Los periodistas que ayudaron a descubrir Watergate regresaron después de la caída de Richard Nixon para investigar algo que ningún periódico había podido contar mientras sucedía: qué ocurrió dentro de la Casa Blanca cuando un presidente comprendió que estaba perdiendo el poder.
Bob Woodward y Carl Bernstein habían narrado en Todos los hombres del presidente cómo siguieron las pistas del escándalo. Para Los días finales cambiaron completamente de perspectiva. Entrevistaron a 394 personas, reconstruyeron conversaciones privadas y penetraron en los despachos, hogares y relaciones personales de quienes habían vivido la crisis desde dentro.
El resultado, publicado originalmente en 1976, provocó otra tormenta en Washington. Nixon aparecía aislado, bebiendo, llorando y sometido a una presión psicológica extrema mientras sus colaboradores discutían cómo conseguir que abandonara el cargo. Nuestro ejemplar pertenece a una edición especial de 4.000 copias realizada para los socios de Discolibro en junio de 1977, cuando aquellas escenas todavía formaban parte de una polémica reciente.
Después de investigar Watergate, investigaron la caída
Cuando Woodward y Bernstein comenzaron este segundo libro ya no eran los dos reporteros relativamente desconocidos que habían empezado a tirar del hilo del allanamiento de las oficinas del Partido Demócrata en el complejo Watergate. Su investigación había contribuido a convertir un aparentemente pequeño caso de espionaje político en una crisis constitucional. El trabajo de The Washington Post recibió el Pulitzer de Servicio Público de 1973 y los dos periodistas se habían convertido en los rostros más reconocibles de aquella cobertura.
Todos los hombres del presidente, aparecido en 1974, había contado fundamentalmente la historia desde el lado de los reporteros: llamadas, fuentes, verificaciones, errores, pistas y discusiones dentro de la redacción. Los días finales comienza donde aquella perspectiva deja de resultar suficiente. La pregunta ya no consiste en averiguar qué había hecho la administración Nixon, sino en reconstruir qué estaba ocurriendo dentro de ella mientras las pruebas se acumulaban y la posibilidad de una destitución dejaba de ser una amenaza abstracta.
El cambio modifica completamente el tipo de narración. Woodward y Bernstein abandonan en gran medida su condición de personajes y tratan de situar al lector dentro de la Casa Blanca, entre abogados, familiares, secretarios, congresistas, asesores y altos funcionarios. El poder aparece así desde una posición poco habitual: no cuando se conquista o se ejerce con seguridad, sino cuando empieza a desaparecer y quienes lo rodean deben decidir si continúan defendiendo al presidente, se protegen a sí mismos o le explican que ha llegado el momento de marcharse.
394 personas detrás de una narración casi novelesca
La investigación necesaria para conseguir esa perspectiva fue enorme. La sobrecubierta de nuestra edición habla de cerca de cuatrocientos entrevistados; el prólogo original precisa la cifra: 394 personas. Algunas hablaron durante decenas de horas y una fue entrevistada diecisiete veces. A las conversaciones se añadieron notas contemporáneas, memorandos, correspondencia, agendas, diarios y otros documentos que permitían comprobar horarios, movimientos y secuencias de acontecimientos.
Los agradecimientos conservados en nuestro ejemplar muestran hasta qué punto el proyecto se había convertido también en una empresa del propio entorno de The Washington Post. El periódico concedió a Woodward y Bernstein una licencia especial para escribir el libro y la prorrogó dos veces. Los autores agradecen expresamente el apoyo de Katharine Graham, Ben Bradlee, Howard Simons, Harry Rosenfeld y Len Downie, varios de los nombres fundamentales de la dirección y edición del periódico durante Watergate.
El resultado tiene una técnica muy diferente a la de una historia política convencional. Las escenas se suceden como si hubiera un observador invisible dentro de cada habitación: alguien entra en un despacho, otro telefonea, Nixon pregunta algo, Kissinger reacciona, un abogado vuelve a escuchar una cinta y un miembro de la familia intenta interpretar el estado de ánimo del presidente. La acumulación de detalles produce una sensación de presencia casi novelesca, pero precisamente esa eficacia narrativa originó uno de los grandes debates sobre el libro.
Muchas fuentes permanecían protegidas por el anonimato. El lector podía encontrarse con conversaciones y pensamientos extraordinariamente precisos sin disponer de una nota al pie que explicara quién los había proporcionado. Algunos críticos aceptaron la formidable investigación pero cuestionaron hasta qué punto podía evaluarse una reconstrucción tan minuciosa cuando una parte sustancial de sus cimientos permanecía oculta. El problema es inherente al periodismo basado en fuentes confidenciales: sin ellas buena parte de la historia nunca podría haberse escrito, pero utilizarlas obliga al lector a depositar una enorme confianza en los periodistas que las protegen.
Del Tribunal Supremo a la carta de dimisión
La parte más intensa del libro se concentra en poco más de dos semanas. El 24 de julio de 1974, el Tribunal Supremo resolvió por unanimidad efectiva el caso United States v. Nixon y obligó al presidente a entregar grabaciones reclamadas por el fiscal especial. Aquella misma noche, el Comité Judicial de la Cámara de Representantes comenzó sus deliberaciones públicas sobre el posible impeachment. Tres días después aprobó el primer artículo, por obstrucción de la justicia; el 29 y el 30 de julio llegaron otros dos, relacionados con abuso de poder y desacato al Congreso.
La situación empeoró definitivamente el 5 de agosto, cuando la Casa Blanca hizo públicas nuevas transcripciones. Una conversación entre Nixon y H. R. Haldeman del 23 de junio de 1972, apenas seis días después del allanamiento del Watergate, mostraba al presidente participando en una estrategia destinada a frenar la investigación del FBI. Aquella grabación, que acabaría siendo conocida como la smoking gun tape, destruyó buena parte del apoyo político que Nixon todavía conservaba.
Woodward y Bernstein no se limitan a encadenar esos acontecimientos institucionales. El interés del libro está en observar cómo van repercutiendo dentro de la Casa Blanca. Cada nueva cinta reduce el espacio de maniobra de los abogados; cada cambio de posición en el Congreso modifica las expectativas de los colaboradores; cada conversación con dirigentes republicanos acerca a Nixon a una conclusión que durante días intenta evitar. El presidente conserva formalmente todos los poderes del cargo mientras, a su alrededor, cada vez más personas actúan como si su presidencia ya tuviera fecha de caducidad.
Finalmente, la noche del 8 de agosto Nixon anunció por televisión que renunciaría. Al día siguiente entregó su carta al secretario de Estado Henry Kissinger y Gerald Ford asumió la presidencia. La secuencia histórica puede resumirse fácilmente en unas cuantas fechas; lo que Los días finales intenta reconstruir son las horas intermedias, cuando la decisión todavía no estaba tomada y todos los participantes sabían que cada conversación podía modificar el final.
El Nixon privado y la gran controversia de 1976
Cuando algunos fragmentos del libro comenzaron a aparecer en la prensa antes de su publicación, la discusión dejó de centrarse únicamente en Watergate. Woodward y Bernstein describían a un Nixon psicológicamente castigado, propenso a beber más de lo habitual, aislado durante determinadas noches y capaz de alternar momentos de lucidez política con episodios de profundo abatimiento. Familiares y colaboradores aparecían preocupados por su estado y tratando de interpretar hasta dónde llegaba su deterioro.
Una de las escenas más conocidas ocurría la noche anterior al anuncio de la dimisión. Según el relato, Nixon pidió a Kissinger que rezara con él y la conversación terminó con un presidente emocionalmente quebrado. Otras escenas lo mostraban despidiéndose simbólicamente de los retratos de antiguos presidentes o caminando de noche por una Casa Blanca que sabía que pronto tendría que abandonar. La sobrecubierta española explotó precisamente este material con una frase promocional de enorme contundencia: presentaba «la agonía de un presidente» que erraba solo por la Casa Blanca, alcoholizado y al borde de la locura.
La reacción de los protagonistas fue mucho menos simple que una negación general. Henry Kissinger rechazó algunas expresiones que se le atribuían y Gerald Ford afirmó no haber observado ciertos comportamientos, mientras otros participantes aceptaban los hechos básicos pero acusaban a los autores de seleccionar los detalles más sombríos hasta crear una impresión exagerada. David Eisenhower, yerno de Nixon y fuente del libro, consideraba que Woodward y Bernstein habían desarrollado una visión demasiado unilateral del deterioro presidencial, aunque no sostenía que hubieran fabricado deliberadamente su información.
El paso del tiempo añadió nuevas capas al debate. Las propias memorias de Nixon admitieron que había pedido a Kissinger que rezara con él y que ambos se arrodillaron. Kissinger ofreció una versión distinta de algunos detalles, pero también recordó al presidente en un estado de enorme devastación emocional. La discusión sobre determinadas escenas continuó, pero la imagen básica de una Casa Blanca sometida a una presión extraordinaria dejó de resultar tan fácil de descartar como había parecido cuando los primeros extractos sacudieron Washington.
El libro que volvió a abrir Watergate
La campaña previa a la publicación convirtió The Final Days en un acontecimiento mediático antes de que la mayoría de los lectores pudiera juzgar el libro completo. Los pasajes más íntimos y espectaculares dominaron titulares y comentarios, lo que produjo críticas por sensacionalismo e invasión de la privacidad. Sin embargo, algunas reseñas posteriores observaron una paradoja: leído en su totalidad, el libro podía resultar incluso más comprensivo con Nixon de lo que sugerían aquellos fragmentos promocionales.
La razón está en la propia estructura narrativa. Nixon es responsable político de una crisis que destruye su presidencia, pero también aparece como un hombre intentando conservar el control mientras su mundo personal, familiar y profesional se descompone simultáneamente. El libro no necesita absolverlo para mostrar el coste humano de la caída. Esa ambivalencia explica que distintos lectores pudieran encontrar en las mismas páginas tanto una acusación demoledora como el retrato casi trágico de un presidente derrotado por sus propias decisiones.
Comercialmente, la polémica fue explosiva. El libro alcanzó el primer puesto entre los títulos de no ficción de The New York Times y permaneció durante meses en las listas de ventas. Woodward y Bernstein coincidieron además en 1976 con otro fenómeno: la adaptación cinematográfica de Todos los hombres del presidente, protagonizada por Robert Redford y Dustin Hoffman, estaba convirtiendo la investigación de Watergate en cultura popular al mismo tiempo que The Final Days ofrecía una nueva entrega de la historia.
Aquello también marcó el final de una etapa para los autores. Bernstein abandonó The Washington Post a finales de 1976, mientras Woodward continuó en el periódico. La pareja periodística que había quedado ligada para siempre a Watergate dejó de funcionar como equipo estable precisamente cuando su fama internacional estaba alcanzando el punto máximo. Los días finales quedó así como su segundo gran trabajo conjunto y como el reverso del primero: después de investigar desde fuera una presidencia, consiguieron reconstruir su desaparición desde dentro.
Nuestro ejemplar: Watergate para los socios de Discolibro
La primera versión española había aparecido en Barcelona en 1976 bajo el sello de Librería Editorial Argos, con traducción de Iris Menéndez. Nuestra copia corresponde a otra operación editorial. En 1977, Mundo Actual de Ediciones produjo una edición especial reservada exclusivamente a los socios de Discolibro, uno de aquellos clubes que comercializaban directamente libros seleccionados entre sus suscriptores.
La página legal proporciona una precisión poco habitual sobre la tirada: la primera edición del club apareció en junio de 1977 y constó de exactamente 4.000 ejemplares. El volumen recibió además el número de título 3.220 dentro del sistema de Discolibro. Mantiene la traducción de Iris Menéndez y los derechos españoles de Argos, pero incorpora un nuevo ISBN, 84-85224-80-9, y fue impreso en Barcelona por Gráficas Román.
La sobrecubierta está diseñada por Jordi Mañosa Co y utiliza una fotografía de Richard Nixon hablando ante un atril presidencial. El gran título ocupa casi toda la mitad superior y una franja roja recuerda inmediatamente al comprador que éste era «el segundo libro de los dos periodistas que desvelaron el escándalo Watergate». La promoción no necesitaba explicar quiénes eran Woodward y Bernstein: apenas cinco años después del allanamiento, sus nombres ya funcionaban como argumento de venta.
Las solapas conservan incluso la edad de los autores tal como se presentaba aproximadamente un año antes: Carl Bernstein aparece con 32 años y Bob Woodward con 33. En junio de 1977 ya tenían 33 y 34 respectivamente, de modo que el dato parece haber sido reutilizado de materiales promocionales de la edición anterior. Es una minúscula huella del proceso editorial, pero encaja muy bien con un libro cuya edición española pasó rápidamente de las librerías al circuito de un club de lectores.
- Título
- Los días finales
- Título original
- The Final Days
- Autores
- Bob Woodward y Carl Bernstein
- Primera publicación
- Simon & Schuster, Estados Unidos, 1976
- Traducción
- Iris Menéndez
- Derechos de la edición española
- © 1976, Librería Editorial Argos, S. A.
- Editorial de nuestro ejemplar
- Mundo Actual de Ediciones, S. A.
- Edición
- Primera edición-club
- Fecha
- Junio de 1977
- Tirada
- 4.000 ejemplares
- Distribución
- Edición reservada exclusivamente a los socios de Discolibro, S. A.
- Número de título
- 3.220
- ISBN
- 84-85224-80-9
- Depósito legal
- B. 16.412-1977
- Impresión
- Gráficas Román, S. A., Barcelona
- Diseño de sobrecubierta
- Jordi Mañosa Co
- Encuadernación
- Tapa dura con sobrecubierta ilustrada
La frase de la contracubierta resume con la exageración deliberada de la publicidad aquello que hizo famoso al libro: unos hechos que «ningún periódico pudo publicar». No era completamente literal, porque buena parte de la caída de Nixon había ocurrido bajo una atención periodística extraordinaria. Lo que un periódico no podía contar mientras sucedía eran muchas de las conversaciones privadas, dudas, escenas familiares y negociaciones que sólo comenzaron a reconstruirse cuando los participantes aceptaron hablar después.
Ahí reside todavía la fuerza de Los días finales. Watergate había demostrado que unos periodistas podían investigar al poder desde fuera. Woodward y Bernstein quisieron comprobar después si era posible reconstruir, entrevista a entrevista, cómo aquel mismo poder había vivido su derrota desde dentro.
Fuentes utilizadas para contextualizar la obra
- Simon & Schuster — ficha oficial de The Final Days, publicación original, contenido y recepción posterior.
- The Pulitzer Prizes — investigación de Watergate de The Washington Post y trabajos de Woodward y Bernstein incluidos en el Pulitzer de Servicio Público de 1973.
- Harry Ransom Center, University of Texas — archivo Woodward-Bernstein, publicación y controversia de The Final Days.
- National Archives — cronología documental de Watergate, investigación, cintas, impeachment y dimisión de Nixon.
- U.S. House of Representatives — investigación del Congreso, artículos de impeachment y aparición de la grabación conocida como smoking gun.
- Time, abril de 1976 — reacción de colaboradores y familiares de Nixon a las revelaciones de The Final Days.
- The New York Review of Books — reseña contemporánea de Nicholas von Hoffman y debate sobre el enfoque narrativo del libro.
- Biblioteca Miguel de Cervantes — registro de la primera edición española de Argos de 1976 y traducción de Iris Menéndez.
- Bob Woodward — biografía oficial, formación, servicio en la Marina e incorporación a The Washington Post en 1971.