Invierno en agosto — Hermann Zolling y Uwe Bahnsen

El primer capítulo no se titula «El muro» ni «13 de agosto». Hermann Zolling y Uwe Bahnsen eligieron algo mucho más preciso: «Berlín, 1,11 horas». Era el instante en que una tranquila noche de verano comenzó a transformarse en uno de los grandes acontecimientos de la Guerra Fría.

Pasada la medianoche del 12 al 13 de agosto de 1961, las agencias de noticias parecían haber terminado su jornada. A la 1:11, la agencia oficial de la Alemania Oriental, ADN, volvió inesperadamente a transmitir. El mensaje anunciaba las medidas que cerrarían la frontera alrededor de Berlín Occidental. Poco después empezaron las alertas internacionales y, mientras gran parte de la ciudad todavía dormía, miles de policías, guardias y miembros de los grupos de combate levantaban barreras y tendían alambradas.

Invierno en agosto. La muralla de Berlín reconstruye aquella noche y los dos años de crisis que siguieron. Nuestro ejemplar fue publicado por Círculo de Lectores en 1970, en traducción de Manuel Vázquez, y conserva una declaración especialmente llamativa: sus autores afirmaban haber utilizado, entre otras fuentes, análisis procedentes de diversos servicios secretos occidentales.

Invierno en agosto de Hermann Zolling y Uwe Bahnsen, edición de Círculo de Lectores
Edición de Círculo de Lectores de 1970 conservada en Librería5, con cubierta de J. García-Martín / DISET.

Las 1:11 de una madrugada de agosto

Uwe Bahnsen recordaría todavía cincuenta años después la precisión de aquella hora. La noche era templada, las agencias habían terminado aparentemente su servicio y nada en las calles anunciaba al berlinés corriente que antes del amanecer su ciudad iba a quedar físicamente dividida. A la 1:11, ADN, la agencia estatal de la RDA, reanudó inesperadamente sus transmisiones. El texto procedente de Berlín Oriental anunciaba el cierre de los pasos y proporcionó a las agencias occidentales la primera confirmación de que estaba ocurriendo algo extraordinario.

Mientras la noticia comenzaba a circular, la operación ya estaba en marcha. Más de diez mil policías y guardias fronterizos, acompañados por varios miles de miembros de los grupos de combate, cortaron calles y vías ferroviarias, levantaron el pavimento, colocaron postes y extendieron rollos de alambre de espino. La imagen que hoy asociamos al Muro de Berlín, con bloques de hormigón, torres de vigilancia y una franja de seguridad, fue el resultado de un proceso posterior. Aquella madrugada lo esencial era impedir físicamente que la población continuara atravesando la frontera entre los sectores.

El comienzo del libro captura muy bien esa transformación de lo cotidiano en histórico. «Berlín, 1,11 horas» no es solamente un título dramático: fija el momento en que una decisión preparada en secreto deja de pertenecer a despachos y mandos militares y empieza a convertirse en noticia pública. Desde allí, Zolling y Bahnsen avanzan hacia sus consecuencias políticas, militares y humanas.

Dos meses después de que Ulbricht negara que habría un muro

La operación del 13 de agosto se hizo todavía más célebre por una frase pronunciada menos de dos meses antes. El 15 de junio de 1961, Walter Ulbricht compareció ante periodistas internacionales para hablar de la situación de Berlín. La RDA estaba sufriendo una emigración constante hacia Occidente a través de la ciudad dividida, un problema demográfico y económico cada vez más grave, y el futuro de Berlín Occidental ocupaba un lugar central en las tensiones entre Moscú y Washington.

La periodista Annamarie Doherr preguntó a Ulbricht si el proyecto de convertir Berlín Occidental en una ciudad neutral implicaría establecer una frontera estatal en la Puerta de Brandeburgo. Doherr no habló de una pared. Fue el propio dirigente de la RDA quien introdujo el término al responder que nadie tenía intención de construir un muro. La frase acabaría convirtiéndose, después del 13 de agosto, en una de las declaraciones políticas más recordadas de la Guerra Fría.

La contradicción es tan poderosa que puede ocultar un problema histórico más complejo: qué estaba decidido exactamente el 15 de junio y cuándo se fijó la forma definitiva de la operación. Los documentos conocidos hoy permiten reconstruir negociaciones, presiones y preparativos soviéticos y germanoorientales con mucha mayor profundidad que en 1967. Precisamente por eso Invierno en agosto debe leerse en dos niveles: como reconstrucción de los hechos y como producto de una época en la que una parte decisiva de los archivos seguía inaccesible.

Un libro escrito seis años después y con fuentes secretas sin identificar

Zolling y Bahnsen publicaron el original alemán en 1967 bajo un título mucho más amplio que el utilizado en España: Kalter Winter im August. Die Berlin-Krise 1961/63, ihre Hintergründe und Folgen. El subtítulo dejaba claro que su asunto era la crisis de Berlín entre 1961 y 1963, con sus antecedentes y consecuencias, no únicamente la historia material del muro. La edición alemana apareció en Gerhard Stalling, en Oldenburg y Hamburgo, y tenía 236 páginas ilustradas.

Los autores trabajaban todavía muy cerca de los protagonistas y acontecimientos que investigaban. La bibliografía histórica berlinesa incluye su obra entre las reconstrucciones tempranas del 13 de agosto realizadas a partir de testimonios y del material entonces disponible. Esa proximidad podía facilitar entrevistas, recuerdos todavía recientes y acceso a personas vinculadas a la crisis, pero significaba también trabajar mucho antes de la apertura de los archivos de la antigua RDA y de otros fondos que después de 1990 cambiarían algunos aspectos de la historiografía.

Nuestro ejemplar contiene una declaración metodológica especialmente sugestiva. Los autores explican que, para elaborar el informe, se sirvieron entre otros materiales de «análisis y reseñas de diversos Servicios secretos occidentales» y que no podían revelar sus fuentes. No identifican agencias ni documentos, por lo que la afirmación no puede convertirse automáticamente en una relación comprobable de archivos secretos utilizados.

La referencia a los servicios de inteligencia debe conservarse como lo que realmente es: una declaración de los autores sobre sus fuentes. Resulta tentador relacionarla con investigaciones posteriores de Hermann Zolling sobre el BND, pero no existe base suficiente para afirmar que los materiales de Invierno en agosto procedieran específicamente del servicio secreto alemán.

El contexto profesional hace, sin embargo, que la frase sea interesante. Hermann Zolling fue redactor de Der Spiegel desde 1966 y posteriormente trabajó con Heinz Höhne en Pullach intern, una extensa investigación sobre el Bundesnachrichtendienst. Uwe Bahnsen también pasó por Der Spiegel y continuó durante décadas como periodista y autor de obras históricas. Invierno en agosto pertenece, por tanto, a una forma de periodismo histórico que intentaba reconstruir decisiones políticas recientes mediante documentos, testimonios y contactos todavía próximos a quienes habían participado en ellas.

La respuesta occidental: entre la indignación y el riesgo de una guerra

La lectura retrospectiva del Muro de Berlín puede producir la impresión de que Occidente respondió inmediatamente con una confrontación abierta. Los documentos de 1961 muestran una situación mucho más incómoda. Estados Unidos consideraba el cierre una violación grave del estatuto de Berlín, pero al mismo tiempo Kennedy sabía que intentar eliminar físicamente las barreras podía desencadenar una guerra con la Unión Soviética.

Willy Brandt, alcalde de Berlín Occidental, expresó rápidamente su frustración ante la moderación de la reacción aliada. Kennedy le contestó el 18 de agosto reconociendo prácticamente el dilema: no veía medidas capaces de producir una modificación material significativa de la situación sin asumir el riesgo extremo de una guerra. La respuesta inmediata elegida consistió en reforzar la presencia estadounidense y demostrar que Washington no aceptaría que Moscú pusiera en cuestión la seguridad de Berlín Occidental.

El vicepresidente Lyndon B. Johnson llegó a Berlín el 19 de agosto acompañado por el general Lucius Clay. Al día siguiente entraron nuevos contingentes estadounidenses en la ciudad y centenares de miles de berlineses salieron a recibirlos. Esa demostración de compromiso no derribó las barreras, pero separaba dos cuestiones que Washington consideraba distintas: no iniciar una guerra para reabrir la frontera entre ambos sectores y, al mismo tiempo, dejar claro que una amenaza contra Berlín Occidental sí encontraría resistencia.

Mientras las grandes potencias calculaban ese equilibrio, las consecuencias individuales del cierre se hacían cada vez más duras. El 24 de agosto, Günter Litfin intentó alcanzar el sector occidental nadando por el Humboldthafen. Los guardias dispararon y una bala lo mató cuando la otra orilla estaba ya muy cerca. La frontera construida durante una madrugada empezaba a demostrar que no era simplemente una línea política sobre el mapa.

Los carros de combate de la Friedrichstrasse

El índice de nuestro ejemplar incluye un capítulo titulado «Carros de asalto en la Friedrichstrasse», una fórmula que en 1961 no tenía nada de metafórica. Dos meses después de la construcción inicial del muro, el paso de Friedrichstrasse conocido por los occidentales como Checkpoint Charlie se convirtió en escenario de una confrontación directa entre fuerzas estadounidenses y soviéticas.

El conflicto surgió alrededor del derecho de los aliados occidentales a entrar libremente en Berlín Oriental sin someterse al control de funcionarios de la RDA. Las fuerzas estadounidenses realizaron sucesivas demostraciones para afirmar ese derecho y el 27 de octubre aparecieron carros soviéticos al otro lado del puesto. Durante unas dieciséis horas llegaron a enfrentarse treinta carros estadounidenses y treinta soviéticos a corta distancia, con las tropas en alerta y los gobiernos intentando impedir que una demostración de fuerza se convirtiera por accidente en combate real.

La crisis terminó mediante una retirada escalonada. Los soviéticos retrocedieron primero y los estadounidenses siguieron su ejemplo. Ninguno de los bandos necesitó admitir públicamente una derrota, pero durante unas horas la división de Berlín había colocado frente a frente a unidades blindadas de las dos superpotencias. El muro había conseguido reducir una fuente de inestabilidad —la fuga masiva desde la RDA— y al mismo tiempo había creado un nuevo punto donde cualquier incidente podía adquirir inmediatamente dimensión internacional.

De la alambrada a «Ich bin ein Berliner»

El original alemán llevaba en su subtítulo las fechas 1961-1963 porque Zolling y Bahnsen entendían que la historia no terminaba con la construcción de la frontera. El último capítulo de nuestro índice, «Kennedy ante el muro», conduce hasta el 26 de junio de 1963. Para entonces, las alambradas improvisadas de agosto de 1961 se habían convertido en un sistema fronterizo mucho más elaborado y Berlín seguía siendo uno de los grandes símbolos de la confrontación entre los dos bloques.

Kennedy llegó a Berlín Occidental, contempló la Puerta de Brandeburgo, visitó Checkpoint Charlie y después habló ante una enorme multitud junto al Ayuntamiento de Schöneberg. Allí pronunció «Ich bin ein Berliner» y presentó el muro como prueba visible de un sistema que necesitaba impedir que su propia población pudiera marcharse. La visita transformó una respuesta estadounidense que en agosto de 1961 había parecido demasiado cautelosa a muchos berlineses en una de las demostraciones simbólicas de solidaridad más célebres de la presidencia de Kennedy.

La decisión española de subtitular el libro simplemente La muralla de Berlín hacía más inmediato su reclamo, pero también estrechaba ligeramente el proyecto original. La verdadera materia del libro es ese arco completo: las presiones anteriores al cierre, la noche del 13 de agosto, la reacción de los aliados, la violencia fronteriza, la confrontación de carros de combate y la transformación del muro en símbolo mundial de la Guerra Fría.

Nuestro ejemplar de Círculo de Lectores

La versión española había aparecido ya en 1969 en Ediciones G. P., dentro de la colección Libro Documento, con traducción de Manuel Vázquez. Nuestro ejemplar pertenece a la edición preparada posteriormente para Círculo de Lectores. La página legal conserva el copyright de Ediciones G. P. de 1969 y explica que la licencia para Círculo se concede por cortesía de Plaza & Janés, pero tanto el depósito legal como los datos de fabricación sitúan esta copia en 1970.

La misma página declara de manera expresa «Edición no abreviada», dato importante porque los registros de esta versión oscilan alrededor de 245 o 246 páginas mientras que la edición G. P. de 1969 supera las trescientas. La diferencia puede explicarse por el mayor formato y distinta composición tipográfica de la edición de Círculo, y no debe utilizarse para atribuirle recortes que el propio editor niega. Nuestro volumen fue compuesto en Garamond 10 e impreso y encuadernado por Printer, Industria Gráfica, S. A., en Barcelona.

La cubierta de J. García-Martín / DISET resume el libro con gran economía visual: alambre de espino, oscuridad y los colores alemanes atrapados en la frontera. No aparece una fotografía documental concreta ni un retrato de Kennedy, Ulbricht o Brandt. La división de Alemania queda convertida directamente en objeto: una bandera sujeta por el alambre.

Título
Invierno en agosto
Subtítulo de cubierta
La muralla de Berlín
Autores
Hermann Zolling y Uwe Bahnsen
Título original
Kalter Winter im August
Título completo original
Kalter Winter im August. Die Berlin-Krise 1961/63, ihre Hintergründe und Folgen
Primera edición alemana
Gerhard Stalling, Oldenburg/Hamburgo, 1967
Traducción
Manuel Vázquez
Editorial de nuestro ejemplar
Círculo de Lectores, S. A.
Licencia
Por cortesía de Plaza & Janés
Copyright español
© Ediciones G. P., 1969
Edición
Edición no abreviada
Año de nuestro ejemplar
1970
Páginas
Aproximadamente 245-246 según registros bibliográficos de esta edición
Depósito legal
B. 33217-70
Cubierta
J. García-Martín / DISET
Composición
Garamond 10
Impresión y encuadernación
Printer, Industria Gráfica, S. A., Barcelona
Encuadernación
Tapa dura ilustrada
Peculiaridad
Los autores declaran haber utilizado, entre otras fuentes, análisis de diversos servicios secretos occidentales, cuyas procedencias no identifican.

Visto desde hoy, Invierno en agosto no sustituye a las investigaciones realizadas después de la caída del muro y la apertura de nuevos archivos. Su interés es distinto y, en cierto sentido, doble. Permite seguir una reconstrucción periodística muy próxima a los acontecimientos y al mismo tiempo observar cuánto podía saberse —o creerse saber— en 1967 sobre decisiones que todavía estaban rodeadas por el secreto de Estado.

Por eso la elección de las 1:11 como punto de partida sigue funcionando tan bien. A esa hora todavía no existía el Muro de Berlín como el enorme monumento histórico que hoy tenemos en la memoria. Existían órdenes, hombres desplegados en las calles, alambre de espino y un mensaje que acababa de entrar en las máquinas de las agencias. La historia mundial, durante unos minutos, fue simplemente una noticia que acababa de llegar.

Fuentes utilizadas para contextualizar la obra