Una de las sociedades secretas que sostienen la trama de El código Da Vinci tiene un problema histórico considerable: la novela la hace retroceder hasta la Edad Media, pero la Bibliothèque nationale de France identifica a Pierre Plantard como su inventor en 1956.
El Priorato de Sión pasó de unos documentos modernos y una genealogía legendaria a libros de especulación histórica; de allí saltó al thriller de Dan Brown y terminó siendo discutido por historiadores, teólogos y hasta por los jueces de un tribunal londinense. Es difícil encontrar un ejemplo mejor de cómo una ficción puede adquirir una segunda vida porque millones de lectores comienzan a preguntarse cuánto hay de verdad dentro de ella.
Nuestro ejemplar pertenece al comienzo de aquel fenómeno. Umbriel había publicado la traducción española de Juanjo Estrella en 2003 y esta copia lleva ya depósito legal de 2004. Todavía faltaban dos años para la película y para el gran juicio sobre las fuentes de Brown, pero El código Da Vinci estaba convirtiéndose rápidamente en uno de los mayores fenómenos editoriales del siglo XXI.
Un asesinato en el Louvre y una máquina perfecta para fabricar curiosidad
La novela comienza con un mecanismo muy sencillo. Jacques Saunière, conservador del Louvre, aparece asesinado dentro del museo y deja antes de morir una serie de mensajes cifrados. Robert Langdon, profesor estadounidense especializado en simbología, y Sophie Neveu, criptóloga de la policía francesa, descubren que aquellas pistas conducen hacia Leonardo da Vinci, antiguos símbolos religiosos y una disputa sobre la naturaleza del Santo Grial.
La eficacia procede de que Brown convierte prácticamente todo lo que encuentra en una posible clave. Un cuadro ya no es únicamente un cuadro; una iglesia puede contener una geometría secreta; una palabra admite anagramas; una figura histórica quizá perteneció a una organización clandestina; incluso aquello que el lector cree conocer sobre el cristianismo puede convertirse en la superficie visible de una historia distinta. El procedimiento permite que cada resolución abra inmediatamente un enigma nuevo y mantiene la impresión de avanzar hacia un secreto mayor.
Robert Langdon no aparecía por primera vez. Brown lo había creado para Angels & Demons, publicada en 2000, donde ya mezclaba religión, arquitectura, códigos y sociedades secretas. El proceso judicial celebrado años después reconstruyó cómo buena parte de aquella investigación anterior sirvió de base para The Da Vinci Code. Brown y su entonces esposa, Blythe, viajaron, reunieron libros, visitaron escenarios europeos y fueron construyendo una trama que terminaría desarrollándose entre Francia, Inglaterra y Escocia.
La diferencia fue el resultado comercial. Doubleday publicó la novela estadounidense el 18 de marzo de 2003 y el libro se convirtió en un fenómeno mundial. Su editorial cifra hoy sus ventas en más de 85 millones de ejemplares. Lo que hasta entonces había sido la fórmula de un novelista de thrillers pasó a crear casi un subgénero: persecuciones contemporáneas alrededor de obras de arte, documentos antiguos, enigmas históricos y conspiraciones religiosas.
El Priorato de Sión: una sociedad milenaria inventada en el siglo XX
La contracubierta de nuestro ejemplar presenta una de las piezas centrales de la intriga. Jacques Saunière habría sido el último Gran Maestre de una sociedad secreta cuyo origen se remontaría a los Templarios y entre cuyos miembros históricos aparecerían personajes como Isaac Newton y Leonardo da Vinci. La fuerza de la idea es evidente: figuras conocidas de la cultura europea pasarían a formar parte de una cadena invisible dedicada durante siglos a conservar un conocimiento capaz de cambiar la historia del cristianismo.
El problema aparece al abandonar la novela y buscar la documentación del supuesto Priorato. La Bibliothèque nationale de France identifica a Pierre Plantard, nacido en 1920, como inventor del Prieuré de Sion en 1956. La misma institución lo señala, junto con Philippe de Chérisey, como autor de los documentos reunidos bajo el nombre de Dossiers secrets d'Henri Lobineau. En la ficha de De Chérisey vuelve a constar exactamente esa coautoría.
La distinción es fundamental. Que existieran papeles depositados o conservados en una biblioteca nacional no los convertía automáticamente en pergaminos medievales ni demostraba que la organización descrita en ellos hubiese existido durante siglos. Los documentos formaban parte de una construcción moderna que enlazaba genealogías merovingias, sociedades secretas y pretensiones históricas de Plantard.
La leyenda no pasó directamente de Plantard a Dan Brown. Antes había adquirido enorme difusión mediante libros de especulación histórica, sobre todo The Holy Blood and the Holy Grail, publicado en 1982 por Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln. Allí se desarrolló la hipótesis de una descendencia de Jesús y María Magdalena protegida durante siglos, que proporcionaría después una parte esencial del universo utilizado por Brown.
De este modo, la conspiración posee una historia casi tan interesante como la ficción: un grupo moderno crea una genealogía secreta, esa genealogía es reinterpretada por escritores de no ficción y finalmente un novelista la convierte en el motor de un thriller leído por decenas de millones de personas. El éxito de la novela devuelve entonces la leyenda al mundo real con una fuerza que ninguno de sus primeros creadores podía haber imaginado.
Cuando la ficción se presentó acompañada de «hechos»
Nada habría resultado especialmente problemático si El código Da Vinci se hubiese limitado a anunciar desde el principio que todos sus materiales históricos pertenecían al juego de la novela. La controversia creció porque Brown abrió el original con una página titulada «Fact» donde presentaba determinados elementos como reales y afirmaba que las descripciones de obras de arte, arquitectura, documentos y rituales secretos eran exactas.
A partir de ahí, el lector debía moverse continuamente sobre una frontera deliberadamente borrosa. La persecución de Langdon y Sophie es inequívocamente ficción, pero muchos de los largos razonamientos sobre el cristianismo temprano, el emperador Constantino, María Magdalena, los evangelios no canónicos o la evolución del Santo Grial utilizan nombres, fechas y documentos reales. El efecto narrativo consiste en hacer que una hipótesis parezca revelación precisamente porque está mezclada con conocimientos comprobables.
La reacción académica fue extraordinaria. Bart D. Ehrman, especialista en cristianismo primitivo, dedicó un libro completo publicado por Oxford University Press a separar la historia documentada de las afirmaciones de Brown. Su análisis muestra que numerosas explicaciones puestas en boca de los personajes sobre la formación del canon cristiano, Constantino, los primeros evangelios o la relación entre Jesús y María Magdalena no pueden utilizarse como reconstrucciones fiables del pasado.
Esto no constituye por sí mismo una crítica a la libertad de un novelista para inventar. Una novela puede casar a Jesús, modificar una pintura o crear una organización milenaria si lo necesita. Lo singular de El código Da Vinci fue el efecto producido por la combinación: muchos lectores no discutieron únicamente si el libro era emocionante, sino si aquello que acababan de leer había ocurrido realmente.
La polémica acabó funcionando como una gigantesca extensión del propio libro. Aparecieron ensayos a favor y en contra, documentales, visitas guiadas por los escenarios, debates religiosos y obras dedicadas exclusivamente a «descodificar» sus afirmaciones. La novela terminaba cuando se cerraba el volumen, pero el juego de pistas continuaba fuera de él.
El juicio que reconstruyó cómo se había investigado el bestseller
En 2006, la discusión abandonó por un momento la teología y entró en el derecho de autor. Michael Baigent y Richard Leigh, dos de los tres autores de The Holy Blood and the Holy Grail, demandaron a Random House. Sostenían que Brown había utilizado una parte sustancial de la estructura intelectual de su libro al construir The Da Vinci Code.
El proceso fue extraordinariamente útil para conocer cómo se había elaborado la novela porque obligó a presentar notas, libros utilizados, cronologías de escritura y declaraciones de Dan Brown. El tribunal reconstruyó que la investigación había comenzado alrededor de 2000 y que Blythe Brown tuvo un papel muy importante reuniendo y organizando materiales. El juez consideró probado que ella disponía de Holy Blood, Holy Grail desde al menos 2000 y que el libro fue utilizado de manera significativa al preparar determinados pasajes históricos de la segunda parte de la novela.
Incluso un personaje conserva una pequeña firma de esa deuda intelectual. El experto en el Grial se llama **Leigh Teabing**: «Leigh» remite directamente a Richard Leigh y «Teabing» es un anagrama de Baigent. La propia sentencia señala que el nombre fue extraído de los autores de Holy Blood, Holy Grail.
Pero utilizar una fuente no significaba necesariamente infringir su copyright. Baigent y Leigh intentaron demostrar que Brown había apropiado el «tema central» de su obra, mientras Random House sostuvo que hechos, hipótesis e ideas generales no podían monopolizarse mediante derecho de autor. En abril de 2006 el High Court británico rechazó la demanda, y en marzo de 2007 la Court of Appeal confirmó la decisión.
La conclusión resulta bastante más interesante que una simple acusación de plagio. El proceso estableció que Holy Blood, Holy Grail había influido realmente en el material empleado por los Brown, pero también que esa influencia no constituía la copia jurídicamente ilícita que reclamaban los demandantes. Una teoría histórica podía pasar de un libro de especulación a una novela precisamente porque el copyright no concede propiedad sobre ideas generales.
De las librerías a las iglesias, los museos y los medios de comunicación
El impacto cultural aumentó todavía más con la adaptación cinematográfica de Ron Howard estrenada en 2006. Para entonces la novela llevaba tres años circulando y organizaciones representadas en la ficción habían descubierto que una descripción novelesca podía acabar condicionando la imagen pública que millones de personas tenían de ellas.
El caso del Opus Dei es especialmente claro. La organización aparece asociada en la trama a personajes violentos y a una conspiración destinada a impedir que determinadas revelaciones salgan a la luz. Ante la proximidad de la película, su oficina de comunicación creó materiales específicos para responder a preguntas sobre el libro, el cristianismo y la propia institución. También pidió a Sony que dejara claro que se trataba de una historia ficticia.
La reacción tuvo una peculiaridad que evita reducir el episodio a una simple campaña de censura. El Opus Dei declaró expresamente que no pretendía fomentar un boicot a la película y aprovechó la atención mediática para explicar su actividad y discutir los errores que atribuía a la representación de Brown. En cierto modo, la organización terminó participando involuntariamente en el enorme universo cultural que la novela había creado a su alrededor.
Algo parecido ocurrió con museos, historiadores del arte y especialistas religiosos. Los escenarios reales aumentaban la capacidad de la ficción para invadir el mundo exterior: el Louvre podía visitarse, La Gioconda podía contemplarse, las iglesias existían y los evangelios mencionados podían consultarse. Cada comprobación confirmaba una pieza auténtica del escenario, aunque no necesariamente la interpretación que la novela construía alrededor de ella.
Ahí reside probablemente una parte decisiva de la fórmula Brown. El lector no recibe un mundo fantástico separado del suyo, sino su propio mundo ligeramente desplazado. Los edificios son reales, los artistas son reales, muchas fechas son reales y los documentos tienen nombres auténticos. El salto de la documentación a la conspiración puede producirse así casi sin que se note.
La edición española de Umbriel y nuestro ejemplar
La primera edición estadounidense había aparecido en marzo de 2003 bajo el sello Doubleday. Ese mismo año Umbriel llevó la novela al castellano mediante la traducción de Juanjo Estrella. Los catálogos bibliográficos registran aquella primera salida española en 2003, con 557 páginas y el ISBN 84-95618-60-5.
Nuestro ejemplar pertenece inmediatamente a la siguiente fase de aquel éxito. La página legal conserva © 2003 de Dan Brown, © 2003 de la traducción de Juanjo Estrella y © 2003 de Ediciones Urano, pero el depósito legal es B. 2.131-2004. Eso permite identificar físicamente esta copia como una impresión de 2004 de aquella temprana edición española, aunque el libro no indique un número concreto de reimpresión.
La diferencia explica por qué los catálogos pueden ofrecer alternativamente 2003 o 2004 para ejemplares que comparten título, traductor e ISBN. Para describir la obra en general, 2003 es la fecha de la edición española de Umbriel; para describir nuestra copia concreta, el depósito legal de 2004 es el dato que debe prevalecer.
La producción material está documentada con una precisión poco habitual. Ediciones Urano realizó la fotocomposición y Romanyà-Valls, S. A., de Capellades, se ocupó de la impresión. La página legal identifica incluso el papel: Supersnowbright, fabricado por AS Borregaard Hellefos y comercializado por Secopa, S. L. Es un detalle menor para la lectura, pero útil para conservar la historia física de un volumen que terminó circulando en cantidades enormes.
La cubierta utiliza prácticamente una sola gama cromática. Sobre el rojo aparecen parcialmente unos ojos asociados visualmente a la iconografía leonardesca, una puerta monumental en la zona inferior y el título dispuesto verticalmente y con letras muy espaciadas. No necesita representar a Langdon, a Sophie ni una persecución: vende directamente la promesa de una obra de arte que contiene algo oculto.
- Título
- El código Da Vinci
- Autor
- Dan Brown
- Título original
- The Da Vinci Code
- Primera publicación
- Doubleday, Nueva York, 18 de marzo de 2003
- Editor original
- Doubleday, división de Random House, Inc.
- Traducción
- Juanjo Estrella
- Sello editorial
- Umbriel
- Editorial
- Ediciones Urano, S. A.
- Lugar
- Barcelona
- Edición española
- Publicada originalmente por Umbriel en 2003
- Nuestro ejemplar
- Impresión con depósito legal de 2004
- Páginas
- 557 según los registros bibliográficos de esta edición
- ISBN
- 84-95618-60-5
- EAN
- 9788495618603
- Depósito legal
- B. 2.131-2004
- Fotocomposición
- Ediciones Urano, S. A.
- Impresión
- Romanyà-Valls, S. A., Capellades (Barcelona)
- Papel
- Supersnowbright, fabricado por AS Borregaard Hellefos y comercializado por Secopa, S. L.
- Idioma
- Español
- Encuadernación
- Rústica ilustrada
Visto más de veinte años después, resulta fácil reducir El código Da Vinci a sus errores históricos o, en el extremo contrario, defenderlo simplemente recordando que es una novela. Ambas lecturas dejan escapar lo más interesante del fenómeno. Brown construyó un thriller capaz de hacer que millones de personas buscasen después por su cuenta a María Magdalena, el Priorato de Sión, los Templarios, Leonardo, los evangelios apócrifos o el Opus Dei.
Y en ese recorrido ocurrió algo extraordinario. Una organización cuya genealogía medieval había sido construida en el siglo XX llegó a ser conocida mundialmente como si realmente hubiera sobrevivido durante novecientos años. Después, los autores de uno de los libros que habían difundido aquella historia llevaron a juicio al editor de la novela que la convirtió en fenómeno global. La conspiración era ficticia; sus consecuencias culturales fueron completamente reales.
Fuentes utilizadas para contextualizar la obra
- Penguin Random House — primera publicación estadounidense, descripción editorial y ventas mundiales de The Da Vinci Code.
- Biblioteca Nacional de España — registros de las ediciones españolas de El código Da Vinci, incluida la versión de Umbriel y la traducción de Juanjo Estrella.
- Google Books — ficha bibliográfica de la edición española de Umbriel de 2003, con 557 páginas e ISBN 84-95618-60-5.
- Bibliothèque nationale de France — Pierre Plantard, inventor del Prieuré de Sion en 1956 y coautor de los Dossiers secrets d'Henri Lobineau.
- Bibliothèque nationale de France — Philippe de Chérisey y su coautoría con Plantard de los Dossiers secrets.
- Oxford University Press — Bart D. Ehrman, Truth and Fiction in The Da Vinci Code, análisis histórico de las afirmaciones sobre Jesús, María Magdalena, Constantino y el cristianismo primitivo.
- High Court of Justice — sentencia de 2006 en el litigio de Michael Baigent y Richard Leigh contra Random House y reconstrucción de la investigación utilizada para la novela.
- Court of Appeal — resolución de 2007 que confirmó el rechazo de la demanda de copyright.
- Opus Dei — respuesta pública a la controversia generada por El código Da Vinci y su adaptación cinematográfica.
- Ediciones Urano — historia del grupo y del sello Umbriel, cuya publicación de El código Da Vinci figura entre sus títulos más destacados.