La muerte de Iván Ilich — León Tolstói

Antes de convertirse en uno de los moribundos más famosos de la literatura, Iván Ilich tuvo un antecedente real. Tolstói conoció a un magistrado llamado Iván Ilich Méchnikov cuya muerte, en 1881, dejó detrás una historia inquietante: en sus últimos días habría llegado a preguntarse por la inutilidad de la vida que había llevado.

Tolstói guardó aquella impresión durante años. Cuando finalmente escribió La muerte de Iván Ilich, no se limitó a narrar una enfermedad. Construyó la historia de un hombre que ha hecho casi todo lo que su sociedad considera correcto —carrera, matrimonio, ascensos, casa, respetabilidad— y sólo descubre el problema cuando la muerte convierte aquellas conquistas en cosas sin importancia.

El ejemplar conservado en Librería5 amplía todavía más esa pregunta. Salvat reunió junto a La muerte de Iván Ilich otras dos obras tardías de Tolstói, El diablo y El padre Sergio. Leídas consecutivamente, parecen tres variaciones sobre una misma sospecha: quizá el ser humano sabe construir identidades muy convincentes sin llegar por ello a conocerse realmente.

La muerte de Ivan Ilich de León Tolstói, Biblioteca Básica Salvat
Edición de 1985 de la Biblioteca Básica Salvat conservada en Librería5.

El juez real que terminó dentro de una novela

La historia literaria de Iván Ilich comienza el 2 de julio de 1881 con la muerte de otro Iván Ilich: Méchnikov, fiscal del tribunal regional de Tula, cerca de Yásnaia Poliana. Tolstói lo conocía personalmente y recibió noticias de su enfermedad y muerte a través de su entorno familiar. Según el testimonio conservado por Tatiana Kuzmínskaya, cuñada del escritor, la viuda de Méchnikov había hablado de los pensamientos de su marido moribundo sobre la inutilidad de la vida que había llevado.

Tolstói no convirtió inmediatamente aquel episodio en literatura. La idea reapareció ocasionalmente durante los años siguientes y sólo en agosto de 1885 comenzó el trabajo intenso sobre la obra. Su primera concepción era muy próxima a un testimonio personal: quería contar la muerte de un hombre corriente desde el punto de vista del propio moribundo. El proceso de escritura terminó siendo mucho más complejo. Tolstói revisó radicalmente varias veces las pruebas de imprenta y, cuando La muerte de Iván Ilich apareció finalmente en 1886, había sustituido aquella posible confesión directa por una narración en tercera persona capaz de observar al protagonista y también a quienes lo rodeaban.

El cambio fue decisivo porque permitió comenzar después de la muerte. Los compañeros de Iván reciben la noticia y, detrás de las fórmulas de respeto, aparecen casi inmediatamente cálculos profesionales, obligaciones sociales y molestias prácticas. La desaparición de un hombre produce antes que nada una vacante. Tolstói establece así desde las primeras páginas el mundo del que procederá toda la tragedia: una sociedad perfectamente capaz de organizar ceremonias alrededor de la muerte mientras mantiene la propia muerte fuera de la conciencia cotidiana.

Después retrocede y reconstruye una vida que parece no contener ninguna catástrofe. Iván estudia, progresa dentro de la administración judicial, se casa, obtiene cargos, mejora su vivienda y aprende a comportarse de acuerdo con aquello que su ambiente considera correcto. Precisamente ahí está la fuerza del personaje: no es un monstruo ni un gran pecador. Su existencia ha sido razonable, respetable y aparentemente exitosa, y por eso la sospecha final de haber vivido equivocadamente resulta mucho más perturbadora.

Tolstói no necesita demostrar que Iván Ilich haya cometido un gran crimen. Le basta con preguntarse si una vida puede estar equivocada precisamente por haber sido vivida siempre de acuerdo con lo que parecía conveniente.

El regreso a la ficción después de una crisis

La muerte de Iván Ilich apareció en un momento decisivo de la trayectoria de Tolstói. Después de escribir Guerra y paz y Anna Karénina, el autor había atravesado a finales de los años setenta una profunda crisis sobre la muerte, la religión y el sentido de su propia existencia. Durante años dedicó buena parte de sus energías a textos teológicos y filosóficos y llegó a mirar con desconfianza la literatura que le había proporcionado fama internacional.

La novela de 1886 fue su primera gran obra narrativa publicada después de aquella transformación. Eso explica que la muerte de Iván no sea únicamente un acontecimiento médico. La enfermedad obliga al protagonista a comprobar si los criterios con los que había evaluado su vida continúan teniendo algún valor cuando ya no hay nuevos ascensos, nuevas visitas ni una habitación que redecorar. Todo lo que antes parecía sólido empieza a mostrarse provisional.

El sufrimiento físico ocupa una parte considerable de la narración, pero Tolstói se interesa igualmente por la soledad que produce. Familiares y médicos hablan alrededor de Iván utilizando las convenciones que permiten fingir que su situación puede seguir tratándose como cualquier otro asunto cotidiano. El enfermo, en cambio, necesita que alguien reconozca una evidencia que todos evitan: tiene miedo, sufre y puede morir. El criado Guerásim se convierte por eso en una presencia excepcional. No dispone de conocimientos médicos sofisticados, pero es capaz de permanecer junto al enfermo sin participar de la mentira colectiva que convierte la muerte en algo que nunca debe nombrarse.

Esta dimensión explica que el libro haya tenido una segunda vida fuera de las facultades de Literatura. Estudios contemporáneos de medicina narrativa y cuidados paliativos utilizan La muerte de Iván Ilich para analizar la relación médico-paciente, la experiencia subjetiva de la enfermedad y aquello que posteriormente se ha denominado «dolor total»: la interacción entre dolor físico, miedo, desesperanza, aislamiento y proximidad de la muerte. La medicina ha cambiado enormemente desde 1886, pero la diferencia entre saber qué enfermedad tiene alguien y comprender qué significa para él estar enfermo continúa siendo reconocible.

El diablo: cuando el deseo se niega a obedecer

La segunda obra de nuestro ejemplar comienza en la página 83 y pertenece a una historia editorial completamente distinta. Tolstói escribió El diablo en 1889 y volvió sobre el texto años después, llegando a preparar un final alternativo. Sin embargo, no permitió su publicación en vida y el relato apareció póstumamente en 1911.

El protagonista, Yevgueni Irténev, es un terrateniente joven que intenta construir una existencia ordenada después de hacerse cargo de una propiedad cargada de deudas. Antes de casarse mantiene relaciones con Stepánida, una campesina de la zona, y cree poder cerrar aquella etapa cuando comienza una vida familiar respetable. El problema aparece cuando descubre que la decisión racional de terminar una relación no ha eliminado el deseo que la sostenía.

El conflicto vuelve a tener la forma característica del Tolstói tardío. Yevgueni no comprende únicamente que desea algo que considera moralmente incorrecto; descubre que una parte de sí mismo no responde al hombre disciplinado que cree ser. El dominio que atribuía a la voluntad resulta menos firme de lo esperado y la pasión empieza a convertirse en obsesión.

La cercanía con la biografía sexual de Tolstói fue una de las razones por las que la obra llegó a considerarse especialmente incómoda. El autor había mantenido antes de su matrimonio relaciones con mujeres campesinas de su propiedad, y la semejanza general con la situación de Yevgueni contribuyó a que El diablo adquiriera fama de ser una de sus ficciones más personalmente reveladoras. Sin embargo, la historia desborda la confesión autobiográfica: lo que interesa es la distancia entre la persona que creemos haber decidido ser y aquellos deseos que continúan actuando aunque hayamos dejado de reconocerlos.

El padre Sergio y la vanidad escondida dentro de la santidad

El padre Sergio, que comienza en la página 137 de nuestro ejemplar, lleva todavía más lejos esa desconfianza respecto al dominio personal. Tolstói trabajó en el relato entre 1890 y 1898, pero tampoco se publicó hasta 1911, después de su muerte. Su protagonista, el príncipe Stepán Kasatski, parecía destinado a una brillante carrera militar hasta que descubre, poco antes de casarse, que la mujer a la que ama había sido amante del zar Nicolás I. Herido profundamente en su orgullo, rompe con su vida anterior y entra en un monasterio.

Lo que podría convertirse en una historia edificante sobre renuncia religiosa se transforma gradualmente en algo mucho más incómodo. Kasatski progresa también en la vida espiritual con el mismo deseo de excelencia que había gobernado su carrera mundana. Quiere obedecer mejor, sacrificarse más y alcanzar una perfección superior. Incluso cuando se convierte en ermitaño y adquiere fama de hombre santo, la admiración de los demás sigue alimentando algo que supuestamente había abandonado.

La paradoja es fundamental: retirarse del mundo no garantiza haber dejado atrás las pasiones que el mundo despertaba. El orgullo puede sobrevivir vestido de humildad, y la renuncia puede convertirse en una forma todavía más refinada de sentirse superior. Tolstói coloca así al asceta ante una dificultad semejante a la del magistrado y a la del terrateniente de las narraciones anteriores. Cada uno construye una identidad que parece proporcionarle control; cada uno termina descubriendo una zona de sí mismo que esa identidad no consigue dominar.

La decisión de Salvat de reunir estas tres obras resulta, por tanto, literariamente muy eficaz aunque no proceda del propio Tolstói. Iván confía en la respetabilidad social, Yevgueni en la voluntad y Sergio en la perfección espiritual. Los tres terminan enfrentándose con algo que sus respectivos sistemas de seguridad no habían previsto.

Una selección de Salvat que llevaba circulando desde 1971

El índice de nuestro volumen demuestra que la portada simplifica el contenido. Exteriormente aparece solamente La muerte de Ivan Ilich, pero el libro contiene también El diablo y El padre Sergio, además de un prólogo de Arturo Uslar-Pietri. La traducción de las tres obras se acredita a José Laín Entralgo, traductor que trabajó extensamente con literatura rusa.

La combinación no nació en 1985. La Biblioteca Nacional registra ya una edición de Salvat de 1971 con exactamente los mismos tres textos, el mismo traductor y el mismo prologuista. Aquella publicación pertenecía también a la Biblioteca Básica Salvat y ocupaba el número 23 de la serie. El catálogo registra asimismo reediciones posteriores, lo que demuestra que Salvat mantuvo durante años esta configuración del volumen.

Nuestra copia pertenece a una reorganización editorial de 1985. La página legal presenta dos ISBN: 84-345-8260-0 para la «obra completa» y 84-345-8264-3 para el «tomo 4». Esa expresión no significa que el pequeño libro contenga las obras completas de Tolstói; identifica el conjunto de la colección de la que este ejemplar era una parte. Los registros de la edición de 1985 confirman efectivamente la numeración como volumen 4 de aquella nueva etapa de la Biblioteca Básica Salvat.

El recorrido editorial es interesante porque convierte una selección de tres narraciones rusas de finales del siglo XIX en un objeto característico de la cultura del libro popular española de los años setenta y ochenta. Salvat había construido precisamente una biblioteca destinada a acercar clásicos y textos culturales a lectores muy amplios mediante volúmenes pequeños, económicos y fácilmente coleccionables. La persistencia de esta selección durante distintas etapas demuestra que La muerte de Iván Ilich funcionaba además como título principal capaz de atraer al lector hacia dos relatos menos conocidos.

Nuestro ejemplar de 1985

El volumen conservado en Librería5 pertenece a esa reedición de 1985. Está encuadernado en rústica y utiliza una cubierta muy sobria, dominada por tonos beige y granate. No hay ninguna ilustración narrativa ni una representación de la muerte: el título ocupa la zona superior y la identidad de la Biblioteca Básica Salvat aparece en la parte inferior, dejando que el propio nombre de Tolstói actúe como principal reclamo.

La página legal acredita a Salvat Editores, S. A., la traducción directa del ruso de José Laín Entralgo, la impresión de Gráficas Estella, S. A., y el depósito legal NA. 228-1985. El índice añade el dato que no aparece en la cubierta: Arturo Uslar-Pietri abre el volumen con un prólogo y las tres narraciones comienzan respectivamente en las páginas 15, 83 y 137.

Título de cubierta
La muerte de Ivan Ilich
Autor
León Tolstói
Contenido
La muerte de Iván Ilich, El diablo y El padre Sergio
Traducción
José Laín Entralgo
Prólogo
Arturo Uslar-Pietri
Editorial
Salvat Editores, S. A.
Colección
Biblioteca Básica Salvat
Edición de nuestro ejemplar
1985
Tomo
4
ISBN del conjunto
84-345-8260-0
ISBN del tomo
84-345-8264-3
Depósito legal
NA. 228-1985
Impresión
Gráficas Estella, S. A., Estella (Navarra)
País de impresión
España
Encuadernación
Rústica

La edición reúne así tres momentos de un mismo Tolstói tardío, aunque sus historias editoriales sean diferentes. La muerte de Iván Ilich apareció en 1886 y se convirtió rápidamente en una de las obras fundamentales de su segunda etapa; El diablo y El padre Sergio permanecieron inéditos hasta 1911. Salvat los coloca después bajo una misma cubierta y hace visible una relación que quizá no estaba prevista cuando fueron escritos.

En las tres historias alguien cree haber encontrado una forma correcta de vivir. Uno confía en la posición social, otro en el dominio de sus deseos y otro en la santidad. Tolstói espera hasta que cada construcción empieza a agrietarse. La pregunta que queda debajo de todas ellas es mucho más difícil que cualquier doctrina: qué permanece de nosotros cuando dejan de funcionar las explicaciones con las que habíamos conseguido sentirnos seguros.

Fuentes utilizadas para contextualizar la obra