Un ensayo sobre la Leyenda Personal, el amor, la memoria, el sufrimiento y el arte de cultivar una vida
¿Qué queda de una vida cuando desaparecen la gloria, la juventud, las posesiones y hasta las personas que se ama? De El alquimista a Brida, de Once minutos a La quinta montaña, Paulo Coelho vuelve una y otra vez sobre una misma cuestión: el hombre no alcanza la libertad cuando consigue retener el mundo, sino cuando aprende a atravesarlo sin exigir que permanezca inmóvil.
Esa intuición dialoga con algunas de las grandes preguntas de la literatura occidental. Aparecen Borges y sus caminos que se bifurcan, Machado y el sendero que sólo existe al caminar, Platón y la búsqueda de la otra mitad, Nietzsche y la reconciliación con el destino, Rilke y la distancia necesaria entre quienes se aman, Voltaire y el jardín que debe seguir cultivándose.
Todos ellos parecen acercarse, desde lugares distintos, a una paradoja incómoda: aquello que verdaderamente importa suele ser precisamente aquello que no puede poseerse para siempre.
Sic transit gloria mundi: la gloria del mundo pasa
Sic transit gloria mundi: así pasa la gloria del mundo.
La antigua fórmula latina contiene una advertencia que atraviesa siglos de filosofía, religión y literatura. Durante las antiguas coronaciones pontificias se quemaba estopa ante el nuevo papa mientras se pronunciaban esas palabras. Frente a un hombre que acababa de alcanzar una de las dignidades más altas de la tierra se hacía arder una materia insignificante que desaparecía en unos segundos.
El símbolo era de una violencia extraordinaria por su sencillez: aquello que ahora parece definitivo también será humo.
Paulo Coelho escogió precisamente esta expresión para abrir su discurso de ingreso en la Academia Brasileira de Letras. El gesto contenía una hermosa contradicción. Un escritor entraba en una institución dedicada a preservar nombres y obras y comenzaba recordando que toda gloria es transitoria.
Pero la contradicción sólo existe si se confunde permanencia con sentido.
Un nombre puede sobrevivir durante siglos y haber pertenecido a una existencia vacía. Un hombre puede desaparecer sin dejar monumentos y haber modificado de manera decisiva la vida de cuantos pasaron cerca de él.
La Leyenda Personal: elegir una vida entre todas las posibles
Aquí aparece una de las ideas más conocidas de Paulo Coelho: la Leyenda Personal. Aunque el concepto se asocia sobre todo con El alquimista, reducirlo a la fórmula «perseguir los sueños» empobrece considerablemente su significado.
La Leyenda Personal plantea una cuestión mucho más antigua: qué debe hacer un hombre con las posibilidades que encuentra ante sí.
La existencia adquiere entonces su dimensión no por aquello que posee, sino por aquello que elige. Entre ambas cosas existe una diferencia decisiva.
La posesión intenta detener el tiempo. La elección acepta entrar en él.
Quien elige compromete una parte de su existencia con algo cuyo resultado todavía desconoce. Y toda elección auténtica contiene inevitablemente una pérdida, porque escoger un sendero significa dejar otros sin recorrer.
Jorge Luis Borges convirtió esta intuición en una arquitectura metafísica en El jardín de senderos que se bifurcan. Allí imaginó una multiplicidad de tiempos donde las posibilidades podían prolongarse simultáneamente. La existencia ordinaria es mucho menos generosa: cada hombre sólo dispone de una vida.
Antonio Machado lo expresó desde otro lugar: el camino se hace al andar.
Coelho habla de Leyenda Personal. Machado habla de camino. Jean-Paul Sartre habla de proyecto. Las metafísicas pueden ser incompatibles, pero las tres confluyen en una experiencia esencial: el individuo descubre quién es mediante aquello que hace.
Toda biografía se convierte así en un pequeño cementerio de hombres que nunca llegaron a existir: el que habría vivido en otra ciudad, el que habría amado a otra mujer, el que habría aceptado aquel trabajo, el que habría pronunciado aquella frase, el que habría escrito aquel libro.
Si pudiera recorrer todos esos senderos a la vez, ninguno tendría demasiado valor. Precisamente porque el tiempo cierra puertas, elegir una posee gravedad.
Los héroes anónimos y las obras que nadie puede ver
En su discurso de ingreso en la Academia Brasileira de Letras, Coelho cuenta una historia relacionada con el Tao Te Ching. Un monje quiere reunir dinero para traducir y publicar el libro. Después de años de esfuerzo consigue la suma necesaria, pero una catástrofe golpea a la población y entrega todo el dinero para socorrer a los afectados.
Vuelve a empezar.
Reúne nuevamente el dinero.
Otra desgracia obliga al monje a gastarlo de nuevo ayudando a quienes lo necesitan.
Sólo al tercer intento consigue publicar finalmente el libro.
La tradición sostiene que aquel hombre realizó en realidad tres ediciones del Tao Te Ching: una impresa y dos invisibles.
La paradoja es magnífica.
Sus dos libros más importantes nunca existieron como objetos.
De ahí surge otra concepción de la permanencia. Tal vez el rastro más profundo de una persona no sea aquello que conserva su nombre, sino aquello que sigue produciendo consecuencias cuando su nombre ya ha desaparecido.
Un hombre pronuncia una frase y la olvida. Otro la escucha y cambia una decisión. Esa decisión afecta a una tercera persona. Cincuenta años después puede continuar propagándose una consecuencia cuyo origen nadie recuerda.
La gloria exige una firma.
La verdadera fecundidad puede prescindir de ella.
Amor sin posesión: la libertad en Once minutos
La reflexión sobre la libertad alcanza uno de sus puntos más intensos en Once minutos. María llega a comprender que nadie puede perder verdaderamente a otra persona porque nadie puede poseerla.
La afirmación parece sencilla hasta que se observa el lenguaje cotidiano del amor.
Se habla de mi mujer, mi marido, mi amor. Se conquista a alguien, se consigue, se retiene, se recupera y finalmente se pierde.
El vocabulario sentimental está extraordinariamente cerca del vocabulario de la propiedad.
La dificultad aparece cuando el amante desea dos cosas incompatibles: quiere ser elegido libremente, pero también quisiera tener la certeza absoluta de que jamás será abandonado.
Sin embargo, si el otro no puede marcharse, su permanencia deja de ser verdaderamente una elección.
La libertad del amado es precisamente aquello que concede valor a su presencia.
Kahlil Gibran desarrolla una intuición semejante en El profeta. El amor no puede transformarse en cárcel sin destruir aquello mismo que pretende preservar. Rainer Maria Rilke imaginó también una relación madura como el encuentro de dos soledades capaces de protegerse sin devorarse.
Amar exige aceptar una verdad difícil: la otra persona continúa siendo otra.
No existe como prolongación del amante. No está en el mundo para completar obedientemente una carencia. Posee una biografía, un deseo y una libertad que nunca podrán ser incorporados por completo a otra existencia.
De ahí surge una de las formulaciones más radicales de Coelho: experimentar la libertad significa poder tener cerca aquello que resulta más importante sin convertirlo en posesión.
Brida, Platón y el mito de la otra mitad
En Brida, Paulo Coelho desarrolla la idea de las «Otras Partes»: seres humanos que parecen destinados de alguna manera a reconocerse.
La imagen remite inevitablemente a uno de los grandes mitos amorosos de Occidente: el discurso de Aristófanes en El banquete de Platón.
Según el relato platónico, los hombres fueron originalmente seres completos. Los dioses los dividieron y, desde entonces, cada fragmento busca aquello de lo que fue separado.
El amor aparece así como nostalgia de una unidad perdida.
Coelho añade el reconocimiento a través de la mirada. Dos seres pueden descubrirse mediante el brillo de los ojos.
El motivo puede leerse de una manera menos sentimental y más profunda. El ojo es precisamente el lugar donde el otro deja de comportarse como objeto.
Puede contemplarse una piedra sin que la piedra devuelva la mirada. Puede observarse un paisaje sin que el paisaje observe. Pero cuando dos personas se miran aparece una reciprocidad imposible de reducir.
Quien mira descubre que también está siendo mirado.
El amado deja de ser algo y vuelve a convertirse en alguien.
Por eso incluso el reconocimiento más extraordinario no concede propiedad. Aunque existiera una persona destinada a otra, ese destino no convertiría a ninguna de ellas en posesión de la otra.
El sufrimiento y la libertad: de Paulo Coelho al amor fati de Nietzsche
Once minutos introduce otra idea incómoda: el sufrimiento, cuando se encara sin temor, puede convertirse en un pasaporte hacia la libertad.
Conviene no confundir esta afirmación con una glorificación ingenua del dolor.
Sufrir no hace automáticamente mejor a nadie.
El dolor puede destruir, empequeñecer, deformar y dejar cicatrices que nunca llegan a adquirir ninguna utilidad moral.
La cuestión no es el sufrimiento en sí mismo, sino aquello que el individuo hace con él cuando ya existe.
Los estoicos construyeron gran parte de su filosofía alrededor de esta diferencia. Epicteto separó aquello que depende del individuo de aquello que escapa a su control. El acontecimiento exterior puede ser inevitable, pero la relación que se establece con él conserva todavía cierto margen de libertad.
Friedrich Nietzsche llevó esa intuición mucho más lejos mediante el amor fati: el amor al destino.
Ya no se trataría solamente de soportar aquello que ha ocurrido, sino de integrarlo de tal modo en la propia existencia que deje de aparecer como una pieza ajena que debería ser arrancada de la biografía.
Mientras el hombre necesite que su pasado hubiera sido otro para reconciliarse con su presente, continúa sometido a aquello que ya no puede modificar.
La quinta montaña: reconstruir una vida entre las ruinas
En La quinta montaña, Coelho sitúa a Elías ante una ciudad destruida.
Akbar ha caído.
Las ruinas son reales. Los muertos no regresarán. Ningún pensamiento positivo puede deshacer lo ocurrido.
Y precisamente en ese contexto aparece la posibilidad de imaginar una historia nueva.
No se trata de negar el pasado, sino de decidir qué autoridad ejercerá sobre el futuro.
Ésta es una de las cuestiones centrales de la identidad humana: el hombre no se limita a vivir acontecimientos. También los cuenta.
Dice que fue abandonado.
Que fracasó.
Que perdió su oportunidad.
Que desperdició una parte de su vida.
Poco a poco, un episodio puede dejar de ser algo que ocurrió y convertirse en aquello que el individuo cree ser.
El hombre que sufrió un fracaso empieza a considerarse un fracasado. La persona que padeció un abandono empieza a interpretar todas las relaciones futuras desde el abandono. El herido acaba viviendo psicológicamente dentro del instante en que fue herido.
Nietzsche comprendió el peligro de esta tiranía retrospectiva y habló de la necesidad de un olvido activo.
No se trata de amnesia.
Se trata de impedir que cada acontecimiento conserve eternamente jurisdicción sobre el presente.
Una memoria absoluta sería una cárcel.
El hombre necesita recordar para conservar su identidad, pero también necesita olvidar para continuar existiendo.
La reconstrucción de Akbar se convierte así en metáfora de cualquier biografía quebrada. Elías no puede impedir que la ciudad haya sido destruida. Sólo puede decidir qué levantará entre sus ruinas.
El ser humano como narrador de sí mismo
La identidad posee inevitablemente una estructura narrativa.
El hombre no archiva simplemente recuerdos. Los organiza.
Escoge comienzos. Encuentra causas. Construye antagonistas. Decide qué episodios fueron decisivos. Olvida detalles. Reinterpreta escenas.
Cada vez que cuenta su vida produce una versión de ella.
Esto no significa que pueda inventar arbitrariamente los hechos. La realidad impone límites que ninguna narración honesta debería falsificar. Pero entre negar lo ocurrido y concederle un significado eterno existe una enorme distancia.
Un fracaso puede continuar siendo un fracaso y convertirse años después en el accidente que obligó a cambiar de dirección.
Una ruptura puede seguir siendo dolorosa y, al mismo tiempo, aparecer como aquello que hizo posible otra vida.
Una pérdida nunca deja de ser pérdida, pero puede dejar de ser únicamente pérdida.
El acontecimiento permanece.
Su significado se desplaza.
Construir o plantar: la gran metáfora de Brida
Una de las imágenes más hermosas de Brida distingue dos maneras de enfrentarse a la existencia: construir y plantar.
El constructor trabaja hasta completar su obra.
Puede tardar años, pero llega un momento en que coloca la última piedra y contempla lo que ha hecho.
Está terminado.
El jardinero nunca alcanza ese instante.
Siembra. Riega. Poda. Espera. Pierde plantas. Combate plagas. Observa las estaciones. Vuelve a empezar.
Su obra permanece necesariamente incompleta porque un jardín terminado sería un jardín muerto.
La metáfora contiene dos concepciones opuestas del tiempo.
El constructor intenta dominarlo.
El jardinero aprende a colaborar con él.
El edificio aspira a permanecer idéntico. El jardín sólo puede seguir vivo si se transforma.
Aquí aparece inevitablemente el final de Cándido de Voltaire. Después de guerras, terremotos, fanatismos, violencias y largas discusiones sobre el sentido del mundo, Cándido termina abandonando las grandes arquitecturas filosóficas y llega a una conclusión humildísima:
Hay que cultivar nuestro jardín.
El Eclesiastés había formulado siglos antes una sabiduría semejante: hay tiempo de nacer y tiempo de morir, tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado.
El jardín pertenece a una filosofía radical de la temporalidad.
Nada vivo permanece idéntico.
El jardín como metáfora del amor, la identidad y la vida
La imagen del jardín permite releer todas las cuestiones anteriores.
Una relación amorosa no es un edificio terminado.
No basta conquistar una vez a una persona para conservarla para siempre.
La confianza de ayer no garantiza la de mañana. El cariño pasado no sustituye al presente. Nadie puede almacenar atención durante cinco años para gastarla después.
El amor se parece al jardín porque existe mientras está siendo cultivado.
Lo mismo ocurre con una vocación. La Leyenda Personal no es un monumento que el hombre concluye y contempla satisfecho. Es una dirección que debe renovarse.
También ocurre con la identidad. Mientras continúa vivo, el individuo nunca acaba definitivamente de convertirse en quien es.
Incluso el sufrimiento puede entenderse mediante esta imagen.
El pasado se parece en ocasiones al compost.
Está formado por restos. Por aquello que murió. Por fragmentos de experiencias que ya no pueden recuperarse.
Sin transformación, esos restos sólo se pudren.
Transformados, pueden alimentar otra cosa.
La libertad no consiste en controlar el mundo
El hombre suele imaginar la libertad como capacidad de dominio.
Ser libre significaría conseguir aquello que desea, evitar aquello que teme y conservar aquello que ama.
Pero ninguna existencia humana posee ese poder.
El cuerpo envejece.
Las personas cambian.
Las relaciones terminan.
Los proyectos fracasan.
La enfermedad aparece.
La fortuna cambia.
La muerte interrumpe.
Si la libertad exigiera controlar los acontecimientos, ningún hombre habría sido jamás libre.
Puede formularse de otra manera:
La libertad es la capacidad de continuar eligiendo dentro de aquello que no se ha elegido.
Elías no decide que Akbar sea destruida. Decide qué relación mantendrá con sus ruinas.
María no puede convertir a otro ser humano en propiedad. Puede decidir cómo amar sin hacer del amor una cárcel.
El jardinero no controla la tormenta.
Regresa al jardín cuando termina.
Por qué aquello que termina puede ser precisamente lo más valioso
La muerte parece proporcionar el argumento definitivo contra cualquier proyecto.
Si todo terminará, ¿por qué comenzar?
Si el amado morirá, ¿por qué amar?
Si el libro será olvidado, ¿por qué escribir?
Si el jardín regresará finalmente a la tierra, ¿por qué plantarlo?
La respuesta más cómoda consiste en buscar alguna forma de eternidad.
La respuesta más difícil consiste en aceptar la pregunta.
Tal vez el valor no exista a pesar de la transitoriedad.
Tal vez exista precisamente gracias a ella.
Una tarde infinita perdería su singularidad. Una conversación que pudiera repetirse eternamente dejaría de ser irrepetible. Un encuentro que jamás pudiera terminar perdería parte de aquello que convierte la permanencia en elección.
La fragilidad no siempre es enemiga del valor.
A veces es su condición.
De la gloria a la semilla
El sic transit gloria mundi deja entonces de ser una sentencia pesimista.
La gloria pasa.
Pero también pasa el dolor.
Pasa la juventud.
Pasan algunas formas del amor.
Pasan los imperios, los nombres y los libros.
Todo aquello que entra en el tiempo queda condenado a transformarse.
El error consiste en creer que únicamente merece la pena aquello que puede conservarse.
La historia del monje que produjo dos libros invisibles permite imaginar otra medida para una existencia: no aquello que consiguió inmovilizar, sino aquello que puso en movimiento.
La semilla ofrece la imagen perfecta.
Para cumplir su función tiene que dejar de parecer una semilla.
Desaparece dentro de la tierra.
Se rompe.
Pierde su forma.
Y precisamente esa desaparición permite que aparezca algo nuevo.
Quizá una vida pueda medirse de la misma manera.
No por aquello que consiguió encerrar dentro de sus paredes.
No por el número de personas que recordaron su nombre.
No por aquello que pudo poseer.
Sino por aquello que consiguió hacer crecer.
El constructor pregunta: ¿qué dejará terminado?
El jardinero pregunta: ¿qué seguirá creciendo?
Entre esas dos preguntas cabe una concepción entera de la existencia.
Una busca permanencia.
La otra fecundidad.
Una quiere derrotar al tiempo.
La otra acepta trabajar con él.
Una mide su éxito por aquello que conserva intacto.
La otra por aquello que consigue transformar.
Quizá por eso la forma más profunda de libertad no consista en poseer el mundo, sino en atravesarlo sin exigir que permanezca inmóvil.
Amar sin poseer.
Recordar sin quedar encarcelado.
Sufrir sin convertir el sufrimiento en identidad.
Elegir sin garantía.
Construirse sin declararse terminado.
Plantar sabiendo que llegará el invierno.
Porque la gloria pasa.
Pero una semilla no necesita ser eterna para convertirse en árbol.