Las flores del mal — Charles Baudelaire

En 1857 un tribunal francés ordenó arrancar seis poemas de Las flores del mal. Ciento cuarenta años después, nuestro ejemplar lo presentaba sin ironía alguna dentro de una colección llamada Grandes Poetas.

La historia podría servir por sí sola para medir la distancia entre escándalo y canon. Charles Baudelaire publicó un libro acusado de atacar la moral pública y terminó convertido en uno de los autores con los que explicamos el nacimiento de la poesía moderna.

Pero reducir Las flores del mal a su proceso judicial sería quedarse precisamente en aquello que vieron sus censores. Baudelaire hizo algo mucho más profundo: demostró que la poesía podía descender hacia la ciudad, el tedio, el deseo, la enfermedad, la prostitución, la putrefacción o la angustia y continuar produciendo belleza. No necesitaba encontrar flores en un jardín. Podía hacerlas crecer en el mal.

Las flores del mal de Charles Baudelaire, colección Grandes Poetas de Orbis
Edición de Orbis-Fabbri de 1997 conservada en Librería5.

Antes de las flores hubo lesbianas y limbos

El libro tardó muchos años en encontrar incluso su título. Entre 1845 y 1847 Baudelaire anunció un futuro volumen llamado Les Lesbiennes. Después apareció otro nombre: Les Limbes. Bajo ese título siguió imaginando el proyecto aproximadamente hasta 1852, cuando varios poemas comenzaron ya a circular por periódicos y revistas.

El cambio no era simplemente comercial. «Los limbos» expresaban bastante bien uno de los estados fundamentales de la futura obra: existir en una zona intermedia, desear algo que parece inaccesible, permanecer suspendido entre elevación y caída.

En junio de 1855 apareció finalmente en Revue des Deux Mondes una selección de dieciocho poemas bajo el título que acabaría sobreviviendo: Les Fleurs du Mal. Ya entonces Baudelaire no los publicó como piezas colocadas al azar. Estaban ordenados de manera que el pequeño conjunto funcionaba casi como una miniatura del futuro libro.

Ésta es una cuestión decisiva. Las flores del mal no es simplemente «poesía reunida». Baudelaire quiso construir una obra.

La primera edición de 1857 contenía, después de «Au lecteur», exactamente cien poemas distribuidos en cinco grandes secciones. Los movimientos internos del volumen conducían al lector desde la tensión inicial entre spleen e ideal hacia intentos sucesivos de escapar: deseo, embriaguez, rebelión y finalmente muerte.

Baudelaire no pregunta únicamente dónde encontrar belleza. Su pregunta es más incómoda: ¿qué puede hacer el arte con aquello que normalmente excluimos de la belleza?

21 de junio de 1857: aparece un libro peligroso

Baudelaire había trabajado obsesivamente la edición junto al impresor Auguste Poulet-Malassis. Las pruebas conservadas muestran páginas llenas de correcciones. Puntuación, ortografía, disposición del texto y dedicatoria fueron revisadas una y otra vez. El manuscrito original ha desaparecido, por lo que esas pruebas constituyen hoy uno de los mejores testimonios del proceso creativo.

El volumen salió finalmente de las prensas el 21 de junio de 1857, con una tirada aproximada de 1.100 ejemplares.

Dos semanas bastaron para que comenzara el problema.

El 5 de julio, Le Figaro publicó una crítica especialmente hostil que denunciaba el contenido moral de varios poemas. El Ministerio del Interior intervino, se ordenó la incautación del libro y se abrió un procedimiento judicial contra Baudelaire y sus editores.

El 20 de agosto llegó la sentencia. La acusación de ultraje a la moral religiosa no prosperó, pero sí la de ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres. Baudelaire fue multado y seis poemas quedaron prohibidos.

La coincidencia histórica resulta extraordinaria. Ese mismo año la justicia francesa había procesado también a Gustave Flaubert por Madame Bovary. Flaubert fue absuelto. Baudelaire fue condenado.

Dos libros que hoy utilizamos para explicar el nacimiento de la literatura moderna pasaron en cuestión de meses por un tribunal.

La Francia de 1857 tuvo delante dos posibilidades: considerar aquellos libros literatura o considerarlos un problema de orden moral. Durante unas semanas intentó resolver la cuestión con jueces.

La condena de Las flores del mal tuvo además una vida mucho más larga que Baudelaire. No fue anulada jurídicamente hasta 1949. Para entonces el libro llevaba décadas formando parte de la historia fundamental de la poesía francesa.

Encontrar belleza donde no debería haberla

La provocación de Baudelaire no consiste simplemente en utilizar palabras prohibidas. Es mucho más difícil de neutralizar porque nace de su propia idea de belleza.

La tradición poética disponía de objetos considerados naturalmente nobles: el amor, el paisaje, la divinidad, la belleza femenina, la memoria, los héroes. Baudelaire conserva muchos de ellos, pero abre la puerta a una enorme cantidad de materiales incómodos: cuerpos enfermos, deseo sexual, vino, drogas, prostitución, aburrimiento, culpa, suciedad urbana, violencia y muerte.

Uno de los casos paradigmáticos es «Une Charogne». El motivo central es algo que aparentemente debería producir únicamente rechazo: un cuerpo animal en descomposición. Baudelaire no aparta la mirada. Trabaja el ritmo, la imagen y la composición hasta convertir la putrefacción en materia estética.

Ahí está una de sus revoluciones.

El objeto representado no tiene obligación de ser bello para que el poema produzca belleza.

Eso no equivale a celebrar moralmente aquello que describe. En realidad, la poesía de Baudelaire está atravesada por contradicciones. Desea y rechaza. Se siente atraído y culpable. Busca placer y encuentra degradación. Aspira a elevarse y vuelve continuamente hacia lo material.

De ahí el título. Una flor es bella, pero está creciendo en un terreno que denominamos mal.

Y todavía existe una paradoja adicional: Baudelaire introduce esos contenidos modernos y perturbadores mediante un enorme control formal. No necesita destruir completamente las formas tradicionales. Sonetos, alejandrinos, rimas y estructuras clásicas pueden contener una carroña.

La materia puede resultar escandalosa.

La forma permanece disciplinada.

Spleen e Ideal: intentar subir y volver a caer

La gran tensión del libro aparece ya en su primera sección: Spleen et Idéal.

El spleen baudelairiano no es simplemente estar triste. Es aburrimiento, saturación, asfixia, melancolía y disgusto con la propia existencia. Hay una sensación persistente de estar atrapado en un mundo insuficiente.

Frente a él está el Ideal.

El amor puede ofrecer una salida.

También el arte.

El perfume.

La música.

El viaje.

La imaginación.

El problema es que esas puertas nunca permanecen abiertas demasiado tiempo. La elevación vuelve a caer hacia el tedio. El amor puede convertirse en posesión o pérdida. El viaje no garantiza escapar de uno mismo. El placer se agota.

Por eso el libro avanza. Si una salida fracasa, prueba otra. El vino ofrece una nueva alteración de la conciencia. Después llega la rebelión. Finalmente aparece la muerte como última posibilidad de atravesar el límite.

No es necesario convertir este recorrido en un sistema filosófico cerrado para percibir su unidad. El personaje poético está constantemente intentando escapar de una condición que lo acompaña.

El famoso «poeta maldito» no escribe desde un caos espontáneo. Precisamente una de las características de Las flores del mal es el contraste entre una experiencia interior desgarrada y una construcción artística extremadamente consciente.

Cuando París entró en la poesía

El proceso judicial no detuvo el libro. Baudelaire siguió trabajando en él.

En 1861 apareció una segunda edición profundamente transformada. Los seis poemas condenados no podían incluirse, pero el autor añadió treinta y dos nuevas piezas y reorganizó la arquitectura general hasta alcanzar 126 poemas.

Una de las grandes novedades fue la creación de Tableaux parisiens.

La ciudad moderna entraba definitivamente en el centro de su poesía.

No se trataba simplemente de describir monumentos. El París de Baudelaire es una ciudad llena de tránsito, obras, barro, desconocidos y cuerpos que se cruzan. Además era un París que estaba cambiando físicamente bajo las grandes transformaciones urbanas del Segundo Imperio.

La experiencia urbana genera un tipo nuevo de percepción. Podemos encontrarnos durante unos segundos con alguien que no conocemos, imaginar toda una vida alrededor de esa persona y perderla inmediatamente entre la multitud. Podemos sentirnos solos precisamente porque estamos rodeados de miles de personas.

La ciudad produce anonimato, velocidad y encuentros sin continuidad.

Todo eso acabará convirtiéndose en una de las experiencias centrales de la cultura moderna.

Baudelaire estaba aprendiendo a escribirla mientras ocurría.

El poeta de Poe, Delacroix y la vida moderna

La leyenda biográfica puede hacer olvidar hasta qué punto Baudelaire era también un intelectual extremadamente consciente de la estética.

Fue uno de los grandes críticos de arte franceses del siglo XIX. Sus textos sobre los Salones de París, Delacroix y Constantin Guys ayudaron a formular una idea de la modernidad artística que no buscaba únicamente los temas eternos, sino también aquello que pertenece a un momento concreto: modas, gestos, multitudes, calles y formas de vida destinadas a desaparecer.

También dedicó años a traducir a Edgar Allan Poe. Sus versiones francesas de los cuentos, de Eureka y de otras obras contribuyeron decisivamente a la recepción europea del estadounidense.

La afinidad no sorprende. Poe había trabajado obsesivamente sobre muerte, belleza, terror, razón, perversidad y estados extremos. Baudelaire encontró en él algo parecido a un hermano literario situado al otro lado del Atlántico.

Por eso el Baudelaire que aparece detrás de Las flores del mal resulta bastante más interesante que la caricatura del hombre entregado a drogas y escándalos. Era poeta, traductor, crítico y teórico de una nueva sensibilidad.

Podía vivir desordenadamente y, al mismo tiempo, discutir durante semanas la puntuación de un poema.

Un escándalo que se convirtió en tradición

Los escritores que llegaron después comprendieron pronto que algo había cambiado.

Verlaine vio en Baudelaire una representación del hombre moderno. Rimbaud lo colocó entre sus grandes antecedentes. Victor Hugo reconoció que había introducido una conmoción nueva en la poesía.

Más tarde el simbolismo desarrollaría muchas de las posibilidades abiertas por Baudelaire: correspondencias entre sentidos, sugestión, musicalidad, símbolos y una realidad que no se agota en aquello que puede describirse literalmente.

Pero quizá la herencia más profunda sea todavía más amplia.

Después de Baudelaire se vuelve mucho más difícil afirmar que ciertos objetos son «indignos» de la poesía.

La calle puede ser poesía.

La fealdad puede ser poesía.

El aburrimiento puede ser poesía.

Un desconocido visto durante cinco segundos puede ser poesía.

La propia imposibilidad de escapar de uno mismo puede ser poesía.

Eso explica la enorme distancia histórica entre el tribunal de 1857 y nuestra cubierta de 1997.

Lo que una época intentó expulsar de la literatura, otra terminó utilizando para definirla.

Nuestro ejemplar: Baudelaire convertido en «Gran Poeta»

El volumen conservado en Librería5 pertenece a Grandes Poetas, colección de Orbis-Fabbri que reunió durante los años finales de la década de 1990 a autores de épocas y lenguas muy diversas. En la misma serie aparecieron Rimbaud, Verlaine, Shakespeare, Whitman, Bécquer, Quevedo, Keats y otros nombres ya plenamente integrados en el canon.

La cubierta de nuestro ejemplar es especialmente sobria: fondo verde oscuro, retrato fotográfico de Baudelaire y el título. Nada queda ya de la estrategia visual que pudiera sugerir un libro clandestino o provocador.

La página legal indica que la traducción fue cedida por Visor Libros. La documentación bibliográfica de la Biblioteca Nacional de España y el catálogo de la propia Visor permiten identificarla como la versión de Jacinto Luis Guereña, publicada originalmente por Visor en 1982.

El volumen comienza además con un texto titulado «Acercamiento a Baudelaire», que presenta al poeta antes de entrar propiamente en la obra.

Título
Las flores del mal
Autor
Charles Baudelaire
Título original
Les Fleurs du Mal
Primera publicación
Paris, Poulet-Malassis et de Broise, 1857
Editorial de nuestro ejemplar
Ediciones Orbis, S. A. / Orbis-Fabbri
Colección
Grandes Poetas
Año
1997
Traducción
Jacinto Luis Guereña, versión cedida por Visor Libros
ISBN
84-402-2177-0
ISBN-13
978-84-402-2177-3
Depósito legal
B-35.673-1997
Encuadernación
Cartoné
Fotografía de cubierta
Roger Viollet / Archivo Zardoya
Impresión
Pinter, Industrias Gráficas, S. A.
País de impresión
España

Hay una ironía bibliográfica que merece quedar como cierre.

Cuando salió de la imprenta en 1857, *Las flores del mal* fue objeto de incautación, proceso judicial, multa y censura. Se consideró necesario proteger a la sociedad de varios de sus poemas.

Ciento cuarenta años después, nuestra edición ya no necesitaba ninguna defensa.

Podía aparecer en una colección de clásicos, con tapa dura y retrato solemne del escritor, distribuida para el gran público bajo un rótulo tranquilísimo: Grandes Poetas.

El poeta acusado de corromper las buenas costumbres había terminado convertido en una de las personas con las que enseñamos qué es la poesía.

Fuentes utilizadas para contextualizar la obra