Apotegmas, ilustres, eternos, inmutables — María Isabel Díez Altares

En 2005, con ochenta y un años, María Isabel Díez Altares publicó un libro pensado para niños. Su propuesta era muy sencilla: leer una sentencia breve, copiarla y explicar después qué enseñanza contenía. Casi dos mil años antes, Séneca había recomendado algo sorprendentemente parecido.

Apotegmas, ilustres, eternos, inmutables no se presenta como un libro de creación literaria convencional, sino como una colección de frases, máximas, refranes, proverbios y otras formas breves de sabiduría reunidas con un propósito educativo. La autora estaba convencida de que aquello que se aprende en la infancia puede acompañarnos durante toda la vida.

Pero su método contiene algo más que memorización. Díez Altares propone que cada alumno explique por escrito lo que entiende en la frase. De este modo, un libro construido alrededor de supuestas verdades permanentes termina convirtiéndose también en un ejercicio de interpretación individual.

Apotegmas, ilustres, eternos, inmutables de María Isabel Díez Altares
Primera edición de Apotegmas, ilustres, eternos, inmutables, publicada en Zaragoza en marzo de 2005.

Un libro para leer una frase y detenerse en ella

El prólogo explica con bastante claridad qué clase de lectura pretende provocar María Isabel Díez Altares. Ha reunido «frases agudas y breves sentencias» y no parece interesarle demasiado establecer fronteras rígidas entre refrán, proverbio, adagio, máxima o aforismo. Algunas de las frases, reconoce, pueden encontrarse en publicaciones pertenecientes a esas otras familias. Prefiere llamarlas apotegmas porque considera que el término posee un significado más amplio y, sobre todo, porque la clasificación importa menos que la finalidad.

Esa finalidad es educativa. El volumen está pensado como posible libro de lectura para la primera enseñanza y parte de una convicción muy tradicional: una idea formulada de manera breve puede fijarse en la memoria infantil y convertirse en una referencia para situaciones que todavía no han ocurrido. La infancia funcionaría así como el momento en el que se van depositando pequeñas fórmulas capaces de reaparecer años más tarde cuando la experiencia les dé un significado concreto.

Eso explica también el tono absoluto del título. Ilustres, eternos, inmutables no describe sólo la fama de unas frases. Sugiere la existencia de ciertas enseñanzas que no deberían depender de modas, generaciones o circunstancias históricas. Díez Altares habla en el prólogo de «verdades» y parece concebir la recopilación como una especie de reserva moral: condensar en pocas palabras lo que muchas generaciones han aprendido mediante experiencias bastante más largas y dolorosas.

El libro pertenece, por tanto, a una concepción de la lectura distinta de la que exige avanzar rápidamente por una narración. Un apotegma no necesita que pasemos inmediatamente al siguiente. Su mecanismo consiste precisamente en detener la lectura. Una línea muy breve puede exigir más tiempo de reflexión que una página completa porque el lector tiene que decidir cómo convertir una afirmación general en una situación de su propia vida.

El propósito del libro podría resumirse así: ahorrar al niño parte del camino de la experiencia transmitiéndole en una frase aquello que otros tardaron años en aprender.

Qué es exactamente un apotegma

La palabra tiene una historia mucho más antigua que este libro. El Diccionario de la Real Academia Española define el apotegma como un dicho breve, sentencioso y especialmente afortunado, con frecuencia asociado a una persona célebre. Entre sus términos próximos aparecen precisamente aforismo, refrán, proverbio, sentencia, dicho, agudeza, adagio y máxima. La Biblioteca Nacional utiliza una solución semejante al agrupar los apotegmas dentro de la materia general «Máximas y aforismos».

La elección de Díez Altares no es, por tanto, caprichosa. El apotegma pertenece a esa amplia familia de formas literarias que intentan comprimir una observación, una norma de conducta o una experiencia en el menor espacio posible. Su fuerza depende de la economía verbal. Cuanto menos explica, más trabajo deja al lector para relacionarlo con aquello que ya sabe.

En la tradición occidental los repertorios de dichos memorables circularon desde la Antigüedad. Filósofos, gobernantes, santos y personajes célebres fueron convirtiéndose en protagonistas de pequeñas frases y anécdotas que podían recordarse con facilidad y reutilizarse como ejemplos morales. Algunas sobrevivieron durante siglos precisamente porque la brevedad facilitaba su transmisión incluso cuando desaparecía buena parte del contexto en el que habían nacido.

España tuvo también una tradición muy abundante de este tipo de colecciones. Melchor de Santa Cruz publicó en Toledo en 1574 su Floresta española de apotegmas, presentada como reunión de sentencias sabias y dichos ingeniosos, mientras Juan Rufo llevó la fórmula hasta el propio título de Las seiscientas apotegmas, impresa en 1596. A su manera, el pequeño volumen de 2005 continúa una costumbre editorial que había llenado durante siglos libros de máximas, floresta de dichos, sentencias y recopilaciones de sabiduría.

La Biblioteca Nacional conserva precisamente Apotegmas, ilustres, eternos, inmutables dentro de esa genealogía temática. En su catálogo aparece junto a obras tan diferentes como el Oráculo manual y arte de prudencia de Baltasar Gracián, los aforismos de Hipócrates, los apotegmas de Erasmo o viejas recopilaciones españolas. La edición de Díez Altares es muy modesta al lado de esos monumentos literarios, pero participa de la misma intuición: algunas ideas están hechas para viajar en pequeñas cápsulas de lenguaje.

Leer, copiar y explicar: el verdadero método del libro

La parte más interesante del prólogo aparece cuando la autora deja de explicar qué ha recopilado y describe cómo debería utilizarse. Primero habría que seleccionar los apotegmas adecuados a la edad de los alumnos. Después, los niños deberían leerlos y escribirlos. Finalmente, cada uno tendría que redactar la enseñanza que, a su juicio, transmite la frase.

El orden importa. La lectura proporciona la sentencia; la escritura obliga a detenerse en las palabras; la explicación exige transformarlas en pensamiento propio. No es exactamente un ejercicio de repetir de memoria una máxima hasta aprenderla. Hay un tercer paso interpretativo en el que el alumno debe decidir qué significa aquello que acaba de copiar.

Díez Altares llega a considerar que estas respuestas proporcionarían una imagen de la personalidad del niño. La misma frase podría producir explicaciones diferentes porque cada lector la relacionaría con experiencias, preocupaciones o intuiciones distintas. El apotegma actuaría entonces como una pequeña prueba proyectiva: el texto permanece constante, pero aquello que cada alumno descubre dentro de él cambia.

Existe aquí una tensión muy interesante. La autora considera que está transmitiendo verdades capaces de mantenerse «eternas» e «inmutables», pero simultáneamente concede al alumno la tarea de interpretarlas. El valor se supone universal; la lectura es personal. Quizá sea precisamente esa combinación la que evita que el proyecto quede reducido a un catecismo de frases para memorizar.

El prólogo no propone que el maestro explique primero la moraleja correcta. Quiere que cada niño escriba qué enseñanza encuentra él mismo en la sentencia. Dentro de una pedagogía moral bastante tradicional aparece, por tanto, un pequeño espacio de interpretación individual.

También resulta reveladora la insistencia en escribir a mano la frase. En 2005 los ordenadores ya formaban parte habitual de la vida cotidiana, pero el método conserva una práctica escolar mucho más antigua: copiar para recordar. La lentitud de la escritura obliga a permanecer durante unos segundos dentro de las palabras y las convierte en algo físicamente reproducido por el alumno antes de que empiece a comentarlas.

Una idea pedagógica con casi dos mil años

Lo más sorprendente es que la intuición central del libro tiene antecedentes en la escuela de la Antigüedad. Las pequeñas máximas, sentencias y chreiai formaron parte de los ejercicios utilizados en la educación grecorromana. Eran materiales adecuados para alumnos jóvenes porque podían memorizarse, copiarse y después ampliarse o comentarse cuando el estudiante alcanzaba un nivel más avanzado.

Séneca habla de ello en la carta 33 a Lucilio, dedicada precisamente al uso de las máximas filosóficas. Explica que los niños aprenden sentencias y las formas que los griegos llamaban chreiai porque su inteligencia puede abarcar esa clase de formulaciones breves antes de encontrarse preparada para construcciones filosóficas mucho más complejas. La moderna edición de sus cartas de University of Chicago Press resume el asunto con un título casi perfecto para nuestro ejemplar: «The use of philosophical maxims».

Séneca añade, sin embargo, una advertencia que enriquece la comparación. Las máximas son útiles como inicio, pero un adulto no debería permanecer toda la vida escondido detrás de las palabras memorables de otros. Aprender no consiste sólo en recordar lo que dijeron Zenón o Cleantes, sino en llegar finalmente a pensar por cuenta propia.

Curiosamente, el ejercicio de Díez Altares contiene ya una pequeña respuesta a ese problema. El niño no termina el trabajo después de copiar el apotegma. Tiene que explicar qué le dice. La sentencia ajena funciona como punto de partida para una elaboración propia. Entre la escuela romana y una impresión digital realizada en Zaragoza en 2005 cambian casi dos mil años de historia educativa, pero persiste la misma sospecha: una idea breve puede ser una buena puerta de entrada para una mente que empieza a enfrentarse a cuestiones mucho mayores.

Eso permite leer el volumen de otra manera. Su apariencia puede recordar a una de tantas recopilaciones de frases célebres, pero el prólogo revela que la selección no es el verdadero fin. El libro quiere ser utilizado. La frase es sólo la herramienta con la que provocar memoria, escritura, conversación y juicio.

María Isabel Díez Altares: una obra publicada a los ochenta y un años

La breve biografía incorporada al volumen explica buena parte de ese propósito. María Isabel Díez Altares nació en Olague, Navarra, el 28 de octubre de 1923. Se presenta como la tercera hija de Marciano y Caya y recuerda que desde muy joven pensó que las personas no habían nacido únicamente para cumplir sus funciones elementales, sino para hacer algo más con la vida.

La Guerra Civil, que comenzó cuando todavía era una niña, aparece mencionada como una experiencia que le dejó numerosas enseñanzas. No desarrolla allí un relato autobiográfico de la guerra ni entra en consideraciones políticas; lo que destaca es el efecto que produjo en su manera de mirar a quienes consideraba más débiles. De esa preocupación surgen dos grupos que menciona expresamente: los ancianos y los niños.

Con los primeros adopta un tono combativo. Critica la tendencia a apartarlos de la vida social y familiar y afirma haber trabajado para combatir esa exclusión. Para los niños, explica, ha publicado entre otras cosas este compendio. Apotegmas, ilustres, eternos, inmutables aparece así no como una ocurrencia aislada de coleccionista, sino como una prolongación de aquello que la autora entendía como responsabilidad hacia otras generaciones.

Su presentación añade otro dato significativo: ejerció durante cuarenta y tres años como funcionaria y reivindica el estudio permanente. La frase con la que explica esa actitud es casi otro apotegma: hay que estudiar durante toda la vida, mucho o poco, pero sin detenerse jamás. Resulta difícil separar esa concepción personal del aprendizaje de un libro que pretende exactamente lo mismo para los niños: proporcionar pequeñas enseñanzas capaces de seguir trabajando en la memoria mucho después de haber cerrado la página.

Nota biográfica de María Isabel Díez Altares
La nota biográfica del ejemplar presenta a María Isabel Díez Altares, nacida en Olague en 1923, y explica su interés por la infancia y las personas mayores.

Cuando apareció la primera edición, en marzo de 2005, Díez Altares tenía ochenta y un años. Ese dato vuelve especialmente coherente la palabra «eternos» del título. La selección está hecha desde el final de una vida larga, no desde su comienzo. La autora quiere decidir qué frases merecen sobrevivir a la generación que las reunió y pasar a otra que apenas está empezando.

Marciano, Caya y «Marcay»: la transmisión entre generaciones

Hay un detalle paratextual que resume casi todo el libro. La dedicatoria dice: «A mis adorados padres Marciano y Caya (Marcay)». En los créditos, el nombre que aparece después del título es «Marcay Díez Altares», y la Biblioteca Nacional terminaría catalogando la obra bajo la forma «Díez Altares, Marcay».

Todo indica que «Marcay» funciona como una unión familiar de Marciano y Caya. Más importante que resolverlo como una cuestión estrictamente bibliográfica es observar qué significa dentro del libro. Una mujer de ochenta y un años dedica a sus padres una recopilación concebida para transmitir enseñanzas a los niños. La dirección de esa transmisión resulta casi perfecta: lo aprendido de quienes estuvieron antes se entrega a quienes vienen después.

La autora lo expresa directamente en el prólogo cuando afirma que aquello que aprendemos de niños perdura durante toda la vida y recuerda cuánto nos influye lo que se nos inculcó en la infancia. La dedicatoria impide leer esa afirmación como una teoría educativa abstracta. Sus propios padres continúan presentes en el libro, hasta el punto de quedar comprimidos en una palabra que acompaña al apellido de la autora.

De este modo, Apotegmas, ilustres, eternos, inmutables acaba convirtiéndose también en una pequeña obra sobre la continuidad. Las sentencias sobreviven a quien las pronunció; los padres continúan en aquello que enseñaron a sus hijos; y una persona que ha alcanzado la vejez intenta trasladar a unos niños desconocidos aquello que cree que merece conservarse.

Nuestro ejemplar: una pequeña edición zaragozana de 2005

Materialmente, el volumen es muy sencillo. No figura en las páginas observadas una editorial comercial ni un ISBN. Los créditos indican «Primera edición: marzo 2005», consignan el depósito legal como «603 en Zaragoza» y atribuyen el diseño, la maquetación y la impresión a Calidad Impresión Digital.

La cubierta utiliza una imagen de una muchacha sentada leyendo y sitúa sobre ella las cuatro palabras del título con una tipografía caligráfica: Apotegmas / Ilustres / Eternos / Inmutables. Ni siquiera aparece el nombre de la autora en la portada. La imagen hace exactamente lo que necesita el libro: presenta la lectura como una actividad reposada y concentra toda la atención en esas pequeñas piezas de lenguaje que aguardan dentro.

La primera página incorpora además la dedicatoria a Marciano y Caya. El prólogo ocupa apenas una página, en consonancia con la filosofía de brevedad de la obra. Allí queda explicado todo el programa: reunir sentencias, utilizarlas con niños, hacer que las lean y escriban y pedirles después que descubran qué enseñanza contiene cada una.

Título
Apotegmas, ilustres, eternos, inmutables
Autora
M.ª Isabel Díez Altares
Forma utilizada en créditos
Marcay Díez Altares
Tipo de obra
Recopilación de apotegmas, máximas y sentencias de finalidad educativa
Edición
Primera edición
Fecha
Marzo de 2005
Lugar vinculado a la edición
Zaragoza
Depósito legal
El ejemplar indica «603 en Zaragoza»
Diseño y maquetación
Calidad Impresión Digital
Impresión
Calidad Impresión Digital
ISBN
No figura en las páginas observadas del ejemplar
Dedicatoria
A sus padres Marciano y Caya, reunidos en el libro bajo la forma «Marcay»
Destinatarios declarados
Alumnos de primera enseñanza
Propuesta pedagógica
Leer y escribir los apotegmas y explicar después la enseñanza que cada alumno encuentra en ellos

El ejemplar es humilde, pero la idea que contiene es enormemente ambiciosa. Pretende reducir una parte de la experiencia humana a frases suficientemente pequeñas como para caber en la memoria de un niño y suficientemente resistentes como para acompañarlo cuando deje de serlo.

Y quizá lo más curioso sea comprobar que esa confianza en la frase breve no pertenecía únicamente a una mujer nacida en Navarra en 1923. Séneca ya sabía que los niños podían empezar a acercarse al pensamiento mediante máximas fáciles de retener. Diecinueve siglos después, María Isabel Díez Altares añadió su propio paso al viejo método: después de copiar la frase, que el niño explique qué ha encontrado dentro de ella.

Fuentes utilizadas para contextualizar la obra