Umberto Eco escribió este manual en 1977. No existían Google, Zotero ni los PDF descargados en masa, y el investigador todavía llenaba fichas de cartulina. Sin embargo, algunos de los problemas que intenta resolver resultan sospechosamente actuales.
Un estudiante encuentra veinte libros, fotocopia capítulos enteros y vuelve a casa con la agradable sensación de haber trabajado. Eco observa el fenómeno y se burla de esa acumulación de documentos que sustituye a la lectura. Casi medio siglo después podemos cambiar las fotocopias por una carpeta con ciento cincuenta PDF y el problema continúa siendo exactamente el mismo: poseer información no equivale a haber investigado.
Cómo se hace una tesis ha envejecido en sus herramientas y sorprendentemente poco en su método. El libro explica cómo escoger un problema que realmente pueda investigarse, localizar y distinguir fuentes, construir una bibliografía, organizar el material, utilizar un índice provisional para pensar y redactar de manera que otro lector pueda seguir el razonamiento y comprobar de dónde procede cada afirmación.
El tema de la tesis es menos importante que aprender a investigar
Eco comienza desmontando una idea bastante extendida entre los estudiantes: que la calidad de una tesis depende principalmente de haber elegido un tema espectacular. Para él, el verdadero aprendizaje consiste en adquirir un método. Hacer una tesis significa localizar un problema concreto, reunir documentos relacionados con él, ordenar esos materiales, revisarlos críticamente, formular una interpretación y presentar todo el recorrido de manera que otra persona pueda comprenderlo y, si lo desea, volver a las mismas fuentes.
Esta concepción explica que Eco distinga entre una tesis de investigación y una tesis de compilación sin considerar automáticamente superior a la primera. Una investigación puede aspirar a producir un resultado nuevo; una buena tesis de compilación puede reconstruir críticamente lo que otros han escrito, comparar posiciones y proporcionar una visión ordenada de una cuestión. Lo importante es que el estudiante sepa qué clase de trabajo está haciendo y no disfrace una recopilación como si fuera un descubrimiento original.
La tesis se convierte así en entrenamiento intelectual. Incluso para quien no continúe después una carrera universitaria, investigar obliga a aprender operaciones transferibles a muchos otros trabajos: definir un problema, encontrar documentación, decidir qué información sirve y cuál no, distinguir una fuente directa de una interpretación posterior, ordenar materiales contradictorios y explicar finalmente por qué se ha llegado a determinada conclusión.
La primera decisión inteligente consiste en renunciar
Uno de los consejos más característicos del libro es también uno de los más difíciles de aceptar: reducir el campo. El estudiante que empieza suele sentirse atraído por grandes asuntos porque parecen importantes. Quiere estudiar toda la literatura de una época, el cine de un país, una revolución completa o la filosofía entera de un autor. Eco considera peligrosa esa ambición. Cuanto mayor es el territorio, mayor es también la cantidad de cosas que deberían conocerse para afirmar que realmente se ha investigado.
De ahí su preferencia por la tesis monográfica frente a la panorámica. Limitarse a una cuestión concreta permite dominar mucho mejor las fuentes y alcanzar un grado de profundidad imposible cuando hay que recorrer cientos de obras, autores y problemas. La aparente modestia del objeto puede acabar produciendo una investigación más interesante porque el estudiante dispone de tiempo para encontrar aquello que normalmente queda escondido bajo las generalizaciones.
La elección tampoco puede separarse de las condiciones reales en las que se trabaja. Eco recomienda preguntarse antes de empezar si el tema corresponde de verdad a los intereses del estudiante, si las fuentes pueden localizarse, si están a su alcance material e intelectual y si el método necesario para estudiarlas puede manejarse con los conocimientos disponibles. Una tesis sobre documentos conservados únicamente en un archivo inaccesible puede ser una idea magnífica y, al mismo tiempo, una tesis imposible.
Lo mismo ocurre con los idiomas. No tiene sentido elegir un asunto cuya bibliografía fundamental está escrita en una lengua que el investigador no puede leer y fingir después que esa bibliografía no existe. El principio parece trivial, pero contiene una de las constantes del manual: antes de enamorarse de una idea hay que comprobar si puede convertirse realmente en investigación.
Ese criterio sigue siendo pertinente incluso cuando Internet ha multiplicado el acceso a las fuentes. Que un documento aparezca en una búsqueda no significa que podamos comprenderlo, verificarlo o situarlo correctamente. La disponibilidad digital ha reducido algunas barreras físicas, pero no ha eliminado la diferencia entre encontrar información y estar en condiciones de trabajar con ella.
La biblioteca de Alessandria: investigar con pocos medios
Cómo se hace una tesis fue escrito pensando especialmente en estudiantes de humanidades y en un sistema universitario muy diferente del actual. Pero Eco no imagina únicamente al estudiante ideal que dispone de tiempo, dinero, profesores atentos y una gran biblioteca universitaria. En uno de los episodios más reveladores del libro se coloca deliberadamente en la situación contraria: un estudiante trabajador, con pocos recursos, escaso contacto con sus profesores y residente lejos de los grandes centros académicos.
Para comprobar hasta dónde puede llegar, realiza lo que llama el experimento de la biblioteca de Alessandria. Eco se encuentra cerca de esa ciudad piamontesa y decide trabajar solamente con la biblioteca local, renunciando durante el ejercicio a aprovechar las grandes bibliotecas universitarias que podría alcanzar desplazándose a otras ciudades. Lo interesante no es tanto el resultado bibliográfico como observar el procedimiento: empezar por obras generales, seguir las referencias que contienen, localizar nuevos nombres, consultar catálogos y permitir que cada documento abra el camino hacia otros.
La escena resulta especialmente útil porque muestra que la investigación bibliográfica no consiste en conocer desde el principio todos los libros que hay que buscar. El investigador empieza con una pregunta y unas cuantas pistas. Una enciclopedia conduce a una monografía; la bibliografía de esa monografía conduce a un artículo; un catálogo permite encontrar otra edición; una nota al pie descubre un autor que ni siquiera aparecía en el planteamiento inicial. Investigar significa aprender a seguir esas cadenas sin perder de vista la pregunta que las originó.
Eco distingue además con insistencia entre fuentes de primera y segunda mano. Si la tesis estudia un escritor, leer sus textos no puede sustituirse por leer únicamente lo que otros han escrito sobre él. Una historia de la crítica puede ser imprescindible para contextualizar el problema, pero no se convierte por ello en la obra que constituye el objeto de estudio. La clasificación depende siempre de la pregunta: un documento secundario para una investigación puede convertirse en fuente primaria para otra.
Ese razonamiento sigue siendo plenamente aplicable a la investigación digital. Un buscador académico puede llevarnos en segundos hasta cientos de resultados, pero continúa siendo necesario saber qué clase de documento tenemos delante, quién lo escribió, cuándo, con qué propósito, de qué fuentes depende y qué relación mantiene con aquello que realmente queremos estudiar.
Las fichas de cartulina eran una tecnología, no el método
Ésta es la parte del libro en la que 1977 se hace más visible. Eco dedica numerosas páginas a construir ficheros bibliográficos y fichas de lectura. Explica qué debe anotarse, cómo diferenciar una referencia todavía no consultada de un libro realmente leído, dónde registrar una cita y cómo señalar qué utilidad puede tener cada documento dentro de la futura tesis.
Visto desde un ordenador actual, el procedimiento puede parecer arqueología académica. Un estudiante puede sustituir las cajas de fichas por un gestor bibliográfico, una base de datos, un sistema de notas o incluso una hoja de cálculo. Pero esa sustitución no invalida la lógica del sistema. El problema que Eco intenta resolver no es dónde guardar una referencia, sino cómo impedir que cientos de referencias terminen formando un montón informe.
Su advertencia contra las fotocopias resulta especialmente contemporánea. Tener una reproducción de un artículo produce una peligrosa sensación de posesión intelectual: parece que el documento ya forma parte de nuestra investigación cuando en realidad todavía no lo hemos leído. Eco llegó a bromear con una especie de «neocapitalismo de la información» basado en acumular fotocopias. La versión digital de ese comportamiento resulta reconocible: descargar documentos compulsivamente, almacenarlos en carpetas y confundir el crecimiento del archivo con el avance del trabajo.
Una ficha de lectura obligaba, en cambio, a decidir qué se había encontrado. Había que resumir un argumento, seleccionar una cita, registrar una página y anotar por qué aquello podía servir. Las herramientas actuales pueden automatizar la referencia bibliográfica, sincronizar archivos y buscar dentro de miles de páginas, pero todavía no pueden convertir por sí solas una biblioteca descargada en una investigación coherente. La operación decisiva continúa siendo intelectual: seleccionar, relacionar y jerarquizar.
El índice no se escribe al final
Entre los mejores consejos de Eco está la propuesta de redactar muy pronto un índice provisional. Normalmente imaginamos el índice como el inventario final de capítulos ya terminados. Él lo convierte en una herramienta de pensamiento: una «hipótesis de trabajo» que permite comprobar si la investigación posee una estructura antes de que existan cientos de páginas difíciles de reorganizar.
Un índice temprano obliga a formular preguntas incómodas. ¿Qué quiero demostrar? ¿Qué tendría que explicar primero para que pueda entenderse el capítulo siguiente? ¿Estoy dedicando medio trabajo a una cuestión secundaria? ¿Falta una sección sin la cual la conclusión no se sostiene? ¿Dos capítulos aparentemente diferentes están diciendo en realidad lo mismo? El esquema provisional responde mal a muchas de estas preguntas, pero precisamente por eso resulta útil: puede modificarse mientras hacerlo todavía es barato.
Eco no propone obedecer ese índice inicial. Lo normal es que cambie a medida que aparecen documentos y problemas nuevos. Su función consiste en mantener una conversación entre el plan y la investigación. Las fuentes obligan a revisar el esquema, y el esquema permite saber qué buscamos cuando regresamos a las fuentes. La tesis surge de ese movimiento de ida y vuelta.
El consejo resulta especialmente importante porque combate una forma bastante habitual de escritura académica: leer durante meses sin empezar a ordenar nada y esperar que, llegado el momento, una estructura aparezca espontáneamente. Eco prefiere asumir que una estructura provisional puede estar equivocada. Tener algo que corregir es mejor que disponer de cientos de notas sin ninguna hipótesis sobre la relación que existe entre ellas.
Citar no es decorar una página con autoridades
La parte dedicada a la redacción muestra que para Eco las normas académicas tienen una función intelectual y no únicamente ceremonial. Las citas deben permitir distinguir con claridad dónde termina la voz del investigador y dónde empieza la de la fuente. Las notas sirven para documentar, aclarar o abrir caminos secundarios sin destruir el hilo principal. La bibliografía permite que otra persona reconstruya el recorrido documental.
Por eso dedica espacio a diferenciar cita, paráfrasis y plagio. Cambiar unas cuantas palabras de una fuente no convierte una idea ajena en propia. Tampoco basta con llenar el texto de comillas para demostrar rigor. Una cita tiene que cumplir una función dentro del argumento y su procedencia debe poder identificarse de manera suficientemente precisa.
Eco combina esa disciplina documental con consejos de estilo sorprendentemente poco solemnes. Al preparar décadas después la primera edición inglesa, MIT Press recuperó uno de los más conocidos: «You are not Proust». La advertencia no pretende prohibir la complejidad, sino recordar que una tesis debe hacer visible su razonamiento. Las oraciones interminables, el abuso de subordinadas y la prosa deliberadamente oscura pueden producir apariencia de profundidad mientras dificultan comprobar qué está afirmando realmente el autor.
También importa decidir a quién se escribe. El director de la tesis conoce ya demasiadas cosas sobre el tema como para ser el único destinatario imaginable. El texto debe proporcionar la información necesaria para que un lector culto, pero no especializado exactamente en ese problema, pueda comprender de dónde parte la investigación, qué significan sus conceptos y por qué cada conclusión se desprende de aquello que se ha mostrado antes.
En este punto el manual toca una cuestión que excede completamente a la universidad. Escribir con rigor significa asumir responsabilidad por el camino que une una afirmación con sus pruebas. La referencia no es un adorno que hace parecer académico un párrafo; es la posibilidad ofrecida al lector de comprobarlo.
Humildad científica y orgullo científico
Dos expresiones aparentemente contradictorias aparecen hacia el final del recorrido: humildad científica y orgullo científico. La primera obliga a aceptar que otros pueden haber pensado antes aquello que creíamos haber descubierto. Si una fuente anterior contiene nuestra idea, la respuesta correcta no consiste en ocultarla para conservar una falsa originalidad, sino incorporarla, reconocer la precedencia y explicar en qué punto empieza realmente nuestra aportación.
La humildad también consiste en escuchar fuentes que inicialmente parecían secundarias. Un autor poco prestigioso, una nota perdida o un documento encontrado por casualidad pueden contener la pista que modifica toda una interpretación. La jerarquía intelectual no debería decidir por adelantado qué información estamos dispuestos a encontrar.
Pero después de meses de trabajo sobre un objeto suficientemente reducido aparece el movimiento contrario. El estudiante debería terminar conociendo ese pequeño territorio mejor que casi cualquier persona presente en la defensa. De ahí el orgullo científico: no arrogancia sobre todas las cosas, sino seguridad respecto de aquello que se ha estudiado personalmente y puede demostrarse.
La combinación resume bastante bien el libro. Hay que ser humilde respecto de las fuentes y ambicioso respecto del método; desconfiar de las grandes proclamaciones y tomarse extraordinariamente en serio los pequeños datos; reconocer lo que otros han hecho y, al mismo tiempo, intentar producir un trabajo que permita a quien venga después comenzar un poco más adelante.
Umberto Eco antes de convertirse en novelista
Come si fa una tesi di laurea apareció en 1977, tres años antes de que El nombre de la rosa transformara a Umberto Eco en un novelista conocido por millones de lectores. Para entonces era ya una figura importante de la semiología italiana. Había publicado el Tratado de semiótica general en 1975 y ese mismo año había obtenido la cátedra de Semiótica en la Universidad de Bolonia.
Su relación con las tesis era además mucho menos abstracta de lo que podría sugerir un manual. Eco se había licenciado en la Universidad de Turín en 1954 con una investigación sobre la estética de Tomás de Aquino. Dos años después reelaboró aquel trabajo y publicó Il problema estetico in San Tommaso, su primer libro. El procedimiento que años más tarde recomendaba a los estudiantes —delimitar una cuestión, reunir documentación, organizarla y convertir el resultado en algo intelectualmente reutilizable— había formado parte de su propia entrada en la vida académica.
El éxito posterior del manual es quizá la mejor prueba de que había algo más en sus páginas que instrucciones sobre mecanografía. Cuando MIT Press publicó en 2015 la primera traducción inglesa, la obra había alcanzado ya la vigésima tercera edición italiana y circulaba en diecisiete idiomas. Resulta llamativo que el inglés, hoy lengua dominante de la comunicación académica, fuese precisamente una de las últimas grandes lenguas en recibirlo.
La edición estadounidense tuvo que enfrentarse al problema evidente de presentar en plena era digital un manual donde se habla de catálogos de fichas, bibliotecas físicas y máquinas de escribir. La respuesta de sus editores y críticos fue sencilla: las herramientas habían cambiado, pero las operaciones intelectuales seguían reconocibles. Buscar mucho no equivale a investigar bien; copiar información no equivale a comprenderla; una bibliografía enorme no garantiza una pregunta interesante y ningún procesador de textos puede decidir cuál es el verdadero objeto de una investigación.
Nuestro ejemplar de Gedisa: quinta edición en apenas año y medio
El volumen conservado en Librería5 pertenece a la primera etapa de la difusión castellana. La edición original italiana había aparecido en Tascabili Bompiani en 1977. Gedisa publicó la primera edición en castellano en Barcelona en marzo de 1982 y la página legal de nuestro ejemplar muestra una sucesión especialmente rápida: segunda edición en Buenos Aires en julio de 1982, tercera también en Buenos Aires en octubre, cuarta en Barcelona en noviembre y quinta en Barcelona en septiembre de 1983.
La cubierta hace visible esta última condición mediante un gran sello «5.ª EDICIÓN». El diseño está acreditado a Marta Rourich y pertenece a una estética muy reconocible de manual universitario de principios de los ochenta: enorme nombre del autor, título en rojo y subtítulo suficientemente explícito como para explicar por sí mismo la función del volumen: Técnicas y procedimientos de investigación, estudio y escritura.
La contracubierta sitúa el volumen dentro de la Colección Libertad y Cambio y de su Serie Práctica. Su presentación resume el proceso completo que pretende enseñar Eco: qué es una tesis, cómo escoger el tema, distribuir el tiempo, buscar bibliografía, organizar el material y finalmente estructurar el trabajo escrito. Resulta significativo que lo presente como un pequeño manual útil para estudiosos de cualquier disciplina humanística y no sólo como reglamento para superar un trámite universitario.
La traducción castellana está acreditada en los catálogos bibliográficos a Lucía Baranda y Alberto Clavería Ibáñez. Nuestro ejemplar lleva el ISBN 84-7432-137-9 y depósito legal B. 25.878-1983; en la misma página aparece también la identificación de la edición argentina de Celtia, con ISBN 950-010610-8. La impresión española fue realizada por Romanyà-Valls, en Capellades.
- Título
- Cómo se hace una tesis
- Subtítulo
- Técnicas y procedimientos de investigación, estudio y escritura
- Autor
- Umberto Eco
- Título original
- Come si fa una tesi di laurea
- Primera publicación original
- Tascabili Bompiani, Italia, 1977
- Versión castellana
- Lucía Baranda y Alberto Clavería Ibáñez, según catálogos bibliográficos de la edición
- Editorial
- Gedisa, S. A.
- Colección
- Colección Libertad y Cambio
- Serie
- Serie Práctica
- Edición de nuestro ejemplar
- Quinta edición
- Fecha
- Septiembre de 1983
- Lugar
- Barcelona, España
- ISBN
- 84-7432-137-9
- ISBN argentino también impreso
- 950-010610-8
- Depósito legal
- B. 25.878-1983
- Extensión
- 267 páginas según registros bibliotecarios de esta traducción
- Cubierta
- Marta Rourich
- Impresión
- Romanyà-Valls, Capellades (Barcelona)
Lo curioso es que un libro concebido para enseñar a trabajar con un mundo de papel resulte especialmente pertinente en un mundo con exceso de información. En 1977 el problema era encontrar los documentos; hoy muchas veces es impedir que miles de documentos encontrados oculten la pregunta que queríamos responder.
Eco no podía explicar cómo utilizar un buscador académico, gestionar un PDF o conversar con una inteligencia artificial. Pero sí podía formular la pregunta anterior a todas esas herramientas: qué estamos intentando averiguar, qué pruebas necesitamos, cómo sabemos de dónde procede cada afirmación y qué tendría que ofrecer nuestro trabajo para que otra persona pudiera continuarlo. Mientras esas preguntas sigan existiendo, una parte considerable de Cómo se hace una tesis seguirá sin necesitar actualización.
Fuentes principales utilizadas para contextualizar la obra
- Universidad de Bolonia — catálogo de la primera edición italiana de Come si fa una tesi di laurea, Bompiani, 1977.
- Universidad de Bolonia — trayectoria académica de Umberto Eco, su tesis sobre Tomás de Aquino y su actividad docente en Semiótica.
- MIT Press — edición inglesa de How to Write a Thesis, estructura de la obra y recepción contemporánea de un manual escrito antes de Internet.
- MIT Press Reader — selección de los consejos de Eco sobre escritura académica.
- Laterza — reflexión contemporánea sobre la vigencia del principio de Eco de reducir el campo de investigación y preferir un problema delimitado.
- Biblioteca CRAI Universidad Siglo 21 — datos bibliográficos de la traducción castellana, responsables, colección y paginación.