El poder de la mente — Mary Joe Salazar

En unas páginas de El poder de la mente, las alucinaciones dejan de ser fantasmas y pasan a explicarse como fenómenos de la percepción. El sonambulismo tampoco necesita espíritus. La sugestión, la memoria y la personalidad pertenecen al funcionamiento de nuestro propio cerebro. Pero el mismo recorrido abre después la puerta a la telepatía, la psicokinesis, el aura, los médiums, los curanderos, la levitación y la astrología. El libro de Mary Joe Salazar habita exactamente esa frontera: un territorio donde psicología, parapsicología y ciencias ocultas todavía pueden aparecer como regiones vecinas de un mismo mapa.

Eso hace que su lectura resulte más interesante de lo que promete a primera vista una cubierta dedicada a los «enigmas de las ciencias ocultas». El poder de la mente no contiene una sola teoría, sino una determinada manera de mirar al ser humano. Parte de una certeza bastante razonable —sabemos mucho sobre nosotros mismos, pero todavía ignoramos muchísimo— y convierte ese desconocimiento en una invitación a explorar toda facultad extraordinaria que alguna vez se haya atribuido a la mente.

El ejemplar conservado en Librería5 pertenece al número 9 de la colección Enigmas de las ciencias ocultas de Edimat Libros. Su depósito legal está fechado en 1998. Es, por tanto, un objeto particularmente adecuado para recordar una época muy próxima y, sin embargo, intelectualmente distinta: los años en que una colección popular podía colocar bajo la misma palabra, «mente», la memoria y el horóscopo, la hipnosis y la clarividencia, la percepción y la levitación.

Cubierta de El poder de la mente de Mary Joe Salazar
Cubierta del ejemplar conservado en Librería5, perteneciente a la colección Enigmas de las ciencias ocultas.

Una cartografía de todo lo que la mente podría hacer

La pregunta inicial de Mary Joe Salazar es mucho más antigua que la parapsicología: ¿qué es realmente el ser humano y cuánto conoce de sí mismo? La contracubierta presenta al individuo como un territorio todavía incompletamente explorado y sugiere que, bajo las facultades ordinarias, podrían existir otras capacidades que permanecen latentes. Desde ahí el libro construye su recorrido. No comienza estableciendo una teoría precisa que luego intenta demostrar, sino ampliando progresivamente el catálogo de cosas que pueden recibir el nombre de «poder mental».

En ese catálogo aparecen primero los grandes conceptos de la tradición parapsicológica: percepción extrasensorial, telepatía, clarividencia y diferentes formas de acción de la mente sobre la materia o sobre otros seres vivos. La terminología aspira a clasificar lo extraordinario y a proporcionarle una apariencia sistemática. No estamos ante el relato de una casa encantada o de un médium particular, sino ante el intento de construir una taxonomía: si existen fenómenos anómalos, el primer paso consistiría en ordenarlos, separando los que supuestamente permiten recibir información de aquellos en los que la mente ejercería alguna influencia sobre el exterior.

La telepatía ocupa naturalmente un lugar central. El problema ha fascinado durante más de un siglo porque plantea una posibilidad radical: que dos conciencias puedan intercambiar información sin utilizar los canales sensoriales conocidos. A su alrededor aparecen la clarividencia, la psicometría, la radiestesia y otras facultades tradicionalmente incluidas dentro de la percepción extrasensorial. La estrategia del libro consiste en colocarlas dentro de un horizonte de desconocimiento científico: si todavía ignoramos cómo funciona por completo el cerebro, sería precipitado —viene a sugerir— declarar imposible cualquier facultad todavía inexplicada.

Ese argumento resulta atractivo, pero contiene una dificultad fundamental. La existencia de cosas desconocidas no constituye una prueba de una afirmación concreta. Que la ciencia no posea una explicación completa de la conciencia no hace más probable, por sí mismo, que una persona pueda conocer el contenido mental de otra situada a cientos de kilómetros. La distinción es esencial para leer el libro sin perder su interés: el misterio es real; la explicación propuesta necesita evidencias independientes.

La evaluación científica de la parapsicología ha girado precisamente alrededor de ese problema. Durante décadas se han realizado experimentos sobre telepatía, clarividencia, precognición y psicokinesis, algunos con resultados estadísticos que sus defensores consideraron prometedores. Sin embargo, los problemas de replicación, control experimental, sesgos y metodología han impedido que esas facultades formen parte del conocimiento científico generalmente aceptado. Una revisión de la National Academies concluyó que no encontraba justificación científica suficiente para los fenómenos parapsicológicos examinados. El interés histórico y psicológico de la creencia permanece intacto; la demostración de los poderes, en cambio, pertenece a otra cuestión.

Hipnosis y sugestión: cuando lo extraño no necesita ser sobrenatural

La hipnosis ocupa una posición especialmente reveladora dentro de El poder de la mente porque durante mucho tiempo estuvo situada exactamente en la frontera que el libro intenta recorrer. Su historia moderna pasó por el magnetismo animal, los espectáculos públicos, la medicina, la psiquiatría y la psicología. Durante generaciones se la representó como una especie de dominio de una mente sobre otra: una persona sometida a una voluntad ajena, capaz de olvidar, ver lo inexistente o ejecutar órdenes que no habría aceptado despierta.

La psicología contemporánea conserva el fenómeno y ha eliminado buena parte de aquella mitología. La American Psychological Association define la hipnosis como un procedimiento en el que se utiliza la sugestión para producir cambios en sensaciones, percepciones, pensamientos, emociones o conductas motoras. La susceptibilidad varía entre individuos y los mecanismos exactos siguen siendo objeto de investigación, pero determinadas aplicaciones clínicas, sobre todo relacionadas con el dolor y otros síntomas, cuentan con evidencia empírica.

La diferencia es importante porque muestra que una experiencia puede parecer extraordinaria sin exigir fuerzas desconocidas. Si una persona bajo sugestión puede experimentar una modificación real en la percepción del dolor, la cuestión continúa siendo sorprendente aunque no exista ningún fluido magnético viajando entre dos cuerpos. El cerebro, la atención, las expectativas y los procesos cognitivos bastan para producir fenómenos que durante siglos parecieron próximos a la magia.

Lo mismo puede decirse de la sinestesia, que aparece en el universo temático del libro asociada a experiencias en las que un estímulo provoca simultáneamente otra sensación, como percibir colores vinculados a letras, números o sonidos. Hoy la sinestesia constituye un fenómeno reconocido y estudiado por la psicología y la neurociencia, aunque siga existiendo debate acerca de sus mecanismos concretos. Una vez más, el hecho extraordinario sobrevive; lo que cambia es el tipo de explicación que necesitamos para comprenderlo.

Esta zona del libro resulta, por ello, mucho más fértil que una simple oposición entre creyentes y escépticos. Mary Joe Salazar reúne bajo un mismo techo fenómenos que durante siglos compartieron una apariencia misteriosa. El desarrollo científico posterior ha ido separándolos. Algunos han encontrado mecanismos observables; otros continúan sin ofrecer pruebas reproducibles; otros pertenecen directamente a sistemas simbólicos o religiosos. Desde esta perspectiva, El poder de la mente funciona casi como una fotografía de aquella casa común antes de que se levantaran paredes entre sus habitaciones.

Memoria, personalidad y percepción: la mente ordinaria ya es suficientemente extraña

Cuando el libro abandona momentáneamente la percepción extrasensorial y se aproxima a la memoria, la personalidad y la percepción, entra en un terreno donde sus preguntas adquieren una fuerza distinta. La memoria no es una simple caja en la que el cerebro deposita copias perfectas del pasado. Seleccionamos, organizamos, asociamos y reconstruimos. Nuestra identidad depende en una medida enorme de esa capacidad: sin recuerdo no solo perderíamos información sobre lo ocurrido, sino la continuidad narrativa que nos permite decir que la persona de ayer y la de hoy son, de algún modo, la misma.

La percepción plantea una dificultad semejante. No recibimos pasivamente una reproducción completa del mundo. Los órganos sensoriales proporcionan información limitada y el cerebro selecciona, organiza e interpreta. La atención, la experiencia anterior, las expectativas y el contexto cultural intervienen en aquello que finalmente percibimos. Esta idea constituye una de las intuiciones más valiosas del libro porque permite explicar muchos fenómenos aparentemente extraños sin abandonar el funcionamiento normal de la mente.

Las ilusiones ofrecen el caso más sencillo. Existe un estímulo exterior, pero nuestra percepción lo interpreta de una manera que no coincide por completo con sus propiedades. Las alucinaciones presentan un problema distinto: aparece una experiencia perceptiva sin el objeto externo correspondiente. El libro se distancia aquí de la explicación sobrenatural y las sitúa dentro del funcionamiento de la mente. También trata el sonambulismo como un fenómeno humano, no como prueba de intervención paranormal.

Esta prudencia resulta interesante porque convive con capítulos mucho más abiertos a hipótesis extraordinarias. El libro puede negar que una alucinación demuestre la existencia de un fantasma y, unas páginas después, considerar seriamente la posibilidad de facultades telepáticas o de energías mentales todavía desconocidas. La contradicción no es accidental. Expresa una época y un género editorial en los que la palabra «ciencia» no se oponía necesariamente a «oculto»: muchas obras de parapsicología imaginaban las ciencias ocultas como una ciencia futura, todavía incapaz de medir lo que algún día terminaría explicando.

Desde una lectura actual quizá el mayor «poder de la mente» no sea precisamente el que el libro buscaba. Nuestra capacidad para interpretar, completar, seleccionar, recordar mal, dejarnos sugestionar, construir significado y modificar incluso ciertas experiencias corporales proporciona un territorio asombroso sin recurrir a facultades extrasensoriales. La psicología ha ido haciendo más extraño el mundo ordinario al mismo tiempo que reducía la necesidad de explicaciones paranormales.

Lavado de cerebro, publicidad subliminal y el miedo a perder la voluntad

Otro gran territorio del libro es la manipulación mental. La expresión «lavado de cerebro» concentra varios miedos característicos del siglo XX: propaganda totalitaria, adoctrinamiento, interrogatorios, aislamiento, drogas, control de la información y técnicas capaces de alterar la personalidad. En la cultura popular esas ideas terminaron formando la imagen de una mente que podía ser borrada y reescrita desde fuera casi como si se tratara de una cinta magnética.

El poder de la mente se mueve dentro de ese imaginario y concede un lugar especial a la publicidad subliminal. La idea resulta irresistible: una imagen o una palabra demasiado breve para alcanzar la conciencia podría atravesar nuestras defensas y actuar directamente sobre una zona mental inaccesible, provocando después una compra, una opinión o una conducta cuya causa ignoramos. Durante décadas, esta posibilidad alimentó libros, documentales, campañas publicitarias y teorías conspirativas.

La investigación posterior ofrece un cuadro bastante menos espectacular. La percepción sin conciencia plena existe y determinados estímulos subliminales pueden producir efectos de priming, facilitando temporalmente asociaciones o inclinando respuestas muy concretas. Pero la distancia entre esos efectos limitados y la fantasía de control mental es enorme. La Association for Psychological Science resume que ciertas influencias sobre actitudes o intenciones pueden detectarse, especialmente cuando la persona ya posee una motivación compatible —por ejemplo, sed—, pero eso está muy lejos de conseguir que alguien actúe contra sus intereses, valores o deseos mediante una orden secreta introducida bajo el umbral consciente.

La diferencia resulta culturalmente instructiva. Las técnicas reales de persuasión suelen ser menos cinematográficas y probablemente más eficaces: repetición, presión social, autoridad, control de la información, incentivos, miedo, aislamiento, creación de identidades colectivas o manipulación de expectativas. No necesitan borrar literalmente una personalidad para modificar una conducta. La mente puede ser influida precisamente porque permanece siendo una mente, con necesidades sociales, hábitos, temores, recuerdos y deseos.

En ese sentido, el capítulo conserva una pregunta válida incluso allí donde sus mecanismos concretos envejecen: cuánto de lo que consideramos propio ha sido aprendido, inducido o socialmente construido. La respuesta no exige imaginar un centro secreto del cerebro susceptible de ser reprogramado por una señal subliminal. Basta observar hasta qué punto nuestra personalidad se desarrolla dentro de familias, lenguas, grupos, instituciones, mercados y culturas que existían antes que nosotros.

Curanderos, faquires y la zona donde mente y cuerpo se encuentran

Cuando el libro pasa al curanderismo y al faquirismo, la cuestión cambia nuevamente. Ya no pregunta solamente si la mente puede recibir información imposible o ser manipulada desde fuera, sino hasta dónde puede intervenir sobre el propio cuerpo. Curaciones atribuidas a la fe, supuestas emisiones energéticas, resistencia al dolor, control de funciones corporales, enterramientos, catalepsia, levitación y demostraciones extraordinarias de fuerza aparecen como distintas versiones de un mismo problema: si el cerebro dirige el organismo, ¿hasta qué punto podría aprender a dirigir conscientemente procesos que consideramos involuntarios?

La pregunta tiene una base real, aunque no todas las respuestas la tengan. Respiración, atención, entrenamiento, expectativa, sugestión, meditación o biofeedback pueden modificar determinados parámetros fisiológicos. El sistema nervioso no está separado del resto del cuerpo; estados mentales pueden influir sobre dolor, estrés, frecuencia cardiaca, percepción del esfuerzo o respuestas neuroendocrinas. El error aparece cuando esa relación verdadera se utiliza como pasarela hacia cualquier afirmación imaginable sobre energías invisibles o poderes ilimitados.

El efecto placebo proporciona un buen ejemplo. Una expectativa terapéutica puede modificar determinados síntomas y producir respuestas medibles mediante mecanismos de aprendizaje, condicionamiento, expectativa y sistemas neuroquímicos. Esto no significa que la mente pueda curar cualquier enfermedad por deseo, ni que la fe sustituya un tratamiento eficaz. Significa algo mucho más preciso y, en cierto modo, más interesante: la expectativa forma parte de la fisiología de algunas experiencias humanas.

También aquí el libro permite observar cómo se fabrican las zonas grises del pensamiento paranormal. Se parte de un fenómeno indiscutible —la mente y el cuerpo interactúan— y se desplaza progresivamente hacia una conclusión mucho más fuerte —quizá exista una energía mental capaz de curar o actuar directamente sobre la materia—. Entre ambas frases hay una distancia que solo puede cubrir la evidencia experimental, no el asombro.

El faquirismo intensifica esa fascinación porque convierte el cuerpo en escenario. La resistencia al dolor, la inmovilidad prolongada, el control respiratorio o determinados ejercicios físicos pueden parecer imposibles para quien desconoce el entrenamiento que hay detrás. A lo largo de la historia, demostraciones reales de disciplina corporal han convivido con trucos de espectáculo, interpretaciones religiosas y explicaciones paranormales. La dificultad consiste precisamente en no utilizar lo que sí es extraordinario como garantía de aquello que no está demostrado.

Espíritus, levitación y astrología: el libro vuelve finalmente al viejo ocultismo

La parte final del recorrido recupera de manera más explícita el territorio prometido por la colección. Médiums, espiritismo, cuerpos astrales, dimensiones, apariciones, levitación, astrología, horóscopos y diferentes métodos de adivinación se incorporan al inventario. Después de haber pasado por conceptos psicológicos reconocibles, la obra vuelve así a las prácticas que durante siglos constituyeron el corazón de las ciencias ocultas.

El cambio resulta especialmente visible en la astrología. Ya no estamos ante un mecanismo mental cuyo funcionamiento pueda investigarse mediante experimentos de percepción o sugestión, sino ante un sistema simbólico que atribuye relaciones entre posiciones astrales, personalidad y acontecimientos humanos. El libro recorre signos, planetas, correspondencias y formas tradicionales de adivinación junto a otros métodos como la quiromancia, la cartomancia o la interpretación de sueños.

Pero precisamente esa acumulación ayuda a comprender qué clase de obra tenemos delante. El poder de la mente no intenta delimitar con rigor una disciplina académica. Su propósito divulgativo consiste en recorrer aquello que, durante generaciones, se ha colocado alrededor de una pregunta mucho más amplia: qué fuerzas desconocidas podrían actuar sobre nuestra vida. La mente funciona como principio unificador porque permite conectar el sueño con la profecía, la sugestión con la hipnosis, la intuición con la telepatía y la esperanza de curación con supuestas energías invisibles.

Visto desde hoy, uno de los problemas metodológicos resulta evidente. Fenómenos que comparten una apariencia misteriosa no comparten necesariamente una causa. Una ilusión óptica, una experiencia hipnótica, una coincidencia sorprendente, una lectura de tarot y un episodio de sonambulismo pueden resultar igualmente desconcertantes para quien los vive, pero esa semejanza subjetiva no los convierte en manifestaciones de una misma fuerza. La ciencia progresa precisamente separando problemas que la experiencia cotidiana tiende a reunir.

Sin embargo, también sería pobre leer estas páginas únicamente para señalar sus errores. La historia cultural del ocultismo es, entre otras cosas, la historia de nuestra resistencia a aceptar que ciertos misterios permanezcan sin respuesta. Allí donde falta una explicación surge con facilidad un relato que conecta las piezas. El poder de la mente documenta esa necesidad de una manera casi enciclopédica.

Cómo leer El poder de la mente hoy

La obra de Mary Joe Salazar pertenece a una clase de libro cuyo interés cambia con el tiempo. En el momento de su publicación podía comprarse como una introducción a misterios y facultades supuestamente ocultas. Un cuarto de siglo después resulta quizá más valiosa como documento de cultura popular: muestra qué conceptos podían convivir todavía dentro de una misma idea de «poder mental» y hasta qué punto el vocabulario científico servía también para proporcionar plausibilidad a tradiciones esotéricas mucho más antiguas.

Hay que evitar dos lecturas igualmente pobres. La primera consistiría en aceptar cada afirmación porque el libro utiliza palabras como cerebro, energía, experimento o ciencia. El lenguaje científico no sustituye la evidencia. La segunda sería considerar inútil todo el volumen porque algunas de sus hipótesis carecen de respaldo. Eso impediría comprender por qué estos libros tuvieron lectores, por qué continúan reeditándose y qué necesidades intelectuales satisfacen.

Una parte de su atractivo procede de una intuición perfectamente defendible: el ser humano todavía no se comprende del todo. La conciencia, la memoria, la percepción, la imaginación, la sugestión, la formación de la identidad o la relación entre experiencia subjetiva y actividad cerebral continúan planteando problemas formidables. El hecho de que no necesitemos recurrir a la telepatía para demostrarlo no disminuye el misterio. Quizá ocurra lo contrario.

La trayectoria histórica de la hipnosis resume bien esa posibilidad. Algo que durante mucho tiempo estuvo asociado a magnetizadores y espectáculos acabó entrando en laboratorios y consultas, no porque se demostrara que el hipnotizador poseía poderes ocultos, sino porque fue posible formular preguntas más pequeñas, controlables y medibles. La investigación no destruyó lo interesante del fenómeno; eliminó parte de la mitología y dejó un problema más preciso.

Eso permite leer también los capítulos más extravagantes con cierta utilidad. Cada vez que el libro propone una energía desconocida puede formularse otra pregunta: ¿qué experiencia real intenta explicar? A veces encontraremos una ilusión, una respuesta placebo, una expectativa, un recuerdo reconstruido, un fenómeno fisiológico, un sesgo cognitivo, una tradición cultural o sencillamente una coincidencia. Otras veces tendremos que admitir que no conocemos todavía todos los detalles. Reconocer una ignorancia no obliga a rellenarla inmediatamente.

En ese sentido, la mejor crítica de El poder de la mente quizá sea tomarse su título más en serio que el propio libro. La mente posee poderes extraordinarios. Puede aprender, recordar, anticipar, imaginar objetos inexistentes, modificar la percepción, construir identidades, crear religiones, desarrollar teorías científicas y convencerse de que ha encontrado patrones donde quizá solo existe azar. Entre todos esos poderes se encuentra también uno particularmente humano: inventar explicaciones para aquello que todavía no comprende.

El ejemplar de Librería5 y los enigmas de Edimat

Nuestro ejemplar pertenece a Edimat Libros, S. A., identificada en la página legal como Ediciones y Distribuciones Mateos y domiciliada entonces en el Polígono Industrial El Malvar de Arganda del Rey. El depósito legal M. 26344-1998 permite situar materialmente el volumen a finales de los años noventa. El ISBN impreso es 84-8403-228-0 y el código de barras de la contracubierta corresponde al EAN 9788484032281. La cubierta aparece acreditada a Juan Manuel Domínguez y la impresión a COFÁS, S. A.

La colección figura como Enigmas de las ciencias ocultas y la contracubierta marca este título con el número 9. Los registros bibliográficos de la época muestran que la serie formaba una auténtica biblioteca temática en la que convivían volúmenes sobre sueños, pirámides, astrología, profecías, hipnotismo y otras materias esotéricas. El número inmediatamente posterior, Las profecías. Significado e interpretación, aparece también firmado por Mary Joe Salazar, lo que permite reconocer a la autora como colaboradora de aquel proyecto editorial y no solamente como nombre ocasional de un título aislado.

Contracubierta de El poder de la mente de Mary Joe Salazar
Contracubierta del ejemplar. En la parte superior aparece el número 9 de la colección y en la inferior el ISBN y el código de barras.

La propia presentación editorial resume perfectamente el espíritu del volumen. Parte de los intentos de filósofos, antropólogos y científicos por comprender al ser humano, afirma que seguimos lejos de conocer nuestra esencia y propone buscar dentro de nosotros las facultades todavía no manifestadas. La apelación simultánea a «la ciencia» y a una «fuerza oculta» constituye prácticamente un programa intelectual: no existe todavía una frontera clara entre investigar lo desconocido y atribuirle poderes extraordinarios.

Las fuentes comerciales que conservan ejemplares del mismo ISBN suelen fecharlo en 1998, aunque alguna ficha bibliográfica lo registra en 1999. También ofrecen paginaciones diferentes, de modo que preferimos no trasladar ninguna de ellas a la descripción material de nuestra copia mientras no pueda comprobarse directamente en el volumen. Lo seguro está impreso ante nosotros: Edimat Libros, colección número 9, ISBN 84-8403-228-0 y depósito legal de 1998.

Título
El poder de la mente
Autora
Mary Joe Salazar
Editorial
Edimat Libros, S. A. / Ediciones y Distribuciones Mateos
Colección
Enigmas de las ciencias ocultas, n.º 9
Lugar
Arganda del Rey, Madrid
Fecha verificable
Depósito legal de 1998
ISBN
84-8403-228-0
EAN
9788484032281
Depósito legal
M. 26344-1998
Diseño de cubierta
Juan Manuel Domínguez
Impresión
COFÁS, S. A.
Idioma
Español
Formato
Rústica ilustrada

El libro ha seguido reapareciendo después en nuevas presentaciones, ISBN y formatos, prueba de que la combinación entre psicología popular, misterio y esoterismo conservó público mucho después de aquella edición. Eso permite contemplar nuestro pequeño volumen no solo como un libro usado de finales de los noventa, sino como parte de una tradición editorial mucho más persistente.

Y quizá ahí radique su mayor interés actual. El poder de la mente quiso enseñarnos facultades ocultas. Con el paso del tiempo, ha terminado revelando otra cosa: la extraordinaria facilidad con la que una cultura puede colocar bajo una misma palabra lo demostrado, lo posible, lo simbólico y lo imaginado.

Fuentes consultadas