Howard Carter acaba de realizar uno de los mayores descubrimientos de la historia de la arqueología. Para Nacho Ares, ése no es el final de la aventura: es el momento exacto en que comienza otra búsqueda.
Noviembre de 1922. Después de años excavando en el Valle de los Reyes, Carter encuentra finalmente la tumba de Tutankhamón. Tras una puerta que llevaba más de tres milenios sellada aparecen muebles, carros, estatuas, cofres, oro y miles de objetos pertenecientes al joven faraón. El arqueólogo debería encontrarse en la culminación de su carrera.
Pero un pequeño fragmento de piedra caliza contiene una inscripción que empieza a obsesionarlo. El ostracon parece señalar la existencia de otro enterramiento en el Valle de los Reyes, una tumba cuyo recuerdo había quedado rodeado de miedo y que alguien parece empeñado en mantener oculta. Carter vuelve a buscar. Y entonces empiezan los robos, las amenazas y un intento de asesinato.
El descubrimiento que ya parecía una novela
Nacho Ares escogió para su ficción un episodio histórico al que apenas hacía falta añadir suspense. Howard Carter llevaba años buscando en el Valle de los Reyes cuando, el 4 de noviembre de 1922, sus trabajadores descubrieron el primer peldaño de una escalera excavada en la roca. Al día siguiente apareció una puerta sellada. Carter comprendió que se encontraba ante algo excepcional, volvió a cubrir cuidadosamente el acceso y envió un telegrama a su mecenas, lord Carnarvon, para que viajara desde Inglaterra.
Carnarvon llegó a Luxor semanas después acompañado por su hija Evelyn. Cuando Carter pudo penetrar finalmente en las primeras cámaras, encontró un espacio abarrotado de objetos extraordinarios. La tumba había sufrido pequeñas incursiones de ladrones en la Antigüedad, pero había permanecido en un estado de conservación excepcional. Carros, camas, estatuas, cofres, joyas, objetos de uso personal y grandes estructuras funerarias llenaban sus estancias. La catalogación y extracción de aquel conjunto necesitaría aproximadamente diez años.
Ares empieza precisamente ahí, en el instante en que el mundo entero comienza a mirar hacia Carter. En lugar de presentar a un arqueólogo que encuentra una tumba durante el desenlace de la novela, lo coloca desde el principio después del mayor descubrimiento imaginable. La pregunta cambia: ¿qué puede buscar alguien después de encontrar a Tutankhamón?
La respuesta de la ficción es otra tumba. Carter posee un ostracon, una pequeña lasca de piedra caliza escrita con jeroglíficos que parece conservar una pista olvidada. Frente a los enormes monumentos que acostumbramos a asociar con Egipto, el instrumento que desencadena el misterio resulta casi humilde. Precisamente por eso funciona: un fragmento de escritura cotidiana puede sobrevivir miles de años y cambiar por completo el significado de un paisaje arqueológico.
Dos Egiptos separados por más de tres mil años
La tumba perdida no permanece únicamente en 1922. Nacho Ares construye dos líneas narrativas conectadas por Tutankhamón. Mientras Carter intenta descifrar qué ocurrió en el Valle de los Reyes, la novela transporta al lector al Egipto de la XVIII dinastía, cuando el país todavía vive las consecuencias de la revolución religiosa de Akhenatón.
El período histórico era perfecto para una intriga. Amenhotep IV había cambiado su nombre por Akhenatón, elevado el culto solar de Atón, levantado una nueva capital llamada Akhetatón y alterado violentamente el equilibrio religioso que durante siglos había dado enorme poder al clero de Amón. Después de su muerte, aquel sistema comenzó a desmantelarse. El joven Tutankhatón abandonó la ciudad de Amarna, pasó a llamarse Tutankhamón y restauró progresivamente los cultos tradicionales.
Ares utiliza esas tensiones como materia novelística. En la línea antigua, la corte está atravesada por rivalidades religiosas, recuerdos peligrosos del período de Akhenatón y personajes que intentan asegurarse de que determinados secretos desaparezcan junto con quienes los conocen. La conspiración que Carter intenta reconstruir en el siglo XX se desarrolla ante nuestros ojos en la Antigüedad.
Ésa es una de las ventajas narrativas más atractivas del libro. Para el arqueólogo, una inscripción, una tumba o un objeto son fragmentos de una historia destruida. El lector, en cambio, puede contemplar cómo ese fragmento fue creado y qué personas estuvieron detrás de él. La novela convierte continuamente la evidencia arqueológica en una escena viva y, páginas después, vuelve a transformarla en ruina.
Una mano humana detrás de la maldición
En 1922 el nuevo misterio no tarda en producir consecuencias. Alguien entra en la casa de Carter y roba el ostracon. Lady Evelyn, hija de lord Carnarvon, llega a sufrir un intento de envenenamiento. El arqueólogo comprende que no está simplemente interpretando una advertencia escrita por sacerdotes muertos hace treinta siglos: alguien vivo conoce la existencia de esa pista y está dispuesto a impedir que continúe la investigación.
La situación encaja perfectamente con el nacimiento de la famosa «maldición de Tutankhamón». Después de que lord Carnarvon muriera en 1923, la prensa convirtió una infección seguida de complicaciones médicas en una historia sobrenatural irresistible. Cualquier muerte relacionada remotamente con la expedición podía incorporarse al relato de los faraones vengativos. Carter rechazó siempre esa superstición, pero para un novelista el mecanismo ofrece una cobertura perfecta: si sucede algo extraño alrededor de una excavación, el público mirará hacia los muertos antes que hacia los vivos.
Ares utiliza esa diferencia para generar tensión. Una maldición puede asustar, pero también puede ser útil para alguien que desea que los demás tengan miedo. Carter está acostumbrado a leer inscripciones y examinar restos físicos; por eso sospecha que detrás de determinadas amenazas hay intereses humanos mucho más concretos.
La trama se mueve así entre dos clases de misterio. Uno tiene tres mil años y exige comprender a los faraones. El otro pertenece a 1922 y obliga a Carter a mirar alrededor de su propia excavación.
La arqueología de 1922 no era un mundo inocente
La ambientación histórica permite además que la novela muestre una cara menos romántica de la gran época de las excavaciones egipcias. El descubrimiento de Tutankhamón coincidió con un momento de enorme tensión política. Egipto acababa de obtener una independencia limitada respecto a Gran Bretaña y el control extranjero sobre sus antigüedades se había convertido en un símbolo especialmente visible de una relación colonial que los nacionalistas egipcios querían transformar.
El hallazgo de Carter y Carnarvon multiplicó esa tensión. Carnarvon concedió a The Times la exclusiva informativa sobre la tumba, decisión que indignó tanto a la prensa egipcia como a numerosos periódicos internacionales. Carter llegaría a enfrentarse duramente con las autoridades, interrumpió los trabajos y durante un tiempo perdió incluso el acceso a la tumba. La cuestión de quién poseía los objetos tampoco era menor: en excavaciones anteriores había sido habitual repartir los hallazgos entre Egipto y los excavadores extranjeros, pero el tesoro de Tutankhamón permaneció íntegramente en el país.
Ares aprovecha esa atmósfera porque proporciona motivos mucho más verosímiles que una simple lucha entre buenos y malos. Hay prestigio académico, dinero, contratos periodísticos, tráfico de antigüedades, rivalidades nacionales y carreras profesionales enteras que pueden ascender o hundirse con un descubrimiento. Una tumba no contiene únicamente objetos; puede modificar la reputación de quien la encuentra y alterar el equilibrio entre instituciones y gobiernos.
El autor conocía bien ese mundo cuando comenzó la novela. Según explicó al publicarla, había investigado a Carter y Tutankhamón durante casi tres décadas y casi todos los personajes que aparecen son históricos. Esa decisión permite que la ficción se introduzca entre acontecimientos auténticos sin tener que sustituirlos.
Howard Carter como personaje
El Carter histórico resulta especialmente útil para la ficción porque su personalidad ya estaba marcada por la obstinación. Había llegado a Egipto siendo muy joven como dibujante arqueológico, aprendió trabajando junto a algunos de los grandes excavadores de su tiempo y fue inspector del Servicio de Antigüedades antes de abandonar el cargo tras un conflicto. Durante años trabajó para lord Carnarvon y excavó el Valle de los Reyes cuando muchos especialistas pensaban que allí apenas quedaba nada importante por descubrir.
Su apuesta por encontrar a Tutankhamón estuvo cerca de fracasar. Después de sucesivas campañas sin resultados decisivos, Carnarvon llegó a plantearse abandonar la financiación. Carter consiguió una temporada más y encontró la escalera de KV62. Ese antecedente proporciona a Ares un rasgo psicológico ideal: Carter acaba de demostrar, contra el escepticismo de otros, que su intuición podía tener razón.
Por eso resulta creíble que una nueva pista lo obsesione. Haber encontrado la tumba más famosa del mundo no convierte necesariamente al personaje en alguien satisfecho; puede convertirlo en alguien todavía más convencido de que debe seguir su instinto cuando los demás le dicen que se detenga.
La novela tampoco olvida a quienes lo rodeaban. Lord Carnarvon no es solamente el hombre que paga las excavaciones y lady Evelyn no aparece como simple acompañante. La relación entre patrocinador, arqueólogo, familia, prensa, autoridades y colegas permite reconstruir el pequeño universo social que había alrededor de una excavación de gran escala.
Nacho Ares: del ensayo egiptológico a la novela
La elección de este escenario está estrechamente relacionada con la trayectoria de Nacho Ares. Nacido en León en 1970, se licenció en Historia Antigua por la Universidad de Valladolid y amplió su formación en Egiptología en Manchester. Antes de publicar La tumba perdida ya había escrito numerosos ensayos sobre cultura egipcia, pirámides, arqueología y Tutankhamón, además de desarrollar una larga actividad como divulgador.
Ares explicó que descubrió su fascinación por Carter y Tutankhamón siendo prácticamente adolescente. Durante años el tema reapareció en sus investigaciones hasta que decidió cambiar de herramienta. En un ensayo estaba obligado a detenerse donde terminaban las fuentes; una novela le permitía entrar precisamente en los huecos, reconstruir conversaciones, imaginar motivaciones y hacer convivir personajes documentados con una intriga inventada.
Eso explica por qué La tumba perdida dedica tanta atención a la arqueología misma. El descubrimiento no es sólo el decorado que conduce a una persecución. Importan las excavaciones, la lectura de inscripciones, los objetos, los conflictos entre especialistas y la forma en que una pequeña evidencia puede obligar a reinterpretar una historia aparentemente resuelta.
El libro apareció originalmente en Grijalbo en febrero de 2012, con 416 páginas. Después llegarían otras novelas egipcias de Ares, entre ellas El sueño de los faraones y La hija del sol, prolongando esa combinación entre personajes históricos, arqueología y ficción.
Bob Partridge, el hombre al que está dedicado el libro
El ejemplar conservado en Librería5 guarda un detalle especialmente personal. Antes de que comience la novela encontramos una dedicatoria a Bob Partridge, descrito por Ares como «egiptólogo, maestro y amigo» que supo compartir su pasión por Tutankhamón y el mundo de los faraones.
Robert Partridge fue una figura muy conocida de la egiptología británica vinculada a Manchester. Presidió durante años la Manchester Ancient Egypt Society, fue editor de la revista Ancient Egypt, escribió sobre el mundo faraónico y reunió un importante archivo fotográfico utilizado por publicaciones y producciones audiovisuales.
Partridge murió en julio de 2011. La tumba perdida apareció al año siguiente, de manera que la dedicatoria posee carácter póstumo. En un libro centrado en Carter y en la pasión de toda una vida por Egipto, Ares dejó así también un pequeño memorial a uno de los hombres con los que había compartido esa fascinación.
Es uno de esos detalles que sólo aparecen cuando dejamos de tratar un libro como un título abstracto y miramos el ejemplar concreto. Nuestra copia no conserva simplemente una novela sobre egiptólogos: conserva también el recuerdo de uno de los maestros del autor.
El ejemplar conservado en Librería5
Nuestra copia pertenece a la primera edición con esta presentación de DEBOLS!LLO, publicada en mayo de 2017. La página legal mantiene el copyright de Ignacio Ares de 2012, año de la primera publicación de la novela, y señala a Silvia Bastos S. L. como agencia literaria representante del autor.
La edición de bolsillo conserva las 416 páginas del texto y mide aproximadamente 19 por 12,5 centímetros. Fue impresa por Novoprint en Sant Andreu de la Barca y utiliza papel certificado por Forest Stewardship Council. El precio impreso en la contracubierta es de 6,95 euros.
- Título
- La tumba perdida
- Autor
- Nacho Ares
- Primera publicación
- Grijalbo, 2012
- Editorial de esta edición
- DEBOLS!LLO / Penguin Random House Grupo Editorial
- Colección
- Bestseller
- Edición
- Primera edición con esta presentación, mayo de 2017
- ISBN
- 978-84-663-4034-2
- Depósito legal
- B-6.456-2017
- Páginas
- 416
- Formato
- Bolsillo, rústica
- Diseño de cubierta
- Penguin Random House Grupo Editorial / Yolanda Artola
- Ilustración de cubierta
- Pepe Medina, a partir de una escena de la capilla dorada de Tutankhamón
- Impresión
- Novoprint, Sant Andreu de la Barca (Barcelona)
- Precio impreso
- 6,95 €
- Dedicatoria
- A Bob Partridge, egiptólogo, maestro y amigo del autor
La historia termina donde empieza la arqueología
Hay una razón por la que el antiguo Egipto funciona tan bien en la novela histórica. Sus monumentos parecen decir muchísimo y, al mismo tiempo, conservan enormes zonas de silencio. Conocemos nombres de reyes, inscripciones, templos, tumbas y objetos extraordinariamente precisos; pero entre dos datos seguros puede haber años enteros de los que apenas sabemos nada.
La tumba perdida utiliza exactamente ese espacio. Nacho Ares no necesita negar que Carter encontró KV62 el 4 de noviembre de 1922 ni modificar el tesoro que apareció en su interior. Conserva el acontecimiento real y coloca la ficción inmediatamente después, allí donde los documentos dejan de responder a todas las preguntas que un novelista puede formular.
El procedimiento funciona todavía mejor porque la propia arqueología consiste en eso: intentar construir una historia completa a partir de fragmentos. Carter encuentra una piedra y trata de imaginar qué significaba. El lector entra en el siglo XIV a. C. y contempla una posible respuesta. Después regresamos a 1922 y esa respuesta vuelve a estar enterrada bajo toneladas de roca y tres mil años de olvido.
Quizá ésa sea la mejor ironía del libro. Howard Carter acaba de abrir una tumba que el mundo llevaba milenios esperando descubrir. Nacho Ares le concede apenas unas páginas de tranquilidad antes de susurrarle que todavía queda otra.
Fuentes utilizadas para contextualizar la obra
- Web oficial de Nacho Ares: ficha ampliada de La tumba perdida y trayectoria del autor.
- Entrevista a Nacho Ares en Culturamas, 2012: documentación, personajes históricos y concepción de la novela.
- Tutankhamun Spatial Archive, Griffith Institute, University of Oxford: diarios y documentación de Howard Carter.
- The Metropolitan Museum of Art: descubrimiento de KV62, mundo de Tutankhamón y período de Amarna.
- British Museum: Tutankhamón y contexto histórico de la XVIII dinastía.
- Oxford Academic: descubrimiento de Tutankhamón, nacionalismo egipcio y conflicto arqueológico de los años veinte.