Un oficial republicano derrotado llega en 1939 al campo de Argelès-sur-Mer y comienza a recordar. Podría reconstruir batallas, decisiones políticas, derrotas o huidas. En cambio, una de las primeras cosas que recupera es el mundo de un niño de diez años en un pueblo aragonés y el amor absoluto que ese niño sentía por una muchacha llamada Valentina. Entre el hombre encerrado al otro lado de los Pirineos y el muchacho que corre por las calles de Tauste se abre casi toda la distancia que necesita Crónica del alba.
Ramón J. Sender convirtió esa distancia en una de las construcciones autobiográficas más singulares de la narrativa española del siglo XX. El protagonista se llama José Garcés, precisamente el segundo nombre y el apellido materno de Ramón José Sender Garcés. Su pueblo, su preceptor, sus estudios, sus desplazamientos y hasta Valentina tienen correspondencias reales. Pero la operación literaria no consiste en levantar acta de lo sucedido. Sender toma la memoria, la corrige, la organiza y la reinventa hasta que una infancia particular comienza a servir también como relato de una España que todavía ignora lo que va a ocurrirle.
El ejemplar conservado en Librería5 pertenece a la edición de Alianza Editorial de 1971 y reúne el primer tramo de aquel largo recorrido: Crónica del alba, Hipogrifo violento y La Quinta Julieta. Son tres momentos sucesivos de una formación: primero el pueblo y Valentina, después el internado y finalmente Zaragoza. A medida que Pepe Garcés crece, el mundo deja de caber en la imaginación de un niño y empieza a imponerle sus instituciones, sus jerarquías, sus distancias y sus conflictos.
Un hombre derrotado recuerda al niño que fue
La primera decisión de Sender es colocar la memoria bajo una amenaza. José Garcés no recuerda desde una vejez tranquila ni desde una casa familiar llena de objetos que le permitan reconstruir el pasado. Lo hace después de la Guerra Civil, entre los restos del ejército republicano derrotado y el internamiento en Francia. La infancia reaparece, por tanto, desde un presente que ya conoce la destrucción de buena parte del mundo evocado. El lector entra en Tauste sabiendo algo que el niño todavía ignora: toda esa estabilidad es provisional.
Sender complica además el pacto autobiográfico mediante un artificio sencillo y eficaz. Garcés sería el verdadero autor de los recuerdos y el propio Ramón Sender aparece como alguien que conoce al personaje, recibe sus materiales y los presenta al lector. El escritor se desdobla. Por un lado está Pepe, que vive y recuerda; por otro, Sender, que aparenta limitarse a ordenar o custodiar los papeles de aquel hombre. La separación es deliberadamente transparente, porque José Garcés lleva dentro del nombre la firma de Ramón José Sender Garcés, pero permite introducir una incertidumbre productiva: lo que vamos a leer procede de una vida real y, al mismo tiempo, ha sido sometido por completo a las libertades de la novela.
El Centro Virtual Cervantes ha señalado precisamente esa característica como una de las claves del ciclo. Sender utiliza su propia biografía, pero no se somete a ella; selecciona, aumenta, disminuye y transforma los recuerdos hasta convertirlos en materia narrativa. La memoria deja de funcionar como un archivo y pasa a comportarse como un instrumento de composición. En Crónica del alba importa lo ocurrido, pero importa todavía más la forma que adquiere cuando el hombre adulto intenta comprender al niño que fue.
Eso explica la serenidad paradójica de muchas páginas. El marco es terrible, pero el recuerdo no está escrito con la desesperación uniforme de quien solo contempla ruinas. La infancia mantiene su propio tiempo, mucho más amplio. Un disgusto con el padre, una pelea con otros muchachos, una conversación con el maestro o una dificultad para ver a Valentina pueden ocupar la conciencia infantil con una gravedad que el adulto no ridiculiza. Sender conoce la desproporción y decide respetarla. De esa decisión procede buena parte de la ternura del primer libro.
Valentina y el país perdido de la infancia
Cuando la familia Sender se trasladó a Tauste en 1911, Ramón tenía diez años. Su padre ejercía como secretario del Ayuntamiento y el muchacho preparaba por libre sus estudios de bachillerato con la ayuda de mosén Joaquín, capellán vinculado al convento local. Allí conoció también a Valentina Ventura, hija del notario. Los tres elementos reaparecerán en la novela con tan escaso disfraz que resulta inevitable reconocer detrás de Pepe Garcés al propio escritor.
Sin embargo, el realismo de los datos biográficos convive desde el principio con una imaginación infantil que transforma el pueblo. Pepe no contempla la vida con las categorías moderadas de un adulto. Puede sentirse poeta, guerrero, santo, enamorado o héroe con apenas unos minutos de diferencia, y sus juegos con los otros niños adquieren dimensiones épicas. La literatura que ha leído, las historias religiosas, la autoridad paterna, los misterios del mundo adulto y la necesidad de demostrar su propio valor se mezclan dentro de una conciencia que todavía no establece fronteras rígidas entre experiencia e imaginación.
Valentina ocupa el centro emocional de ese universo. El amor entre los dos niños sería fácil de convertir en una anécdota entrañable contemplada desde arriba, con la condescendencia del adulto que sabe que los sentimientos infantiles terminan pasando. Sender hace justamente lo contrario. La intensidad con la que Pepe ama a Valentina no se presenta como una imitación imperfecta del amor adulto, sino como una experiencia completa dentro de la edad en que ocurre. La oposición familiar, las separaciones, los mensajes, los juramentos y las dificultades para encontrarse adquieren por ello una gravedad perfectamente coherente con el mundo de los protagonistas.
Mosén Joaquín cumple una función decisiva porque es uno de los pocos adultos capaces de reconocer esa intensidad sin aplastarla. Su relación con Pepe mezcla enseñanza, paciencia y una comprensión que contrasta con la autoridad más áspera del padre. El niño necesita límites, pero necesita también que alguien no confunda su desbordamiento imaginativo con una simple colección de travesuras. A través del sacerdote, Sender introduce una figura adulta capaz de acompañar la imaginación sin destruirla, algo que resultará cada vez más difícil cuando Pepe entre en instituciones mayores y más reglamentadas.
La infancia de Crónica del alba no resulta conmovedora porque sea inocente, sino porque el hombre que la recuerda sabe exactamente lo que vino después y se niega, aun así, a reducirla a un prólogo de la tragedia.
El hecho de que Valentina Ventura existiera realmente añade una dimensión particular al libro, pero no vuelve innecesaria la ficción. Al contrario, muestra para qué la necesita Sender. La niña real pertenece a la biografía; la Valentina de Pepe Garcés pertenece a la forma que esa biografía adquirió durante décadas en la memoria del escritor. Entre ambas existe la distancia en la que trabaja la literatura.
No sorprende que precisamente esta zona inicial de la obra haya permanecido con tanta fuerza en la recepción de Crónica del alba. Décadas más tarde, el proyecto audiovisual dirigido por Antonio José Betancor convirtió el primer tramo en Valentina, estrenada en 1982, y continuó con 1919, crónica del alba. Que la adaptación eligiera como primer título el nombre de la muchacha confirma algo que ya estaba en la novela: antes que una gran panorámica histórica, el ciclo comienza siendo la historia íntima de aquello que una persona no consigue olvidar.
Del pueblo al internado y del internado a Zaragoza
El volumen de Alianza conservado en Librería5 permite leer de manera seguida tres momentos que originalmente aparecieron con muchos años de distancia. Crónica del alba se publicó por primera vez en México en 1942; Hipogrifo violento apareció también en México en 1954; y La Quinta Julieta se publicó allí en 1957. Reunidas, las tres novelas forman una secuencia de crecimiento mucho más evidente que cuando se contemplan como libros separados.
La primera pertenece todavía al pueblo y al tiempo ancho de la infancia. En Hipogrifo violento, Pepe abandona ese espacio y entra en un internado. La mudanza no es solamente geográfica. El muchacho llega a una institución donde los horarios, las normas, las jerarquías, la religión reglamentada y la convivencia obligatoria sustituyen buena parte de la libertad desordenada de Tauste. Valentina sigue presente, sobre todo a través de la distancia y de las cartas, pero precisamente esa ausencia modifica el amor: ya no basta con idear una escapatoria o encontrar un rincón donde verse; ahora existe una separación física que el niño no puede vencer por voluntad propia.
El título Hipogrifo violento conserva algo de la tensión fundamental de esta segunda etapa. El hipogrifo pertenece al reino de la imaginación, de las criaturas imposibles y de los vuelos fantásticos, mientras la vida del internado intenta someter al adolescente a una estructura. Sender no presenta esa oposición de manera simple, como si toda disciplina fuera opresión y toda fantasía libertad. El crecimiento exige entrar en contacto con mundos que no se pliegan al deseo personal. La pérdida consiste en descubrir que la imaginación ya no basta para reorganizarlos.
Después llega La Quinta Julieta y, con ella, Zaragoza. El cambio histórico y social es perceptible. Pepe regresa a una familia que también se ha trasladado, entra en contacto con una ciudad moderna y empieza a comprender formas de vida menos controlables que las del pueblo o incluso que las del internado. Valentina continúa funcionando como referencia emocional, pero el horizonte se ensancha. Zaragoza posee otros ritmos, otras distancias y una complejidad que obliga al protagonista a abandonar poco a poco la soberanía imaginaria de la niñez.
La Quinta Julieta real, vinculada a los espacios de recreo de la Zaragoza de comienzos del siglo XX, adquiere en la novela una cualidad casi utópica. Sender tiene una extraordinaria capacidad para transformar lugares recordados en espacios interiores: no importa únicamente dónde estaban, sino qué prometían al adolescente que los atravesaba. De este modo, la geografía aragonesa del ciclo no funciona como simple reconstrucción costumbrista. Tauste, Reus y Zaragoza son también edades de Pepe Garcés.
Ramón José Sender Garcés se convierte en José Garcés
Las correspondencias entre vida y novela son demasiado numerosas para ser accidentales. En 1911 la familia Sender llegó a Tauste; allí el futuro escritor estudió con mosén Joaquín y conoció a Valentina Ventura. En 1913 ingresó interno en Reus. En 1914 pasó a Zaragoza. José Garcés repite esa trayectoria. Incluso el nombre revela el juego: el escritor se llamaba Ramón José Sender Garcés y entrega a su criatura el «José Garcés» que ya llevaba dentro.
Pero la pregunta interesante no es cuánto de todo ello sucedió exactamente. Exigir a Sender una equivalencia contable entre la vida y la novela destruiría precisamente aquello que hace valioso el ciclo. La autobiografía aporta materiales; la literatura introduce selección, ritmo, perspectivas, anticipaciones, símbolos y relaciones que la experiencia bruta no posee. El autor puede fundir personas, exagerar episodios, modificar tiempos o conceder a un recuerdo una importancia que quizá no tuvo en el momento de ocurrir. La fidelidad fundamental no está necesariamente en el dato, sino en la reconstrucción de una conciencia.
La perspectiva adulta vuelve además inevitable la interpretación. Pepe no puede saber hacia dónde se encamina la España que contempla. El hombre que escribe sí lo sabe. Entre ambos conocimientos se instala una ironía trágica que no necesita anunciar continuamente la Guerra Civil. Cada autoridad, cada diferencia social, cada conflicto familiar o cada descubrimiento del mundo colectivo puede ser leído dentro de una historia mayor porque el lector conoce el desenlace histórico que el niño todavía no conoce.
Sender evita, sin embargo, reducir toda la infancia a una genealogía política. Ese es uno de sus mayores aciertos. Antes del ciudadano, del periodista, del combatiente y del exiliado está el muchacho que quiere impresionar a Valentina, que discute con su padre, que escucha a mosén Joaquín y que se inventa un lugar heroico dentro del pueblo. La Historia terminará entrando, pero encuentra ya una persona formada por afectos y contradicciones. Por eso el ciclo puede ser simultáneamente autobiografía, novela de formación y testimonio histórico sin convertirse por completo en ninguna de las tres cosas.
Una obra que su autor terminó dos veces
La advertencia previa reproducida en nuestro ejemplar permite asistir a otro aspecto del proceso creador. En 1963, cuando Las Américas Publishing Company reunió en Nueva York seis libros de la serie, Sender explicó las dificultades de una obra que había ido apareciendo en países y editoriales diferentes. La vida del emigrado político, decía, le había impedido en ocasiones revisar adecuadamente manuscritos y pruebas. La nueva edición le ofrecía por fin la posibilidad de limpiar y fijar los textos.
Al final de aquella nota dejó escrito que consideraba terminada la serie con Los niveles del existir. La afirmación resulta especialmente reveladora porque el lector del volumen de 1971 sabe que no fue así. Después llegarían Los términos del presagio, La orilla donde los locos sonríen y La vida comienza ahora, y el edificio acabaría compuesto por nueve novelas agrupadas en tres tomos.
La contradicción no debe tratarse como una simple curiosidad editorial. Encaja demasiado bien con la naturaleza de Crónica del alba. Sender está intentando poner forma a su propia vida, y una vida recordada no siempre acepta los límites que el escritor decide imponerle. Cuando en 1963 creyó haber llegado al final, todavía quedaban experiencias que reclamaban otro lugar dentro de la narración. La memoria, que parecía clausurada, volvió a abrirse.
El proceso había comenzado muy lejos de España. La primera Crónica del alba apareció en México en 1942, durante el exilio de Sender. Los siguientes títulos fueron publicándose en América a lo largo de más de dos décadas. Cuando el ciclo regresó progresivamente al mercado editorial español a mediados de los años sesenta, regresaba también una parte de la literatura producida fuera del país después de la Guerra Civil.
La censura había complicado durante años la circulación española del autor. Investigaciones sobre los expedientes de Sender han documentado su inclusión entre los escritores prohibidos tras la guerra y el carácter muy gradual de su recuperación editorial. En 1965 varias editoriales españolas comenzaron a devolver sus libros con normalidad a las librerías. Crónica del alba forma parte, por tanto, de una historia literaria peculiar: es una obra sobre España que durante buena parte de su gestación tuvo que escribirse y publicarse fuera de España.
De una memoria particular a la historia de un país
Las nueve novelas terminaron cubriendo un arco mucho mayor que aquella primera infancia de Tauste. El protagonista crece, descubre el trabajo, la desigualdad, las tensiones sociales, el compromiso, la violencia política y finalmente la guerra. La vida privada de José Garcés va encontrándose de manera progresiva con la vida colectiva de España. Sender consigue así que el ciclo avance en dos direcciones al mismo tiempo: hacia adelante, siguiendo el crecimiento del personaje, y hacia atrás, porque todo está contado desde el conocimiento de la derrota.
Esa estructura explica que Crónica del alba haya sido considerada una de las obras principales de Sender y uno de los grandes testimonios narrativos del exilio español. No es únicamente porque el autor viviera personalmente muchos de los ambientes y acontecimientos narrados. El valor surge del modo en que la experiencia individual permite observar la transformación de una sociedad. Los grandes procesos históricos rara vez aparecen primero como conceptos abstractos; llegan a la vida de Pepe en forma de personas, empleos, discusiones, injusticias, instituciones y decisiones concretas.
En el primer tomo todo eso está todavía en germen. El lector encuentra sobre todo un niño, después un interno y finalmente un adolescente urbano. Pero el marco de Argelès impide que esa juventud pueda convertirse en una estampa nostálgica sin consecuencias. El hombre adulto recuerda porque ha perdido. Y recuerda con una precisión casi física porque el mundo desaparecido sigue siendo uno de los pocos territorios sobre los que la derrota no posee jurisdicción.
Ahí reside quizá la mayor singularidad del título. El alba es el comienzo del día, pero la crónica se escribe cuando ese día ya ha avanzado hasta lugares terribles. Sender observa desde la oscuridad una luz antigua. La infancia no puede recuperarse, pero puede ser narrada; y al narrarla, el escritor descubre que aquella vida privada contenía ya una parte de la historia colectiva que vendría después.
El ejemplar de Librería5: Sender entra en El Libro de Bolsillo
La edición conservada en Librería5 apareció en Madrid en 1971 dentro de El Libro de Bolsillo de Alianza Editorial. La edición completa ocupaba tres números consecutivos de la colección —316, 317 y 318— y este primer volumen, de 427 páginas, reunía Crónica del alba, Hipogrifo violento y La Quinta Julieta. Después de una historia editorial dispersa entre México, Nueva York y las primeras recuperaciones españolas de los años sesenta, las nueve novelas adquirían así una estructura sencilla y fácilmente reconocible: tres trilogías en tres pequeños volúmenes.
La incorporación a Alianza tiene además interés cultural. El Libro de Bolsillo, creado en la segunda mitad de los años sesenta, se propuso poner a disposición de un público amplio obras literarias, filosóficas y científicas mediante formatos y precios accesibles. Para un escritor cuya circulación española había sufrido durante años las consecuencias del exilio y la censura, entrar en aquella colección significaba una normalización muy visible: Sender pasaba a compartir los estantes cotidianos de varias generaciones de lectores.
También resulta significativa la cubierta. El colofón de nuestro ejemplar acredita el diseño a Daniel Gil, figura fundamental de la identidad gráfica de Alianza. Gil convirtió las cubiertas de bolsillo en algo más que un envoltorio informativo y contribuyó a renovar radicalmente el lenguaje visual de la edición española. En este caso utilizó una imagen central de figuras humanas, tratada con una sobriedad casi documental, rodeada por una superficie oscura que deja al título y al nombre del autor dominar la parte superior.
Nuestra copia conserva además las huellas evidentes de su circulación. La cubierta presenta roces, pérdidas en los bordes, pliegues y un deterioro especialmente acusado en la zona inferior. No es un ejemplar impecable de coleccionista, sino un libro que ha soportado uso y tiempo. En una colección concebida precisamente para circular y ser leída, ese desgaste resulta coherente con la propia naturaleza material de la edición.
La página legal fija el copyright de Alianza en 1971, registra el depósito legal BI-165-1971 y señala la impresión en Bilbao. No aparece un ISBN en la parte fotografiada del volumen. Mucho más interesante es la advertencia de 1963 que Alianza decidió conservar: allí permanece Sender convencido de que había terminado Crónica del alba después de seis libros, aunque el lector tenga físicamente entre las manos una edición que ya conoce nueve.
- Título
- Crónica del alba
- Autor
- Ramón J. Sender
- Contenido
- Crónica del alba, Hipogrifo violento y La Quinta Julieta
- Editorial
- Alianza Editorial
- Colección
- El Libro de Bolsillo, n.º 316
- Lugar
- Madrid
- Año
- 1971
- Extensión
- 427 páginas
- Cubierta
- Daniel Gil
- Depósito legal
- BI-165-1971
- Formato
- Libro de bolsillo en rústica, aproximadamente 18 cm
- Estado observable
- Cubierta con desgaste acusado, roces, pliegues y pérdidas en los bordes; papel interior envejecido
Pero ningún dato de la ficha explica por qué este libro sigue importando. Para eso hay que volver al comienzo: un hombre que ha visto fracasar un país se refugia en la memoria de un niño que todavía cree que la cuestión más urgente del universo consiste en poder ver a Valentina. El lector sabe que ese niño crecerá, que llegará la política, que llegará la guerra y que llegará Argelès. Pepe no.
Durante unas páginas, todavía está amaneciendo.
Fuentes consultadas
- El ejemplar conservado en Librería5, utilizado como fuente primaria para los datos de 1971, depósito legal, crédito de cubierta, impresión, advertencia previa, características materiales y estado de conservación.
- Centro Virtual Cervantes — Crónica del alba, para la interpretación autobiográfica del ciclo, el juego entre Sender y José Garcés y la valoración de la infancia aragonesa y Valentina.
- Centro Virtual Cervantes — Cronología de Ramón J. Sender, para los años de Tauste, la relación con Valentina Ventura, mosén Joaquín, el internado de Reus y el traslado a Zaragoza.
- Centro Virtual Cervantes — Bibliografía de Ramón J. Sender, para las primeras publicaciones de Crónica del alba, Hipogrifo violento y La Quinta Julieta.
- Alianza Editorial — Crónica del alba, 1, para la estructura definitiva de las nueve novelas y su agrupación en tres volúmenes.
- Biblioteca Virtual de Aragón — bibliografía de la obra de Ramón J. Sender, para la identificación de la edición de Alianza de 1971 como números 316-318 de El Libro de Bolsillo y la extensión de los tres tomos.
- Diario de Huesca — investigación de Olga Pueyo sobre Sender y la censura, para el contexto de la prohibición y la recuperación editorial del escritor en España.
- Alianza Editorial — historia de la editorial, para el papel cultural de El Libro de Bolsillo y la contribución de Daniel Gil a sus cubiertas.
- Centro Virtual Cervantes — Sender y el cine, para las adaptaciones Valentina y 1919, crónica del alba.