Luces de bohemia — Ramón del Valle-Inclán

Un poeta ciego atraviesa Madrid durante una noche. Cuando llega el amanecer está muerto. Su miserable paseo ha servido a Valle-Inclán para deformar España hasta hacerla reconocible.

Max Estrella tiene talento, una mujer, una hija y prácticamente nada más. Está ciego, ha perdido una colaboración periodística y sus libros apenas valen unas monedas. Al comenzar Luces de bohemia llega incluso a considerar con Madama Collet una salida desesperada: encender un brasero y suicidarse los tres.

Pero Max sale de casa acompañado por Don Latino de Hispalis. Lo que sigue parece primero una noche de borrachera y bohemia madrileña. En realidad es un descenso. Cada parada muestra una capa distinta de un país donde el escritor pasa hambre, la policía golpea, el político acomoda al viejo amigo, el comerciante protege su escaparate, el obrero acaba muerto y una madre sostiene en brazos a un niño atravesado por una bala.

Luces de bohemia de Ramón del Valle-Inclán, edición Austral
Edición Austral de Luces de bohemia conservada en Librería5.

Una noche con Max Estrella

La acción principal ocupa apenas unas horas. Comienza al caer la tarde y termina de madrugada, cuando Max regresa a casa.

Valle-Inclán no construye una trama convencional dividida en tres o cinco actos. Encadena quince escenas y hace que su protagonista recorra un Madrid cambiante. La ciudad funciona casi como otro personaje.

Max sale porque necesita dinero. Don Latino había llevado sus libros a vender y el poeta quiere saber qué ha ocurrido con ellos. En la librería de Zaratustra descubre, sin poder verlo, un mundo de trampas miserables: el librero y Don Latino se entienden a sus espaldas.

El viaje continúa en la taberna de Pica Lagartos. Allí aparece uno de los objetos más importantes de toda la obra: un décimo de lotería.

Max no tiene dinero ni para permitirse una fantasía de riqueza. Compra, recupera y vuelve a conservar aquel billete mientras Madrid empieza a llenarse de disturbios.

La bohemia no tiene nada de romántica

Valle-Inclán utiliza todo el imaginario de la bohemia —poetas, cafés, alcohol, tertulias, nocturnidad, literatura—, pero le quita casi toda la nostalgia.

Max es un poeta admirado por los jóvenes modernistas, pero la admiración no paga el alquiler ni da de comer a su familia. Rubén Darío aparece realmente en la obra. También aparecen escritores y personajes literarios reconocibles bajo nombres deformados.

La bohemia que contemplamos no es una existencia libre y luminosa. Es un sistema donde hombres convencidos de su superioridad artística sobreviven pidiendo dinero, empeñando ropa, bebiendo a crédito o engañándose unos a otros.

La pregunta que atraviesa la obra es cruelmente sencilla: ¿de qué sirve ser un gran poeta si el talento no impide el hambre?

Max no es únicamente una invención. Detrás de él se reconoce al escritor Alejandro Sawa, figura real de la bohemia madrileña, ciego en los últimos años de su vida y muerto en 1909 después de una existencia marcada por la pobreza.

Valle no hace una biografía de Sawa. Lo transforma. Le presta a Max una dimensión casi clásica para después obligarlo a caminar entre borrachos, policías, prostitutas, funcionarios y comerciantes.

El ciego que es capaz de ver

La paradoja más poderosa de Luces de bohemia está en el propio protagonista.

Max es físicamente ciego, pero es quien acaba viendo con mayor claridad lo que ocurre a su alrededor.

Al principio su tragedia es privada: no tiene dinero, ha perdido trabajo y no puede mantener a su familia. Durante la noche descubre que su miseria forma parte de un problema mucho mayor.

El cambio empieza a hacerse especialmente visible cuando es detenido.

El preso catalán cambia la noche

Tras un altercado con la policía, Max acaba en el Ministerio de la Gobernación y después en un calabozo. Allí conoce a un obrero catalán detenido.

La conversación transforma el tono de la obra.

Hasta entonces había habido hambre, alcohol, engaños y brutalidad, pero todavía podían parecer materiales de una comedia negra. Con el preso aparece una violencia de otra categoría: la violencia ejercida conscientemente desde el poder.

Max simpatiza con él. Cuando ambos se separan existe ya la sospecha de que el hombre no saldrá vivo.

Más tarde llega la noticia: el preso ha muerto durante un supuesto intento de fuga.

Valle-Inclán incorporó a la versión definitiva de 1924 tres nuevas escenas, y precisamente en ellas desarrolló buena parte de este hilo represivo. La obra se volvió más política y también mucho más trágica.

El viejo amigo que llegó a ministro

Max consigue ser recibido por el ministro de la Gobernación, antiguo compañero de juventud.

El contraste es perfecto.

Los dos proceden de aquel mundo literario. Uno abandonó las letras, entró en política y vive ahora rodeado por funcionarios y poder. El otro continuó siendo poeta y llega ciego, borracho, pobre y detenido.

El ministro siente afecto por Max e incluso le concede una ayuda económica. Valle-Inclán evita así convertirlo en un villano elemental. El sistema funciona de una manera más incómoda: la amistad personal puede proporcionar dinero al poeta mientras las causas de su miseria permanecen intactas.

Max sale del despacho con unas pesetas.

España sigue siendo la misma.

Rubén Darío en medio del esperpento

Después aparece uno de los encuentros más extraños del teatro español: Rubén Darío interpretándose prácticamente a sí mismo dentro de una obra que deforma a casi todo el mundo.

Max y Don Latino lo encuentran en el Café Colón.

Durante unos minutos la noche se llena de recuerdos literarios, París, Verlaine, poesía y muerte. Es uno de los momentos en los que Valle permite respirar a sus personajes antes de devolverlos a la calle.

Pero incluso esa conversación contiene una despedida. Max habla como alguien que intuye que está completando su último recorrido.

La Lunares: otra España en la misma noche

El encuentro con la joven prostituta conocida como la Lunares podría haberse convertido fácilmente en una escena moralizante.

Valle hace lo contrario.

Max habla con ella sin la superioridad habitual del cliente respetable. La muchacha aparece pobre, joven y expuesta, pero también dotada de una voz propia y de una vitalidad que contrasta con muchos personajes socialmente superiores.

En el universo del esperpento, las jerarquías morales no coinciden necesariamente con las sociales.

Un niño muerto en brazos de su madre

Después de la ligereza relativa de las escenas nocturnas llega una de las imágenes más duras de toda la obra.

Una mujer sostiene a su hijo muerto. Una bala le ha atravesado la sien durante los disturbios.

A su alrededor comienzan inmediatamente las explicaciones: el orden público, los daños en los establecimientos, las turbas, las desgracias inevitables.

Para Max no hay explicación administrativa posible.

La escena destruye cualquier tentación de considerar Luces de bohemia únicamente una sátira divertida de escritores borrachos.

El esperpento puede hacer reír, pero detrás de la caricatura hay muertos.

Entonces llega la noticia del preso

La conmoción aumenta cuando Max sabe que el compañero del calabozo ha muerto.

Las dos imágenes se superponen: el obrero abatido y el niño muerto.

El poeta que había salido de casa preocupado por unas cuantas pesetas ha terminado contemplando un país donde la pobreza, la represión y la indiferencia forman parte de una misma maquinaria.

Eso prepara la escena decisiva.

Los espejos cóncavos y el nacimiento del esperpento

En la escena XII, Max y Don Latino descansan en una calle mientras empieza a clarear.

Es ahí donde Valle-Inclán formula su estética.

La referencia procede de los espejos deformantes asociados al Callejón del Gato madrileño. Una figura normal reflejada en un espejo cóncavo se convierte en una criatura grotesca.

Max sostiene que algo semejante debe hacerse con los héroes clásicos.

Pero la idea no consiste simplemente en caricaturizar personajes.

«España es una deformación grotesca de la civilización europea».

Si la realidad ya está deformada, argumenta Max, la literatura no debe idealizarla. Debe encontrar una forma igualmente deformada capaz de revelar su verdad.

Por eso en Luces de bohemia los seres humanos se convierten a veces en muñecos, animales, máscaras o sombras; lo trágico puede aparecer junto a un chiste; un cadáver puede ser tratado como una molestia administrativa y una injusticia monstruosa convivir con una conversación tabernaria.

El esperpento no elimina la tragedia.

La hace visible mediante la farsa.

Max muere cuando empieza a ver

La ironía final del personaje es casi perfecta.

Durante el regreso a casa, el poeta ciego cree recuperar la visión. Habla de luces, entierros y figuras que sólo él parece contemplar.

Pero físicamente está hundiéndose.

Tiene frío, apenas puede caminar y termina tendido en el umbral de su propia casa.

Don Latino interpreta sus síntomas como otra borrachera.

Entonces ocurre uno de los actos decisivos de la obra.

Latino comprueba que Max ya no responde y decide llevarse su cartera. Dice hacerlo para impedir que alguien se la robe y promete devolvérsela al día siguiente.

Después se marcha.

Max muere solo en la puerta.

El entierro tampoco escapa a la deformación

Las tres últimas escenas funcionan como un epílogo después de la muerte del protagonista.

En el velatorio, hasta la certeza de que Max está muerto acaba convertida en discusión grotesca. Basilio Soulinake sostiene que podría tratarse de un caso de catalepsia. La familia duda. La funeraria tiene prisa porque debe recoger otro cadáver.

La muerte pierde cualquier solemnidad.

En el cementerio aparecen Rubén Darío y el marqués de Bradomín. Incluso junto a la tumba, literatura, memoria y caricatura continúan mezclándose.

Pero todavía falta el último golpe.

El décimo premiado

Don Latino regresa a la taberna de Pica Lagartos con una cantidad de dinero que sorprende a todos.

La explicación aparece enseguida.

El décimo que llevaba Max ha sido premiado.

Don Latino había recogido aquella cartera mientras su amigo agonizaba y ahora dispone de una fortuna inesperada.

La Pisa-Bien reconoce el número: 5.775.

La ironía sería ya suficientemente cruel si la obra terminara ahí.

No termina.

El dinero llega unas horas demasiado tarde

Entra una vendedora de periódicos.

El diario informa de la muerte por asfixia de dos mujeres en la calle de Bastardillos. Todo hace pensar que son Madama Collet y Claudinita.

Al comienzo de la obra la familia había hablado de suicidarse mediante un brasero.

Ahora Max está enterrado. Su mujer y su hija han muerto. Y Don Latino tiene en el bolsillo el dinero del décimo que habría podido aliviar su miseria.

Ese final explica el esperpento mejor que cualquier definición académica: una tragedia absoluta organizada de tal manera que resulta simultáneamente absurda, grotesca, cómica y atroz.

Don Latino todavía consigue atribuir las muertes al dolor provocado por la desaparición del gran poeta.

La pobreza desaparece de su explicación.

El décimo premiado también.

Y el hombre que podría haberlas ayudado continúa bebiendo.

Max Estrella y Alejandro Sawa

La relación entre Max Estrella y el escritor Alejandro Sawa es uno de los puentes más importantes entre ficción y realidad.

Sawa había formado parte de la bohemia literaria madrileña, había vivido en París y conoció de cerca a escritores modernistas. En sus últimos años perdió la vista y atravesó graves dificultades económicas antes de morir en 1909.

Valle-Inclán utiliza muchos rasgos de aquella figura, pero Max no es un retrato documental.

Es Sawa pasado por el espejo cóncavo.

De la misma manera, el librero Zaratustra remite a Gregorio Pueyo, editor y librero frecuentado por escritores modernistas. Rubén Darío aparece con su propio nombre. El marqués de Bradomín llega desde la propia ficción de Valle-Inclán.

Personas reales, personajes inventados y figuras deformadas conviven sin fronteras claras.

Un Madrid que tampoco es completamente real

La ciudad tiene calles, ministerios, cafés, tabernas y barrios reconocibles, pero Valle no pretende reproducir una noche histórica exacta.

Condensa acontecimientos pertenecientes a distintos momentos y construye con ellos una noche imposible.

Por eso el Madrid de Luces de bohemia es simultáneamente concreto y mítico.

Hay hambre, huelgas, represión, burocracia, violencia política, bohemia literaria y miseria urbana. Todo se concentra para que Max pueda atravesar en unas horas una miniatura de España.

De doce a quince escenas

La historia editorial de la obra ayuda a entender su contenido.

Luces de bohemia apareció inicialmente por entregas en la revista España en 1920 y aquella versión tenía doce escenas.

Cuando Valle-Inclán publicó la versión definitiva en volumen en 1924 añadió tres: las actuales escenas II, VI y XI.

El cambio resulta fundamental.

Especialmente las escenas relacionadas con el preso catalán y la violencia represiva aumentan el peso político de la obra. La peregrinación de Max deja de ser sólo el fracaso de un bohemio y se convierte con mayor claridad en una acusación contra el país que atraviesa.

La edición de Austral conservada en Librería5

Nuestro ejemplar pertenece a una de las líneas editoriales más duraderas de Luces de bohemia.

La cubierta identifica la edición de Alonso Zamora Vicente e incorpora una guía de lectura y glosario de Joaquín del Valle-Inclán.

Contracubierta de Luces de bohemia, edición Austral Teatro
Contracubierta de la edición Austral Teatro conservada en Librería5.
Título
Luces de bohemia. Esperpento
Autor
Ramón del Valle-Inclán
Primera publicación
1920, por entregas en la revista España
Versión definitiva
1924
Editorial de esta edición
Espasa / Austral
Colección
Austral Teatro
Edición
Alonso Zamora Vicente
Guía de lectura y glosario
Joaquín del Valle-Inclán
Primera edición Austral indicada
6 de octubre de 1961
Primera en esta presentación
Julio de 2010
Ejemplar conservado
Séptima impresión, octubre de 2012
Depósito legal
B. 37.611-2011
ISBN identificado por el código de barras
978-84-670-3327-4
Impresión y encuadernación
Black Print, Barcelona

Una pequeña rareza de esta impresión

La página legal de nuestro ejemplar contiene un error curioso.

Allí aparece impreso el ISBN 978-84-670-3343-4. Sin embargo, el código de barras de la contracubierta indica 978-84-670-3327-4, que es el ISBN correspondiente a esta edición de Luces de bohemia.

El número impreso por error en la página legal pertenece a otra obra de la misma colección: Romeo y Julieta de William Shakespeare.

El ejemplar permite así documentar un pequeño error de producción editorial: el código interior arrastró el ISBN de otro título de Austral Teatro, mientras la contracubierta conserva el identificador correcto.

Por qué sigue funcionando

Han pasado más de cien años desde la primera publicación de Luces de bohemia, pero una parte considerable de su violencia sigue siendo reconocible.

No porque la España actual sea la España de Max Estrella, sino porque Valle-Inclán construyó algo más duradero que una crónica política.

Escribió sobre el mecanismo mediante el cual una sociedad aprende a considerar normales sus propias deformaciones.

El niño muerto puede convertirse en un problema de orden público. El preso ejecutado, en alguien que intentó escapar. El escritor hambriento, en un genio al que todos elogian después de muerto. La pobreza de dos mujeres puede transformarse en una noticia misteriosa. Y el amigo que se queda con el dinero puede seguir hablando de su generosidad.

La realidad no necesita que Valle la vuelva grotesca.

Ésa es precisamente la acusación del esperpento.

El espejo cóncavo sólo consigue que la veamos.

Fuentes utilizadas para contextualizar la obra

  • Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Cátedra Valle-Inclán: edición digital de la versión definitiva de 1924.
  • Margarita Santos Zas, Cátedra Valle-Inclán: estudios sobre la teoría y práctica del esperpento.
  • Alonso Zamora Vicente: estudios sobre Luces de bohemia y la bohemia madrileña.
  • Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: estudios sobre Alejandro Sawa, Gregorio Pueyo y los referentes reales de la obra.
  • Austral / Espasa: datos bibliográficos de la edición moderna.