La historia de los templarios — Martin Walker

En 1119 eran apenas un puñado de caballeros pobres. Menos de dos siglos después poseían tierras, fortalezas, una red financiera internacional y prestaban dinero a reyes. El 13 de octubre de 1307, Felipe IV de Francia decidió acabar con ellos de una sola vez.

La historia de los templarios, de Martin Walker, cuenta precisamente esa transformación: cómo una pequeña fraternidad destinada a proteger peregrinos en Tierra Santa terminó convertida en una de las organizaciones religiosas, militares y económicas más poderosas de la Edad Media.

El verdadero atractivo del libro no está únicamente en el final espectacular. Su índice sigue todo el arco: las Cruzadas, Hugo de Payns, la extraña invención del monje-guerrero, la organización interna, la expansión europea, las grandes derrotas en Oriente, el dinero, la lucha entre monarquía y papado y, finalmente, el proceso que llevó a los templarios del prestigio a la hoguera.

La historia de los templarios de Martin Walker, Edicomunicación, 1993
Cubierta del ejemplar conservado en Librería5, publicado por Edicomunicación en 1993.

Antes del Temple fueron las Cruzadas

Walker empieza donde tiene que empezar: antes de que existieran los templarios.

En 1095 el papa Urbano II predicó en Clermont una expedición hacia Oriente. El llamamiento movilizó a nobles, caballeros y multitudes de distintos territorios europeos. Cuatro años después, los cruzados conquistaron Jerusalén.

El capítulo que Walker titula «¡Dios lo quiere!» introduce precisamente el clima religioso en el que una guerra podía concebirse también como penitencia y peregrinación armada.

La conquista planteó inmediatamente un problema.

Tomar Jerusalén era una cosa. Conservarla era otra.

Los territorios cristianos establecidos en Oriente necesitaban tropas, fortalezas, rutas seguras y hombres dispuestos a permanecer allí cuando muchos cruzados regresaban a Europa.

Además, los peregrinos que desembarcaban en la costa debían recorrer caminos donde podían ser asaltados.

Ese problema está en el origen de la Orden del Temple.

Nueve hombres y una idea extraña

Hacia 1119, el caballero champañés Hugo de Payns y un pequeño grupo de compañeros ofrecieron sus servicios al reino de Jerusalén.

Su misión inicial era sencilla: proteger a los peregrinos.

Lo novedoso era quién debía hacerlo.

No eran exactamente soldados mercenarios.

Tampoco eran monjes encerrados en un monasterio.

Intentaban ser ambas cosas a la vez.

El gran invento templario fue reunir dos figuras que parecían incompatibles: el monje, obligado a obediencia, pobreza y castidad, y el caballero profesional, entrenado para combatir y matar.

El rey Balduino II les proporcionó dependencias en el recinto de la mezquita de al-Aqsa, identificada por los cruzados con el antiguo Templo de Salomón.

De ahí nació el nombre.

Los «Pobres Caballeros de Cristo» pasaron a ser los caballeros del Templo.

El Temple se convierte en una institución

Walker dedica varios capítulos consecutivos a la organización, las jerarquías y el régimen interior porque el Temple no habría alcanzado su poder únicamente gracias a la habilidad militar.

Necesitaba una estructura.

El Concilio de Troyes, en 1129, reconoció formalmente a la nueva Orden. San Bernardo de Claraval fue una figura fundamental en su legitimación religiosa.

A partir de ese momento el experimento dejó de ser una pequeña hermandad oriental y pudo reclutar hombres, recibir donaciones y extenderse por Europa.

La Orden desarrolló una regla estricta y una jerarquía propia.

Había caballeros, sargentos, capellanes y hermanos dedicados a tareas administrativas. Por encima se situaban cargos territoriales y, finalmente, el gran maestre.

La imagen del caballero con manto blanco y cruz roja acabaría convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles de la Edad Media.

«Hermano pobre», Orden rica

Uno de los capítulos más acertadamente titulados del libro es «Orden rica, Hermano pobre».

Resume una paradoja esencial.

El templario individual renunciaba a la propiedad privada. La institución colectiva, sin embargo, acumuló un patrimonio enorme.

Reyes, nobles y particulares entregaron a la Orden tierras, molinos, casas, derechos, dinero y rentas. La red de encomiendas terminó extendiéndose por buena parte de Europa.

Pero reducir aquello a avaricia sería engañoso.

Mantener una fuerza militar permanente en Oriente era extraordinariamente caro. Hacían falta caballos, armas, fortalezas, alimentos, barcos, guarniciones y hombres de reemplazo.

El Temple necesitaba una Europa económicamente productiva para financiar una guerra situada a miles de kilómetros.

Los templarios descubren las finanzas

Esa red territorial tuvo una consecuencia inesperada.

Una institución presente simultáneamente en Francia, Inglaterra, la península ibérica y Tierra Santa podía mover algo más que soldados.

Podía mover dinero.

Los templarios custodiaban depósitos, administraban patrimonios y realizaban transferencias. Un peregrino o cruzado podía evitar transportar toda su riqueza físicamente durante un viaje peligroso.

La Orden llegó a prestar servicios financieros a nobles y monarcas.

No inventó por sí sola la banca moderna, como a veces se afirma de manera grandilocuente, pero se convirtió en una pieza importante de la sofisticación financiera medieval.

Ahí empieza uno de los grandes cambios de la historia templaria: una organización creada para proteger caminos terminó protegiendo también dinero.

La expansión tenía un precio: la guerra

El Temple no era simplemente una organización financiera con caballeros decorativos.

Sus miembros combatieron.

Y murieron en cantidades enormes.

Walker dedica buena parte del centro del libro a seguir la historia templaria a través de las Cruzadas porque durante aproximadamente siglo y medio resulta prácticamente imposible separar ambas.

Los templarios participaron en campañas, defendieron fortalezas, escoltaron ejércitos y entraron repetidamente en conflicto tanto con fuerzas musulmanas como con otros dirigentes cristianos.

Su reputación militar nació precisamente de esa exposición constante al riesgo.

1187: el desastre

La gran fractura llegó con Saladino.

En julio de 1187 el ejército cristiano sufrió una derrota catastrófica en la batalla de Hattin. Numerosos templarios fueron capturados y ejecutados.

Pocos meses después, Jerusalén se rindió.

La ciudad que había dado sentido al nacimiento de la Orden volvía a estar en manos musulmanas.

El Temple sobrevivió.

Pero tuvo que cambiar su geografía.

Acre se convirtió en uno de sus grandes centros orientales y durante más de un siglo los templarios continuaron participando en los intentos de conservar o recuperar posiciones en Tierra Santa.

Federico II: recuperar Jerusalén sin conquistarla

Walker reserva un capítulo a la Cruzada de Federico II, y con razón.

Es uno de los episodios más paradójicos de toda la historia cruzada.

Federico estaba excomulgado.

Tenía pésimas relaciones con el papado.

Templarios y hospitalarios desconfiaban profundamente de él.

Y, sin embargo, consiguió aquello que numerosos ejércitos no habían logrado: recuperar Jerusalén.

No venció en una gran batalla.

Negoció.

En 1229 llegó a un acuerdo con el sultán al-Kamil por el que Jerusalén, Belén y otros territorios volvieron temporalmente a manos cristianas.

Para una institución nacida alrededor de la guerra santa, aquello planteaba una contradicción considerable: un emperador enfrentado al papa había conseguido mediante diplomacia lo que muchos cruzados habían intentado obtener con la espada.

El canto del cisne

Los capítulos titulados «El canto del cisne», «El último cruzado» y «El último baluarte» anuncian el final del mundo que había creado al Temple.

Los estados cruzados fueron reduciéndose.

Una fortaleza tras otra cayó.

Finalmente, en 1291, los mamelucos asaltaron Acre.

El gran maestre Guillaume de Beaujeu murió durante la defensa.

Los templarios supervivientes se retiraron a Chipre.

La Orden continuaba existiendo.

Seguía teniendo dinero, tierras, castillos, hombres y privilegios.

Pero había perdido casi completamente aquello para lo que había sido fundada.

Éste es uno de los grandes problemas que explica la caída: en 1300 los templarios seguían siendo poderosos, pero ya resultaba mucho más difícil responder a una pregunta elemental: ¿para qué necesitaba Europa una inmensa Orden del Temple sin Tierra Santa que defender?

El poder empieza a volverse peligroso

Walker comienza entonces una secuencia de capítulos significativamente titulados «Nubes oscuras» y «Nubes negras».

El mismo poder que había protegido al Temple empezaba a hacerlo vulnerable.

La Orden dependía directamente del papa, disfrutaba de importantes privilegios y poseía una organización internacional que no encajaba fácilmente dentro de las monarquías que estaban reforzando su autoridad territorial.

Y en Francia gobernaba un rey particularmente decidido: Felipe IV el Hermoso.

Antes del Temple, Felipe atacó al papa

El capítulo «El atentado de Anagni» resulta esencial para comprender lo que Walker cuenta después.

Felipe IV mantenía un durísimo conflicto con el papa Bonifacio VIII sobre los límites entre poder real y poder pontificio.

En septiembre de 1303 hombres vinculados al rey francés, encabezados por su consejero Guillaume de Nogaret y aliados italianos, irrumpieron en Anagni y capturaron al pontífice.

Bonifacio fue liberado pocos días después, pero murió al mes siguiente.

La importancia del episodio excede la anécdota.

Demostraba que Felipe y Nogaret estaban dispuestos a utilizar una combinación de acusaciones legales, propaganda, presión política y fuerza contra instituciones que hasta entonces parecían intocables.

Cuatro años después utilizarían instrumentos parecidos contra el Temple.

Viernes, 13 de octubre de 1307

El golpe llegó con una eficacia extraordinaria.

Felipe IV hizo circular órdenes selladas por todo el reino.

Debían abrirse simultáneamente.

Al amanecer del viernes 13 de octubre de 1307 los agentes reales arrestaron a los templarios franceses.

Entre ellos estaba el gran maestre, Jacques de Molay.

La rapidez tenía sentido.

Una organización militar internacional, acostumbrada a manejar dinero y poseedora de fortalezas, habría sido mucho más difícil de destruir si hubiese recibido aviso previo.

La operación evitó precisamente eso.

¿De qué se acusaba a los templarios?

Las acusaciones fueron espectaculares.

Durante sus ceremonias secretas de ingreso, según la fiscalía real, los templarios negaban a Cristo, escupían sobre la cruz, realizaban besos obscenos y participaban en prácticas sexuales prohibidas.

También aparecieron acusaciones de idolatría.

De ahí nacería después una de las figuras más famosas de toda la leyenda templaria: Baphomet.

El problema es que las confesiones no pueden separarse del procedimiento empleado para conseguirlas.

Muchos prisioneros fueron torturados.

Un hombre sometido a tormento podía admitir prácticamente cualquier cosa si eso conseguía detenerlo.

Confesar, retractarse, arder

Ahí reside una de las partes más sombrías de la historia que Walker alcanza en capítulos como «Sol negro» y «Las hogueras de Nogaret».

Algunos templarios confesaron bajo presión.

Después quisieron retractarse.

Pero retractarse podía convertirlos en herejes reincidentes.

En 1310, cincuenta y cuatro templarios que habían defendido la Orden fueron quemados cerca de París.

El proceso había creado una trampa extraordinariamente eficaz: una confesión conseguida mediante miedo podía ser utilizada como prueba; retirar después esa confesión podía conducir directamente a la hoguera.

Felipe IV no podía disolver por sí solo el Temple

La contracubierta de esta edición simplifica el proceso cuando presenta al rey francés como quien consiguió disolver la Orden.

Felipe podía arrestar a los templarios dentro de Francia.

Pero el Temple era una orden religiosa sometida al papa.

La decisión última correspondía a Clemente V.

Y el pontífice se encontró en una posición extraordinariamente incómoda.

La magnitud del escándalo hacía difícil simplemente restaurar la Orden, pero las pruebas tampoco permitían una condena limpia.

Finalmente, en 1312, Clemente V suprimió el Temple.

El matiz jurídico es fascinante.

La Orden fue extinguida, pero no mediante una sentencia definitiva que declarara probados todos los delitos de los que había sido acusada.

Gran parte de sus propiedades debía pasar a los hospitalarios, aunque la aplicación práctica varió según los reinos.

Jacques de Molay y la última hoguera

El drama todavía necesitaba un último acto.

Jacques de Molay había permanecido años encarcelado.

En marzo de 1314 fue llevado junto a otros altos dignatarios para escuchar la sentencia.

De Molay y Geoffroy de Charnay proclamaron públicamente la inocencia de la Orden y rechazaron sus confesiones anteriores.

Felipe IV reaccionó inmediatamente.

Ambos fueron quemados aquel mismo día en una isla del Sena.

La muerte del último gran maestre era un final extraordinario para una institución que había nacido casi dos siglos antes con nueve caballeros que aseguraban querer proteger peregrinos.

Y entonces empezó el verdadero misterio

Históricamente, el Temple terminó.

Culturalmente ocurrió justamente lo contrario.

La violencia y rapidez de su destrucción dejaron preguntas perfectas para fabricar leyendas.

¿Dónde estaba su dinero?

¿Habían sido realmente culpables?

¿Existía un tesoro?

¿Qué era Baphomet?

¿Sobrevivieron grupos templarios clandestinamente?

¿Pasaron sus secretos a otras organizaciones?

La ausencia de respuestas satisfactorias produjo durante siglos una enorme industria legendaria.

Rosacruces, masones, alquimistas, cazadores del Santo Grial, novelistas y sociedades neo-templarias terminaron reclamando algún fragmento de aquella herencia.

La continuidad legendaria no debe confundirse con continuidad institucional. La historiografía considera extinguida la Orden medieval; muchas conexiones posteriores con masones, Grial o sociedades secretas pertenecen al terreno de la tradición, la especulación o la ficción.

Historia y misterio: dos libros en 1993

Hay un detalle editorial especialmente interesante.

En 1993 Edicomunicación publicó este volumen, La historia de los templarios, y también otro libro de Martin Walker titulado El misterio de los templarios.

La división tiene sentido.

Nuestro libro se ocupa fundamentalmente del desarrollo histórico de la Orden hasta su destrucción. El segundo título podía internarse directamente en el territorio que empieza donde acaba la historia comprobable.

Años después aparecerían ediciones de Walker bajo el título Historia y misterio de los templarios.

La propia trayectoria editorial reproduce así las dos vidas de la Orden: primero los templarios históricos; después los templarios imaginados.

El ejemplar conservado en Librería5

Título
La historia de los templarios
Autor
Martin Walker
Editorial
Edicomunicación, S. A.
Lugar
Barcelona
Año
1993
ISBN
84-7672-503-5
ISBN-13
978-84-7672-503-0
Depósito legal
B-21059-93
Diseño de cubierta
Ali Garousi
Ámbito editorial
Arcana / Las sociedades secretas
Impresión
Linpergraf, S. A., Ripollet (Barcelona)
Contenido
Introducción, 24 capítulos, nota al lector y bibliografía
Contracubierta de La historia de los templarios de Martin Walker
La contracubierta resume la transformación del Temple desde orden militar hasta institución europea poderosa y presenta su destrucción como el gran misterio final.

La explicación fácil y la historia más interesante

La leyenda templaria suele ofrecer una explicación sencilla para su caída.

Felipe IV necesitaba dinero.

Los templarios eran ricos.

El rey inventó una acusación, robó el tesoro y exterminó la Orden.

Hay algo de verdad dentro de esa estructura, pero la realidad es más interesante.

El problema combinaba riqueza, deuda, política, propaganda, herejía, jurisdicción papal y transformación del Estado medieval.

Felipe IV estaba construyendo una monarquía que toleraba cada vez peor poderes autónomos dentro de su territorio.

El Temple era precisamente eso: rico, armado, internacional y protegido por privilegios pontificios.

Y acababa de perder su razón militar más evidente.

La pregunta dejó de ser únicamente qué habían hecho los templarios.

La pregunta era también quién tenía poder suficiente para decidir qué hacer con ellos.

Por qué los templarios siguen fascinando

El índice de Walker termina con Dies Irae.

Pero ocho siglos después seguimos añadiendo capítulos.

Quizá porque pocas organizaciones históricas contienen tantos ingredientes narrativos en tan poco tiempo.

Unos caballeros pobres se convierten en banqueros de reyes.

Monjes empuñan espadas.

Una institución nacida en Jerusalén termina gobernando propiedades desde Londres hasta la península ibérica.

Un rey organiza una operación policial simultánea en todo su reino.

Los acusados confiesan monstruosidades bajo tortura.

Un papa extingue la Orden sin declarar jurídicamente demostrada su culpabilidad.

Y el último gran maestre acaba ardiendo junto al Sena.

No hacía falta inventar el Santo Grial.

La historia real ya era suficientemente extraordinaria.

Fuentes utilizadas para contextualizar la obra