Tras la consciencia — Alberto Carreras (comp.)

Zaragoza, 1999: neurología, filosofía y redes neuronales ante un problema que sigue abierto

Portada de Tras la consciencia, compilado por Alberto Carreras, Cuadernos Interdisciplinares número 7
Portada del ejemplar conservado en Librería5. El volumen pertenece a Cuadernos Interdisciplinares, publicación del Seminario Interdisciplinar de la Universidad de Zaragoza.

En 1999, un libro publicado en Zaragoza incluía un capítulo titulado «Conciencia artificial: el punto de vista de las redes neuronales». No era ciencia ficción ni una especulación escrita desde fuera de la ingeniería: su autor, Bonifacio Martín del Brío, trabajaba precisamente con redes neuronales artificiales en la Universidad de Zaragoza. Pero aquel era solo uno de los problemas. Físicos, médicos, psiquiatras y filósofos se reunieron en el mismo volumen para discutir una palabra que parecía designar cosas muy distintas: estar despierto, tener experiencias, poseer un «yo», saber que uno existe... o quizá construir algún día una máquina que obligara a replantearlo todo.

1999: la conciencia acababa de volver al centro del problema

Tras la consciencia apareció en un momento especialmente interesante.

Durante buena parte del siglo XX, la experiencia consciente había resultado incómoda para determinadas corrientes científicas. Podían estudiarse estímulos, conductas, percepción, memoria o actividad cerebral; mucho más difícil era convertir en objeto científico aquello que cada uno conoce de la manera más inmediata posible: el hecho de estar experimentando algo.

En los años noventa la situación cambió con rapidez.

En 1994, la Universidad de Arizona celebró en Tucson la primera conferencia Toward a Science of Consciousness, que acabaría convirtiéndose en uno de los grandes puntos de encuentro internacionales del nuevo campo interdisciplinar.

Un año después, el filósofo David Chalmers publicó el artículo que popularizó la distinción entre los problemas relativamente abordables de la conciencia y su famoso «problema difícil»: podemos explicar mecanismos de atención, discriminación, memoria o conducta, pero todavía queda por explicar por qué esos procesos van acompañados de experiencia subjetiva.

En 1998, la Universidad de Arizona creó su Center for Consciousness Studies expresamente para reunir filosofía, neurociencia, ciencias cognitivas, medicina, ciencias sociales y física.

Un año después, en Zaragoza, el Seminario Interdisciplinar de la Universidad planteaba prácticamente la misma necesidad desde su propia escala académica.

La conciencia volvía a ser científicamente respetable, pero seguía resistiéndose a pertenecer por completo a ninguna disciplina.

Una palabra, varios problemas diferentes

Esta es probablemente la mejor razón para leer hoy el volumen.

Cuando decimos «conciencia» podemos creer que todos estamos hablando de lo mismo. Basta colocar alrededor de una mesa a un neurólogo, un psiquiatra, un filósofo y un ingeniero para comprobar que no es así.

El propio ejemplar anuncia esa multiplicidad desde la contraportada: neurogénesis, patologías, subjetividad, inmediatez de la conciencia, personalidad plural y social y, finalmente, conciencia artificial.

Los colaboradores procedían de terrenos deliberadamente diferentes:

  • Luis J. Boya: física teórica.
  • Jesús Gómez Tolón: perspectiva clínica y neurológica.
  • José M. Pérez Trullén: neurología.
  • Gloria Fernández: psiquiatría.
  • Alberto Carreras: filosofía.
  • José Luis Rodríguez García: filosofía.
  • Julián Pacho: filosofía.
  • Bonifacio Martín del Brío: ingeniería electrónica.

Una reseña aparecida poco después describía las aportaciones como textos generalmente breves y expositivos, casi como el resultado escrito de un seminario donde cada especialista explicaba a los demás el estado del problema dentro de su campo.

Eso, lejos de ser una debilidad, permite observar algo que una monografía disciplinar habría ocultado: la palabra cambia de significado según quién la pronuncie.

Para un neurólogo, perder la conciencia puede significar algo muy concreto

En clínica, la conciencia puede abordarse como un estado global del organismo. Un paciente puede estar alerta, somnoliento, estuporoso o en coma. Se pueden estudiar lesiones, mecanismos cerebrales y alteraciones que modifican o destruyen ese estado.

José M. Pérez Trullén abordaba precisamente esa dimensión: la conciencia entendida en relación con la vigilia y sus alteraciones.

Jesús Gómez Tolón trataba, por su parte, el desarrollo de diferentes aspectos de la vida consciente. Años después publicaría junto con Alberto Carreras un trabajo sobre la neurogénesis y estructura modular de la conciencia, planteando cómo procesos neurológicos inicialmente impersonales pueden ir coordinándose hasta producir aquello que experimentamos como subjetividad.

Pero saber qué estructuras permiten estar consciente no resuelve automáticamente otra pregunta:

¿por qué esos procesos cerebrales se experimentan desde dentro?

Ahí el problema clínico empieza a transformarse en problema filosófico.

¿Hay realmente un solo «yo» dentro de nuestra cabeza?

Alberto Carreras dedicó una de sus aportaciones a otra dificultad: «Unidad o pluralidad. Jerarquía o anarquía en la mente».

Nuestra experiencia cotidiana parece decirnos que existe un centro único. «Yo» veo, «yo» recuerdo, «yo» decido y «yo» sigo siendo el mismo que hace un momento.

Pero esa impresión de unidad plantea problemas cuando intentamos traducirla a la organización real del cerebro.

No encontramos simplemente un pequeño observador central sentado detrás de los ojos recibiendo información y dando órdenes al resto del organismo. Percepción, memoria, emoción, lenguaje, control motor y toma de decisiones dependen de procesos distintos que deben coordinarse.

La pregunta deja entonces de ser únicamente dónde está la conciencia.

Pasa a ser:

¿Es el «yo» una unidad que gobierna muchos procesos, o el resultado provisional de muchos procesos que consiguen funcionar como si fueran uno?

La formulación encaja con otro de los intereses explícitos del libro: la naturaleza plural y social de nuestra personalidad.

Julián Pacho: por qué la conciencia seguía siendo un problema filosófico

Una de las contribuciones filosóficas puede identificarse con especial precisión: Julián Pacho, «Conciencia e intencionalidad. O por qué la conciencia es aún un problema filosófico», páginas 161-171.

El título resulta casi programático.

La ciencia puede describir mecanismos y establecer correlaciones cada vez más detalladas entre cerebro, conducta y experiencia. Pero términos como subjetividad, intencionalidad —el hecho de que nuestros estados mentales sean acerca de algo— o experiencia en primera persona siguen introduciendo preguntas que no desaparecen simplemente acumulando datos.

José Luis Rodríguez García abordaba otro frente en «Conciencia depurada versus conciencia mediada»: hasta qué punto podemos hablar de una conciencia pura e inmediata y hasta qué punto nuestra relación con nosotros mismos está ya atravesada por lenguaje, historia, cultura y mediaciones sociales.

La arquitectura del volumen es reveladora. Un estudio posterior que lo utiliza como referencia distingue aproximadamente una primera parte dedicada a aproximaciones científicas —páginas 29-119— y otra de carácter filosófico —121-199—.

No son dos libros pegados artificialmente. La frontera entre ambos constituye precisamente el problema.

Y entonces aparece la conciencia artificial

Veinticinco años después, hay un título del índice que inevitablemente adquiere otro relieve:

Bonifacio Martín del Brío: «Conciencia artificial: el punto de vista de las redes neuronales».

Conviene evitar una lectura retrospectiva fácil. En 1999 nadie estaba describiendo la actual generación de sistemas de inteligencia artificial ni anticipando con detalle lo que ocurriría décadas después.

Pero las redes neuronales artificiales tampoco eran entonces una extravagancia futurista.

Martín del Brío llevaba años trabajando en ellas. En 1995, junto con Carlos Serrano Cinca, había publicado una introducción a sus fundamentos en la que las describía como sistemas de procesamiento paralelo, distribuido y adaptativo capaces de aprender a partir de la experiencia, inspirados esquemáticamente en determinadas características computacionales del cerebro.

Su trayectoria en la Universidad de Zaragoza ha seguido vinculada a ese campo. Sus líneas de investigación incluyen inteligencia artificial, redes neuronales, lógica borrosa y sistemas expertos.

Lo notable de Tras la consciencia no es, por tanto, haber «predicho» la inteligencia artificial actual.

Lo notable es que en 1999 un volumen universitario dedicado a averiguar qué significa ser consciente considerase que la pregunta ya no podía estudiarse completamente sin reservar un lugar para la posibilidad tecnológica de una conciencia artificial.

La cuestión planteada entonces sigue siendo peligrosa por una razón metodológica. Una red puede aprender, clasificar, generalizar o resolver problemas. Ninguna de esas capacidades demuestra por sí sola que exista experiencia subjetiva.

La diferencia entre hacer algo que asociamos con la inteligencia y sentir algo mientras se hace vuelve a colocarnos exactamente delante del problema que el libro intentaba rodear desde disciplinas diferentes.

El libro no promete resolver la conciencia

La propia contraportada evita presentar una solución triunfal.

Dice que Tras la conSciencia pretende investigar «racionalmente, sin dogmas y con el menor número de prejuicios posible» aquello que la conciencia todavía oculta y que se resiste a nuestros intentos de modelización.

La formulación es importante porque el volumen apareció precisamente en una época en la que comenzaban a multiplicarse las teorías que pretendían explicar la conciencia desde la neurobiología, la computación, la filosofía de la mente, la psicología y la física.

Una reseña contemporánea resumió bien el estado de la cuestión: había bastante acuerdo en que era necesario un enfoque interdisciplinar, pero mucho menos acuerdo acerca de qué era exactamente la conciencia, cuáles eran las dimensiones del problema y qué clase de explicación podría considerarse satisfactoria.

Ese desacuerdo no ha envejecido mal.

Cuadernos Interdisciplinares: el libro era también un experimento institucional

Tras la consciencia es el número 7 de Cuadernos Interdisciplinares, una publicación periódica del Seminario Interdisciplinar de la Universidad de Zaragoza.

El propio volumen explica el propósito de la colección: promover estudios científicos interdisciplinares y trabajos relacionados con la filosofía, sociología e historia de la ciencia. Cada número tenía carácter monográfico y recogía investigación y docencia desarrolladas dentro del Seminario, combinando a sus miembros con especialistas invitados y profesores de otras universidades.

El equipo de redacción que figura en nuestro ejemplar resulta también revelador de aquella voluntad de mezclar territorios:

  • Alberto Carreras — Filosofía;
  • Luis J. Boya — Física Teórica;
  • Eustaquio Molina — Paleontología;
  • Guillermo Meléndez — Paleontología;
  • Amado Millán — Antropología;
  • Pedro Purroy — Análisis musical.

No era, pues, una revista dedicada específicamente a la conciencia. El método consistía en elegir un problema y permitir que especialistas acostumbrados a lenguajes distintos intentaran mirarlo juntos.

La figura de madera de la portada también plantea una pregunta

Contraportada de Tras la consciencia, Cuadernos Interdisciplinares número 7
Contraportada del ejemplar de Librería5. La escultura articulada utilizada en el diseño es obra de Luis Cortés; las fotografías están acreditadas a Columna Villarroya.

La cubierta y la contracubierta utilizan una figura humana construida con piezas de madera articuladas.

En la portada el cuerpo parece haberse desmontado o estar intentando recomponerse. En la contraportada adopta una posición mucho más recogida, casi como si observase sus propias piezas.

La página legal identifica la escultura articulada de Luis Cortés y acredita las fotografías a Columna Villarroya. La portada y contraportada figuran simplemente bajo el nombre «María», sin más datos que permitan identificar con seguridad a la responsable.

No podemos saber qué interpretación concreta pretendieron sus autores.

Pero la elección resulta difícil de separar del contenido: un cuerpo formado por componentes distintos que, una vez articulados, parece convertirse en alguien.

Es prácticamente la pregunta del libro convertida en objeto.

1999 o 2000: una pequeña discrepancia bibliográfica

Algunos catálogos comerciales actuales fechan Tras la consciencia en 2000.

Sin embargo, la evidencia contemporánea apunta con bastante claridad a 1999.

El depósito legal de nuestro ejemplar es HU-303/99. Una relación de libros recibidos publicada en 1999 por el Colegio Oficial de Psicólogos ya incluye el volumen. La reseña contemporánea lo cita igualmente como «Mira Editores, 1999», y posteriores trabajos académicos mantienen esa misma fecha.

Por eso utilizamos 1999 como año de publicación, conservando el 2000 únicamente como una discrepancia de metadatos comerciales posteriores.

Ficha del ejemplar conservado en Librería5

Título
Tras la consciencia
Compilador
Alberto Carreras
Publicación
Cuadernos Interdisciplinares, nº 7
Entidad
SIIUZ — Seminario Interdisciplinar de la Universidad de Zaragoza
Editorial
Mira Editores, S. A., Zaragoza
Año
1999
ISBN
84-89859-50-7
ISBN-13
978-84-89859-50-0
Depósito legal
HU-303/99
Extensión
221 páginas según catalogación externa
Maqueta
Apolo Comunicación
Portada y contraportada
María
Escultura articulada
Luis Cortés
Fotografías
Columna Villarroya
Impresión
Grafic RM Color, S. L.

ISBN, depósito legal, créditos gráficos, imprenta, entidad editora y pertenencia a Cuadernos Interdisciplinares proceden directamente del ejemplar. La extensión se ha contrastado con catalogación externa. Para la fecha se adopta 1999 por coincidir el depósito legal con las referencias académicas y contemporáneas.

Una pregunta de 1999 que no se ha vuelto más pequeña

Hay libros científicos que envejecen porque el problema que describían ha sido resuelto. Otros envejecen porque sus instrumentos quedan superados.

Tras la consciencia pertenece a una categoría más incómoda.

Desde 1999 hemos multiplicado la capacidad de estudiar el cerebro, procesar información y construir sistemas artificiales capaces de realizar tareas que entonces parecían extraordinariamente difíciles.

Pero el problema central continúa separándose en cuanto intentamos atraparlo.

Podemos preguntar qué mantiene despierto a un organismo. Cómo se integra la información. Por qué sentimos que existe un solo yo. Qué parte de ese yo construyen los demás. Cómo una red aprende. Qué significa que una máquina se comporte inteligentemente.

Y después queda todavía una pregunta distinta:

¿Qué tendría que ocurrir para que detrás de todos esos procesos hubiese alguien para quien estuviera ocurriendo algo?

En 1999, ocho especialistas de la Universidad de Zaragoza y su entorno no encontraron una respuesta única. Tuvieron, quizá, el buen criterio de no fingir que existía.