Mina de Wangel — Stendhal | Texto completo

Mina de Wangel, ilustración inspirada en el relato de Stendhal
Ilustración inspirada en Mina de Wangel

Stendhal · Literatura francesa · 1853

Mina de Wangel, relato de Henri Beyle —Stendhal—, publicado póstumamente en la Revue des Deux Mondes en 1853. Una historia de amor absoluto, identidad, engaño, orgullo y pasión llevada hasta sus últimas consecuencias. Aquí puede leerse el texto completo en español.


Autor Henri Beyle (Stendhal)
Primera publicación Revue des Deux Mondes, 1853
Edición original Tomo III, pp. 551–578

Mina de Wangel nació en el país de la filosofía y de la imaginación, en Königsberg. Hacia el final de la campaña de Francia, en 1814, el general prusiano conde de Wangel abandonó bruscamente la corte y el ejército. Una tarde, en Craonne, en Champaña, después de un combate mortífero en el que las tropas bajo su mando habían arrancado la victoria, una duda asaltó su espíritu: ¿tiene un pueblo derecho a cambiar la manera íntima y racional según la cual otro pueblo quiere ordenar su existencia material y moral? Preocupado por esta gran cuestión, el general resolvió no volver a desenvainar la espada hasta haberla resuelto; se retiró a sus tierras de Königsberg.

Vigilado estrechamente por la policía de Berlín, el conde de Wangel no se ocupó ya más que de sus meditaciones filosóficas y de su única hija, Mina. Pocos años después murió, todavía joven, dejando a su hija una inmensa fortuna, una madre débil y la desgracia de la corte, lo cual no es poco decir en la orgullosa Germania. Es cierto que, como pararrayos contra esta desgracia, Mina de Wangel poseía uno de los nombres más nobles de la Alemania oriental. Solo tenía dieciséis años; pero ya el sentimiento que inspiraba a los jóvenes militares que frecuentaban la sociedad de su padre llegaba hasta la veneración y el entusiasmo; amaban aquel carácter novelesco y sombrío que algunas veces brillaba en sus ojos.

Pasó un año: terminó su luto, pero el dolor en que la había sumido la muerte de su padre no disminuía. Los amigos de la señora de Wangel comenzaban a pronunciar la terrible expresión de enfermedad del pecho. Sin embargo, apenas concluido el luto, Mina tuvo que presentarse en la corte de un príncipe soberano con quien tenía el honor de estar lejanamente emparentada. Al partir hacia C…, capital de los Estados del gran duque, la señora de Wangel, asustada por las ideas novelescas de su hija y por su profundo dolor, esperaba que un matrimonio conveniente y quizá un poco de amor la devolvieran a las ideas propias de su edad.

—¡Cuánto desearía —le decía— verte casada en este país!

—¡En este país ingrato! ¡En un país —respondía su hija con aire pensativo— donde mi padre, como recompensa por sus heridas y por veinte años de entrega, no encontró más que la vigilancia de la policía más vil que haya existido jamás! No; antes cambiaría de religión e iría a morir al fondo de algún convento católico.

Mina no conocía las cortes más que por las novelas de su compatriota Auguste Lafontaine. Aquellos cuadros de la Albane presentan a menudo los amores de una rica heredera a quien el azar expone a las seducciones de un joven coronel, ayudante de campo del rey, cabeza loca y buen corazón. Aquel amor nacido del dinero horrorizaba a Mina.

—¿Qué puede haber más vulgar y más insulso —decía a su madre— que la vida de una pareja semejante un año después del matrimonio, cuando el marido, gracias a la boda, se ha convertido en general de división y la mujer en dama de honor de la princesa heredera? ¿Qué queda de su felicidad si sufren una bancarrota?

El gran duque de C…, que no sospechaba los obstáculos que le preparaban las novelas de Auguste Lafontaine, quiso retener en su corte la inmensa fortuna de la señorita de Wangel. Y, para mayor desgracia, uno de sus ayudantes de campo comenzó a cortejar a Mina, quizá con autorización superior. No hizo falta más para decidirla a huir de Alemania. La empresa no era precisamente fácil.

—Quiero abandonar este país —dijo un día a su madre—. Quiero expatriarme.

—Cuando hablas así me haces temblar; tus ojos me recuerdan a tu pobre padre —respondió la señora de Wangel—. Bien; permaneceré neutral, no emplearé mi autoridad; pero no esperes que solicite a los ministros del gran duque el permiso que necesitamos para viajar a un país extranjero.

Mina fue muy desgraciada. Los éxitos que le habían valido sus grandes ojos azules, tan dulces, y su aire tan distinguido disminuyeron rápidamente cuando se supo en la corte que profesaba ideas contrarias a las de Su Alteza Serenísima. Así transcurrió más de un año; Mina desesperaba de obtener el permiso indispensable. Concibió el proyecto de disfrazarse de hombre y pasar a Inglaterra, donde pensaba vivir vendiendo sus diamantes. La señora de Wangel advirtió con cierta alarma que Mina se entregaba a extraños experimentos para alterar el color de su piel. Poco después supo que se había hecho confeccionar ropa de hombre. Mina observó que en sus paseos a caballo siempre se encontraba con algún gendarme del gran duque; pero, con aquella imaginación alemana heredada de su padre, las dificultades, lejos de apartarla de una empresa, se la hacían todavía más atractiva.

Sin proponérselo, Mina había agradado a la condesa de D…, amante del gran duque, mujer singular y novelesca como pocas. Un día, paseando a caballo con ella, Mina encontró a un gendarme que comenzó a seguirla de lejos. Impacientada por aquel hombre, confió a la condesa sus proyectos de fuga. Pocas horas después, la señora de Wangel recibió una nota escrita de puño y letra por el gran duque, concediéndole una ausencia de seis meses para ir a tomar las aguas de Bagnères. Eran las nueve de la noche; a las diez, las dos damas estaban ya en camino y, muy felizmente, al día siguiente, antes de que despertaran los ministros del gran duque, habían cruzado la frontera.

Fue al comienzo del invierno de 182… cuando la señora de Wangel y su hija llegaron a París. Mina obtuvo grandes éxitos en los bailes de los diplomáticos. Se dijo que aquellos señores tenían órdenes de impedir suavemente que aquella fortuna de varios millones se convirtiera en presa de algún seductor francés. En Alemania todavía se cree que los jóvenes de París se ocupan de las mujeres.

En medio de todas sus imaginaciones alemanas, Mina, que tenía dieciocho años, comenzaba a experimentar algunos destellos de sentido común; observó que no conseguía trabar amistad con ninguna francesa. En todas encontraba una cortesía extrema y, después de seis semanas de trato, estaba más lejos de su amistad que el primer día. En su aflicción, Mina advirtió que había en sus maneras algo descortés y desagradable que paralizaba la urbanidad francesa. Nunca se vio tanta modestia acompañada de tan verdadera superioridad. Por un contraste sorprendente, la energía y la brusquedad de sus resoluciones se ocultaban bajo unos rasgos que conservaban todavía toda la ingenuidad y todo el encanto de la infancia; y aquella fisonomía nunca fue destruida por el aire más grave que anuncia la razón. La razón, a decir verdad, nunca fue el rasgo dominante de su carácter.

A pesar de la educada insociabilidad de sus habitantes, París agradaba mucho a Mina. En su país detestaba que la saludaran por las calles y que reconocieran su carruaje; en C… veía espías en todos los hombres mal vestidos que se quitaban el sombrero a su paso; el anonimato de esa república que llamamos París sedujo a aquel carácter singular. A falta de las dulzuras de aquella sociedad íntima que el corazón quizá demasiado alemán de Mina todavía echaba de menos, veía que todas las noches podía encontrarse en París un baile o un espectáculo divertido. Buscó la casa en la que su padre había vivido en 1814 y de la que tantas veces le había hablado. Una vez instalada en aquella casa, de la que no sin gran esfuerzo hubo de desalojar al inquilino, París dejó de ser para ella una ciudad extranjera. La señorita de Wangel reconocía hasta las habitaciones más pequeñas de aquella vivienda.

Aunque llevaba el pecho cubierto de cruces y condecoraciones, el conde de Wangel no había sido en el fondo más que un filósofo que soñaba como Descartes o Spinoza. Mina amaba las oscuras investigaciones de la filosofía alemana y el noble estoicismo de Fichte como un corazón sensible ama el recuerdo de un hermoso paisaje. Las palabras más ininteligibles de Kant no recordaban a Mina sino el tono de voz con que su padre las pronunciaba. ¡Qué filosofía no resultaría conmovedora e incluso inteligible con semejante recomendación! Consiguió que algunos sabios distinguidos acudieran a su casa a impartir cursos a los que solo asistían ella y su madre.

En medio de aquella vida, que transcurría por las mañanas entre sabios y por las noches en los bailes de los embajadores, el amor no rozó jamás el corazón de la rica heredera. Los franceses la divertían, pero no la conmovían.

—Sin duda —decía a su madre, que a menudo se los elogiaba— son los hombres más agradables que puedan encontrarse. Admiro su brillante ingenio; cada día me sorprende y divierte su ironía tan fina; pero ¿no los encuentra afectados y ridículos en cuanto intentan parecer conmovidos? ¿Acaso su emoción llega alguna vez a ignorarse a sí misma?

—¿De qué sirven esas críticas? —respondía la prudente señora de Wangel—. Si Francia te desagrada, volvamos a Königsberg; pero no olvides que tienes diecinueve años y que puedo faltarte; piensa en escoger un protector. Si yo muriera —añadía sonriendo con aire melancólico—, el gran duque de C… te haría casar con su ayudante de campo.

Un hermoso día de verano, la señora de Wangel y su hija habían ido a Compiègne para contemplar una cacería del rey. Las ruinas de Pierrefonds, que Mina divisó de pronto en medio del bosque, la impresionaron extraordinariamente. Todavía esclava de sus prejuicios alemanes, todos los grandes monumentos encerrados en París, aquella nueva Babilonia, le parecían poseer algo seco, irónico y maligno. Las ruinas de Pierrefonds le resultaron conmovedoras, como las de aquellos viejos castillos que coronan las cumbres del Brocken. Mina suplicó a su madre que se detuvieran unos días en la pequeña posada del pueblo de Pierrefonds. Las dos damas se alojaban allí bastante mal.

Llegó un día de lluvia. Mina, atolondrada como si tuviera doce años, se instaló bajo el portalón de la posada, entretenida en contemplar cómo caía el agua. Vio el anuncio de una finca que se vendía en los alrededores. Un cuarto de hora después se encontraba en casa del notario, acompañada por una muchacha de la posada que sostenía un paraguas sobre su cabeza. El notario quedó muy sorprendido al ver a aquella joven tan sencillamente vestida discutir con él el precio de una propiedad de varios cientos de miles de francos y pedirle después que firmase un compromiso de compraventa y aceptara, como señal, unos cuantos billetes de mil francos del Banco de Francia.

Por una casualidad que me guardaré muy bien de calificar de extraordinaria, engañaron muy poco a Mina. La propiedad se llamaba Petit-Verberie. El vendedor era un conde de Ruppert, célebre en todos los castillos de Picardía. Era un joven alto y muy apuesto; se le admiraba al primer instante, pero poco después uno se sentía rechazado por algo duro y vulgar que había en él. El conde de Ruppert se declaró pronto amigo de la señora de Wangel; la divertía. Era quizá, entre los jóvenes de aquel tiempo, el único que recordaba a aquellos libertinos encantadores cuyas vidas aparecen embellecidas como una novela en las memorias de Lauzun y de Tilly.

El señor de Ruppert estaba terminando de disipar una gran fortuna; imitaba los defectos de los señores del siglo de Luis XV y no comprendía cómo se las arreglaba París para no ocuparse exclusivamente de él. Decepcionado en sus sueños de gloria, se había enamorado locamente del dinero. Una respuesta que recibió de Berlín llevó al colmo su pasión por la señorita de Wangel. Seis meses después Mina decía a su madre:

—Verdaderamente hay que comprar una finca para conseguir amigos. Tal vez perdiéramos unos cuantos miles de francos si quisiéramos desprendernos de Petit-Verberie; pero, a cambio, ahora contamos entre nuestras amistades íntimas con multitud de mujeres encantadoras.

Sin embargo, Mina no adoptó las maneras de una joven francesa. Aun admirando sus gracias tan seductoras, conservó la naturalidad y libertad de las maneras alemanas. La señora de Cely, la más íntima de sus nuevas amigas, decía de Mina que era diferente, pero no singular: una gracia encantadora hacía que se le perdonara todo; no podía leerse en sus ojos que poseía millones; carecía de la sencillez propia de la mejor sociedad, pero poseía la verdadera seducción.

Aquella vida tranquila fue alterada por un rayo: Mina perdió a su madre. En cuanto el dolor le permitió pensar en su situación, la encontró sumamente embarazosa. La señora de Cely la había llevado a su castillo.

—Debe usted regresar a Prusia —le decía aquella amiga, joven de treinta años—; es lo más sensato. Si no, tendrá que casarse aquí tan pronto como termine su luto y, mientras tanto, hacer venir enseguida de Königsberg a una dama de compañía que, si es posible, sea pariente suya.

Había una gran objeción: las alemanas, incluso las jóvenes ricas, creen que solo puede uno casarse con un hombre al que adora. La señora de Cely enumeraba ante la señorita de Wangel diez partidos convenientes; todos aquellos jóvenes parecían a Mina vulgares, irónicos, casi malvados. Mina pasó el año más desgraciado de su vida; su salud se deterioró y su belleza desapareció casi por completo.

Un día en que había ido a visitar a la señora de Cely, le anunciaron que cenaría allí la célebre señora de Larçay: era la mujer más rica y agradable de la región; se hablaba a menudo de la elegancia de sus fiestas y de la manera perfectamente digna, amable y completamente exenta de ridiculez con que sabía dilapidar una fortuna considerable.

Mina quedó sorprendida por todo lo común y prosaico que encontró en el carácter de la señora de Larçay.

—¡De modo que esto es en lo que hay que convertirse para ser querida aquí!

En medio de su dolor —pues la decepción ante lo bello es un dolor para los corazones alemanes—, Mina dejó de mirar a la señora de Larçay y, por cortesía, entabló conversación con su marido.

Era un hombre muy sencillo, cuya única credencial consistía en haber sido paje del emperador Napoleón durante la retirada de Rusia y haberse distinguido, pese a su corta edad, por un valor extraordinario durante aquella campaña y las siguientes. Habló con Mina, muy bien y sin afectación, de Grecia, donde acababa de pasar uno o dos años combatiendo contra los turcos. Su conversación agradó a Mina; le produjo el efecto de un amigo íntimo al que volviera a encontrar después de una larga separación.

Después de cenar fueron a visitar algunos lugares célebres del bosque de Compiègne. Más de una vez Mina tuvo la idea de consultar al señor de Larçay sobre lo embarazoso de su situación. Los modales elegantes del conde de Ruppert, que aquel día seguía a caballo a los coches, hacían resaltar las maneras llenas de naturalidad e incluso ingenuidad del señor de Larçay.

El gran acontecimiento en medio del cual había comenzado su vida, al mostrarle el corazón humano tal cual es, había contribuido a formar en él un carácter inflexible, frío, positivo, bastante alegre, pero carente de imaginación. Tales caracteres producen un gran efecto sobre las almas que no son sino imaginación. Mina se asombró de que un francés pudiera ser tan sencillo.

Por la noche, cuando él se marchó, Mina se sintió como separada de un amigo que desde hacía años hubiese conocido todos sus secretos. Todo le pareció seco e inoportuno, incluso la amistad tan tierna de la señora de Cely. Mina no había necesitado ocultar ninguno de sus pensamientos ante su nuevo amigo. El miedo a la pequeña ironía francesa no la había obligado a cubrir a cada instante con un velo su pensamiento alemán tan lleno de franqueza. El señor de Larçay la dispensaba de multitud de pequeñas palabras y pequeños gestos exigidos por la elegancia. Aquello le hacía parecer ocho o diez años mayor; pero, precisamente por eso, ocupó todo el pensamiento de Mina durante la primera hora que siguió a su partida.

Al día siguiente tuvo que esforzarse incluso para escuchar a la señora de Cely; todo le parecía frío y maligno. Mina ya no consideraba una quimera que hubiera que olvidar la esperanza de encontrar un corazón franco y sincero que no buscase siempre motivo para una broma en la observación más sencilla. Pasó todo el día soñadora.

Por la noche, la señora de Cely pronunció el nombre del señor de Larçay; Mina se estremeció y se levantó como si la hubieran llamado; se ruborizó mucho y le costó explicar aquel movimiento singular. En medio de su turbación, ya no pudo seguir ocultándose a sí misma aquello que tanto le importaba ocultar a los demás. Huyó a su habitación.

—Estoy loca —se dijo.

En aquel instante comenzó su desgracia y avanzó a pasos de gigante; en pocos momentos llegó hasta el remordimiento.

—¡Estoy enamorada, y amo a un hombre casado!

Tal fue el remordimiento que la agitó toda la noche.

El señor de Larçay, que partía con su esposa hacia las aguas de Aix, en Saboya, había olvidado un mapa en el que había mostrado a las damas un pequeño desvío que pensaba hacer camino de Aix. Uno de los hijos de la señora de Cely encontró el mapa; Mina se apoderó de él y huyó a los jardines. Pasó una hora siguiendo el itinerario que proyectaba el señor de Larçay. Los nombres de las pequeñas ciudades por las que iba a pasar le parecían nobles y singulares; imaginaba los paisajes más pintorescos en los que estarían situadas; envidiaba la felicidad de quienes vivían en ellas. Aquella dulce locura fue tan intensa que suspendió sus remordimientos.

Algunos días después se dijo en casa de la señora de Cely que los Larçay habían partido hacia Saboya. La noticia provocó una revolución en el espíritu de Mina; sintió un deseo vivísimo de viajar.

Quince días después, una dama alemana de cierta edad llegaba a Aix, en Saboya, en un coche de alquiler tomado en Ginebra. La dama llevaba consigo a una doncella contra la cual mostraba tan mal humor que la señora Toinod, propietaria de la pequeña posada en que se alojaba, quedó escandalizada. La señora Cramer —tal era el nombre de la dama alemana— mandó llamar a la señora Toinod.

—Quiero tomar a mi servicio —le dijo— una muchacha del país que conozca bien la ciudad de Aix y sus alrededores; no necesito para nada a esta bella señorita que tuve la estupidez de traer conmigo y que no conoce absolutamente nada de aquí.

—¡Dios mío! ¡Su señora parece estar muy enfadada con usted! —dijo la señora Toinod a la doncella cuando quedaron solas.

—No me hable de ello —dijo Aniken con lágrimas en los ojos—. ¡Valía la pena hacerme abandonar Fráncfort, donde mis padres tienen una buena tienda! Mi madre trabaja para los mejores sastres de la ciudad y lo hace todo exactamente a la moda de París.

—Su señora me ha dicho que le dará trescientos francos cuando usted quiera para volver a Fráncfort.

—Allí me recibirían mal: mi madre nunca creerá que la señora Cramer me ha despedido sin motivo.

—Pues quédese en Aix; podría encontrarle colocación. Tengo una agencia de criados; soy yo quien proporciona servicio a los bañistas. Le costará sesenta francos por los gastos y, de los trescientos de la señora Cramer, todavía le quedarán diez hermosos luises de oro.

—Habrá cien francos para usted, en vez de sesenta —dijo Aniken—, si me coloca en una familia francesa: quiero terminar de aprender francés e ir después a servir a París. Sé coser muy bien y, como garantía de mi fidelidad, depositaré en poder de mis señores veinte luises de oro que he traído de Fráncfort.

El azar favoreció la novela que ya había costado doscientos o trescientos luises a la señorita de Wangel. El señor y la señora de Larçay llegaron a la Croix de Savoie, el hotel de moda. La señora de Larçay juzgó que allí no había más que necios y tomó alojamiento en una encantadora casa a orillas del lago del Bourget.

Las aguas estaban muy animadas aquel año; acudía una gran cantidad de gente rica, se celebraban con frecuencia magníficos bailes, en los que se vestía como en París, y cada noche había una gran reunión en la Redoute. Descontenta de las costureras de Aix, poco hábiles y poco puntuales, la señora de Larçay quiso tener consigo a una muchacha que supiera trabajar. La enviaron a la agencia de la señora Toinod, que no dejó de presentarle muchachas del país manifiestamente demasiado torpes. Por fin apareció Aniken; los cien francos de la joven alemana habían duplicado la habilidad natural de la señora Toinod. El aire serio de Aniken agradó a la señora de Larçay; la contrató y mandó buscar su baúl.

Aquella misma noche, apenas sus señores partieron hacia la Redoute, Aniken paseaba soñando por el jardín, a orillas del lago.

«¡Al fin —se dijo— está consumada esta gran locura! ¿Qué será de mí si alguien me reconoce? ¿Qué diría la señora de Cely, que me cree en Königsberg?»

El valor que había sostenido a Mina mientras había algo que hacer comenzaba a abandonarla. Su alma estaba vivamente agitada; su respiración se aceleraba. El arrepentimiento, el miedo y la vergüenza la hacían muy desgraciada.

Por fin la luna surgió detrás de la montaña de Haute-Combe; su disco brillante se reflejaba en las aguas del lago, suavemente agitadas por una brisa del norte; grandes nubes blancas de formas extrañas pasaban rápidamente ante la luna y a Mina le parecían gigantes inmensos.

«Vienen de mi país —se decía—; quieren verme y darme valor en medio del extraño papel que acabo de emprender.»

Sus ojos atentos y apasionados seguían sus rápidos movimientos.

«Sombras de mis antepasados —se decía—, reconoced vuestra sangre; como vosotros, tengo valor. No os asustéis del extraño traje con que me veis; seré fiel al honor. Esta llama secreta de honor y heroísmo que me habéis transmitido no encuentra nada digno de ella en el siglo prosaico al que el destino me ha arrojado. ¿Me despreciaréis porque me fabrico un destino acorde con el fuego que me anima?»

Mina ya no era desgraciada.

Se oyeron a lo lejos sonidos armoniosos; la voz parecía venir de la otra orilla del lago. Sus acentos moribundos apenas alcanzaban el oído de Mina, que escuchaba atentamente. Sus pensamientos cambiaron de rumbo y se enterneció ante su propia suerte.

«¿De qué sirven mis esfuerzos? ¿Podré siquiera asegurarme de que esa alma celestial y pura con la que he soñado existe verdaderamente en el mundo? Permanecerá invisible para mí. ¿Acaso he hablado yo alguna vez delante de mi doncella? Este desgraciado disfraz no tendrá más resultado que exponerme a la compañía de los criados de Alfred. Jamás se dignará hablarme.»

Lloró mucho.

«Al menos lo veré todos los días», dijo de pronto; y recobrando el valor: «Una felicidad mayor no estaba hecha para mí… Mi pobre madre tenía mucha razón: “¡Cuántas locuras harás algún día —me decía— si alguna vez llegas a enamorarte!”»

La voz que resonaba sobre el lago volvió a hacerse oír, esta vez mucho más cerca. Mina comprendió entonces que procedía de una barca cuyo movimiento se transmitía a las aguas plateadas por la luna. Distinguió una dulce melodía digna de Mozart.

Al cabo de un cuarto de hora olvidó todos los reproches que podía hacerse y no pensó más que en la felicidad de ver a Alfred todos los días.

«¿Y no es necesario —se dijo finalmente— que cada ser cumpla su destino? A pesar de los felices azares del nacimiento y de la fortuna, resulta que mi destino no consiste en brillar en la corte o en un baile. Allí atraía las miradas, me veía admirada… ¡y mi aburrimiento, en medio de aquella multitud, llegaba hasta la más sombría melancolía! Todos se apresuraban a hablarme; yo me aburría. Desde la muerte de mis padres, mis únicos instantes de felicidad han sido aquellos en los que, sin tener al lado algún vecino aburrido, escuchaba la música de Mozart. ¿Es culpa mía que la búsqueda de la felicidad, natural en todos los hombres, me conduzca a esta extraña empresa? Probablemente terminará deshonrándome; pues bien, los conventos de la Iglesia católica me ofrecen un refugio.»

Sonaban las doce en el campanario de un pueblo de la otra orilla del lago. Aquella hora solemne hizo estremecerse a Mina; la luna ya no alumbraba y entró en la casa. Apoyada en la balaustrada de la galería que daba al lago y al pequeño jardín, Mina, oculta bajo el nombre de Aniken, esperó a sus señores. La música le había devuelto todo su valor.

«Mis antepasados —se decía— abandonaban su magnífico castillo de Ki… para ir a Tierra Santa; pocos años después regresaban solos, atravesando mil peligros, disfrazados como yo. El mismo valor que los animaba me arroja a mí en medio de los únicos peligros que, en este siglo pueril, insulso y vulgar, están al alcance de mi sexo. Que salga de ellos con honor, y las almas generosas podrán asombrarse de mi debilidad, pero en secreto me la perdonarán.»

Los días pasaron rápidamente y pronto encontraron a Mina reconciliada con su suerte. Tenía que coser mucho; aceptaba alegremente las obligaciones de su nueva condición. A menudo le parecía estar representando una comedia; se burlaba de sí misma cuando se le escapaba algún movimiento impropio de su papel.

Un día, a la hora del paseo, después de comer, cuando el lacayo abrió la calesa y desplegó el estribo, Mina avanzó vivamente para subir.

—Esta muchacha está loca —dijo la señora de Larçay.

Alfred la miró mucho; encontraba en ella una gracia perfecta.

Mina no se sentía en absoluto turbada por ideas de deber ni por el miedo al ridículo. Las ideas de prudencia humana estaban muy por debajo de ella; todas sus objeciones procedían únicamente del peligro de despertar las sospechas de la señora de Larçay. Apenas habían transcurrido seis semanas desde que había pasado todo un día con aquella mujer desempeñando un papel muy distinto.

Cada día Mina se levantaba muy temprano y dedicaba dos horas a ciertos preparativos de tocador exigidos por el papel que había adoptado. Aquellos cabellos rubios tan hermosos, de los que tantas veces le habían dicho que resultaba tan difícil olvidarlos, habían sucumbido a unos cuantos tijeretazos; gracias a una preparación química habían adquirido un tono mezclado que tendía al castaño oscuro. Una ligera decocción de hojas de acebo aplicada todas las mañanas a sus delicadísimas manos les daba la apariencia de una piel áspera. Cada mañana también, aquel cutis tan fresco adquiría algunos de esos tonos inciertos que traen de las colonias los blancos cuya sangre ha tenido alguna mezcla con la raza negra.

Satisfecha con su disfraz, Mina procuró no manifestar pensamientos de un orden demasiado elevado. Absorta en su felicidad, no sentía deseo alguno de hablar. Sentada junto a una ventana en la habitación de la señora de Larçay y ocupada en arreglar los vestidos para la noche, veinte veces al día oía hablar a Alfred y encontraba nuevas ocasiones para admirar su carácter.

¿Me atreveré a decirlo?… ¿Por qué no, puesto que estamos retratando un corazón alemán? Hubo momentos de felicidad y exaltación en los que llegó a figurarse que Alfred era un ser sobrenatural.

El celo sincero y entusiasta con que Mina desempeñaba sus nuevas funciones produjo su efecto natural sobre la señora de Larçay, que era un alma vulgar: trató a Mina con altivez, como a una pobre muchacha demasiado feliz de que le dieran trabajo.

«¿Todo lo sincero y vivo estará siempre fuera de lugar entre esta gente?», se preguntó Mina.

Dejó entrever su intención de reconciliarse con la señora Cramer y casi todos los días pedía permiso para visitarla.

Mina había temido que sus maneras inspiraran ideas extrañas a la señora de Larçay; comprobó con satisfacción que su nueva señora solo veía en ella a una muchacha menos hábil para coser que la doncella que había dejado en París.

El señor Dubois, ayuda de cámara de Alfred, resultó más molesto. Era un parisino de cuarenta años, cuidadosamente vestido, que consideró obligación suya cortejar a su nueva compañera. Aniken lo hizo hablar y descubrió que, afortunadamente, su única pasión consistía en reunir un pequeño capital que le permitiera abrir un café en París. Entonces, sin ningún escrúpulo, comenzó a hacerle regalos. Pronto Dubois la sirvió con tanto respeto como a la propia señora de Larçay.

Alfred observó que aquella joven alemana, unas veces tan torpe y tímida, tenía maneras muy desiguales y pensamientos justos y sutiles que merecía la pena escuchar. Mina, viendo en sus ojos que él la escuchaba, se permitió algunas respuestas delicadas y acertadas, sobre todo cuando esperaba no ser oída o comprendida por la señora de Larçay.

Si durante los dos primeros meses que la señorita de Wangel pasó en Aix un filósofo le hubiera preguntado cuál era su propósito, la puerilidad de la respuesta lo habría sorprendido y el filósofo habría sospechado algo de hipocresía. Ver y escuchar a cada instante al hombre por quien estaba loca constituía el único objetivo de su vida: no deseaba otra cosa; era demasiado feliz para pensar en el porvenir. Si el filósofo le hubiese dicho que aquel amor podía dejar de ser tan puro, la habría irritado todavía más de lo que la hubiera sorprendido.

Mina estudiaba con deleite el carácter del hombre al que adoraba. El carácter del tranquilo Larçay brillaba sobre todo por contraste con la alta sociedad en la que lo habían colocado la fortuna y el rango de su padre, miembro de la Cámara Alta. Si hubiera vivido entre burgueses, la sencillez de sus maneras, su horror a la afectación y a los grandes aires lo habrían hecho pasar ante ellos por un hombre de mediocridad consumada.

Alfred nunca intentaba decir cosas ingeniosas. Aquella costumbre fue precisamente lo que, desde el primer día, más contribuyó a despertar la extrema atención de Mina. Como veía a los franceses a través de los prejuicios de su país, le parecía que su conversación tenía siempre el aire del final de una copla de vodevil. Alfred había tratado con suficientes personas distinguidas como para poder hacer gala de ingenio recurriendo a la memoria; pero habría considerado una bajeza pronunciar frases de puro adorno que no hubiese inventado en aquel mismo instante y que alguno de los oyentes pudiera conocer tan bien como él.

Todas las noches Alfred acompañaba a su esposa a la Redoute y regresaba después a casa para entregarse a una pasión por la botánica que acababa de despertar en él la proximidad de los lugares donde Jean-Jacques Rousseau había pasado su juventud. Alfred instaló sus carpetas y sus plantas en el salón donde trabajaba Aniken.

Cada noche se encontraban solos durante horas enteras sin que ninguno pronunciara una palabra. Ambos estaban incómodos y, sin embargo, felices.

La única atención que Aniken se permitía con Alfred consistía en disolver de antemano goma en agua para que él pudiera pegar plantas secas en su herbario, y aun aquel cuidado solo se lo permitía porque podía pasar por parte de sus obligaciones.

Cuando Alfred no estaba, Mina admiraba las bonitas plantas que traía de sus excursiones por las pintorescas montañas que bordeaban el lago del Bourget. Llegó a sentir un amor sincero por la botánica. Alfred encontró aquello cómodo y pronto extraño.

«Me ama —se dijo Mina—; pero acabo de ver cómo ha recompensado la señora de Larçay mi celo por las obligaciones de mi condición.»

La señora Cramer fingió caer enferma; Mina pidió y obtuvo permiso para pasar las noches junto a su antigua señora. Alfred quedó sorprendido al sentir disminuir y casi desaparecer su afición a la botánica: permanecía por las noches en la Redoute, y su esposa se burlaba de lo mucho que parecía aburrirle la soledad.

Alfred se confesó que sentía inclinación por aquella muchacha. Molesto por la timidez que experimentaba en su presencia, tuvo un momento de vanidad:

«¿Por qué —se dijo— no actuar como lo haría uno de mis amigos? Al fin y al cabo, no es más que una doncella.»

Una noche lluviosa Mina permaneció en casa. Alfred apenas se dejó ver en la Redoute. Cuando regresó, pareció sorprendido de encontrar a Mina en el salón. Aquella pequeña falsedad, que Mina advirtió, le arrebató toda la felicidad que se prometía de aquella noche. Quizá a esta disposición debió la verdadera indignación con que rechazó las tentativas de Alfred. Se retiró a su habitación.

«Me he equivocado —se dijo llorando—; todos esos franceses son iguales.»

Durante toda la noche estuvo a punto de regresar a París.

Al día siguiente, la mirada de desprecio con que observaba a Alfred no era fingida. Alfred se sintió herido; dejó de prestar atención a Mina y pasó todas las noches en la Redoute. Sin saberlo, empleaba el mejor procedimiento.

Aquella frialdad hizo olvidar a Mina su proyecto de regresar a París.

«No corro ningún peligro junto a este hombre», se dijo.

No habían pasado ocho días cuando sintió que le perdonaba aquel pequeño retorno al carácter francés.

Alfred, por su parte, comprendía por el aburrimiento que le producían las grandes damas de la Redoute que estaba más enamorado de lo que había creído. Sin embargo, resistía. Ciertamente sus ojos se detenían con placer en Mina y le hablaba, pero ya no regresaba a casa por las noches.

Mina fue desgraciada; casi sin darse cuenta dejó de realizar con tanto cuidado cada día el arreglo destinado a transformar su fisonomía.

«¿Será un sueño? —se decía Alfred—. Aniken se está convirtiendo en una de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida.»

Una noche en que había regresado casualmente a casa, Alfred se dejó arrastrar por su amor y pidió perdón a Aniken por haberla tratado con ligereza.

—Veía —le dijo— que usted despertaba en mí un interés que jamás he sentido por nadie; tuve miedo, quise curarme o enemistarme con usted, y desde entonces soy el más desgraciado de los hombres.

—¡Ah! ¡Cuánto bien me hace, Alfred! —exclamó Mina en el colmo de la felicidad.

Pasaron aquella noche y las siguientes confesándose que se amaban con locura y prometiéndose permanecer siempre virtuosos.

El carácter reflexivo de Alfred era poco susceptible de ilusiones. Sabía que los enamorados descubren extrañas perfecciones en la persona amada. Los tesoros de inteligencia y delicadeza que descubría en Mina lo convencían de que estaba realmente enamorado.

«¿Es posible que todo sea una simple ilusión?», se preguntaba cada día.

Y comparaba lo que Mina le había dicho la víspera con lo que le decían las mujeres de sociedad que encontraba en la Redoute.

Mina, por su parte, sentía que había estado a punto de perder a Alfred. ¿Qué habría sido de ella si él hubiera continuado pasando las noches en la Redoute? Lejos de continuar representando el papel de una muchacha vulgar, jamás en su vida había pensado tanto en agradar.

«¿Debo confesar a Alfred quién soy? —se preguntaba Mina—. Su elevada razón reprobará una locura, aun hecha por él. Además —añadía suspirando—, mi suerte tiene que decidirse aquí. Si le digo que soy la señorita de Wangel, cuya propiedad se encuentra a pocas leguas de la suya, tendrá la certeza de poder volver a encontrarme en París. Es preciso, por el contrario, que la perspectiva de no volver a verme jamás lo decida a dar los extraños pasos que, ¡ay!, son necesarios para nuestra felicidad. ¿Cómo conseguir que este hombre tan prudente decida cambiar de religión, separarse de su mujer mediante el divorcio y venir a vivir como mi marido en mis hermosas tierras de Prusia oriental?»

La gran palabra ilegítimo no llegaba a alzarse como una barrera infranqueable ante los nuevos proyectos de Mina; creía no apartarse de la virtud porque no habría dudado en sacrificar mil veces su vida por Alfred.

Poco a poco la señora de Larçay se volvió decididamente celosa de Aniken. No se le había escapado la extraña transformación del rostro de aquella muchacha; la atribuía a una coquetería extrema.

La señora de Larçay habría podido conseguir su despido por la fuerza. Sus amigas le hicieron ver que no debía conceder importancia a una fantasía: bastaba con impedir que el señor de Larçay llevara a Aniken a París.

—Sea prudente —le dijeron— y su inquietud terminará con la temporada de aguas.

La señora de Larçay hizo vigilar a la señora Cramer e intentó convencer a su marido de que Aniken no era más que una aventurera que, perseguida en Viena o Berlín por alguna acción censurable a los ojos de la policía, había venido a ocultarse en las aguas de Aix y esperaba probablemente la llegada de algún estafador, socio suyo.

Aquella idea, presentada como una conjetura muy probable pero poco importante de comprobar, turbó el alma tan firme de Alfred. Para él era evidente que Aniken no era una doncella; pero ¿qué grave motivo podía haberla impulsado a desempeñar el penoso papel que representaba? Solo podía ser el miedo.

Mina adivinó fácilmente la causa de la inquietud que veía en la mirada de Alfred. Una noche tuvo la imprudencia de interrogarlo; él confesó sus sospechas. Mina quedó desconcertada. Alfred estaba tan cerca de la verdad que al principio le costó mucho defenderse.

La falsa señora Cramer, infiel a su papel, había dejado adivinar que el dinero tenía poca importancia para ella. Desesperada por el efecto que veía producir en el ánimo de Alfred las sospechas sobre la señora Cramer, estuvo a punto de decirle quién era.

Seguramente el hombre que amaba a Aniken hasta la locura amaría también a la señorita de Wangel; pero Alfred tendría entonces la seguridad de volverla a encontrar en París y ella ya no podría obtener los sacrificios necesarios para su amor.

Entre aquellas mortales inquietudes pasó Mina todo el día. La noche sería difícil. ¿Tendría valor, encontrándose sola con Alfred, para resistir la tristeza que leía en sus ojos y permitir que una sospecha demasiado natural debilitara o incluso destruyera su amor?

Llegó la noche. Alfred acompañó a su mujer a la Redoute y no regresó. Aquel día había baile de máscaras, gran ruido y una multitud enorme. Las calles de Aix estaban atestadas de carruajes pertenecientes a curiosos llegados de Chambéry e incluso de Ginebra.

Todo aquel esplendor de alegría pública duplicaba la sombría melancolía de Mina. No pudo permanecer en aquel salón donde desde hacía varias horas esperaba inútilmente a aquel hombre demasiado amable que no llegaba.

Fue a refugiarse junto a su dama de compañía. Allí encontró también la desgracia: aquella mujer le pidió fríamente permiso para abandonarla y añadió que, aunque era muy pobre, no podía decidirse a seguir desempeñando por más tiempo el poco honorable papel en que la habían colocado.

Lejos de poseer un carácter inclinado a las decisiones prudentes, en las situaciones extremas Mina solo necesitaba una palabra para representarse bajo un aspecto completamente nuevo toda una situación de la vida.

«Es verdad —se dijo, impresionada por la observación de su dama de compañía—, mi disfraz ya no engaña a nadie; he perdido el honor. Sin duda me toman por una aventurera. Puesto que lo he perdido todo por Alfred —añadió poco después—, sería una locura privarme del placer de verlo. Al menos en el baile podré mirarlo a mi gusto y estudiar su alma.»

Pidió máscaras y dominós; había llevado de París unos diamantes y se los puso, ya fuera para disfrazarse mejor a los ojos de Alfred, ya para distinguirse de la multitud de máscaras y conseguir quizá que él le hablase.

Mina apareció en la Redoute del brazo de su dama de compañía e intrigando a todo el mundo con su silencio.

Por fin vio a Alfred, que le pareció muy triste. Mina lo seguía con los ojos y era feliz cuando una voz dijo muy bajo:

—El amor reconoce el disfraz de la señorita de Wangel.

Se volvió aterrada. Era el conde de Ruppert. No podía haber tenido encuentro más funesto.

—He reconocido sus diamantes montados en Berlín —le dijo—. Vengo de Tœplitz, de Spa, de Baden; he recorrido todas las estaciones termales de Europa para encontrarla.

—Si añade una sola palabra —le dijo Mina— no volverá a verme en toda su vida. Mañana por la noche, a las siete, esté frente a la casa número 17 de la calle de Chambéry.

«¿Cómo impedir que el señor de Ruppert cuente mi secreto a los Larçay, a quienes trata íntimamente?»

Tal fue la idea fatal que sumió a Mina durante toda la noche en la más dolorosa agitación. Varias veces, desesperada, estuvo a punto de pedir caballos y partir inmediatamente.

«Pero Alfred creerá toda su vida que aquella Aniken a la que tanto amó no era sino una persona poco estimable que huía, disfrazada, de las consecuencias de alguna mala acción. Y todavía peor: si huyo sin advertir al señor de Ruppert, a pesar de su respeto es capaz de divulgar mi secreto. Pero si me quedo, ¿cómo apartar sus sospechas? ¿Con qué mentira?»

En aquel mismo baile de máscaras donde Mina tuvo tan desafortunado encuentro, todos aquellos hombres de la alta sociedad sin ingenio que acudían a las aguas a pasear su aburrimiento rodearon como de costumbre a la señora de Larçay.

Como aquella noche no sabían bien qué decirle, pues los lugares comunes propios de un salón ya no sirven en un baile de máscaras, le hablaron de la belleza de su doncella alemana.

Hubo incluso entre ellos un necio más atrevido que se permitió ciertas alusiones poco delicadas a los celos que atribuían a la señora de Larçay. Una máscara verdaderamente grosera la invitó a vengarse de su marido tomando un amante; aquella frase explotó en la cabeza de una mujer muy sensata y habituada a la aureola de halagos con que una elevada posición y una gran fortuna rodean la vida.

Al día siguiente del baile hubo un paseo por el lago. Mina quedó libre y pudo dirigirse a casa de la señora Cramer, donde recibió al señor de Ruppert. Este todavía no se había recuperado de su sorpresa.

—Grandes desgracias que han cambiado mi situación —le dijo Mina— me han llevado a hacer justicia a su amor. ¿Le convendría casarse con una viuda?

—¡Entonces se habría casado usted en secreto! —dijo el conde palideciendo.

—¿Cómo no lo adivinó —respondió Mina— cuando me vio rechazarlo a usted y a los mejores partidos de Francia?

—¡Carácter singular, pero admirable! —exclamó el conde intentando hacer olvidar su sorpresa.

—Estoy unida a un hombre indigno de mí —prosiguió la señorita de Wangel—; pero soy protestante y mi religión, que sería feliz de verlo abrazar, me permite el divorcio. No crea, sin embargo, que en este momento pueda sentir amor por nadie, aunque se tratase del hombre que me inspirara la mayor estima y confianza: solo puedo ofrecerle amistad. Me gusta vivir en Francia; ¿cómo olvidarla después de haberla conocido? Necesito un protector. Usted posee un gran nombre, mucho ingenio, todo cuanto proporciona una posición brillante en el mundo. Una gran fortuna puede convertir su palacio en la primera casa de París. ¿Quiere obedecerme como un niño? A ese precio, y solamente a ese precio, le ofrezco mi mano dentro de un año.

Durante aquel largo discurso, el conde de Ruppert calculaba las consecuencias de una novela desagradable que habría que sostener, pero acompañada siempre de una gran fortuna y, en el fondo, de una mujer realmente buena.

Con mucha gracia juró obediencia a Mina. Probó toda clase de procedimientos para penetrar más profundamente en sus secretos.

—Nada más inútil que sus esfuerzos —le respondía ella riendo—. ¿Tendrá el valor de un león y la docilidad de un niño?

—Soy su esclavo —respondió el conde.

—Vivo escondida en los alrededores de Aix, pero sé todo cuanto ocurre allí. Dentro de ocho o nueve días, mire el lago cuando suenen las doce en el reloj de la parroquia: verá una luminaria navegar sobre las aguas. Al día siguiente, a las nueve de la noche, estaré aquí y le permito venir. Pronuncie mi nombre, diga una palabra a quienquiera que sea, y no volverá a verme en toda su vida.

Después del paseo por el lago, durante el cual se había hablado más de una vez de la belleza de Aniken, la señora de Larçay regresó a casa en un estado de irritación completamente ajeno a su carácter digno y mesurado.

Recibió a Mina con unas palabras muy duras que atravesaron el corazón de la joven alemana, pues fueron pronunciadas en presencia de Alfred, que no la defendió.

Por primera vez Mina respondió de manera sutil y mordaz. La señora de Larçay creyó ver en aquel tono la seguridad de una muchacha a quien el amor que inspira hace olvidar su condición, y su cólera ya no conoció límites.

Acusó a Mina de dar citas a ciertas personas en casa de la señora Cramer, quien, a pesar del cuento de la aparente enemistad entre ambas, estaba demasiado de acuerdo con ella.

«¿Me habrá traicionado ya ese monstruo de Ruppert?», se dijo Mina.

Alfred la observaba fijamente, como queriendo descubrir la verdad. La falta de delicadeza de aquella mirada dio a Mina el valor de la desesperación: negó fríamente la calumnia de que se la acusaba y no añadió una palabra.

La señora de Larçay la despidió.

Eran entonces las dos de la madrugada. Mina hizo que el fiel Dubois la acompañara a casa de la señora Cramer. Encerrada en su habitación, derramaba lágrimas de rabia pensando en los escasos medios de venganza que le dejaba la extraña situación en la que ella misma se había colocado.

«¡Ah! ¿No sería mejor —se dijo— abandonarlo todo y volver a París? Lo que he emprendido supera mis fuerzas. Pero Alfred no conservará de mí otro recuerdo que el desprecio; toda su vida Alfred me despreciará.»

Y rompió a llorar.

Comprendió que, acompañada por aquella cruel idea que jamás la abandonaría, sería todavía más desgraciada en París que en Aix.

«La señora de Larçay me calumnia; ¡Dios sabe lo que estarán diciendo de mí en la Redoute! Esas habladurías de todo el mundo acabarán perdiéndome en el corazón de Alfred. ¡Cómo podría un francés arreglárselas para no pensar como todo el mundo! Ha podido escuchar esas cosas en mi presencia sin contradecirlas, ¡sin dirigirme una sola palabra para consolarme! Pero, ¿qué digo? ¿Acaso lo amo todavía? ¿No son estos terribles movimientos que me torturan los últimos esfuerzos de este desgraciado amor? ¡Es una bajeza no vengarse!»

Tal fue el último pensamiento de Mina.

En cuanto amaneció hizo llamar al señor de Ruppert. Mientras esperaba, paseaba agitada por el jardín. Poco a poco surgió un hermoso sol de verano que iluminó las alegres colinas de los alrededores del lago. Aquella alegría de la naturaleza duplicó la rabia de Mina.

Por fin apareció el señor de Ruppert.

«Es un fatuo —pensó Mina al verlo acercarse—; ante todo, hay que dejarlo hablar durante una hora.»

Recibió al señor de Ruppert en el salón y sus ojos sombríos contaban los minutos en el reloj. El conde estaba encantado: por primera vez, aquella pequeña extranjera escuchaba con la atención debida a su amabilidad.

—¿Cree usted al menos en mis sentimientos? —decía a Mina cuando la aguja alcanzaba el minuto que completaba aquella hora de paciencia.

—Véngame, y lo creeré todo —dijo ella.

—¿Qué hay que hacer?

—Agradar a la señora de Larçay y conseguir que su marido sepa perfectamente que ella lo engaña, que no pueda dudarlo. Entonces él le devolverá la desgracia con que las calumnias de esa mujer envenenan mi vida.

—Su pequeño proyecto es atroz —dijo el conde.

—Diga más bien que es difícil de ejecutar —respondió Mina con una sonrisa irónica.

—¿Difícil? No —replicó el conde, picado—. Arruinaré a esa mujer —añadió con ligereza—. Es una lástima; era una buena mujer.

—Tenga cuidado, señor: no le estoy obligando en absoluto a agradar realmente a la señora de Larçay —dijo Mina—. Solo deseo que su marido no pueda dudar de que usted le agrada.

El conde se marchó. Mina se sintió menos desgraciada.

Vengarse es actuar; actuar es esperar.

«¡Si Alfred muere —se dijo—, yo moriré!»

Y sonrió.

La felicidad que sintió en aquel instante la separó para siempre de la virtud. La prueba de aquella noche había sido demasiado fuerte para su carácter; no estaba preparada para verse calumniada en presencia de Alfred y contemplar cómo él daba crédito a la calumnia.

En adelante todavía podrá pronunciar la palabra virtud, pero se engañará a sí misma; la venganza y el amor se han apoderado de todo su corazón.

Mina formó en su mente el proyecto entero de su venganza: ¿era realizable? Esta fue la única duda que se le presentó. No disponía de otros medios de acción que la devoción de un necio y mucho dinero.

Apareció el señor de Larçay.

—¿Qué viene usted a hacer aquí? —dijo Mina con altivez.

—Soy muy desgraciado; vengo a llorar junto a la mejor amiga que tengo en el mundo.

—¡Cómo! ¿Y su primera palabra no es decirme que no cree la calumnia dirigida contra mí? Váyase.

—Responder a las falsas acusaciones —replicó Alfred con altivez— es decirle, como le digo, que no concibo para mí felicidad alguna lejos de usted. Aniken, no se enfade —añadió con lágrimas en los ojos—. Encuentre una manera razonable de reunirnos y estoy dispuesto a hacerlo todo. Disponga de mí, sáqueme del abismo al que el azar me ha arrojado; yo no veo ninguna salida.

—Su presencia aquí convierte en verdaderas todas las calumnias de la señora de Larçay. Déjeme y no vuelva a verme.

Alfred se alejó con más cólera que dolor.

«No encuentra nada que decirme», pensó Mina.

Cayó en la desesperación; casi se veía obligada a despreciar al hombre que adoraba.

¡Cómo! ¡No encontraba ningún medio para acercarse a ella! ¡Y era un hombre, un militar! Ella, una muchacha, en cuanto lo había amado había encontrado un medio, y un medio terrible: aquel disfraz que la deshonraría para siempre si era descubierto.

Pero Alfred había dicho: Disponga de mí; encuentre una manera razonable…

Todavía debía de quedar algún remordimiento en el alma de Mina, pues aquellas palabras la consolaron: tenía, por tanto, poder para actuar.

«Sin embargo —continuaba el abogado de la desgracia— Alfred no ha dicho: “No creo la calumnia”. Es verdad: por mucho que mi locura exagere la diferencia entre las costumbres de Alemania y las de Francia, no tengo aspecto de doncella. Entonces, ¿por qué una joven de mi edad aparece disfrazada en una ciudad de aguas?… Tal como es, ya no puedo ser feliz sino con él.

“Encuentre una manera de reunirnos —ha dicho—; estoy dispuesto a hacerlo todo.”

Es débil y me encarga que cuide de nuestra felicidad. Acepto el encargo.»

Se levantó y comenzó a pasear agitada por el salón.

«Veamos primero si su pasión puede resistir la ausencia o si es un hombre digno de ser despreciado por completo. En ese caso, Mina de Wangel conseguirá olvidarlo.»

Una hora después partió hacia Chambéry, que se encuentra apenas a dos leguas de Aix.

Alfred, sin creer demasiado en la religión, consideraba de mal gusto carecer de ella. Al llegar a Chambéry, la señora Cramer contrató a un joven ginebrino que estudiaba para convertirse en pastor protestante para que acudiera cada noche a explicar la Biblia a ella y a Aniken, a quien ahora, por amistad y para compensarla por su anterior cólera, llamaba sobrina.

La señora Cramer se alojaba en la mejor posada y nada resultaba más fácil que investigar su conducta. Creyéndose enferma, había llamado a los mejores médicos de Chambéry, a los que pagaba espléndidamente.

Mina los consultó de paso acerca de una enfermedad de la piel que algunas veces le hacía perder sus hermosos colores para darle la tez de una cuarterona.

La dama de compañía comenzó a escandalizarse mucho menos del nombre de Cramer que la habían obligado a adoptar y de toda la conducta de la señora de Wangel: sencillamente la creía loca.

Mina había alquilado Les Charmettes, casa de campo situada sobre una colina a media legua de Chambéry, donde J.-J. Rousseau cuenta haber pasado los momentos más felices de su vida. Los escritos de aquel autor constituían su único consuelo.

Un día tuvo un instante de deliciosa felicidad. Al doblar un sendero, en el pequeño bosque de castaños frente a la modesta casa de Les Charmettes, encontró a Alfred. Hacía quince días que no lo veía.

Con una timidez que encantó a Mina, él le propuso que abandonara el servicio de la señora Cramer y aceptara de él una pequeña renta.

—Tendría usted una doncella en vez de serlo, y yo nunca la vería sino en presencia de esa doncella.

Aniken rechazó la propuesta alegando motivos religiosos. Le dijo que la señora Cramer era ahora excelente con ella y parecía arrepentirse de la conducta que había tenido al llegar a Aix.

—Recuerdo perfectamente —terminó diciéndole— las calumnias de las que fui objeto por parte de la señora de Larçay; me obligan a rogarle encarecidamente que no vuelva a Les Charmettes.

Algunos días más tarde fue a Aix y quedó muy satisfecha del señor de Ruppert. La señora de Larçay y sus nuevas amigas aprovechaban el buen tiempo para hacer excursiones por los alrededores.

Durante una excursión que aquellas damas hicieron a Haute-Combe —abadía situada al otro lado del lago del Bourget, frente a Aix, y que desde 1814 es el Saint-Denis de los reyes de Cerdeña—, el señor de Ruppert, que siguiendo las instrucciones de Mina no había buscado formar parte de la compañía de la señora de Larçay, se dejó ver vagando por los bosques que rodeaban Haute-Combe.

Los amigos de la señora de Larçay comentaron mucho aquel acto de timidez en un hombre famoso por su audacia. Les pareció evidente que había concebido por ella una gran pasión.

Dubois informó a Mina de que su señor vivía sumido en la más sombría melancolía.

—Echa de menos una compañía agradable y —añadió Dubois— tiene otro motivo de pesar. ¡Quién lo habría dicho de un hombre tan sensato! ¡El señor conde de Ruppert le da celos!

Aquellos celos divertían al señor de Ruppert.

—¿Me permitiría —dijo a la señorita de Wangel— hacer que ese pobre Larçay intercepte una carta apasionada que escribiré a su esposa? Nada habrá tan divertido como las negativas de esta si él se decide a hablarle del asunto.

—Está bien —dijo Mina—; pero, sobre todo —añadió en tono muy duro—, procure no tener ningún altercado con el señor de Larçay. Si muere, jamás me casaré con usted.

Se arrepintió enseguida del tono severo con que había pronunciado aquellas palabras y se esforzó por hacerse perdonar. Advirtió que el señor de Ruppert no había percibido la dureza de lo que se le había escapado ni la repulsión que sentía por él.

El señor de Ruppert le contó que quizá la señora de Larçay no hubiera sido del todo insensible a sus atenciones; pero, para divertirse, aunque la cortejaba con la mayor asiduidad, procuraba cuidadosamente, cada vez que tenía ocasión de hablarle a solas, no dirigirle más que las palabras más indiferentes y las frases más insípidas.

Mina quedó satisfecha con aquella conducta. Era propio de aquel carácter, que bajo ciertas apariencias de razón constituía su antítesis, no despreciar a medias.

Consultó abiertamente al señor de Ruppert sobre una considerable inversión que quería hacer en deuda pública francesa y le hizo leer las cartas de su administrador de Königsberg y de su banquero de París.

Advirtió que la visión de aquellas cartas alejaba una palabra que no quería oír pronunciar: su interés por el señor de Larçay.

«¡Qué diferencia! —se decía mientras el señor de Ruppert le daba largos consejos sobre la inversión—. ¡Y hay gente que considera que el conde tiene más ingenio y encanto que Alfred! ¡Oh, nación de gente grosera! ¡Oh, nación de vodevilistas! ¡Cuánto preferiría la grave bonhomía de mis valientes alemanes, de no ser por la triste necesidad de presentarse en la corte y casarse con el ayudante de campo favorito del gran duque!»

Dubois vino a decirle que Alfred había interceptado una extraña carta dirigida por el conde de Ruppert a la señora de Larçay; Alfred se la había enseñado a su mujer, que pretendió que la carta no era sino una broma de mal gusto.

Al escuchar el relato, Mina ya no pudo dominar su inquietud. El señor de Ruppert podía desempeñar todos los papeles salvo el de un hombre excesivamente paciente.

Le propuso que fuera a pasar ocho días a Chambéry; él mostró poco entusiasmo.

—Ya estoy haciendo cosas bastante ridículas —respondió—; escribo una carta que puede convertirse en una anécdota en mi contra; al menos no debo dar la impresión de que me escondo.

—Precisamente tiene usted que esconderse —replicó Mina con altivez—. ¿Quiere vengarme o no? No quiero que la señora de Larçay me deba la felicidad de convertirse en viuda.

—¡Apuesto a que preferiría que fuese su marido quien quedara viudo!

—¿Y a usted qué le importa? —replicó Mina.

Tuvo una escena muy viva con el señor de Ruppert, que la abandonó furioso; pero al parecer reflexionó sobre la escasa probabilidad de que se inventase la calumnia que temía. Su vanidad le recordó que su valor era conocido. Mediante una sola acción podía reparar todas las locuras de su juventud y conquistar de golpe una gran posición en la sociedad parisina; aquello valía más que un duelo.

La primera persona que Mina volvió a ver en Les Charmettes, al día siguiente de regresar de Aix, fue el señor de Ruppert. Su presencia la hizo feliz; pero aquella misma noche quedó vivamente turbada: el señor de Larçay fue a verla.

—No buscaré excusas ni pretextos —le dijo con sencillez—. No puedo pasar quince días sin verla, y ayer se cumplieron quince días desde la última vez que la vi.

Mina también había contado los días; nunca se había sentido atraída hacia Alfred con tanto encanto. Pero temblaba ante la posibilidad de que tuviera un enfrentamiento con el señor de Ruppert.

Hizo cuanto pudo para obtener de él alguna confidencia respecto a la carta interceptada. Lo encontró preocupado, pero no dijo nada; solo consiguió que le dijera:

—Siento una profunda pena. No tiene nada que ver ni con la ambición ni con el dinero, y el efecto más evidente de mi triste situación es duplicar la amistad apasionada que siento por usted. Lo que me desespera es que el deber no ejerza ningún poder sobre mi corazón. Definitivamente, no puedo vivir sin usted.

—Yo jamás viviré sin usted —le dijo, tomando su mano y cubriéndola de besos al tiempo que impedía que él se arrojara sobre su cuello—. Cuide su vida, pues no le sobreviviré ni una hora.

—¡Ah! ¡Entonces lo sabe todo! —replicó Alfred, y tuvo que violentarse para no continuar.

Al día siguiente de regresar a Aix, una segunda carta anónima informó al señor de Larçay de que durante su última excursión por las montañas —el tiempo que había empleado en ir a Chambéry— su esposa había recibido en casa al señor de Ruppert.

La advertencia anónima terminaba así:

«Esta noche, hacia medianoche, la señora de Larçay debe recibir al señor de R… Comprendo demasiado bien que no puedo inspirarle ninguna confianza; por eso no actúe a la ligera. Si ha de enfadarse, no lo haga hasta haber visto. Si me equivoco y lo engaño, el único perjuicio será haber pasado una noche escondido en algún lugar próximo a la habitación de la señora de Larçay.»

Alfred quedó profundamente turbado por la carta.

Un instante después recibió una nota de Aniken:

«Acabamos de llegar a Aix; la señora Cramer acaba de retirarse a su habitación. Estoy libre; venga.»

El señor de Larçay pensó que, antes de tender una emboscada en el jardín de su casa, tenía tiempo para pasar diez minutos con Aniken.

Llegó junto a ella extremadamente agitado. Aquella noche, que ya había comenzado, iba a ser tan decisiva para Mina como para él; pero ella estaba tranquila. Frente a todas las objeciones de su razón tenía siempre la misma respuesta: la muerte.

—Está usted callado —dijo Mina al señor de Larçay—; está claro que le sucede algo extraordinario. Puesto que ha llegado hasta aquí, no pienso dejarlo marchar en toda la noche.

Contra lo que esperaba Mina, Alfred aceptó sin dificultad. En las circunstancias decisivas, un alma fuerte derrama a su alrededor una especie de magnanimidad que constituye la felicidad.

—Voy a desempeñar el estúpido oficio de marido —le dijo finalmente Alfred—. Voy a esconderme en mi jardín; me parece el modo menos desagradable de salir de la desgracia en que acaba de sumirme una carta anónima.

Se la mostró.

—¿Qué derecho tiene usted —dijo Mina— a deshonrar a la señora de Larçay? ¿No se encuentra usted en una situación de divorcio evidente? La abandona y renuncia al derecho de mantener ocupado su corazón; la entrega al aburrimiento natural de una mujer de treinta años, rica y sin la menor desgracia: ¿no tiene derecho a encontrar a alguien que la distraiga? Y es usted quien me dice que me ama, usted, más culpable que ella, pues fue el primero en ultrajar el vínculo que los unía; ¡y quiere condenarla a un aburrimiento eterno!

Aquella manera de pensar era demasiado elevada para Alfred; pero el tono de voz de Mina le infundía fuerza. Admiraba el poder que ella ejercía sobre él; estaba encantado.

—Mientras se digne admitirme junto a usted —le dijo finalmente—, no conoceré ese aburrimiento del que habla.

A medianoche hacía mucho tiempo que todo estaba tranquilo a orillas del lago; se habría distinguido el paso de un gato.

Mina había seguido a Alfred detrás de una de aquellas paredes de carpes todavía utilizadas en los jardines de Saboya.

De pronto, un hombre saltó desde un muro al jardín. Alfred quiso correr hacia él; Mina lo retuvo con fuerza.

—¿Qué averiguará si lo mata? —le dijo muy bajo—. Y si no fuera más que un ladrón, o el amante de una mujer distinta de la suya, ¡qué arrepentimiento después de haberlo matado!

Alfred había reconocido al conde; estaba fuera de sí de cólera. Mina tuvo grandes dificultades para contenerlo.

El conde tomó una escalera escondida junto a un muro y la apoyó rápidamente contra una galería de madera de ocho o diez pies de altura que recorría el primer piso de la casa. Una de las ventanas del dormitorio de la señora de Larçay daba a aquella galería.

El señor de Ruppert entró en la casa por una ventana del salón.

Alfred corrió hacia una pequeña puerta de la planta baja que daba al jardín; Mina lo siguió. Consiguió retrasar unos instantes el momento en que él pudo encontrar un eslabón y encender una vela. Logró quitarle las pistolas.

—¿Quiere —le dijo— despertar de un disparo a todos los bañistas que ocupan los otros pisos de la casa? ¡Bonita anécdota para mañana por la mañana! Incluso en el momento de una venganza que a mis ojos resulta ridícula, ¿no es mejor que un público malicioso y ocioso no conozca la ofensa hasta conocer al mismo tiempo la venganza?

Alfred avanzó hasta la puerta del dormitorio de su esposa; Mina seguía detrás.

—¡Sería divertido —le dijo— que delante de mí tuviera usted el valor de maltratar a su mujer!

Al llegar a la puerta, Alfred la abrió violentamente. Vio al señor de Ruppert atravesar la habitación y correr hacia la ventana.

El conde llevaba seis pasos de ventaja; abrió la ventana, saltó sobre la galería de madera y desde la galería al jardín.

El señor de Larçay lo siguió rápidamente; pero cuando llegó al pequeño muro, de la altura de un antepecho, que separaba el jardín del lago, la barca en la que se había arrojado el señor de Ruppert se encontraba ya a cinco o seis toesas de la orilla.

—¡Hasta mañana, señor de Ruppert! —gritó el señor de Larçay.

No hubo respuesta.

El señor de Larçay subió inmediatamente junto a su esposa. Encontró a Mina, agitada, paseando por el salón que precedía al dormitorio. Ella lo detuvo al pasar.

—¿Qué pretende hacer? —le dijo—. ¿Asesinar a la señora de Larçay? ¿Con qué derecho? No lo permitiré. Si no me entrega su puñal, levantaré la voz para advertirle que huya. Es verdad que mi presencia aquí me compromete de manera atroz a los ojos de sus criados.

Mina vio que aquellas palabras causaban efecto.

—¡Cómo! ¡Me ama y pretende deshonrarme! —añadió vivamente.

El señor de Larçay le arrojó el puñal y entró furioso en la habitación de su mujer.

La escena fue violenta.

La señora de Larçay, perfectamente inocente, había creído que se trataba de un ladrón; no había visto ni oído al señor de Ruppert.

—Está usted loco —terminó diciendo a su marido—, ¡y ojalá no fuera más que eso! Al parecer desea una separación; la tendrá. Tenga al menos la prudencia de no decir nada. Mañana regreso a París; diré que usted viaja por Italia y que yo no he querido acompañarlo.

—¿A qué hora piensa batirse mañana por la mañana? —dijo la señorita de Wangel cuando volvió a ver a Alfred.

—¿Qué dice? —respondió el señor de Larçay.

—Que es inútil fingir conmigo. Deseo que, antes de ir a buscar al señor de Ruppert, me dé la mano para subir a una barca; quiero pasear por el lago. Si es usted tan necio que se deja matar, el agua del lago pondrá término a mis desgracias.

—Pues bien, querida Aniken, hágame feliz esta noche. Mañana quizá este corazón, que desde que la conozco no ha latido sino por usted, y esta encantadora mano que aprieto contra mi pecho pertenecerán a dos cadáveres iluminados por un cirio y custodiados en un rincón de una iglesia por dos sacerdotes saboyanos. Este hermoso día es el momento supremo de nuestra vida: ¡que sea también el más feliz!

A Mina le costó mucho resistirse a los transportes de Alfred.

—Seré suya —le dijo finalmente—, pero si vive. En este momento el sacrificio sería demasiado grande; prefiero verlo tal como está.

Aquel día fue el más hermoso de la vida de Mina. Probablemente la perspectiva de la muerte y la generosidad del sacrificio que hacía aniquilaban sus últimos movimientos de remordimiento.

Al día siguiente, mucho antes de que saliera el sol, Alfred vino a darle la mano y la hizo subir a una bonita barca de paseo.

—¿Podría soñar con una felicidad mayor que la que estamos disfrutando? —decía ella a Alfred mientras descendían hacia el lago.

—Desde este momento me pertenece, es mi mujer —dijo Alfred—, y le prometo vivir y regresar a la orilla para llamar a la barca allí, junto a aquella cruz.

Sonaron las seis cuando Mina estaba a punto de decirle quién era. No quiso alejarse de la costa y los barqueros se pusieron a pescar, lo que la libró de sus miradas y le produjo placer.

Cuando sonaban las ocho vio a Alfred correr hacia la orilla. Estaba muy pálido.

Mina hizo que la desembarcaran.

—Está herido, quizá gravemente —le dijo Alfred.

—Tome esta barca, amigo mío —dijo Mina—. Este accidente lo deja a merced de las autoridades del país; desaparezca durante dos días. Vaya a Lyon; yo lo mantendré informado de lo que ocurra.

Alfred vacilaba.

—Piense en las habladurías de los bañistas.

Aquellas palabras decidieron al señor de Larçay; se embarcó.

Al día siguiente el señor de Ruppert estaba fuera de peligro; pero podía permanecer en cama uno o dos meses. Mina lo vio durante la noche y se mostró con él perfecta en gracia y amistad.

—¿No es usted mi prometido? —le dijo con una falsedad llena de naturalidad.

Lo convenció para que aceptara una cuantiosa orden de pago contra su banquero de Fráncfort.

—Tengo que partir hacia Lausana —le dijo Mina—. Antes de nuestro matrimonio quiero verlo recomprar el magnífico palacio de su familia que sus locuras lo obligaron a vender. Para ello es necesario enajenar una gran propiedad que poseo cerca de Küstrin. En cuanto pueda caminar, vaya a vender esa finca; desde Lausana le enviaré el poder necesario. Acepte una rebaja en el precio de la propiedad si es preciso, o descuente las letras de cambio que consiga. En definitiva, obtenga dinero en efectivo cueste lo que cueste. Si me caso con usted, conviene que comparezca en nuestro contrato matrimonial tan rico como yo.

El conde no sospechó ni por un instante que Mina lo trataba como a un agente subalterno al que se recompensa con dinero.

En Lausana, Mina tenía la felicidad de recibir cartas de Alfred con todos los correos.

El señor de Larçay comenzaba a comprender hasta qué punto su duelo simplificaba su situación respecto a Mina y a su esposa.

«Ella no es culpable ante usted —le decía Mina—. Usted fue el primero en abandonarla y, rodeada de una multitud de hombres agradables, quizá se equivocó al escoger al señor de Ruppert; pero la felicidad de la señora de Larçay no debe disminuir por cuestión de dinero.»

Alfred le dejó una pensión de cincuenta mil francos; era más de la mitad de sus rentas.

«¿Qué necesitaré yo? —escribía a Mina—. Pienso no reaparecer en París hasta dentro de algunos años, cuando esta ridícula aventura haya caído en el olvido.»

«Eso es precisamente lo que no quiero —respondió Mina—. A su regreso provocaría un acontecimiento. Preséntese durante quince días ante la opinión pública mientras todavía se ocupa de usted. Piense que su mujer no ha cometido falta alguna.»

Un mes más tarde, el señor de Larçay se reunió con Mina en el encantador pueblo de Belgirate, sobre el lago Mayor, a pocas millas de las islas Borromeas.

Ella viajaba con un nombre falso; estaba tan enamorada que dijo a Alfred:

—Si quiere, dígale a la señora Cramer que está comprometido conmigo, que es mi prometido, como decimos en Alemania. Siempre lo recibiré con felicidad, pero nunca fuera de la presencia de la señora Cramer.

Al señor de Larçay le pareció que algo faltaba a su felicidad; pero en la vida de ningún hombre podría encontrarse un período tan feliz como el mes de septiembre que pasó con Mina junto al lago Mayor.

Mina lo había encontrado tan prudente que poco a poco perdió la costumbre de llevar consigo a la señora Cramer durante sus paseos.

Un día, mientras navegaban por el lago, Alfred le decía riendo:

—¿Quién es usted entonces, hechicera? Que sea una doncella, e incluso la de la señora Cramer, no hay manera de que pueda creerlo.

—Pues bien, veamos —respondió Mina—. ¿Qué quiere que sea? ¿Una actriz que ha ganado un gran premio en la lotería y ha querido pasar algunos años de juventud en un mundo de fantasía? ¿O quizá una mujer mantenida que, después de la muerte de su amante, ha querido cambiar de carácter?

—Aunque fuera eso, e incluso algo peor, si mañana me enterase de la muerte de la señora de Larçay, pasado mañana le pediría que se casara conmigo.

Mina se arrojó a su cuello.

—Soy Mina de Wangel, a quien vio en casa de la señora de Cely. ¿Cómo no me reconoció? ¡Ah! Es que el amor es ciego —añadió riendo.

Por grande que fuese la felicidad que sintió Alfred al poder estimar a Mina, la felicidad de Mina fue todavía más íntima. Faltaba a su dicha poder no ocultar nada a su amigo. Desde el momento en que uno ama, quien engaña es desgraciado.

Sin embargo, la señorita de Wangel habría hecho bien en no revelar su nombre al señor de Larçay.

Al cabo de algunos meses, Mina advirtió en Alfred un fondo de melancolía. Habían ido a pasar el invierno a Nápoles con un pasaporte que los presentaba como marido y mujer.

Mina no le ocultaba ninguno de sus pensamientos; el genio de Mina asustaba al de Alfred.

Se figuró que echaba de menos París; se puso de rodillas y le suplicó que fuera a pasar allí un mes. Él le juró que no lo deseaba. Su melancolía continuaba.

—Estoy poniendo en grave peligro la felicidad de mi vida —le dijo Mina un día—; pero la melancolía en que lo veo es más fuerte que mis resoluciones.

Alfred no comprendió del todo lo que quería decir, pero nada igualó su embriaguez cuando, después del mediodía, Mina le dijo:

—Lléveme a Torre del Greco.

Creyó haber adivinado la causa de aquel fondo de tristeza que había observado en Alfred. Desde que ella se había entregado por completo a él, Alfred era perfectamente feliz.

Loca de felicidad y amor, Mina olvidó todas sus ideas.

«Aunque mañana llegaran la muerte y mil muertes —se decía— no sería un precio demasiado alto por comprar lo que sucede desde el día en que Alfred se batió.»

Encontraba una felicidad deliciosa en hacer todo cuanto Alfred deseaba.

Exaltada por aquella felicidad, cometió la imprudencia de no cubrir con un velo los pensamientos fuertes que constituían la esencia de su carácter.

Su manera de buscar la felicidad no solo tenía que parecer singular a un alma vulgar; tenía necesariamente que ofenderla.

Hasta entonces había procurado respetar en el señor de Larçay lo que llamaba los prejuicios franceses; necesitaba explicarse mediante la diferencia entre las dos naciones aquello que se veía obligada a no admirar en él.

Mina sintió entonces la desventaja de la educación fuerte que le había dado su padre: aquella educación podía fácilmente hacerla odiosa.

En medio de su arrobamiento cometía la imprudencia de pensar en voz alta delante de Alfred.

¡Feliz quien, llegado a este período del amor, inspira compasión a la persona amada y no envidia!

Estaba tan loca, su amante era hasta tal punto a sus ojos el modelo de todo cuanto había de noble, hermoso, amable y adorable en el mundo que, aunque hubiera querido hacerlo, no habría tenido valor para ocultarle ninguno de sus pensamientos.

Ocultarle la funesta intriga que había provocado los acontecimientos de la noche de Aix constituía ya desde hacía mucho tiempo un esfuerzo casi superior a sus fuerzas.

Desde el momento en que la embriaguez de los sentidos quitó a Mina la capacidad de no ser completamente franca con el señor de Larçay, sus excepcionales cualidades comenzaron a volverse contra ella.

Mina se burlaba de aquel fondo de tristeza que observaba en él. El amor que le inspiraba alcanzó pronto el último grado de la locura.

«¡Qué loca soy al preocuparme! —se dijo finalmente—. Lo que sucede es que yo amo más que él. ¡Loca de mí, atormentándome por algo que siempre se encuentra incluso en la felicidad más viva que existe sobre la tierra! Además, tengo la desgracia de poseer un carácter más inquieto que el suyo y, en fin, Dios es justo —añadió suspirando, pues el remordimiento venía a menudo a perturbar su felicidad desde que esta se había vuelto extrema—: tengo una gran falta que reprocharme; la noche de Aix pesa sobre toda mi vida.»

Mina se acostumbró a la idea de que Alfred estaba destinado por su naturaleza a amar con menos pasión que ella.

«Aunque fuera todavía menos tierno —se decía—, mi destino es adorarlo. Soy muy feliz de que no sea un hombre infame; demasiado bien sé que ningún crimen me costaría nada si él quisiera arrastrarme a cometerlo.»

Un día, por grande que fuese la ilusión de Mina, quedó impresionada por la sombría inquietud que devoraba a Alfred.

Desde hacía mucho tiempo él había adoptado la idea de dejar a la señora de Larçay las rentas de todos sus bienes, hacerse protestante y casarse con Mina.

Aquel día el príncipe de S… daba una fiesta que había puesto en movimiento a todo Nápoles y a la que, naturalmente, ellos no estaban invitados.

Mina imaginó que su amante echaba de menos los placeres y el brillo de una gran fortuna; lo instó vivamente a partir cuanto antes hacia Königsberg.

Alfred bajaba los ojos y no respondía.

Finalmente los levantó de pronto, y su mirada expresaba la sospecha más dolorosa, pero no amor.

Mina palideció.

—Dígame una cosa, Mina. La noche en que sorprendí al señor de Ruppert en casa de mi mujer, ¿conocía usted los proyectos del conde? En una palabra, ¿estaba de acuerdo con él?

—Sí —respondió Mina con firmeza—. La señora de Larçay jamás pensó en el conde; yo creí que usted me pertenecía porque lo amaba. Las dos cartas anónimas eran mías.

—Ese acto es infame —respondió Alfred fríamente—. La ilusión ha terminado. Voy a reunirme con mi mujer. La compadezco y ya no la amo.

Había amor propio herido en el tono de su voz.

Salió.

«A esto están expuestas las grandes almas, pero conservan su último recurso», se dijo Mina, colocándose junto a la ventana y siguiendo con los ojos a su amante hasta el final de la calle.

Cuando desapareció, Mina entró en la habitación de Alfred y se mató de un disparo de pistola en el corazón.

¿Fue su vida un cálculo equivocado?

Su felicidad había durado ocho meses.

«Era un alma demasiado ardiente para contentarse con la realidad de la vida.»

Henri Beyle

Mina de Wangel fue publicada póstumamente en la Revue des Deux Mondes, segunda serie de la nueva época, tomo III, 1853, pp. 551–578.