El periodista universal — David Randall

David Randall dedicó El periodista universal «a la memoria de John Merritt, el mejor reportero que he conocido». La elección resulta reveladora. No ofrece el libro a un célebre propietario de periódicos, a un director convertido en leyenda o a un teórico de la comunicación, sino a un reportero. Porque, aunque estas páginas hablan de periódicos, fuentes, entrevistas, redacción, ética, edición, propietarios y tecnología, su verdadero protagonista es la persona que tiene que salir a averiguar qué ocurrió y regresar con algo que pueda demostrar.

Randall publicó The Universal Journalist en Londres en 1996, justo cuando la palabra «periodismo» comenzaba a dejar de ser sinónimo automático de prensa, radio y televisión. Tres años más tarde apareció esta primera edición española de Siglo XXI. Internet ya amenazaba con transformar las redacciones y, sin embargo, Randall había elegido para su libro un título deliberadamente resistente al cambio: no pretendía explicar cómo funcionaba un periódico británico en un momento concreto, sino averiguar qué características del buen periodismo deberían sobrevivir incluso cuando cambiaran los propietarios, las tecnologías, los formatos y las sociedades.

Un cuarto de siglo después, la pregunta resulta todavía mejor. Las herramientas del periodista de 1999 han envejecido con una rapidez extraordinaria, pero las preguntas básicas de Randall apenas lo han hecho: quién afirma esto, cómo lo sabe, qué interés tiene, qué falta por comprobar, qué parte no entiendo todavía y cómo puedo explicárselo claramente a un lector. Quizá la verdadera universalidad del periodista no consistiera en saberlo todo, sino precisamente en saber cómo comportarse cuando todavía no sabe.

Cubierta de El periodista universal de David Randall
Cubierta del ejemplar de El periodista universal conservado en Librería5. La edición española apareció en Siglo XXI en 1999 con prólogo de Joaquín Estefanía.

Qué tiene de universal un periodista

El adjetivo elegido por Randall puede inducir a una interpretación equivocada. El periodista universal no es un profesional que conozca todos los asuntos ni una especie de corresponsal capaz de dominar cualquier cultura desde el momento en que baja del avión. La universalidad que propone es la de los principios. Un reportero puede trabajar en Londres, Nairobi o Moscú; puede escribir para un gran diario o para un pequeño periódico local; puede disponer de una redacción poderosa o de medios precarios. Cambiarán las circunstancias, pero continuará necesitando curiosidad, precisión, independencia de criterio, capacidad para preguntar, escepticismo ante las fuentes y voluntad de hacer comprensible aquello que ha descubierto.

El índice de la primera edición inglesa muestra hasta qué punto Randall quiso recorrer el oficio entero. Comienza preguntándose por el periodismo universal y por sus limitaciones, pasa después al valor informativo de los hechos y al carácter del buen reportero, entra en el arte de preguntar, las fuentes y la investigación, continúa por la ética y la escritura, y termina ocupándose de la edición, la organización de los periódicos, la dirección de las redacciones y la tecnología. El recorrido es importante porque impide reducir el periodismo a la habilidad para redactar. Antes de la frase existe una investigación; antes de la investigación, una pregunta; detrás de la pregunta, una determinada actitud frente al conocimiento.

Randall escribe desde una profesión que sabe limitada. Los periodistas dependen de organizaciones, presupuestos, propietarios, fuentes, leyes y tiempos de cierre. Los lectores tampoco conceden una atención infinita. La idea de un periodismo puro, producido desde una posición exterior a todos esos condicionantes, pertenece a la ficción. Pero reconocer los límites no equivale a rendirse ante ellos. Gran parte del libro consiste precisamente en enseñar a trabajar dentro de una profesión imperfecta sin convertir la imperfección en excusa para la negligencia.

Esta tensión ayuda a explicar la larga vida editorial de la obra. Pluto Press siguió revisándola durante décadas, hasta llegar a una sexta edición en 2021, preparada con Jemma Crew e incorporando ya las redes sociales al terreno de juego. Resulta significativo que un manual concebido antes de Google, Facebook, Twitter o los teléfonos inteligentes pudiera seguir actualizándose sin abandonar su tesis central. Los canales cambian mucho más deprisa que los problemas fundamentales del oficio.

El reportero antes que el escritor

Uno de los movimientos más fértiles de El periodista universal consiste en rebajar el prestigio de ciertas cualidades espectaculares para devolverlo a virtudes aparentemente modestas. El periodista no necesita entrar cada mañana en la redacción convertido en un gran estilista. La escritura importa, y Randall le dedica una atención considerable, pero un texto elegantísimo construido sobre datos erróneos continúa siendo mal periodismo. Antes que literatura hacen falta hechos suficientemente averiguados.

Por eso el carácter ocupa un lugar tan importante. El reportero debe ser curioso sin avergonzarse de su curiosidad, persistente sin confundir persistencia con arrogancia y desconfiado sin transformarse en un cínico incapaz de creer en nada. Necesita algo de audacia para telefonear a quien parece inaccesible, hacer una pregunta incómoda o permanecer en un lugar cuando otros periodistas han decidido que ya no ocurrirá nada. También necesita una cualidad menos cinematográfica: soportar la posibilidad de parecer ignorante.

Randall llega a convertir este último punto en una regla profesional. Si el periodista no comprende, debe preguntar. Si una explicación técnica continúa siendo incomprensible, debe pedir otra. Fingir conocimiento ante una fuente puede evitar unos segundos de incomodidad, pero traslada el problema al momento de escribir, cuando ya no habrá nadie delante capaz de corregir la confusión. El buen reportero puede permitirse quedar como un ignorante durante una entrevista; lo que no puede permitirse es exhibir esa ignorancia convertida en noticia.

La dedicatoria a John Merritt adquiere aquí todo su sentido. Randall lo recordaba como uno de esos reporteros cuya calidad no podía explicarse únicamente mediante técnicas aprendidas. Merritt había sido reportero jefe de The Observer y reunía, según su retrato, entusiasmo, curiosidad, determinación y una capacidad extraordinaria para interesarse por las personas y las historias. El modelo humano antecede al manual: primero Randall conoció a alguien que encarnaba el oficio y después intentó describir por qué funcionaba.

Hay en esa elección una concepción casi artesanal del periodismo. Las reglas pueden enseñarse, pero el oficio termina dependiendo de hábitos incorporados: comprobar un nombre por segunda vez, quedarse cinco minutos más, hacer una llamada adicional, preguntar por un detalle que los demás consideran irrelevante o sospechar de una explicación demasiado perfecta. La excelencia aparece menos como un golpe de inspiración que como una acumulación de pequeñas incomodidades voluntariamente aceptadas.

Preguntar, escuchar y desconfiar de las fuentes

Buena parte del periodismo empieza cuando una persona le cuenta algo a otra. Eso convierte a la fuente en una herramienta indispensable y, al mismo tiempo, en uno de los mayores riesgos profesionales. Una fuente puede conocer los hechos, pero también puede desconocerlos, recordarlos mal, exagerarlos, ocultar una parte o intentar utilizar al periodista como vehículo de sus propios intereses. Randall insiste por ello en una pregunta anterior a cualquier declaración: ¿por qué me está contando esto?

La sospecha no significa asumir que todos mienten. Significa evitar que la autoridad social de una persona sustituya al proceso de verificación. Un ministro, un policía, un científico, un empresario, un testigo o un dirigente sindical pueden ser fuentes necesarias sin convertirse automáticamente en árbitros de la realidad. Incluso una persona completamente honrada puede estar equivocada. La responsabilidad del periodista comienza donde termina el testimonio.

Por eso preguntar bien no consiste en recitar un cuestionario. Una entrevista preparada es útil, pero solo mientras las respuestas no obliguen a abandonar el guion. El entrevistador debe escuchar suficientemente bien como para advertir una contradicción, una evasiva, un dato inesperado o una palabra que abre una ruta nueva. La pregunta verdaderamente productiva suele ser la que no podía escribirse antes de comenzar la conversación porque nace de algo que acaba de decir el entrevistado.

La investigación periodística prolonga esa misma lógica. Randall se interesa por el periodismo de investigación, pero su concepción resulta menos romántica que la imagen popular del reportero infiltrado. Investigar significa a menudo revisar documentos, hablar con varias personas sobre el mismo asunto, establecer cronologías, comparar cifras, localizar testigos, confirmar nombres y regresar a una fuente con aquello que otra fuente acaba de contradecir. No siempre produce escenas espectaculares; produce, cuando funciona, información resistente.

Este método contiene además una defensa contra una tentación intelectual muy común: enamorarse demasiado pronto de una hipótesis. Cuando el periodista decide de antemano qué ocurrió, cada dato corre el riesgo de convertirse en confirmación y cada contradicción en molestia. Randall propone el movimiento inverso. La hipótesis sirve para investigar mientras siga siendo hipótesis; los hechos obtenidos deben conservar el derecho de destruirla.

Escribir claro después de haber entendido

Cuando llega a la escritura, Randall no acepta la idea de que la prosa periodística deba ser mediocre por definición. Los periódicos no son novelas, pero una buena crónica comparte con cualquier buena escritura varias obligaciones elementales: claridad, fluidez, precisión, lenguaje vivo y una estructura capaz de conducir al lector. La diferencia está en que el periodista no puede sacrificar el sentido exacto de un hecho para obtener una frase más hermosa.

La sencillez constituye por ello una virtud técnica, no una renuncia intelectual. Un asunto difícil no se vuelve más riguroso porque esté explicado de manera oscura. Con demasiada frecuencia ocurre lo contrario: la complejidad verbal permite esconder que quien escribe todavía no controla el material. Reducir una cuestión compleja a una explicación clara obliga a decidir qué es esencial, qué relación existe entre los hechos y en qué orden debe conocerlos el lector.

Este es uno de los puntos donde investigación y redacción dejan de ser actividades separadas. El periodista que no sabe explicar una historia quizá no tenga todavía un problema de estilo, sino un problema de conocimiento. ¿Quién tomó la decisión? ¿En qué momento? ¿Qué produjo? ¿Qué parte está confirmada y cuál continúa siendo una interpretación? Una frase confusa puede ser la huella visible de una investigación que todavía no ha llegado suficientemente lejos.

Randall dedica atención a las entradillas porque en ellas se concentra buena parte de esta disciplina. El periodista dispone de muy poco espacio para decir al lector por qué debería seguir leyendo y, al mismo tiempo, no puede deformar la noticia para crear un dramatismo que los hechos no contienen. Elegir el comienzo implica decidir cuál es realmente el centro informativo. No se trata únicamente de estilo; es una forma de juicio.

También combate los lugares comunes, la retórica inflada y las fórmulas que sobreviven en las redacciones porque todo el mundo las ha visto impresas miles de veces. El lenguaje muerto puede parecer profesional precisamente porque suena a periódico, pero muchas veces no comunica mejor. La buena prosa periodística debería parecer escrita para explicar algo que ocurrió, no para demostrar que quien escribe conoce el dialecto burocrático de su profesión.

La ética empieza donde resulta incómoda

Uno de los atractivos del libro es que Randall no separa completamente técnica y moral. La exactitud puede presentarse como una obligación ética, pero también es una técnica: obliga a comprobar. La independencia puede formularse como virtud, pero exige procedimientos concretos para tratar con fuentes, propietarios y presiones. Incluso la honestidad con el lector termina afectando a la manera de titular, citar y contextualizar.

La contracubierta de nuestro ejemplar habla de una profesión amenazada desde fuera por los enemigos de la libertad de expresión y desde dentro por quienes traicionan el buen hacer periodístico. La segunda parte de la frase importa tanto como la primera. Randall no construye al periodista como héroe automático enfrentado a un poder siempre exterior. Una redacción puede degradarse por presiones estatales o empresariales, pero también por pereza, arrogancia, sensacionalismo, rutina, dependencia de las fuentes o simple chapuza profesional.

Su posición ética generó objeciones desde el principio. En una reseña académica española, Luisa Santamaría Suárez consideró excesivamente ingenua su oposición a obtener información mediante engaños, porque determinadas investigaciones periodísticas han recurrido históricamente a identidades ocultas o infiltraciones. La dificultad es real: una regla absoluta puede impedir descubrir abusos que solo son visibles cuando quien los comete ignora que está siendo observado.

Pero precisamente ahí aparece una de las preguntas más interesantes que deja Randall. Que una técnica pueda producir una información verdadera no basta necesariamente para justificarla. El periodista debe preguntarse también si había otra manera de obtenerla, qué daño puede provocar, qué interés público existe y qué precedente profesional deja. La ética empieza allí donde dos bienes entran en conflicto, no donde basta con obedecer una instrucción evidente.

Fernando Martínez Vallvey señaló otra tensión en una reseña contemporánea: Randall pertenece claramente a la tradición anglosajona que intenta separar hechos y opiniones. La distinción posee una enorme utilidad profesional, pero aplicada de manera absoluta tropieza con un problema evidente. Seleccionar un hecho en lugar de otro, darle determinada extensión, colocarlo en portada o describirlo con ciertas palabras ya introduce decisiones humanas. No hace falta abandonar la aspiración a la objetividad para admitir que el periodista participa inevitablemente en la construcción del relato.

Leído desde esa crítica, el libro gana profundidad. Su «periodista universal» no debe entenderse como una máquina capaz de eliminar toda perspectiva, sino como alguien obligado a someter su propia perspectiva a disciplina: distinguir lo que sabe de lo que supone, contrastar aquello que desea creer, dar espacio a hechos incómodos y dejar suficientemente claro al lector cuándo abandona la información comprobable para entrar en la interpretación.

Propietarios, independencia y el precio de hacer periodismo

Randall tampoco olvida que el periodismo necesita dinero. La libertad editorial no existe en el vacío: periódicos y emisoras poseen propietarios, pagan salarios, compran tecnología y dependen de algún modelo económico. La relación entre solvencia e independencia aparece ya en las discusiones que acompañaron la recepción española del libro. En mayo de 1999, responsables de CNN+ y Canal 24 Horas debatían públicamente ideas de Randall sobre la necesidad de que un medio económicamente viable dispusiera también de mejores condiciones para defender su autonomía.

La afirmación no elimina el conflicto, porque quien aporta dinero puede convertirse igualmente en fuente de presión. Un propietario económicamente poderoso puede resistir mejor las amenazas exteriores y, al mismo tiempo, interferir más intensamente en la línea editorial. Randall conoce esa tensión y sitúa a los magnates de los medios entre los posibles enemigos internos de un periodismo independiente.

El problema ha sobrevivido de manera casi intacta aunque los modelos de negocio hayan cambiado. La publicidad impresa perdió parte de su antigua importancia, aparecieron suscripciones digitales, plataformas, algoritmos de distribución, grandes empresas tecnológicas y nuevas formas de financiación. Pero la pregunta continúa siendo la misma: ¿de quién depende económicamente el medio y qué capacidad tiene esa dependencia para modificar lo que publica o deja de publicar?

Esta dimensión económica evita que El periodista universal sea únicamente un libro de virtudes personales. Un reportero puede ser curioso, valiente y escrupuloso y encontrarse dentro de una estructura que penaliza precisamente esas cualidades. La calidad periodística necesita individuos capaces, pero también organizaciones que les permitan utilizar esa capacidad. El heroísmo personal puede salvar una investigación; difícilmente puede sustituir indefinidamente una institución mal diseñada.

Un libro de 1996 frente a un oficio que iba a cambiar de soporte

Cuando Randall publicó la primera edición, las redacciones estaban entrando ya en la transición digital, pero todavía era posible imaginar que Internet sería principalmente una nueva herramienta dentro de un ecosistema dominado por medios tradicionales. Tres años después, cuando esta traducción llegó a España, la gran transformación apenas había comenzado. Los diarios digitales estaban creciendo, las noticias continuas se consolidaban en televisión y la relación entre publicación, distribución y audiencia empezaba a acelerarse.

Por eso resulta particularmente interesante que el libro termine preguntándose por la tecnología y el futuro. Las predicciones concretas son siempre la parte más vulnerable de un manual profesional, porque la innovación suele llegar por caminos que nadie había previsto. Randall acertó en algo más modesto y quizá más importante: separar la tecnología de los principios que deberían gobernar su uso.

La evolución posterior de la propia obra funciona como un pequeño experimento. Pluto Press publicó nuevas ediciones, incorporó Internet, investigación digital y finalmente redes sociales, pero continuó presentando el libro como una guía de los «universales» del periodismo. La sexta edición de 2021 ya pertenece a un mundo en el que un teléfono puede grabar vídeo, emitir en directo, localizar documentos, consultar bases de datos, contactar fuentes y publicar una noticia. Ninguna de esas capacidades tecnológicas elimina la necesidad de decidir si la noticia es verdadera.

Incluso podría afirmarse que cuanto más fácil resulta publicar, mayor valor adquieren algunas de las antiguas restricciones de Randall. Una redacción de 1999 podía cometer un error y verlo impreso al día siguiente; hoy una información falsa puede atravesar países antes de que alguien haya terminado de comprobar el primer dato. La velocidad aumenta la capacidad del periodista y también el coste de su impaciencia.

La aparición de herramientas generativas añade otra vuelta al problema, pero no altera demasiado la pregunta fundamental. Una máquina puede ayudar a resumir documentos, transcribir una entrevista, localizar patrones o preparar una cronología; continúa siendo necesario saber de dónde procede la información, si las fuentes existen, qué afirmaciones pueden verificarse y quién asume la responsabilidad de publicar. En ese sentido, Randall pertenece paradójicamente a nuestro presente porque escribió sobre deberes que ninguna herramienta puede cumplir por el periodista sin que alguien compruebe después que realmente los cumplió.

David Randall: cuarenta años dentro de la redacción

El tono poco académico de El periodista universal tiene una explicación biográfica. David Randall nació en Ipswich en 1951, estudió Economía en Cambridge y comenzó su carrera profesional en 1974 como reportero en el Croydon Advertiser. Ascendió hasta dirigir aquel periódico local antes de incorporarse en 1981 a The Observer, donde trabajó durante doce años y llegó a ser editor adjunto. Más tarde ocupó distintos cargos en The Independent y The Independent on Sunday, entre ellos responsabilidades en información nacional y como redactor jefe de noticias.

Su experiencia internacional fue igualmente importante para el nacimiento del libro. Randall impartió formación periodística en África y participó en proyectos en Rusia y Asia Central. Trabajar con periodistas que operaban bajo sistemas políticos, culturas profesionales y recursos económicos distintos reforzó precisamente la pregunta que terminó dando título al libro: qué permanece constante cuando casi todo lo demás cambia.

Eso explica que sus ejemplos se parezcan más a historias de redacción que a demostraciones teóricas. Randall recuerda buenos reporteros, malas noticias, errores, decisiones, investigaciones y textos concretos. Fernando Martínez Vallvey observó al reseñar la traducción española que el estilo podía recordar al de un buen artículo de periódico y elogió su combinación de modelos positivos y negativos. Randall enseña con una convicción muy propia del oficio: algunos errores se comprenden mejor viendo cómo fueron cometidos que leyendo una definición abstracta de por qué están mal.

Murió en julio de 2021, a los setenta años, después de aproximadamente cuatro décadas dedicadas al periodismo. Para entonces The Universal Journalist había sobrevivido ya a numerosas transformaciones de la profesión, había sido traducido a distintas lenguas y seguía apareciendo en nuevas ediciones. Es una forma de éxito especialmente coherente con el libro: las noticias que Randall escribió pertenecían inevitablemente a un día concreto; las reglas con las que intentó escribirlas duraron bastante más.

El ejemplar de Librería5: la primera edición española de 1999

El volumen conservado en Librería5 pertenece a la primera edición española publicada por Siglo XXI de España Editores en mayo de 1999. La página legal acredita la edición original a Pluto Press, Londres, en 1996 y mantiene el título inglés The Universal Journalist. El ISBN de nuestra copia es 84-323-0993-1 y el depósito legal, M. 17.759-1999. Los catálogos correspondientes al mismo ISBN registran 266 páginas, formato en rústica de aproximadamente 21 × 13,5 centímetros y traducción de María Corniero.

La edición incorpora un prólogo de Joaquín Estefanía titulado El periodismo, primer borrador de la historia. La presencia de Estefanía situaba el manual británico dentro del debate profesional español de finales de los noventa y ayudaba a traducir algo más que las palabras: también había que trasladar una determinada cultura periodística, con sus virtudes y sus puntos de fricción, a un país con tradiciones académicas y profesionales propias.

La cubierta fue diseñada por Juan José Barco y Sonia Alins. Sobre un fondo rojo aparece una figura humana construida parcialmente con fragmentos de texto periodístico, una solución visual muy adecuada para un libro que intenta describir al profesional a partir de aquello con lo que trabaja. El prólogo de Estefanía forma además un arco alrededor de la silueta, mientras el nombre de Randall queda reducido frente al gran título. El diseño privilegia de nuevo el oficio sobre la celebridad del autor.

Contracubierta de El periodista universal de David Randall
Contracubierta del ejemplar. La presentación editorial resume la tesis de Randall: el buen periodismo depende de principios y aptitudes capaces de sobrevivir a los cambios de propiedad, tecnología e información.

La contracubierta reproduce perfectamente la confianza y la preocupación que atraviesan la obra. Afirma que la profesión está sometida a cambios continuos y que necesita recuperar credibilidad frente a las amenazas externas contra la libertad de expresión y frente a quienes, desde dentro, degradan sus propios métodos. El texto pertenece inequívocamente a 1999 y, al mismo tiempo, cuesta leerlo como un documento completamente antiguo.

La dedicatoria a John Merritt termina de individualizar el ejemplar. A primera vista es apenas una línea previa al índice. Después de conocer el libro se convierte casi en su clave de lectura. Randall puede dedicar cientos de páginas a explicar técnicas, pero cuando necesita resumir en una persona la profesión que admira recuerda a un compañero de redacción. El periodismo universal termina teniendo un rostro concreto.

Título
El periodista universal
Autor
David Randall
Título original
The Universal Journalist
Prólogo
Joaquín Estefanía
Editorial
Siglo XXI de España Editores, S. A.
Primera edición española
Mayo de 1999
Primera edición inglesa
Pluto Press, Londres, 1996
Traducción
María Corniero, según los registros correspondientes a este ISBN
Extensión
266 páginas, según la ficha bibliográfica de esta edición
Formato
Rústica, aproximadamente 21 × 13,5 cm
ISBN
84-323-0993-1
Depósito legal
M. 17.759-1999
Diseño de cubierta
Juan José Barco y Sonia Alins
Fotocomposición
EFCA, S. A.
Impresión
Closas-Orcoyen, S. L., Paracuellos de Jarama, Madrid

Quizá la mejor manera de comprobar cuánto ha envejecido El periodista universal sea imaginar qué ocurriría si elimináramos del libro todas las referencias técnicas que pertenecen a su época. Desaparecerían procedimientos, herramientas, ritmos de cierre y buena parte del paisaje material de una redacción de los años noventa. Pero todavía quedarían sus preguntas centrales: ¿lo sabes o lo supones?, ¿has preguntado lo suficiente?, ¿has comprobado lo que te dijeron?, ¿entiendes aquello que vas a explicar?, ¿estás escribiendo para informar al lector o para impresionar a tus colegas?

Las máquinas del periodismo han cambiado. Randall apostó por que esas preguntas no deberían hacerlo.

Fuentes consultadas