El corazón helado — Almudena Grandes

Julio Carrión muere dejando a sus hijos dos herencias. La primera es fácil de reconocer: dinero, propiedades y la seguridad que proporciona haber crecido alrededor de un empresario de éxito. La segunda tarda mucho más en aparecer. Está hecha de silencios, episodios que el padre nunca quiso explicar y una biografía cuya versión familiar empieza a resquebrajarse precisamente cuando ya no existe nadie a quien pedirle cuentas.

La primera grieta aparece durante su entierro, en marzo de 2005. Álvaro Carrión, el único de los hijos que se ha mantenido al margen de los negocios familiares, distingue entre los asistentes a una mujer joven que nadie parece conocer. Se llama Raquel Fernández Perea y pertenece a una familia que ha vivido una relación completamente distinta con el pasado: hija y nieta de exiliados en Francia, ha crecido rodeada de historias, recuerdos y preguntas. Solo una escena de su propia infancia continúa sin explicación, la visita en la que acompañó a su abuelo a casa de unos desconocidos con los que parecía existir una antigua deuda.

De ese encuentro nace El corazón helado, la novela monumental que Almudena Grandes publicó en 2007. Durante más de novecientas páginas, la historia de amor entre Álvaro y Raquel va descubriendo que una familia puede heredar mucho más que apellidos y propiedades. También se transmiten versiones del pasado, silencios, lealtades, pérdidas, resentimientos y beneficios cuyo origen una generación posterior puede ignorar por completo. La pregunta más difícil no consiste entonces en decidir qué hicieron los padres y los abuelos, sino en averiguar qué deben hacer sus descendientes cuando finalmente lo saben.

Cubierta de El corazón helado, de Almudena Grandes
Cubierta de la primera edición de El corazón helado, publicada por Tusquets en febrero de 2007 dentro de la colección Andanzas.

Un entierro y dos maneras de heredar

La muerte de Julio Carrión funciona como una inversión de la novela familiar tradicional. Normalmente, la desaparición del patriarca permite repartir su patrimonio y cerrar una etapa; aquí la herencia abre un problema que nadie sabía que existía. Álvaro ha querido a su padre, ha crecido admirándolo y no empieza la novela dispuesto a condenarlo. Lo inquietante consiste precisamente en que la muerte transforma al hombre conocido en un objeto de investigación. Cada documento, cada recuerdo y cada contradicción pueden modificar retrospectivamente toda una relación filial.

Raquel se encuentra en la posición contraria. En su familia el pasado no ha desaparecido porque el exilio hizo de la memoria una forma de continuidad. Sus abuelos y sus padres construyeron en Francia una vida que seguía teniendo a España como referencia, y la transmisión familiar permitió que quienes habían nacido después conocieran experiencias que no vivieron. Sin embargo, conocer muchas historias tampoco significa conocerlas todas. La visita misteriosa que Raquel realizó de niña junto a su abuelo permanece como una pieza mal encajada, y precisamente esa pieza la conduce hacia los Carrión.

Grandes convierte así dos formas de memoria en dos dispositivos narrativos distintos. Álvaro tiene que aprender a preguntar porque ha vivido rodeado de silencios; Raquel tiene que reinterpretar aquello que cree saber porque ha vivido rodeada de relatos. Ninguno parte de una verdad completa. La información nueva no solo modifica lo que piensan de sus antepasados, sino la imagen que poseen de sí mismos, porque ambos descubren que una identidad familiar depende en parte de las historias que una casa decide contar y de las que decide callar.

La relación amorosa entre ambos podría haber sido un simple mecanismo destinado a unir dos ramas de la trama. Grandes la utiliza de manera mucho más conflictiva. Álvaro y Raquel no llegan al encuentro como representantes inocentes de dos familias sin historia; se atraen precisamente cuando comienzan a entender que hay algo entre sus respectivas genealogías que ninguno puede controlar. El amor no borra la deuda anterior y la deuda no consigue volver imposible el amor. Esa convivencia entre deseo y memoria proporciona a la novela su tensión más persistente.

Por eso Julio Carrión resulta mucho más importante muerto que vivo. Su ausencia gobierna centenares de páginas. Álvaro no puede interrogarlo, discutir con él ni escuchar una versión definitiva de los hechos; solo puede reconstruirlo a partir de testimonios, documentos, decisiones económicas y recuerdos ajenos. La búsqueda plantea una cuestión que desborda el argumento concreto: conocer mejor a nuestros padres puede significar descubrir personas completamente distintas de aquellas que conocimos como hijos, y ninguna revelación permite recuperar después la posibilidad de preguntarles quiénes fueron realmente.

El corazón, el hielo y una arquitectura para recordar

La estructura física de nuestro ejemplar permite comprender inmediatamente el diseño de la novela. «El corazón» comienza en la página 13 y ocupa la primera zona del relato; «El hielo» empieza en la 127 y se prolonga durante más de seiscientas páginas; «El corazón helado» comienza en la 741; finalmente, en la página 923 aparece «Al otro lado del hielo», la nota en la que Almudena Grandes explica algunos aspectos de la construcción del libro. El bloque central posee, por tanto, unas dimensiones desproporcionadas respecto a los dos extremos, y esa desproporción es parte del sentido de la obra.

  1. Primera parte: El corazón — p. 13
  2. Segunda parte: El hielo — p. 127
  3. Tercera parte: El corazón helado — p. 741
  4. Al otro lado del hielo (Nota de la autora) — p. 923

La primera y la tercera parte tienen cinco capítulos cada una; la central, quince. A esa simetría se superpone otra todavía más rigurosa. Los capítulos impares están narrados en primera persona por Álvaro Carrión, que cuenta desde el presente de 2005 aquello que va descubriendo y aquello que siente. Los pares adoptan una narración externa en tercera persona y permiten desplazarse por generaciones y décadas. El lector posee así dos experiencias simultáneas del pasado: puede descubrirlo al mismo tiempo que Álvaro y, a la vez, conocer escenas históricas que el personaje todavía ignora.

La alternancia permite que la extensa documentación nunca aparezca simplemente como una cronología añadida a la novela. La guerra, el exilio en Francia, la posguerra, la División Azul, el regreso de los emigrados o la transformación económica del país aparecen porque explican decisiones individuales. Un acontecimiento histórico puede convertirse décadas después en una casa, una fortuna, una ausencia, una fotografía, una discusión familiar o una versión cuidadosamente incompleta de un padre. La Historia entra en la novela cuando adquiere consecuencias domésticas.

El título procede de Antonio Machado. Los versos finales del poema LIII de «Proverbios y cantares», incorporado a Campos de Castilla, contienen la conocida advertencia de que una de las dos Españas «ha de helarte el corazón». Los versos son anteriores en casi dos décadas a la Guerra Civil, algo importante para comprender que la imagen de una España dividida posee una genealogía cultural anterior a 1936. Grandes toma esa fórmula y la convierte en estructura narrativa: primero el corazón, después el hielo y finalmente la imposible separación de ambos.

No obstante, la novela funciona mejor cuando sus personajes complican esa arquitectura simbólica. Las familias no son bloques homogéneos y las generaciones no obedecen automáticamente las convicciones de quienes las precedieron. La guerra puede dividir a los antepasados, pero el presente no se limita a repetir exactamente aquella división. Álvaro y Raquel pertenecen a un tiempo distinto y precisamente por ello pueden descubrir que heredar una historia no significa estar obligado a reproducir todas sus decisiones.

Lo que sabemos de nuestros padres y lo que hacemos cuando cambia

Uno de los grandes aciertos de El corazón helado consiste en no plantear la herencia moral como si funcionara igual que una herencia económica. Álvaro puede recibir propiedades cuya procedencia desconoce, pero no puede recibir automáticamente la culpa de aquello que otro hizo antes de que él naciera. El descubrimiento del pasado genera, sin embargo, una responsabilidad diferente: desde el momento en que sabe algo, debe decidir qué relación quiere mantener con ello.

La distinción permite que la novela evite una transmisión mecánica de identidades políticas. Álvaro no es su padre, del mismo modo que Raquel no es su abuelo. Cada uno mantiene una relación propia con la tradición familiar y ambos pueden cuestionarla. Grandes manifestó en diversas ocasiones su interés por personajes moralmente ambiguos, porque le parecían más próximos a las personas reales que los héroes o villanos sin fisuras. Esa voluntad alcanza incluso a Julio Carrión, cuya biografía posee zonas capaces de provocar repugnancia, admiración, desconcierto o comprensión sin que una emoción elimine automáticamente las demás.

La novela trabaja continuamente con esa diferencia entre comprender y absolver. Reconstruir las circunstancias en que alguien tomó una decisión no obliga a considerarla correcta, pero negarse a conocerlas tampoco vuelve más exacto el juicio. De ahí la enorme cantidad de espacio dedicada a los antepasados. Grandes quiere que el lector conviva con ellos antes de conocer todas las consecuencias de lo que hicieron, porque una vida observada únicamente desde su desenlace se vuelve demasiado sencilla.

Raquel plantea el problema inverso. Su identidad se ha construido alrededor de una memoria transmitida y de una reparación pendiente. La deuda posee una dimensión material, pero sobre todo representa la sensación de que una injusticia puede continuar abierta cuando sus protagonistas directos ya han desaparecido. El encuentro con Álvaro introduce una perturbación radical: la persona que tiene delante pertenece a la familia con la que existe esa deuda, pero no es intercambiable con quienes la originaron.

De este modo, la historia de amor no actúa como una reconciliación sentimental automática entre posiciones históricas. Resulta mucho más incómoda porque obliga a separar personas y genealogías. Álvaro y Raquel pueden amar y, simultáneamente, conservar obligaciones, resentimientos y fidelidades familiares que no desaparecen por ello. La novela pregunta hasta dónde puede alcanzar una deuda entre generaciones y qué ocurre cuando quienes deben resolverla también han empezado a formar parte de la vida del otro.

La Historia convertida en vida privada

Almudena Grandes trabajó más de cuatro años en esta novela. Explicó en 2007 que dedicó aproximadamente año y medio a documentarse y otros dos años y medio a escribir. Leyó estudios sobre la Segunda República, la Guerra Civil, la División Azul y el exilio, pero también memorias, autobiografías y pequeñas publicaciones locales que podían proporcionarle aquello que buscaba por encima de una simple sucesión de acontecimientos: historias humanas capaces de convertirse en ficción.

La propia autora insistió después en una distinción fundamental. Aunque la novela recorre prácticamente todo el siglo XX español, consideraba que su asunto principal no era la Historia sino la memoria. La trama central está situada en 2005 y lo decisivo es observar cómo personas nacidas mucho después de la guerra elaboran sentimentalmente acontecimientos que continúan presentes en sus familias. La investigación histórica proporciona el suelo del relato, pero la pregunta pertenece al presente.

Ese planteamiento explica el espacio dedicado al exilio. Para quienes permanecieron durante décadas en Francia, la distancia no significó simplemente cambiar de país. Podía conservarse una vida española dentro de hogares franceses mediante comidas, relatos, fotografías, hábitos, acentos y expectativas de regreso. Los hijos y nietos heredaron así recuerdos de lugares que en algunos casos apenas conocían personalmente. La novela utiliza ese fenómeno para mostrar que una patria perdida puede convertirse en una construcción familiar extremadamente poderosa.

También la experiencia de Julio Carrión en la División Azul adquiere sentido dentro de ese proyecto. No aparece como una excursión histórica separada de la trama, sino como parte de una biografía cuyo conocimiento ha sido administrado cuidadosamente dentro de la familia. Lo mismo sucede con las transformaciones económicas de la posguerra y con el regreso de quienes habían vivido fuera. Grandes intenta que los grandes acontecimientos solo aparezcan cuando alguien haya tenido que vivir dentro de ellos.

La operación tiene una consecuencia literaria importante. El lector no recibe una única memoria nacional sino recuerdos familiares que pueden ser parciales, contradictorios o interesados. Recordar tampoco garantiza automáticamente poseer toda la verdad. Una persona puede recordar con exactitud aquello que vio y desconocer completamente lo ocurrido en la habitación de al lado. La novela aprovecha esa limitación para convertir la memoria en material narrativo: cada relato resuelve una pregunta y al mismo tiempo puede crear otra.

Precisamente esta forma de trabajar con el pasado convirtió El corazón helado en un punto de inflexión dentro de la obra de Grandes. Durante la documentación encontró numerosas historias de la posguerra interior que no podía incorporar sin desbordar todavía más el libro. Aquellos materiales terminarían impulsando, pocos años después, los Episodios de una guerra interminable. La novela de 2007 no forma parte oficialmente del ciclo, pero funciona como su gran laboratorio: allí se consolidó el método de insertar vidas ficticias dentro de espacios históricos cuidadosamente documentados.

Una novela que quiso ser grande

Las más de novecientas páginas de El corazón helado no son un accidente editorial. Grandes reconocía una inclinación natural hacia la expansión y llegó a bromear durante la promoción con que el material podría haber producido varios miles de páginas si no se hubiera contenido. Antes de redactar necesitaba visualizar la estructura completa, conocer a los personajes y saber dónde se encontrarían las escenas principales. Esa planificación explica que una narración llena de retrocesos, anticipaciones y ramas familiares conserve una arquitectura muy controlada.

Su modelo profundo pertenece a la gran novela realista del siglo XIX. Existe una voluntad de construir un mundo extenso en el que las historias personales se cruzan con clases sociales, negocios, ideologías, familias y acontecimientos colectivos. Ese impulso acerca la obra a la tradición de Benito Pérez Galdós, autor decisivo para Grandes y referencia todavía más visible en los posteriores Episodios de una guerra interminable. Pero la forma no es simplemente decimonónica: el monólogo interior de Álvaro, los cambios temporales y la alternancia de perspectivas introducen técnicas posteriores dentro de aquella ambición totalizadora.

La extensión constituye al mismo tiempo una de las grandes fortalezas y uno de los puntos discutidos del libro. Jordi Gracia observó ya en 2007 que Grandes poseía una capacidad muy poco común para ampliar un recuerdo, un gesto o una incertidumbre interior hasta convertirlo en espacio habitable para el lector. Señalaba, sin embargo, que esa misma abundancia podía debilitar en ocasiones la tensión cuando el detalle seguía multiplicándose después de haber cumplido ya su función.

El reparo ayuda a explicar la experiencia de lectura. Esta no es una novela que pretenda alcanzar rápidamente una revelación final. Su efecto depende de pasar mucho tiempo dentro de las familias y de permitir que personajes secundarios adquieran biografía, deseos y contradicciones propias. El tamaño hace que la revelación de un secreto sea menos importante que todas las relaciones que ese secreto modifica. Para algunos lectores esa amplitud constituye precisamente su principal atractivo; para otros, el precio de entrada de una novela que exige una dedicación poco habitual en la narrativa contemporánea.

La recepción inicial mostró que la apuesta encontró un público amplio. En 2008 obtuvo el Premio de Novela Fundación José Manuel Lara, que la reconoció como la mejor novela publicada en castellano durante el año anterior, y el Gremio de Libreros de Madrid le concedió asimismo su Premio Libro del Año 2007. Con el tiempo se ha convertido además en una de las obras utilizadas para explicar el tránsito de Almudena Grandes desde las novelas centradas fundamentalmente en personajes contemporáneos hacia la larga exploración histórica que ocupó la última etapa de su carrera.

Ese reconocimiento no eliminó la discusión sobre su propuesta. Parte de la crítica ha valorado precisamente que la Historia sea experimentada mediante familias y afectos, mientras otros estudios han señalado el riesgo de reducir conflictos políticos, económicos y sociales complejos al drama privado de dos genealogías. Ambas lecturas describen en realidad el mismo procedimiento desde ángulos distintos: Grandes convierte problemas colectivos en relaciones personales porque considera que es allí donde el pasado continúa actuando cuando los acontecimientos históricos ya han terminado.

El ejemplar de Librería5: la primera edición de febrero de 2007

El volumen conservado en Librería5 pertenece a la primera edición de El corazón helado, publicada por Tusquets Editores en febrero de 2007 dentro de la colección Andanzas. La bibliografía editorial identifica el libro como el número 625 de la colección. El ISBN es 978-84-8310-373-9 y el depósito legal impreso en nuestra copia, B. 2.217-2007. La página de créditos atribuye el diseño de la colección a Guillemot-Navares, la fotocomposición a Pacmer, S. A., y la impresión y encuadernación a Romanyà-Valls.

La cubierta utiliza una fotografía real en lugar de una recreación gráfica de los personajes. El crédito impreso identifica a la mujer como Pepita Aymerich y señala que la imagen fue tomada por Antonio Sans en 1943, con copyright de Sylvia Sans. No hemos localizado en las fuentes consultadas documentación suficiente para establecer una relación biográfica concreta entre Pepita Aymerich y el contenido de la novela, por lo que el dato debe conservarse tal como lo ofrece la edición sin añadirle una historia que el libro no proporciona.

Visualmente, sin embargo, la elección resulta muy eficaz. La mujer fotografiada pertenece realmente al tiempo histórico que la novela intenta recuperar, y la imagen superpuesta a un paisaje urbano establece antes de abrir el libro la relación entre persona, ciudad y memoria. El tratamiento en negro, blanco y tonos anaranjados evita la apariencia de reproducción documental pura y transforma una fotografía de 1943 en una cubierta contemporánea.

Contracubierta de El corazón helado de Almudena Grandes
Contracubierta de la primera edición. Conserva el precio de 25 euros y el crédito de la fotografía de Pepita Aymerich tomada por Antonio Sans en 1943.

La contracubierta conserva el precio original de 25 euros y presenta el argumento a partir de la muerte de Julio Carrión y de la mujer desconocida que aparece en su entierro. Hay un pequeño detalle que merece quedar documentado: esta primera edición sitúa claramente el funeral en marzo de 2005, mientras algunas fichas digitales posteriores reproducen «febrero de 2005». Para describir nuestro ejemplar prevalece naturalmente el texto impreso, que además coincide con estudios y resúmenes tempranos de la novela.

La copia presenta las marcas normales de una obra de gran formato que ha sido manipulada y leída: se aprecian roces superficiales en las zonas negras de la cubierta y la contracubierta, aunque las partes examinadas permanecen íntegras y legibles. No se observan en las páginas mostradas firmas, dedicatorias manuscritas, exlibris o anotaciones que permitan reconstruir una procedencia particular.

Título
El corazón helado
Autora
Almudena Grandes
Editorial
Tusquets Editores
Colección
Andanzas, n.º 625 según los registros bibliográficos de esta edición
Edición
Primera edición, febrero de 2007
ISBN
978-84-8310-373-9
Depósito legal
B. 2.217-2007
Extensión bibliográfica
933 páginas según Google Books y otros registros de la primera edición; algunos catálogos comerciales computan 936
Nota final
Al otro lado del hielo, desde la página 923
Formato editorial
Rústica con solapas
Diseño de la colección
Guillemot-Navares
Fotografía de cubierta
Pepita Aymerich, fotografiada por Antonio Sans en 1943; copyright Sylvia Sans
Fotocomposición
Pacmer, S. A., Barcelona
Impresión y encuadernación
Romanyà-Valls
PVP impreso
25,00 €

La muerte de Julio Carrión parece inicialmente el final de una biografía. Para Álvaro termina siendo exactamente lo contrario: el momento en que la biografía de su padre comienza de verdad. Lo que sigue no es únicamente la búsqueda de un secreto, sino el descubrimiento de que conocer el pasado modifica también el presente y de que una herencia puede convertirse en problema mucho después de haber sido aceptada.

Almudena Grandes llamó a la última nota «Al otro lado del hielo». El título resume bien el recorrido del lector. Para llegar al otro lado hay que atravesar más de novecientas páginas de familias, exilios, amores, silencios y decisiones. La pregunta que queda allí no pertenece solo a los Carrión ni a los Fernández: cuánto de nuestra propia vida procede de historias que comenzaron antes de que nosotros pudiéramos elegir nada.

Fuentes consultadas