Intercambiando sus almas — Edward Page Mitchell

Intercambiando sus almas, de Edward Page Mitchell
Edward Page Mitchell (1852-1927)
Título original: Exchanging Their Souls
Subtítulo original: Prince Michalskovich and Dr. Harwood's Wonderful Cure
Primera publicación: The Sun, Nueva York, 27 de abril de 1877
Género: ficción especulativa · relato fantástico · psicología
Tiempo de lectura: aproximadamente 18 minutos
Edición: texto completo
Traducción: Librería5.com, a partir del original inglés

Un príncipe ruso empieza a comportarse como un humilde fabricante de carruajes. A cientos de kilómetros, un artesano ignorante asegura ser un príncipe y comienza a hablar idiomas que nadie sabía que conociese.

Edward Page Mitchell publicó en 1877 esta extraña historia construida como si fuese la crónica de un auténtico enigma médico. Mesmerismo, locura, identidad y sugestión se mezclan en un relato que juega deliberadamente con la frontera entre explicación científica y fenómeno imposible.

Esta es una traducción al español realizada para Librería5.com a partir del texto original inglés.

◆ ◆ ◆
La extraña confesión de un médico de Nueva York — Un caso que ha desconcertado a la profesión médica durante muchos años

El doctor James Harwood, fallecido la semana pasada, ocupó durante más de veinte años un puesto muy próximo a la cima de la profesión médica. Su fama se extendía también al otro lado del Atlántico y, cuando viajaba por Europa, otros médicos célebres aprovechaban la oportunidad para consultarle.

En una de sus giras por el continente, el doctor James Harwood llevó a cabo una curación verdaderamente prodigiosa que no tardó en recorrer los periódicos y contribuyó considerablemente a cimentar su reputación mundial. Consiguió curar al príncipe ruso Michalskovich de una forma de monomanía casi incurable. Lo que hizo que el caso despertara tanto interés entre los médicos fueron los extraordinarios y extraños medios empleados por el doctor para efectuar la curación.

El doctor James Harwood sostuvo, tanto de palabra como por escrito, que había devuelto al príncipe la cordura por medio del mesmerismo. Aquello ocurrió hacía unos veinte o treinta años, cuando el mesmerismo estaba de moda y eran muchas las personas inteligentes que creían firmemente en todas las maravillas que se contaban acerca de su poder.

Naturalmente, durante mucho tiempo el caso proporcionó abundante materia de discusión en los círculos y publicaciones médicas y, al cabo de cierto tiempo, dada la gran respetabilidad del médico y los testimonios que corroboraban su versión, el extraño caso de locura del príncipe y la maravillosa curación realizada por el doctor James Harwood fueron incorporados como hechos a diversos anales médicos y acabaron encontrando también un lugar en los manuales utilizados en nuestras facultades y escuelas de medicina.

Pero los hombres de ciencia son siempre algo escépticos, y todavía hoy algunos miembros de la profesión médica continúan contemplando con recelo el relato que hizo el doctor de aquella curación.

Seis o siete años atrás, el propio príncipe visitó esta ciudad. Apenas había tenido tiempo de echar un vistazo a sus nuevas habitaciones del hotel cuando le comunicaron que dos célebres médicos de Nueva York, padre e hijo, solicitaban el honor de entrevistarse con él.

Una vez admitidos, el mayor explicó que era profesor de Medicina y que se encontraba preparando una extensa obra sobre fisiología, por lo que agradecería mucho al príncipe que le ofreciera una relación detallada de su famoso caso, destinada a incorporarse al capítulo dedicado a la locura.

El príncipe accedió amablemente y, al relatar hasta el último detalle relacionado con su curación, volvió a atribuirla a los efectos del mesmerismo.

El anciano profesor se permitió entonces dejar que una sonrisa de incredulidad cruzara fugazmente su rostro.

Pero, en el mismo instante en que el príncipe vio e interpretó aquella traicionera sonrisa, el caballero médico se encontró agarrado por el cuello de la chaqueta y depositado sobre la mullida alfombra del pasillo, al otro lado de la puerta del príncipe. Poco después salió disparado tras él su hijo, seguido por el sombrero y el bastón.

Circula en los círculos médicos el rumor de que ésta es la razón por la cual el curioso caso del príncipe no aparece mencionado en una importante obra norteamericana sobre fisiología publicada recientemente.

La narración original de la maravillosa curación del príncipe demente, tal como la presentó por primera vez el doctor James Harwood, decía lo siguiente:

El relato del doctor James Harwood

Fui llamado a San Petersburgo para examinar el caso del príncipe Michalskovich, que sufría una afección mental muy curiosa.

Lo encontré delirando en una lengua completamente desconocida, al menos para los médicos que lo atendían y para varios lingüistas que habían sido invitados a su cabecera.

Después de conseguir reducir la fiebre cerebral, confiaba en oírle recuperar el uso del ruso, el francés o el inglés, lenguas en las que acostumbraba a conversar, pero persistió en utilizar aquella jerigonza incomprensible.

Por lo demás, se mostraba tranquilo e inofensivo. Su conducta hacia sus numerosos siervos y criados era, de hecho, extraordinariamente amable y cortés, mientras que, cuando estaba cuerdo, siempre mostraba con ellos un temperamento sumamente irascible y los trataba habitualmente con brutalidad y crueldad.

Comenzó asimismo a mostrar una extraordinaria preferencia por la ropa basta y los alimentos frugales.

Un día manifestó el deseo de abandonar el palacio. Ordené a sus cuidadores que le concedieran tanta libertad como fuese posible y que se limitaran a seguirlo a cierta distancia.

Aquella tarde, los hombres informaron de que el príncipe había pasado todo el día trabajando en el taller de un fabricante de carruajes. Había entrado en el establecimiento y, sin pronunciar palabra, había cogido un martillo y un hacha y se había puesto a ayudar a los obreros en la construcción de un carruaje.

El maestro carretero dijo que había permitido al príncipe hacer lo que quisiera porque comprendió inmediatamente que era un obrero extraordinariamente hábil.

A primera hora de la mañana siguiente, el príncipe estaba de nuevo trabajando en el taller, y permaneció allí hasta el anochecer.

El príncipe Michalskovich trabaja en un taller de carruajes
El príncipe abandonaba el palacio para trabajar durante horas como un experto fabricante de carruajes.

Al cabo de una o dos semanas resultaba perfectamente evidente que el príncipe padecía la monomanía de creerse nada más que un humilde constructor de carruajes.

Al principio intenté impedirle que acudiera al taller, pero, al comprobar que aquello no hacía sino perturbar todavía más su mente, consentí en dejarlo continuar, confiando en que se produjera algún acontecimiento capaz de devolver sus pensamientos a su cauce apropiado.

Estaba ya muy cerca de fijar una fecha para mi regreso a Nueva York y a punto de decidir que el príncipe era un lunático incurable cuando mis ojos se detuvieron sobre un párrafo de una revista médica que hablaba del caso de un oficial artesano de Tiflis, internado por demencia, que imaginaba ser un príncipe rico y poderoso.

Leí la noticia por segunda vez, profundamente impresionado por ciertas coincidencias singulares.

Aquel pobre hombre era fabricante de carruajes de profesión y, aunque jamás se le había oído hablar otra cosa que un oscuro dialecto georgiano de Mingrolia y siempre había sido conocido como un campesino humilde e ignorante, ahora se le escuchaba, durante sus delirios, expresarse con fluidez y corrección en ruso, alemán, francés e inglés.

Precisamente aquel inesperado dominio de lenguas extranjeras había hecho que el caso del artesano recorriera los periódicos.

No pude evitar observar que se trataba exactamente del mismo caso que el del príncipe Michalskovich, sólo que invertido.

El príncipe quería ser constructor de carruajes; el constructor de carruajes quería ser príncipe.

Uno había abandonado las lenguas civilizadas para hablar una jerigonza; el otro había abandonado su jerigonza y hablaba ruso, inglés y otros idiomas.

Naturalmente, tomé inmediatamente las medidas necesarias para que el hombre fuese trasladado desde Tiflis al manicomio de San Petersburgo.

Me hice cargo de él allí y descubrí que la correspondencia entre su caso y el del príncipe era verdaderamente asombrosa.

Después de consultar con la familia del príncipe Michalskovich, hice trasladar al individuo al palacio con toda la pompa y ceremonia debidas a un príncipe, simplemente por curiosidad, para ver qué sucedería.

Dejó atónitos a todos.

Tomó posesión de los aposentos privados del príncipe como si hubiese vivido en ellos toda su vida. Saludó por su nombre a los padres, parientes y amigos del príncipe, utilizó su vestuario y dio órdenes a los sirvientes como si verdaderamente fuese el propio príncipe.

La gracia de sus modales y la elegancia con la que se expresaba en diversas lenguas resultaban extraordinarias, y, sin embargo, conservaba la constitución, las manos y los rasgos de un tosco artesano.

Lo sometí a otra prueba.

Lo enfrenté al verdadero príncipe en la fábrica de carruajes.

Habló con él de manera condescendiente, incluso con cierta familiaridad, aunque conservando siempre una determinada distancia y mostrando por momentos una arrogancia inconfundible.

No pareció reparar en que el príncipe no contestaba a una sola de sus palabras.

Así transcurrieron otra semana o dos y yo no había logrado ningún progreso en el caso del príncipe, salvo que, en lugar de un demente, ahora tenía dos entre manos.

Estaba de nuevo a punto de abandonar al príncipe cuando cierto individuo de aspecto desaliñado vino un día a visitarme y se ofreció a curarlo instantáneamente si yo le garantizaba que recibiría una buena remuneración por sus servicios.

Su precio era de mil rublos.

Llegué a un acuerdo con él, aunque impuse como condición estar presente en cada fase de la operación.

A la hora convenida hice llevar al príncipe y al artesano al palacio.

El misterioso desconocido me hizo ordenarles que se sentaran uno al lado del otro, tan juntos como fuera posible.

Después pasó las manos por delante de sus rostros, moviéndolas continuamente de un lado a otro, como si estuviera mesmerizando a ambos hombres, que pronto cayeron en el estado de inconsciencia más completo que jamás he presenciado.

A continuación los despojó de todas las prendas que llevaban, sin dejar de realizar en ningún momento sus manipulaciones mesméricas.

De repente, el príncipe y el artesano experimentaron simultáneamente una violenta sacudida, tras la cual sus cuerpos quedaron rígidos como si estuvieran muertos.

—He hecho que sus espíritus abandonen sus cuerpos —dijo el desconocido en tono explicativo—. Ahora ordenaré al espíritu de éste que entre en el cuerpo del otro, y haré que el espíritu del otro penetre en este cuerpo.

Extendió las manos y ordenó:

—¡Ahora!

En el preciso instante en que pronunció la palabra, ambos cuerpos se estremecieron y temblaron.

El desconocido se acercó entonces a mí y dijo:

—¿Tiene preparado mi dinero? Sáquelo, por favor, y manténgalo en la mano. En el momento en que ordene a los cuerpos que se muevan y usted oiga al príncipe hablar ruso y lo vea comportarse como un príncipe, mientras el artesano mira a su alrededor desconcertado y avergonzado como lo haría un campesino, sabrá que he realizado la curación y deberá depositar los mil rublos en mi mano. No tengo tiempo de esperar ni un instante más. ¿Está preparado? Muy bien, entonces. ¡Ahora!

Instantáneamente, el príncipe se puso en pie en plena posesión de sus facultades, llamó en ruso a sus sirvientes, se acercó a mí y exigió una explicación sobre la extraña situación en la que lo habían colocado: todavía estaba desnudo.

El artesano de Tiflis presentaba el aspecto más estúpido y aterrorizado imaginable.

Para abreviar: el desconocido había efectuado, efectivamente, una curación perfecta.

Ambos hombres habían recuperado la cordura.

El príncipe Michalskovich recupera aparentemente la razón
Tras la misteriosa operación, el príncipe volvió a comportarse como príncipe y el artesano como un campesino.

Me volví hacia el desconocido y le entregué sus mil rublos, añadiendo que me gustaría recibirlo en mi hotel y conversar con él acerca de los extraños métodos empleados en aquella curación.

Pero negó con la cabeza y salió sigilosamente de la habitación.

Mesmerismo o no mesmerismo —concluía el doctor James Harwood—, así fue como se curó el príncipe Michalskovich, y eso es cuanto tengo que declarar al respecto.

◆ ◆ ◆

Aquello causó gran sensación hace unos veinte años.

Los periódicos estaban llenos del asunto, todo el mundo hablaba de él y nadie sabía qué pensar.

Los espiritistas y los mesmeristas, naturalmente, se mostraban orgullosos y triunfantes.

En realidad, no existía posibilidad alguna de negar el caso. El príncipe Michalskovich era un personaje muy conocido, y tanto su prolongada enfermedad como su monomanía final de creerse un simple fabricante de carruajes eran hechos perfectamente acreditados.

También el repentino y maravilloso don de lenguas del artesano de Tiflis estaba certificado por varios médicos eminentes que lo habían examinado y tratado durante las primeras etapas de su locura.

Varios años después, cuando el doctor aún residía en esta ciudad, un colega lo instó a revelar los verdaderos hechos del caso y salvar así tanto el honor de la profesión como el suyo propio.

El doctor accedió a la petición hasta el punto de depositar en manos de un amigo una relación completa del caso, tras obtener de él la solemne promesa de que no sería publicada hasta que tanto el príncipe como él mismo hubiesen muerto y sido enterrados.

Esta confesión se presenta ahora ante el mundo y, aunque resulta bastante extraña e inesperada, no puede afirmarse que la conducta seguida por el doctor careciese por completo de justificación.

Dice así:

La confesión del doctor

El mundo médico no se sorprenderá demasiado al leer mi reconocimiento de que la curación del príncipe y del artesano realizada por el desconocido fue un engaño, y de que yo sabía en aquel momento que lo era, porque toda la escena había sido concebida por mí.

Desde el principio estuve convencido de que los médicos más competentes no dejarían de comprender que recurrir a un mago para curar a un demente era una de esas estratagemas a las que en ocasiones debe recurrir un médico en el tratamiento de los enfermos mentales, especialmente de aquellos que se encuentran atrapados en un gran autoengaño.

Pero la enorme credulidad de las masas me tomó por sorpresa.

En quince días, todos los periódicos habían reproducido aquella absurda historia sobre la curación del príncipe, y de inmediato me vi asediado por miles de cartas procedentes de médicos y asociaciones, mientras todas las personas con las que me cruzaba querían que les contase de nuevo la historia.

No podía hacer otra cosa que ofrecer la misma versión del caso a todos los que preguntaban, porque, en las curaciones de la locura efectuadas mediante el engaño, resulta de la máxima importancia que el paciente jamás descubra que su médico se limitó a engañarlo.

He aquí un ejemplo.

Un comerciante imaginó en cierta ocasión que tenía un reloj dentro de la cabeza y que su incesante tictac le impedía pensar y dormir.

Cuando fue internado en un manicomio, le dijeron que debía someterse a una peligrosísima operación para extraerle el reloj de la cabeza.

Lo anestesiaron con cloroformo, practicaron una profunda incisión en un lugar seguro y, cuando despertó, le mostraron y entregaron un pequeño mecanismo manchado de sangre, asegurándole que lo habían extraído de su cabeza.

Lo creyó y quedó curado.

Regresó a sus actividades comerciales y amasó una gran fortuna.

Pero ahora llega el terrible desenlace.

Un día, diez o veinte años después, se encontró por la calle con el médico que lo había curado de su locura.

El doctor, intentando bromear con él acerca de su antigua monomanía, le dijo entre risas:

—Qué ocurrencia tan divertida la suya, pensar que llevaba un reloj dentro del cerebro. ¿No se ríe ahora de sí mismo cuando lo recuerda?

El comerciante lo miró sorprendido.

—¡Entonces usted no me lo sacó de la cabeza! Eso pensaba. Siempre lo pensé. Nunca me lo creí. Lo he oído hacer tictac durante todo este tiempo, exactamente igual. Ponga ahora mismo la oreja aquí. ¡Cómo suena! ¿No oye cómo hace tictac? ¡Tic, tic, tic!

El hombre había vuelto a enloquecer.

Ahora nada podía curarlo, porque nadie podía volver a engañarlo.

Decidí manejar mi propio caso con más prudencia.

Resolví no revelar mi secreto a nadie, para asegurarme de que nadie pudiera contárselo a otro.

Si en algún momento se hubiese filtrado una sola palabra, de un modo u otro habría llegado tarde o temprano hasta el príncipe.

Afortunadamente, el misterio se hizo todavía más profundo gracias a la extraña coincidencia del fabricante de carruajes de Tiflis y, siempre que pude, desvié la atención de los médicos desde mi engaño con el mago hacia el hecho auténtico y perfectamente acreditado de la maravillosa semejanza y simultaneidad entre la locura del artesano y la del príncipe.

No puede negarse que el caso constituye uno de los sucesos más extraordinarios de la práctica médica, y procederé ahora a presentarlo despojado de todo aquello que no ocurrió realmente.

La nodriza del príncipe Michalskovich era una hermosa mujer georgiana cuyo propio hijo fue escogido como compañero de juegos del príncipe y recibió junto a él la misma educación hasta aproximadamente los catorce años.

Entonces el príncipe emprendió sus viajes, y su hermano de leche regresó con su madre al distrito de Mingrolia, en la Georgia rusa, donde aprendió el oficio de fabricante de carruajes.

El príncipe sentía un profundo afecto tanto por la nodriza como por su hermano de leche, y pasó muchas temporadas en las montañas transcaucásicas para poder estar cerca de ellos.

Era un joven muy activo, aficionado a la caza y la pesca y encantado con los trabajos mecánicos, por lo que pasó muchos días trabajando junto a su hermano de leche en el taller de carruajes.

Desgraciadamente, el príncipe se enamoró de la misma joven campesina con la que su hermano de leche estaba a punto de casarse.

Cuando el joven artesano descubrió la infidelidad de su prometida, mantuvo una violenta disputa con el príncipe y, aquel mismo día, quiso la desgracia que la joven muriese de manera súbita e inesperada.

Sus dos enamorados quedaron igualmente destrozados.

Ambos abandonaron Mingrolia.

El carretero se trasladó a Tiflis y trabajó allí bajo un nombre supuesto para impedir que el príncipe pudiera encontrarlo de nuevo.

El príncipe regresó a San Petersburgo, y pronto se descubrió que padecía ataques anormales de melancolía.

Su añoranza de su hermano de leche, unida al desgraciado desenlace de su historia amorosa, acabó desarrollándose hasta convertirse en la peculiar forma de locura ya descrita.

El joven artesano continuó trabajando en Tiflis.

No hablaba con nadie de su historia pasada y no entabló amistad alguna entre sus compañeros de trabajo. Terminada la jornada, regresaba por la noche a su miserable alojamiento, donde pasaba el resto del tiempo en el más estricto aislamiento.

También él enloqueció, imaginándose de repente que era su propio hermano de leche, el príncipe Michalskovich.

Creerse una persona importante y poderosa es una forma bastante común de monomanía y, por ello, el caso del artesano apenas habría llamado la atención de no haber ido acompañado por su asombroso uso de lenguas extranjeras.

Nunca se le había oído hablar otra cosa que su dialecto campesino y nadie había sospechado jamás que fuese un hombre de educación y refinamiento.

El médico que lo atendió declaró inmediatamente que aquel caso constituía la gran maravilla de la época.

La historia del repentino don de lenguas recorrió el mundo y finalmente llegó también hasta mí.

Ya saben cómo mandé traer al joven y cómo finalmente lo llevé al palacio.

Fue reconocido al instante como el hermano de leche del príncipe.

Un día me sobresaltó preguntándome por su hermano Paul.

Comprendí inmediatamente que su razón comenzaba a despertar de nuevo y, mediante un tratamiento cuidadoso, conseguí devolverlo a sus cabales.

Cuando le hablé de la enfermedad mental del príncipe y de la extraordinaria coincidencia con la suya propia, el afecto del joven hacia el príncipe revivió, y se mostró lleno de entusiasmo por ayudarme a preparar la situación mediante la cual esperaba conseguir una curación.

Durante una conversación me contó un día varias anécdotas que ilustraban la enorme superstición del príncipe.

Mencionó, entre otras cosas, la profunda fe del príncipe en la transmigración de las almas y su firme creencia en las pretensiones de personajes como Cagliostro o Joseph Balsamo.

Comprendí inmediatamente que se me presentaba la oportunidad de realizar otro experimento y preparé rápidamente la escena del mago que ya he descrito.

Cuando el príncipe recuperó la razón, escuchó con absoluta buena fe mi relato de su maravillosa curación por obra del misterioso desconocido y, cuando vio a su hermano de leche y lo oyó afirmar que él también había sido curado en aquel mismo instante, quedó completamente satisfecho y volvió a comportarse como un hombre cuerdo.

La notoriedad alcanzada por el príncipe gracias a las noticias ampliamente difundidas de su maravillosa curación halagó enormemente su vanidad y, si alguien hubiese insinuado que había sido engañado, lo habría considerado un gravísimo insulto.

Se rumorea que cierto médico de Nueva York llegó a experimentar su cólera cuando visitó al príncipe y quiso darle a entender que creía que yo simplemente lo había engañado.

Naturalmente, si alguien hubiese dicho al príncipe que me había oído afirmar que su curación había sido únicamente el resultado de un artificio médico, las consecuencias podrían haber sido de la mayor gravedad.

◆ ◆ ◆

Tal es la confesión del doctor James Harwood.

¿Lo justifica?

Intercambiando sus almas (Exchanging Their Souls) · Edward Page Mitchell · Primera publicación: Nueva York, 27 de abril de 1877.
Traducción y edición en español preparada para Librería5.com a partir del original inglés.