Los estadios de la evolución humana — C. Loring Brace

En 1973 llegó a España un libro que proponía ordenar la evolución humana en grandes estadios y defendía que la cultura había convertido nuestro linaje en un caso excepcional. Un año después apareció Lucy. Nuevos fósiles comenzaron a complicar el esquema y el propio autor acabaría corrigiendo una de sus ideas fundamentales.

Los estadios de la evolución humana, de C. Loring Brace, resulta especialmente interesante por eso. No es sólo un viejo libro científico cuyos datos han envejecido, sino una fotografía de la paleoantropología en un momento en que el árbol de nuestros antepasados estaba a punto de hacerse mucho más enrevesado.

El ejemplar conservado en Librería5 fue publicado por Editorial Labor en 1973 dentro de la Nueva Colección Labor. Procede de The Stages of Human Evolution, aparecido en Estados Unidos en 1967, y su traducción fue realizada por una figura inesperada: Juan-Eduardo Cirlot, poeta, crítico de arte y autor del Diccionario de símbolos.

Los estadios de la evolución humana de C. Loring Brace, Editorial Labor
Edición española de 1973 conservada en Librería5.

Un libro sobre una historia que todavía estaba cambiando

La primera edición de The Stages of Human Evolution: Human and Cultural Origins apareció en 1967, el mismo año en que C. Loring Brace se incorporó a la Universidad de Michigan. El libro pretendía hacer algo más ambicioso que enumerar fósiles. Brace quería explicar qué procesos habían transformado a determinados primates hasta producir seres humanos capaces de alterar su propia evolución mediante comportamiento, tecnología y cultura.

El comienzo de nuestra edición todavía conserva el clima intelectual de aquel proyecto. Brace recuerda que la prehistoria humana había atraído durante mucho tiempo especulaciones poco rigurosas y se propone trabajar con un campo que, aunque incompleto, estaba creciendo gracias a nuevos hallazgos. La metáfora que encabeza el prefacio presenta los cráneos de neandertales y de los antiguos pitecántropos como pilares de un puente sobre un abismo: los fósiles permiten unir fragmentos de una historia cuyo trazado completo no podemos observar directamente.

El problema es que los pilares seguían apareciendo. Durante las décadas posteriores se descubrieron nuevas especies, se revisaron dataciones y cambiaron las relaciones propuestas entre numerosos fósiles. Brace respondió a esa situación de una forma especialmente interesante: no dejó su libro congelado en 1967. Lo reescribió en sucesivas ediciones hasta 1995, de modo que The Stages of Human Evolution terminó siendo también un registro de cómo cambiaba la propia paleoantropología.

Nuestro ejemplar de 1973 conserva una versión concreta de la evolución humana justo antes de que varios descubrimientos obligaran a su autor a modificarla.

La cultura como gran adaptación humana

Una de las ideas centrales de Brace consistía en considerar la cultura no como un añadido decorativo aparecido al final de la evolución, sino como una adaptación biológica y ecológica decisiva. Herramientas, aprendizaje social y transmisión de conductas permitían a los homínidos responder al ambiente con una rapidez imposible para una especie dependiente únicamente de mutaciones y selección natural. El ser humano podía modificar su comportamiento antes de esperar a que la anatomía cambiara durante generaciones.

Desde ese punto de vista, la cultura terminaba creando un nicho ecológico extraordinariamente poderoso. Brace imaginaba la evolución humana como una continuidad dividida por conveniencia en grandes estadios: australopitecino, pitecantropino, neandertal y humano moderno. Los nombres reflejan la terminología paleoantropológica de mediados del siglo XX y no deben confundirse sin más con las categorías utilizadas actualmente, pero permitían al autor ordenar un registro fósil que todavía era mucho más escaso que el conocido hoy.

La palabra «estadio» resulta importante porque Brace desconfiaba de las clasificaciones excesivamente rígidas. Para él, los fósiles no tenían por qué representar cajas biológicas perfectamente separadas. Eran puntos conservados dentro de procesos evolutivos continuos, y la tentación de convertir cada diferencia anatómica en una nueva entidad podía ocultar precisamente aquello que la teoría darwiniana obligaba a buscar: transformación, variación y continuidad.

Esa perspectiva explicaba también el peso concedido a la tecnología. Si distintas poblaciones permanecían conectadas mediante movimientos, cruces y transmisión cultural, una innovación importante podía extenderse mucho más rápidamente que una transformación genética. La historia biológica humana empezaba así a depender de algo que ningún otro animal había desarrollado en el mismo grado: un mundo acumulativo de conductas aprendidas.

Neandertales, especie única y rechazo de las fronteras rígidas

La interpretación de los neandertales muestra hasta dónde llevó Brace aquel razonamiento. Frente a la vieja representación del neandertal como una criatura bruta, especializada y condenada a desaparecer sin relación directa con nosotros, defendió que su capacidad cultural y el tamaño plenamente humano de su cerebro eran compatibles con una inteligencia semejante a la nuestra. En la primera edición de The Stages of Human Evolution los situaba incluso dentro de nuestra propia especie.

Esta posición formaba parte de la llamada hipótesis de la especie única. Brace razonaba que el nicho cultural humano era tan amplio y eficaz que distintas especies de homínidos difícilmente podrían explotarlo simultáneamente durante periodos prolongados. A partir del principio de exclusión competitiva imaginó, por tanto, una única línea humana extendida geográficamente y transformada sucesivamente a través de sus grandes estadios.

El mismo rechazo de compartimentos biológicos rígidos aparece en otro ámbito importante de su trabajo, aunque no sea el asunto central de este volumen: la diversidad de los seres humanos actuales. Brace se convirtió en uno de los antropólogos más influyentes en la crítica del concepto tradicional de «raza». En lugar de imaginar poblaciones humanas separadas por fronteras naturales precisas, insistía en que muchos caracteres varían gradualmente a través del espacio y forman clinas. Una población puede diferir estadísticamente de otra sin que la humanidad quede dividida en unos cuantos tipos biológicos discretos.

Las dos cuestiones estaban intelectualmente relacionadas. Tanto al mirar fósiles como al estudiar poblaciones vivas, Brace desconfiaba de la tendencia a transformar variaciones continuas en categorías esenciales. Su propósito era introducir de manera consecuente el pensamiento evolutivo dentro de una antropología que, a su juicio, todavía conservaba demasiadas clasificaciones heredadas de una visión anterior a Darwin.

Cuando los fósiles hicieron saltar el esquema

La historia científica del libro se vuelve especialmente interesante después de nuestra edición. En 1973, cuando Labor publicó esta traducción, la versión estricta de la hipótesis de la especie única todavía formaba parte del modelo de Brace. Al año siguiente, Donald Johanson y su equipo encontraron en Etiopía el famoso esqueleto parcial de Lucy, posteriormente clasificado como Australopithecus afarensis y fechado en aproximadamente 3,2 millones de años.

Lucy era importante por muchos motivos, pero para el esquema de Brace formaba parte de un problema más amplio. Los nuevos hallazgos mostraban una evolución humana mucho más ramificada de lo que permitía una sucesión única de estadios. Distintos homínidos habían coexistido y algunas formas de australopitecos eran bípedas mucho antes de que la fabricación sistemática de herramientas pudiera desempeñar el papel que las primeras formulaciones de Brace habían atribuido al nicho cultural.

Cuando publicó la segunda edición de The Stages of Human Evolution en 1979, Brace ya había abandonado la hipótesis de una sola especie en su forma estricta. La coexistencia documentada de formas como Homo erectus y Australopithecus boisei, junto con el reconocimiento de Australopithecus afarensis en una época anterior a las industrias líticas conocidas entonces, hacía imposible mantener el modelo exactamente como había aparecido en 1967.

Eso no significó que renunciara a todo su planteamiento. Continuó defendiendo la enorme importancia de la cultura, el flujo genético, la continuidad evolutiva y la necesidad de evitar una taxonomía excesivamente tipológica. Lo que cambió fue la pretensión de que sólo una especie de homínido pudiera ocupar en cada momento el escenario evolutivo.

Lo más valioso del ejemplar de 1973 no es que posea la última palabra sobre la evolución humana. Es precisamente lo contrario: permite observar una hipótesis científica antes de que nuevos descubrimientos obligaran a quien la había formulado a corregirla.

La genética antigua complicaría todavía más el panorama décadas después. Hoy los neandertales suelen distinguirse de Homo sapiens, pero sabemos que hubo cruzamientos entre ambas poblaciones y que ADN neandertal permanece en buena parte de la humanidad actual. El árbol humano se parece así menos a una línea única que a un conjunto de ramas que en algunos momentos se separan y en otros vuelven a intercambiar genes.

Juan-Eduardo Cirlot traduciendo evolución humana

Hay una historia editorial inesperada detrás de la versión española. Los catálogos bibliográficos identifican como traductor a Juan-Eduardo Cirlot, nombre mucho más asociado hoy con la poesía, el surrealismo, la crítica de arte y el Diccionario de símbolos que con la paleoantropología. Nacido en Barcelona en 1916, Cirlot había desarrollado una obra intelectual extraordinariamente heterogénea, interesada por el arte moderno, la música, la mitología, la simbología y las tradiciones culturales.

La traducción no resulta tan extraña si se observa el catálogo de Labor. Cirlot participó en numerosos trabajos editoriales y su amplitud cultural le permitió traducir obras muy alejadas de su producción poética. Los estadios de la evolución humana apareció además en 1973, el mismo año de su muerte, ocurrida en Barcelona el 11 de mayo. Sin conocer el mes exacto en que Labor puso el volumen a la venta, no podemos afirmar si la publicación fue anterior o posterior a su fallecimiento, pero pertenece literalmente al último año de su vida.

La obra formaba parte de la Nueva Colección Labor, identificada en los catálogos como el número 144. Las propias solapas explican la filosofía editorial con bastante claridad: ante un conocimiento cada vez más amplio y especializado, la colección quería ofrecer al lector culto textos breves, accesibles y escritos por especialistas. La serie reunió historia, antropología, literatura, ciencias, pensamiento y otras disciplinas en pequeños volúmenes destinados a funcionar como una biblioteca de consulta contemporánea.

La presentación de Brace encaja perfectamente en ese programa. La solapa insiste en que el profesor de la Universidad de Michigan pretende responder a la curiosidad por nuestros orígenes desde un enfoque actualizado y científicamente responsable, pero accesible al lector general. Conceptos como mutación, selección o los distintos modelos evolutivos debían dejar de pertenecer exclusivamente al vocabulario de los especialistas.

Nuestro ejemplar de 1973

El volumen conservado en Librería5 presenta la estética característica de una colección científica popular de los años setenta. Está encuadernado en rústica con solapas y la cubierta utiliza una composición muy directa: dos perfiles craneales trazados sobre franjas diagonales negras y rojas, mientras el título ocupa toda la zona superior. No intenta reconstruir visualmente un «hombre primitivo», sino que convierte el cráneo, una de las principales fuentes de información de la antropología física tradicional, en el emblema de la obra.

La página legal atribuye el original a Prentice-Hall, Englewood Cliffs, Nueva Jersey, en 1967, y los derechos españoles a Editorial Labor en 1973. El ISBN es 84-335-5705-X y el depósito legal B. 16427-1973. La impresión fue realizada por Grafos, S. A., en Barcelona. Los registros externos coinciden en identificar a Juan-Eduardo Cirlot como traductor y el libro como número 144 de la Nueva Colección Labor.

Título
Los estadios de la evolución humana
Autor
C. Loring Brace
Nombre completo
Charles Loring Brace IV
Título original
The Stages of Human Evolution
Primera publicación
Prentice-Hall, Englewood Cliffs, Nueva Jersey, 1967
Traducción
Juan-Eduardo Cirlot
Editorial
Editorial Labor, S. A.
Colección
Nueva Colección Labor
Número de colección
144
Año
1973
ISBN
84-335-5705-X
Depósito legal
B. 16427-1973
Impresión
Grafos, S. A., Barcelona
Encuadernación
Rústica con solapas

C. Loring Brace continuó trabajando durante décadas después de esta edición. Llegó a publicar más de doscientos cincuenta trabajos académicos, convirtió The Stages of Human Evolution en un libro de cinco ediciones y siguió investigando fósiles, dientes, variación humana y la historia del concepto de raza hasta convertirse en una figura importante de la antropología biológica estadounidense.

Por eso nuestra edición de 1973 adquiere un valor que va más allá de sus explicaciones concretas sobre homínidos. Un año después apareció Lucy; durante el resto de la década nuevos descubrimientos obligaron a Brace a abandonar una parte central de su esquema, y las décadas siguientes añadirían ADN antiguo y poblaciones humanas que en 1967 nadie podía imaginar. El libro no demuestra que la ciencia se equivocara al cambiar de opinión. Muestra precisamente cómo funciona cuando está dispuesta a hacerlo.

Fuentes utilizadas para contextualizar la obra