Portada de Así hablaba Zaratustra, Friedrich Nietzsche. Biblioteca EDAF de Bolsillo nº 14, Madrid, 1985.
Ficha bibliográfica
Autor: Friedrich Nietzsche
Título: Así hablaba Zaratustra
Título original: Also sprach Zarathustra. Ein Buch für Alle und Keinen
Traducción: Carlos Vergara
Prólogo: Dolores Castrillo Mirat
Editorial: EDAF, Ediciones-Distribuciones, S. A.
Lugar: Madrid
Dirección editorial: Jorge Juan, 30, Madrid
Año: 1985
Colección: Biblioteca EDAF de Bolsillo
Número: 14
ISBN: 84-7166-261-2
Depósito legal: M. 1.747-1985
Impresión: Gráficas RUIMOR
Dirección de impresión: Plaza María Pignatelli, 2, Madrid
Extensión catalogada: aproximadamente 331 páginas
Formato: alrededor de 17 × 11 cm
Encuadernación: rústica
Un libro de bolsillo que no se comporta como un tratado
La materialidad del ejemplar es modesta: formato reducido, cubierta blanca, una ilustración abstracta y la identidad reconocible de la Biblioteca EDAF de Bolsillo. El contraste con el contenido es notable, porque pocas obras filosóficas se resisten tanto como Zaratustra a una lectura convencional. Nietzsche no organiza su pensamiento mediante una sucesión sistemática de tesis y demostraciones. Construye un personaje, lo hace descender de una montaña, lo enfrenta a discípulos y multitudes, introduce animales, sueños, canciones, parábolas y sermones y adopta deliberadamente el tono de la literatura profética.
La forma no es un adorno añadido a unas ideas que podrían haberse expuesto exactamente igual en un tratado. Forma parte del propio experimento filosófico. Zaratustra no se limita a explicar unas doctrinas: vive, fracasa, se decepciona, se retira, regresa y descubre los límites de su capacidad para comunicar aquello que cree haber comprendido.
«Así hablaba» y «Así habló» Zaratustra
La portada conserva una variante del título que hoy resulta menos habitual. El alemán Also sprach Zarathustra suele traducirse actualmente como Así habló Zaratustra, pero la forma Así hablaba Zaratustra posee una larga tradición en español y aparece ya en las primeras traducciones castellanas de comienzos del siglo XX.
El título de EDAF no es, por tanto, una extravagancia de los años ochenta, sino una supervivencia de aquella primera recepción española de Nietzsche. Los títulos también tienen historia, y una traducción que hoy parece anticuada puede conservar el rastro de la manera en que una cultura conoció inicialmente una obra.
La página legal
La página de créditos es muy austera. Identifica a la editorial, registra el depósito legal y el ISBN y señala los talleres de impresión, pero no incluye el nombre del traductor. La catalogación bibliográfica de esta edición y la continuidad posterior del título dentro del catálogo de EDAF permiten atribuir la traducción a Carlos Vergara, mientras que la cubierta destaca expresamente el prólogo de Dolores Castrillo Mirat.
EDAF mantuvo durante años esa combinación de traducción y prólogo. El dato es interesante porque recuerda que la recepción de un filósofo nunca depende exclusivamente de sus textos: entre el autor y el lector aparecen traductores, profesores, prologuistas y editores que deciden vocabulario, explican conceptos y contribuyen a fijar una determinada imagen del pensador.
Dolores Castrillo Mirat y los intermediarios de Nietzsche
Dolores Castrillo desarrolló una trayectoria vinculada a la filosofía, la docencia y posteriormente al psicoanálisis de orientación lacaniana. Su presencia en este volumen no fue un hecho aislado: prologó también otras obras de Nietzsche publicadas por EDAF, entre ellas Más allá del bien y del mal y ediciones relacionadas con La voluntad de poderío.
Su nombre pertenece así a una tradición de mediadores que durante décadas ayudaron a construir el Nietzsche leído en español. En un autor especialmente expuesto a simplificaciones —«Dios ha muerto», «superhombre», «voluntad de poder»— la importancia de esas mediaciones es todavía mayor.
1883-1885: la construcción de Zaratustra
La obra tampoco nació como un volumen compuesto de una sola vez. Nietzsche escribió y publicó sus partes entre 1883 y 1885. Las tres primeras aparecieron de manera sucesiva, mientras que la cuarta tuvo inicialmente una circulación privada y extraordinariamente reducida. Esa composición escalonada ayuda a explicar el carácter móvil del personaje y del libro: Zaratustra no permanece inmóvil como portavoz de un sistema, sino que atraviesa distintas experiencias y modifica incluso su relación con sus seguidores.
¿Por qué Zaratustra?
Nietzsche tomó el nombre del antiguo profeta persa Zaratustra, conocido también como Zoroastro en la tradición griega. No pretendía escribir una reconstrucción histórica de su religión. Su Zaratustra es una creación literaria, pero la elección del personaje contiene una ironía deliberada.
En la recepción occidental, el antiguo Zaratustra estaba asociado a una concepción moral fuertemente articulada en torno al bien y el mal. Nietzsche, que dedicó buena parte de su obra madura a cuestionar la pretendida eternidad de nuestros valores morales, convierte precisamente a esa figura en portavoz de una filosofía que quiere examinar y superar la vieja oposición entre valores absolutos.
La muerte de Dios: el comienzo del problema
La frase «Dios ha muerto» es probablemente la más conocida de Nietzsche y también una de las que más fácilmente se banalizan. No significa simplemente que Nietzsche haya evaluado unas pruebas y concluido que una determinada divinidad no existe. Su diagnóstico es histórico y cultural: Europa había organizado durante siglos buena parte de sus concepciones de verdad, moral y sentido alrededor de un fundamento trascendente, pero la modernidad estaba erosionando progresivamente la credibilidad de ese fundamento.
El problema aparece cuando desaparece la fe y permanecen intactos los valores que se justificaban mediante ella. Podemos dejar de creer en Dios y continuar hablando de obligaciones universales, finalidades absolutas o una dignidad inscrita metafísicamente en el universo como si nada hubiera sucedido. Nietzsche sospecha que esa situación no puede durar indefinidamente.
El nihilismo que aparece después
Por eso la muerte de Dios no representa para Nietzsche una meta satisfactoria, sino el comienzo de una crisis. Cuando los antiguos valores pierden su fundamento puede aparecer el nihilismo: la sospecha de que nada posee verdadero sentido, de que ninguna finalidad merece preferirse y de que todas las jerarquías son arbitrarias.
Describir a Nietzsche simplemente como «nihilista» invierte casi por completo el sentido de su diagnóstico. Nietzsche dedica buena parte de su obra a entender el nihilismo porque considera que Europa se dirige hacia él y porque intenta averiguar si puede ser superado. Zaratustra no anuncia la destrucción del viejo mundo para quedarse contemplando las ruinas; necesita saber qué puede construirse después.
El Übermensch: superar al hombre, no fabricar una raza
En este contexto aparece el famoso Übermensch, traducido tradicionalmente como «superhombre» y también como «sobrehombre». La palabra ha acumulado tantos significados políticos y populares que a veces resulta difícil regresar al texto. No designa sencillamente un individuo físicamente superior, ni tiene nada que ver con el superhéroe moderno, ni puede reducirse a un programa de selección racial.
En Zaratustra funciona sobre todo como figura de autosuperación. El hombre presente no sería una culminación definitiva, sino una transición: un ser capaz de desprenderse de valores heredados, asumir la ausencia de garantías trascendentes y participar en la creación de nuevas formas de valorar.
Eso no convierte a Nietzsche en un pensador políticamente inocuo. Sus ataques a la igualdad, la democracia y determinadas formas de moral son reales y pueden resultar profundamente incómodos. Pero transformar el Übermensch en una simple doctrina racial falsifica la función que desempeña dentro de este libro.
El camello, el león y el niño
La idea de autosuperación adquiere su mejor forma literaria en la parábola de las tres metamorfosis del espíritu. Nietzsche no presenta el desarrollo humano como una sencilla liberación de toda obligación. Cada figura realiza una tarea que la siguiente necesita superar.
La secuencia corrige una de las caricaturas más persistentes de Nietzsche. El león destructor es necesario, pero no constituye la forma superior. Quien vive exclusivamente negando continúa dependiendo de aquello que niega. El niño representa algo más difícil: la capacidad de afirmar y crear cuando ya no queda un mandato exterior contra el que rebelarse.
El eterno retorno como prueba de afirmación
Otra de las ideas asociadas inseparablemente a Zaratustra es el eterno retorno. Su estatuto exacto dentro del pensamiento nietzscheano ha generado interpretaciones muy distintas, pero posee una dimensión existencial extraordinariamente poderosa: imaginar que nuestra vida, con cada alegría, error, dolor, enfermedad, decisión y momento insignificante, tuviera que repetirse exactamente de la misma manera una cantidad infinita de veces.
La prueba no consiste en preguntarnos si repetiríamos los episodios agradables. Lo difícil es afirmar la totalidad, porque eliminar un acontecimiento significa también alterar la cadena que hizo posibles los demás. El eterno retorno lleva así hasta el extremo una pregunta sobre nuestra relación con lo vivido: ¿querríamos nuestra existencia sólo después de corregirla o seríamos capaces de asumirla entera?
Amor fati: algo más que resignación
La expresión amor fati, amor al destino, resume otra dimensión de esa actitud. No equivale a decir «no puedo cambiar lo sucedido, por tanto debo soportarlo». Esa sería una resignación todavía dominada por el deseo de que las cosas hubieran sido distintas.
Nietzsche apunta hacia algo mucho más exigente: una afirmación de la existencia que no necesite inventar otra vida, otro mundo o una biografía alternativa para justificar ésta. El gesto es especialmente significativo en un hombre cuya salud física fue extraordinariamente frágil y que conoció durante años el dolor, los problemas visuales, las náuseas, el aislamiento y los continuos desplazamientos en busca de climas que pudiera tolerar.
Su filosofía de la fuerza no fue escrita desde una vida confortable. La afirmación surge precisamente del conocimiento del sufrimiento.
Una Biblia contra la Biblia
La contracubierta de esta edición describe Zaratustra como una «contrafigura de la Biblia». La fórmula es demasiado rotunda si pretende resumir todo el libro, pero percibe correctamente una parte esencial de su construcción literaria. Nietzsche adopta el lenguaje de la profecía, la montaña, los discípulos, las parábolas, los sermones y las revelaciones, pero utiliza esa estructura para atacar buena parte de la tradición moral que ese lenguaje había servido históricamente para transmitir.
No critica la forma bíblica desde fuera: la ocupa. El resultado se parece a un evangelio cuyo mensaje central anuncia precisamente la desaparición del fundamento trascendente sobre el que se había construido la cultura cristiana europea.
«Permaneced fieles a la tierra»
La crítica al cristianismo está vinculada a otra oposición fundamental. Nietzsche sospecha de las doctrinas que devalúan esta existencia en nombre de otra superior: cuerpo frente a alma, tierra frente a cielo, vida presente frente a vida futura. Zaratustra intenta invertir esa dirección y devolver el sentido a la existencia concreta.
La relación de Nietzsche con el cristianismo es, además, más compleja que un odio indiferenciado hacia cualquier figura cristiana. Su crítica se concentra especialmente en la moral histórica que considera negadora de la vida, y en algunos momentos distingue la figura de Jesús del desarrollo posterior de la Iglesia y de la moral cristiana. Pero el objetivo general resulta inequívoco: impedir que esta vida necesite justificarse mediante otra situada fuera de ella.
Schopenhauer: el maestro al que había que abandonar
La formación filosófica de Nietzsche quedó profundamente marcada por Arthur Schopenhauer. El mundo como voluntad y representación le ofreció una concepción trágica de la existencia: una voluntad insaciable impulsa continuamente a los seres, de modo que la satisfacción definitiva permanece fuera de alcance.
Nietzsche asumió mucho de aquella visión del deseo y del sufrimiento, pero acabó rechazando su conclusión. Allí donde Schopenhauer buscaba una forma de aquietamiento o negación de la voluntad, Nietzsche avanzó hacia el problema contrario: cómo afirmar una existencia que incluye necesariamente dolor, cambio y pérdida.
Wagner: de esperanza cultural a enemigo
Richard Wagner desempeñó un papel semejante en otro terreno. Durante años Nietzsche vio en el compositor la posibilidad de una gran renovación cultural alemana y mantuvo con él una relación intelectual y personal intensa. La ruptura posterior fue igualmente profunda.
Wagner terminó representando para Nietzsche aspectos que había empezado a detestar: nacionalismo, teatralidad, decadencia y una reconciliación creciente con motivos cristianos. El antiguo entusiasmo terminó produciendo títulos tan poco conciliadores como El caso Wagner y Nietzsche contra Wagner.
La trayectoria es significativa porque Nietzsche aplicó también a sus propios maestros el principio de superación que exigía a sus lectores. Admirar no podía significar obedecer para siempre.
La voluntad de poder no significa simplemente mandar
Otra expresión convertida en caricatura es «voluntad de poder». Reducirla al deseo consciente de gobernar a otros resulta insuficiente. En Nietzsche puede designar procesos de expansión, interpretación, incorporación, organización, imposición de forma y superación de resistencias. Su alcance es mucho más amplio que el poder político.
Puede manifestarse en la creación artística, en el conocimiento, en la disciplina sobre uno mismo o en la capacidad de reorganizar una experiencia. De ahí su relación con la autosuperación: el poder nietzscheano no consiste únicamente en dominar algo exterior, sino también en transformarse y producir nuevas formas.
La contracubierta de 1985: cuando el propio libro se convierte en documento
Contracubierta de la edición EDAF de 1985. Su semblanza de Nietzsche contiene varios datos que hoy necesitan una corrección importante.
La contracubierta es quizá el elemento más interesante del ejemplar como objeto histórico. No sólo presenta el contenido: conserva una determinada imagen divulgativa de Nietzsche en la España de los años ochenta. El filósofo aparece resumido mediante Schopenhauer, Wagner, la locura, el superhombre, la voluntad de poder y Zaratustra como una especie de Biblia invertida.
Parte de esa síntesis resulta razonable, pero contiene también errores importantes, especialmente en la cronología de su enfermedad y en la presentación de La voluntad de poder.
Nietzsche no enloqueció en 1879
Nietzsche abandonó su cátedra de Basilea en 1879 debido a graves problemas físicos. Sufría desde hacía años fuertes dolores de cabeza, trastornos visuales y digestivos y episodios que podían incapacitarlo durante períodos considerables. Pero la retirada de la universidad no marcó el comienzo de una década de delirio. Ocurrió casi exactamente lo contrario.
Durante los diez años siguientes escribió buena parte de las obras que hoy definen su madurez: Aurora, La gaya ciencia, Así habló Zaratustra, Más allá del bien y del mal, La genealogía de la moral, Crepúsculo de los ídolos, El Anticristo y Ecce homo, entre otras.
El colapso que puso fin a su actividad intelectual autónoma ocurrió en enero de 1889, en Turín. Nietzsche viviría hasta 1900, atendido primero por su madre y después por su hermana Elisabeth, pero ya no regresaría a una vida filosófica independiente. Entre 1879 y 1889 existe, por tanto, casi una década que la contracubierta comprime de manera completamente equivocada.
El problema de La voluntad de poder
La otra gran corrección afecta al supuesto libro La voluntad de poder. Nietzsche tomó abundantes notas relacionadas con un proyecto de ese nombre y modificó varias veces su posible estructura, pero no dejó terminada una obra comparable a Zaratustra o Más allá del bien y del mal.
Después de su colapso y, sobre todo, tras su muerte, fragmentos de sus cuadernos fueron seleccionados y reorganizados hasta presentarse editorialmente como una obra sistemática. En esa construcción desempeñaron un papel esencial Elisabeth Förster-Nietzsche y Peter Gast.
Elisabeth y el Nietzsche que Nietzsche ya no podía controlar
El colapso de 1889 ocurrió precisamente cuando la reputación del filósofo estaba a punto de cambiar. Nietzsche había escrito durante años para un público pequeño y, en ocasiones, desesperadamente reducido. La cuarta parte de Zaratustra llegó a imprimirse para un círculo minúsculo. Sin embargo, durante la década de 1890 su prestigio comenzó a crecer por toda Europa.
La tragedia consiste en que el autor ya no podía participar verdaderamente en ese proceso. Su archivo, sus manuscritos, sus planes abandonados y la organización editorial de sus fragmentos quedaron en manos de otros. La creciente fama del filósofo coincidió así con su imposibilidad de controlar la imagen pública que se estaba formando de él.
Durante décadas, muchos lectores recibieron juntos materiales de naturaleza muy diferente: obras terminadas y publicadas por Nietzsche, anotaciones privadas, proyectos abandonados y reconstrucciones editoriales póstumas. Una parte considerable de la investigación filológica posterior ha consistido precisamente en volver a separar esas capas.
Más allá del bien y del mal no significa invertir las etiquetas
Nietzsche tampoco propone sustituir mecánicamente un sistema moral por su contrario. Si simplemente declaráramos bueno todo lo que antes llamábamos malo y malo todo lo que antes llamábamos bueno, continuaríamos atrapados en la misma estructura.
Su procedimiento consiste en preguntar por la historia de los valores: cómo surgieron, qué formas de vida expresan, qué intereses pueden proteger y qué tipo de ser humano producen. Esa es la lógica genealógica que desarrollará especialmente en La genealogía de la moral.
El resultado no es demostrar automáticamente que todo valor sea falso. Es algo previo y quizá más peligroso: mostrar que aquello que parecía eterno puede poseer una historia. Cuando un valor deja de parecer caído del cielo, se vuelve posible interrogarlo.
Perspectiva, verdad y conocimiento
La sospecha nietzscheana no termina en la moral. También se dirige hacia nuestra propia «voluntad de verdad». Nietzsche pregunta por qué atribuimos a la verdad un valor absoluto, qué forma de vida necesita determinadas concepciones del conocimiento y si alguna mirada humana puede desprenderse completamente de la posición desde la que contempla el mundo.
Eso no equivale a la trivialidad de afirmar que «todo es mentira». El perspectivismo señala que conocer es siempre conocer desde unas determinadas capacidades, intereses, cuerpos y formas de interpretar. La perspectiva no es simplemente un defecto que algún observador perfecto podría eliminar: pertenece a las condiciones mismas de nuestro conocimiento.
El regreso del cuerpo
La crítica a la metafísica está unida a una insistencia particularmente moderna en el cuerpo. Nietzsche sospecha de una tradición filosófica que había situado razón, alma o espíritu por encima de las condiciones corporales de la existencia. Para él, las ideas no flotan en un espacio puro: pensamos desde organismos afectados por deseos, fuerzas, cansancio, enfermedad, miedo y placer.
Su propia biografía vuelve esta cuestión especialmente intensa. Nietzsche pasó largos períodos físicamente incapacitado y organizó buena parte de su vida en función de una salud extremadamente frágil. La filosofía de la afirmación, de la fuerza y de la autosuperación fue escrita por un hombre que conocía perfectamente la debilidad física.
El último hombre: la alternativa menos heroica
Frente al Übermensch, Zaratustra presenta otra figura mucho menos espectacular y quizá por ello más inquietante: el último hombre. No es un tirano ni un monstruo. Su aspiración es la comodidad, la seguridad, la desaparición de grandes riesgos y una existencia hecha de pequeños placeres administrables.
El problema para Nietzsche es que esa vida reduce también la aspiración a superarse. El último hombre no quiere crear valores ni exponerse a grandes empresas; quiere que nada perturbe demasiado su bienestar. Cuando Zaratustra ofrece al público la posibilidad del superhombre, descubre con horror que muchos prefieren al último hombre.
Una figura que sigue provocando
Sería demasiado fácil convertir al «último hombre» en una profecía literal de nuestra época. Nietzsche no conoció internet, las plataformas digitales ni las formas contemporáneas de entretenimiento. Pero la pregunta que formula puede trasladarse sin necesidad de fingir que predijo nuestro mundo: ¿qué ocurre cuando una sociedad consigue multiplicar comodidad y seguridad pero empieza a tener dificultades para responder a la pregunta de para qué quiere vivir?
La cuestión puede interesarnos sin aceptar el aristocratismo nietzscheano ni su desconfianza hacia determinadas formas de igualdad. Leer a Nietzsche no exige obedecerlo. De hecho, una obediencia demasiado fiel sería probablemente una de las maneras menos nietzscheanas de hacerlo.
Zaratustra y el fracaso del discípulo obediente
La propia estructura del libro contiene una advertencia contra la transformación de la filosofía en catecismo. Zaratustra busca discípulos, se decepciona con ellos, vuelve a su soledad y descubre que una enseñanza de liberación puede convertirse inmediatamente en una nueva doctrina si quienes la reciben se limitan a repetir al maestro.
El buen discípulo debe acabar siendo capaz de separarse. Si Nietzsche exige examinar los valores heredados y superar a quienes nos han formado, él mismo no puede quedar excluido de ese examen. Convertirlo en autoridad definitiva reproduciría exactamente el «Tú debes» que el león tenía que derrotar.
Un libro escrito también para el oído
Zaratustra pierde mucho cuando se reduce a un catálogo de conceptos. Nietzsche escribe mediante ritmos, repeticiones, imágenes recurrentes, canciones y cadencias que imitan o deforman el lenguaje religioso. El lector no recibe únicamente argumentos: recibe una voz.
La relación de Nietzsche con la música fue intensa durante toda su vida, y esa sensibilidad atraviesa la prosa del libro. La escritura busca producir un efecto que no es sólo lógico. Quiere convencer, seducir, irritar, elevar, hacer reír y, en ocasiones, resultar deliberadamente excesiva.
Richard Strauss y la segunda vida de Zaratustra
En 1896 Richard Strauss estrenó su poema sinfónico Also sprach Zarathustra, inspirado libremente en Nietzsche. Su comienzo terminaría convertido en una de las piezas más reconocibles de la música occidental del siglo XX, sobre todo después de que Stanley Kubrick lo utilizara en 2001: Una odisea del espacio.
La asociación cinematográfica resultó especialmente poderosa porque la música acompaña imágenes de transformación, inteligencia y paso hacia una forma distinta de existencia. La difusión llegó a producir una curiosa inversión cultural: millones de personas que jamás han leído a Nietzsche reconocen inmediatamente una música nacida de su libro.
El Nietzsche de manual y el Nietzsche que se escapa
Los conceptos célebres no son falsos. El problema empieza cuando sustituyen al libro. Algo semejante ocurre con la propia contracubierta de EDAF: necesitaba explicar rápidamente a Nietzsche y terminó reproduciendo una imagen fácilmente reconocible, pero excesivamente comprimida y, en algunos puntos, históricamente equivocada.
Precisamente por eso el ejemplar tiene hoy un interés que va más allá del texto que contiene. Nos permite leer simultáneamente a Nietzsche y una determinada manera de divulgar a Nietzsche en 1985.
1888: el último año creador
La equivocación cronológica de la contracubierta se vuelve todavía más evidente cuando se observa 1888. Apenas unos meses antes del colapso de Turín, Nietzsche desarrolló una actividad intelectual extraordinaria y trabajó en textos como El caso Wagner, Crepúsculo de los ídolos, El Anticristo, Ecce homo y Nietzsche contra Wagner.
La proximidad entre aquella producción y el derrumbe de enero de 1889 contribuyó posteriormente a una mitología muy seductora: el filósofo que piensa hasta enloquecer. Pero utilizar retrospectivamente el final clínico para interpretar cada exceso retórico anterior es un procedimiento peligroso. Un estilo exaltado no constituye por sí mismo un diagnóstico médico.
Tampoco existe hoy una certeza absoluta acerca de la enfermedad que produjo el deterioro final. Durante mucho tiempo se dio por supuesta una neurosífilis; posteriormente se propusieron diagnósticos alternativos. Para la historia de la obra basta con un hecho mucho más sólido: después de enero de 1889 Nietzsche ya no pudo continuar de manera autónoma la trayectoria intelectual que había desarrollado hasta entonces.
«Un libro para todos y para nadie»
El subtítulo alemán de Zaratustra, frecuentemente omitido en las portadas españolas, es casi una declaración de principios: Ein Buch für Alle und Keinen, «un libro para todos y para nadie».
La fórmula contiene una paradoja adecuada al carácter de la obra. Es «para todos» porque habla de cuestiones que ningún lector puede considerar enteramente ajenas: valor, sentido, sufrimiento, muerte, creación y libertad. Pero es también «para nadie» porque Nietzsche escribe como si su verdadero lector todavía no existiera, como si el libro tuviera que contribuir a producir precisamente el tipo de lector capaz de soportarlo.
La ironía de convertirse en clásico
El destino posterior de Nietzsche resulta casi cómico desde esa perspectiva. El filósofo que desconfiaba de los rebaños generó innumerables escuelas de seguidores; el enemigo de los sistemas fue sistematizado; el crítico de las fórmulas terminó convertido en una sucesión de frases célebres y el pensador de la autosuperación acabó abasteciendo desde debates académicos hasta citas motivacionales.
Quizá ningún autor pueda impedirlo una vez convertido en clásico. La cultura selecciona, simplifica y reutiliza. Nietzsche sufrió ese proceso con especial intensidad porque su escritura produce frases extraordinariamente fáciles de separar de la arquitectura que les daba sentido.
La edición EDAF de 1985
Este ejemplar no es una rareza bibliográfica ni una primera edición española. Su interés está en representar una forma muy concreta de circulación de la filosofía durante los años ochenta. Nietzsche podía encontrarse en una colección de bolsillo, en un formato pequeño y transportable, destinado a bibliotecas domésticas y lectores que no necesitaban pertenecer al ámbito universitario para acercarse a él.
La democratización de la cultura no depende únicamente de hacer sencillas las ideas. Depende también de hacer accesible el objeto que las transporta. Colecciones como la Biblioteca EDAF de Bolsillo permitieron que textos difíciles convivieran con novelas, ensayos y clásicos en estanterías ordinarias.
Y esa misma edición popular conserva ahora, además, sus propias huellas históricas: un título tradicional, un determinado traductor, una prologuista y una contracubierta cuya equivocada cronología de la locura de Nietzsche nos dice tanto sobre la divulgación de 1985 como sobre el filósofo al que pretendía presentar.
Leer a Nietzsche después de Nietzsche
La mejor lectura de Zaratustra probablemente sea aquella que evita convertirlo en una nueva escritura sagrada. Sus respuestas pueden discutirse, algunas de sus posiciones políticas y morales pueden rechazarse y determinadas formulaciones pueden resultar insoportables. Nada de eso elimina la potencia de las preguntas.
¿De dónde proceden nuestros valores? ¿Cuánto de lo que consideramos convicción propia es simplemente herencia? ¿Qué sucede cuando una sociedad destruye la autoridad que justificaba su moral pero conserva la moral? ¿Puede la libertad desembocar en nihilismo? ¿Basta con negar para ser libre? ¿Somos capaces de crear después de haber destruido?
En ese sentido, las tres metamorfosis siguen proporcionando una de las mejores claves del libro. El camello carga con el mandato, el león conquista el derecho a rechazarlo y el niño representa la posibilidad mucho más difícil de comenzar otra vez. La rebeldía no es todavía la meta: quien sólo sabe destruir continúa viviendo alrededor de aquello que destruye.
Conclusión
Así hablaba Zaratustra es quizá el libro de Nietzsche más fácil de reconocer y uno de los más difíciles de reducir sin deformarlo. De él proceden algunas de las expresiones que terminaron convirtiéndose en emblemas de toda su filosofía: la muerte de Dios, el superhombre, el eterno retorno, el último hombre y las metamorfosis del espíritu. Precisamente esa abundancia de imágenes memorables ha favorecido que el libro sobreviva muchas veces convertido en una colección de consignas.
Sin embargo, la cuestión que organiza buena parte de la obra es más profunda que cualquiera de sus fórmulas aisladas. Nietzsche intenta pensar qué puede ocurrir cuando una cultura deja de creer en el fundamento trascendente que había dado legitimidad a sus valores. La muerte de Dios no resuelve el problema; lo crea. Tras ella aparecen el nihilismo, la posibilidad de buscar nuevas autoridades, la tentación de la comodidad y, finalmente, la exigencia mucho más difícil de producir valores sin fingir que han sido escritos eternamente fuera del mundo.
El superhombre pertenece a ese horizonte de autosuperación y no a una sencilla doctrina biológica. Las metamorfosis del camello, el león y el niño muestran que la liberación tampoco termina en la destrucción: decir «no» a un mandato puede conquistar libertad, pero sólo la capacidad de crear permite dejar de vivir bajo la sombra de aquello contra lo que nos rebelamos.
El eterno retorno y el amor fati llevan esa afirmación hasta un extremo todavía más exigente. Ya no se trata solamente de aceptar la vida cuando coincide con nuestros deseos, sino de preguntar hasta qué punto podemos asumir una existencia que incluye sufrimiento, error, pérdida y azar sin necesitar un segundo mundo que la redima.
La edición de EDAF añade a todo ello una segunda capa histórica. El volumen nos muestra cómo podía encontrarse Nietzsche en una biblioteca española de bolsillo en 1985 y conserva una contracubierta que resulta hoy casi tan interesante como documento de recepción como por la información que pretendía transmitir. Sus errores acerca de 1879 y La voluntad de poder recuerdan hasta qué punto la imagen de un filósofo depende también de quienes lo editan después de su muerte.
Nietzsche conoció además una ironía biográfica particularmente cruel. Durante sus años intelectualmente activos tuvo un público reducido; cuando su nombre empezó a extenderse por Europa, el colapso de 1889 ya le había impedido participar verdaderamente en su propia celebridad. Otros ordenarían sus papeles, construirían su figura pública, discutirían sus conceptos y convertirían algunas de sus frases en símbolos universales.
Tal vez por eso leer hoy Zaratustra exige una actitud especialmente adecuada al propio libro: no obedecerlo, pero tampoco despacharlo mediante una caricatura. Nietzsche no pide un discípulo que memorice nuevas tablas; su obra resulta mucho más interesante cuando obliga al lector a examinar también al maestro que pretende enseñarle a destruir las antiguas.
Después de matar a Dios queda todavía el problema verdaderamente difícil: decidir qué hacer con la libertad que queda en su lugar.
- Stanford Encyclopedia of Philosophy — Friedrich Nietzsche, para el contexto general de su pensamiento y sus principales conceptos.
- Stanford Encyclopedia of Philosophy — Nietzsche's Life and Works, para la cronología biográfica y editorial.
- Nietzsche Source, edición crítica digital de las obras y materiales de Nietzsche.
- Universitat Pompeu Fabra — Historia de las traducciones españolas de Nietzsche, para la recepción y traducción de sus obras al castellano.
- EDAF — Así habló Zaratustra, para la continuidad editorial de la traducción de Carlos Vergara y del prólogo de Dolores Castrillo Mirat.