El espacio económico europeo — Gerold Ambrosius

Un libro escrito entre Maastricht y el euro que se atrevió a anunciar «el final de las economías nacionales»

Portada de El espacio económico europeo de Gerold Ambrosius, colección Historia de Europa, Siglo XXI de España Editores
Portada del ejemplar conservado en Librería5. La edición castellana añadió un prólogo de Juan Pablo Fusi y mantuvo como subtítulo la provocadora idea del «final de las economías nacionales».

En 1923, cuando Europa todavía intentaba salir de la Primera Guerra Mundial, Richard Coudenhove-Kalergi propuso algo que parecía desmesurado: unir política y económicamente a los Estados europeos «de Polonia a Portugal». Gerold Ambrosius utiliza aquel proyecto como una de las puertas de entrada a una historia mucho menos limpia que el relato heroico de la construcción europea: tratados, sí, pero también empresarios, fronteras, mercados, proteccionismo, monedas, intereses nacionales y negociaciones en las que la gran idea de Europa termina muchas veces convertida en regateo.

El libro apareció originalmente en Alemania en 1996, después de Maastricht pero antes de que el euro existiera siquiera como moneda contable, antes de la gran ampliación hacia el Este y mucho antes del Brexit. Su título alemán era todavía más expresivo: Wirtschaftsraum Europa. Vom Ende der Nationalökonomien. Leerlo hoy permite hacer algo que sus primeros lectores no podían: comprobar qué significaba realmente aquel supuesto «final».

De Polonia a Portugal: el sueño europeo de 1923

La referencia con la que Ambrosius abre la historia no es anónima. Procede del proyecto paneuropeo de Richard Nikolaus Coudenhove-Kalergi, que en 1923 publicó Pan-Europa y defendió la creación de una federación continental capaz de impedir que los europeos volviesen a destruirse entre sí.

Su fórmula geográfica era muy concreta: de Polonia a Portugal. El proyecto no coincidía con la Unión Europea actual y respondía a una configuración geopolítica completamente distinta, pero contenía ya dos elementos que después resultarían inseparables de buena parte de la integración europea: la unión política y la creación de un espacio económico mayor que los mercados nacionales.

Coudenhove-Kalergi había vivido la Primera Guerra Mundial como una guerra civil europea. Su respuesta era construir una escala política suficientemente grande para que los viejos Estados dejasen de resolver sus conflictos mediante la fuerza y pudieran competir con las grandes potencias exteriores.

Mucho antes de Bruselas, de Maastricht y del euro, la pregunta ya estaba formulada: ¿podían sobrevivir los Estados europeos como unidades económicas y políticas aisladas en un mundo organizado alrededor de espacios cada vez mayores?

Ambrosius no convierte aquella visión en una profecía lineal. De hecho, lo que ocurrió después fue casi lo contrario.

Europa se integró precisamente cuando estaba partida en dos

La Segunda Guerra Mundial no desembocó inmediatamente en una Europa unida. Produjo una Europa dividida.

El continente quedó separado por la Guerra Fría en dos sistemas políticos y económicos. Occidente construyó sus propias redes de cooperación e integración; el Este hizo lo mismo dentro del bloque socialista. Cada mitad aumentó sus intercambios internos mientras reducía buena parte de sus relaciones económicas con la otra.

En Occidente se sucedieron la cooperación económica de la posguerra, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, la Comunidad Económica Europea, la eliminación progresiva de barreras comerciales y, finalmente, el proyecto de un mercado interior en el que mercancías, servicios, capitales y trabajadores pudieran desplazarse con mucha mayor libertad.

La paradoja es importante: Europa empezó a superar muchas de sus fronteras económicas nacionales sin haber superado todavía su gran frontera geopolítica.

Solo el final de la Guerra Fría permitió plantear de nuevo la pregunta a escala continental. El libro alemán apareció en 1996, apenas unos años después del derrumbe del bloque soviético, precisamente cuando la integración occidental empezaba a enfrentarse al problema de incorporar al Este.

El título español puede llevar a un pequeño equívoco

Hoy, escribir con mayúsculas Espacio Económico Europeo suele remitir a una institución concreta: el espacio creado por el acuerdo firmado en 1992 y vigente desde 1994 que extiende gran parte del mercado interior de la Unión Europea a Islandia, Liechtenstein y Noruega.

Pero El espacio económico europeo de Ambrosius no es un libro dedicado específicamente a ese acuerdo.

El original alemán se titula Wirtschaftsraum Europa, una expresión que podría trasladarse aproximadamente como «Europa como espacio económico». Su objeto es mucho más amplio: la larga transformación mediante la cual economías organizadas primordialmente dentro de fronteras estatales empezaron a constituir un espacio europeo de intercambio y regulación.

Conviene distinguir ambos sentidos. El Espacio Económico Europeo, en sentido institucional estricto, es el marco jurídico nacido del acuerdo entre la UE y determinados Estados de la EFTA. El libro estudia la integración económica europea en un sentido histórico mucho más amplio.

Esta diferencia ayuda además a comprender mejor el subtítulo.

¿Qué quiere decir «el final de las economías nacionales»?

El subtítulo puede parecer exagerado. Los Estados siguieron existiendo después de 1996. También siguieron existiendo presupuestos nacionales, sistemas tributarios, políticas sociales, bancos centrales durante un tiempo, administraciones económicas y enormes diferencias entre los modelos productivos de cada país.

Ambrosius no está anunciando la desaparición inmediata del Estado-nación.

El problema es otro: ¿hasta qué punto puede seguir hablándose de una economía nacional cuando cada vez más decisiones económicas relevantes dependen de relaciones que atraviesan las fronteras?

Una empresa produce en un país, compra componentes en otro, obtiene financiación en un tercero y vende en todo el mercado europeo. El capital puede desplazarse. Los trabajadores también. Las barreras comerciales desaparecen. Las normas técnicas comienzan a armonizarse. Las decisiones adoptadas en un Estado afectan inmediatamente a competidores y consumidores situados fuera de él.

La frontera política continúa dibujada en el mapa, pero deja de coincidir perfectamente con la frontera económica.

El «final» del título no es necesariamente el final de las naciones. Es el final de la posibilidad de imaginar cada economía nacional como un sistema cerrado que puede entenderse sin mirar lo que ocurre al otro lado de la frontera.

Integrar mercados no es lo mismo que integrar políticas

La estructura del libro permite ver con claridad una distinción que sigue siendo fundamental.

Después del trasfondo histórico-económico, Ambrosius separa dos grandes procesos:

Integración económica Aumento de los intercambios y eliminación de obstáculos para que bienes, servicios, capital y trabajo circulen entre economías que antes estaban mucho más separadas.
Integración político-económica Coordinación o transferencia de decisiones que antes pertenecían exclusivamente a cada Estado: reglas comunes, políticas económicas, instituciones y mecanismos de intervención.

La diferencia es crucial porque una cosa puede avanzar más deprisa que la otra.

Eliminar una barrera al comercio crea inmediatamente un espacio mayor para empresas y consumidores. Construir una política común obliga, en cambio, a decidir quién toma la decisión, quién paga, quién gana, quién pierde y qué sucede cuando dos Estados desean cosas incompatibles.

Ahí aparece uno de los núcleos del libro: la integración europea no avanza únicamente mediante grandes declaraciones. También avanza —o se detiene— mediante conflictos entre mercado y Estado, intereses nacionales y objetivos comunes, teoría económica y poder político.

La propia contraportada de esta edición lo formula sin disimulo: junto a la «visión política» aparece el «regateo mezquino» y junto a la teoría económica, la lucha por el poder económico.

Europa no se construyó siguiendo un plano

La lectura de Ambrosius resulta útil precisamente porque complica el relato institucional clásico.

Una cronología de la integración puede convertirse fácilmente en una cadena ordenada:

  • 1951: Comunidad Europea del Carbón y del Acero.
  • 1957: Tratados de Roma y nacimiento de la Comunidad Económica Europea.
  • 1986: Acta Única Europea y aceleración del proyecto de mercado interior.
  • 1992-1993: Tratado de Maastricht y nacimiento de la Unión Europea.
  • 1994: entrada en vigor del acuerdo sobre el Espacio Económico Europeo.
  • 1995: Austria, Finlandia y Suecia ingresan en la Unión Europea.

Vista así, la historia parece un edificio al que cada tratado añade una planta.

Ambrosius ofrece otra imagen: una construcción mucho más irregular donde empresarios, gobiernos, burocracias, trabajadores, organizaciones internacionales y sectores económicos presionan en direcciones diferentes.

La integración puede interesar a un país para abrir mercados y perjudicar simultáneamente a uno de sus sectores protegidos. Una norma común puede favorecer a las empresas capaces de operar en todo el continente y resultar costosa para otras. Un gobierno puede defender la integración en un área y reclamar soberanía nacional en otra.

Europa aparece así no como el resultado inevitable de una idea, sino como el producto provisional de innumerables conflictos negociados.

El libro apareció en uno de los momentos más extraños para escribir sobre Europa

La edición original alemana salió el 1 de noviembre de 1996 en Fischer Taschenbuch con el título Wirtschaftsraum Europa. Vom Ende der Nationalökonomien.

El momento importa.

La Unión Europea existía jurídicamente desde hacía apenas unos años. Austria, Finlandia y Suecia acababan de incorporarse. El gran proyecto de moneda única estaba decidido, pero el euro todavía no existía.

Cuando apareció la primera edición castellana de Siglo XXI en 2001, la situación era todavía más peculiar. El euro había nacido el 1 de enero de 1999 como moneda contable y electrónica, pero las pesetas continuaban físicamente en los bolsillos de los españoles. Los billetes y monedas de euro no entrarían en circulación hasta el 1 de enero de 2002.

Es difícil encontrar un contexto editorial más apropiado para un libro subtitulado El final de las economías nacionales.

El lector español podía leer sobre la desaparición de las antiguas fronteras económicas mientras todavía pagaba el libro en una moneda nacional a la que le quedaban pocos meses de circulación.

Y había otra transformación pendiente. La ampliación de 2004, que incorporaría de una sola vez a diez nuevos Estados —buena parte de ellos procedentes del antiguo espacio comunista— todavía estaba por llegar.

El problema que Ambrosius planteaba al final de la Guerra Fría iba a convertirse, pocos años después, en política real a una escala que el continente no había conocido.

Después llegaron el euro, la ampliación y el Brexit

Una de las ventajas de recuperar ahora este volumen es que podemos leer su subtítulo desde el futuro que todavía no existía cuando fue escrito.

Tras 1996 llegaron la moneda única, la ampliación hacia Europa central y oriental, nuevas ampliaciones, la crisis financiera, la crisis de deuda soberana, conflictos sobre políticas fiscales y sociales y finalmente la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

El resultado no confirma una desaparición sencilla de las economías nacionales.

Más bien muestra una tensión permanente.

Los Estados conservan enormes capacidades políticas y económicas. Pero muchas de sus decisiones se toman dentro de un entorno donde las fronteras económicas son mucho más porosas y donde las reglas comunes, las cadenas de producción, los mercados financieros y la competencia europea limitan la posibilidad de actuar como si el resto del continente no existiera.

Incluso el Brexit proporciona un ejemplo paradójico: demostrar que un Estado puede abandonar la Unión no equivale a demostrar que pueda regresar sin más a una economía nacional completamente separada de sus vecinos. La relación económica continúa necesitando tratados, normas, controles y negociaciones precisamente porque décadas de integración habían producido interdependencias muy profundas.

El propio libro evita una lectura triunfalista. Su gran capítulo final se titula «Resultados: los límites de la integración». El subtítulo anuncia el final de las economías nacionales; la arquitectura de la obra recuerda que ninguna integración es absoluta.

Una colección europea con un consejo científico extraordinario

El ejemplar conservado en Librería5 forma parte de Historia de Europa, la colección que Siglo XXI trasladó al castellano a partir de un proyecto preparado inicialmente por S. Fischer Verlag en Alemania.

La página de título interior permite reconstruir parte de la arquitectura intelectual de la serie. La edición general correspondía a Wolfgang Benz, y la concepción se atribuía a Benz junto a Rebekka Habermas y Walter H. Pehle.

El consejo científico reunía nombres de enorme peso en la historiografía contemporánea: Natalie Zemon Davis, Richard J. Evans, Bronislaw Geremek, Eric J. Hobsbawm, Arno J. Mayer y Jean-Claude Schmitt, entre otros.

No era, por tanto, una colección concebida como una cronología uniforme de reyes, tratados y guerras. El propósito declarado era observar Europa desde perspectivas diferentes y cubrir desde la Antigüedad hasta el presente mediante volúmenes relativamente breves y accesibles.

Dentro de ese proyecto, Ambrosius aportaba algo esencial: la historia del continente vista no desde una batalla o una dinastía, sino desde la progresiva desaparición de las fronteras económicas como compartimentos estancos.

Gerold Ambrosius: un historiador entre el Estado y el mercado

Gerold Ambrosius, nacido en 1949, es historiador económico. Estudió Economía y Ciencias Políticas, investigó la implantación de la economía social de mercado en la Alemania occidental de posguerra y desarrolló después una trayectoria dedicada a cuestiones como la economía pública, los servicios públicos, las infraestructuras y la integración económica europea.

Ese recorrido ayuda a comprender el libro mejor que una biografía extensa.

Ambrosius no estudia Europa únicamente como historiador diplomático. Le interesa precisamente la frontera donde se encuentran instituciones políticas y funcionamiento económico: qué ocurre cuando un mercado sobrepasa el territorio donde un gobierno puede regularlo, cómo se coordinan Estados con tradiciones económicas diferentes y qué pasa cuando la integración obliga a decidir qué competencias continúan siendo nacionales y cuáles dejan de serlo.

La Universidad de Siegen, donde posteriormente ocupó la cátedra de Historia Económica y Social y donde figura hoy entre los profesores retirados, sigue identificando la integración europea como uno de los grandes ejes de su trabajo.

Contraportada de El espacio económico europeo de Gerold Ambrosius, Siglo XXI de España Editores
La contraportada insiste en una lectura de la integración alejada de la simple sucesión de tratados: intereses enfrentados, mercado y Estado, visión política y lucha por el poder económico.

La edición española: un libro alemán rehecho para otro momento europeo

La primera edición castellana apareció en Madrid en 2001, publicada por Siglo XXI de España Editores.

José Antonio Padilla Villate figura como traductor y Juan Pablo Fusi aporta un prólogo específico para la edición española. La cubierta incorpora el libro a la colección Historia de Europa.

El catálogo institucional consultado describe el volumen como xv + 226 páginas: quince páginas preliminares seguidas de 226 páginas de numeración principal. Algunos catálogos comerciales han difundido cifras diferentes —entre ellas 248 páginas—, de modo que conviene conservar la descripción institucional en vez de convertir los metadatos comerciales en una falsa unanimidad.

El mismo catálogo permite reconstruir la estructura principal:

  • Prólogo a la edición española, de Juan Pablo Fusi.
  • Nota preliminar.
  • Trasfondo histórico-económico de la integración.
  • La integración económica.
  • La integración político-económica.
  • Resultados: los límites de la integración.
  • Bibliografía, índices de tablas y gráficos y resumen cronológico.

El ISBN visible en la contraportada de nuestro ejemplar es 978-84-323-1058-4, correspondiente al ISBN-10 84-323-1058-1.

Ficha del ejemplar conservado en Librería5

Autor
Gerold Ambrosius
Título
El espacio económico europeo
Subtítulo
El final de las economías nacionales
Título original
Wirtschaftsraum Europa. Vom Ende der Nationalökonomien
Edición original
Fischer Taschenbuch Verlag, Frankfurt am Main, 1996
Traducción
José Antonio Padilla Villate
Prólogo
Juan Pablo Fusi
Editorial
Siglo XXI de España Editores
Colección
Historia de Europa
Lugar
Madrid
Edición castellana
Primera edición en castellano, 2001
ISBN
84-323-1058-1
ISBN-13
978-84-323-1058-4
Extensión bibliográfica
xv + 226 páginas según el catálogo institucional consultado
Edición de la serie
Wolfgang Benz
Concepción de la serie
Wolfgang Benz, Rebekka Habermas y Walter H. Pehle

Autor, título, subtítulo, prólogo, colección, traductor y responsables de la serie se comprueban directamente en el ejemplar conservado en Librería5. Año de la primera edición castellana, título alemán, paginación e información de la edición original se han contrastado con catálogos institucionales y con el editor alemán.

Entonces, ¿terminaron realmente las economías nacionales?

La pregunta es mejor que una respuesta tajante.

Los Estados nacionales no desaparecieron. Tampoco desaparecieron las diferencias económicas entre ellos ni su capacidad para recaudar impuestos, gastar, regular, redistribuir o decidir políticas propias dentro de márgenes todavía muy amplios.

Pero algo sí terminó.

Resulta cada vez más difícil imaginar Francia, España, Alemania, Italia, Polonia o cualquier otro país europeo como una economía inteligible por sí sola. Las fábricas, los bancos, las normas, las inversiones, los trabajadores, las infraestructuras y los consumidores forman redes que atraviesan continuamente las fronteras políticas.

Eso produce una consecuencia que el libro permite ver con particular claridad: cuanto más europea se vuelve la economía, más conflictiva se vuelve la pregunta sobre quién debe gobernarla.

El mercado puede atravesar una frontera en segundos. La política necesita tratados, mayorías, parlamentos, gobiernos, tribunales y compromisos entre sociedades que no siempre quieren lo mismo.

Quizá el verdadero «final de las economías nacionales» no sea la desaparición de las naciones, sino la desaparición de una comodidad intelectual: la idea de que economía y frontera política siguen siendo exactamente la misma cosa.