Los astronautas de Yavé — J. J. Benítez

¿Y si la estrella de Belén no hubiera sido una estrella? ¿Y si las nubes de Yavé, los ángeles y determinadas apariciones bíblicas fueran la descripción antigua de una tecnología que quienes la contemplaron no podían comprender?

Esa es la provocación que J. J. Benítez lleva hasta sus últimas consecuencias en Los astronautas de Yavé. Pero hay un matiz importante: Benítez no sustituye a Dios por extraterrestres. Su hipótesis es más extraña. Dios permanece en lo alto del sistema; los «astronautas» serían los encargados de ejecutar materialmente una parte del plan.

A partir de evangelios canónicos y apócrifos, episodios del Antiguo Testamento y su propia experiencia investigando fenómenos ovni, el autor reconstruye la preparación del nacimiento de Jesús como si estuviéramos ante una operación dirigida durante generaciones: selección de personas, vigilancia, comunicaciones, desplazamientos, intervenciones físicas y una tecnología interpretada por los antiguos como manifestación sobrenatural.

Los astronautas de Yavé de J. J. Benítez, Biblioteca J. J. Benítez
Ejemplar de Los astronautas de Yavé conservado en Librería5, edición de Planeta-DeAgostini.

El libro no empieza con extraterrestres

La estructura es uno de los aspectos más interesantes de la obra. Benítez podría haber empezado directamente con una nave sobre Belén. No lo hace.

Los primeros capítulos se dedican a los evangelios apócrifos y a los años anteriores al nacimiento de Jesús. Aparecen Joaquín y Ana, tradicionalmente considerados padres de María; el misterioso embarazo de Ana; la infancia de María; su alimentación; y finalmente el proceso mediante el cual José es elegido como esposo.

Los títulos son deliberadamente detectivescos: «Los asombrosos y desconocidos Evangelios apócrifos», «Los abuelos de Jesús: una familia adinerada», «Tres horas de terror», «El no menos misterioso embarazo de la abuela de Jesús» o «La complicada elección de un esposo para María».

Benítez utiliza esos textos para rellenar los enormes silencios de los evangelios canónicos sobre la familia y la infancia de María. Su lectura parte de una pregunta recurrente: si determinados relatos describen presencias luminosas, mensajeros, órdenes precisas o acontecimientos físicos extraordinarios, ¿es obligatorio interpretarlos exclusivamente mediante categorías sobrenaturales?

El verdadero salto: de los ángeles a los astronautas

Ahí aparece el mecanismo intelectual que gobierna todo el libro.

Benítez propone imaginar a determinados «ángeles» no como espíritus incorpóreos, sino como seres físicos enormemente avanzados. Para un hombre de la Antigüedad, sostiene, una criatura capaz de descender del cielo, comunicarse a distancia, producir una luminosidad extraordinaria o utilizar una nave habría sido descrita inevitablemente con vocabulario religioso.

El escritor procede entonces a hacer algo muy propio del siglo XX: releer la Biblia utilizando las categorías de la carrera espacial.

El núcleo de Los astronautas de Yavé no es «Dios era un extraterrestre». La propuesta es que una inteligencia superior habría encargado a seres tecnológicamente avanzados la ejecución de determinadas fases de un plan religioso: preparar al pueblo de Israel y, finalmente, el nacimiento del «Enviado».

Esa distinción explica por qué el libro puede mezclar sin demasiada incomodidad fe religiosa y ovnis. Benítez no pretende destruir el relato divino: intenta darle una materialidad tecnológica.

Los «micrófonos» de Yavé

El capítulo décimo anuncia perfectamente el método con un título imposible de confundir: «Los micrófonos de Yavé».

La Biblia está llena de personajes que oyen instrucciones procedentes de Dios, de un ángel o de una presencia que no siempre pueden ver. Para una lectura religiosa tradicional no existe dificultad: Dios habla.

Benítez cambia la pregunta. ¿Y si algunas de esas voces correspondieran a algún procedimiento técnico de comunicación?

El movimiento es característico de todo el libro. Una descripción antigua posee una explicación teológica; Benítez intenta construir junto a ella una traducción tecnológica. Allí donde el texto habla de una voz, imagina comunicaciones. Allí donde aparece una nube luminosa, considera un vehículo. Donde alguien es separado durante días del resto del pueblo, contempla la posibilidad de un periodo de instrucción.

Una nube que un piloto del siglo XX reconocería

El siguiente capítulo se titula «Una nube que ha sido vista por nuestros pilotos». El asunto conduce directamente a las manifestaciones de Yavé durante el Éxodo: nubes, columnas luminosas y fenómenos capaces de desplazarse y acompañar a los israelitas.

Benítez observa esas descripciones con los ojos de un investigador ovni de finales de los años setenta.

Para él, llamar «nube» a un objeto no implica necesariamente que el objeto fuese meteorológico. Un testigo antiguo podía disponer únicamente de comparaciones: nube, fuego, resplandor, gloria. El escritor intenta traducir esos términos al vocabulario contemporáneo de luces, objetos aéreos y vehículos.

Ésta es una de las operaciones más recurrentes del libro y también una de las más discutibles: una semejanza descriptiva se convierte en indicio de identidad tecnológica.

Moisés, cuarenta días de «entrenamiento»

La reinterpretación alcanza después a Moisés.

El capítulo 12 lleva por título «Moisés: cuarenta días de entrenamiento». Benítez toma el aislamiento de Moisés y su contacto prolongado con Yavé y lo presenta mediante el lenguaje de una preparación especial.

El cambio de una sola palabra altera radicalmente la lectura. «Revelación» pertenece al lenguaje religioso. «Entrenamiento» pertenece al lenguaje militar, científico y espacial.

Y ése es precisamente el efecto buscado.

Moisés deja de parecer únicamente un profeta que recibe mandamientos y empieza a funcionar dentro de la hipótesis de Benítez como un hombre seleccionado, preparado y utilizado para conducir una operación de enorme alcance histórico.

El Éxodo convertido en una operación

Los capítulos siguientes llevan la hipótesis todavía más lejos: «Una delicada misión», «Los astronautas preparan el éxodo», «Dos matanzas muy poco claras...» y «Los astronautas perdieron la paciencia».

El Éxodo ya no es leído solamente como liberación religiosa del pueblo elegido. Benítez lo convierte en una fase de un programa prolongado durante siglos.

Su idea es que la comunidad de Israel debía ser formada, conducida y preservada hasta convertirse en el entorno humano adecuado para el futuro nacimiento de Jesús. El proceso habría requerido intervenciones que las generaciones posteriores conservaron transformadas en episodios de presencia divina.

Es una reinterpretación extraordinariamente ambiciosa porque conecta dos historias que suelen estudiarse separadamente: Moisés y la Natividad.

Para Benítez son capítulos de una misma operación.

Y entonces volvemos a María

Después de establecer ese precedente, el libro regresa bruscamente al punto hacia el que se dirigía desde el principio: la concepción y el nacimiento de Jesús.

Los títulos de los capítulos 17 y 18 expresan sin rodeos la tesis:

  • «La Anunciación: ¿un doble encuentro con los astronautas?»
  • «¿Una concepción virginal controlada?»

Aquí la operación de reinterpretación alcanza su punto más delicado.

Benítez no se limita a preguntarse si el ángel Gabriel pudo ser un ser físico. Se plantea si detrás de la concepción virginal pudo existir algún procedimiento deliberado cuyo mecanismo fuese completamente incomprensible para las personas de la época.

Desde nuestra perspectiva contemporánea, la pregunta decisiva del libro podría formularse así: si una intervención biológica tecnológicamente muy avanzada hubiese ocurrido hace dos mil años, ¿con qué palabras habría podido describirla quien la presenciara?

El autor utiliza esa posibilidad para reinterpretar la virginidad no como una objeción a su hipótesis, sino precisamente como uno de sus principales indicios.

Conviene insistir en la palabra correcta: hipótesis. El libro desarrolla una interpretación especulativa; no aporta una demostración histórica o científica de una intervención extraterrestre.

José, el hombre al que había que convencer

Uno de los problemas narrativos más interesantes aparece con José.

Según el relato evangélico, cuando descubre el embarazo de María considera repudiarla. Entonces recibe en sueños la explicación que cambia su decisión.

Benítez se pregunta por qué un simple sueño habría tenido fuerza suficiente para resolver una crisis de semejante magnitud.

El capítulo «Apariciones en sueños y mucho más» intenta precisamente transformar esos sueños en acontecimientos más físicos. El escritor considera la posibilidad de que la expresión conservada por la tradición describa algún tipo de contacto real producido durante la noche.

De nuevo encontramos el mismo procedimiento: tomar literalmente el problema planteado por el texto y sustituir la solución sobrenatural por una explicación tecnológica hipotética.

¿Se detuvo todo antes del nacimiento?

El capítulo 21 presenta uno de los episodios más extraños del libro: «Antes del parto: ¿paralización total de la zona?».

La idea procede de tradiciones apócrifas que describen el momento de la Natividad mediante una especie de suspensión extraordinaria de la actividad: el mundo parece detenerse.

En una lectura religiosa, esa quietud subraya la excepcionalidad cósmica del nacimiento.

Benítez vuelve a tomar la descripción casi como si fuera un informe. ¿Y si esa inmovilidad correspondiera a un fenómeno producido materialmente?

El capítulo siguiente continúa con otra anomalía: «La cueva, permanentemente iluminada».

Lo que para el texto religioso es signo de santidad se convierte nuevamente en una pregunta física: ¿de dónde procedía aquella luz?

La estrella de Belén pasa por una «radiografía»

Los dos capítulos finales dedicados a la Natividad contienen probablemente la imagen más poderosa de todo el libro.

Primero: «Una nave les guió desde Persia».

Después: «Radiografía de la llamada estrella de Belén».

Benítez parte de un problema conocido desde hace siglos: la estrella descrita por Mateo no se comporta exactamente como una estrella ordinaria dentro de una lectura literal del relato. Guía a los Magos y termina indicando un lugar concreto.

El escritor da un paso que la astronomía académica no da: en lugar de buscar un cometa, conjunción planetaria u otro fenómeno celeste, plantea que el objeto pudiera haber sido dirigido.

Y si era dirigido, la «estrella» deja de ser estrella.

Éste es probablemente el momento en que el título del libro se entiende por completo: los «astronautas de Yavé» serían quienes habrían convertido un plan religioso en una sucesión de acontecimientos materiales que después quedaron narrados mediante el lenguaje de ángeles, luces, nubes y estrellas.

El capítulo decisivo es el último: «Los astronautas, hoy»

Si el libro terminara en Belén sería simplemente una reinterpretación heterodoxa de textos antiguos.

Pero Benítez añade un capítulo final titulado «Los astronautas, hoy».

Ahí aparece el verdadero puente con toda su producción sobre ovnis. El autor considera que las experiencias contemporáneas con objetos luminosos, seres de apariencia humana, mensajes y apariciones pueden pertenecer al mismo fenómeno descrito por las tradiciones religiosas.

Los antiguos hablaron de ángeles.

El siglo XX habló de extraterrestres.

Benítez se pregunta si ambos vocabularios podrían estar intentando describir una misma realidad.

De esta manera, el libro termina transformando la Natividad en una pieza dentro de una teoría histórica mucho más grande: habría existido una intervención continuada de inteligencias superiores en determinados momentos de la humanidad.

Lo más interesante: Benítez no elimina a Dios

Esta característica diferencia el libro de una versión elemental de la teoría de los antiguos astronautas.

Benítez no parece interesado en sustituir la religión por una explicación extraterrestre.

Hace algo mucho más peculiar: intenta fusionarlas.

Dios continúa siendo la causa última. El «plan» continúa siendo espiritual. Jesús continúa ocupando una posición excepcional. Pero una parte de los instrumentos utilizados para ejecutar esa historia pertenecería al mundo físico.

Los ángeles serían enviados en un sentido casi literal.

Eso produce una especie de teología tecnológica: por encima estaría la divinidad; debajo, diferentes jerarquías; y en contacto con la humanidad, seres suficientemente próximos a nosotros para desplazarse en vehículos, comunicarse y realizar intervenciones materiales.

La ciencia ficción utiliza a menudo estructuras semejantes. Benítez, sin embargo, insiste en presentarlo como una hipótesis construida a partir de textos religiosos y de su investigación del fenómeno ovni.

El problema de los evangelios apócrifos

Buena parte del edificio depende de una decisión metodológica: conceder a los evangelios apócrifos un importante valor informativo.

Esos textos son reales y poseen enorme interés histórico. El Protoevangelio de Santiago, por ejemplo, contiene precisamente muchas de las tradiciones utilizadas para reconstruir la historia de Joaquín, Ana, María y José.

Pero su existencia no demuestra que los episodios narrados sucedieran.

La investigación moderna fecha el Protoevangelio de Santiago en el siglo II. Oxford lo considera la elaboración escrita más antigua conservada de los relatos canónicos de infancia y señala que las teorías que intentaban situarlo como fuente anterior a Mateo y Lucas no han obtenido aceptación general.

Los apócrifos son fuentes extraordinarias para estudiar cómo evolucionaron las creencias y tradiciones cristianas. Utilizarlos como si fueran testimonios independientes y contemporáneos de la infancia de María o Jesús plantea un problema histórico mucho mayor.

Éste es uno de los puntos donde conviene separar dos preguntas diferentes:

¿Es ingeniosa la reinterpretación de Benítez? En muchos momentos, sí.

¿Demuestra históricamente que aquellas escenas describían tecnología extraterrestre? No.

La distancia entre ambas preguntas es precisamente el espacio en el que funciona el libro.

Un libro nacido en plena era espacial

Los astronautas de Yavé apareció originalmente en 1980.

La fecha importa.

Solo habían pasado once años desde la llegada del Apolo 11 a la Luna. Los ovnis formaban parte de la cultura popular, los programas espaciales habían convertido términos antes fantásticos en lenguaje cotidiano y la posibilidad de otras civilizaciones tecnológicas ocupaba un lugar privilegiado en la imaginación colectiva.

Benítez llevaba además años investigando el fenómeno ovni. En torno a este libro aparecen títulos como 100.000 kilómetros tras los ovnis, Incidente en Manises y Televisión española, operación OVNI.

Resulta difícil imaginar Los astronautas de Yavé escrito exactamente de la misma manera cincuenta años antes.

Su peculiaridad consiste en volver a leer documentos de la Antigüedad con el vocabulario intelectual de la era espacial.

El ejemplar conservado en Librería5

Nuestra copia pertenece a la Biblioteca J. J. Benítez y fue publicada por Editorial Planeta-DeAgostini.

Título
Los astronautas de Yavé
Autor
J. J. Benítez
Primera publicación
1980
Editorial de esta edición
Editorial Planeta-DeAgostini, S. A.
Colección
Biblioteca J. J. Benítez
Año de esta edición
2000
ISBN
84-395-8264-1
ISBN-13
978-84-395-8264-9
Depósito legal
B. 32.068-2000
Dibujos
F. Ghot
Director editorial
Virgilio Ortega
Coordinación
Pilar Mora
Diseño de cubierta
Compañía de Diseño
Realización gráfica
Noemí Reyes
Impresión
Cayfosa-Quebecor, Santa Perpètua de Mogoda, Barcelona
Distribución
Logista
Extensión
293 páginas según los registros bibliográficos consultados
Contracubierta de Los astronautas de Yavé de J. J. Benítez
La contracubierta presenta el núcleo de la investigación: los detalles de la preparación y el nacimiento de Jesús que Benítez intenta reinterpretar mediante fuentes apócrifas y su hipótesis de los «astronautas».

¿Qué queda después de cerrar el libro?

La tesis extraterrestre es la parte más llamativa de Los astronautas de Yavé, pero quizá no sea lo más interesante que deja su lectura.

El libro obliga continuamente a observar cómo traducimos lo desconocido.

Un hombre de hace tres mil años ve una luz en el cielo y dispone de un vocabulario religioso. Un hombre de 1980 contempla una descripción semejante y dispone de otro: nave, astronauta, comunicación, radiación, control remoto.

Benítez da por supuesto demasiadas veces que el segundo vocabulario explica mejor al primero. Ése es el punto más frágil de su método.

Pero la pregunta que hay detrás conserva fuerza: ¿cuánto de lo que creemos comprender depende simplemente de las categorías disponibles en nuestra propia época?

Ahí es donde Los astronautas de Yavé resulta más curioso como documento cultural. Nos habla de Moisés, María y Belén, pero también habla de 1980: del momento en que la humanidad acababa de pisar la Luna y algunos empezaron a mirar hacia los viejos cielos de la Biblia preguntándose si nuestros antepasados habían visto algo que todavía no sabían nombrar.

Fuentes principales utilizadas para contextualizar la obra