Robos decentes.
Hánsenos comunicado las siguientes cartas.
Señor Munguía: soy aficionado á leer, y ademas gusto de comprar libros, cosa bastante rara en este pais, que usted con su acostumbrada malignidad suele llamar Batuecas. Tenia, pues, una pequeña biblioteca que me divertía no poco en mis ratos perdidos, y en la cual me miraba como en un espejo; pero es el caso que tengo por mi desgracia mas amigos que libros tenia.
¿Cómo se niega un libro á un amigo? En una palabra, yo he prestado mis libros con la mejor voluntad del mundo, pero si va á decir verdad con poco entendimiento: mis amigos, que no deben de tener mucha memoria, y sí mucha adhesión á todas mis cosas, no me han devuelto mis libros.
Hánseme quedado unas obras descabaladas, otras han desaparecido enteras, y si alguno me las ha restituido después de largas súplicas al efecto y luengos plazos halas traído llenas de aceite, dobladas las hojas, rozadas las pastas, y con varios garrapatos, palotes y monitos del niño de la casa que está aprendiendo á escribir.
¡Libros de mi alma y amigos de todos los diablos! Me han dicho que en las Batuecas no soy yo el único á quien esto sucede, porque es costumbre no comprar libros mientras haya amigos que los tengan, y mas costumbre no hacer escrúpulos de quedarse con los que á uno le prestan.
¿Es esto cierto, señor Bachiller, porque me escandaliza solo el pensarlo? ¿De qué puede nacer esta falta general de delicadeza?
Sírvase usted dar estos renglones al público por ver si lo leen mis amigos, aunque sea de prestado, como acostumbran, y picándose de pundonorosos vuelvo á encajonar mis lomos en sus nichos, de los cuales yo les aseguro que no volverán á salir.
De usted, señor don Juan, atento servidor.
= Mateo Pierdes.
Las personas que no han adoptado todavía el sistema de devolver los libros que les prestan darán á esta carta una contestación mas satisfactoria que la que nosotros pudiéramos dar.
Señor Hablador: soy dueño de un café de los mas acreditados de esta Corte, y lleno de los mejores deseos he querido imitar á muchos de mis cofrades, procurando tener siempre á disposición de mis parroquianos los muchos y buenos periodicos que en esta ilustrada Capital se dan á la luz pública.
¿Querrá usted creer, señor Hablador, que no se ha verificado un solo mes reunir el dia 30 todos los números?
Pues no se le figure á usted que los tengo tirados por esas mesas á la merced de todo advenedizo: no señor; téngolos atados como locos, y sujetos á una tabla con su correspondiente candado; pues asi los arrancan y no diré que me los roben; nada de eso, sino que se los llevan y nunca mas los vuelven á traer.
¿Es posible que sean los periódicos tan buenos, ó los hombres tan malos?
Sírvase usted insertar esta mera preguntilla en ese folleto, ó libelo, ó periódico, ó lo que sea, si es que se sabe lo que es.
= Frasco Botiller.
Señor Bachiller: soy muy amigo de ir al teatro, y es muy raro por consiguiente el dia que á las diez de la mañana no tengo ya mi luneta en el bolsillo.
¿Querrá usted creer que no me acontece un solo dia encontrar mi asiento desocupado? Todas las noches tengo que desalojar al enemigo.
Como soy algo malicioso he dado en observar y he echado de ver que hay una baraja de Batuecos que entran en el teatro sin billete, se sientan en una luneta con la esperanza de que aquella ó la de al lado, ó alguna, en fin, no tendrá dueño: van viendo á buena cuenta la función, se salen poco antes de recoger los billetes, y vuelven á entrar poco después de haberlos recojido.
¡Y si usted viera qué bien puestos y que galanes!
¿De qué podrá provenir esta especie de franqueza? Yo estoy aturdido de ver las economías que adoptan algunas personas en su modo de vivir!
Tenga usted la bondad de hablar algo acerca de esto para ver si puede usted ahorrarme el trabajo de sonrojar todas las noches á un hombre de honor, y verificar el número y otras impertinencias de esta especie.
Su afectísimo amigo.
= Simón Sinsitio.
Piensan estos buenos Batuecos que se corrigen aquí las cosas con decirlas, ni de ninguna otra manera. ¡País incorregible!
Los mas no lo leen. Los menos se contentan con esclamar ¡Es verdad! ¡Tiene razón! ¡Es mucho Bachiller! A nadie deja en paz; ¿pero enmendarse? que se enmienden los demás, que yo no soy mas que uno.
Todos quieren ser esta excepción.
¡Bienhaya la impenitencia!