Portada de Guerra de Jugurta, de Salustio. Textos Clásicos Anotados Gredos. Segunda edición revisada por Joaquín García Álvarez; sexta reimpresión, 1986.
Ficha bibliográfica del ejemplar
Autor: Cayo Salustio Crispo
Título: Guerra de Jugurta
Título original: Bellum Iugurthinum
Edición y anotación: Joaquín García Álvarez
Editorial: Editorial Gredos, S. A.
Colección: Textos Clásicos Anotados Gredos
Edición base: segunda edición, diciembre de 1965
Ejemplar: sexta reimpresión, noviembre de 1986
Copyright indicado: © Joaquín García Álvarez, 1986
ISBN: 84-249-3400-8
Depósito legal: M. 38.338-1986
Impresión: Gráficas Cóndor, S. A.
Dirección: Sánchez Pacheco, 81, Madrid
Extensión: aproximadamente 204 páginas
Formato: alrededor de 18,5 × 12 cm
Encuadernación: rústica
Contenido: texto latino anotado para estudio
1986, pero una edición nacida en 1965
La primera peculiaridad bibliográfica de este ejemplar aparece en la página legal. Aunque el libro fue impreso en noviembre de 1986, no estamos ante una sexta edición revisada del texto, sino ante la sexta reimpresión de la segunda edición, publicada originalmente en diciembre de 1965. La distinción es importante: una reimpresión prolonga la vida de una edición ya consolidada, mientras que una nueva edición suele implicar modificaciones de mayor alcance en el texto o en su aparato.
La sucesión de fechas permite medir la extraordinaria longevidad de esta herramienta académica. Después de la segunda edición de 1965 llegaron reimpresiones en 1971, 1973, 1980, 1982, 1984 y 1986. Incluso se documenta todavía una séptima reimpresión en 1989. Durante más de dos décadas, por tanto, Gredos pudo seguir ofreciendo esencialmente la misma solución editorial a generaciones distintas de estudiantes.
La página legal: una pequeña historia de la enseñanza de los clásicos
Página legal del ejemplar: segunda edición, diciembre de 1965; sexta reimpresión, noviembre de 1986. ISBN 84-249-3400-8.
Es difícil encontrar una demostración más sencilla de la larga vida de un manual. Entre 1965 y 1986 cambiaron profundamente la universidad española, la enseñanza secundaria y el propio país, pero Salustio continuó entrando en las aulas mediante la misma edición revisada de Joaquín García Álvarez. El libro atravesó el final del franquismo, la Transición y la consolidación democrática sin que su función esencial necesitara ser reinventada.
Ésa es precisamente la clase de información que hace interesantes a las ediciones académicas antiguas. El texto de Salustio tiene más de dos mil años, pero el objeto que lo contiene habla también de una época mucho más reciente: de lo que se esperaba de un estudiante, de la autoridad de determinadas editoriales universitarias y de una enseñanza de las humanidades en la que todavía resultaba normal enfrentarse directamente al original latino.
Un libro concebido para trabajar sobre el latín
La denominación de la colección —Textos Clásicos Anotados— explica bien la finalidad del volumen. No era principalmente una traducción para quien quisiera conocer cómodamente la historia de Jugurta en castellano. Su objetivo era poner al estudiante ante Salustio en su propia lengua y proporcionarle las ayudas necesarias para comprender una prosa que puede resultar considerablemente exigente.
Eso implicaba una forma de lectura lenta y activa. Había que reconocer construcciones, identificar formas arcaicas, consultar notas, relacionar pasajes con la gramática y decidir finalmente cómo trasladarlos al castellano. En ese sentido, el libro no estaba pensado sólo para transmitir información: estaba construido para obligar al lector a realizar una operación intelectual.
Joaquín García Álvarez y dos maneras de editar a Salustio
La relación de Joaquín García Álvarez con la obra no comenzó con esta edición. Gredos había publicado ya en 1951 otra Guerra de Yugurta preparada por él, mucho más extensa y concebida con un aparato de apoyo diferente: texto latino, traducción yuxtalineal, versión literaria y materiales auxiliares. Aquella edición superaba ampliamente las trescientas páginas.
La línea de Textos Clásicos Anotados, en cambio, ofrecía un instrumento más compacto y directamente orientado al trabajo filológico. La comparación permite ver cómo una editorial podía presentar la misma obra clásica de maneras distintas dependiendo del lector que tuviera en mente.
Una tradición española mucho más antigua que Gredos
La utilización didáctica de Salustio en España, naturalmente, no empezó en el siglo XX. Uno de los grandes hitos editoriales se remonta a 1772, cuando Joaquín Ibarra imprimió en Madrid una célebre edición de La conjuración de Catilina y La guerra de Jugurta con texto latino y castellano. La traducción quedó vinculada al infante don Gabriel de Borbón y la edición fue revisada bajo la dirección de Francisco Pérez Bayer.
Aquel volumen está considerado una de las grandes realizaciones de la imprenta española del siglo XVIII, pero su magnificencia material no debe ocultar una continuidad de fondo: Salustio seguía siendo un autor que merecía estudiarse también como modelo de lengua. Entre la edición de Ibarra y el modesto Gredos de bolsillo existe una distancia enorme de materiales, público y contexto histórico, pero ambos pertenecen a una tradición en la que los clásicos latinos son simultáneamente literatura, historia y escuela de escritura.
Salustio: historiador, político y testigo de una República en crisis
Cayo Salustio Crispo nació probablemente en el año 86 a. C. y no fue un observador distante de la política romana. Participó en ella, se alineó con Julio César y vivió en una época marcada por la erosión acelerada de las instituciones republicanas. Mario y Sila habían demostrado ya que un ejército romano podía ser utilizado contra otros romanos; después llegarían Pompeyo, César, nuevas guerras civiles y, finalmente, la transformación del sistema político.
Ese contexto es esencial para leer Guerra de Jugurta. Salustio escribe sobre un conflicto sucedido varias décadas antes, pero lo hace desde un presente en el que conoce las consecuencias posteriores. La guerra africana le interesa no sólo como acontecimiento militar, sino como un momento en el que cree reconocer algunos de los mecanismos que terminaron llevando a Roma hacia la violencia civil.
Su mirada, por tanto, es retrospectiva. Jugurta pertenece al pasado de Salustio, pero la enfermedad política que el historiador cree detectar en aquel episodio pertenece también a su presente.
¿Quién era Jugurta?
Jugurta pertenecía a la familia real de Numidia. Era nieto de Masinisa y sobrino del rey Micipsa, y Salustio lo construye desde el principio como un personaje excepcionalmente capaz: valiente, resistente, ambicioso, inteligente y dotado de una notable habilidad para comprender tanto la guerra como a los hombres que participan en ella.
Precisamente por esas cualidades, su presencia podía resultar útil y peligrosa al mismo tiempo dentro de la sucesión númida. Micipsa decidió enviarlo lejos, al frente de tropas que auxiliaban a Roma en Hispania. La decisión iba a tener consecuencias imprevistas, porque la experiencia militar que allí adquirió no fue lo único que Jugurta se llevó de la península.
Antes de combatir a Roma, Jugurta combatió por Roma en Numancia
La conexión con la historia hispánica es uno de los aspectos más atractivos del relato. Jugurta participó con contingentes númidas en la guerra de Numancia bajo el mando de Escipión Emiliano. Salustio lo presenta distinguiéndose por su valor, su disciplina y su inteligencia militar, hasta ganarse el reconocimiento de los romanos con los que compartía campaña.
Esto introduce una paradoja decisiva: uno de los futuros enemigos de Roma aprendió primero a conocerla como aliado. No observó sus instituciones desde una distancia abstracta, sino que convivió con sus militares, trató con miembros de su élite y pudo comprobar directamente cuáles eran sus virtudes y sus debilidades.
Numancia como escuela política
Según la narración de Salustio, aquella experiencia en Hispania proporcionó a Jugurta un conocimiento todavía más peligroso que el puramente militar. Allí entró en contacto con romanos que le hicieron comprender que la influencia, las relaciones personales y el dinero podían abrir puertas dentro de la propia República.
El aprendizaje resulta central para toda la obra. Jugurta no vuelve a Numidia pensando solamente que Roma posee un ejército formidable; vuelve con la sospecha de que parte de su clase dirigente tiene precio. Cuando posteriormente se vea enfrentado a los intereses romanos, intentará explotar precisamente esa vulnerabilidad.
La sucesión de Numidia y el comienzo del conflicto
Tras la muerte de Micipsa, el reino debía repartirse entre Jugurta y los hijos del monarca, Adherbal e Hiempsal. La solución duró poco. Hiempsal fue asesinado, Adherbal terminó desplazado y la lucha dinástica comenzó a afectar directamente a los intereses romanos en la región.
Jugurta comprendía que no podía limitarse a medir sus fuerzas militares con las de Roma. Su estrategia combinó la violencia en Numidia con la utilización de contactos y dinero en la capital republicana. Éste es el punto en que la guerra africana empieza a convertirse, en manos de Salustio, en una investigación sobre la propia Roma.
El verdadero enemigo de Roma está también dentro de Roma
La tesis salustiana es demoledora. El problema no consiste sólo en que Jugurta sea ambicioso, violento o hábil para maniobrar. Su éxito inicial depende de que encuentre interlocutores romanos dispuestos a aceptar regalos, favorecer intereses privados, retrasar decisiones o utilizar su posición pública de manera incompatible con la dignidad que Salustio atribuye a la República.
Por eso la corrupción no aparece como una anécdota moral alrededor de la guerra. Se convierte en una cuestión estratégica. Una institución puede tener magníficas leyes y legiones victoriosas, pero si quienes toman decisiones pueden ser comprados, un adversario extranjero dispone de una vía de penetración que ningún muro puede cerrar.
La famosa «ciudad en venta»
Salustio coloca en boca de Jugurta, cuando abandona Roma, una de las expresiones más famosas de la historiografía antigua. El rey númida contempla la ciudad y la caracteriza como una urbe en venta que no tardaría en perecer si encontraba comprador. La eficacia de la escena procede de una inversión muy poderosa: es el extranjero quien comprende la enfermedad de Roma.
La República domina extensos territorios, sus ejércitos imponen respeto en el Mediterráneo y sus magistrados gobiernan pueblos muy alejados de Italia. Sin embargo, Salustio sugiere que bajo esa apariencia de solidez se está erosionando algo más difícil de reconstruir que un ejército derrotado: la legitimidad de sus dirigentes y la subordinación del interés privado al interés común.
Por eso el título puede resultar engañosamente sencillo. Parece anunciar la historia de Roma contra Jugurta, cuando buena parte del libro trata en realidad de Roma contra sí misma.
Una guerra exterior convertida en radiografía política
La obra ha sobrevivido mucho más allá del interés por las operaciones militares en Numidia porque Salustio convierte el conflicto en un laboratorio político. A través de la guerra aparecen la rivalidad entre aristócratas, la compra de influencia, el resentimiento contra los privilegios de la nobleza y la creciente dificultad de las instituciones republicanas para mantener una autoridad que no dependa simplemente de la fuerza.
Eso no significa que podamos trasladar mecánicamente cada problema romano a una sociedad contemporánea. Roma pertenecía a otro mundo social, jurídico y económico. Pero sí significa que Salustio plantea una cuestión de enorme duración histórica: qué ocurre cuando un Estado conserva su poder exterior mientras empieza a perder la confianza interior que sostiene ese poder.
Salustio no es una cámara de vídeo
El enorme valor histórico de Guerra de Jugurta no obliga a aceptar cada detalle como una transcripción neutral de los acontecimientos. Salustio selecciona materiales, organiza la narración, atribuye motivaciones y construye discursos de acuerdo con las convenciones de la historiografía antigua. Sobre todo, tiene una tesis muy clara acerca de la decadencia moral de Roma y del comportamiento de su aristocracia.
Eso obliga al lector moderno a trabajar en dos niveles simultáneamente. Salustio es una fuente imprescindible para reconstruir personajes, acontecimientos y conflictos políticos, pero es también un autor que está utilizando esos materiales para producir una interpretación. Su libro nos habla de la guerra de Jugurta y, al mismo tiempo, de la manera en que un romano del siglo I a. C. quiso explicar la crisis de su República.
Los discursos y la política como literatura
Los discursos insertados en la obra tampoco deben leerse como actas taquigráficas. La historiografía antigua utilizaba este recurso para condensar argumentos, caracterizar personajes y hacer visibles posiciones políticas que de otra manera quedarían dispersas por la narración.
Uno de los ejemplos más importantes es el discurso asociado a Cayo Mario. A través de él, Salustio puede formular el enfrentamiento entre la vieja nobleza hereditaria y el homo novus, el hombre que asciende sin poseer una larga serie de antepasados consulares y que reivindica su propia experiencia como fundamento de autoridad.
Mario y el conflicto entre nacimiento y mérito
Cayo Mario llegará a ser uno de los grandes protagonistas de la crisis republicana, pero durante la guerra de Jugurta todavía está construyendo la carrera que lo convertirá en figura dominante. Su condición de homo novus permite a Salustio oponer dos legitimidades distintas: la de quienes invocan el prestigio de sus antepasados y la de quien exige ser juzgado por sus propias capacidades.
El contraste encaja perfectamente en la crítica salustiana a la aristocracia. El problema no es la existencia de familias ilustres, sino que alguien pretenda heredar los honores de sus mayores sin haber heredado también sus virtudes. Mario puede entonces presentar su experiencia militar y sus propios logros frente a una nobleza que, en la visión del historiador, corre el riesgo de convertir la tradición en simple privilegio.
Mario obtiene el mando y aparece Sila
El desgaste de la guerra favoreció políticamente a Mario, que alcanzó el consulado y recibió el mando en Numidia. Su ascenso cambió el desarrollo del conflicto, pero introdujo también en la historia a un hombre que adquiriría después una importancia todavía mayor: Lucio Cornelio Sila.
Sila era entonces subordinado de Mario. Su papel resultó decisivo en las negociaciones con Boco de Mauritania, cuyo apoyo permitía a Jugurta prolongar la resistencia. Mediante una compleja operación diplomática, Boco terminó aceptando entregar al rey númida a los romanos.
La captura resolvió la guerra, pero abrió otro problema: quién debía recibir el mérito por la victoria. Mario era el comandante; Sila podía sostener que su negociación había permitido capturar finalmente a Jugurta. Aquella competencia por el prestigio se incorporaría después a una rivalidad cuyas consecuencias superarían con mucho el escenario africano.
De la guerra de Jugurta a la guerra entre romanos
La ironía histórica es enorme. Mario y Sila participan en una campaña destinada a imponer el poder de Roma en África, pero años después sus respectivos partidarios llevarán la violencia política y militar al corazón de la propia República. Ejércitos romanos marcharán contra Roma, las proscripciones convertirán la muerte de adversarios en instrumento de gobierno y la lucha por el poder dejará de respetar límites que durante generaciones habían parecido fundamentales.
Salustio escribe conociendo esa historia posterior. Por eso la presencia de ambos personajes en Guerra de Jugurta produce una sensación casi trágica: el lector contempla juntos a dos hombres que todavía combaten al mismo enemigo exterior, sabiendo que el futuro los situará en lados opuestos de una guerra entre romanos.
Roma gana la guerra, pero Salustio no escribe una historia triunfal
Jugurta termina derrotado y entregado. Desde un punto de vista estrictamente militar, la República vuelve a imponerse. Sin embargo, el relato de Salustio hace difícil interpretar el final como una victoria completamente limpia. El rey númida ha podido retrasar durante años una solución, explotar rivalidades, comprar voluntades y comprobar que una potencia inmensamente superior podía tener dificultades para actuar con coherencia debido a sus propios problemas internos.
De ahí procede la modernidad de una parte del diagnóstico. La corrupción deja de ser únicamente una cuestión de moral privada: se convierte en vulnerabilidad institucional. Si un adversario puede alterar decisiones públicas mediante dinero o relaciones personales, entonces la degradación interna comienza a tener efectos sobre la seguridad y la capacidad de acción del Estado.
La incómoda biografía moral de Salustio
Existe además una ironía que complica la posición del propio historiador. Salustio desarrolló una carrera política, fue partidario de César y ejerció el gobierno en Africa Nova. Fuentes antiguas lo acusaron posteriormente de extorsión y enriquecimiento abusivo durante aquella administración. Las acusaciones deben tratarse con la cautela que merece toda tradición hostil antigua, pero forman parte de su recepción histórica.
Eso vuelve especialmente incómodo al moralista. El autor que denuncia la corrupción de la República fue también un político acusado de beneficiarse de los mecanismos que criticaba. La contradicción no invalida automáticamente su diagnóstico; puede incluso sugerir que conocía muy bien el funcionamiento interno del mundo que estaba describiendo.
Quizá la cuestión interesante no sea decidir si Salustio era un hipócrita y cerrar ahí el problema, sino reconocer que comprender una conducta no inmuniza frente a ella. La experiencia política podía ofrecerle conocimiento sin garantizarle virtud.
Una explicación moral de la decadencia
Salustio interpreta la historia romana mediante una estructura moral muy marcada. Roma habría alcanzado su grandeza gracias al esfuerzo, la disciplina y determinadas virtudes cívicas; el éxito exterior habría traído riqueza y seguridad, y esas mismas condiciones habrían favorecido posteriormente la ambición, el lujo y la competencia destructiva entre miembros de la élite.
Desde una historiografía contemporánea, esta explicación resulta insuficiente si se toma como causa única. La crisis republicana implicó cambios económicos, expansión territorial, conflictos agrarios, transformaciones militares, concentración de riqueza, esclavitud, tensiones entre grupos sociales y una competencia aristocrática cada vez más intensa. Pero precisamente por eso Salustio es tan interesante: no ofrece nuestra explicación de Roma, sino una explicación romana de Roma.
Cartago y la paradoja de la victoria
Una de las intuiciones más características de esa visión es la importancia que Salustio atribuye a la desaparición del gran enemigo exterior. Mientras Cartago representó una amenaza formidable, el miedo común habría contribuido a contener determinadas tensiones internas. Después de su destrucción, Roma quedó casi sin rival en el Mediterráneo occidental y la competencia entre romanos pudo intensificarse.
La idea contiene una paradoja poderosa: la victoria puede introducir nuevos peligros. Una sociedad unida por la necesidad de sobrevivir puede descubrir, una vez desaparecida la amenaza, que sus divisiones internas eran más profundas de lo que parecía. En la lectura salustiana, Roma empieza a perder cohesión precisamente cuando ha ganado casi todo lo que podía ganar fuera.
El estilo de Salustio: por qué hacía falta una edición anotada
El contenido político no debe hacer olvidar la singularidad de su prosa. Salustio escribió un latín deliberadamente conciso, denso y arcaizante, muy distinto de la amplitud periódica que suele asociarse a Cicerón. Sus construcciones pueden ser abruptas, su vocabulario recupera formas antiguas y su sintaxis obliga al lector a prestar una atención constante a relaciones que no siempre aparecen desarrolladas de la manera más cómoda.
Eso explica perfectamente la utilidad de una colección como Textos Clásicos Anotados. El estudiante no se enfrentaba sólo al problema general de leer en latín, sino al estilo particular de un escritor que había elegido conscientemente una prosa de textura dura, compacta y a veces arcaizante.
La comparación con Cicerón resulta reveladora. Allí donde Cicerón puede desarrollar un período amplio y cuidadosamente equilibrado, Salustio tiende a concentrar. Uno construye con frecuencia una arquitectura visible; el otro produce la impresión de estar tallando la frase.
Catón y la autoridad de una lengua antigua
El gusto de Salustio por los arcaísmos ha sido relacionado desde antiguo con la influencia de Catón el Censor y con una voluntad deliberada de alejarse de la prosa más corriente de su tiempo. Ese recurso no es sólo estético. En un historiador obsesionado por la decadencia presente, escribir con ecos de una Roma anterior podía reforzar implícitamente la autoridad moral de ese pasado.
La lengua se convierte así en parte de la interpretación histórica. El autor que contempla una República degradada no sólo habla de los antiguos romanos: deja que su prosa recuerde también, hasta cierto punto, una lengua más antigua.
«Jugurta» y «Yugurta»
La forma del nombre ofrece además una pequeña curiosidad bibliográfica. Este ejemplar utiliza Guerra de Jugurta, mientras que otras ediciones españolas, incluidas algunas de Gredos, prefieren Guerra de Yugurta. Ambas pertenecen a diferentes tradiciones de adaptación al castellano del nombre latino Iugurtha.
La variante con J no es una modernización caprichosa ni un error de portada. Tiene una larga tradición editorial española y aparece ya en importantes testimonios antiguos, incluida la célebre edición madrileña de Ibarra del siglo XVIII.
¿Cuándo comienza exactamente la guerra?
También existe cierta oscilación en la cronología moderna. Es frecuente fechar la guerra formal entre Roma y Jugurta entre 111 y 105 a. C., mientras que otras reconstrucciones amplían el marco hasta 112 a. C. al incluir la toma de Cirta y los acontecimientos inmediatamente anteriores que precipitaron la intervención romana.
No se trata necesariamente de dos cronologías incompatibles, sino de dos maneras de decidir dónde empieza el conflicto que queremos denominar «guerra de Jugurta». La diferencia recuerda que incluso una fecha aparentemente sencilla puede depender del criterio historiográfico utilizado para delimitar un proceso.
Numidia no era una periferia aislada
El escenario norteafricano tampoco debe proyectarse sobre las fronteras políticas actuales como si el Mediterráneo antiguo estuviera dividido según nuestros mapas. Numidia ocupaba territorios que hoy asociamos principalmente con Argelia y áreas vecinas, pero formaba parte de un sistema político mediterráneo intensamente conectado con Roma, Cartago y los demás poderes regionales.
Masinisa, antepasado de Jugurta, había sido un aliado fundamental de Roma durante la Segunda Guerra Púnica. Las relaciones entre Numidia y la República tenían, por tanto, una historia profunda mucho antes del conflicto que narra Salustio. Jugurta no aparece de pronto desde un mundo desconocido: procede de una dinastía ya integrada en las redes diplomáticas y militares romanas.
Jugurta como personaje literario
Una de las grandes virtudes de Salustio es que no reduce a Jugurta a un enemigo plano. El rey númida posee cualidades que el propio relato obliga a reconocer: inteligencia, coraje, capacidad de adaptación y una comprensión especialmente aguda de las debilidades ajenas. Precisamente esas virtudes hacen más peligroso su proyecto político.
El lector puede condenar sus métodos sin dejar de percibir que está ante un adversario formidable. Y esa complejidad permite que Jugurta desempeñe una función literaria mucho más interesante que la del simple «bárbaro» derrotado por Roma. Se convierte en el extranjero capaz de observar la República con una claridad incómoda.
El enemigo exterior como prueba de resistencia institucional
Visto desde esta perspectiva, Jugurta actúa casi como una prueba de esfuerzo sobre el sistema republicano. Busca puntos débiles, identifica personas susceptibles de ser influenciadas y utiliza cada grieta disponible. La pregunta que plantea Salustio ya no es únicamente qué dicen las leyes o cómo deberían comportarse los magistrados, sino qué ocurre cuando alguien intenta explotar realmente el sistema.
Una institución demuestra su solidez no sólo cuando funciona en condiciones normales, sino cuando resiste a quien pretende manipularla. La guerra de Jugurta proporciona a Salustio un escenario perfecto para mostrar la diferencia entre el prestigio formal de Roma y la vulnerabilidad práctica de algunos de sus mecanismos políticos.
De la corrupción a la pérdida de legitimidad
Los efectos de esa corrupción tampoco se agotan en las relaciones exteriores. Cuando los ciudadanos perciben que determinadas decisiones públicas pueden depender del dinero, del nacimiento o de redes privadas, empieza a erosionarse la confianza en las instituciones ordinarias. Ese descrédito abre espacio a dirigentes que prometen representar directamente el mérito, la eficacia o el interés popular frente a una élite considerada corrupta.
Mario encaja parcialmente en ese conflicto. Su ascenso no puede explicarse sólo mediante una reacción moral contra la aristocracia, pero Salustio utiliza su figura para mostrar cómo la crisis de legitimidad de la nobleza puede impulsar nuevas formas de liderazgo. El problema es que la concentración de prestigio político y militar en individuos excepcionales terminará contribuyendo a otra transformación peligrosa de la República.
De Mario y Sila a César: el futuro que Salustio ya conoce
Cuando Salustio escribe, la secuencia histórica posterior a la guerra de Jugurta ya es conocida. Mario y Sila se enfrentaron; la violencia política se hizo cada vez más extrema; Pompeyo y César dominaron después la escena; César cruzó el Rubicón y la República volvió a hundirse en una guerra civil. Tras su asesinato, nuevas luchas conducirían finalmente a la victoria de Octavio y a la reorganización del poder bajo Augusto.
Eso confiere a la obra una profundidad retrospectiva particular. Los personajes de la guerra africana no conocen todavía ese futuro, pero Salustio y sus lectores sí. La campaña de Jugurta puede contemplarse así como uno de los lugares donde aparecen hombres y tensiones que adquirirán después dimensiones mucho mayores.
Leer las fuentes antiguas permite, sin embargo, recuperar algo que los manuales suelen borrar: la incertidumbre. Para nosotros los acontecimientos forman una secuencia cerrada. Para quienes los vivieron, el futuro seguía abierto.
La larga vida de un libro poco espectacular
El ejemplar de Gredos de 1986 no parece especialmente raro ni valioso desde el punto de vista económico. Fue una edición estudiantil, tuvo numerosas reimpresiones y todavía circulan ejemplares en el mercado de segunda mano. Precisamente por eso resulta interesante como objeto cultural.
No fue creado para conservarse intacto en una vitrina, sino para utilizarse. Su destino natural era pasar por manos de estudiantes, recibir anotaciones, abrirse una y otra vez sobre una mesa y acompañar ejercicios de traducción. Muchos de esos volúmenes probablemente acabaron subrayados, doblados o perdidos cuando dejaron de ser necesarios.
Con el tiempo, sin embargo, una herramienta de estudio puede convertirse en documento histórico. Este ejemplar cuenta también cómo se enseñaba el latín, qué autores seguían considerándose fundamentales y qué tipo de trabajo filológico podía esperarse de un estudiante español en la segunda mitad del siglo XX.
Por qué sigue mereciendo la pena leer a Salustio
La utilidad actual de Guerra de Jugurta no depende de encontrar equivalencias fáciles entre Roma y nuestro presente. Su valor está precisamente en obligarnos a pensar problemas políticos muy antiguos dentro de su propio contexto: la relación entre riqueza y poder, la compra de influencia, el descrédito de las élites, la tensión entre mérito y privilegio, la personalización del mando militar y la capacidad de un enemigo exterior para aprovechar divisiones internas.
Salustio formula todas esas cuestiones desde una visión moral que un historiador actual consideraría incompleta, pero ese límite no reduce su interés. Al contrario: permite estudiar simultáneamente la crisis de la República y la forma en que uno de sus propios contemporáneos intentó comprenderla.
¿Cómo empieza a morir una República?
Ésa es quizá la gran pregunta que sobrevuela el libro. Salustio no imagina necesariamente el deterioro como una escena espectacular en la que las instituciones desaparecen de un día para otro. El Senado puede seguir reuniéndose, las magistraturas pueden conservar sus nombres y las leyes continuar formalmente vigentes mientras cambia la relación real entre interés privado y bien común.
La decadencia, desde esa perspectiva, comienza antes del derrumbe visible. Empieza cuando las instituciones siguen existiendo pero dejan de producir el comportamiento que justificaba su autoridad. El deterioro puede prolongarse durante años antes de que alguien reconozca que el sistema ya no funciona como antes.
Jugurta resulta tan eficaz para Salustio precisamente porque actúa como síntoma. No inventa la enfermedad romana; la hace visible. Cuando ofrece dinero y alguien está dispuesto a aceptarlo, no crea la corrupción en ese instante. La revela.
La paradoja de una Roma demasiado victoriosa
En el fondo de esa explicación aparece otra idea típicamente salustiana: el éxito exterior puede contribuir a la degradación interior. Mientras Roma tuvo enemigos capaces de amenazar seriamente su supervivencia, la presión externa habría ayudado a contener ciertos conflictos. La victoria total creó riqueza, seguridad y nuevas oportunidades de poder privado, pero eliminó también parte de la necesidad de mantenerse unido.
La explicación es demasiado simple para convertirse por sí sola en teoría moderna de la caída republicana, pero posee una enorme fuerza intelectual. Roma no comienza a deteriorarse porque sea débil. Comienza a deteriorarse, en la interpretación de Salustio, después de haberse vuelto extraordinariamente poderosa.
Leer a Salustio y leer contra Salustio
La mejor manera de acercarse a un historiador antiguo no consiste en elegir entre creerle todo o descartarlo por no ajustarse a nuestros criterios. Podemos utilizar sus datos y, al mismo tiempo, analizar la manera en que los selecciona; estudiar sus discursos sin suponer que sean reproducciones literales; observar qué grupos reciben su crítica y qué elementos de la realidad quedan fuera de su explicación.
Salustio es, por tanto, dos fuentes al mismo tiempo. Es una fuente para la historia de Roma y es una fuente para la historia de las ideas romanas acerca de Roma. Su interpretación de la decadencia forma parte del acontecimiento intelectual que estamos intentando comprender.
El latín nos devuelve algo que la traducción transforma
Aquí reaparece finalmente la razón de ser de esta edición de Gredos. Toda traducción necesita decidir cómo reorganizar una frase, qué matiz elegir y cuánto conservar de la concisión o extrañeza del original. Trabajar directamente sobre el latín permite observar el orden de las palabras, los arcaísmos, la densidad sintáctica y el ritmo particular de Salustio antes de que esas decisiones hayan sido tomadas por otro lector.
Eso no convierte la traducción en algo secundario; la traducción es imprescindible. Pero sí explica por qué durante décadas tuvo sentido mantener una colección dedicada específicamente al texto original anotado. El estudiante no recibía solamente un resultado. Tenía que reconstruirlo.
Un libro que ha tenido dos vidas
En 1986 este volumen era, ante todo, una herramienta académica. Su valor estaba en facilitar el acceso a un texto latino difícil y en acompañar un tipo concreto de enseñanza. Cuarenta años después puede cumplir otra función sin haber cambiado una sola página: convertirse en documento sobre la propia historia de esa enseñanza.
Conserva a Salustio, pero conserva también a Gredos, a Joaquín García Álvarez, la larga serie de reimpresiones y una época en la que un clásico latino podía sostener durante décadas un pequeño mercado editorial estable. El libro ha pasado de explicar Roma a explicar también algo de quienes lo utilizaron para estudiar Roma.
Conclusión
Guerra de Jugurta parece anunciar una historia bastante delimitada: la intervención de Roma en un conflicto norteafricano a finales del siglo II a. C., la resistencia del rey númida y su derrota final. Ésa es, efectivamente, la trama histórica de la obra, pero no es la razón principal por la que Salustio continúa resultando fascinante.
El historiador utiliza a Jugurta para mirar a Roma desde fuera. El príncipe númida había combatido junto a los romanos en Numancia, había conocido a miembros de su élite y había aprendido de primera mano cómo funcionaba aquella formidable maquinaria política y militar. Cuando años después tuvo que enfrentarse a la República, no intentó vencerla únicamente con soldados. Explotó también aquello que creía haber descubierto sobre sus hombres.
Ahí se encuentra el núcleo más poderoso del libro. Roma posee más recursos, más territorio y una capacidad militar incomparablemente superior, pero Jugurta consigue retrasar durante años una solución porque la fortaleza exterior del Estado convive con debilidades internas. El dinero, las relaciones personales y las rivalidades entre aristócratas permiten que un enemigo aparentemente menor produzca una crisis mucho mayor de lo que justificaría por sí sola su fuerza militar.
Salustio interpreta ese episodio desde una concepción moral de la historia que hoy no podemos aceptar sin matices. La caída de la República tuvo causas sociales, económicas, militares e institucionales mucho más complejas que la simple corrupción de los individuos. Pero su limitación es también parte de su valor: nos permite observar cómo un romano del siglo I a. C. intentaba explicar el mundo político que se estaba desmoronando a su alrededor.
La aparición de Mario y Sila proporciona al relato una fuerza retrospectiva especial. Ambos colaboran todavía en una guerra exterior, pero el lector sabe que acabarán vinculados a una violencia mucho más grave: la de romanos utilizando ejércitos contra otros romanos. Salustio escribe desde un tiempo en el que esa transformación ya ha sucedido y puede mirar hacia la guerra de Jugurta buscando los primeros signos de una crisis que entonces todavía no parecía inevitable.
El pequeño volumen de Gredos añade una segunda historia a todo ello. La edición revisada de 1965 continuaba reimprimiéndose en 1986 y todavía volvería a hacerlo después. No era un objeto de lujo, sino una herramienta creada para que estudiantes españoles se enfrentaran directamente a la prosa concisa, arcaizante y exigente de Salustio. Su longevidad demuestra que durante décadas cumplió esa función con suficiente eficacia como para no necesitar una reinvención constante.
Hoy, cuando ese uso académico ha disminuido, el libro adquiere una nueva dimensión. Conserva el texto antiguo, pero también una manera relativamente reciente de estudiar los clásicos. La edición se convierte así en un pequeño puente entre tres momentos históricos: la República romana que Salustio intenta comprender, el mundo universitario del siglo XX que seguía leyendo su latín y el lector actual que contempla ambas cosas desde la distancia.
Jugurta perdió finalmente la guerra y Roma conservó su dominio. Pero Salustio dejó una conclusión mucho menos tranquilizadora que una simple victoria militar: un Estado puede parecer extraordinariamente fuerte mientras algunas de las condiciones que sostienen esa fuerza empiezan ya a deteriorarse.
Roma derrotó a Jugurta. Jugurta, antes de caer, consiguió que Roma mostrara sus propias grietas.
- LacusCurtius — Sallust, Bellum Iugurthinum, para el texto y la estructura de la obra.
- Biblioteca Virtual de la Comunidad de Madrid, ficha de la edición Gredos de 1951 preparada por Joaquín García Álvarez.
- Real Academia Española — edición de Ibarra de 1772, para la tradición española de edición de Salustio.
- Universitat Pompeu Fabra — Salustio Crispo, para la historia de traducciones y ediciones escolares españolas.
- Cambridge — estudios sobre Salustio y el conflicto político romano, para el contexto historiográfico de la crisis republicana.