoluto abatido.
Una anciana le arrojó un ramo de violetas.
Missirilli sonrió al darle las gracias.
Vanina había vuelto a ver a su amante y todos sus pensamientos parecieron renovarse.
Recobró el valor.
Desde hacía tiempo había conseguido un importante ascenso para el abate Cari, capellán del castillo de Sant’Angelo, donde iba a ser encerrado su amante. Incluso había tomado a aquel buen sacerdote como confesor.
En Roma no es poca cosa ser el confesor de una princesa sobrina del gobernador.
El proceso contra los carbonarios de Forlì no duró mucho.
Para vengarse de que hubieran sido trasladados a Roma, cosa que no había conseguido impedir, el partido ultraconservador hizo que la comisión encargada de juzgarlos estuviera compuesta por los prelados más ambiciosos.
La presidía el ministro de Policía.
La ley contra los carbonarios era clara: los de Forlì no podían conservar esperanza alguna.
Aun así, defendieron sus vidas recurriendo a todos los subterfugios posibles.
Sus jueces no sólo los condenaron a muerte, sino que varios de ellos se pronunciaron además por suplicios atroces: cortarles una mano, etcétera.
El ministro de Policía, cuya carrera estaba ya asegurada —pues de aquel cargo sólo se salía para recibir el capelo cardenalicio—, no tenía ninguna necesidad de manos cortadas.
Al presentar la sentencia al papa, consiguió que las penas de todos los condenados fueran conmutadas por algunos años de prisión.
Sólo Pietro Missirilli quedó excluido de aquella gracia.
El ministro veía en aquel joven a un fanático peligroso y, además, había sido condenado también a muerte por el asesinato de los dos carabineros de los que ya hemos hablado.
Vanina conoció la sentencia y la conmutación pocos instantes después de que el ministro regresara de ver al papa.
Al día siguiente, monseñor Catanzara volvió a su palacio hacia la medianoche.
No encontró a su ayuda de cámara.
Sorprendido, el ministro llamó varias veces. Finalmente apareció un viejo criado imbécil.
Impaciente, el ministro decidió desvestirse por sí mismo.
Cerró la puerta con llave.
Hacía mucho calor. Se quitó la casaca y la arrojó hecha un bulto sobre una silla.
La casaca, lanzada con demasiada fuerza, pasó por encima de la silla, fue a golpear la cortina de muselina de la ventana y dibujó en ella la silueta de un hombre.
El ministro se precipitó hacia la cama y tomó una pistola.
Cuando regresaba hacia la ventana, un muchacho muy joven, vestido con la librea de la casa, avanzó hacia él empuñando otra pistola.
Al verlo, el ministro levantó rápidamente el arma hasta la altura de los ojos.
Iba a disparar.
El joven le dijo riendo:
—¡Cómo, monseñor! ¿No reconocéis a Vanina Vanini?
—¿Qué significa esta broma de mal gusto? —replicó enfurecido el ministro.
—Razonemos con calma —dijo la joven—. Para empezar, vuestra pistola no está cargada.
Sorprendido, el ministro comprobó que era cierto.
Entonces sacó un puñal del bolsillo de su chaleco.3
Un romano que sabe que es odiado no sale sino bien armado.
No se ha considerado necesario justificar otras pequeñas diferencias entre las maneras de actuar y de hablar de París y las de Roma. Lejos de atenuarlas, se ha creído conveniente expresarlas con toda franqueza.
Los romanos que aquí se retratan no tienen el honor de ser franceses.
Vanina le dijo, con un encantador airecillo de autoridad:
—Sentémonos, monseñor.
Y tomó tranquilamente asiento en un sofá.
—¿Estáis sola, al menos? —preguntó el ministro.
—Completamente sola, os lo juro —exclamó Vanina.
El ministro se aseguró personalmente. Dio una vuelta por la habitación y miró por todas partes; después se sentó en una silla, a tres pasos de Vanina.
—¿Qué interés podría tener yo —dijo Vanina con aire dulce y tranquilo— en atentar contra la vida de un hombre moderado, que probablemente sería sustituido por algún débil exaltado, capaz de perderse a sí mismo y de arrastrar a los demás?
—¿Qué queréis entonces, señorita? —dijo el ministro de mal humor—. Esta escena no me agrada y no debe prolongarse.
—Lo que voy a añadir —repuso Vanina con altivez, abandonando de pronto su aire encantador— os importa más a vos que a mí. Se exige que el carbonario Missirilli conserve la vida. Si es ejecutado, no le sobreviviréis una semana.
»Yo no tengo interés alguno en todo esto. La locura de la que os quejáis la he cometido, primero, por divertirme y, después, para servir a una amiga.
—He querido —continuó Vanina, recuperando sus maneras de gran dama— prestar un servicio a un hombre inteligente que pronto será mi tío y que, según todas las apariencias, elevará considerablemente la fortuna de su casa.
El ministro abandonó su expresión irritada; sin duda, la belleza de Vanina contribuyó a aquel rápido cambio.
En Roma era conocida la afición de monseñor Catanzara por las mujeres hermosas y, con su disfraz de lacayo de la casa Savelli, las medias de seda perfectamente ajustadas, el chaleco rojo, la pequeña casaca azul celeste galoneada de plata y la pistola en la mano, Vanina estaba arrebatadora.
—Mi futura sobrina —dijo el ministro casi riendo—, acabáis de cometer una enorme locura, y no será la última.
—Espero que un personaje tan prudente —respondió Vanina— sepa guardar mi secreto, sobre todo frente a don Livio. Y para animaros a hacerlo, querido tío, si concedéis la vida al protegido de mi amiga, os daré un beso.
Manteniendo la conversación en aquel tono medio burlón con el que las damas romanas saben tratar los asuntos más graves, Vanina consiguió dar a aquella entrevista, iniciada con una pistola en la mano, el aspecto de una visita de la joven princesa Savelli a su tío, el gobernador de Roma.
Muy pronto, monseñor Catanzara, aunque rechazaba con altivez la idea de dejarse intimidar por el miedo, acabó explicando a su sobrina todas las dificultades que encontraría para salvar la vida de Missirilli.
Mientras discutían, el ministro paseaba por la habitación con Vanina.
Tomó una jarra de limonada que había sobre la chimenea y llenó con ella una copa de cristal.
En el momento en que iba a llevársela a los labios, Vanina se apoderó de la copa y, después de sostenerla durante unos instantes, la dejó caer al jardín como por distracción.
Poco después, el ministro tomó una pastilla de chocolate de una bombonera.
Vanina se la arrebató y le dijo riendo:
—Tened cuidado: aquí todo está envenenado, porque alguien quería veros muerto. He sido yo quien ha conseguido salvar a mi futuro tío, para no entrar en la familia Savelli con las manos completamente vacías.
Monseñor Catanzara, muy sorprendido, dio las gracias a su sobrina y le ofreció grandes esperanzas respecto a la vida de Missirilli.
—Nuestro trato está cerrado —exclamó Vanina—, y la prueba es que aquí tenéis la recompensa.
Y lo besó.
El ministro aceptó la recompensa.
—Debéis saber, querida Vanina —añadió—, que a mí no me gusta la sangre. Además, todavía soy joven, aunque quizá a vos os parezca muy viejo, y puedo llegar a vivir en una época en la que la sangre derramada hoy deje una mancha.
Daban las dos cuando monseñor Catanzara acompañó a Vanina hasta la pequeña puerta de su jardín.
Dos días después, cuando el ministro compareció ante el papa, bastante incómodo por la petición que debía formular, Su Santidad le dijo:
—Ante todo, tengo que pediros una gracia. Hay uno de esos carbonarios de Forlì que sigue condenado a muerte; esa idea no me deja dormir. Hay que salvar a ese hombre.
El ministro, viendo que el papa ya había tomado su decisión, formuló muchas objeciones y terminó redactando un decreto, o motu proprio, que el papa firmó, contra lo acostumbrado.
Vanina había pensado que quizá conseguiría el indulto de su amante, pero que podían intentar envenenarlo.
Desde la víspera, Missirilli había recibido del abate Cari, su confesor, unos pequeños paquetes de galleta de mar, junto con la advertencia de no tocar los alimentos proporcionados por el Estado.
Poco después, al saber que los carbonarios de Forlì iban a ser trasladados al castillo de San Leo, Vanina quiso intentar ver a Missirilli a su paso por Città Castellana.
Llegó a la ciudad veinticuatro horas antes que los prisioneros.
Allí encontró al abate Cari, que se le había adelantado varios días.
Éste había conseguido del carcelero que Missirilli pudiera oír misa a medianoche en la capilla de la prisión.
Se llegó todavía más lejos: si Missirilli consentía en dejar que le ataran brazos y piernas con una cadena, el carcelero se retiraría hasta la puerta de la capilla, de modo que pudiera ver en todo momento al prisionero, de quien era responsable, pero sin poder oír lo que dijera.
Finalmente llegó el día que debía decidir el destino de Vanina.
Desde la mañana se encerró en la capilla de la prisión.
¿Quién podría expresar los pensamientos que la atormentaron durante aquella larga jornada?
¿La amaba Missirilli lo bastante como para perdonarla?
Había denunciado su venta, pero también le había salvado la vida.
Cuando la razón conseguía imponerse en aquella alma torturada, Vanina esperaba que él aceptara abandonar Italia con ella.
Si había pecado, había sido por exceso de amor.
Cuando dieron las cuatro, oyó a lo lejos, sobre el empedrado, los cascos de los caballos de los carabineros.
El sonido de cada pisada parecía resonar dentro de su corazón.
Poco después distinguió el rodar de las carretas que transportaban a los prisioneros.
Se detuvieron en la pequeña plaza situada frente a la cárcel.
Vio a dos carabineros levantar a Missirilli, que viajaba solo en una carreta y estaba tan cargado de cadenas que no podía moverse.
«Al menos está vivo —se dijo con lágrimas en los ojos—. Todavía no lo han envenenado.»
La velada fue cruel.
La lámpara del altar, colocada a gran altura y en la que el carcelero escatimaba el aceite, era la única luz de aquella sombría capilla.
Los ojos de Vanina vagaban sobre las tumbas de algunos grandes señores de la Edad Media que habían muerto en la prisión cercana.
Sus estatuas tenían un aspecto feroz.
Hacía ya mucho tiempo que todos los ruidos habían cesado.
Vanina permanecía absorta en sus negros pensamientos.
Poco después de la medianoche creyó oír un leve rumor, semejante al vuelo de un murciélago.
Quiso caminar y cayó medio desvanecida sobre la balaustrada del altar.
En aquel mismo instante, dos fantasmas aparecieron junto a ella sin que los hubiera oído acercarse.
Eran el carcelero y Missirilli, cargado de cadenas hasta tal punto que parecía envuelto en ellas.
El carcelero abrió una linterna y la colocó sobre la balaustrada del altar, junto a Vanina, de manera que pudiera ver bien a su prisionero.
Después se retiró al fondo, cerca de la puerta.
Apenas se hubo alejado cuando Vanina se precipitó al cuello de Missirilli.
Al estrecharlo entre sus brazos, no sintió más que sus cadenas, frías y afiladas.
«¿Quién le ha puesto estas cadenas?», pensó.
No experimentó placer alguno al abrazar a su amante.
A aquel dolor siguió otro aún más punzante.
Por un instante creyó que Missirilli conocía su crimen, tan glacial fue su recibimiento.
—Querida amiga —le dijo finalmente—, lamento el amor que habéis llegado a sentir por mí; en vano busco qué mérito he podido tener para inspirároslo.
»Volvamos, creedme, a sentimientos más cristianos. Olvidemos las ilusiones que antaño nos extraviaron. Yo no puedo perteneceros.
»Quizá la desgracia constante que ha acompañado todas mis empresas se deba al estado de pecado mortal en el que he vivido continuamente.
»Incluso atendiendo sólo a los consejos de la prudencia humana, ¿por qué no fui detenido junto con mis amigos aquella noche fatal de Forlì?
»¿Por qué, en el momento del peligro, no estaba yo en mi puesto?
»¿Por qué mi ausencia pudo dar lugar a las sospechas más crueles? Tenía otra pasión además de la libertad de Italia.
Vanina no salía de su asombro ante el cambio que se había producido en Missirilli.
Sin haber adelgazado de manera apreciable, parecía tener treinta años.
Vanina atribuyó aquel cambio a los malos tratos que había sufrido en prisión y rompió a llorar.
—¡Ah! —le dijo—. ¡Los carceleros habían prometido tantas veces que te tratarían bien!
Lo cierto era que, ante la proximidad de la muerte, todos los principios religiosos que podían conciliarse con su pasión por la libertad de Italia habían reaparecido en el corazón del joven carbonario.
Poco a poco, Vanina comprendió que el sorprendente cambio que observaba en su amante era enteramente moral y no tenía nada que ver con malos tratos físicos.
Su dolor, que creía haber alcanzado ya el límite, aumentó todavía más.
Missirilli guardaba silencio.
Vanina parecía a punto de ahogarse entre sollozos.
Él añadió, algo conmovido también:
—Si amara todavía algo en este mundo, seríais vos, Vanina; pero, gracias a Dios, ya no tengo más que un único propósito en la vida: moriré en prisión o intentando dar la libertad a Italia.
Hubo otro silencio.
Era evidente que Vanina no podía hablar. Lo intentaba en vano.
Missirilli añadió:
—El deber es cruel, amiga mía; pero si cumplirlo no costara ningún sufrimiento, ¿dónde estaría el heroísmo? Dadme vuestra palabra de que no intentaréis volver a verme.
En la medida en que se lo permitía la cadena, bastante ajustada, hizo un pequeño movimiento con la muñeca y tendió los dedos hacia Vanina.
—Si permitís un consejo de un hombre que en otro tiempo os fue querido, casaos prudentemente con el hombre de mérito que vuestro padre os destina. No le hagáis confidencias que puedan perjudicaros; pero, por otra parte, no intentéis jamás volver a verme.
»Seamos desde ahora extraños el uno para el otro.
»Habéis adelantado una suma considerable al servicio de la patria. Si algún día logra liberarse de sus tiranos, esa cantidad os será devuelta fielmente en bienes nacionales.
Vanina estaba anonadada.
Mientras le hablaba, los ojos de Pietro sólo habían brillado en el momento en que pronunció la palabra patria.
Finalmente, el orgullo acudió en ayuda de la joven princesa.
Había llevado consigo diamantes y pequeñas limas.
Sin responder a Missirilli, se los ofreció.
—Los acepto por deber —le dijo él—, porque debo intentar escapar; pero jamás volveré a veros. Lo juro en presencia de estos nuevos favores que me hacéis.
»Adiós, Vanina. Prometedme que nunca me escribiréis, que jamás intentaréis volver a verme. Dejadme enteramente a la patria. Para vos estoy muerto.
»Adiós.
—¡No! —replicó Vanina, furiosa—. Quiero que sepas lo que he hecho, guiada por el amor que sentía por ti.
Entonces le relató todas sus gestiones desde el momento en que Missirilli había abandonado el castillo de San Nicolò para ir a entregarse al legado.
Cuando terminó su relato, Vanina dijo:
—Todo eso no es nada. He hecho más aún por amor a ti.
Entonces le confesó su traición.
—¡Ah, monstruo! —gritó Pietro, furioso, arrojándose sobre ella.
Y trató de golpearla con sus cadenas hasta dejarla sin sentido.
Lo habría conseguido de no haber acudido el carcelero al escuchar los primeros gritos.
Éste sujetó a Missirilli.
—Toma, monstruo. No quiero deberte nada —dijo Missirilli a Vanina.
Y, hasta donde se lo permitían sus cadenas, le arrojó las limas y los diamantes.
Después se alejó rápidamente.
Vanina quedó aniquilada.
Regresó a Roma.
Y el periódico anuncia que acaba de casarse con el príncipe don Livio Savelli.
STENDHAL
EDICIÓN LIBRERÍA 5
