En 1939 Manuel Sánchez Sarto salió de España como exiliado. Décadas después, los textos que escribió desde México regresaron a Zaragoza convertidos en uno de los volúmenes de la colección de Clásicos Aragoneses.
Hay biografías intelectuales que cambian de país sin cambiar realmente de argumento. La de Sánchez Sarto no es una de ellas. Antes de la Guerra Civil había sido profesor, editor y traductor en España; después del exilio se convirtió en docente de la UNAM, asesor del Banco de México, colaborador del Fondo de Cultura Económica y participante en organismos internacionales que discutían uno de los grandes problemas de la posguerra: cómo conseguir que América Latina creciera, se industrializara y saliera del subdesarrollo.
Escritos económicos (México, 1939-1969) reúne tres décadas de ese trabajo. No es simplemente una colección de artículos económicos, sino la huella escrita de un aragonés obligado a reconstruir su vida al otro lado del Atlántico y que terminó observando España, México, Estados Unidos, Europa y América Latina desde una perspectiva que difícilmente habría adquirido sin aquel desplazamiento forzoso.
De Zaragoza al exilio mexicano
Manuel Sánchez Sarto nació en Zaragoza en 1897. Su formación fue amplia desde el principio: estudió Derecho y Filosofía y Letras y completó estudios en Alemania, en un momento en el que las universidades alemanas ocupaban una posición central en las ciencias sociales europeas. De regreso a España desarrolló una intensa actividad académica y editorial y ejerció como profesor de Historia Económica antes de que la Guerra Civil interrumpiera aquella trayectoria.
Una parte esencial de su trabajo anterior a 1939 estuvo vinculada a la Editorial Labor, donde desempeñó responsabilidades literarias y de gestión. Labor fue una de las grandes empresas españolas de difusión del conocimiento científico y humanístico durante el primer tercio del siglo XX, y Sánchez Sarto participó en ese proyecto no sólo administrativamente, sino también como traductor. Por sus manos pasaron obras de economía, sociología, política, derecho, historia y arte, circunstancia que ayuda a entender la amplitud de referencias que después aparecería en su propia obra económica.
La derrota republicana cambió completamente el escenario. Sánchez Sarto salió de España en 1939, pasó por Francia y terminó instalándose en México. Allí no se limitó a intentar reproducir la vida académica que había perdido. Participó en la creación de nuevas instituciones y entró en contacto con una economía que estaba atravesando una transformación acelerada. La industrialización mexicana, la intervención pública, el desarrollo de nuevas estadísticas económicas y el nacimiento de instituciones regionales proporcionaron problemas que en la España de preguerra apenas habían podido plantearse del mismo modo.
Su carrera mexicana fue notable. Enseñó Historia Económica en la Escuela Nacional de Economía de la UNAM y llegó a ser catedrático; participó en el Instituto de Investigaciones Económicas y fue subdirector de la revista Investigación Económica. Al mismo tiempo trabajó como asesor para la administración mexicana y el Banco de México, desempeñó misiones de Naciones Unidas, colaboró con la CEPAL y desarrolló actividad profesional y docente en otros países latinoamericanos.
Esta combinación resulta fundamental para leer sus textos. Sánchez Sarto no escribía únicamente desde la universidad. Había conocido editoriales, empresas, administraciones públicas, bancos centrales y organismos internacionales. La teoría económica aparece continuamente contrastada con problemas concretos de producción, inversión, comercio, financiación y desarrollo.
El traductor escondido detrás de algunos grandes clásicos
Hay otra razón por la que el nombre de Manuel Sánchez Sarto merece ser recuperado. Muchos lectores españoles e hispanoamericanos han tenido entre las manos traducciones suyas sin saber prácticamente nada del traductor. Durante décadas circuló ampliamente su versión del Leviatán de Thomas Hobbes para el Fondo de Cultura Económica, una traducción que acabó convirtiéndose en referencia habitual dentro de la filosofía política y el derecho en lengua española.
También tradujo la Historia económica general de Max Weber y obras de Friedrich List, Richard Cantillon y numerosos autores alemanes y europeos. Antes del exilio había hecho algo semejante para Labor. Sánchez Sarto perteneció, por tanto, a aquella generación de mediadores intelectuales que construyeron una parte considerable del vocabulario con el que las ciencias sociales modernas comenzaron a leerse en castellano.
Traducir semejantes obras no era una actividad marginal respecto a su propia formación económica. Significaba enfrentarse continuamente con conceptos de Estado, mercado, capitalismo, desarrollo, comercio, historia económica y organización social. Esa biblioteca internacional acompaña después a sus escritos, que rara vez contemplan una economía nacional como si funcionara aislada del resto del mundo.
En México continuó esa labor editorial y trabajó activamente con el Fondo de Cultura Económica. La institución era uno de los grandes centros de producción intelectual en español y recibió a numerosos exiliados republicanos. Allí el desplazamiento forzoso de profesores y editores españoles tuvo un efecto paradójico: aquello que fue una pérdida dramática para el sistema universitario español se convirtió en una transferencia de conocimiento hacia las instituciones culturales mexicanas.
México, la industrialización y el gran problema del desarrollo
Los textos reunidos por Eloy Fernández Clemente muestran cómo fueron cambiando las preocupaciones de Sánchez Sarto. Algunos de los primeros escritos todavía miran hacia España y Aragón desde el exilio, pero progresivamente México y América Latina ocupan el centro del análisis. El escenario histórico era extraordinario: después de la Segunda Guerra Mundial numerosos países latinoamericanos intentaban acelerar su industrialización y el concepto de «desarrollo económico» empezaba a adquirir una importancia política y académica enorme.
Sánchez Sarto estudió la productividad industrial, la política económica, la estabilidad, la contabilidad nacional y la transformación de la economía mexicana. Aquellos años coincidieron con la consolidación de una generación de economistas profesionales que comenzaba a intervenir directamente en ministerios, bancos centrales y organismos de planificación. La economía dejaba de ser únicamente una disciplina universitaria para convertirse en una tecnología de gobierno.
Uno de los problemas centrales era cómo crecer sin que ese crecimiento quedara destruido por desequilibrios monetarios, comerciales o sociales. La industrialización podía aumentar la productividad y reducir la dependencia de determinadas importaciones, pero exigía capital, infraestructuras, tecnología, mercado interior y capacidad administrativa. Sánchez Sarto no observaba esas variables como piezas separadas, sino dentro de un proceso histórico que debía ser comparado con experiencias anteriores.
Su reflexión se amplió además al conjunto de América Latina. Analizó la condición de los países menos desarrollados, la necesidad de promover la industrialización y la conveniencia de una mayor integración económica regional. También siguió las experiencias de Estados Unidos y Europa, prestando atención a cuestiones como la fiscalidad norteamericana o la relación entre ciencia, tecnología y crecimiento económico.
Un título suyo de 1958 resulta especialmente expresivo: La «Zona oscura» en la economía de los pueblos poco desarrollados. El lenguaje pertenece claramente a su época, pero la cuestión de fondo continúa siendo reconocible: ¿qué mecanismos mantienen a una parte de la población y de la economía atrapada en actividades de muy baja productividad y cómo puede producirse la transición hacia formas económicas más complejas?
Sánchez Sarto tampoco aceptaba sin discusión las nuevas doctrinas del desarrollo latinoamericano. Un episodio conservado en los archivos económicos de la UNAM recuerda una crítica particularmente dura que realizó a un estudio de programación económica de la CEPAL coordinado por Juan F. Noyola. El economista mexicano respondió con igual intensidad. La anécdota permite ver algo que una simple relación de cargos institucionales podría esconder: Sánchez Sarto participaba activamente en los debates intelectuales de su tiempo y no se limitaba a reproducir la doctrina de los organismos con los que colaboraba.
La educación como infraestructura económica
Uno de los aspectos más modernos de estos escritos es la importancia concedida a la educación. Para Sánchez Sarto, un país no podía alcanzar niveles elevados de desarrollo únicamente construyendo fábricas o acumulando capital. Necesitaba personas capaces de administrar instituciones, absorber tecnología, organizar empresas, interpretar datos y producir nuevo conocimiento.
La educación aparecía así como una infraestructura tan importante como una carretera o una central eléctrica, aunque sus efectos fueran más lentos y difíciles de medir. Los niveles educativos expresaban, en buena medida, la capacidad de una sociedad para aprovechar el progreso técnico y ampliar las oportunidades de sus habitantes.
Dentro de la universidad defendió especialmente la enseñanza de la Historia Económica. Su razonamiento era coherente con toda su trayectoria: un economista que sólo conoce modelos abstractos puede interpretar el presente como si cada problema fuese completamente nuevo. La historia permite comprobar que políticas semejantes han producido consecuencias distintas según las instituciones, la tecnología, la geografía y las circunstancias sociales.
Por eso resulta significativo que Sánchez Sarto hubiera empezado como profesor de Historia Económica y continuara reivindicando esa disciplina cuando la economía matemática y las nuevas herramientas de planificación adquirían cada vez más prestigio. No rechazaba las estadísticas ni la técnica; insistía en que debían situarse dentro del tiempo.
Un economista español que pasó a formar parte de la historia económica de México
La historiografía posterior ha terminado colocando a Sánchez Sarto en un lugar que quizá habría resultado difícil imaginar en 1939. Ya no aparece únicamente como «economista español exiliado», sino como una de las figuras de la migración republicana que participaron en la institucionalización de la economía mexicana.
Su trabajo en la UNAM, el Banco de México, el Fondo de Cultura Económica y diversos organismos latinoamericanos lo convirtió en parte de una red intelectual donde convivían economistas mexicanos y españoles. El exilio no borró su procedencia aragonesa, pero tampoco permitió que su biografía pudiera entenderse después desde una sola nacionalidad académica.
Esta condición de figura situada entre dos orillas explica el tono con el que la Institución Fernando el Católico presentó la recuperación de 2003. No se trataba simplemente de rescatar un autor olvidado porque hubiera nacido en Zaragoza. Se trataba de recuperar para la historia intelectual española a alguien cuya parte más importante de la carrera había sucedido fuera de España.
La recuperación de 2003: Larumbe y los economistas aragoneses
La edición tiene sentido dentro de dos proyectos editoriales que convergen en el mismo volumen. Por una parte es el número 25 de Larumbe. Clásicos Aragoneses; por otra, forma parte de la Biblioteca de Economistas Aragoneses. Esta segunda serie había recuperado obras y autores fundamentales de la historia del pensamiento económico aragonés, y Sánchez Sarto permitía prolongarla hasta el siglo XX y, además, hasta América Latina.
Larumbe posee una concepción amplia de la palabra «clásico». La colección, iniciada en 1990, no se limita a literatura: incorpora historiografía, pensamiento y ciencia. Su nombre procede de una familia de impresores que trabajó durante siglos en Huesca y sus ediciones se caracterizan por extensos estudios preliminares y un tratamiento crítico de los textos.
En este caso el aparato introductorio es considerable. Eloy Fernández Clemente dedica más de un centenar de páginas a reconstruir la biografía y el pensamiento de Sánchez Sarto antes de que comiencen los escritos propiamente dichos. El volumen físico registra CXXXIII páginas preliminares más 691 páginas, una extensión que deja claro que no estamos ante una antología ligera.
Fernández Clemente era además una figura especialmente adecuada para realizar esa recuperación. Catedrático de Historia Económica de la Universidad de Zaragoza, había dedicado buena parte de su investigación al pensamiento económico aragonés y a la historia contemporánea de Aragón. Su trabajo permite que los escritos mexicanos no aparezcan aislados, sino conectados con la primera vida española de Sánchez Sarto, con la Editorial Labor, con el exilio y con las instituciones económicas latinoamericanas en las que desarrolló después su carrera.
El ejemplar conservado en Librería5
Nuestra copia corresponde a la primera edición de 2003 y a la versión en rústica. La edición fue realizada conjuntamente por Prensas Universitarias de Zaragoza, la Institución Fernando el Católico, el Instituto de Estudios Altoaragoneses y el Departamento de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón.
La propia ficha catalográfica registra dos presentaciones: rústica y tela. Nuestro ejemplar utiliza el ISBN asignado a la primera, 84-7733-664-4. El volumen incluye una extensa bibliografía y constituye la publicación número 2391 de la Institución Fernando el Católico.
- Título
- Escritos económicos (México, 1939-1969)
- Autor
- Manuel Sánchez Sarto
- Edición, introducción y notas
- Eloy Fernández Clemente
- Editoriales
- Prensas Universitarias de Zaragoza, Institución Fernando el Católico, Instituto de Estudios Altoaragoneses y Gobierno de Aragón
- Colección
- Larumbe. Clásicos Aragoneses, nº 25
- Serie complementaria
- Biblioteca de Economistas Aragoneses
- Edición
- Primera, 2003
- Extensión
- CXXXIII + 691 páginas
- ISBN de nuestro ejemplar
- 84-7733-664-4
- ISBN-13
- 978-84-7733-664-8
- Depósito legal
- Z-2806-2003
- Encuadernación
- Rústica
- Diseño de sobrecubierta
- Pepe Cerdá
- Impresión
- INO Reproducciones, S. A.
Un viaje de ida y vuelta
Hay algo particularmente apropiado en que este libro se publicara en Zaragoza. Sánchez Sarto había salido de España en 1939 y la parte de su obra que aquí interesa se escribió precisamente porque aquel regreso dejó de ser posible durante décadas. México le permitió reconstruir una carrera, pero también modificó por completo los problemas sobre los que pensaba.
Desde allí observó la industrialización, los intentos de planificación, el papel de los bancos centrales, la integración latinoamericana, la educación, la tecnología y la aparición de nuevas instituciones económicas internacionales. No abandonó su formación europea; la puso a trabajar ante problemas que Europa no planteaba del mismo modo.
Y mientras escribía sobre esas cuestiones continuaba realizando una labor menos visible pero extraordinariamente duradera: traducir. Hobbes, Weber, List y otros autores entraron en bibliotecas de miles de lectores en español gracias, en parte, al trabajo de aquel economista aragonés exiliado.
En 2003 el trayecto se cerró simbólicamente. Los escritos mexicanos volvieron a Aragón, ordenados y estudiados por Eloy Fernández Clemente, y el exiliado pasó a ocupar el número 25 de una colección llamada Clásicos Aragoneses.
Fuentes utilizadas para contextualizar la obra
- Institución Fernando el Católico: ficha editorial de Escritos económicos (México, 1939-1969).
- Prensas Universitarias de Zaragoza: catálogo histórico de la colección Larumbe.
- Universidad de Zaragoza: historia y características editoriales de Larumbe. Clásicos Aragoneses.
- Investigaciones de Historia Económica: reseña y análisis del contenido de los escritos de Sánchez Sarto.
- UNAM e Instituto de Investigaciones Económicas: trayectoria de Sánchez Sarto en México y debates sobre desarrollo económico.
- Revista de Historia Económica: reseña de la edición preparada por Eloy Fernández Clemente.