Poesías completas — Antonio Machado

Poesías completas de Antonio Machado, Colección Austral, Espasa-Calpe, 1974 Poesías completas, Antonio Machado. Colección Austral nº 149, Espasa-Calpe. Decimoquinta edición, 1974.
Colección Austral nº 149. Espasa-Calpe, 1974. Un modesto libro de bolsillo cuya genealogía conduce directamente a la disputa cultural sobre Antonio Machado que comenzó inmediatamente después de su muerte en el exilio.
A simple vista parece uno de los innumerables volúmenes de Austral que durante décadas poblaron bibliotecas familiares, aulas y librerías españolas. Sin embargo, la página legal de este ejemplar permite seguir una historia extraordinaria. La serie editorial comienza en 1940, apenas un año después de que Antonio Machado muriera en Collioure tras cruzar la frontera con la retirada republicana. Publicarlo de nuevo en la España vencedora exigía resolver una cuestión que era literaria, pero también política: cómo recuperar a uno de los mayores poetas españoles sin poder ignorar que aquel poeta había elegido permanecer junto a la República hasta el final.

Ficha bibliográfica del ejemplar

Autor: Antonio Machado

Título: Poesías completas

Editorial: Espasa-Calpe, S. A.

Colección: Colección Austral

Número: 149

Modalidad: Volumen Extra

Edición: decimoquinta edición

Fecha: 21 de noviembre de 1974

Copyright: © Herederos de Antonio Machado, 1940

ISBN: 84-239-0149-1

Depósito legal: M. 34.884-1974

Impresión: Talleres Tipográficos de la Editorial Espasa-Calpe, S. A.

Dirección: Carretera de Irún, km 12,200, Madrid-34

Extensión: aproximadamente 300 páginas

Formato: libro de bolsillo

Encuadernación: rústica

Treinta y cuatro años contenidos en una página

Una de las particularidades más atractivas de este ejemplar es que su página de créditos conserva toda la sucesión de ediciones de esta rama de Austral. El lector no recibe únicamente la fecha de impresión del volumen que tiene delante: puede seguir el recorrido comercial del libro desde noviembre de 1940 hasta noviembre de 1974.

17-XI-19401.ª edición
6-XII-19402.ª edición
30-VI-19433.ª edición
30-IV-19464.ª edición
9-XII-19495.ª edición
22-II-19526.ª edición
9-I-19567.ª edición
29-I-19598.ª edición
23-III-19629.ª edición
24-X-196310.ª edición
9-IX-196611.ª edición
18-I-196912.ª edición
19-V-197113.ª edición
29-I-197314.ª edición
21-XI-197415.ª edición

Resulta llamativa, para empezar, la distancia mínima entre las dos primeras fechas. La primera edición aparece fechada el 17 de noviembre de 1940 y la segunda el 6 de diciembre del mismo año. Menos de tres semanas separan una de otra. Sin conocer las cifras de tirada concretas no sería prudente convertir ese dato en una estimación de ventas, pero sí demuestra la rapidez con la que la obra volvió a necesitar presencia editorial.

Después, las fechas se extienden durante más de tres décadas. Por medio quedan la durísima posguerra española, la autarquía, la apertura económica, el desarrollismo y los últimos años del franquismo. Mientras el país cambiaba, el mismo número 149 de Austral continuaba regresando a las imprentas.

La importancia de esta edición no reside en su rareza. Precisamente ocurre lo contrario: su interés está en haber sido común. Durante treinta y cuatro años, miles de lectores pudieron encontrarse con Machado a través de un libro semejante a éste.

La página legal del ejemplar

En la parte superior aparece además una frase aparentemente rutinaria: «Ediciones especialmente autorizadas por los herederos del autor para la Colección Austral». En cualquier otro libro podría pasar inadvertida. En éste merece detenerse, porque los herederos de Machado no administraban una obra situada fuera de la historia española reciente. La Guerra Civil había dividido territorios, instituciones y familias; también había dividido el espacio desde el que podía conservarse y publicarse la memoria del poeta.

La decimoquinta edición no es la decimoquinta versión de Machado

La numeración de Austral puede inducir a una confusión bibliográfica. Antonio Machado había publicado y reorganizado sus Poesías completas mucho antes de que comenzara esta serie póstuma. Durante su vida no trató el libro como un simple recipiente al que añadir mecánicamente nuevos poemas: revisó su corpus, modificó su organización e incorporó materiales nuevos a medida que evolucionaba su obra.

1917 Aparece Poesías completas [1899-1917], primera gran recopilación de su trayectoria poética.
1928 Una nueva edición amplía el marco hasta la producción de los años veinte.
1933 Machado vuelve a revisar y ampliar el conjunto, incorporando también materiales relacionados con sus autores apócrifos.
1936 Se publica la última edición de Poesías completas preparada en vida del poeta.
1939 Machado muere en Collioure, en Francia.
1940 Comienza la genealogía póstuma de Austral que desemboca en el ejemplar de 1974.

De ahí que la expresión «decimoquinta edición» de la página legal deba entenderse dentro de la numeración propia de esta línea editorial de Espasa-Calpe. No estamos ante quince sucesivas revisiones de Machado, sino ante la larga vida comercial de una edición póstuma cuyo contenido ya no podía decidir el autor.

La última arquitectura de las Poesías completas directamente controlada por Antonio Machado es la anterior a su muerte. A partir de entonces aparece una pregunta inevitable para cualquier edición que utilice la palabra «completas»: ¿completas según qué criterio editorial?

1939: la muerte de Machado convierte su obra en un problema político

Antonio Machado había permanecido junto a la República durante la Guerra Civil. En los primeros meses de 1939, cuando Cataluña se derrumbaba ante el avance franquista y centenares de miles de personas buscaban refugio en Francia, salió de España acompañado por su madre y otros familiares. Terminó en la pequeña localidad francesa de Collioure, donde murió el 22 de febrero de 1939. Su madre, Ana Ruiz, falleció pocos días después.

La muerte del poeta fuera de España creó inmediatamente una situación incómoda para el nuevo régimen. Machado no era un escritor marginal que pudiera desaparecer sin consecuencias del panorama cultural. Era ya una de las figuras mayores de la poesía española contemporánea. Sin embargo, su trayectoria durante la guerra hacía imposible fingir que se trataba de un autor políticamente neutro.

La cuestión era, por tanto, mucho más compleja que decidir si se imprimía o no un libro. Había que establecer de qué manera podía reincorporarse a Machado a la cultura española oficial sin legitimar al mismo tiempo las posiciones políticas que había defendido hasta su salida del país.

Machado murió en 1939. Poco después comenzó una segunda historia: la lucha por decidir cómo podía regresar su poesía a una España de la que él había salido como refugiado.

Dionisio Ridruejo y el intento de «rescatar» al poeta

En esa historia ocupa un lugar destacado Dionisio Ridruejo. En los primeros años cuarenta era todavía una figura importante del aparato cultural falangista, muy lejos del disidente antifranquista en que se convertiría con el paso del tiempo. Ridruejo consideraba intelectualmente insostenible excluir a Machado de la literatura española que debían leer las nuevas generaciones y defendió su recuperación editorial.

La palabra elegida para esa operación es reveladora: «rescate». El conocido prólogo de Ridruejo, titulado El poeta rescatado, pretendía reincorporar a Machado al patrimonio cultural español. Para lograrlo era necesario poner el acento en el gran poeta nacional, en el autor de Soledades y Campos de Castilla, en el escritor del paisaje, la memoria y el tiempo, y reducir el peso de un Machado político cuya identificación con la República resultaba mucho más incómoda.

La operación tiene, por ello, una doble lectura. Por un lado, contribuyó a impedir que la obra de Machado desapareciera de la circulación interior española y permitió que nuevos lectores tuvieran acceso a sus poemas. Por otro, implicaba inevitablemente una selección interpretativa: recuperar al poeta podía significar también domesticar algunos aspectos de su figura.

El propio Ridruejo sería años después mucho más crítico con aquella etapa de su vida y con ciertas afirmaciones de aquel prólogo. Precisamente por eso el episodio resulta tan interesante. No estamos ante una sencilla historia de censura frente a libertad, sino ante un conflicto dentro del propio campo vencedor acerca de qué debía hacerse con un escritor demasiado importante para ser eliminado y demasiado incómodo para ser aceptado sin reinterpretación.

Una fecha que conviene tratar con cuidado: 1940 y 1941

La página legal de nuestro ejemplar es inequívoca al iniciar la serie de Austral el 17 de noviembre de 1940. Esa fecha debe conservarse porque pertenece a la propia historia bibliográfica declarada por Espasa-Calpe. Sin embargo, diversos catálogos y estudios identifican en 1941 la conocida edición madrileña relacionada con el prólogo de Ridruejo.

En lugar de borrar una de las fechas para simplificar la historia, es preferible conservar la cautela. La genealogía editorial que Espasa mantuvo en sus sucesivas tiradas arranca en 1940; la datación concreta de determinadas emisiones y de la edición madrileña prologada por Ridruejo aparece en algunas fuentes como 1941. En un periodo de reorganización editorial inmediatamente posterior a la guerra, las fechas de autorización, impresión y circulación no siempre producen una secuencia tan sencilla como desearía el bibliógrafo.

Lo verdaderamente seguro para este ejemplar es lo que declara físicamente su página de créditos: Austral consideraba en 1974 que la historia de aquella edición había comenzado en noviembre de 1940.

Los herederos y las dos Españas editoriales

La expresión «Herederos de Antonio Machado» adquiere todavía más significado cuando se observa la situación de la familia después de la guerra. Los hermanos del poeta quedaron repartidos entre la España franquista y el exilio. La gestión de su legado no podía quedar al margen de esa fractura.

Mientras Espasa-Calpe trabajaba en la publicación de Machado dentro de España, el mundo cultural republicano del exilio desarrollaba también sus propios proyectos editoriales. México se convirtió en uno de los grandes centros de esa diáspora intelectual y allí José Bergamín impulsó la editorial Séneca, que publicó la obra machadiana desde un contexto ideológico completamente distinto.

Machado publicado en España La prioridad era reincorporar a un poeta imprescindible al canon nacional sin convertir aquella recuperación en una reivindicación de su militancia republicana.
Machado publicado en el exilio Su obra podía conservarse sin necesidad de separar al poeta de la experiencia republicana que había marcado sus últimos años.

Así, la Guerra Civil continuó después de 1939 de una forma menos visible pero culturalmente decisiva. Continuó en los catálogos, en los prólogos, en las autorizaciones de los herederos, en los poemas seleccionados y en las distintas interpretaciones mediante las cuales cada comunidad trataba de conservar a Machado.

El mismo escritor podía convertirse simultáneamente en patrimonio nacional de la España interior y en símbolo cultural de la España exiliada.

¿Eran realmente completas estas Poesías completas?

La cuestión del contenido exige cierta prudencia. La última edición organizada por Machado en vida apareció en 1936, pero el poeta continuó escribiendo durante la Guerra Civil. Su producción posterior contiene textos vinculados directamente al conflicto, entre ellos la conocida elegía dedicada a Federico García Lorca y otras composiciones cuya carga política resultaba particularmente problemática en la España de la primera posguerra.

Por eso el título Poesías completas no debe interpretarse de manera automática como garantía de que cualquier edición póstuma reúna absolutamente todo lo escrito por Machado. La palabra «completas» depende del corpus utilizado, de la tradición editorial seguida y, en determinados momentos, también de las posibilidades políticas de publicación.

En el caso concreto de esta decimoquinta edición de 1974, las fotografías disponibles no incluyen el índice íntegro, de modo que no sería correcto afirmar sin comprobarlo qué poemas posteriores a 1936 están presentes y cuáles no. Esa limitación, lejos de restar interés al ejemplar, subraya un problema característico de las obras póstumas: el lector necesita distinguir entre la obra que el autor dejó organizada y la obra que los editores reconstruyen después de su muerte.

Machado era mucho más que el poeta del camino

La historia política de la edición no debería ocultar la razón por la que Machado sobrevivió a todas esas disputas: la extraordinaria amplitud de su obra. La imagen escolar suele reducirlo a una serie de elementos reconocibles —Castilla, los caminos, las fuentes, Leonor, el paso del tiempo— y a un puñado de versos convertidos casi en refranes. Todos esos elementos son auténticamente machadianos, pero ninguno de ellos basta para describirlo.

El primer Machado procede del modernismo y del simbolismo. En Soledades encontramos una poesía de intimidad, sueño, memoria y percepción, poblada por galerías interiores y paisajes que son también estados de conciencia. En Campos de Castilla, el paisaje se vuelve más histórico y colectivo: Castilla deja de ser únicamente escenario para convertirse en pregunta sobre España, su pasado y su decadencia.

Más adelante, Machado desarrollará otra dimensión que a menudo recibe menos atención popular: la del pensador que utiliza personajes imaginarios para discutir problemas filosóficos. Esa vertiente impide reducirlo a un poeta sentimental o paisajístico.

Abel Martín y Juan de Mairena: pensar mediante otros

Machado creó autores apócrifos como Abel Martín y Juan de Mairena. No eran simples pseudónimos destinados a ocultar la identidad real del escritor, sino personajes intelectuales con voz propia, ideas particulares y una función dentro de la arquitectura de su pensamiento.

Gracias a ellos podía tomar distancia respecto de sí mismo. Machado podía formular una idea, ponerla en boca de otro, discutirla, ironizar sobre ella y contemplarla desde un ángulo distinto. La multiplicación de autores se convertía así en una técnica filosófica.

Esta parte de su producción muestra a un escritor preocupado por cuestiones como la identidad, el conocimiento, el tiempo, la alteridad y la relación entre conciencia y mundo. El Machado que parece tan sencillo cuando se cita un proverbio puede convertirse, leído con atención, en un autor mucho más extraño y especulativo.

La aparente sencillez de Machado es una de sus grandes trampas. Sus palabras parecen transparentes, pero detrás de ellas aparecen continuamente problemas sobre el tiempo, la memoria, el yo y la imposibilidad de permanecer.

Leonor y la transformación de la experiencia en memoria

La biografía personal atraviesa inevitablemente una parte de esa obra. Durante su estancia como profesor en Soria, Machado conoció a Leonor Izquierdo, con quien se casó en 1909. La enfermedad y la muerte de Leonor en 1912 marcaron profundamente al poeta y fijaron Soria para siempre como un territorio simultáneamente real y recordado.

Lo decisivo literariamente es que esa experiencia privada no permanece encerrada en la biografía. Machado transforma la pérdida en una reflexión sobre la memoria y el tiempo. El paisaje recordado duele no sólo porque está unido a la muerte, sino porque confirma que incluso los momentos felices se vuelven irrecuperables.

Ésa es una de las razones de la extraordinaria capacidad de Machado para sobrevivir fuera de su contexto histórico. El lector no necesita haber estado en Soria ni conocer los detalles de la vida de Leonor para comprender la experiencia de recordar algo cuya existencia sólo puede recuperarse ya mediante la memoria.

El tiempo, verdadera materia de la poesía machadiana

Muchos de los grandes motivos de Machado confluyen en un mismo problema: el tiempo. Los caminos, las estaciones, las tardes, las fuentes, los sueños y los recuerdos poseen valor porque están sometidos al cambio. Algo existe mientras el poeta lo contempla y, precisamente en ese momento, empieza ya a desaparecer.

La poesía intenta conservar aquello que sabe que no puede conservar realmente. Puede fijar una imagen, una frase o una emoción, pero no devolver el instante. De ahí procede buena parte de la melancolía machadiana: recordar significa rescatar algo y comprobar simultáneamente que ese algo ya no está.

Incluso la famosa imagen del camino adquiere otra profundidad cuando se lee desde esta perspectiva. No se trata solamente de elegir una dirección vital. El camino aparece después de haber caminado; sólo podemos ver nuestra trayectoria cuando una parte de ella pertenece ya al pasado.

Cuando una frase célebre termina ocultando un libro

Machado pertenece a ese pequeño grupo de escritores cuya fama popular puede convertirse en una desventaja crítica. Determinadas expresiones han circulado tanto que parecen contener por sí solas al autor entero. «Caminante, no hay camino» ha adquirido una vida independiente en canciones, discursos, carteles, funerales, viajes y mensajes de todo tipo.

El problema no está en la popularidad de esos versos, sino en permitir que sustituyan la lectura. Algo parecido ocurre con Nietzsche reducido a «Dios ha muerto» o con Orwell convertido únicamente en el «Gran Hermano». Los autores más citables suelen ser también los más deformados por sus citas.

Machado empieza a resultar verdaderamente interesante cuando el lector atraviesa esas frases conocidas y descubre las tensiones que hay detrás de ellas.

La última frontera y el último verso

La muerte en Collioure terminó inevitablemente integrándose en la interpretación de la obra. El escritor que había dedicado tantos poemas al camino concluyó su vida atravesando una frontera, enfermo y exhausto, como uno más de los refugiados que abandonaban Cataluña en los últimos meses de la guerra.

Entre los papeles vinculados a sus últimos días quedó una breve línea que posteriormente adquiriría una enorme fuerza simbólica:

«Estos días azules y este sol de la infancia».

No sabemos en qué habría terminado aquel apunte ni siquiera si estaba destinado a convertirse en un poema desarrollado. Su condición fragmentaria es precisamente parte de su poder. La vida se interrumpe mientras la memoria vuelve a Sevilla, a la luz de la infancia y a un mundo situado en el extremo opuesto de la habitación francesa donde termina la biografía del poeta.

La frase parece un comienzo, pero la muerte la convirtió en final.

Austral: una cubierta que también cuenta una historia

El interés del ejemplar no termina en el texto. Su propia apariencia pertenece a uno de los proyectos editoriales más reconocibles del mundo hispánico. La Colección Austral había nacido en Buenos Aires en 1937 y se convirtió rápidamente en un instrumento formidable de difusión cultural. Su fórmula combinaba autores prestigiosos, formato reducido, precios relativamente accesibles, numeración continua y una identidad gráfica capaz de hacer reconocible la colección a primera vista.

La cubierta de este Machado conserva todavía ese lenguaje visual. El gran campo violeta no es simplemente una elección estética: Austral utilizó durante buena parte de su historia un código cromático para distinguir materias.

Violeta Poesía y teatro.
Azul Narrativa.
Verde Ensayo y filosofía.
Naranja Biografía y vidas.
Gris Clásicos.
Otros colores La colección utilizó también otras tonalidades para viajes, política, aventuras y distintas materias según sus etapas.

La portada funcionaba, por tanto, como una especie de clasificación bibliográfica visible. Antes de leer siquiera el título, un lector acostumbrado a Austral podía reconocer que tenía delante un volumen de poesía o teatro.

La cabra de Austral

El pequeño animal que aparece bajo el título tampoco pertenece a Machado. Forma parte de la iconografía histórica de la colección y se relaciona con Capricornio y con la imaginería zodiacal asociada al nombre «Austral».

Ese elemento, unido al rectángulo central, la trama de puntos y el código cromático, convirtió las cubiertas de Austral en una auténtica marca visual. Un volumen podía pasar de Ortega y Gasset a Stevenson, de Machado a un clásico latino, y seguir siendo inmediatamente reconocible como parte de la misma biblioteca.

Attilio Rossi y la identidad gráfica de una biblioteca popular

La historia visual de Austral está vinculada al diseñador italiano Attilio Rossi, instalado en Buenos Aires después de abandonar la Italia fascista. Junto al entorno intelectual de Espasa-Calpe Argentina, contribuyó a construir una colección que debía parecer culta sin resultar lujosa, moderna sin depender de modas pasajeras y barata de producir sin transmitir una sensación de pobreza editorial.

La solución funcionó extraordinariamente bien. El diseño sobrevivió durante décadas porque estaba pensado como sistema y no como portada individual. El lector no compraba solamente un libro de Antonio Machado: incorporaba el número 149 a una colección potencialmente interminable.

Qué significaba «Volumen Extra»

En la parte inferior de la cubierta aparece la indicación «Volumen Extra». No se trata de una edición especial o de lujo en el sentido contemporáneo. Austral utilizaba esa denominación para distinguir los títulos cuya extensión superaba la de sus volúmenes ordinarios y que, por tanto, pertenecían a otra categoría material y comercial.

Las aproximadamente trescientas páginas de estas Poesías completas justifican esa clasificación. El pequeño rótulo conserva así un detalle de la economía del libro de bolsillo de otra época: hasta el grosor tenía su propia categoría dentro del sistema de la colección.

Austral convirtió el canon en objeto cotidiano

La importancia histórica de Austral difícilmente puede exagerarse. Durante décadas permitió que obras que antes podían asociarse a ediciones más caras o a bibliotecas especializadas circularan en formatos asequibles y relativamente resistentes. Su éxito ayudó a convertir una biblioteca de prestigio en algo que podía construirse número a número.

Ese fenómeno explica también la difusión de Machado. El poeta dejó de depender de grandes ediciones ceremoniales y entró en casas, escuelas, universidades y bibliotecas mediante volúmenes pequeños como éste. El carácter masivo de la colección fue una de las fuerzas que terminaron transformando a Machado en autor canónico.

En 1940 todavía había que discutir políticamente cómo publicar a Antonio Machado. Décadas después, Austral había contribuido a que comprar sus Poesías completas fuese un acto completamente cotidiano.

1974: el ejemplar está situado en una frontera editorial

La fecha de esta decimoquinta edición añade otro elemento interesante. En 1974 la vieja serie del nº 149 llevaba más de tres décadas circulando. Al año siguiente, Espasa-Calpe reorganizó de nuevo la presentación de la obra y escogió precisamente las Poesías completas de Machado para inaugurar Selecciones Austral, esta vez con prólogo de Manuel Alvar y en una edición de mayor extensión.

Austral nº 149 Representa la gran línea póstuma que arranca en la inmediata posguerra y acompaña la lenta normalización cultural de Machado durante décadas.
Selecciones Austral nº 1 En 1975 Espasa vuelve a presentar las Poesías completas dentro de una nueva colección y una nueva etapa editorial.

El volumen de 1974 queda así situado casi al final de una época. No es un ejemplar especialmente raro, pero ocupa una posición muy clara dentro de la historia material de la obra: pertenece a la última fase de la vieja Austral justo antes de que Machado vuelva a servir como autor inaugural de otro proyecto de Espasa.

De escritor políticamente incómodo a clásico escolar

La comparación entre 1940 y 1974 permite medir uno de los cambios culturales más importantes de esta historia. Inmediatamente después de la guerra, publicar a Machado exigía justificaciones, intermediarios y una determinada estrategia interpretativa. Treinta años después, su presencia en las librerías era completamente normal y su nombre formaba parte del canon literario transmitido por la enseñanza.

Ese proceso no significa que desaparecieran todas las manipulaciones o simplificaciones. La escuela podía privilegiar al poeta del paisaje y de los proverbios frente al intelectual republicano; determinadas antologías podían seleccionar un Machado más cómodo que otro. Pero la repetición de las ediciones tuvo un efecto que desbordó cualquier proyecto político concreto: cada nueva impresión producía más lectores.

Con el tiempo, el autor que había sido objeto de una operación de «rescate» terminó siendo demasiado grande para pertenecer por completo a quienes lo habían rescatado.

Los libros corrientes son también documentos históricos

Desde una perspectiva de coleccionismo, esta decimoquinta edición no parece especialmente escasa ni económicamente valiosa. Austral produjo enormes cantidades de libros y Machado fue uno de sus autores más difundidos. Todavía hoy aparecen ejemplares de estas tiradas con relativa facilidad en librerías de viejo.

Pero confundir rareza con interés histórico sería un error. Precisamente porque estos libros fueron comunes, explican una parte fundamental de la cultura lectora del siglo XX. Nos muestran qué textos entraban en las casas, cómo se diseñaban las colecciones populares, qué información editorial se consideraba relevante y de qué manera un escritor pasaba de ser objeto de controversia a formar parte del paisaje cotidiano.

Una edición digital puede conservar perfectamente los poemas. Este ejemplar conserva además otra cosa: el año 1974, la materialidad de Austral, su sistema cromático, la numeración de la colección y una genealogía editorial que todavía empieza solemnemente en noviembre de 1940.

Un libro antiguo no conserva solamente un texto. Conserva también la manera en que una época decidió presentarlo a sus lectores.

La portada tranquila y la historia que no se ve

Quizá ésa sea la mayor virtud de este ejemplar como objeto. Su cubierta no parece contener ninguna batalla política. Es un pequeño libro violeta y blanco, perfectamente reconocible como Austral, con el nombre de Antonio Machado impreso en grandes caracteres y un modesto emblema zodiacal bajo el título.

Sin embargo, detrás de esa normalidad se acumulan varias historias simultáneas: el exilio del poeta, su muerte en Francia, los problemas para reeditarlo en la España franquista, la intervención de Ridruejo, los herederos repartidos entre espacios políticos enfrentados, las ediciones del exilio mexicano y la progresiva transformación de Machado en patrimonio literario común.

Los libros viejos poseen a menudo esa cualidad. Parecen tranquilos porque las controversias que determinaron su existencia ya han terminado. Sólo hace falta abrir la página adecuada para que reaparezcan.

Conclusión

A primera vista, este volumen puede confundirse con uno de tantos ejemplares de la Colección Austral que todavía aparecen en librerías de segunda mano: una modesta edición de bolsillo, con su característica cubierta violeta, el emblema zodiacal de la colección y unas trescientas páginas de poesía. Sin embargo, basta detenerse en la página legal para descubrir que el libro conserva una historia bastante más compleja. La genealogía de esta edición comienza en noviembre de 1940, apenas veintiún meses después de la muerte de Antonio Machado en Collioure, adonde había llegado tras abandonar España junto a la retirada republicana.

Publicar de nuevo a Machado dentro de la España vencedora no podía ser entonces una operación literaria neutral. El poeta había apoyado públicamente a la República, había escrito durante la guerra y había muerto en el exilio. Al mismo tiempo, su importancia dentro de la literatura española hacía difícil mantenerlo indefinidamente fuera de circulación. El problema consistía, por tanto, en determinar qué Machado podía regresar: el gran poeta nacional, el autor de Soledades y Campos de Castilla, el escritor del paisaje y del tiempo, resultaba mucho más fácil de reincorporar que el intelectual republicano de sus últimos años.

De ahí cobra pleno sentido la operación de «rescate» impulsada por Dionisio Ridruejo. Su intervención contribuyó a hacer posible la publicación del poeta dentro de España, aunque ese rescate implicara también una reinterpretación selectiva de su figura. Al otro lado del Atlántico, mientras tanto, el exilio republicano desarrollaba su propia política editorial en torno a Machado. México y Madrid ofrecían así dos maneras distintas de preservar al mismo escritor, y la fractura producida por la Guerra Civil penetraba incluso en los derechos de autor, los prólogos y la composición de sus libros.

Lo verdaderamente significativo es lo que ocurrió después. La edición nº 149 de Austral no desapareció tras aquella difícil reincorporación inicial, sino que volvió repetidamente a la imprenta durante más de tres décadas. Las fechas impresas en este ejemplar permiten seguir casi materialmente el proceso por el que un escritor políticamente incómodo terminó convirtiéndose en una presencia estable de la cultura española. Lo que en los primeros años de la posguerra había requerido justificación política acabó siendo, para los lectores de los años setenta, un libro completamente normal en cualquier librería.

Esta decimoquinta edición de 1974 ocupa además una posición especialmente interesante dentro de esa trayectoria. Pertenece a una de las últimas encarnaciones de la vieja línea de Poesías completas de Austral antes de que Espasa-Calpe reorganizara nuevamente la obra en 1975 y escogiera a Machado para inaugurar, con una edición prologada por Manuel Alvar, la colección Selecciones Austral. El volumen se encuentra así en la frontera entre dos etapas editoriales distintas de un mismo proceso de canonización.

Por eso tenemos entre las manos algo más que una edición antigua de Antonio Machado. Es el descendiente material de una disputa sobre la memoria del poeta y, en último término, sobre la memoria de la propia España. Durante décadas hubo quienes intentaron recuperarlo para una tradición nacional compatible con el franquismo y quienes lo conservaron como una de las grandes voces culturales del exilio republicano. Ninguna de esas apropiaciones consiguió, sin embargo, agotar al escritor.

Con el paso del tiempo, los contextos que rodearon estas ediciones se han ido transformando. Los regímenes desaparecen, los prólogos envejecen, las estrategias editoriales dejan de tener sentido y las antiguas controversias políticas terminan convertidas en objeto de estudio. Los poemas, en cambio, continúan produciendo lectores nuevos. Ésa es quizá la paradoja definitiva de la historia editorial de Machado: quienes discutieron sobre cómo debía ser leído pertenecen ya al pasado, mientras su obra sigue abierta.

Machado murió en el exilio. Su poesía regresó antes que él y, una vez de vuelta, ya nunca volvió a marcharse.

Fuentes y referencias para el contexto histórico y editorial: