La inteligencia eficaz — Alain Sarton

Un libro que anuncia 48 páginas de tests de aptitud comienza con una advertencia inesperada: ningún test, por complejo que sea, puede reducir toda la inteligencia humana a una cifra.

La inteligencia eficaz, de Alain Sarton, pertenece a una época en la que palabras como psicotecnia, análisis factorial y cociente intelectual habían salido del laboratorio para entrar en escuelas, empresas y manuales destinados al gran público. La cubierta promete medir capacidades y ejercitarlas; el prólogo, sin embargo, pone inmediatamente un límite a esa ambición.

Sarton sostiene que la inteligencia no puede definirse mediante una sola fórmula. Los tests permiten comparar rendimientos y establecer determinados niveles, pero la pregunta verdaderamente interesante empieza después: ¿utilizamos bien las capacidades que tenemos? De ahí procede el adjetivo del título. Más que imaginar una inteligencia como depósito fijo que una prueba puede pesar, el libro intenta averiguar cómo razonamos, analizamos, abstraemos, imaginamos y adaptamos nuestros recursos intelectuales a situaciones diferentes.

La inteligencia eficaz de Alain Sarton, Ediciones Mensajero
Edición de Ediciones Mensajero conservada en Librería5, dentro de la serie La psicología moderna.

Un libro de tests que empieza desconfiando de los tests

La contradicción es sólo aparente. La cubierta utiliza todos los términos que un lector de psicología aplicada de principios de los años ochenta podía esperar encontrar: psicotecnia, análisis factorial, cociente intelectual, adaptación, razonamiento, creatividad y hasta genio. Anuncia además 48 páginas de tests de aptitud. Sin embargo, el prólogo comienza afirmando que resulta imposible definir la inteligencia en toda su extensión mediante una única fórmula y se pregunta expresamente si el cociente intelectual puede identificarse con toda la inteligencia.

La cautela tiene una larga historia detrás. Desde que Alfred Binet y Théodore Simon desarrollaron en Francia las primeras escalas prácticas para evaluar el rendimiento intelectual de escolares, la psicología descubrió el enorme poder de los tests, pero también el problema de decidir qué estaban midiendo exactamente. Una prueba puede establecer diferencias entre individuos mediante tareas concretas; mucho más difícil es demostrar que la puntuación obtenida equivale a una propiedad única llamada «inteligencia».

Charles Spearman propuso a comienzos del siglo XX una respuesta muy influyente. Al comprobar que el buen rendimiento en tareas cognitivas diferentes tendía a correlacionarse, postuló un factor general, conocido como g, compartido por distintas actividades intelectuales. Décadas después, Louis Thurstone defendió una estructura más diferenciada y habló de habilidades mentales primarias como comprensión verbal, fluidez, aptitud numérica, memoria, razonamiento, velocidad perceptiva y capacidad espacial.

El debate no terminó con ninguno de ellos. La psicometría posterior ha desarrollado modelos cada vez más complejos, pero ha conservado algo de aquella tensión entre capacidad general y aptitudes particulares. Por eso la pregunta que Sarton coloca ante el lector —si una puntuación resume realmente toda la inteligencia— resulta mucho menos ingenua de lo que podría hacer pensar la estética de un manual de bolsillo de 1981.

Un libro que dedica decenas de páginas a poner a prueba al lector comienza recordándole que el resultado de esas pruebas no puede confundirse sin más con la totalidad de su inteligencia.

Medir la mente: de la escuela a la empresa

Durante el siglo XX los tests abandonaron rápidamente el ámbito estrictamente escolar. Se utilizaron en el ejército, en orientación profesional, en selección de personal y en evaluación clínica. La posibilidad de administrar una batería de ejercicios y comparar estadísticamente los resultados ofrecía algo irresistible para instituciones que tenían que clasificar a miles de personas: una apariencia de objetividad allí donde antes dominaban impresiones personales y juicios poco sistemáticos.

La trayectoria profesional de Alain Sarton encaja exactamente en ese mundo. En 1963 publicó en el Bulletin de psychologie un trabajo sobre el Test de Apercepción Temática y aparecía como director de una organización parisina denominada «Plein Emploi Psychologie». Allí planteaba ya una cuestión que ayuda a interpretar La inteligencia eficaz: para saber si una persona puede realizar un trabajo no basta con medir determinadas capacidades; también es necesario comprender si quiere hacerlo, si se adapta a él y cómo se relacionan sus aptitudes con su personalidad.

Por eso el libro no se limita al viejo problema escolar de quién obtiene mejor nota. El vocabulario de la cubierta revela una preocupación por la aplicación: analizar, abstraer, razonar, imaginar, adaptarse y realizar. La inteligencia interesa por lo que permite hacer. El título podría entenderse casi literalmente como una pregunta por el rendimiento real de unas capacidades que, observadas sólo mediante una puntuación, dicen menos de lo que parece.

La palabra «psicotecnia», hoy mucho menos frecuente fuera de contextos históricos, resulta particularmente significativa. Durante décadas designó precisamente la aplicación de técnicas psicológicas de medida y diagnóstico a problemas concretos de educación, trabajo, conducción, orientación y selección. Nuestro ejemplar pertenece a ese momento en que las pruebas de aptitud todavía conservaban un fuerte prestigio como herramientas para ordenar el mundo profesional.

Una inteligencia compuesta de muchas operaciones

El recorrido que anuncia el propio libro amplía gradualmente la cuestión. Hay un panorama histórico de la idea de inteligencia, pruebas de aptitud desde las primeras páginas y capítulos dedicados a observar la inteligencia a distintas edades, sus manifestaciones, sus relaciones con la personalidad y sus aplicaciones. Los registros del original francés muestran además apartados dedicados específicamente a «la inteligencia y la personalidad» y «la inteligencia a través de la vida humana».

Eso explica la curiosa acumulación de palabras de la cubierta. «Abstraer», «analizar», «razonamiento», «creatividad» o «imaginar» no aparecen como adornos publicitarios independientes, sino como maneras distintas en que una capacidad intelectual puede manifestarse. Una persona puede poseer facilidad verbal y tener más dificultades ante problemas espaciales; otra puede resolver rápidamente operaciones conocidas y bloquearse cuando debe inventar una estrategia nueva. El rendimiento cognitivo no ofrece necesariamente el mismo perfil en todas las situaciones.

Sarton se sitúa así entre dos tentaciones opuestas. Una consiste en hablar de «la inteligencia» como si fuera una sustancia única que cada persona posee en determinada cantidad. La otra sería disolverla en tantas facultades separadas que la palabra dejase de tener significado. El análisis factorial, tan destacado en la cubierta, nació precisamente para estudiar estadísticamente qué comparten las distintas tareas y qué parte del rendimiento parece depender de aptitudes más específicas.

Visto desde hoy, algunos conceptos, pruebas y explicaciones del libro pertenecen inevitablemente a la psicología de su época. Eso no reduce su interés. Al contrario: permite observar cómo se explicaba al público general una disciplina que durante buena parte del siglo XX confió intensamente en la posibilidad de medir diferencias individuales y convertirlas en perfiles intelectuales.

¿Se puede hacer más eficaz la inteligencia?

La segunda promesa del libro es quizá más interesante que la primera. Sarton no se compromete alegremente a aumentar una supuesta cantidad fija de inteligencia. El prólogo llega a reconocer que quizá no sea posible desarrollar la inteligencia «propia» en el sentido fuerte del término, pero sostiene que sí podemos ejercitarla, aplicarla mejor y hacerla más eficaz.

La diferencia es importante. Aprender a abordar un problema de forma ordenada, distinguir información relevante, reconocer patrones, cambiar de estrategia cuando una solución fracasa o evitar ciertos errores de razonamiento puede mejorar nuestro rendimiento sin necesidad de suponer que hemos aumentado mágicamente una capacidad general. Los ejercicios adquieren entonces otra función: no sólo medir, sino familiarizar al lector con distintas operaciones mentales.

También explica por qué el libro combina tests con capítulos teóricos. Si el propósito fuese simplemente entregar un cociente, bastaría con una batería de pruebas y una tabla de resultados. Sarton quiere que el lector observe cómo piensa, compare formas de resolver problemas y entienda que la eficacia intelectual depende también de cuándo y cómo utiliza una capacidad.

Los tests incluidos en un manual de 1981 pueden resultar interesantes como ejercicios y como documento histórico, pero no sustituyen una evaluación psicológica profesional ni deben interpretarse hoy como una medición clínica actual de la inteligencia.

Esta precaución no contradice al propio libro. En cierta manera continúa su advertencia inicial: incluso un test correctamente construido sólo proporciona información dentro de los límites de aquello para lo que fue diseñado.

Una historia editorial más complicada de lo que parece

La página legal de nuestro ejemplar contiene un detalle bibliográfico especialmente valioso. La versión española declara proceder de una obra francesa titulada L'intelligence, escrita por Alain Sarton «con la contribución de Arlette Peltant». Eso podría pasar inadvertido porque la trayectoria anterior del libro conduce a otro título casi idéntico al español.

Sarton había publicado en Francia L'intelligence efficace en 1969, dentro de la serie «Comprendre, savoir, agir». Aquella obra rondaba las 256 páginas y trataba ya de tests de inteligencia, análisis factorial, personalidad, edades, razonamiento y aptitudes. Mensajero publicó en España una edición titulada La inteligencia eficaz en 1972, de 253 páginas.

Pero las bibliografías francesas registran en 1981 una nueva obra de Sarton titulada simplemente L'intelligence, publicada por Retz. Y nuestra copia española, cuyo depósito legal es también de 1981, identifica precisamente L'intelligence como su fuente francesa. La coincidencia permite aclarar algo importante: aunque Mensajero conservó en español el título La inteligencia eficaz, esta edición de 1981 debe relacionarse con la versión francesa revisada que la propia página legal señala, no asumir automáticamente que reproduce sin cambios el texto de 1969.

No disponemos de ambos textos completos para establecer una comparación línea por línea, de modo que sería imprudente afirmar exactamente qué se añadió o se eliminó. Sí podemos observar una diferencia material: la edición española antigua catalogada en 1972 tiene 253 páginas; la de 1981 conservada en Librería5 tiene 247. La historia editorial, por tanto, parece haber tenido al menos una revisión intermedia y resulta más interesante que la de una mera reimpresión.

El ejemplar conservado en Librería5

Nuestra copia pertenece a Ediciones Mensajero y a la Colección Bolsillo Mensajero, vinculada a la serie divulgativa La psicología moderna. Comprender · Saber · Actuar. La cubierta, dominada por naranja, negro y blanco, resume visualmente su propósito: sobre el título aparecen conceptos técnicos y prácticos y, en la parte inferior, se anuncia de forma muy visible la presencia de 48 páginas de tests de aptitud.

La página legal identifica a Alain Sarton como autor y a Arlette Peltant como colaboradora, atribuye la edición española a Mensajero y fija el depósito legal en Bilbao en 1981. Los registros bibliográficos de esta misma edición permiten completar la paginación y la posición dentro de la colección: 247 páginas y número 82 de Bolsillo Mensajero.

Título
La inteligencia eficaz
Autor
Alain Sarton
Colaboración
Arlette Peltant
Obra francesa indicada
L'intelligence
Editorial
Ediciones Mensajero
Lugar
Bilbao
Colección
Colección Bolsillo Mensajero, nº 82
Serie
La psicología moderna. Comprender · Saber · Actuar
Año
1981
ISBN
84-271-1250-5
ISBN-13
978-84-271-1250-6
Depósito legal
BI-617-1981
Páginas
247
Impresión
L.E.V.S.A., Bilbao
Contenido destacado
48 páginas de tests de aptitud
Contracubierta de La inteligencia eficaz de Alain Sarton
La contracubierta insiste en la idea central del libro: el cociente intelectual ofrece información, pero no agota la noción de inteligencia.

La pregunta que sigue abierta

Más de cuarenta años después de esta edición seguimos sometiendo a personas a pruebas cognitivas y seguimos discutiendo cómo interpretar sus resultados. La psicometría se ha refinado enormemente, los modelos estadísticos son mucho más sofisticados y las escalas modernas distinguen varios dominios del funcionamiento cognitivo. Sin embargo, persiste la dificultad que Sarton coloca ya en la primera página: pasar de «esta persona ha resuelto estas tareas de esta manera» a «esto es su inteligencia» exige una enorme cautela.

Ahí reside probablemente el interés contemporáneo de este viejo manual. No hace falta aceptar todas sus pruebas ni considerar actuales todas sus categorías para reconocer la pregunta que plantea. Una puntuación puede ser útil, pero una vida intelectual contiene algo más que una puntuación: conocimientos adquiridos, estrategias, creatividad, capacidad de adaptación, experiencia, motivación y la manera concreta en que utilizamos aquello que sabemos hacer.

El título La inteligencia eficaz termina siendo bastante más preciso de lo que parece. No pregunta únicamente cuánto podemos pensar, sino qué hacemos con lo que podemos pensar. Y esa segunda cuestión es mucho más difícil de resolver mediante una casilla de test.

Fuentes utilizadas para contextualizar la obra