Bartleby, el escribiente — Herman Melville

Herman Melville

Bartleby, el escribiente

Una historia de Wall Street

Un abogado prudente contrata a un copista extraordinariamente silencioso. Al principio Bartleby trabaja sin descanso; después, ante la petición más ordinaria, responde con una fórmula que irá ocupándolo todo: «Preferiría no hacerlo». Publicado por primera vez en 1853, el relato de Melville ha sobrevivido como una de las formas más inquietantes de la negativa moderna. Esta edición de Librería5 ofrece una nueva traducción realizada directamente desde la primera publicación en Putnam's Monthly Magazine, cotejada con la edición en libro de 1856.

AutorHerman Melville (1819–1891)
Título originalBartleby, the Scrivener. A Story of Wall-Street
Primera publicaciónPutnam's Monthly Magazine, vol. II, noviembre y diciembre de 1853, pp. 546–557 y 609–615
Texto de controlThe Piazza Tales, Dix & Edwards, Nueva York, 1856, pp. 31–107
Lengua de partidaInglés
EdiciónNueva traducción al español preparada para Librería5, 2026
Situación del originalDominio público
Primera página de Putnam's Monthly de noviembre de 1853
Primera página del número de noviembre de 1853 de Putnam's Monthly, donde comenzó a publicarse Bartleby. Reproducción mecánica de un original en dominio público, vía Wikimedia Commons.

Nota de esta edición

Esta traducción toma como base las dos entregas originales de 1853, publicadas anónimamente en Putnam's Monthly Magazine. El texto se ha cotejado con la primera edición en libro, incluida por Melville en The Piazza Tales en 1856. La elección de 1853 no responde solo a la antigüedad del testimonio: la edición académica Northwestern–Newberry de 1987 volvió a las versiones originales de revista para cinco de los seis relatos del volumen con el propósito de aproximarse, en lo posible, a la intención del autor.

El caso más visible aparece casi al final del relato. En 1853, el proveedor de comida de la cárcel se llama Mr. Cutlets y ofrece a Bartleby cenar en la habitación privada de Mrs. Cutlets. En 1856 el nombre y parte de la escena desaparecieron. Esta edición conserva la lectura de 1853 —«señor Chuletas» en español—, también recuperada por la Northwestern–Newberry. Se han corregido silenciosamente erratas tipográficas manifiestas del impreso y se ha adaptado la puntuación a un español legible, sin modernizar el tono ni abreviar el texto.

Criterio de traducción. Los apodos Turkey, Nippers y Ginger Nut se conservan en inglés porque funcionan como nombres dentro de la oficina, aunque sus sentidos aproximados son «Pavo», «Pinzas» y «Galleta de jengibre». La frase I would prefer not to se traduce normalmente como «Preferiría no hacerlo»; cuando el original completa la acción —por ejemplo, I would prefer not to quit you— se conserva el verbo «preferir» y se traduce la acción concreta.

Retrato de Herman Melville por Joseph Oriel Eaton, 1870
Herman Melville, retratado por Joseph Oriel Eaton en 1870. Houghton Library, Harvard University. Obra en dominio público.

Texto completo

Soy un hombre ya entrado en años. La naturaleza de mis ocupaciones durante los últimos treinta años me ha puesto en contacto, más de lo corriente, con una clase de hombres que podría parecer interesante y un tanto singular, y sobre la cual, hasta donde sé, no se ha escrito todavía nada: me refiero a los copistas jurídicos, o escribientes. He conocido a muchísimos, tanto profesional como privadamente, y, si me apeteciera, podría contar diversas historias ante las cuales los caballeros de buen corazón sonreirían y las almas sentimentales derramarían lágrimas. Pero dejo a un lado las biografías de todos los demás escribientes para referir algunos episodios de la vida de Bartleby, que fue el escribiente más extraño que jamás vi o del que jamás oí hablar. Mientras que de otros copistas jurídicos podría escribir una vida completa, en el caso de Bartleby nada semejante puede hacerse. Creo que no existen materiales para una biografía plena y satisfactoria de este hombre. Es una pérdida irreparable para la literatura.

Bartleby era uno de esos seres acerca de los cuales nada puede averiguarse salvo por las fuentes originales, y en su caso estas son muy escasas. Lo que mis propios ojos, asombrados, vieron de Bartleby es todo cuanto sé de él, excepto, en efecto, cierto vago rumor que aparecerá al final.

Antes de presentar al escribiente tal como se me apareció por primera vez, conviene que diga algo de mí mismo, de mis empleados, de mi negocio, de mi despacho y de cuanto me rodeaba, pues cierta descripción de todo ello resulta indispensable para comprender adecuadamente al personaje principal que está a punto de entrar en escena.

Imprimis: soy un hombre que desde su juventud ha estado profundamente convencido de que la manera más fácil de vivir es la mejor. De ahí que, aunque pertenezco a una profesión proverbialmente enérgica y nerviosa, hasta turbulenta en ocasiones, jamás haya permitido que nada de eso perturbara mi paz.

Soy uno de esos abogados sin ambición que nunca se dirige a un jurado ni busca de ningún modo el aplauso público, sino que, en la fresca tranquilidad de un retiro cómodo, lleva cómodamente los asuntos de obligaciones, hipotecas y títulos de propiedad de hombres ricos. Todos cuantos me conocen me consideran un hombre eminentemente seguro. El difunto John Jacob Astor, personaje poco dado al entusiasmo poético, no vacilaba en declarar que mi primera gran virtud era la prudencia; la segunda, el método.1

No lo digo por vanidad, sino que me limito a dejar constancia del hecho de que el difunto John Jacob Astor recurrió a mis servicios profesionales; nombre que, lo confieso, me complace repetir, pues posee un sonido redondo y orbicular y resuena como el oro en lingotes. Añadiré con franqueza que no me era indiferente la buena opinión que de mí tenía el difunto John Jacob Astor.

Algún tiempo antes del período en que comienza esta pequeña historia, mis ocupaciones habían aumentado considerablemente. Me habían conferido el buen y antiguo cargo, hoy extinguido en el estado de Nueva York, de Master in Chancery.2 No era un empleo muy arduo, pero sí agradablemente lucrativo.

Rara vez pierdo la calma; mucho más rara vez me entrego a una peligrosa indignación ante agravios y atropellos. Pero se me permitirá ser temerario aquí y declarar que considero la súbita y violenta abolición del cargo de Master in Chancery, por obra de la nueva Constitución, un acto prematuro, puesto que yo había contado con disfrutar de sus beneficios durante toda mi vida y solo llegué a percibirlos unos pocos años. Pero esto no viene al caso.

Mi despacho estaba en un piso superior de un número de Wall Street. Por uno de sus extremos daba al muro blanco del interior de un amplio patio de luces que atravesaba el edificio de arriba abajo. Podría haberse considerado aquella vista más bien insípida, carente de lo que los pintores de paisajes llaman «vida». Pero, si así era, la vista desde el otro extremo de mi despacho ofrecía, cuando menos, un contraste.

En aquella dirección, mis ventanas dominaban sin obstáculos un alto muro de ladrillo, ennegrecido por los años y por una sombra perpetua; un muro que no requería catalejo alguno para revelar sus ocultas bellezas y que, para beneficio de todos los espectadores miopes, se alzaba a menos de tres metros de los cristales. Debido a la gran altura de los edificios circundantes y a hallarse mi despacho en el segundo piso, el espacio entre aquel muro y el mío se parecía no poco a una enorme cisterna cuadrada.

En el período inmediatamente anterior a la llegada de Bartleby tenía a dos personas empleadas como copistas y a un muchacho prometedor como chico de oficina. Primero, Turkey; segundo, Nippers; tercero, Ginger Nut. Acaso parezcan nombres que uno no encontraría normalmente en una guía de direcciones. En realidad eran apodos que mis tres empleados se habían puesto unos a otros y que se consideraban expresivos de sus respectivas personas o caracteres.

Turkey era un inglés bajo y rechoncho, aproximadamente de mi edad, es decir, no muy lejos de los sesenta. Por la mañana podía decirse que su rostro mostraba un hermoso tono sonrosado; pero después de las doce del mediodía —su hora de comer— ardía como una parrilla llena de brasas navideñas y seguía ardiendo, aunque con una especie de mengua gradual, hasta las seis de la tarde o cosa así; después de lo cual dejaba de ver al propietario de aquel rostro que, alcanzando el meridiano con el sol, parecía ponerse con él para volver a levantarse, culminar y declinar al día siguiente con idéntica regularidad y gloria no disminuida.

He conocido muchas coincidencias singulares a lo largo de mi vida, y no era la menor de ellas que exactamente cuando Turkey desplegaba los rayos más intensos de su semblante rojo y radiante comenzara también, en aquel crítico instante, el período diario durante el cual yo juzgaba seriamente alteradas sus facultades profesionales para el resto de las veinticuatro horas. No es que se volviera absolutamente ocioso ni contrario al trabajo; muy al contrario.

La dificultad consistía en que tendía a mostrarse demasiado enérgico. Había en él una extraña actividad inflamada, atropellada, volátil y temeraria. Mojaba la pluma en el tintero sin cautela. Todas las manchas de tinta que caían sobre mis documentos aparecían después de las doce del mediodía. En realidad, no solo se volvía descuidado y tristemente propenso a las manchas por la tarde, sino que algunos días iba más lejos y se ponía bastante ruidoso.

En esas ocasiones su rostro llameaba con un esplendor todavía mayor, como si se hubiese amontonado carbón de llama larga sobre antracita. Armaba un desagradable estrépito con la silla; derramaba el cajón de arena; al arreglar las plumas las partía impacientemente en pedazos y las arrojaba al suelo en un súbito arrebato; se levantaba, se inclinaba sobre la mesa y zarandeaba sus papeles del modo más indecoroso, cosa muy triste de contemplar en un hombre de su edad.

Sin embargo, como en muchos aspectos me resultaba sumamente valioso y durante todo el tiempo anterior a las doce era además la criatura más rápida y constante, capaz de sacar adelante una gran cantidad de trabajo con una calidad difícil de igualar, por esas razones estaba dispuesto a pasar por alto sus excentricidades, aunque de vez en cuando, ciertamente, le hacía alguna observación.

Lo hacía, eso sí, con mucha suavidad, porque, aun siendo por la mañana el más cortés, incluso el más afable y reverencial de los hombres, por la tarde, si se le provocaba, tendía a soltarse un poco la lengua; de hecho, a ponerse insolente.

Ahora bien, valorando como valoraba sus servicios matutinos y resuelto a no perderlos, pero incómodo al mismo tiempo por sus maneras inflamadas después de las doce, y siendo yo un hombre pacífico, poco dispuesto a provocar con mis amonestaciones respuestas impropias, un sábado al mediodía —los sábados estaba siempre peor— me atreví a insinuarle, con toda amabilidad, que quizá, ahora que empezaba a hacerse viejo, le convendría abreviar su jornada; en resumen, que no necesitaba venir al despacho después de las doce y que, una vez comido, haría mejor regresando a su alojamiento para descansar hasta la hora del té.

Pero no; insistió en sus devociones vespertinas. Su semblante se volvió intolerablemente ardiente mientras me aseguraba con elocuencia —gesticulando con una larga regla desde el otro extremo de la habitación— que, si sus servicios de la mañana resultaban útiles, ¡cuánto más indispensables eran por la tarde!

Apenas podía resistirse aquella apelación a mi solidaridad. En cualquier caso comprendí que no se marcharía. De modo que resolví dejarle quedarse, aunque procurando que durante las tardes se ocupara de los papeles menos importantes.

Nippers, el segundo de mi lista, era un joven de unos veinticinco años, con patillas, cetrino y, en conjunto, de aspecto bastante pirático. Siempre lo consideré víctima de dos poderes malignos: la ambición y la indigestión. La ambición se manifestaba en cierta impaciencia ante las obligaciones de un mero copista y en una usurpación injustificada de asuntos estrictamente profesionales, como la redacción original de documentos jurídicos.

La indigestión parecía anunciarse mediante accesos de irritabilidad nerviosa y una impaciencia que le hacía enseñar los dientes, produciendo un audible rechinar cuando descubría errores de copia; mediante maldiciones innecesarias, más siseadas que pronunciadas en el fragor del trabajo; y, sobre todo, mediante un perpetuo descontento con la altura de la mesa en la que trabajaba. Aunque poseía un notable ingenio mecánico, Nippers jamás consiguió que aquella mesa estuviera a su gusto.

Colocaba debajo astillas, tacos de varias clases, trozos de cartón, y finalmente llegó al extremo de intentar un ajuste exquisito con pedacitos de papel secante doblado. Pero ningún artificio daba resultado. Si, para aliviarse la espalda, elevaba el tablero formando un ángulo pronunciado hasta casi tocarle la barbilla y escribía como quien emplea por escritorio el tejado inclinado de una casa holandesa, entonces declaraba que aquello le cortaba la circulación de los brazos.

Si después bajaba la mesa hasta la cintura y se encorvaba sobre ella para escribir, le empezaba a doler terriblemente la espalda. En suma, la verdad era que Nippers no sabía lo que quería. O, si quería algo, era librarse por completo de la mesa de escribiente. Entre las manifestaciones de su enfermiza ambición figuraba su afición a recibir visitas de ciertos individuos de aspecto ambiguo y abrigos ajados, a quienes llamaba sus clientes.

Yo sabía, en efecto, que no solo era de vez en cuando una especie de politiquillo de distrito, sino que hacía ocasionalmente algún pequeño negocio en los juzgados de paz y que no era desconocido en las escaleras de las Tombs. Tengo buenas razones para creer, sin embargo, que cierto individuo que vino a verle a mi despacho y que, con gran solemnidad, insistió en presentar como cliente suyo, no era más que un acreedor y que el supuesto título de propiedad era una cuenta por pagar.

Pero, con todos sus defectos y las molestias que me ocasionaba, Nippers, como su compatriota Turkey, me resultaba muy útil; tenía una caligrafía limpia y rápida y, cuando quería, no carecía de cierta compostura caballeresca. Además, vestía siempre de una manera bastante distinguida y, por ello, daba incidentalmente buen aspecto a mi despacho. En cuanto a Turkey, en cambio, me costaba mucho impedir que fuese una vergüenza para mí. Su ropa tendía a parecer grasienta y a oler a casas de comidas.

En verano llevaba los pantalones muy holgados y abolsados. Sus chaquetas eran execrables; su sombrero, mejor no tocarlo. Pero mientras el sombrero me era indiferente —pues su cortesía y deferencia naturales, propias de un inglés subordinado, le llevaban siempre a quitárselo en cuanto entraba en la habitación—, la chaqueta era otro asunto. Hablé con él acerca de sus chaquetas, sin resultado alguno.

La verdad era, supongo, que un hombre con ingresos tan modestos no podía permitirse lucir al mismo tiempo un rostro brillante y una chaqueta brillante. Como observó una vez Nippers, el dinero de Turkey se iba principalmente en tinta roja. Un día de invierno regalé a Turkey una chaqueta mía de aspecto muy respetable, gris, acolchada, extraordinariamente abrigada y que se abotonaba en línea recta desde la rodilla hasta el cuello.

Pensé que Turkey agradecería el favor y moderaría su temeridad y su alboroto de las tardes. Pero no. Creo sinceramente que abotonarse dentro de una chaqueta tan mullida y semejante a una manta produjo en él un efecto pernicioso, por el mismo principio según el cual demasiada avena perjudica a los caballos. En realidad, del mismo modo que se dice de un caballo fogoso e inquieto que siente la avena, Turkey sentía su chaqueta. Lo volvía insolente. Era un hombre a quien la prosperidad perjudicaba.

Aunque acerca de los hábitos indulgentes de Turkey tenía mis conjeturas privadas, respecto a Nippers estaba convencido de que, cualesquiera que fuesen sus otros defectos, era al menos un joven sobrio. Pero, en verdad, la propia naturaleza parecía haber sido su vinatera y haberlo cargado al nacer con un temperamento tan irritable y parecido al aguardiente que todas las libaciones posteriores resultaban innecesarias.

Cuando recuerdo cómo, en medio del silencio de mi despacho, Nippers se levantaba a veces impaciente de su silla y, encorvándose sobre la mesa, extendía los brazos, agarraba todo el escritorio y lo movía y sacudía por el suelo con un gesto sombrío y rechinante, como si la mesa fuese un agente voluntario y perverso empeñado en contrariarlo y atormentarlo, comprendo claramente que, para Nippers, el aguardiente con agua era enteramente superfluo.

Era una suerte para mí que, debido a su peculiar causa —la indigestión—, la irritabilidad y el consiguiente nerviosismo de Nippers se manifestaran principalmente por la mañana, mientras que por la tarde estaba comparativamente apacible. De manera que, como los paroxismos de Turkey no comenzaban hasta alrededor de las doce, nunca tenía que soportar las excentricidades de ambos al mismo tiempo. Sus ataques se relevaban como guardias. Cuando el de Nippers estaba de servicio, el de Turkey descansaba, y viceversa. En aquellas circunstancias era una buena disposición natural.

Ginger Nut, el tercero de mi lista, era un muchacho de unos doce años. Su padre era carretero y ambicionaba ver a su hijo sentado en el estrado de un juez en vez de sobre un carro antes de morir. Por eso lo envió a mi despacho como estudiante de Derecho, chico de los recados, limpiador y barrendero, por un salario de un dólar a la semana. Tenía un pequeño escritorio para él solo, aunque apenas lo utilizaba. Si se abría el cajón podía verse una gran colección de cáscaras de distintas clases de frutos secos.

En efecto, para aquel muchacho despierto toda la noble ciencia del Derecho estaba contenida, literalmente, en una cáscara de nuez. Entre las tareas de Ginger Nut, y no la menos importante ni la que desempeñaba con menor diligencia, figuraba abastecer de pasteles y manzanas a Turkey y Nippers. Copiar documentos jurídicos era proverbialmente una ocupación seca y áspera, y mis dos escribientes necesitaban humedecerse la boca muy a menudo con manzanas Spitzenberg, que podían comprarse en los numerosos puestos próximos a la Aduana y a Correos.

También enviaban a Ginger Nut con mucha frecuencia a por cierto pastel pequeño, plano, redondo y muy especiado del que había recibido su apodo. En las mañanas frías, cuando había poco trabajo, Turkey devoraba docenas de aquellos pastelillos como si fueran simples obleas —en efecto, se vendían a seis u ocho por penique—, mientras el rascar de su pluma se mezclaba con el crujido de las partículas quebradizas entre sus dientes.

Entre todos los errores febriles y las atropelladas imprudencias vespertinas de Turkey estuvo la ocasión en que humedeció entre los labios una galleta de jengibre y la plantó sobre una hipoteca a modo de sello. Estuve a punto de despedirlo en aquel instante. Pero me apaciguó haciendo una reverencia oriental y diciendo:

Mi negocio original —el de redactar escrituras, investigar títulos de propiedad y preparar documentos recónditos de toda clase— había aumentado considerablemente desde que recibí el cargo de Master in Chancery. Había ahora muchísimo trabajo para los escribientes. No solo debía apremiar a los empleados que ya tenía, sino contratar ayuda adicional. En respuesta a mi anuncio, una mañana apareció en el umbral de mi despacho un joven inmóvil; la puerta estaba abierta, pues era verano.

Puedo ver todavía aquella figura: pálidamente pulcra, lastimosamente respetable, incurablemente desolada. Era Bartleby.

Después de unas pocas palabras acerca de sus aptitudes, lo contraté, contento de contar entre mi cuerpo de copistas con un hombre de aspecto tan singularmente sosegado, pues pensé que podría ejercer un efecto beneficioso sobre el temperamento volátil de Turkey y el ardiente de Nippers.

Debí decir antes que unas puertas plegables de vidrio esmerilado dividían mi despacho en dos partes, una ocupada por mis escribientes y la otra por mí. Según mi humor, abría aquellas puertas de par en par o las cerraba. Resolví asignar a Bartleby un rincón junto a ellas, pero de mi lado, para tener a aquel hombre silencioso al alcance de la voz si se presentaba alguna pequeña tarea.

Coloqué su escritorio muy cerca de una pequeña ventana lateral de aquella parte de la habitación; una ventana que en otro tiempo había ofrecido una vista oblicua de ciertos patios traseros mugrientos y de algunos ladrillos, pero que, debido a construcciones posteriores, ya no ofrecía vista alguna, aunque sí algo de luz. A menos de un metro de los cristales había un muro, y la claridad descendía desde muy arriba, entre dos edificios elevados, como a través de una diminuta abertura en una cúpula.

Para perfeccionar todavía más la disposición, conseguí un biombo plegable, alto y verde, que podía aislar por completo a Bartleby de mi vista sin apartarlo de mi voz. De este modo, en cierta manera, quedaban unidas la intimidad y la compañía.

Al principio Bartleby produjo una cantidad extraordinaria de escritura. Como si hubiera pasado mucho tiempo hambriento de algo que copiar, parecía atiborrarse con mis documentos. No había pausa para la digestión. Mantenía una línea continua de día y de noche, copiando a la luz del sol y a la de las velas. Su aplicación me habría encantado si hubiese sido alegremente laboriosa. Pero escribía en silencio, pálidamente, mecánicamente.

Es, desde luego, parte indispensable del oficio de un escribiente verificar palabra por palabra la exactitud de su copia. Cuando hay dos o más escribientes en una oficina se ayudan mutuamente en esa comprobación: uno lee de la copia y el otro sostiene el original. Es una tarea muy aburrida, fatigosa y soporífera. Puedo imaginar sin dificultad que para ciertos temperamentos sanguíneos resultaría absolutamente intolerable.

Por ejemplo, no puedo creer que el fogoso poeta Byron se hubiese sentado satisfecho junto a Bartleby para cotejar un documento jurídico de, digamos, quinientas páginas, densamente escrito con una letra apretada y rizada.

De vez en cuando, cuando el trabajo apremiaba, tenía por costumbre ayudar yo mismo a cotejar algún documento breve, llamando para ello a Turkey o a Nippers. Una de las razones por las que había colocado a Bartleby tan cerca de mí, detrás del biombo, era poder servirme de él en esas pequeñas ocasiones.

Creo que fue al tercer día de estar conmigo, antes de que hubiese surgido la necesidad de revisar siquiera sus propias copias, cuando, muy apurado por terminar un pequeño asunto que tenía entre manos, llamé bruscamente a Bartleby.

Con las prisas y la natural expectativa de una obediencia inmediata, permanecí sentado con la cabeza inclinada sobre el original que estaba en mi escritorio y la mano derecha extendida hacia un lado, sosteniendo la copia con cierta impaciencia, de modo que, en cuanto saliera de su retiro, Bartleby pudiera cogerla y ponerse al trabajo sin la menor demora.

En esa misma postura estaba cuando lo llamé, explicándole rápidamente lo que quería que hiciera: cotejar conmigo un pequeño documento. Imagínese mi sorpresa, más aún, mi consternación, cuando, sin moverse de su intimidad, Bartleby respondió con una voz singularmente suave y firme:

Permanecí un rato en absoluto silencio, tratando de reunir mis facultades aturdidas. Enseguida se me ocurrió que mis oídos me habían engañado o que Bartleby había entendido completamente mal lo que quería decir. Repetí mi petición con el tono más claro que pude adoptar. Pero, con una claridad idéntica, llegó la misma respuesta:

Y se la tendí.

Lo miré fijamente. Su rostro permanecía delgadamente compuesto; sus ojos grises, vagamente serenos. Ni una sola arruga de agitación se formó en él. Si hubiese habido en sus maneras la menor inquietud, ira, impaciencia o impertinencia; en otras palabras, si hubiese habido en él algo ordinariamente humano, sin duda lo habría expulsado violentamente del despacho. Pero, tal como estaban las cosas, se me habría ocurrido antes echar a la calle mi pálido busto de Cicerón hecho de yeso.

Me quedé mirándolo algún tiempo mientras continuaba con su propia escritura y después volví a sentarme ante mi escritorio. Esto es muy extraño, pensé. ¿Qué será mejor hacer? Pero el trabajo me apremiaba. Decidí olvidar el asunto por el momento y reservarlo para cuando tuviera tiempo. Así que llamé a Nippers desde la otra habitación y el documento fue cotejado rápidamente.

Unos días después, Bartleby terminó cuatro extensos documentos, cuadruplicados del testimonio de una semana tomado ante mí en mi tribunal de Cancillería. Era necesario cotejarlos. Se trataba de un pleito importante y la máxima exactitud era imprescindible. Una vez preparado todo, llamé a Turkey, Nippers y Ginger Nut desde la habitación contigua, con la intención de poner las cuatro copias en manos de mis cuatro empleados mientras yo leía el original.

Turkey, Nippers y Ginger Nut se sentaron en fila, cada uno con su documento en la mano, y entonces llamé a Bartleby para que se uniera a aquel interesante grupo.

Oí el lento roce de las patas de su silla sobre el suelo sin alfombra y poco después apareció de pie en la entrada de su ermita.

Y le tendí el cuarto ejemplar.

Durante unos instantes quedé convertido en una estatua de sal, de pie a la cabeza de mi columna de empleados sentados. Cuando me recobré, avancé hacia el biombo y exigí la razón de aquella conducta extraordinaria.

Con cualquier otro hombre habría estallado de inmediato en una furia terrible, habría despreciado toda palabra adicional y lo habría expulsado ignominiosamente de mi presencia. Pero había algo en Bartleby que no solo me desarmaba de una forma extraña, sino que de un modo maravilloso me conmovía y desconcertaba. Empecé a razonar con él.

Me pareció que, mientras yo le hablaba, había considerado cuidadosamente cada una de mis afirmaciones, comprendido plenamente su sentido y reconocido que no podía refutar la conclusión irresistible, pero que, al mismo tiempo, alguna consideración superior prevalecía en él y le llevaba a responder como lo hacía.

Me dio a entender brevemente que, en aquel punto, mi juicio era correcto. Sí: su decisión era irreversible.

No es raro que, cuando un hombre es intimidado de una manera sin precedentes y violentamente irracional, empiece a tambalearse incluso en sus convicciones más evidentes. Comienza, por así decirlo, a sospechar vagamente que, por maravilloso que parezca, toda la justicia y toda la razón podrían encontrarse del otro lado. Por eso, si hay presentes personas desinteresadas, recurre a ellas para reforzar su propia mente vacilante.

El lector de percepciones delicadas advertirá aquí que, siendo por la mañana, la respuesta de Turkey está formulada en términos educados y tranquilos, mientras que Nippers responde con mal humor. O, por repetir una observación anterior, el mal carácter de Nippers estaba de guardia y el de Turkey, franco.

Pero no se dignó responder. Reflexioné un momento, dolorosamente perplejo. Una vez más, sin embargo, el trabajo me apremiaba. Decidí aplazar de nuevo el examen de aquel dilema hasta que dispusiera de tiempo.

Con alguna dificultad conseguimos revisar los documentos sin Bartleby, aunque cada página o dos Turkey dejaba caer respetuosamente la opinión de que aquel procedimiento era del todo contrario a la costumbre, mientras Nippers, retorciéndose en su silla con nerviosismo dispéptico, rechinaba entre los dientes apretados alguna maldición sibilante contra el terco majadero situado detrás del biombo. Y, por lo que a Nippers concernía, aquella sería la primera y última vez que haría gratis el trabajo de otro hombre.

Mientras tanto, Bartleby permanecía sentado en su ermita, ajeno a todo salvo a su peculiar ocupación.

Pasaron algunos días, durante los cuales el escribiente estuvo ocupado en otro largo trabajo. Su reciente y notable conducta me llevó a observar cuidadosamente sus hábitos. Advertí que nunca salía a comer; en realidad, que nunca iba a ninguna parte. Hasta entonces, por conocimiento personal, jamás lo había visto fuera de mi despacho. Era un centinela perpetuo en su rincón.

Sin embargo, alrededor de las once de la mañana advertía que Ginger Nut se acercaba a la abertura del biombo de Bartleby como si hubiese sido llamado silenciosamente por un gesto invisible desde el lugar donde yo estaba. El muchacho salía entonces de la oficina haciendo tintinear unas monedas y regresaba con un puñado de galletas de jengibre, que entregaba en la ermita, recibiendo dos de ellas por el recado.

Así que vive de galletas de jengibre, pensé; nunca hace, propiamente hablando, una comida; entonces debe de ser vegetariano. Pero no: tampoco come verduras; no come nada excepto galletas de jengibre. Mi mente se perdió entonces en ensoñaciones acerca de los probables efectos que tendría sobre la constitución humana alimentarse exclusivamente de galletas de jengibre. Se llaman así porque contienen jengibre entre sus ingredientes característicos y porque es este el sabor final. Ahora bien, ¿qué era el jengibre? Una cosa ardiente, picante.

¿Era Bartleby ardiente y picante? En absoluto. El jengibre, entonces, no producía efecto alguno sobre Bartleby. Probablemente prefería que no lo produjera.

Nada exaspera tanto a una persona seria como una resistencia pasiva. Si quien tropieza con ella no es de temperamento inhumano, y si quien resiste es perfectamente inofensivo en su pasividad, entonces, en los mejores estados de ánimo del primero, este tratará caritativamente de comprender con la imaginación aquello que su juicio es incapaz de resolver. Así, por lo general, contemplaba yo a Bartleby y sus maneras.

¡Pobre hombre!, pensaba. No pretende hacer daño; es evidente que no busca insolentarme; su aspecto demuestra suficientemente que sus excentricidades son involuntarias. Me resulta útil. Puedo arreglármelas con él. Si lo despido, es probable que caiga en manos de un patrón menos indulgente y que sea tratado con rudeza y quizá expulsado miserablemente para morir de hambre. Sí. Aquí puedo comprar a muy bajo precio una deliciosa aprobación de mí mismo.

Hacerme amigo de Bartleby, tolerarlo en su extraña obstinación, me costará poco o nada, mientras acumulo en el alma lo que terminará convirtiéndose en un dulce bocado para mi conciencia. Pero este estado de ánimo no era constante. La pasividad de Bartleby me irritaba a veces. Me sentía extrañamente aguijoneado a enfrentarme con él en una nueva oposición, a arrancarle alguna chispa de ira que respondiese a la mía. Pero habría obtenido el mismo resultado intentando sacar fuego con los nudillos de una pastilla de jabón de Windsor.

Una tarde, sin embargo, el impulso maligno se apoderó de mí y tuvo lugar la pequeña escena siguiente.

No respondió.

Abrí de golpe las puertas plegables cercanas y, volviéndome hacia Turkey y Nippers, exclamé excitado:

Era por la tarde, recuérdese. Turkey estaba sentado, resplandeciendo como una caldera de latón; la cabeza calva parecía echar vapor y sus manos se agitaban entre los papeles manchados de tinta.

Al decirlo, Turkey se puso en pie y levantó los brazos en postura pugilística. Se precipitaba ya a cumplir su promesa cuando lo retuve, alarmado por el efecto de haber despertado imprudentemente la combatividad de Turkey después de comer.

Cerré las puertas y avancé de nuevo hacia Bartleby. Sentí nuevos incentivos que me tentaban hacia mi destino. Ardía en deseos de que volviera a rebelarse contra mí. Recordé que Bartleby nunca salía de la oficina.

Retrocedí hasta mi escritorio y me senté sumido en profundas reflexiones. Mi ciega obstinación volvió. ¿Había alguna otra cosa en la que pudiera procurarme la ignominiosa experiencia de ser rechazado por aquel ser flaco y sin un centavo, por mi propio empleado? ¿Qué otra tarea, perfectamente razonable, podría pedirle con la certeza de que se negaría?

Ninguna respuesta.

Ninguna respuesta.

Como un auténtico fantasma, obedeciendo las leyes de la invocación mágica, a la tercera llamada apareció en la entrada de su ermita.

En aquel momento tuve medio propósito de hacer algo semejante. Pero, en conjunto, como se acercaba mi hora de comer, juzgué mejor ponerme el sombrero e irme a casa por aquel día, profundamente afligido por la perplejidad y el desasosiego.

¿Debo confesarlo? La conclusión de todo aquel asunto fue que pronto se convirtió en un hecho establecido en mi despacho que un joven escribiente pálido llamado Bartleby tenía allí un escritorio; que copiaba para mí al precio habitual de cuatro centavos el folio —cien palabras—, pero quedaba permanentemente exento de revisar el trabajo realizado por él, tarea transferida a Turkey y a Nippers, sin duda como homenaje a su superior perspicacia; que, además, Bartleby no sería enviado bajo ninguna circunstancia al recado más insignificante; y que, incluso si se le rogaba que asumiera una tarea de esa clase, se entendía por lo general que preferiría no hacerlo; en otras palabras, que se negaría en redondo.

Con el paso de los días llegué a reconciliarme considerablemente con Bartleby. Su constancia, su completa ausencia de disipación, su laboriosidad incesante —salvo cuando decidía entregarse de pie a una de sus ensoñaciones ante el muro, detrás del biombo—, su enorme quietud y la invariabilidad de su conducta bajo cualquier circunstancia lo convertían en una adquisición valiosa. Había una ventaja principal: siempre estaba allí; el primero por la mañana, sin interrupción durante todo el día y el último por la noche. Tenía una confianza singular en su honradez.

Sentía que mis papeles más valiosos estaban perfectamente seguros en sus manos. A veces, es cierto, no podía, por mi alma, evitar caer en súbitos arrebatos espasmódicos de ira contra él. Era extraordinariamente difícil recordar en todo momento aquellas peculiares rarezas, privilegios y exenciones inauditas que constituían las cláusulas tácitas impuestas por Bartleby para permanecer en mi oficina.

De vez en cuando, en la urgencia de despachar un asunto apremiante, llamaba inadvertidamente a Bartleby con un tono corto y rápido para que pusiera, por ejemplo, un dedo sobre el comienzo del nudo de una cinta roja con la que yo estaba a punto de atar unos documentos. Naturalmente, desde detrás del biombo llegaba con seguridad la respuesta habitual: «Prefiero no hacerlo». ¿Y cómo podía una criatura humana, con las comunes flaquezas de nuestra naturaleza, abstenerse entonces de exclamar amargamente contra semejante perversidad, contra semejante falta de razón?

Sin embargo, cada nuevo rechazo de esa clase que recibía no hacía sino disminuir la probabilidad de que volviese a cometer la misma inadvertencia.

Conviene decir aquí que, según la costumbre de la mayoría de los hombres de leyes que ocupaban despachos en edificios atestados de oficinas jurídicas, había varias llaves de mi puerta. Una la guardaba una mujer que vivía en la buhardilla y que fregaba mis habitaciones una vez por semana y barría y quitaba el polvo a diario. Otra la tenía Turkey, por comodidad. Una tercera la llevaba yo a veces en el bolsillo. Quién poseía la cuarta, no lo sabía.

Un domingo por la mañana iba yo a Trinity Church para escuchar a un predicador célebre y, como había llegado bastante pronto, pensé en pasar un rato por el despacho. Por fortuna llevaba mi llave; pero al introducirla en la cerradura encontré resistencia: algo estaba metido por dentro. Muy sorprendido, llamé. Para mi consternación, una llave giró desde el interior y, asomando su rostro enjuto por la puerta entreabierta, apareció la figura de Bartleby, en mangas de camisa y con un desaliño extrañamente andrajoso. Me dijo con tranquilidad que lo sentía, pero que en aquel momento estaba profundamente ocupado y que preferiría no dejarme entrar por ahora.

Añadió, en pocas palabras, que quizá sería mejor que diese dos o tres vueltas a la manzana y que, para entonces, probablemente habría terminado sus asuntos.

La aparición absolutamente inesperada de Bartleby, instalado un domingo por la mañana en mis oficinas jurídicas, con aquella despreocupación cadavéricamente caballerosa y, al mismo tiempo, firme y dueña de sí, produjo en mí un efecto tan extraño que me escabullí sin más de mi propia puerta e hice lo que me había indicado. No, sin embargo, sin sentir algunos tirones de rebelión impotente ante la suave desfachatez de aquel inexplicable escribiente. Era precisamente su extraordinaria mansedumbre lo que no solo me desarmaba, sino que, por decirlo así, me despojaba de mi condición de hombre.

Porque considero que, durante el tiempo en que permite tranquilamente que un empleado a sueldo le dicte lo que debe hacer y lo expulse de sus propios locales, un hombre queda, en cierto modo, desposeído de sí mismo. Además, me inquietaba sobremanera imaginar qué podía estar haciendo Bartleby en mi despacho, en mangas de camisa y en semejante estado de desmontaje, un domingo por la mañana. ¿Ocurría allí algo indebido? No: aquello estaba fuera de toda posibilidad. Ni por un instante podía pensarse que Bartleby fuese una persona inmoral.

Entonces, ¿qué hacía allí? ¿Copiaba? Tampoco. Fuesen cuales fuesen sus excentricidades, Bartleby era una persona eminentemente decorosa. Habría sido el último hombre en sentarse a su escritorio en un estado próximo a la desnudez. Además era domingo, y había algo en Bartleby que impedía suponer que pudiera quebrantar, con una ocupación profana, las conveniencias del día.

Con todo, mi ánimo no se tranquilizó y, lleno de una curiosidad inquieta, terminé por regresar a la puerta. Introduje la llave sin impedimento, abrí y entré. Bartleby no estaba a la vista. Miré alrededor con ansiedad, me asomé detrás del biombo; era evidente que se había marchado. Examinando con mayor cuidado el lugar, empecé a sospechar que, desde hacía un tiempo indeterminado, Bartleby debía de comer, vestirse y dormir en mi oficina, y todo ello sin plato, espejo ni cama.

El asiento acolchado de un viejo sofá desvencijado, en un rincón, conservaba la débil huella de un cuerpo flaco que se hubiese tendido allí. Enrollada bajo su escritorio encontré una manta; bajo la chimenea vacía, una caja de betún y un cepillo; sobre una silla, una palangana de hojalata, con jabón y una toalla hecha jirones; en un periódico, unas migas de galleta de jengibre y un pedazo de queso. Sí, pensé: resulta bastante evidente que Bartleby ha hecho de este sitio su casa y lleva aquí, completamente solo, una existencia de soltero.

Entonces me atravesó de golpe un pensamiento: ¡qué miserable ausencia de amigos, qué soledad se revelaba allí! Su pobreza era grande; pero su aislamiento, ¡qué espantoso! Piénsese en ello. Los domingos, Wall Street queda desierta como Petra; y todas las noches, cada día, es un vacío. Este mismo edificio, que durante la semana zumba de trabajo y de vida, al caer la noche resuena de pura ausencia y durante todo el domingo queda abandonado. Y aquí hace Bartleby su hogar: único espectador de una soledad que ha conocido poblada, una especie de Mario inocente y transformado, meditando entre las ruinas de Cartago.

Por primera vez en mi vida me invadió una melancolía punzante y abrumadora. Hasta entonces nunca había experimentado otra cosa que una tristeza no del todo desagradable. El vínculo de nuestra común humanidad me arrastró irresistiblemente hacia la pesadumbre. ¡Una melancolía fraterna! Porque Bartleby y yo éramos, los dos, hijos de Adán.

Recordé las sedas luminosas y los rostros resplandecientes que había visto aquel día, engalanados, navegando como cisnes por el Misisipi de Broadway; y los contrapuse al pálido copista. Ah, pensé, la felicidad busca la luz y por eso creemos que el mundo es alegre; la desgracia se oculta, y por eso creemos que no existe. Aquellas fantasías tristes —quimeras, sin duda, de un cerebro enfermo y necio— me llevaron a otras reflexiones más concretas acerca de las excentricidades de Bartleby.

Presentimientos de descubrimientos extraños revoloteaban a mi alrededor. Vi en mi imaginación la figura pálida del escribiente, tendida entre desconocidos indiferentes, envuelta en un sudario estremecido.

De pronto me llamó la atención el escritorio cerrado de Bartleby. La llave había quedado puesta y perfectamente a la vista.

No pretendo hacer daño ni satisfacer una curiosidad sin corazón, pensé; además, el escritorio es mío y, por tanto, también lo es su contenido. Me atreveré a mirar. Todo estaba dispuesto con método, los papeles cuidadosamente colocados. Los casilleros eran profundos y, después de retirar los legajos, metí la mano en el fondo. Al poco toqué algo y lo saqué. Era un viejo pañuelo de bandana, pesado y anudado. Lo abrí: era su caja de ahorros.

Recordé entonces todos los misterios silenciosos que había observado en aquel hombre. Recordé que nunca hablaba salvo para responder; que, aunque de vez en cuando disponía de bastante tiempo libre, jamás lo había visto leer, ni siquiera un periódico; que durante largos periodos permanecía en pie mirando desde su pálida ventana, detrás del biombo, hacia el muro de ladrillo muerto; que estaba casi seguro de que nunca acudía a un comedor ni a una fonda; que su rostro pálido revelaba que no bebía cerveza como Turkey, ni siquiera té o café como los demás hombres; que, hasta donde yo sabía, nunca iba a ningún sitio en particular; que jamás salía a pasear, a menos que precisamente lo estuviese haciendo en ese momento; que se había negado a decirme quién era, de dónde venía o si tenía parientes en el mundo; y que, pese a estar tan delgado y pálido, nunca se quejaba de mala salud.

Y, sobre todo, recordé cierto aire inconsciente de pálida... ¿cómo llamarlo?... de pálida altivez, quizá, o más bien una reserva austera que me había intimidado de tal manera que acabé sometiéndome dócilmente a sus excentricidades, hasta el punto de temer pedirle el servicio incidental más pequeño, incluso cuando, por su prolongada inmovilidad, podía saber que detrás del biombo estaba entregado a una de aquellas ensoñaciones ante el muro muerto.

Mientras daba vueltas a todas estas cosas y las unía al hecho recién descubierto de que había convertido mi oficina en residencia y hogar permanentes, sin olvidar su sombrío estado de ánimo, comenzó a insinuarse en mí un sentimiento de prudencia. Mis primeras emociones habían sido de pura melancolía y de compasión sincera; pero a medida que el desamparo de Bartleby crecía y crecía en mi imaginación, aquella misma melancolía se transformaba en miedo y aquella compasión en repulsión.

Tan cierto como terrible es que, hasta cierto punto, el pensamiento o la visión de la desdicha convocan nuestros mejores afectos; pero, en determinados casos, más allá de ese punto dejan de hacerlo. Se equivocan quienes afirman que ello se debe siempre al egoísmo inherente al corazón humano. Procede más bien de una cierta desesperanza ante la posibilidad de remediar un mal excesivo y orgánico. Para un ser sensible, la piedad es muchas veces dolor. Y cuando al fin se comprende que esa piedad no puede conducir a un socorro eficaz, el sentido común ordena al alma librarse de ella. Lo que vi aquella mañana me convenció de que el escribiente era víctima de un trastorno innato e incurable. Podía dar limosna a su cuerpo; pero su cuerpo no era lo que sufría. Era su alma, y hasta ella yo no podía llegar.

No cumplí mi propósito de ir a Trinity Church aquella mañana. De algún modo, lo que había visto me incapacitó por entonces para ir a la iglesia. Caminé hacia casa pensando qué debía hacer con Bartleby. Finalmente tomé una decisión: a la mañana siguiente le formularía, con calma, algunas preguntas acerca de su historia; si se negaba a responder de manera abierta y completa —y suponía que preferiría no hacerlo—, le entregaría veinte dólares además de todo lo que le debiese y le diría que ya no necesitaba sus servicios. Añadiría que, si podía ayudarlo de cualquier otra manera, estaría encantado de hacerlo; especialmente si deseaba regresar a su lugar de origen, dondequiera que fuese, contribuiría gustoso a pagar el viaje. Y si, después de llegar a su casa, alguna vez necesitaba ayuda, una carta suya no quedaría sin respuesta.

Llegó la mañana siguiente.

No hubo respuesta.

Entonces se deslizó sin ruido hasta quedar a la vista.

No me miró mientras yo hablaba. Mantuvo los ojos fijos en mi busto de Cicerón, que, desde el lugar donde yo estaba sentado, quedaba directamente detrás de mí, unos quince centímetros por encima de mi cabeza.

Reconozco que fue una debilidad por mi parte, pero sus maneras en aquella ocasión me irritaron. No solo parecía esconderse en ellas una especie de desprecio sereno, sino que su obstinación resultaba ingrata a la vista del trato indudablemente bueno y de la indulgencia que había recibido de mí.

Volví a sentarme a meditar qué debía hacer. Por mortificado que estuviese y aunque al entrar en el despacho había resuelto despedirlo, sentí, de manera extraña, que algo supersticioso llamaba a mi corazón, me prohibía llevar a cabo aquel propósito y me acusaba de villano si me atrevía a pronunciar una sola palabra amarga contra el más desamparado de los hombres.

Finalmente llevé con familiaridad mi silla detrás del biombo, me senté y dije:

En ese momento se abrieron las puertas plegables y se acercó Nippers. Parecía sufrir las consecuencias de una noche especialmente mala, provocada por una indigestión más feroz de lo habitual. Había oído las últimas palabras de Bartleby.

Bartleby no movió un músculo.

De algún modo, últimamente había adquirido el hábito de emplear involuntariamente la palabra «preferir» en toda clase de ocasiones en las que no encajaba del todo. Me estremecía pensar que el trato con el escribiente ya me había afectado, y seriamente, en el terreno mental. ¿A qué aberración más profunda podría conducir todavía? Este temor no había dejado de influir en mi decisión de adoptar medidas sumarias.

Mientras Nippers se marchaba con expresión agria y malhumorada, Turkey se acercó con suavidad y deferencia.

Al abrir Turkey las puertas plegables para salir, Nippers levantó la vista desde su mesa, me vio y preguntó si prefería que cierto documento se copiara en papel azul o en papel blanco. No había subrayado con malicia la palabra «preferir». Estaba claro que le había salido involuntariamente de la lengua. Seguramente, pensé, debo librarme de un demente que ya ha trastornado en cierta medida las lenguas, si no las cabezas, de mis empleados y la mía propia. Pero juzgué prudente no precipitar todavía el despido.

Al día siguiente observé que Bartleby no hacía otra cosa que permanecer de pie ante la ventana, entregado a su ensoñación frente al muro muerto. Cuando le pregunté por qué no escribía, dijo que había decidido no escribir más.

Lo miré con atención y advertí que sus ojos estaban apagados y vidriosos. De inmediato pensé que su extraordinaria diligencia copiando junto a aquella ventana sombría durante las primeras semanas de estancia conmigo podía haberle perjudicado temporalmente la vista.

Me conmovió. Le dije algunas palabras de condolencia. Insinué que, desde luego, hacía bien en abstenerse de escribir durante un tiempo y lo animé a aprovechar la ocasión para hacer un poco de ejercicio saludable al aire libre. Sin embargo, no lo hizo.

Unos días más tarde, estando ausentes mis otros empleados y teniendo yo gran prisa por despachar ciertas cartas por correo, pensé que Bartleby, puesto que no tenía absolutamente ninguna otra cosa que hacer, sería sin duda menos inflexible de lo habitual y llevaría aquellas cartas a Correos. Pero se negó con toda frialdad. Para gran inconveniencia mía, tuve que ir yo mismo.

Pasaron todavía más días. No sabría decir si los ojos de Bartleby mejoraron. Por su aspecto, me pareció que sí; pero, cuando se lo pregunté, no se dignó responder. En cualquier caso no volvió a copiar. Finalmente, en respuesta a mis insistencias, me informó de que había abandonado definitivamente la copia.

Continuó siendo, como siempre, una pieza fija de mi despacho. Más aún: si tal cosa era posible, se volvió todavía más fijo que antes. ¿Qué podía hacerse? No hacía nada en la oficina: ¿por qué había de quedarse? La verdad desnuda era que se había convertido para mí en una piedra de molino, no solo inútil como collar, sino dolorosa de soportar. Y, sin embargo, me daba pena. Digo menos que la verdad cuando afirmo que, por él mismo, me causaba inquietud.

Si hubiese mencionado un solo pariente o amigo, habría escrito inmediatamente para pedirle que se hiciera cargo del pobre hombre y lo llevase a algún refugio conveniente. Pero parecía solo, absolutamente solo en el universo: un pedazo de naufragio en mitad del Atlántico. Al final, las necesidades de mi profesión tiranizaron sobre todas las demás consideraciones. Con toda la decencia que pude, dije a Bartleby que dentro de seis días tendría que abandonar incondicionalmente la oficina.

Le advertí que durante aquel plazo adoptase medidas para procurarse otro alojamiento. Me ofrecí a ayudarle, siempre que él diese el primer paso hacia la mudanza.

Al expirar el plazo miré detrás del biombo y, ¡he aquí!, Bartleby seguía allí.

Me abotoné el abrigo hasta arriba, afirmé el cuerpo, avancé lentamente hacia él, le toqué el hombro y dije:

Permaneció en silencio.

Yo tenía una confianza ilimitada en la honradez corriente de aquel hombre. En muchas ocasiones me había devuelto monedas de seis peniques y chelines que yo había dejado caer descuidadamente al suelo, pues soy bastante negligente en esas minucias de bolsillo. Por tanto, lo que hice a continuación no parecerá extraordinario.

Y extendí los billetes hacia él. No hizo movimiento alguno.

Los puse bajo un pisapapeles de la mesa. Después tomé el sombrero y el bastón y, al llegar a la puerta, me volví tranquilamente.

Pero no respondió una sola palabra. Como la última columna de un templo en ruinas, permaneció de pie, mudo y solitario, en medio de la habitación por lo demás desierta.

Mientras regresaba a casa con ánimo pensativo, mi vanidad venció a mi compasión. No podía dejar de felicitarme por la magistral maniobra mediante la cual me había librado de Bartleby. Magistral la llamo, y así debe parecerle a cualquier pensador desapasionado. La belleza de mi procedimiento consistía, según me parecía, en su absoluta tranquilidad.

No había habido intimidación vulgar, ni bravuconería de ninguna clase, ni gritos coléricos, ni paseos furiosos de un lado a otro de la habitación mientras lanzaba órdenes violentas para que Bartleby recogiese sus miserables bártulos y se largara. Nada de eso. Sin ordenarle en voz alta que se marchase —como habría hecho un espíritu inferior—, adopté como punto de partida que necesariamente se marcharía y construí sobre esa suposición todo cuanto tenía que decir. Cuanto más meditaba sobre el procedimiento, más encantado quedaba con él.

Sin embargo, a la mañana siguiente, al despertar, me asaltaron las dudas. De algún modo había dormido hasta disipar los vapores de la vanidad. Una de las horas más serenas y sensatas que tiene un hombre es la inmediatamente posterior al despertar. Mi procedimiento seguía pareciéndome tan sagaz como antes, pero solo en teoría. Cómo resultaría en la práctica: ahí estaba la dificultad. Había sido, ciertamente, una idea hermosa dar por supuesta la marcha de Bartleby; pero aquella suposición era mía y no de Bartleby.

La cuestión esencial no era si yo había dado por supuesto que él me abandonaría, sino si él preferiría hacerlo. Bartleby era más hombre de preferencias que de suposiciones.

Continuación. Putnam's Monthly Magazine, diciembre de 1853.

Después de desayunar bajé hacia el centro de la ciudad, sopesando las probabilidades a favor y en contra. Por momentos pensaba que mi plan resultaría un fracaso miserable y encontraría a Bartleby tan vivo como siempre en mi oficina; al instante siguiente me parecía seguro que vería su silla vacía. Así fui oscilando de una opinión a otra. En la esquina de Broadway con Canal Street vi a un grupo de personas bastante excitadas, enfrascadas en una conversación seria.

Ya llevaba instintivamente la mano al bolsillo para sacar el mío cuando recordé que era día de elecciones. Las palabras que había oído no se referían en absoluto a Bartleby, sino al éxito o fracaso de algún candidato a la alcaldía. En el estado de concentración en que me encontraba había imaginado, por así decirlo, que todo Broadway compartía mi excitación y debatía la misma cuestión que yo. Seguí adelante, muy agradecido de que el estrépito de la calle ocultase mi momentáneo despiste.

Tal como me había propuesto, llegué a la puerta del despacho antes de lo habitual. Me quedé un instante escuchando. Todo estaba quieto. Tenía que haberse marchado. Probé el pomo. La puerta estaba cerrada. Sí: mi procedimiento había funcionado como un encantamiento; sin duda había desaparecido. Sin embargo, a aquella certeza se mezcló cierta melancolía: casi lamentaba mi brillante éxito.

Buscaba bajo el felpudo la llave que Bartleby debía haber dejado para mí cuando mi rodilla golpeó accidentalmente uno de los paneles de la puerta, produciendo un sonido semejante a una llamada. Desde dentro respondió una voz:

Era Bartleby.

Me quedé fulminado. Durante un instante permanecí como aquel hombre que, con la pipa en la boca, murió una tarde despejada de verano, mucho tiempo atrás, en Virginia, alcanzado por un rayo surgido de un cielo sereno: murió asomado a su ventana abierta y tibia y quedó inclinado allí sobre la tarde soñolienta hasta que alguien lo tocó y cayó.

Pero, obedeciendo otra vez a aquel maravilloso ascendiente que el inescrutable escribiente ejercía sobre mí y del que, pese a toda mi irritación, no conseguía liberarme por completo, bajé lentamente las escaleras, salí a la calle y, mientras daba una vuelta a la manzana, pensé qué podía hacer ante semejante perplejidad sin precedentes.

No podía echar al hombre empujándolo físicamente; expulsarlo a fuerza de insultos tampoco era aceptable; llamar a la policía me resultaba desagradable; y, sin embargo, tampoco podía consentir que disfrutara de su cadavérica victoria sobre mí. ¿Qué hacer? Y si no podía hacerse nada, ¿quedaba alguna otra cosa que yo pudiera dar por supuesta en el asunto? Sí. Antes había supuesto anticipadamente que Bartleby se marcharía; ahora podía suponer retrospectivamente que ya se había marchado.

Llevando legítimamente a sus últimas consecuencias esta suposición, podría entrar en mi oficina con gran prisa y, fingiendo no verlo en absoluto, caminar directamente contra Bartleby como si fuera aire. Un procedimiento semejante tendría, en un grado singular, el carácter de un golpe definitivo. Parecía difícil que Bartleby pudiera resistir una aplicación tan contundente de la doctrina de las suposiciones. Pero, pensándolo mejor, el éxito del plan me pareció bastante dudoso. Resolví discutir el asunto una vez más.

Señalé los billetes, exactamente donde los había dejado la tarde anterior. No respondió.

No respondió.

Se retiró en silencio a su ermita.

Me encontraba ya en tal estado de resentimiento nervioso que juzgué prudente contenerme y no hacer por el momento nuevas demostraciones. Bartleby y yo estábamos solos.

Recordé la tragedia del desgraciado Adams y del todavía más desgraciado Colt, ocurrida en el solitario despacho de este último; y cómo el pobre Colt, terriblemente irritado por Adams y después de permitirse imprudentemente una excitación salvaje, se vio arrastrado casi sin darse cuenta a su acto fatal: un acto que, sin duda, ningún hombre podría lamentar más que su propio autor.

Muchas veces había pensado que, si aquella disputa hubiese tenido lugar en plena calle o en una vivienda particular, no habría terminado como terminó. La circunstancia de estar los dos solos en una oficina aislada, en un piso alto de un edificio enteramente privado de esas asociaciones domésticas que humanizan —una oficina sin alfombra, sin duda, polvorienta y de aspecto desolado— debió contribuir poderosamente a aumentar la desesperación irritable del infortunado Colt.

Pero cuando aquel viejo Adán del resentimiento se levantó dentro de mí y comenzó a tentarme en relación con Bartleby, luché con él y lo derribé. ¿Cómo? Sencillamente recordando el mandato divino: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros». Sí, eso fue lo que me salvó. Dejando a un lado consideraciones más elevadas, la caridad actúa muchas veces como un principio extraordinariamente sensato y prudente: una gran salvaguarda para quien la posee.

Se han cometido asesinatos por celos, por ira, por odio, por egoísmo y por orgullo espiritual; pero nunca he oído decir que un hombre haya cometido un asesinato diabólico movido por la dulce caridad. El mero interés propio, entonces, si no puede encontrarse un motivo mejor, debería inducir a todos los seres —especialmente a los de temperamento exaltado— a practicar la caridad y la filantropía.

En cualquier caso, en aquella ocasión intenté ahogar mis sentimientos exasperados hacia el escribiente interpretando benévolamente su conducta. Pobre hombre, pobre hombre, pensé. No pretende nada malo; además, ha pasado tiempos difíciles y merece indulgencia.

Procuré ocuparme inmediatamente y, al mismo tiempo, consolar mi abatimiento. Traté de imaginar que, en algún momento de aquella mañana que le resultase agradable, Bartleby saldría por propia voluntad de su ermita y emprendería una decidida línea de marcha en dirección a la puerta. Pero no.

Llegaron las doce y media. Turkey empezó a encenderse de rostro, volcó su tintero y se volvió en general alborotador; Nippers descendió hacia la tranquilidad y la cortesía; Ginger Nut mordisqueaba su manzana del mediodía; y Bartleby seguía de pie junto a la ventana, sumido en una de sus más profundas ensoñaciones ante el muro muerto. ¿Se creerá? ¿Debo confesarlo? Aquella tarde abandoné el despacho sin decirle una palabra más.

Pasaron algunos días, durante los cuales, en ratos libres, hojeé un poco Edwards sobre la voluntad y Priestley sobre la necesidad. ¡En aquellas circunstancias, los libros produjeron un efecto saludable! Poco a poco fui deslizándome hacia la convicción de que todos mis problemas con el escribiente habían sido predestinados desde la eternidad y de que Bartleby me había sido asignado con algún propósito misterioso por una Providencia omnisciente que un simple mortal como yo no debía pretender comprender.

Sí, Bartleby, quédate ahí detrás del biombo, pensé. No volveré a perseguirte. Eres tan inofensivo y silencioso como cualquiera de estas sillas viejas. En realidad, nunca siento tanta intimidad como cuando sé que estás aquí. Al menos ahora lo veo, lo siento: penetro el propósito predestinado de mi existencia. Estoy satisfecho. Otros pueden representar papeles más elevados, pero mi misión en este mundo, Bartleby, consiste en proporcionarte espacio de oficina durante todo el tiempo que estimes oportuno permanecer.

Creo que aquel sabio y bendito estado de ánimo habría continuado en mí de no ser por los comentarios no solicitados y poco caritativos que me imponían mis colegas cuando visitaban el despacho. Así ocurre a menudo: el roce constante de las mentes mezquinas acaba desgastando incluso las mejores resoluciones de los más generosos.

Aunque, pensándolo bien, tampoco era extraño que quien entrase en mi oficina quedara impresionado por el aspecto peculiar del inexplicable Bartleby y se sintiese tentado de hacer alguna observación siniestra acerca de él.

A veces un abogado que tenía asuntos conmigo llegaba al despacho, no encontraba a nadie salvo al escribiente e intentaba obtener de él alguna información precisa sobre mi paradero. Sin prestar atención a aquella charla inútil, Bartleby permanecía inmóvil en medio de la habitación. Después de contemplarlo durante un rato, el abogado se marchaba sin saber más que cuando había entrado.

En otras ocasiones, durante una diligencia de referencia, con la sala llena de abogados y testigos y los asuntos avanzando a toda velocidad, algún jurista muy ocupado veía a Bartleby completamente ocioso y le pedía que corriera a su propio despacho a buscar unos documentos. Bartleby declinaba tranquilamente la petición y seguía tan ocioso como antes. Entonces el abogado abría mucho los ojos y se volvía hacia mí.

¿Y qué podía decir yo? Finalmente comprendí que por todo el círculo de mis conocidos profesionales corría un murmullo de asombro acerca de la extraña criatura que yo mantenía en el despacho. Aquello me preocupó mucho.

Y cuando empecé a imaginar que quizá Bartleby resultase ser un hombre de larga vida; que pudiera seguir ocupando mis habitaciones, negando mi autoridad, desconcertando a mis visitantes, escandalizando mi reputación profesional y arrojando sobre el lugar una sombra general; que pudiera mantener unidos alma y cuerpo hasta el final con sus ahorros —pues sin duda gastaba apenas unos centavos al día— y que, finalmente, quizá me sobreviviese y reclamara la posesión de mi oficina por derecho de ocupación perpetua; cuando todas aquellas oscuras anticipaciones se amontonaron cada vez más en mi mente y mis amigos continuaron imponiéndome sus implacables comentarios sobre la aparición que habitaba mi despacho, se produjo en mí un gran cambio.

Resolví reunir todas mis facultades y librarme para siempre de aquel intolerable íncubo.

Antes de idear, sin embargo, algún proyecto complicado para alcanzar ese fin, me limité a sugerir a Bartleby la conveniencia de una partida definitiva. En tono tranquilo y serio le recomendé que meditara la idea con cuidado y madurez. Después de tomarse tres días para pensarlo, me informó de que su determinación original seguía siendo la misma: en suma, que todavía prefería permanecer conmigo.

¿Qué haré?, me pregunté, abotonándome el abrigo hasta el último botón. ¿Qué haré? ¿Qué debo hacer? ¿Qué dice mi conciencia que debo hacer con este hombre, o más bien con este fantasma? Tengo que librarme de él; tiene que marcharse. Pero ¿cómo? No vas a empujarlo, a ese pobre mortal pálido y pasivo. No vas a expulsar por la fuerza de tu puerta a una criatura tan indefensa. ¿No te deshonrarías con semejante crueldad? No. No lo haré. No puedo hacerlo.

Antes lo dejaría vivir y morir aquí y después tapiaría sus restos en el muro. Entonces, ¿qué vas a hacer? Por mucho que lo engatuses no se moverá. Deja los sobornos bajo tu propio pisapapeles; en suma, está perfectamente claro que prefiere aferrarse a ti.

Habría que hacer entonces algo severo, algo extraordinario. ¿Qué? ¿Mandarás que un alguacil lo agarre del cuello y encomendarás su palidez inocente a la cárcel común? ¿Y con qué fundamento podrías conseguirlo? ¿Un vagabundo? ¿Él, un vagabundo, un hombre errante que se niega precisamente a moverse? ¡Porque no quiere vagar pretendes declararlo vagabundo! Eso es demasiado absurdo. Carece de medios visibles de subsistencia: ahí lo tengo.

Error otra vez: indudablemente se mantiene a sí mismo, y esa es la única prueba incontestable que cualquier hombre puede presentar de que posee medios para hacerlo. Basta, entonces. Puesto que él no quiere dejarme, tendré que dejarlo yo. Cambiaré de oficinas, me mudaré a otro lugar y le avisaré con claridad de que, si aparece en mis nuevos locales, procederé contra él como contra cualquier intruso.

De acuerdo con esta resolución, al día siguiente me dirigí a él:

No respondió, y no se dijo nada más.

El día señalado contraté carros y mozos y acudí a mis habitaciones. Como tenía pocos muebles, en unas horas quedó todo retirado. Durante toda la mudanza el escribiente permaneció de pie detrás del biombo, que ordené retirar en último lugar. Lo quitaron y, plegado como un enorme folio, dejó a Bartleby inmóvil, único ocupante de una habitación desnuda. Me quedé un momento en el pasillo mirándolo mientras algo dentro de mí me reprochaba.

Volví a entrar, con la mano en el bolsillo y... y el corazón en la boca.

Le deslicé algo en la mano, pero cayó al suelo; y entonces, por extraño que parezca, me arranqué de aquel hombre de quien durante tanto tiempo había deseado librarme.

Instalado en mi nuevo despacho, durante uno o dos días mantuve la puerta cerrada con llave y me sobresalté ante cada paso que sonaba en los pasillos. Cuando regresaba después de cualquier breve ausencia me detenía un instante en el umbral y escuchaba atentamente antes de introducir la llave. Pero aquellos temores eran inútiles. Bartleby nunca se acercó a mí.

Creía que todo marchaba bien cuando me visitó un desconocido de aspecto alterado y preguntó si yo era la persona que hasta hacía poco había ocupado unas oficinas en el número — de Wall Street. Lleno de malos presentimientos respondí que sí.

Pasaron varios días y no oí nada más. Aunque muchas veces sentí el impulso caritativo de acercarme al lugar para ver al pobre Bartleby, cierta aprensión que no sabría definir me lo impedía.

Todo habrá terminado ya para él, pensé al fin, cuando pasó otra semana sin noticias. Pero al día siguiente, al llegar a mi nuevo despacho, encontré a varias personas esperando ante la puerta en un estado de gran excitación nerviosa.

Horrorizado ante aquel torrente, retrocedí y habría querido encerrarme en mis nuevas oficinas. En vano insistí en que Bartleby no era nada mío, no más que de cualquiera de ellos. En vano: yo era la última persona conocida que había tenido relación con él, y a mí me exigían cuentas terribles.

Temiendo entonces verme expuesto en los periódicos —como uno de los presentes insinuó oscuramente—, consideré la situación y finalmente dije que, si el abogado me concedía una entrevista confidencial con el escribiente en su propio despacho, aquella misma tarde haría cuanto pudiera por librarlos de la molestia de la que se quejaban.

Subí a mi antiguo refugio. Allí estaba Bartleby, sentado silenciosamente en la barandilla del rellano.

Le hice una seña para que entrara en la oficina del abogado, quien nos dejó solos.

No hubo respuesta.

Su inusitada locuacidad me dio ánimos. Volví a la carga.

Concluí de aquella manera bastante absurda, incapaz de encontrar una amenaza posible que pudiera asustar su inmovilidad y convertirla en obediencia.

Desesperando de todo nuevo esfuerzo, me marchaba precipitadamente cuando se me ocurrió una última idea, una que ya antes no había dejado de rondarme por completo.

No respondí nada. Esquivando eficazmente a todos gracias a lo repentino y veloz de mi huida, salí disparado del edificio, corrí por Wall Street hacia Broadway y subí al primer ómnibus, que pronto me puso fuera de alcance. Cuando recuperé la tranquilidad comprendí con absoluta claridad que ya había hecho todo cuanto podía, tanto respecto de las exigencias del propietario y sus inquilinos como respecto de mi deseo y mi sentido del deber de beneficiar a Bartleby y protegerlo de una persecución brutal.

Me esforcé entonces en quedar por completo libre de preocupaciones y en mantenerme quieto; mi conciencia me autorizaba a intentarlo, aunque el éxito no fue tan completo como habría deseado. Tan grande era mi miedo a que el propietario furioso y sus exasperados inquilinos volvieran a dar conmigo que, dejando mis asuntos en manos de Nippers durante unos días, recorrí en mi coche la parte alta de la ciudad y los suburbios, crucé a Jersey City y Hoboken e hice visitas fugitivas a Manhattanville y Astoria. Durante aquel periodo casi viví en el carruaje.

Cuando por fin regresé a mi oficina encontré sobre el escritorio una nota del propietario. La abrí con manos temblorosas. Me informaba de que había acudido a la policía y que Bartleby había sido trasladado a las Tombs bajo la acusación de vagancia. Añadía que, puesto que yo sabía más de él que ninguna otra persona, deseaba que acudiera allí y expusiera adecuadamente los hechos.

La noticia produjo en mí sentimientos contrapuestos. Al principio me indigné; al final casi la aprobé. El carácter enérgico y expeditivo del propietario lo había llevado a adoptar un procedimiento por el que yo mismo creo que nunca habría llegado a decidirme; y, sin embargo, como último recurso, dadas aquellas circunstancias peculiares, parecía el único plan.

Según supe después, cuando dijeron al pobre escribiente que tenía que ser conducido a las Tombs, no ofreció la menor resistencia: a su manera pálida e inmóvil, consintió en silencio.

Algunos curiosos compasivos se unieron al grupo y, encabezada por uno de los alguaciles, que caminaba del brazo de Bartleby, la silenciosa procesión avanzó por entre todo el ruido, el calor y la alegría de las rugientes calles del mediodía.

El mismo día que recibí la nota fui a las Tombs o, para hablar con propiedad, a los Halls of Justice. Busqué al funcionario correspondiente, expliqué el motivo de mi visita y me informaron de que el individuo que describía estaba efectivamente allí. Aseguré entonces que Bartleby era un hombre perfectamente honrado y digno de la mayor compasión, por inexplicable que fuese su excentricidad.

Conté todo cuanto sabía y terminé sugiriendo que lo mantuvieran en un confinamiento tan indulgente como fuese posible hasta que pudiera adoptarse alguna medida menos dura, aunque, en verdad, yo mismo apenas sabía cuál. En cualquier caso, si no podía resolverse otra cosa, el asilo de pobres tendría que recibirlo. Pedí entonces que me permitieran verlo.

Como no pesaba sobre él ninguna acusación deshonrosa y se mostraba completamente sereno e inofensivo en todos sus actos, le habían permitido caminar libremente por la prisión y, en especial, por los patios cerrados cubiertos de hierba. Allí lo encontré, completamente solo en el más tranquilo de los patios, con el rostro vuelto hacia un alto muro; a su alrededor, desde las estrechas rendijas de las ventanas de la cárcel, me parecía ver los ojos de asesinos y ladrones que lo observaban.

No quiso decir nada más, así que lo dejé.

Cuando regresaba al corredor se me acercó un hombre ancho y carnoso, vestido con delantal. Señaló por encima del hombro con el pulgar y preguntó:

Dijo que sí.

Pensando que aquello podría beneficiar al escribiente, acepté. Pregunté al hombre su nombre y fui con él hasta Bartleby.

Dicho esto, caminó lentamente hasta el otro lado del recinto y tomó posición frente al muro muerto.

Hizo una pausa conmovedora y, apoyando compasivamente una mano en mi hombro, suspiró:

Algunos días después conseguí entrar de nuevo en las Tombs y recorrí los corredores en busca de Bartleby, sin encontrarlo.

Me dirigí hacia allí.

El patio estaba completamente quieto. Los presos comunes no tenían acceso a él. Los muros que lo rodeaban, de un grosor asombroso, detenían todos los sonidos del exterior. El carácter egipcio de aquella mampostería pesaba sobre mí con su oscuridad. Sin embargo, bajo los pies crecía un césped suave y cautivo. Parecía el corazón de unas pirámides eternas donde, por alguna magia extraña, semillas de hierba dejadas caer por los pájaros hubieran brotado en las grietas.

Acurrucado de manera extraña al pie del muro, con las rodillas recogidas y tumbado de costado, la cabeza tocando las piedras frías, vi al consumido Bartleby. Nada se movía. Me detuve; después me acerqué, me incliné sobre él y vi que sus ojos apagados estaban abiertos. Por lo demás parecía dormir profundamente. Algo me impulsó a tocarlo. Le tomé una mano y un estremecimiento eléctrico subió por mi brazo y recorrió mi espalda hasta los pies.

El rostro redondo del señor Chuletas apareció entonces por encima de mí.

Parece haber poca necesidad de continuar esta historia. La imaginación completará sin dificultad el escueto relato del entierro del pobre Bartleby. Pero antes de despedirme del lector permítaseme decir que, si esta pequeña narración lo ha interesado lo suficiente para despertar su curiosidad acerca de quién era Bartleby y qué clase de vida llevaba antes de conocer al presente narrador, solo puedo responder que comparto enteramente esa curiosidad, pero soy por completo incapaz de satisfacerla.

Sin embargo, apenas sé si debería revelar un pequeño dato, un rumor que llegó a mis oídos algunos meses después de la muerte del escribiente. Nunca pude averiguar en qué fundamento se apoyaba y, por tanto, no puedo decir ahora hasta qué punto era cierto. Pero como aquel informe vago no ha dejado de poseer para mí un extraño poder de sugestión, por triste que sea, quizá produzca el mismo efecto en otros; por ello lo mencionaré brevemente.

El rumor decía lo siguiente: Bartleby había sido empleado subalterno en la Oficina de Cartas Muertas de Washington y había perdido repentinamente su puesto a causa de un cambio de administración. Cuando pienso en ese rumor no puedo expresar adecuadamente las emociones que se apoderan de mí.

¡Cartas muertas! ¿No suena eso a hombres muertos? Imaginemos a un hombre inclinado por naturaleza y por desgracia hacia una desesperanza pálida: ¿qué trabajo podría ser más adecuado para intensificarla que manipular continuamente esas cartas muertas y clasificarlas para el fuego? Porque todos los años se queman por carros enteros.

A veces el empleado pálido extrae de un papel doblado un anillo: quizá el dedo al que estaba destinado se descompone ya en la tumba. Un billete enviado con la rapidez de la caridad: aquel a quien habría aliviado ya no come ni siente hambre. Perdón para quienes murieron desesperados; esperanza para quienes murieron sin esperanza; buenas noticias para quienes murieron ahogados por calamidades que nunca encontraron alivio. Enviadas a cumplir encargos de vida, estas cartas corren hacia la muerte.

¡Ah, Bartleby! ¡Ah, humanidad!

Notas de lectura y de edición

1 John Jacob Astor. El nombre del gran comerciante y financiero neoyorquino funciona para el narrador como sello de respetabilidad, riqueza y seguridad profesional; Melville explota cómicamente el placer casi material con que el abogado lo repite.

2 Master in Chancery. Cargo jurídico de la antigua Court of Chancery del Estado de Nueva York. Melville hace que el narrador recuerde con evidente interés económico la desaparición de un puesto cómodo y bien remunerado.

3 Turkey, Nippers y Ginger Nut. Se conservan los apodos originales porque funcionan como nombres dentro de la oficina. Aproximadamente equivalen a «Pavo», «Pinzas» y «Galleta de jengibre». Traducirlos dentro del diálogo los convertiría demasiado fácilmente en nombres propios españoles y borraría parte de la comicidad neoyorquina del relato.

4 Mario entre las ruinas de Cartago. Alusión a Cayo Mario, el general romano cuya imagen de exiliado meditando entre las ruinas de Cartago se convirtió en motivo histórico y artístico. Melville transforma la escena heroica en una imagen de soledad urbana.

5 Adams y Colt. Referencia a un célebre homicidio ocurrido en Nueva York en 1841: John C. Colt mató a Samuel Adams durante una disputa en su despacho. El narrador lo utiliza, con su característica mezcla de moralidad y autopreservación, para convencerse de que la caridad es también una medida de seguridad.

6 Edwards y Priestley. La lectura sobre la voluntad y la necesidad permite al narrador convertir su incapacidad para resolver el problema de Bartleby en una cómoda teoría de la predestinación.

7 Las Tombs. Nombre popular del complejo de detención asociado a los Halls of Justice de Manhattan. Su arquitectura de inspiración egipcia explica la imagen de las pirámides que domina la escena final.

8 «Con reyes y consejeros». Eco de Job 3:14: la frase remite al descanso de la muerte junto a «reyes y consejeros de la tierra».

9 El señor y la señora Chuletas. Esta edición recupera el pasaje de la publicación de 1853: el proveedor de comida es presentado como Mr. Cutlets y llega a invitar a Bartleby a cenar en la habitación privada de Mrs. Cutlets. En la edición en libro de 1856 esos nombres y parte de la invitación desaparecieron. Es una de las variantes que justifican volver al texto de revista como base.

Fuentes de esta edición

Texto base: Herman Melville, «Bartleby, the Scrivener. A Story of Wall-Street», Putnam's Monthly Magazine of American Literature, Science and Art, vol. II, noviembre de 1853, pp. 546–557; continuación, diciembre de 1853, pp. 609–615.

Testimonio cotejado: Herman Melville, «Bartleby», en The Piazza Tales, Nueva York, Dix & Edwards, 1856.

Control editorial: The Piazza Tales and Other Prose Pieces, 1839–1860, edición Northwestern–Newberry. El criterio de esta edición crítica de volver a las publicaciones originales de revista para cinco de los seis relatos de The Piazza Tales refuerza la elección de 1853 como texto de partida.

Primera entrega (noviembre de 1853) · Segunda entrega (diciembre de 1853) · Primera edición de The Piazza Tales (1856) · Edición Northwestern–Newberry

Edición Librería5 · 2026

Nueva traducción al español preparada directamente a partir del texto inglés de 1853 y cotejada con la edición de 1856. Original de Herman Melville en dominio público. Se ha modernizado la puntuación cuando era necesario para una lectura natural en español, sin alterar el sentido ni suprimir pasajes.