Título original: The Devilish Rat
Primera publicación: The Sun, Nueva York, 27 de enero de 1878
Género: relato fantástico · ficción especulativa · humor negro
Tiempo de lectura: aproximadamente 18 minutos
Edición: texto completo
Traducción: Librería5.com, a partir del original inglés
Un hombre se encierra en un castillo abandonado junto al Rin para realizar un extraño experimento: desprenderse poco a poco de su propia personalidad hasta dejar el cuerpo dispuesto a recibir un alma mejor.
Publicado en 1878, La rata diabólica pertenece a la obra fantástica de Edward Page Mitchell, periodista y escritor estadounidense cuya ficción apareció principalmente en la prensa neoyorquina del siglo XIX. En este relato mezcla especulación metafísica, humor macabro y una rata extraordinariamente desagradable.
Esta es una traducción al español realizada para Librería5.com a partir del texto original inglés.
Ya saben ustedes que, cuando un hombre vive en un castillo abandonado, en la cima de una gran montaña junto al río Rin, se expone a que se formen de él opiniones equivocadas. La mitad de las buenas gentes de la aldea de Schwinkenschwank, incluido el burgomaestre y el sobrino del burgomaestre, creían que yo era un fugitivo de la justicia norteamericana. La otra mitad estaba igualmente convencida de que estaba loco, teoría que contaba con el respaldo del profundo conocimiento del carácter humano y la aguda lógica del notario. Los dos bandos de aquella interesante controversia estaban tan igualados que dedicaban todo su tiempo a enfrentar sus respectivos argumentos, y a mí me dejaban prácticamente en paz.
Como sabe cualquiera que posea la más mínima pretensión de cultura cosmopolita, el viejo castillo de Schwinkenschwank está encantado por los fantasmas de veintinueve barones y baronesas medievales. La conducta de aquellos antiguos espectros era muy considerada. En conjunto, me molestaban mucho menos que las ratas, que pululaban en gran número por todas las dependencias del castillo. Cuando ocupé por primera vez mis aposentos, me vi obligado a mantener un farol encendido durante toda la noche y a golpear continuamente a mi alrededor con una porra de madera para no correr la suerte del obispo Hatto. Más tarde mandé construir en Fráncfort una jaula de alambre en la que podía dormir con comodidad y seguridad, una vez que conseguí acostumbrarme al áspero rechinar de los dientes de las ratas cuando roían el hierro en sus inútiles intentos por entrar y devorarme.
Exceptuando los espectros y las ratas y, de vez en cuando, algún murciélago o búho de paso, yo era el primer inquilino del castillo de Schwinkenschwank desde hacía tres o cuatro siglos. Después de abandonar Bonn, donde había sacado gran provecho de las eruditas e ingeniosas lecciones del célebre Calcarius, Herr Professor de Ciencias Metafísicas en aquella admirable universidad, había escogido aquellas ruinas como el mejor lugar posible para realizar cierto experimento de psicología. El Landgrave hereditario Von Toplitz, propietario del castillo de Schwinkenschwank, no mostró el menor signo de sorpresa cuando acudí a él y le ofrecí seis táleros al mes por el privilegio de alojarme en su destartalado castillo. El empleado de un hotel de Broadway no habría recibido mi petición con mayor frialdad ni mi dinero con un espíritu más comercial.
—Será necesario pagar por adelantado el primer mes de alquiler —dijo.
—Afortunadamente estoy preparado para ello, mi bien nacido Landgrave hereditario —respondí, contando seis dólares.
Se los guardó en el bolsillo y me entregó el correspondiente recibo. Me pregunto si alguna vez intentó cobrar el alquiler a sus fantasmas.
La habitación más habitable del castillo era la situada en la torre noroeste, pero ya estaba ocupada por lady Adelaide Maria, hija mayor del barón von Schotten, a quien su afectuoso papá había dejado morir de hambre en el siglo XIII por negarse a casarse con un salteador cojo que vivía al otro lado del río. Como no podía concebir la idea de importunar a una dama, instalé mis aposentos en lo alto de la escalera de la torrecilla sur, donde nadie reclamaba la posesión salvo un monje sentimental que solía pasar muchas noches fuera y que jamás me ocasionaba molestia alguna.
En una soledad tan tranquila como la que disfrutaba en el castillo es posible reducir la actividad física y mental al grado mínimo compatible con la vida. San Pedro de Alcántara, que pasó cuarenta años en una celda conventual, se acostumbró a dormir solamente una hora y media al día y a comer una vez cada tres días. Al disminuir hasta tal extremo las funciones de su cuerpo, debió de reducir también, estoy firmemente convencido, su alma casi al estado negativo de un niño inconsciente. Son el ejercicio, el pensamiento, el roce y la actividad los que hacen aflorar la individualidad de la naturaleza humana. Las fecundas palabras del profesor Calcarius habían quedado grabadas a fuego en mi memoria:
¿Cuál es el misterioso vínculo que une el alma al cuerpo vivo? ¿Por qué soy yo Calcarius o, mejor dicho, por qué el alma llamada Calcarius habita precisamente este organismo? [Aquí el erudito profesor se dio una palmada en el enorme muslo con su mano regordeta.] ¿No podría yo ser igualmente otro, y otro ser yo? Desprendan el ego individualizado de la envoltura carnal a la que se adhiere por la fuerza de la costumbre y a causa de un prolongado contacto, y ¿quién puede asegurar que no sea posible expulsarlo mediante un acto de voluntad, dejando el cuerpo vivo receptivo y dispuesto a ser ocupado por algún ego no individualizado, más digno y mejor que el anterior?
Aquella profunda sugerencia produjo en mi mente una impresión duradera. Aunque estaba perfectamente satisfecho con mi cuerpo, sano, vigoroso y razonablemente hermoso, llevaba mucho tiempo descontento con mi alma, y la constante contemplación de su debilidad, su vulgaridad y su insuficiencia había intensificado aquel descontento hasta convertirlo en repugnancia. Si realmente podía escapar de mí mismo, si podía arrancar aquel diamante falso de su magnífico estuche y sustituirlo por una joya auténtica, ¿qué sacrificio no habría estado dispuesto a realizar y con qué fervor no bendeciría a Calcarius y la hora que me llevó a Bonn?
Para poner a prueba aquel experimento jamás intentado me encerré en el castillo de Schwinkenschwank.
A excepción del pequeño Hans, hijo del posadero, que subía tres veces por semana desde la aldea para traerme pan, queso y vino blanco, y posteriormente de la hermana de Hans, mi único visitante durante aquel periodo de retiro fue el profesor Calcarius. Vino dos veces desde Bonn para animarme y alentarme.
En su primera visita cayó la noche mientras todavía hablábamos de Pitágoras y la metempsicosis. El profundo metafísico era un hombre corpulento y muy corto de vista.
—¡Nunca podré bajar vivo por esta colina! —exclamó, retorciéndose las manos con ansiedad—. Tropezaría y, Gott in Himmel, acabaría precipitándome quizá sobre alguna roca puntiaguda.
—Tendrá que quedarse toda la noche, profesor —dije—, y dormir conmigo en mi jaula de alambre. Me gustaría que conociese a mi compañero de habitación, el monje.
—Completamente subjetivo, mi querido joven amigo —dijo—. Su aparición es una criatura del nervio óptico, y la contemplaré sin temor, como corresponde a un filósofo.
Metí a mi Herr Professor en la jaula de alambre y, con extrema dificultad, conseguí acomodarme a su lado. A petición expresa suya dejé el farol encendido.
—No porque sienta temor alguno hacia sus espectros subjetivos —explicó—. No son más que quimeras del cerebro. Pero, en la oscuridad, podría darme la vuelta y aplastarlo.
—¿Cómo progresa la supresión del yo —preguntó al cabo de un rato—, la subordinación del alma individual? ¡Eh! ¿Qué ha sido eso?
—Una rata que intenta entrar —respondí—. Tranquilícese: no corre peligro. Mi experimento progresa satisfactoriamente. He eliminado casi por completo todo interés por el mundo exterior. El amor, la gratitud, la amistad, la preocupación por mi propio bienestar y por el bienestar de mis amigos casi han desaparecido. Pronto, espero, se desvanecerá también la memoria y, con ella, mi pasado individual.
—¡Lo está haciendo espléndidamente! —exclamó con entusiasmo—. Está prestando un servicio incalculable a la ciencia psicológica. Pronto su naturaleza psíquica será una página en blanco, un vacío, preparado para recibir... ¡Dios me proteja! ¿Qué ha sido eso?
—Sólo el chillido de un búho —dije para tranquilizarlo, mientras el gran pájaro gris con el que ya estaba familiarizado descendía ruidosamente por una abertura del tejado y se posaba encima de nuestra jaula de alambre.
Calcarius contempló al búho con interés, y el búho parpadeó solemnemente mirando a Calcarius.
—¿Quién sabe —dijo el Herr Professor— si ese búho no está animado por el alma de algún gran filósofo muerto? Tal vez Pitágoras, tal vez Plotino, quizá el propio espíritu de Sócrates resida temporalmente bajo esas plumas.
Confesé que una idea semejante ya se me había ocurrido.
—Y, en tal caso —continuó el profesor—, no tiene usted más que negar su propia naturaleza, anular su propia individualidad, para recibir en su cuerpo esa gran alma que, según me dicen mis intuiciones, es la de Sócrates y que revolotea alrededor de su organismo físico esperando encontrar una entrada. Persevere, mi digno joven discípulo, en su muy loable experimento, y la ciencia metafísica... ¡Cielos misericordiosos! ¿Es eso el Diablo?
Era la enorme rata gris, mi visitante nocturna. Aquella horrible criatura había crecido a lo largo de su vida, quizá de un siglo, hasta alcanzar el tamaño de un pequeño terrier. Sus bigotes eran completamente blancos y muy espesos. Sus enormes colmillos se habían alargado tanto que se curvaban hasta que sus puntas casi llegaban a perforarle el cráneo. Sus ojos eran grandes y rojos como la sangre. Las comisuras del labio superior estaban tan arrugadas y retraídas que su semblante mostraba una expresión de diabólica malignidad que rara vez se observa, salvo en algunos rostros humanos. Era demasiado vieja y sabia para roer los alambres; se limitaba a sentarse fuera, sobre las patas traseras, y a mirarnos con una expresión indescriptible de odio. Mi compañero tembló. Al cabo de un rato, la rata se dio la vuelta, arrastró su encallecida cola sobre la malla de alambre y desapareció en la oscuridad. El profesor Calcarius lanzó un profundo suspiro de alivio y no tardó en roncar con tanta fuerza que ni búhos, ni ratas, ni espectros se atrevieron a acercarse hasta la mañana.
Había conseguido ya fundir mis cualidades intelectuales y morales con la rutina de una existencia meramente animal hasta tal punto que, cuando llegó el momento en que Calcarius debía regresar, tal como había prometido, sentí muy poco interés por su próxima visita. Hansel, encargado de mis provisiones, había enfermado de sarampión, y para conseguir comida y vino dependía ahora de la llegada de su bonita hermana Emma, una muchacha rubia de dieciocho años que ascendía por el empinado sendero con la gracia y agilidad de una gacela. Era una criatura sencilla y, por iniciativa propia, me contó la historia de su inocente amor. Fritz era soldado en el ejército del emperador Guillermo. Se encontraba destinado en Colonia. Esperaban que pronto consiguiera el grado de teniente, pues era valiente y fiel, y entonces volvería a casa y se casaría con ella. Había ido ahorrando el dinero obtenido con la leche hasta reunir una pequeña suma, que le había enviado para ayudarlo a comprar su despacho de teniente. ¿Había visto yo alguna vez a Fritz? ¿No? Era guapo y bueno, y ella lo amaba más de lo que podía expresar.
Escuché aquella charla con el mismo grado de interés romántico que habría despertado en mí una proposición de Euclides, y me felicité porque mi antigua alma estuviese ya casi extinguida. Todas las noches, el búho gris se posaba sobre mí. Yo sabía que Sócrates aguardaba para apoderarse de mi cuerpo, y ansiaba abrirle mi pecho y recibir aquella gran alma. Todas las noches aparecía también la detestable rata y espiaba entre los alambres. Su fría y desdeñosa malicia me exasperaba de forma extraña. Deseaba sacar la mano bajo la jaula, agarrarla y estrangularla, pero temía el veneno de su mordedura.
A aquellas alturas, mi propia alma casi se había consumido, por decirlo así, mediante aquella disciplinada falta de uso. El búho me contemplaba amorosamente con sus grandes ojos serenos. Parecía brillar en ellos un espíritu noble que me decía:
—Vendré cuando estés preparado.
Y yo miraba aquellas profundidades luminosas y exclamaba con infinito anhelo:
—¡Ven pronto, oh Sócrates, porque estoy casi preparado!
Entonces volvía la cabeza y me encontraba con la diabólica mirada de la monstruosa rata, cuya burlona malevolencia me arrastraba de nuevo hacia la tierra y hacia los odios terrenales.
Mi aversión hacia aquella bestia abominable era el único vestigio que quedaba de mi antigua naturaleza. Cuando no estaba presente, mi alma parecía flotar alrededor y por encima de mi cuerpo, dispuesta a levantar el vuelo y dejarlo libre para siempre. Cuando aparecía, una repugnancia y un odio incontenibles deshacían en un segundo todo cuanto había logrado, y yo volvía a ser yo mismo. Para que mi experimento tuviese éxito comprendí que aquella odiosa criatura, cuya presencia impedía la entrada del alma del gran filósofo, debía morir a cualquier precio, por grande que fuese el sacrificio o el peligro.
—¡Te mataré, animal asqueroso! —grité a la rata—. ¡Y entonces el alma de Sócrates, que me espera allí arriba, entrará en mi cuerpo emancipado!
La rata clavó en mí sus ojos burlones y sonrió con un sarcasmo aún mayor. Su desprecio era más de lo que podía soportar. Levanté un lado de la jaula de alambre y me lancé desesperadamente sobre mi enemigo. La agarré por la cola. Tiré de ella hacia mí. Aplasté los huesos de sus viscosas patas, busqué a ciegas su cabeza y, cuando conseguí sujetarle el cuello con ambas manos, apreté con terrible fuerza hasta arrancarle la vida. Con todas las fuerzas de que disponía y con toda la temeridad de un propósito desesperado, desgarré y retorcí la carne de mi repugnante víctima. Jadeó, lanzó un horrible grito de dolor salvaje y, finalmente, quedó flácida e inmóvil entre mis manos. Mi odio había quedado satisfecho, mi última pasión se había extinguido y yo era libre para recibir a Sócrates.
Cuando desperté de un sueño largo y sin ensueños, los acontecimientos de la noche anterior y, en realidad, de toda mi vida pasada eran como los recuerdos borrosos de una historia leída muchos años atrás.
El búho había desaparecido, pero el cadáver destrozado de la rata yacía a mi lado. Incluso muerta, su cara conservaba aquella horrible mueca. Ahora parecía una sonrisa satánica de triunfo.
Me levanté y sacudí el sopor. Una vida nueva parecía correr por mis venas. Ya no era indiferente ni negativo. Sentía un vivo interés por cuanto me rodeaba y deseaba salir al mundo, mezclarme entre los hombres, sumergirme en los asuntos del mundo y entregarme jubilosamente a la acción.
La bonita Emma subió por la colina cargando su cesta.
—Voy a marcharme —le dije—. Buscaré un alojamiento mejor que el castillo de Schwinkenschwank.
—¿Y va usted a ir a Colonia? —preguntó ansiosamente—. ¿Al cuartel donde están los soldados del emperador?
—Tal vez sí... de camino hacia el mundo.
—¿Y podría ir a ver a Fritz de mi parte? —continuó, sonrojándose—. Tengo buenas noticias para él. Su tío, el viejo y mezquino notario, murió anoche. Ahora Fritz posee una pequeña fortuna y debe volver inmediatamente para casarse conmigo.
—¿El notario —dije lentamente— murió anoche?
—Sí, señor; y dicen que esta mañana tiene la cara negra. Pero son buenas noticias para Fritz y para mí.
—Quizá... —continué, todavía más despacio— quizá Fritz no me creyera. Soy un desconocido, y los hombres que conocen el mundo, como su joven soldado, suelen ser desconfiados.
—Llévele este anillo —respondió rápidamente, quitándose del dedo una baratija sin valor—. Fritz me lo dio y sabrá, al verlo, que confío en usted.
Mi siguiente visitante fue el sabio Calcarius. Llegó completamente sin aliento a la habitación que yo estaba preparándome para abandonar.
—¿Cómo marcha nuestra metempsicosis, mi digno discípulo? —preguntó—. Llegué ayer por la tarde desde Bonn, pero antes que pasar otra noche entre sus horribles roedores preferí someter mi bolsa a la extorsión del posadero del pueblo. El bribón me ha estafado —continuó, sacando la bolsa y contando un pequeño tesoro de monedas de plata—. Me ha cobrado cuarenta groschen por una cama y el desayuno.
La visión de la plata y el dulce tintineo de las monedas al chocar en la palma del profesor Calcarius estremecieron mi nueva alma con una emoción que aún no había experimentado. En aquel momento, la plata me pareció la cosa más brillante del mundo, y adquirirla, por cualquier medio, el más noble ejercicio de la energía humana. Impulsado por un deseo repentino al que fui incapaz de resistirme, me lancé sobre mi amigo y maestro y le arranqué la bolsa de las manos. Lanzó un grito de sorpresa y consternación.
—¡Grite cuanto quiera! —vociferé—. No servirá de nada. Sus avaros alaridos sólo los oirán las ratas, los búhos y los fantasmas. El dinero es mío.
—¿Qué significa esto? —exclamó—. ¿Roba usted a su invitado, a su amigo, a su guía y mentor por los sublimes senderos de la ciencia metafísica? ¿Qué perfidia se ha apoderado de su alma?
Agarré al Herr Professor por las piernas y lo arrojé violentamente al suelo. Forcejeó como había forcejeado la rata gris. Arranqué varios trozos de alambre de mi jaula y le até las manos y los pies con tanta fuerza que el metal se hundió profundamente en sus carnes.
—¡Ja, ja! —dije, de pie sobre él—. ¡Qué festín van a darse las ratas con su corpulenta carcasa!
Y me dispuse a marcharme.
—¡Buen Gott! —gritó—. ¡No pretenderá dejarme aquí! Nunca viene nadie.
—Mejor todavía —respondí, apretando los dientes y agitando el puño delante de su cara—. Las ratas tendrán ocasión ininterrumpida de librarlo de toda esa carne superflua. Oh, están muy hambrientas, se lo aseguro, Herr Metafísico, y no tardarán en ayudarlo a cortar el misterioso vínculo que une el alma al cuerpo vivo. Saben perfectamente cómo desprender el ego individualizado de su envoltura carnal. Lo felicito por la perspectiva de un experimento verdaderamente excepcional.
Los gritos del profesor Calcarius fueron haciéndose cada vez más débiles mientras descendía por la colina. Cuando dejé de oírlos me detuve a contar mis ganancias. Una y otra vez, con extraordinario júbilo, conté los táleros de su bolsa, obteniendo siempre el mismo resultado.
Había exactamente treinta monedas de plata.
Mi camino hacia el mundo del comercio y el beneficio me llevó a través de Colonia. En el cuartel busqué a Fritz Schneider, de Schwinkenschwank.
—Amigo mío —le dije, poniéndole una mano sobre el hombro—, voy a hacerle el mayor servicio que un hombre puede hacer a otro. Usted ama a la pequeña Emma, la hija del posadero, ¿verdad?
—Así es —dijo—. ¿Trae noticias suyas?
—Acabo de desprenderme, con gran dificultad, de su demasiado ardiente abrazo.
—¡Es mentira! —gritó—. Esa muchacha es tan fiel como el oro.
—Es tan falsa como el metal de esta baratija —dije tranquilamente, arrojándole el anillo de Emma—. Me lo dio ayer cuando nos despedimos.
Miró el anillo y después se llevó ambas manos a la frente.
—Es verdad —gimió—. ¡Nuestro anillo de compromiso!
Contemplé su angustia con interés filosófico.
—Mire —continuó, sacándose del pecho una bolsa cuidadosamente tejida—. Aquí está el dinero que ella me envió para ayudarme a comprar el ascenso. Supongo que también le pertenece a usted.
—Es muy probable —respondí con absoluta frialdad—. Esas monedas me resultan familiares.
Sin pronunciar una palabra más, el soldado arrojó la bolsa a mis pies y se dio la vuelta. Lo oí sollozar, y aquel sonido fue música.
Recogí entonces la bolsa y me apresuré a entrar en el café más cercano para contar la plata.
De nuevo, había exactamente treinta monedas.
Adquirir plata: ése es el mayor gozo que mi nueva naturaleza puede experimentar. Es un placer glorioso, ¿no creen? ¡Qué afortunado fui de que el alma que se apoderó de mi cuerpo en el castillo no fuese la de Sócrates, que a lo sumo me habría convertido en un lúgubre rumiante como Calcarius, sino el alma que había habitado en la rata gris hasta que la estrangulé!
Durante un tiempo pensé que mi nueva alma había llegado hasta mí desde el notario muerto de la aldea.
Ahora sé que la heredé de la rata, y creo que es el alma que una vez animó a Judas Iscariote, príncipe de los hombres de acción.
Traducción y edición en español preparada para Librería5.com a partir del original inglés.