La interrupción conversacional — Antonio M. Bañón

Cubierta de La interrupción conversacional, de Antonio M. Bañón Hernández, Anejo XII de Analecta Malacitana, 1997
Cubierta del ejemplar conservado en Librería5. Publicado en Málaga en 1997 como Anejo XII de Analecta Malacitana.

Dos personas hablan al mismo tiempo. Una termina la frase de la otra, introduce un «sí», pregunta «¿a recoger las llaves?» antes de que su interlocutor haya acabado o entra decididamente para quitarle la palabra. Acústicamente, las cuatro situaciones pueden parecer semejantes. Conversacionalmente no lo son. En 1997, Antonio M. Bañón Hernández dedicó un libro entero a desmontar una idea que solemos considerar obvia: no basta con que dos voces coincidan para saber que alguien ha interrumpido a alguien.

Lo sorprendente es que aquella clasificación minuciosa publicada como un pequeño anejo universitario no quedó encerrada en 1997. Décadas después seguía utilizándose para estudiar debates políticos, interrogatorios judiciales, tertulias, aprendizaje de lenguas, conversaciones entre hablantes con y sin síndrome de Asperger y hasta discusiones parlamentarias separadas por más de un siglo.

Autor
Antonio M. Bañón Hernández
Título
La interrupción conversacional. Propuestas para su análisis pragmalingüístico
Publicación
Málaga, 1997
Serie
Anejo XII de Analecta Malacitana
Institución
Universidad de Málaga
Extensión
134 páginas según las fuentes académicas consultadas
ISBN
84-922172-4-3
Depósito legal
MA-681
Impresión
IMAGRAF, Málaga
Portada
Gregorio Izquierdo Jiménez

¿Cuándo ha sido realmente interrumpido alguien?

La intuición cotidiana parece suficiente. Si A está hablando y B comienza antes de que A termine, B ha interrumpido a A. A partir de ahí solemos añadir inmediatamente un segundo juicio: B ha sido maleducado.

El problema es que la conversación real no funciona de forma tan limpia.

—Mañana tendremos que ir primero a...

—¿A recoger las llaves?

—Exactamente.

El segundo hablante ha empezado antes de la terminación formal del primero. Pero difícilmente diríamos que ha intentado silenciarlo. Puede estar anticipando correctamente la información, mostrando que sigue el razonamiento o ayudando a completar una formulación.

Comparemos esa escena con otra:

—Lo que intento explicar es que el problema comenzó cuando...

—No, no, eso no fue así. Lo que ocurrió fue...

También aquí una voz entra antes de que la anterior concluya. Sin embargo, ahora sí puede haber una disputa efectiva por el turno. La coincidencia física de ambas voces es parecida; la acción conversacional es distinta.

De ahí nace el interés del planteamiento de Bañón. Para decidir si existe una interrupción no basta con un cronómetro ni con una forma de onda que registre el segundo exacto en que comienza cada voz. Hay que reconstruir qué estaba sucediendo entre los interlocutores: quién tenía razonablemente el turno, si pretendía conservarlo, qué información introdujo el otro, qué relación existía entre ambos y qué ocurrió después.

Una conversación no es solamente una sucesión de sonidos. Es también un sistema de expectativas sobre quién puede hablar, cuándo puede hacerlo y qué derecho tiene a terminar lo que está diciendo.

Interrupción y solapamiento no son lo mismo

Esta distinción permite entender una anomalía cotidiana. Hay conversaciones en las que todos hablan aparentemente «encima» de todos y, sin embargo, nadie sale molesto. En otras, una sola entrada de unos segundos puede interpretarse como una agresión.

Los análisis posteriores que han trabajado con las propuestas de Bañón distinguen precisamente entre la auténtica competencia por el turno y otros fenómenos de habla simultánea. Un «sí», «claro», «vale», «ajá» o incluso la terminación anticipada de una palabra pueden funcionar como señales de seguimiento. El oyente no trata de apropiarse de la conversación: demuestra que continúa dentro de ella.

En determinadas circunstancias la intervención puede además solucionar un problema del canal, pedir una aclaración indispensable, comprobar que algo se ha comprendido, completar una información necesaria o corregir un dato que impediría continuar correctamente la conversación.

Por eso la equivalencia automática entre interrupción y descortesía se deshace muy pronto.

No significa que las interrupciones agresivas no existan. Existen, y pueden constituir una manera muy eficaz de dominar una conversación. Significa algo bastante más preciso: la mala educación no puede diagnosticarse únicamente observando que una persona empezó a hablar antes de que la otra hubiese guardado silencio.

La anatomía de una interrupción

Una de las razones por las que el libro continuó siendo útil es la cantidad de variables que Bañón introdujo para describir lo que sucede cuando alguien entra en el discurso de otro. Frente al pobre «interrumpió / no interrumpió», propuso mirar la intervención desde varios ejes.

Respecto al tema conservadora o transformadora
Respecto al argumento coincidente o discrepante
Según su aparición previsible o imprevisible
Según su relevancia pertinente o impertinente
Según su efecto trascendente o intrascendente
Según su oportunidad inmediata o mediata

Algunas categorías son intuitivas. Una intervención discrepante contradice al hablante; una coincidente se alinea con él. Una interrupción pertinente tiene relación funcional con lo que se está diciendo; una impertinente desvía o introduce material que no ayuda a desarrollar ese intercambio.

Otras son mucho más interesantes.

La interrupción que solo puede entenderse después

La pareja trascendente / intrascendente obliga a mirar más allá del instante de la interrupción.

Una intervención es trascendente cuando la información introducida por quien interrumpe modifica el discurso posterior del hablante interrumpido. Este la acepta, la responde, la integra o reorganiza a partir de ella lo que iba a decir.

En cambio, puede ser intrascendente cuando el hablante continúa prácticamente como si la entrada ajena no hubiera ocurrido.

La idea tiene una consecuencia notable: el significado de una interrupción puede depender de lo que sucede después de ella.

No conocemos por completo el acto en el momento exacto en que las dos voces se solapan. La reacción posterior del interrumpido —aceptar, combatir, ignorar, incorporar, abandonar el turno— ayuda a determinar qué función tuvo realmente aquella entrada.

No solo importa quien entra: importa quien resiste, cede o recupera el turno

Una teoría de la interrupción que mirase únicamente al interruptor dejaría fuera media conversación. Bañón presta también atención a los movimientos que siguen a la entrada de la segunda voz.

El hablante inicial puede ceder. Puede continuar. Puede aumentar la intensidad de la voz. Puede recuperar el turno unos segundos después. Puede modificar su discurso para contestar al intruso. Incluso puede producirse una secuencia de interrupciones de ida y vuelta en la que ya no resulte adecuado imaginar una conversación ordenada como una fila donde cada participante recibe cortésmente su turno.

Eso acerca el análisis lingüístico a una experiencia reconocible por cualquiera que haya asistido a una discusión familiar, una tertulia o un debate político. El turno de palabra no siempre se entrega: a veces se negocia, se conserva, se pierde o se disputa.

Y ahí aparece otro elemento fundamental: el poder.

No tiene el mismo significado interrumpir a un amigo durante una conversación animada que cortar reiteradamente a un testigo durante un interrogatorio, a un alumno durante una exposición o a un moderador cuya función consiste precisamente en distribuir los turnos. La estructura social de la situación modifica el valor del mismo comportamiento verbal.

La descortesía no está dentro del sonido

La mejor consecuencia del libro quizá pueda formularse de esta manera: la cortesía no está físicamente contenida en el instante en que dos voces coinciden.

Depende de quién habla, de para qué interviene, de la confianza existente, del género de conversación, de la autoridad de cada participante, del contenido introducido y de las convenciones culturales que todos ellos comparten —o creen compartir—.

De ahí que un comportamiento pueda interpretarse como entusiasmo en un grupo y como falta de educación en otro.

La investigación posterior sobre conversación en español ha desarrollado precisamente esta dimensión cultural. Antonio Briz, entre otros especialistas, ha trabajado con la idea de culturas comunicativas de mayor o menor acercamiento. En contextos donde existe mayor tolerancia al habla simultánea, completar la frase de otro, introducir pequeños apoyos o responder antes de que desaparezca por completo su voz puede expresar implicación y cercanía.

La precaución es importante: no se deduce de ello que «los españoles interrumpan porque sean españoles», ni mucho menos que una determinada cultura sea más o menos educada. El comportamiento depende también del contexto, la edad, el grupo, la relación interpersonal y el tipo de situación.

Lo interesante es otra cosa: dos interlocutores pueden juzgar de manera radicalmente distinta el mismo solapamiento porque aplican normas conversacionales diferentes.

Eso explica una experiencia bastante común. Alguien puede salir de una conversación pensando que ha encontrado a una persona participativa y vivaz, mientras un tercero describiría exactamente a ese mismo interlocutor diciendo: «No me dejó terminar una frase».

Un libro de 1997 que no terminó en 1997

La interrupción conversacional apareció en un contexto editorial extremadamente académico. Nuestro ejemplar pertenece al Anejo XII de Analecta Malacitana, revista filológica vinculada a la Universidad de Málaga. No hay en su presentación nada que anuncie un libro destinado al público general ni una obra concebida para sobrevivir durante décadas como título popular.

Sin embargo, su clasificación continuó circulando porque resolvía un problema metodológico: proporcionaba instrumentos para describir con mayor precisión algo que ocurre constantemente en la lengua hablada.

Su rastro aparece después en investigaciones sobre conversaciones cotidianas, debates políticos, televisión, interacción judicial, enseñanza de segundas lenguas y comunicación de personas con distintas características lingüísticas y cognitivas.

Uno de los casos más llamativos llegó en 2023. Un estudio sobre interrupciones parlamentarias comparó dos debates legislativos españoles extraordinariamente separados en el tiempo: uno de 1902, relacionado con el decreto del conde de Romanones, y otro de 2020, correspondiente al debate de la llamada Ley Celaá.

Más de un siglo de distancia y, sin embargo, el instrumental desarrollado para clasificar interrupciones a finales del siglo XX continuaba resultando útil.

El resultado de aquella comparación ofrece además una pequeña sorpresa histórica: los investigadores encontraron más interrupciones en el debate de 1902, pero las antiguas intervenciones resultaban en conjunto menos disruptivas y eran atendidas con mayor frecuencia por los participantes. El debate más viejo podía ser, paradójicamente, más dialogante.

No es una conclusión del libro de Bañón —sería incorrecto atribuírsela—, sino un buen ejemplo de la vida posterior de su método. Una taxonomía creada para analizar la mecánica conversacional permite preguntar cómo ha cambiado la propia cultura parlamentaria.

Antonio M. Bañón y el lenguaje como comportamiento social

El autor, Antonio Miguel Bañón Hernández, había dedicado ya trabajos anteriores a fenómenos lingüísticos muy concretos. En 1993 publicó El vocativo en español. Propuestas para su análisis lingüístico, y en 1996 apareció Racismo, discurso periodístico y didáctica de la lengua.

El mismo 1997 de La interrupción conversacional marcó además un momento preciso de su carrera universitaria. El 26 de septiembre de 1997 fue nombrado profesor titular de Filología Española en la Universidad de Almería; el nombramiento se publicó en el Boletín Oficial del Estado del 17 de octubre.

Con el tiempo llegaría a catedrático y ampliaría su investigación hacia terrenos aparentemente alejados de una conversación donde dos personas se pisan una frase: discurso periodístico, inmigración, racismo, comunicación sanitaria, enfermedades poco frecuentes o desinformación.

Visto retrospectivamente, el desplazamiento no resulta tan extraño. El hilo que conecta esas investigaciones es precisamente el lenguaje entendido no como una colección de frases aisladas, sino como una forma de actuar socialmente sobre otros.

Una interrupción es un objeto pequeño para estudiar esa cuestión. Dura a veces menos de un segundo. Pero dentro de ese segundo pueden aparecer autoridad, cooperación, rivalidad, ayuda, cortesía, impaciencia, discrepancia y poder.

El ejemplar de Librería5 y una pequeña discrepancia bibliográfica

La página de créditos de nuestro ejemplar identifica la publicación con precisión: ISBN 84-922172-4-3, depósito legal MA-681, impresión de IMAGRAF en Málaga y portada de Gregorio Izquierdo Jiménez. En el consejo de dirección de Analecta Malacitana figuraban entonces Olegario García de la Fuente como director, Manuel Crespillo como editor, José Lara Garrido como secretario y Guadalupe Fernández Ariza como administradora.

Las fuentes académicas atribuyen al volumen 134 páginas. Existe, sin embargo, una pequeña anomalía en catálogos comerciales: al menos una ficha de IberLibro presenta en un campo 138 páginas mientras reproduce en su propia descripción bibliográfica la cifra de 134.

No hay motivo para fabricar una solución donde no la tenemos. Puede tratarse de un error de metadatos o de un criterio diferente para contar preliminares y páginas no numeradas. Mientras el último folio del ejemplar no permita resolverlo materialmente, Librería5 conserva como cifra principal las 134 páginas respaldadas por la bibliografía académica.

También conviene precisar la editorial. Algunas bases de datos registran simplemente «Universidad de Málaga», mientras el volumen se identifica materialmente como Anejo XII de Analecta Malacitana. Las dos descripciones son compatibles: la revista pertenece al ámbito institucional de la Universidad de Málaga y el libro forma parte de su serie de monografías.

Una pregunta cotidiana bastante menos sencilla de lo que parece

Después de toda la terminología, queda una escena que cualquiera reconoce.

Una persona cuenta algo. La otra entra antes de que termine.

¿La ha interrumpido?

A veces sí. A veces la está ayudando. A veces se adelanta porque sabe exactamente qué va a decir. A veces intenta demostrar que escucha. A veces introduce la información necesaria para que la conversación continúe. Y a veces, por supuesto, intenta arrebatarle la palabra.

El mérito de La interrupción conversacional está en negarse a tratar todos esos actos como si fueran el mismo fenómeno porque producen una forma acústica parecida.

La descortesía no está en que dos voces suenen a la vez; está en lo que una de ellas le hace a la otra.

Ese desplazamiento —del sonido al contexto, del instante a las consecuencias, de la mecánica de los turnos a la relación entre quienes hablan— explica por qué un pequeño volumen académico publicado en Málaga en 1997 siguió ofreciendo herramientas a investigadores muchos años después.

Fuentes principales