El político y el científico — Max Weber

El político y el científico tiene una peculiaridad que su título oculta: Max Weber nunca se sentó a escribir un libro llamado así. Lo que conocemos bajo ese nombre son dos conferencias independientes, pronunciadas con más de un año de separación, en las que Weber intentó responder a dos preguntas que siguen siendo incómodamente actuales: ¿qué exige la política a quien decide actuar sobre el mundo y qué puede realmente ofrecer la ciencia a quien pretende conocerlo?

La primera conferencia, La ciencia como vocación, fue pronunciada en Múnich en noviembre de 1917, cuando Europa seguía inmersa en la Primera Guerra Mundial. La política como vocación llegó en enero de 1919, en medio de la convulsión revolucionaria alemana. Las dos acabarían publicándose en 1919 y, décadas después, serían reunidas en ediciones como ésta, donde el contraste entre el científico y el político terminó convirtiéndose en una obra por derecho propio.

El volumen conservado en Librería5 añade otra capa a esa historia. Es la octava edición de Alianza Editorial, publicada en 1984 dentro de El Libro de Bolsillo, con traducción de Francisco Rubio Llorente, una extensa introducción de Raymond Aron y cubierta de Daniel Gil. Es, por tanto, un pequeño cruce de caminos entre la sociología alemana, el pensamiento político francés, el constitucionalismo español y una de las grandes aventuras gráficas de la edición española del siglo XX.

Cubierta de El político y el científico de Max Weber
Cubierta de Daniel Gil para El político y el científico, en la edición de Alianza Editorial conservada en Librería5.

Dos conferencias y dos momentos de crisis

El origen de la obra está en un ciclo organizado en Múnich por el Freistudentischer Bund bajo el título general Geistige Arbeit als Beruf, algo así como «el trabajo intelectual como profesión o vocación». Weber intervino primero el 7 de noviembre de 1917 con Wissenschaft als Beruf. La segunda conferencia, Politik als Beruf, fue pronunciada el 28 de enero de 1919. Las versiones escritas y ampliadas aparecieron en 1919 bajo el sello de Duncker & Humblot.

La diferencia cronológica importa. La contracubierta de esta edición resume ambos trabajos como elaborados durante el «dramático invierno revolucionario alemán de 1919», una fórmula eficaz para presentar el libro pero demasiado compacta desde el punto de vista histórico. La reflexión sobre la ciencia nace todavía durante la guerra; la reflexión sobre la política pertenece ya a la Alemania revolucionaria y derrotada que intenta decidir qué régimen, qué dirigentes y qué futuro tendrá.

Ese contexto explica parte de la intensidad de Weber. No habla de política desde la tranquilidad de un tratado abstracto. El poder, la revolución, la violencia, el nacionalismo, el pacifismo y la responsabilidad de los dirigentes eran problemas inmediatos. Tampoco habla de la universidad como una institución inmutable: examina las condiciones materiales de la carrera académica, la profesionalización del conocimiento y la creciente especialización que acompaña a la modernidad.

Sin embargo, la supervivencia de ambos textos no se debe sólo a la coyuntura de 1917 o 1919. Weber utiliza aquellas circunstancias para plantear problemas que las desbordan. El científico y el político son dos figuras que viven dentro de un mundo racionalizado, pero sus obligaciones son distintas. Uno debe resistirse a convertir sus preferencias en conocimiento; el otro no dispone del lujo de limitarse a describir la realidad, porque su oficio consiste precisamente en intervenir en ella.

La política comienza donde aparece el poder

La política como vocación contiene una de las definiciones más influyentes del Estado moderno. Weber observa que resulta imposible definirlo por sus fines. Los Estados han protegido religiones y las han perseguido, han intervenido en la economía y se han abstenido de hacerlo, han educado, guerreado, administrado justicia, construido carreteras o dejado esas tareas en otras manos. No existe prácticamente ningún objetivo que alguna organización política no haya asumido alguna vez.

Por eso Weber cambia la pregunta. En lugar de buscar un fin exclusivo, busca un medio específico. El Estado moderno es la comunidad humana que, dentro de un territorio determinado, reclama con éxito el monopolio de la violencia física considerada legítima. No significa que la violencia sea su actividad cotidiana ni que toda actuación estatal sea violenta. Significa que el Estado pretende ser la fuente última que determina quién puede ejercer legítimamente la coerción física.

Desde ahí, hacer política significa participar en la distribución del poder o intentar influir sobre ella. El político profesional aparece cuando esa actividad deja de ser ocasional y se convierte en una ocupación permanente. Weber distingue entonces entre quienes viven para la política y quienes viven de la política. La expresión ha sobrevivido porque parece ofrecer una sencilla distinción moral, pero en Weber es más complicada: una política profesional estable necesita personas que puedan obtener de ella sus medios de vida. La cuestión decisiva no es simplemente cobrar o no cobrar, sino qué relación mantiene el político con el poder del que depende su profesión.

Weber analiza también las formas mediante las cuales una dominación consigue obediencia: tradición, carisma y legalidad. Son tipos ideales, no cajas cerradas en las que cada régimen histórico deba encajar perfectamente. La autoridad puede apoyarse en la costumbre heredada, en la devoción hacia una personalidad extraordinaria o en la creencia en reglas impersonales y cargos legalmente establecidos. Buena parte de la política moderna consiste precisamente en combinaciones y tensiones entre estas fuentes de legitimidad.

Pasión, responsabilidad y sentido de la distancia

Cuando Weber deja de describir estructuras y pregunta qué clase de persona puede dedicarse seriamente a la política, llega a una tríada extraordinariamente exigente: pasión, sentido de la responsabilidad y mesura. Pasión no significa exaltación ni furia. Es entrega sostenida a una causa. La agitación constante puede parecer apasionada y ser, en realidad, una forma de narcisismo político.

La responsabilidad introduce el mundo de las consecuencias. El político no puede considerar moralmente terminada su tarea después de proclamar que sus intenciones eran buenas. Sus decisiones modifican instituciones, afectan a otras personas y provocan reacciones que quizá no deseaba. Quien aspira a gobernar debe aprender a pensar también en aquello que probablemente sucederá después de actuar.

La tercera cualidad es especialmente interesante: Weber exige Augenmaß, literalmente algo próximo a «medida de la mirada», que suele traducirse como mesura, sentido de la proporción o capacidad de mantener distancia respecto de las cosas y las personas. El político necesita simultáneamente una causa que lo caliente y una cabeza suficientemente fría para observar la realidad.

El enemigo íntimo del político, para Weber, es la vanidad. Quien necesita contemplarse constantemente a sí mismo ejerciendo el poder pierde precisamente la distancia que le permitiría utilizarlo al servicio de una causa.

Ésta es una de las razones por las que Weber resulta incómodo para cualquier idealización romántica de la política. No basta con estar convencido, no basta con indignarse y tampoco basta con poseer buenos propósitos. El político trabaja con poder, y el poder introduce medios y consecuencias que vuelven moralmente problemática incluso una acción nacida de principios respetables.

Convicción y responsabilidad: una oposición peor entendida de lo que parece

La parte más famosa de la conferencia contrapone la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. La fórmula suele reducirse a una caricatura: el idealista se aferra a principios mientras el político realista hace lo necesario. Weber dice algo bastante más difícil.

La ética de la convicción juzga la acción principalmente por su fidelidad a un principio. La ética de la responsabilidad obliga a tomar en consideración las consecuencias previsibles de actuar. Pero Weber advierte expresamente que una ética de la convicción no equivale necesariamente a irresponsabilidad y que una ética de la responsabilidad no significa carecer de convicciones.

El problema aparece porque el mundo no garantiza una correspondencia entre pureza de intención y bondad del resultado. De un propósito moralmente admirable pueden salir consecuencias desastrosas; un resultado defendible puede exigir decisiones cuyos medios incomoden moralmente a quien los adopta. El político no puede eliminar esa tensión mediante una fórmula.

Weber lleva el razonamiento hasta un punto que a veces desaparece de los resúmenes escolares. Al final no declara enemigos absolutos a ambos principios. Afirma que convicción y responsabilidad pueden llegar a ser complementarias y que, juntas, contribuyen a formar al hombre auténticamente capaz de tener vocación política. La responsabilidad sin principios sería mero oportunismo; la convicción incapaz de mirar consecuencias corre el riesgo de convertir a los demás en quienes paguen por la pureza moral del actor.

Por eso la política exige una extraña mezcla psicológica: creer lo suficiente para actuar y dudar lo suficiente para examinar lo que la propia acción puede causar.

La ciencia sabe mucho, pero no puede decirnos qué debemos venerar

La ciencia como vocación comienza en un terreno más prosaico. Weber habla de universidades, profesores, carreras, salarios, especialización, talento y azar. Describe la profesión científica como una actividad sometida a trabajo duro y a una especialización creciente en la que incluso una buena vocación depende de circunstancias institucionales que el investigador no controla completamente.

La reflexión avanza después hacia un problema mucho mayor: el significado de la ciencia dentro de una civilización racionalizada. Weber utiliza aquí su famosa idea del desencantamiento del mundo. La modernidad no implica que todos conozcamos cómo funciona cada máquina, cada ley física o cada procedimiento administrativo. Implica que vivimos bajo el supuesto de que, en principio, las cosas pueden ser comprendidas y dominadas mediante conocimiento, cálculo y técnica, sin necesidad de recurrir a poderes mágicos.

Pero precisamente el éxito de la ciencia revela sus límites. Una disciplina puede estudiar qué medios conducen más eficazmente a un fin. Puede explicar las consecuencias probables de una decisión. Puede descubrir contradicciones entre los objetivos que una persona dice perseguir. Puede incluso obligarnos intelectualmente a reconocer que alcanzar un valor implica sacrificar otro. Lo que no puede hacer es demostrar científicamente qué valor último debemos escoger.

Weber ofrece ejemplos deliberadamente incómodos. La medicina presupone que conservar la vida y reducir el sufrimiento son objetivos valiosos, pero la ciencia médica no puede demostrar científicamente que la vida deba conservarse en cualquier circunstancia. El derecho puede establecer qué norma resulta aplicable dentro de determinado sistema y qué consecuencias jurídicas produce, pero no puede demostrar, utilizando únicamente sus propios métodos, que ese sistema normativo sea moralmente el que debe existir.

En las ciencias sociales sucede algo semejante. Podemos comprender por qué determinados hombres defendieron una religión, una revolución, una nación o una forma de organización económica. Podemos estudiar sus efectos. Lo que la ciencia no puede hacer es convertir nuestra elección última entre valores incompatibles en una conclusión demostrada.

El profesor no debe convertirse en profeta

De este límite surge una de las tesis más exigentes de Weber sobre la universidad. El profesor posee una posición institucional privilegiada: habla desde una cátedra ante estudiantes que han acudido para aprender y que no se encuentran en la misma posición para contradecirlo. Utilizar esa autoridad para imponer una concepción política o moral sería confundir dos papeles diferentes.

Eso no significa que la ciencia sea inútil para la vida práctica. Al contrario. Un buen profesor puede mostrar al alumno qué consecuencias se siguen de una posición, qué presupuestos contiene, qué medios exige y con qué otros valores entra en conflicto. Puede llevar una convicción hasta sus últimas consecuencias lógicas y obligar a quien la sostiene a comprender qué está aceptando realmente.

Lo que no puede hacer honestamente es presentar como descubrimiento científico la decisión final sobre cómo debe vivir una persona. Allí aparece la responsabilidad individual. La ciencia puede iluminar el camino, pero no escoger en nuestro lugar el dios al que serviremos.

Esta renuncia explica la relación entre las dos conferencias. El científico se detiene ante el momento último de la elección de valores; el político empieza precisamente allí. Uno está obligado profesionalmente a suspender la decisión que el otro está obligado profesionalmente a tomar.

Raymond Aron: un segundo libro antes del libro

La edición conservada en Librería5 presenta además una peculiaridad que cambia materialmente la lectura. La introducción de Raymond Aron comienza en la página 7 y los textos de Weber no empiezan hasta la página 79. Más de setenta páginas del volumen corresponden, por tanto, al pensador francés.

No se trata de una introducción escrita expresamente para Alianza. La página legal conserva su procedencia: «© Introducción de Raymond Aron: Librairie Plon, 1959». Ese año apareció en París Le savant et le politique, con traducción francesa de Julien Freund y una larga introducción de Aron. Aquella edición desempeñó un papel decisivo en la recepción francesa de Weber.

Aron insiste en que la diferencia entre ciencia y política no debe confundirse con una incomunicación absoluta. El científico puede servir al hombre de acción precisamente porque le proporciona conocimiento sobre causas, medios y consecuencias. El político toma finalmente una decisión que la ciencia no puede tomar por él, pero una decisión informada no es equivalente a una decisión ciega.

En este sentido, el título El político y el científico no describe simplemente dos personajes incompatibles. Describe una tensión. El político que desprecia el conocimiento se vuelve irracional; el científico que pretende convertir su ciencia en mandato político abandona las restricciones que dan credibilidad a su saber.

Francisco Rubio Llorente: Weber traducido por un futuro constitucionalista

La traducción española de esta rama de Alianza fue realizada por Francisco Rubio Llorente y apareció por primera vez en 1967. El nombre tiene hoy un significado añadido. Rubio Llorente llegaría a ser catedrático de Derecho Constitucional, director del Centro de Estudios Constitucionales, secretario general del Congreso de los Diputados, magistrado y posteriormente vicepresidente del Tribunal Constitucional, además de presidente del Consejo de Estado.

Resulta difícil no encontrar cierta ironía histórica en que uno de los grandes juristas institucionales de la España constitucional tradujera décadas antes unas conferencias dedicadas precisamente al Estado, la legitimidad, el poder, la responsabilidad política y los límites del conocimiento científico.

La traducción de Rubio Llorente permaneció vinculada durante muchos años a este título de Alianza. Las ediciones recientes de la editorial utilizan una nueva versión de Joaquín Abellán García preparada sobre el texto fijado en la edición crítica de las obras completas de Weber. Nuestro ejemplar pertenece, por tanto, a una etapa ya cerrada de la historia española de este clásico.

Una edición de 1984 con diecisiete años de historia detrás

La página legal del volumen conservado en Librería5 permite reconstruir con excepcional claridad la continuidad de la edición: primera edición en El Libro de Bolsillo, 1967; segunda, 1969; tercera, 1972; cuarta, 1975; quinta, 1979; sexta, 1980; séptima, 1981; y octava, 1984. No conocemos las tiradas de cada una y sería impropio convertir automáticamente esta sucesión en cifras de ventas, pero sí demuestra una presencia editorial sostenida durante casi dos décadas.

El ISBN de nuestro ejemplar es 84-206-1071-2 y el depósito legal M. 3.399-1984. La obra pertenece al número 71 de El Libro de Bolsillo y tiene 233 páginas. La impresión fue realizada por Hijos de E. Minuesa, S. L., en Madrid, y la página legal llega a consignar que el papel fue fabricado por Sniace, S. A., uno de esos pequeños datos materiales que rara vez sobreviven en las fichas bibliográficas simplificadas de Internet.

Contracubierta de El político y el científico de Max Weber
La contracubierta presenta la oposición entre conocimiento y acción y acredita a Daniel Gil como autor de la cubierta.

La cubierta merece una consideración propia. Daniel Gil transforma el retrato de Weber mediante una trama de puntos y franjas cromáticas que descompone la imagen sin destruirla. En 1984, precisamente el año de esta octava edición, la Biblioteca Nacional celebró una exposición dedicada al trabajo de Gil coincidiendo con la publicación del número 1.000 de El Libro de Bolsillo. Sus diseños habían contribuido decisivamente a convertir la colección en una identidad cultural reconocible.

La cubierta muestra leves señales de uso en bordes y esquinas, pero conserva con claridad tanto la imagen como los textos. La contracubierta incluye además la indicación «Volumen especial» y remite a otros estudios sobre Weber publicados por Alianza, entre ellos el de Anthony Giddens sobre política y sociología y el ensayo biográfico de Arthur Mitzman.

Índice de esta edición

Introducción de Raymond Aron
7
Uno
9
Dos
44
El político y el científico
79
La política como vocación
81
La ciencia como vocación
180

Ficha del ejemplar

Obra

Título
El político y el científico
Títulos originales
Politik als Beruf, Wissenschaft als Beruf
Autor
Max Weber
Primera publicación
1919
Lengua original
Alemán
Género
Ensayo
Periodo
Siglo XX
Tema
Política, ciencia y vocación profesional

Edición

Editorial
Alianza Editorial
Colección
El Libro de Bolsillo
Número de colección
71
Lugar
Madrid
Año
1984
Edición
Octava edición en «El Libro de Bolsillo»: 1984
ISBN
84-206-1071-2
Depósito legal
M. 3.399-1984
Idioma
Español
Traducción
Francisco Rubio Llorente
Introducción
Raymond Aron
Páginas
233
Formato
Rústica
Cubierta
Daniel Gil
Imprenta
Hijos de E. Minuesa, S. L.
Papel
Fabricado por Sniace, S. A.

Ejemplar de Librería5

Estado visible
Cubiertas con leves señales de uso y roces visibles en bordes y esquinas.
Peculiaridad
La página legal conserva la secuencia completa de las ocho primeras ediciones de Alianza entre 1967 y 1984.

Fuentes consultadas