Los orígenes de la civilización — V. Gordon Childe

El libro que los lectores españoles conocemos como Los orígenes de la civilización llevaba en 1936 un título mucho más provocador: Man Makes Himself. El hombre se hace a sí mismo.

V. Gordon Childe utilizó la prehistoria para defender una idea enorme. La evolución biológica había producido al ser humano, pero a partir de cierto momento la especie comenzó a modificar deliberadamente las condiciones de su propia existencia. Herramientas, agricultura, excedentes, ciudades, escritura y conocimiento aceleraron una historia que ya no podía explicarse únicamente mediante la naturaleza.

De aquel intento de contar en menos de trescientas páginas miles de años de transformación surgieron algunas de las expresiones más duraderas de la arqueología moderna, entre ellas «revolución neolítica» y «revolución urbana». Nuestro ejemplar pertenece a la primera edición española, publicada por Fondo de Cultura Económica en México en 1954, apenas tres años antes de la misteriosa muerte de Childe en un acantilado australiano.

Los orígenes de la civilización de V. Gordon Childe, Fondo de Cultura Económica
Primera edición española de 1954 conservada en Librería5, dentro de la colección Breviarios del Fondo de Cultura Económica.

El libro español que cambió de nombre

La página legal de nuestro ejemplar informa de que la edición original apareció en Londres en 1936 bajo el título Man Makes Himself. La traducción literal, «El hombre se hace a sí mismo», resulta muy distinta de Los orígenes de la civilización y permite entrar directamente en la concepción histórica de Childe. No pretendía únicamente explicar dónde aparecieron la agricultura, las primeras ciudades o la escritura, sino observar cómo la humanidad había conseguido alterar progresivamente las condiciones que la propia naturaleza le imponía.

La evolución orgánica ocupa por eso las primeras páginas del libro, pero pronto deja paso a otra clase de evolución. Los demás animales dependen fundamentalmente de modificaciones biológicas heredables para adaptarse durante grandes periodos de tiempo; los seres humanos pueden fabricar una herramienta, transmitir una técnica, cultivar una planta o reorganizar una sociedad y producir transformaciones mucho más rápidas. La cultura se convierte así en un mecanismo histórico capaz de acumular innovaciones entre generaciones.

El título español desplaza el centro de gravedad hacia la civilización, pero conserva bien el recorrido narrativo. El índice comienza enfrentando historia humana e historia natural, pasa después por la evolución y las escalas temporales y llega a los recolectores de alimentos. A partir de ahí aparecen las dos grandes transformaciones que hicieron famoso el esquema de Childe: la revolución neolítica y la revolución urbana. El libro termina con otra revolución, esta vez en el conocimiento humano, y con una reflexión sobre los ritmos desiguales del progreso.

El título original resume la tesis con más fuerza que cualquier subtítulo: para Childe, llega un momento en que el ser humano deja de limitarse a adaptarse al mundo y comienza también a fabricar el mundo al que tendrá que adaptarse.

La primera revolución: producir comida

La expresión «revolución neolítica» se convirtió en una de las grandes herencias intelectuales de Gordon Childe. No designaba simplemente la aparición de piedras pulimentadas ni una nueva etapa de los catálogos arqueológicos. Lo verdaderamente revolucionario era el paso de economías basadas fundamentalmente en obtener alimentos disponibles en la naturaleza a otras capaces de producirlos mediante agricultura y domesticación de animales.

Las consecuencias se extendían mucho más allá de la comida. Cultivar y mantener rebaños favorecía nuevas relaciones con el territorio, hacía posible sostener poblaciones mayores y podía estimular formas más sedentarias de existencia. Con el tiempo, el aumento de la producción permitía acumular excedentes y crear sociedades en las que no todas las personas tenían que dedicar su actividad inmediata a conseguir alimento.

Childe veía en ese proceso una transformación comparable, por sus consecuencias históricas, con la Revolución Industrial. No quería decir necesariamente que hubiera ocurrido en unas pocas décadas. «Revolución» señalaba la magnitud del cambio: después de ella, las posibilidades económicas y sociales de una comunidad humana eran distintas.

La arqueología posterior ha complicado considerablemente esta imagen. Hoy sabemos que la domesticación fue en muchos lugares un proceso prolongado, que existieron diferentes caminos hacia la agricultura y que algunas comunidades sedentarias importantes precedieron a la dependencia plena de los cultivos. La revolución pudo durar siglos o incluso milenios. Sin embargo, el término de Childe continúa utilizándose porque las consecuencias acumuladas de aquella transformación fueron efectivamente gigantescas.

La segunda revolución: construir ciudades

La agricultura prepara el escenario para el siguiente gran cambio. Cuando existen excedentes suficientemente estables, una parte de la sociedad puede especializarse en actividades que no producen directamente alimentos. Artesanos, comerciantes, sacerdotes, administradores y otros grupos comienzan a depender del trabajo agrícola de otros y, al mismo tiempo, proporcionan nuevas capacidades a la comunidad.

Childe relacionó este proceso con la aparición de centros urbanos, una división del trabajo mucho más desarrollada, intercambios a larga distancia, administración, formas crecientes de desigualdad y sistemas de conocimiento capaces de gestionar sociedades cada vez más complejas. La escritura, la matemática y los calendarios ya no aparecen entonces como milagros culturales aislados, sino como respuestas y herramientas dentro de nuevas organizaciones económicas y políticas.

Ésta es una de las características más duraderas de su manera de pensar. Una vasija, una ciudad, un sistema de numeración o un objeto metálico no se estudian únicamente por su forma. Childe pregunta qué condiciones sociales permitieron producirlos y qué cambios provocaron después. La arqueología deja así de ser un gran almacén ordenado de objetos antiguos y se convierte en una investigación sobre sociedades que ya no pueden explicarse mediante documentos escritos.

La investigación contemporánea ha modificado muchas secuencias concretas, pero continúa examinando precisamente los vínculos que Childe colocó en primer plano: agricultura, propiedad, crecimiento demográfico, especialización, desigualdad y urbanización. Su modelo puede ser discutido sin que desaparezcan las preguntas que lo hicieron tan influyente.

El arqueólogo que quería escribir historia

Vere Gordon Childe nació en Australia en 1892 y desarrolló la mayor parte de su carrera académica en Gran Bretaña. En 1927 obtuvo la cátedra Abercromby de Arqueología Prehistórica de la Universidad de Edimburgo y participó en excavaciones tan conocidas como las de Skara Brae, en las islas Orcadas. Entre 1946 y 1957 dirigió el Institute of Archaeology de Londres, convirtiéndose en una de las figuras centrales de la arqueología europea del siglo XX.

Sin embargo, sus aportaciones más características no procedían únicamente de excavar nuevos yacimientos. Childe tenía una extraordinaria capacidad para reunir cantidades inmensas de información arqueológica dispersa por Europa y Oriente Próximo e intentar construir con ella procesos históricos generales. Le incomodaba una arqueología reducida a clasificar herramientas y cerámicas; quería utilizar aquellos restos materiales para reconstruir sociedades enteras.

Su pensamiento estuvo profundamente influido por el marxismo, especialmente por la atención a la producción, la tecnología, el trabajo y las relaciones económicas. Pero su interpretación no permaneció congelada en una fórmula simple. A lo largo de su carrera fue modificando sus explicaciones y terminó rechazando versiones excesivamente mecánicas del determinismo histórico. La tecnología y la economía importaban, pero las sociedades humanas no funcionaban como máquinas programadas para atravesar automáticamente una secuencia inevitable de etapas.

Esa ambición teórica convivía además con una voluntad divulgativa extraordinaria. Childe quería que la prehistoria pudiera ser leída como historia por personas que nunca habían pisado una excavación. Man Makes Himself fue precisamente uno de los libros concebidos para ese público y, junto con What Happened in History, alcanzó una difusión internacional excepcional.

Del racionalismo británico al Fondo de Cultura Económica

La primera edición de 1936 apareció vinculada a la Rationalist Press Association y a Watts & Co., instituciones estrechamente relacionadas dentro del movimiento racionalista británico. Su proyecto editorial pretendía hacer accesibles obras científicas, filosóficas y críticas a un público mucho más amplio que el universitario. El contexto resulta especialmente apropiado para un libro que intentaba explicar la historia humana mediante procesos naturales, materiales y sociales sin recurrir a una narración providencial.

Dieciocho años después el libro encontró un segundo hogar editorial extraordinariamente adecuado. Fondo de Cultura Económica había sido creado en México en 1934 con una orientación inicialmente económica, pero rápidamente amplió su catálogo hacia historia, filosofía, ciencias sociales, literatura y pensamiento. Desde finales de los años cuarenta, la colección Breviarios se convirtió en uno de sus grandes instrumentos de divulgación cultural: libros relativamente pequeños dedicados a asuntos enormes.

Los orígenes de la civilización apareció en 1954 como el número 92 de la colección. Nuestra edición consta de 291 páginas y fue impresa en México. La traducción, aunque no figura en las páginas fotografiadas de nuestra copia, está acreditada por los registros bibliográficos del propio Fondo y de la Biblioteca Nacional de España a Elí de Gortari.

La elección del traductor resulta especialmente interesante. De Gortari no era un profesional contratado al azar para trasladar el inglés al español, sino filósofo de la ciencia, lógico y estudioso mexicano del materialismo dialéctico. Su interés por Childe continuaría después: también tradujo Reconstruyendo el pasado. El arqueólogo marxista australiano encontró así como intérprete español a un filósofo mexicano que compartía un intenso interés por las relaciones entre ciencia, historia y materialismo.

Lo que ha envejecido y lo que permanece

Leer hoy un libro de prehistoria escrito en 1936 obliga a mantener dos perspectivas simultáneamente. Una parte importante de sus datos ha sido superada. Childe escribió antes de la revolución de la datación por radiocarbono y antes de que arqueobotánica, zooarqueología, análisis isotópicos, genética antigua y otras disciplinas permitieran reconstruir con enorme precisión procesos que él sólo podía inferir mediante estratigrafías, tipologías y comparaciones culturales.

También sabemos que muchos cambios fueron menos lineales de lo que sugerían las grandes síntesis del siglo XX. No existió una única revolución agrícola reproducida de manera idéntica por todas las sociedades, ni existe una fórmula universal mediante la cual el excedente desemboque inevitablemente en ciudad, Estado y civilización. Algunas comunidades se hicieron sedentarias antes de depender de la agricultura y distintos centros de domesticación siguieron trayectorias propias.

Pero precisamente ahí puede medirse la importancia de Childe. La arqueología contemporánea ya no necesita aceptar literalmente su modelo para continuar discutiendo sus problemas. Seguimos preguntándonos qué ocurre cuando una sociedad comienza a producir alimentos, por qué aumenta o disminuye la desigualdad, qué condiciones hacen posible una ciudad, cómo surge la especialización y qué relación existe entre conocimiento, tecnología y organización social.

Un clásico científico no tiene que seguir siendo correcto en todos sus datos. A veces sobrevive porque formuló preguntas tan fértiles que generaciones posteriores continúan intentando responderlas con herramientas que su autor nunca pudo imaginar.

El último viaje de Gordon Childe

En 1957 Childe se jubiló de la dirección del Institute of Archaeology y regresó a su Australia natal después de décadas de carrera en Gran Bretaña. El 19 de octubre de aquel año visitó Govetts Leap, un espectacular conjunto de acantilados en las Blue Mountains de Nueva Gales del Sur. Sus gafas, su pipa, una brújula, el sombrero y el impermeable quedaron cerca del borde. Su cuerpo apareció al pie del precipicio.

La investigación oficial consideró que la muerte había sido accidental, explicación plausible en un hombre muy miope que caminaba por una zona peligrosa. Sin embargo, con el paso de los años aparecieron pruebas que modificaron profundamente aquella interpretación. Childe había hablado antes de su retiro sobre la posibilidad de terminar voluntariamente su vida y había enviado a su sucesor en Londres, W. F. Grimes, una carta acompañada de un texto que pidió mantener cerrado durante una década.

Cuando aquella documentación salió finalmente a la luz quedó claro que había reflexionado seriamente sobre su propia muerte, la vejez y el temor a perder sus facultades. La mayoría de sus biógrafos considera por ello probable que saltara deliberadamente, aunque investigaciones posteriores han recordado que la posibilidad estricta de una caída accidental no puede eliminarse por completo.

Hay algo difícil de ignorar en el contraste. Childe había dedicado décadas a estudiar procesos que transformaban a la humanidad durante miles de años y había elegido para uno de sus libros una afirmación radical de la capacidad humana: Man Makes Himself. Nuestro ejemplar mexicano apareció en 1954. Tres años después, el hombre que había explicado cómo la humanidad comenzó a construir conscientemente su propio destino desapareció al borde de un acantilado australiano.

Nuestro ejemplar

El volumen conservado en Librería5 pertenece a la primera edición en español publicada en México por Fondo de Cultura Económica en 1954. Su formato responde a la identidad clásica de los Breviarios: pequeño, manejable y sobrio. La cubierta combina cartulina marrón con un rectángulo verde en el que aparecen el nombre del autor, el título, la denominación de la colección y el característico emblema del Fondo.

La página de título conserva una inscripción manuscrita de antiguo propietario. El nombre no puede identificarse con seguridad, pero junto a la firma aparece claramente «54», detalle especialmente sugerente por coincidir con el año de publicación de esta primera edición española. No podemos saber cuándo se escribió y por eso queda registrado simplemente como una peculiaridad física de nuestra copia.

Título
Los orígenes de la civilización
Autor
V. Gordon Childe
Nombre completo
Vere Gordon Childe
Título original
Man Makes Himself
Primera edición inglesa
Londres, 1936
Primera edición española
1954
Traducción
Elí de Gortari
Editorial
Fondo de Cultura Económica
Lugar de publicación
México
Colección
Breviarios del Fondo de Cultura Económica
Número de colección
92
Páginas
291
Impresión
Impreso y hecho en México
Peculiaridad del ejemplar
Inscripción manuscrita de antiguo propietario en la portada interior, acompañada de la cifra «54»

El índice termina en una tabla cronológica dedicada a Egipto y Mesopotamia, pero el verdadero arco del libro es mucho mayor. Comienza con la evolución natural y termina preguntándose por la velocidad del progreso humano. Entre un extremo y otro, los recolectores se convierten en productores, las aldeas en ciudades y la experiencia acumulada en conocimiento transmisible.

Ésa es también la razón por la que el título original continúa resultando tan poderoso. Los orígenes de la civilización explica de dónde proceden algunas de nuestras instituciones fundamentales. Man Makes Himself dice algo todavía más amplio: que una parte de aquello que llamamos humanidad es el resultado acumulado de lo que los propios seres humanos han hecho.

Fuentes utilizadas para contextualizar la obra