La cubierta conmemorativa de nuestro ejemplar celebra el «XVI Centenario de la Conversión de San Agustín (387-1987)». Hay un pequeño problema: la famosa conversión del jardín de Milán se sitúa en 386. En 387 ocurrió otra cosa decisiva: Agustín fue bautizado por Ambrosio.
La aparente contradicción conduce directamente a la historia de esta edición. Durante 1986 y 1987 los agustinos celebraron conjuntamente los mil seiscientos años de la conversión y del bautismo, y las Confesiones se convirtieron nuevamente en uno de los textos centrales de la conmemoración. Nuestro volumen nació precisamente dentro de aquel movimiento.
Pero tiene además una genealogía editorial extraordinaria. Una traducción realizada en Madrid por José Cosgaya fue llevada a Iquitos, donde un equipo del Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía la adaptó para lectores latinoamericanos. Después, la Provincia Agustina de Michoacán preparó esta edición especial. Incluso la imagen de cubierta procede de la pintura cusqueña del siglo XVIII. Un libro escrito en el África romana terminó adquiriendo una segunda geografía americana.
Una vida contada diez años después
Las Confesiones no fueron un diario escrito mientras Agustín atravesaba las experiencias que cuenta. La obra se compuso aproximadamente entre 397 y 401, cuando aquel antiguo profesor de retórica se había convertido ya en obispo de Hipona y podía contemplar desde la madurez una trayectoria que había comenzado décadas antes en Tagaste, dentro de la provincia romana de Numidia. Esa distancia es fundamental porque Agustín no pretende simplemente recordar lo sucedido: intenta comprender qué significado adquiere ahora cada episodio dentro de la vida que finalmente llegó a vivir.
El relato atraviesa su infancia y educación, la adolescencia en Cartago, el famoso robo de unas peras que acaba convertido en una reflexión sobre el deseo de hacer el mal, sus años de adhesión al maniqueísmo, el abandono progresivo de aquella doctrina y su búsqueda intelectual en Roma y Milán. En esta última ciudad confluyeron la predicación de Ambrosio, la lectura de autores neoplatónicos y un conflicto cada vez más intenso entre aquello que Agustín creía verdadero y aquello a lo que todavía no estaba dispuesto a renunciar.
La originalidad del libro consiste en que todo eso está contado ante un segundo interlocutor. Agustín habla de su vida al lector, pero gramaticalmente se dirige continuamente a Dios. Recuerda, acusa, agradece, pregunta y alaba. Por eso llamar a las Confesiones simplemente «autobiografía» resulta insuficiente. La obra posee un fuerte carácter autobiográfico y dejó una huella enorme sobre la posterior escritura del yo, pero es al mismo tiempo plegaria, filosofía, interpretación bíblica y examen espiritual.
La estructura lo demuestra. Los nueve primeros libros conducen desde la infancia hasta el bautismo y la muerte de Mónica en Ostia. En el libro X, Agustín deja de contar principalmente aquello que fue y examina aquello que es mientras escribe, entrando en una extensa reflexión sobre la memoria. El XI aborda la naturaleza del tiempo, mientras los libros XII y XIII se concentran en los primeros versículos del Génesis. El hombre que comenzó recordando su niñez termina intentando comprender la relación entre la conciencia, el tiempo, la creación y la eternidad.
El jardín de Milán y el extraño 387 de nuestra cubierta
El episodio más conocido ocurre durante la crisis de Milán. Agustín había llegado intelectualmente muy cerca del cristianismo, pero continuaba sintiéndose incapaz de aceptar las consecuencias prácticas de aquello que decía creer. En el libro VIII describe el enfrentamiento casi físico entre una voluntad que desea cambiar y otra que sigue aferrada a la antigua vida. No presenta el problema como simple ignorancia: sabe hacia dónde quiere ir y, sin embargo, no consigue quererlo enteramente.
En ese estado se retira llorando a un jardín y escucha una voz infantil que repite «tolle, lege», «toma y lee». Lo interpreta como una orden, abre las cartas de Pablo y encuentra un pasaje de la epístola a los Romanos. La escena se sitúa en el verano de 386 y Agustín abandona después su carrera de profesor de retórica, se retira durante unos meses a Casiciaco y comienza a preparar formalmente su bautismo.
El bautismo llegó durante la Pascua de 387, administrado en Milán por Ambrosio y recibido también por su hijo Adeodato. Esa diferencia de unos meses explica una curiosidad visible en nuestro ejemplar. Una de sus cubiertas celebra el «XVI Centenario de la Conversión de San Agustín» y añade entre paréntesis «387-1987». Si utilizamos «conversión» para designar estrictamente la escena del jardín, el año parece incorrecto; si observamos cómo se celebró realmente el centenario, la cuestión se entiende mejor.
La Iglesia y las órdenes agustinianas organizaron entre 1986 y 1987 una amplia conmemoración de la conversión y el bautismo. Juan Pablo II publicó en agosto de 1986 la carta apostólica Augustinum Hipponensem, y las celebraciones culminaron en abril de 1987, cuando se cumplían exactamente dieciséis siglos del bautismo. Las publicaciones de la propia familia agustiniana utilizan alternativamente «centenario de la conversión» y «centenario del bautismo». Nuestro ejemplar conserva materialmente esa superposición de fechas: la edición especial está fechada en 1986, mientras la cubierta conmemorativa mira hacia 387-1987.
De José Cosgaya a una versión pensada para América Latina
La historia moderna de nuestro texto comienza también en 1986. La Biblioteca de Autores Cristianos publicó ese año en Madrid una nueva traducción de las Confesiones realizada directamente del latín por el agustino José Cosgaya. La edición fue preparada dentro del mismo ambiente conmemorativo y pretendía acercar la prosa de Agustín al lector contemporáneo sin reducir su contenido. Aquella versión tuvo una larga vida editorial y continúa siendo utilizada por la BAC.
Nuestro volumen no reproduce simplemente esa edición. La página de créditos explica que se trata de una «versión adaptada a Latinoamérica sobre la base de la traducción del P. José Cosgaya, agustino, para la Biblioteca de Autores Cristianos». La diferencia es importante: Cosgaya continúa siendo el traductor del original latino, mientras el equipo americano trabaja sobre su castellano para producir una nueva forma de circulación del texto.
La adaptación aparece atribuida a Luis Castonguay, Alberto Chirif y Joaquín García. Alejandra Schindler realizó la revisión de los textos bíblicos y la transcripción final, mientras Rosa Landa y José Álvarez, O.S.A., figuran en la corrección de pruebas. Las citas de la Escritura no siguen necesariamente la redacción utilizada por la edición española: los créditos especifican que se empleó la traducción de la Biblia Latinoamericana.
Todo esto hace que «Versión especial para América Latina» signifique aquí bastante más que cambiar una portada. Los nombres de quienes participaron pertenecen al entorno cultural de Iquitos. Luis Castonguay publicaría poco después un Vocabulario regional del oriente peruano; Alberto Chirif trabajaba entonces en CETA y desarrollaría una extensa obra antropológica sobre los pueblos indígenas amazónicos; Joaquín García Sánchez dirigía el propio centro. Para determinar qué palabras concretas modificaron respecto de Cosgaya habría que cotejar ambas ediciones línea por línea, pero la intención editorial está perfectamente documentada: producir una lectura de Agustín destinada específicamente al ámbito latinoamericano.
El CETA: Agustín pasa por la Amazonía
La página de título de nuestro ejemplar afirma que la edición cuenta con autorización del Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía, en Iquitos. El dato puede parecer sorprendente en una obra de patrística escrita en el siglo IV, pero encaja con la intensa actividad editorial que el CETA estaba desarrollando durante los años ochenta.
El centro había sido creado en 1972 por iniciativa del Vicariato Apostólico de Iquitos. Su actividad se extendió mucho más allá de la teología: investigación histórica y antropológica, formación, publicaciones periódicas, recuperación de fuentes y creación de la Biblioteca Amazónica. Durante los años en los que se preparó nuestro libro estaba además impulsando proyectos de gran alcance como Monumenta Amazónica, destinado a recuperar documentación sobre la historia de la región.
Un informe de la Organización de los Agustinos de Latinoamérica conserva precisamente el rastro de las Confesiones. Dentro de su «Serie Extra» aparece como número 2 la «Adaptación para América Latina, sobre la traducción directa de José Cosgaya», encargada por OALA al CETA. El mismo documento la registra como Iquitos, 1987, mientras distintas bibliografías académicas citan una edición de Publicaciones CETA, Iquitos, 1986.
La discrepancia no obliga a elegir arbitrariamente una fecha para nuestra copia. La página que tenemos delante dice de manera explícita que la edición especial de la Provincia Agustina de Michoacán fue realizada en 1986 y ése es el dato que corresponde catalogar. El registro de 1987 demuestra, en cambio, que el proyecto continuó circulando dentro de OALA durante el año culminante del centenario. Parece más prudente entender 1986-1987 como la primera etapa editorial de una versión que después conoció nuevas impresiones e incluso ediciones de otras casas latinoamericanas.
De África a América a través de un pintor cusqueño
También la imagen de nuestra cubierta forma parte de esta americanización. La página interior identifica la carátula como un fragmento de un óleo de Basilio Pacheco, pintor de la escuela cusqueña del siglo XVIII, conservado en el claustro del Convento de San Agustín de Lima. La edición no reproduce por tanto una iconografía europea contemporánea ni un retrato convencional del obispo africano, sino una interpretación virreinal americana de su figura.
Pacheco y su taller realizaron entre 1742 y 1746 una extensa serie sobre la vida de San Agustín. Parte de las composiciones retomaba modelos grabados europeos, especialmente de Schelte à Bolswert y Cornelis Galle, pero el conjunto adquirió características propias de la pintura cusqueña. Los lienzos se conservan en el convento agustino de Lima y constituyen uno de los grandes ciclos pictóricos dedicados al santo en América.
La elección de esa pintura estuvo vinculada directamente al centenario. El informe de OALA recuerda que el calendario preparado para 1986 reprodujo trece escenas de la vida de Agustín tomadas precisamente de los cuadros de Basilio Pacheco. Texto, traducción, adaptación lingüística y arte colonial formaban así parte de una misma operación: celebrar a Agustín no mediante una edición europea simplemente importada, sino reconstruyendo visual y editorialmente su presencia en América Latina.
El resultado puede verse en nuestro ejemplar. Agustín nació en el África romana, escribió las Confesiones en Hipona alrededor del año 400 y fue leído durante más de quince siglos en infinidad de lenguas. Pero esta copia concreta lleva en sus páginas Madrid, Iquitos y Michoacán y en su cubierta una pintura cusqueña conservada en Lima. Pocas veces la historia material de una edición explica tan bien la distancia recorrida por un clásico.
Nuestro ejemplar
El volumen conservado en Librería5 es una edición en rústica de aspecto sencillo, concebida para la difusión y la lectura más que para una colección de lujo. Presenta señales visibles de uso y envejecimiento, entre ellas desgaste en la cubierta y manchas de humedad en la zona inferior de varias páginas preliminares. Esas marcas no impiden leer los créditos y forman ya parte de la historia material de esta copia.
La edición se realizó bajo la dirección del P. J. Jesús Guzmán, O.S.A. La portada interior la presenta simplemente como San Agustín. Confesiones y declara la autorización del Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía de Iquitos. Otra pieza de cubierta identifica a la Provincia de Michoacán y vincula el ejemplar al XVI centenario de la conversión mediante las fechas 387-1987.
No aparece ISBN ni depósito legal en las páginas que podemos comprobar, por lo que no se incorpora ninguno a la ficha. Tampoco trasladamos el número de páginas de reediciones posteriores de la versión latinoamericana: existen ejemplares posteriores con extensiones distintas y no hay motivo para suponer que coincidan materialmente con esta edición de 1986.
- Título
- Confesiones
- Autor
- San Agustín de Hipona
- Obra original
- Confessiones, escrita aproximadamente entre 397 y 401
- Versión
- Versión especial adaptada a Latinoamérica
- Traducción base
- José Cosgaya, O.S.A., para la Biblioteca de Autores Cristianos
- Dirección de la edición
- P. J. Jesús Guzmán, O.S.A.
- Adaptación de textos
- Luis Castonguay, Alberto Chirif y Joaquín García
- Revisión bíblica y transcripción
- Alejandra Schindler
- Corrección de pruebas
- Rosa Landa y José Álvarez, O.S.A.
- Textos bíblicos
- Se sigue la traducción de la Biblia Latinoamericana
- Institución vinculada
- Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía, Iquitos, Perú
- Edición especial
- Secretaría de Formación Permanente de la Provincia Agustina de Michoacán, México
- Fecha indicada
- 1986
- Conmemoración
- XVI Centenario de la Conversión de San Agustín, 387-1987, según la cubierta conservada
- Carátula
- Fragmento de un óleo de Basilio Pacheco, escuela cusqueña del siglo XVIII, conservado en el Convento de San Agustín de Lima
- Encuadernación
- Rústica ilustrada
- ISBN
- No figura en las páginas observadas del ejemplar
- Depósito legal
- No figura en las páginas observadas del ejemplar
- Estado material
- Ejemplar con desgaste de uso y señales de humedad visibles en algunas páginas preliminares
La adaptación latinoamericana añade así otra capa a un libro cuya propia materia es la reinterpretación del pasado. Agustín escribió desde la madurez para comprender cómo aquel joven de Tagaste había llegado a convertirse en el hombre que ahora recordaba. Dieciséis siglos después, un equipo situado en la Amazonía peruana volvió sobre aquellas palabras para preguntarse cómo debía hablar ese mismo texto a lectores de otro continente y otra época.
Quizá ahí resida la peculiar belleza bibliográfica de esta copia. Las Confesiones son un libro sobre la memoria, y nuestro ejemplar está compuesto a su vez de memorias superpuestas: la del obispo que recuerda su juventud, la del centenario que recuerda su conversión, la del Perú virreinal que lo convirtió en pintura y la de una América Latina del siglo XX que decidió volver a traducir culturalmente un texto que llevaba mil seiscientos años viajando.
Fuentes utilizadas para contextualizar la obra
- Stanford Encyclopedia of Philosophy — vida de Agustín, conversión de 386, bautismo de 387, composición de las Confesiones e importancia filosófica de la obra.
- Vaticano — carta apostólica Augustinum Hipponensem de Juan Pablo II para el XVI centenario de la conversión y el bautismo de San Agustín.
- Biblioteca Nacional de España — registro de las Confesiones traducidas por José Cosgaya y publicadas en Madrid en 1986.
- Estudio Agustiniano, 1986 — reseña contemporánea de la traducción de José Cosgaya preparada para el centenario.
- Organización de los Agustinos de Latinoamérica — memoria editorial que registra las Confesiones como adaptación para América Latina encargada al CETA por la OALA.
- Amazonía Peruana — historia del Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía y de su actividad cultural y editorial en Iquitos.
- Persée, Revue des Sciences Religieuses — estudio sobre la estructura de los trece libros de las Confesiones y su relación entre autobiografía y exégesis del Génesis.
- PESSCA / Colonial Art — serie sobre la vida de San Agustín realizada por Basilio Pacheco y su taller entre 1742 y 1746 y conservada en Lima.
- Biblioteca FORMABIAP — registro del Vocabulario regional del oriente peruano de Luis Castonguay, publicado por CETA en Iquitos en 1987.