El precio de quedarse. Acto I: La mujer que no debía volver — A.Tertius

Novela original · Librería5
El precio de quedarse
Acto I · La mujer que no debía volver
El precio de quedarse, Acto I: ilustración art déco de Villa Kallisti

La primera vez que Inés Montalbán vio a León Vardakis había decidido dos cosas sobre él: que era el hombre más arrogante que había conocido y que, si volvía a acercarse un poco más, iba a cometer una estupidez.

Cinco años después descubrió que sólo se había equivocado en una.

Seguía siendo arrogante.

Mucho.

El helicóptero descendió sobre la isla privada con una violencia que levantó hojas secas, polvo y pequeñas piedras alrededor de la plataforma. Inés se sujetó el cabello con una mano y con la otra protegió la carpeta de cuero que llevaba contra el pecho. Frente a ella, más allá de los cipreses, el mar Egeo parecía una plancha de metal azul y, sobre un promontorio, la Villa Kallisti se extendía como un animal antiguo que hubiese decidido morir mirando al agua.

Incluso deteriorada era extraordinaria.

Tres cuerpos de piedra caliza articulados alrededor de un patio central, terrazas escalonadas hacia el acantilado, grandes ventanales añadidos durante los años treinta y una torre lateral que probablemente pertenecía al edificio original del siglo XVIII. Las fotografías que había estudiado durante semanas no hacían justicia a la proporción. Tampoco mostraban las grietas.

Inés las vio inmediatamente.

Una fisura vertical recorría la esquina sudoeste desde la cornisa hasta la segunda planta. Mala señal. En el ala oriental, dos balcones presentaban una ligera inclinación que podía deberse a corrosión interna de las armaduras. Peor señal.

Sonrió.

Al menos el edificio tenía problemas que sabía resolver.

Los hombres eran otra cuestión.

El helicóptero apenas se había apagado cuando apareció uno.

Alto. Traje oscuro sin corbata. Cabello negro movido por el viento. Una mano en el bolsillo mientras esperaba al borde de la plataforma con esa tranquilidad ofensiva de quien nunca había tenido que preguntarse si pertenecía al lugar en el que estaba.

León Vardakis.

Treinta y ocho años. Presidente de Vardakis International. Hoteles, transporte marítimo, energía, una participación absurda en media docena de empresas tecnológicas y suficiente patrimonio como para que las revistas económicas discutieran cada año si debía ocupar el puesto cuarenta y dos o cuarenta y siete entre las mayores fortunas europeas.

Inés conocía los datos porque formaban parte del expediente.

Conocía otras cosas porque no aparecían en ningún expediente.

Cómo fruncía ligeramente el ceño antes de sonreír de verdad.

La pequeña cicatriz junto a la mandíbula.

El modo en que bajaba la voz cuando estaba enfadado.

Y el sabor que había tenido su boca una madrugada de septiembre en Lisboa.

León avanzó hacia ella.

No sonrió.

—Arquitecta Montalbán.

Inés lo miró directamente.

—Señor Vardakis.

Nada.

Ni un pestañeo distinto. Ni sorpresa. Ni aquella mínima vacilación que habría demostrado que también él recordaba una habitación del hotel Memmo, una tormenta sobre el Tajo y dos personas que se habían dicho nombres pero habían tenido el cuidado de no hacerse preguntas.

Perfecto.

Mucho mejor así.

Él extendió la mano.

Inés la tomó.

Error.

El reconocimiento no necesitó pasar por la memoria. Le recorrió la palma, la muñeca, el brazo y terminó instalándose en algún lugar desagradablemente próximo al estómago.

León retiró los dedos primero.

—Creía que enviaría a alguien de su equipo.

—Yo soy alguien de mi equipo.

Una sombra cruzó los ojos oscuros.

Eso sí lo recordaba. Aquella expresión que anunciaba que estaba a punto de divertirse.

—Me han dicho que es la mejor.

—Entonces comprenderá por qué he venido.

—También me dijeron que era difícil.

—Eso suele decirse de las mujeres cuando no aceptan inmediatamente una mala idea.

Ahora sí sonrió.

Fue pequeño. Apenas una inclinación en una esquina de la boca.

Y demasiado familiar.

—Bienvenida a Kallisti, Inés.

El uso de su nombre la detuvo una décima de segundo.

León ya se había vuelto hacia la villa.

Quizá sólo lo había leído en la documentación.

Quizá.

Inés ajustó la correa del bolso al hombro y fue tras él.

No había viajado hasta una isla griega para averiguar si León Vardakis recordaba la única noche de su vida que se había prohibido recordar con demasiada frecuencia.

Había venido porque la Villa Kallisti podía convertirse en el proyecto más importante de su carrera.

Y porque necesitaba saber si la familia Vardakis había construido una parte de su imperio sobre algo que pertenecía a la suya.

—No.

León levantó la vista del teléfono.

—¿No?

—No puede abrir en junio.

Estaban en la biblioteca, aunque llamar biblioteca a aquella sala era una manera generosa de describir veinte estanterías vacías, tres lámparas cubiertas por sábanas y un techo artesonado que había empezado a desprenderse sobre una alfombra persa.

Inés llevaba cuarenta minutos recorriendo el edificio. Había tomado más de cien fotografías, marcado once zonas críticas y dejado de sentir el entusiasmo inicial para entrar en ese estado de concentración que su equipo conocía bien: cuando veía una estructura enferma, el resto del mundo disminuía de tamaño.

León, desgraciadamente, parecía decidido a seguir ocupando mucho espacio.

—El consejo aprobó junio —dijo.

—El consejo no ha visto la cimentación.

—Usted tampoco.

—He visto lo suficiente.

—Lleva aquí menos de una hora.

—Y la villa lleva probablemente veinte años intentando caerse. Tenemos ventaja los dos.

Él guardó el teléfono.

—Explíquese.

Inés extendió unos planos sobre una mesa.

Eran copias de los originales que la compañía le había proporcionado. Señaló con un lápiz.

—La ampliación de 1931 cargó demasiado peso sobre el ala sur. Aquí y aquí. La terraza principal se añadió después y modificó el drenaje. Hay humedad profunda en estos muros y quiero revisar el acantilado antes de afirmar nada, pero apostaría a que existe desplazamiento en esta zona.

—¿Cuánto?

—¿De desplazamiento?

—De dinero.

Inés apoyó el lápiz.

—Ésa es una de las razones por las que detesto trabajar con propietarios ricos.

—Pensaba que los arquitectos los necesitaban.

—Necesitamos edificios. El propietario es la complicación administrativa.

León se apoyó contra la mesa.

—¿Y qué pregunta debería haber hecho?

—Cuánto tiempo necesitamos para saber si se puede salvar sin destruir aquello que hace que merezca la pena salvarlo.

—Muy bien. ¿Cuánto tiempo?

—Tres semanas de estudio antes de darle un calendario serio.

—Tiene seis días.

Inés lo miró.

—No.

—Otra vez esa palabra.

—Me resulta útil.

—El jueves llega el consejo. Quiero un diagnóstico preliminar.

—Eso puedo dárselo. Un proyecto completo, no.

—El banco—

—Me da igual el banco.

León se quedó inmóvil.

Era extraordinario, pensó Inés, cómo ciertos hombres podían comunicar una amenaza simplemente dejando de moverse.

—Pocas personas me dicen eso.

—Entonces le conviene contratar más arquitectas.

Los ojos de León bajaron lentamente hasta los planos.

—Kallisti debe abrir antes del verano.

—¿Por qué?

—Porque es mía.

—Eso no responde.

—Es suficiente.

Inés recogió el lápiz.

—Para usted, quizá. Para mí no. Si quiere un hotel nuevo, derríbela y construya uno. Si quiere restaurar Kallisti, el edificio pone las condiciones. No usted.

La expresión de León cambió.

Sólo un poco.

Pero esta vez no era irritación.

Era interés.

Inés lo reconoció demasiado bien.

Cinco años atrás, en Lisboa, había aparecido exactamente así.

Ilustración art déco de Inés y León vinculada a su recuerdo de Lisboa
Cinco años antes de Kallisti, Lisboa había dejado entre ambos una historia sin terminar.

Ella había entrado empapada en el bar de un hotel después de discutir por teléfono con su padre. León estaba solo frente a un whisky, también enfadado por algo que no quiso explicar. Habían empezado discutiendo sobre si el camarero debía cerrar las puertas de la terraza durante la tormenta.

Dos horas después seguían discutiendo.

Cuatro horas después ya no.

Inés apartó el recuerdo.

—Necesito acceso a los archivos de la familia.

—¿Por qué?

—Las intervenciones no están bien documentadas. Quiero localizar planos anteriores a 1931.

León no respondió inmediatamente.

Eso fue suficiente para activar cada alarma dentro de ella.

—¿Hay algún problema?

—Los archivos están en Atenas.

—Solicítelos.

—No todos.

—¿Dónde están los demás?

Él miró hacia las ventanas.

—Aquí.

Inés siguió la dirección de sus ojos.

—¿En la villa?

—En una sala que lleva cerrada veintisiete años.

Ahora sí tuvo toda su atención.

—¿Por qué?

—Mi abuelo pidió que no se abriera.

—¿Y usted acostumbra a obedecer órdenes de muertos?

León volvió a mirarla.

—Sólo cuando vienen acompañadas de abogados.

La niña apareció durante la cena.

Inés no sabía que León tuviera una hija.

Durante cinco segundos estuvo convencida de que la tenía.

La pequeña entró en el comedor arrastrando un perro desproporcionadamente grande y llevando un libro bajo el brazo. Tendría unos siete años. Cabello negro, piel tostada, ojos enormes.

—Tío León.

La palabra produjo un alivio tan inmediato que Inés se enfadó consigo misma.

León dejó los cubiertos.

—Se supone que estás dormida.

—Argo no.

El perro bostezó.

León lo señaló.

—Argo está a punto de perder el conocimiento.

—Dice que no.

—Es un perro.

—Tú tampoco hablas griego antiguo y te llamas Leónidas.

—Me llamo León.

—Porque eres un cobarde.

Inés bajó la mirada al plato para esconder una sonrisa.

León la vio.

Por supuesto que la vio.

—Inés —dijo con una paciencia evidentemente fabricada—, ésta es mi sobrina, Helena. Helena, la arquitecta Montalbán.

La niña se acercó.

—¿Vas a arreglar la casa?

—Voy a intentar que la casa nos explique qué necesita.

Helena la estudió con enorme seriedad.

—Los adultos siempre dicen que las casas no hablan.

—Los adultos no escuchan.

La niña decidió que aquello era una respuesta aceptable.

—Mi madre decía que esta casa estaba triste.

Algo cambió en el rostro de León.

Inés lo percibió antes de que él pudiera ocultarlo.

—Helena.

—¿Qué?

—A la cama.

—No tengo sueño.

—Yo sí.

—Pues duérmete tú.

Inés tosió.

León le lanzó una mirada.

Ella levantó las manos.

—No he dicho nada.

Helena se sentó en la silla vacía junto a Inés.

—Mi madre murió.

La sencillez con la que lo dijo hizo que cualquier respuesta convencional pareciera obscena.

Inés dejó el tenedor.

—Lo siento.

—Fue hace once meses. Tío León dice que por eso ahora vivo con él.

—Helena.

—Pero él no sabe vivir con niñas.

Inés miró a León.

Él había perdido por completo aquella expresión de magnate capaz de comprar islas y despedir consejos de administración.

Parecía simplemente cansado.

—Estoy aprendiendo —dijo.

Helena negó con la cabeza.

—Lento.

—Gracias.

—De nada.

Argo apoyó el hocico sobre el muslo de Inés.

Ella le acarició entre las orejas.

—Al menos el perro parece satisfecho con tu gestión.

—El perro come zapatos.

—Criterios flexibles.

Helena sonrió por primera vez.

Y León la miró.

No a la niña.

A Inés.

La mirada duró demasiado.

Aquello era precisamente lo que no debía ocurrir.

Cinco años antes no había contexto. No existían familias, apellidos, proyectos ni mañanas. Sólo una noche fuera de sus vidas verdaderas y la promesa tácita de no convertirla en nada más.

Ahora había una niña que había perdido a su madre, una villa que podía ocultar la respuesta a una pregunta que había perseguido a Inés durante años y un hombre cuya boca recordaba incluso cuando ella habría preferido que no lo hiciera.

Se levantó.

—Mañana quiero empezar por el acantilado.

León tardó un instante en responder.

—A las siete.

—A las seis.

—A las siete.

—La luz es mejor a las seis.

—A las siete.

—¿Por qué?

—Porque a las seis estará oscuro.

Inés frunció el ceño.

León sonrió.

—En septiembre amanece más tarde que en Madrid, arquitecta.

—Son las nueve y media. Estoy cansada.

—Naturalmente.

Lo odiaba.

Helena volvió a intervenir.

—¿Os caéis mal?

Inés y León hablaron al mismo tiempo.

—Sí.

—No.

La niña miró alternativamente a los dos.

—Qué raro.

Ilustración art déco de Villa Kallisti con Inés, León y Helena
En Kallisti, el proyecto deja de ser sólo arquitectura: Helena y Argo abren una grieta distinta en las defensas de Inés.

A las cinco y cuarenta y siete de la mañana, Inés despertó con un ruido en la terraza.

No era el viento.

Se incorporó.

Otro golpe.

Se puso una bata encima del camisón, abrió la puerta y salió al corredor.

La villa estaba silenciosa.

El ruido volvió a repetirse desde la escalera de servicio.

Inés bajó.

—¿Helena?

Nada.

Llegó al vestíbulo y vio abierta la puerta que conducía al patio.

El perro había desaparecido de su cojín.

—Argo.

Una sombra cruzó la galería.

Inés salió tras ella.

La encontró junto al ala oeste.

Helena iba descalza, en pijama, siguiendo al animal.

—¡Helena!

La niña se volvió.

—Chisss.

—¿Qué haces?

—Argo encontró algo.

—Argo también come zapatos.

—No es un zapato.

El perro arañaba una puerta de madera casi oculta detrás de unas plantas.

Inés se acercó.

La reconoció.

La entrada aparecía en uno de los planos actuales, pero la estancia situada al otro lado no tenía nombre.

—¿Qué hay ahí?

Helena se encogió de hombros.

—El cuarto prohibido.

Inés cerró los ojos un instante.

Por supuesto.

—¿El de tu bisabuelo?

—Tío León dice que no se entra.

—Por una vez estoy de acuerdo con tu tío.

—Argo no.

—Argo no firma mis honorarios.

La niña sonrió y empujó la puerta.

No se abrió.

—Está cerrada.

—Me alegra comprobar que al menos una cosa en esta casa funciona.

Helena metió la mano detrás de una maceta.

Sacó una llave.

Inés dejó de sonreír.

—¿De dónde has sacado eso?

—Mamá.

La palabra cambió todo.

—¿Tu madre te dio esa llave?

Helena asintió.

—Dijo que si algún día tío León volvía a Kallisti tenía que dársela.

—¿Se la has dado?

—No.

—¿Por qué?

La niña acarició la cabeza de Argo.

—Porque mamá también dijo que a veces tío León sólo entiende las cosas cuando ya no puede huir.

La llave parecía demasiado grande en su mano pequeña.

Inés sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la madrugada.

—Helena, deberíamos despertar a tu tío.

—Está despierto.

La voz de León llegó desde detrás de ellas.

Inés se volvió.

Estaba a unos metros. Camiseta negra, pantalones oscuros, descalzo. El cabello desordenado y una expresión que hizo desaparecer por completo cualquier posibilidad de bromear.

Miraba la llave.

—¿Dónde la encontraste?

Helena no retrocedió.

—Mamá me la dio.

León cerró los ojos.

Durante un segundo pareció alguien a quien acababan de golpear.

—¿Cuándo?

—Antes de morir.

—Helena...

—Dijo que aquí estaba la verdad.

La niña le ofreció la llave.

León no la tomó.

Inés observó su rostro.

—¿Qué verdad?

—No lo sé.

Era la primera vez que le oía reconocerlo sin intentar cubrir la ignorancia con autoridad.

Helena dejó la llave sobre una mesa de piedra.

—Tengo hambre.

Y se marchó con Argo.

Inés esperó hasta escuchar la puerta de la villa cerrarse.

—Supongo que ahora va a decirme que esto no tiene nada que ver conmigo.

León seguía mirando la llave.

—No tiene nada que ver contigo.

—La estancia forma parte del edificio que estoy estudiando.

—No entrarás.

—Entonces necesito una razón estructural.

—No.

—¿Legal?

—No.

—¿Personal?

Él la miró.

—Sí.

Inés se acercó un paso.

—Eso no suele funcionar conmigo.

—Lo recuerdo.

El tiempo se detuvo.

Ni el mar. Ni las hojas. Ni la respiración.

Nada.

Inés sintió cómo aquella única palabra atravesaba cinco años de silencio.

—¿Qué has dicho?

León recogió lentamente la llave.

—He dicho que lo recuerdo.

—No hablo de ahora.

—Ya lo sé.

Ella quiso retroceder, pero se obligó a permanecer inmóvil.

—Me reconociste ayer.

—Antes de que bajaras del helicóptero.

—Y no dijiste nada.

—Tú tampoco.

—Pensé que no te acordabas.

—Inés.

La forma en que pronunció su nombre fue peor que cualquier confesión.

—No.

Él avanzó.

Ella levantó una mano.

—Ni se te ocurra.

León se detuvo.

No parecía divertido.

—Lisboa no fue un accidente para mí.

—Fue una noche.

—Eso intentaste convertirla en cuanto amaneció.

—Era lo acordado.

—No acordamos nada.

—Exactamente.

—Te busqué.

Inés sintió que el suelo cambiaba de inclinación.

—No.

—Sí.

—No sabías mi apellido.

—Sabía tu nombre, que eras arquitecta, que vivías en Madrid y que odiabas los edificios nuevos que intentaban parecer antiguos.

—Eso describe a media profesión.

—También sabía que tu padre había construido contigo una maqueta de la Alhambra cuando tenías nueve años, que detestas las aceitunas pero bebes martinis sucios, que aquella noche estabas en Lisboa porque habías descubierto algo que podía destruir la memoria de tu familia y que, cuando tienes miedo, empiezas a discutir.

Inés no pudo responder.

Recordaba haberle contado cosas.

No recordaba haberle contado tantas.

—¿Me buscaste?

—Durante meses.

La rabia apareció antes que cualquier otra emoción.

Era mejor. Más limpia.

—Entonces no buscaste demasiado.

—Tu estudio todavía no existía. Trabajabas como autónoma. Cambiaste de apartamento dos meses después. El número que me diste dejó de funcionar.

—Perdí el teléfono.

—Pensé que habías hecho desaparecer el número a propósito.

—¿Y eso justificaba rendirte?

León entrecerró los ojos.

—¿Querías que siguiera?

Inés abrió la boca.

No salió nada.

Cinco años.

Había pasado cinco años diciéndose que aquella noche había significado demasiado para ella y probablemente muy poco para él.

Era una historia cómoda.

Dolorosa, pero cómoda.

Le permitía conservar la dignidad.

Ahora León acababa de arrancársela.

—No importa.

—Mientes mal.

—Y tú llegas cinco años tarde para convertirte en experto.

—No llego tarde. Estás aquí.

—Por trabajo.

—Claro.

La palabra ardió.

Inés miró la llave.

—Abre la puerta.

—No.

—León.

—He dicho que no.

—Tu hermana quería que entraras.

Aquello lo alcanzó.

Lo vio.

—No la utilices.

—No lo hago. Helena acaba de darte una llave que su madre guardó mientras se moría. Puedes seguir huyendo, pero no pretendas que es por respeto a los muertos.

Los ojos de León se volvieron helados.

—No sabes nada de mi hermana.

—No.

—Ni de mi padre.

—No.

—Ni de mi abuelo.

—No.

Inés se acercó hasta quedar frente a él.

—Pero sé reconocer a un hombre aterrorizado cuando lo veo.

León soltó una risa sin humor.

—¿Aterrorizado?

—Muchísimo.

—Ten cuidado.

—¿Con qué?

—Con creer que me conoces porque pasamos una noche juntos.

—No te conozco.

Inés bajó la vista hacia la llave que él apretaba en la mano.

—Pero esa puerta sí te conoce.

León la miró durante varios segundos.

Después introdujo la llave.

Giró.

El mecanismo interior produjo un sonido metálico profundo.

La puerta se abrió apenas unos centímetros.

Salió aire frío y seco.

León encendió la linterna del teléfono.

—Quédate aquí.

Inés entró primero.

—Eso también suele funcionar poco conmigo.

—Maldita sea, Inés.

La estancia era pequeña.

Sin ventanas.

Estanterías metálicas recorrían tres paredes. Cajas de archivo, carpetas, tubos de planos y varios lienzos cubiertos con tela ocupaban casi todo el espacio.

Inés dejó de respirar.

No por la cantidad.

Por un nombre.

Estaba escrito a lápiz sobre uno de los tubos de cartón.

MONTALBÁN — 1987.

Ilustración art déco del archivo secreto de Villa Kallisti
Una puerta cerrada durante veintisiete años conduce a un nombre que Inés conoce demasiado bien.

León lo vio al mismo tiempo.

—Inés.

Ella ya había cruzado la habitación.

Sacó el tubo.

Tenía las manos frías.

—Mi padre nunca trabajó para los Vardakis.

—Que tú sepas.

—No.

Retiró la tapa.

Dentro había varios planos enrollados.

Los extendió sobre una mesa.

La primera lámina mostraba un hotel que Inés conocía perfectamente.

No porque hubiese estado allí.

Porque había crecido escuchando hablar de él.

El Hotel Asterión de Creta.

La obra que había convertido al padre de León en uno de los grandes nombres de la hostelería mediterránea.

La misma obra cuya concepción había hecho famoso al estudio Vardakis antes de que la familia abandonara definitivamente la arquitectura por la explotación hotelera.

Inés acercó la linterna.

En la esquina inferior derecha aparecía una firma.

No Vardakis.

Rafael Montalbán.

Su padre.

Debajo había una fecha.

1987.

Un año antes de que el proyecto fuese presentado públicamente como creación de Andreas Vardakis.

Inés oyó a León maldecir a su espalda.

Siguió pasando láminas.

Distribución.

Secciones.

Fachadas.

Estudios de luz.

Cada línea llevaba la manera de dibujar que había visto desde niña sobre la mesa de su padre.

Y al final encontró una carta.

Papel amarillento.

Membrete de Vardakis & Sons.

La abrió.

Leyó dos párrafos.

No necesitó más.

León intentó tomarla.

Inés retrocedió.

—No me toques.

—Déjame verla.

—Tu abuelo compró el silencio de mi padre.

—No sabes eso.

—Aquí está.

—Inés.

—Le ofreció dinero para renunciar a la autoría del proyecto.

León extendió una mano.

—Dame la carta.

—¿Y después qué? ¿La guardamos otros veintisiete años?

—Dámela.

Ella lo miró.

—¿Sabías que esto estaba aquí?

—No.

—¿Sabías que existía?

Silencio.

Eso fue peor.

—León.

Él apretó la mandíbula.

—Sabía que había documentos sobre el Asterión.

El dolor llegó tan deprisa que casi pareció alivio.

—Por eso me contrataste.

—No.

—No vuelvas a mentirme.

—Te contraté porque eres la mejor restauradora que conozco.

—Y porque me apellido Montalbán.

León no respondió.

Inés dobló cuidadosamente la carta.

—Lo sabías.

—Sabía que mi hermana había encontrado una referencia a tu padre meses antes de morir. Nada más.

—Y cuando viste mi nombre en la propuesta...

—Pedí que te contrataran.

—Sin decirme por qué.

—Quería saber la verdad antes de acusar a un muerto.

—Mi padre está vivo.

—Lo sé.

—El tuyo no.

Otra vez aquella expresión de dolor.

Inés no se detuvo.

No podía.

—Qué conveniente.

León avanzó hacia ella.

—No confundas prudencia con encubrimiento.

—Me trajiste a una isla sin decirme que tu familia podía haber robado la obra de mi padre.

—Te traje porque eras la única persona a la que quería aquí cuando se abriera esa puerta.

La frase la golpeó de una manera completamente distinta.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—No mezcles Lisboa con esto.

—Nunca estuvieron separados.

Inés lo miró.

León respiró lentamente.

—Cuando vi tu nombre en el informe hace tres meses pensé que era una coincidencia. Después vi tu fotografía.

—Y decidiste utilizarme.

—Decidí traerte.

—Es lo mismo para hombres como tú.

—No tienes idea de cómo son los hombres como yo.

—Esta habitación me está dando una excelente introducción.

León se quedó inmóvil.

Inés supo que había ido demasiado lejos.

No le importó.

Recogió su teléfono, fotografió los planos y la carta.

—¿Qué haces?

—Documentando.

—Eso pertenece al archivo Vardakis.

—Y demuestra que un diseño atribuido a los Vardakis podría ser de Rafael Montalbán.

—He dicho que podría.

—Entonces no tendrás problema en que lo compruebe.

León cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, el magnate estaba de vuelta.

—Ningún documento sale de esta isla hasta que los abogados lo revisen.

Inés sintió frío.

—Ahí estás.

—No hagas esto más difícil.

—No he empezado.

Intentó pasar a su lado.

León le sujetó la muñeca.

El contacto encendió cinco años de memoria.

Los dos lo sintieron.

Él la soltó inmediatamente.

Demasiado tarde.

Inés recordó Lisboa.

La pared fría contra su espalda.

La respiración de León junto a su oído.

La forma en que aquel hombre había conseguido que durante unas horas todo aquello que la estaba destruyendo dejara de importar.

Y recordó la mañana.

La cama vacía.

La tarjeta con un número que nunca volvió a funcionar porque perdió el teléfono dos días después.

Durante años había pensado que quizá había sido mejor así.

Ahora lo tenía delante.

Y deseaba besarlo con una intensidad casi idéntica a la que deseaba abofetearlo.

—No vuelvas a tocarme —dijo.

León bajó la voz.

—Eso dijiste también en Lisboa.

Inés sintió que el pulso se le disparaba.

—Y no me hiciste caso.

—Mentira.

Dio un paso hacia ella.

—Esperé hasta que fuiste tú quien me besó.

Otro.

—Esperé cuando dijiste que aquello era una mala idea.

Otro.

—Y cuando dijiste que sólo una noche.

Inés quedó contra la mesa.

León no la tocó.

Era mucho peor.

—Obedecí cada palabra que dijiste aquella noche, Inés.

Su mirada bajó a su boca.

—El problema siempre ha sido que tu boca y tus palabras no suelen ponerse de acuerdo.

Ella debería haberlo apartado.

Debería haber recogido los planos, salido de la habitación y llamado a su abogado, a su padre, a cualquier ser humano racional situado a cientos de kilómetros de aquel hombre.

En lugar de eso levantó la barbilla.

—Cinco años te han vuelto todavía más insoportable.

León se inclinó apenas.

—Cinco años no han cambiado lo único que necesitaba cambiar.

—¿Qué?

Sus ojos volvieron a encontrar los de ella.

—Que esta vez, cuando amanezca, no pienso dejar que desaparezcas.

Antes de que Inés pudiera responder, un estruendo sacudió la villa.

El suelo tembló.

Una caja cayó de una estantería.

Después otra.

Desde algún lugar del exterior llegó el sonido brutal de piedra quebrándose.

León la agarró por la cintura y la apartó justo cuando parte del techo se desplomaba sobre la mesa.

—¡Fuera!

Corrieron.

Atravesaron la puerta.

Otro golpe resonó desde el ala sur.

Inés se detuvo en seco.

—La terraza.

—¿Qué?

—La grieta que vi ayer.

El rostro de León cambió.

Ambos pensaron lo mismo.

Helena.

Inés echó a correr.

—¡HELENA!

León la adelantó.

Llegaron al patio cuando una segunda parte de la cornisa se desprendió.

Y desde el extremo de la terraza, detrás de una columna que empezaba a inclinarse hacia el vacío, llegó el ladrido desesperado de Argo.

Después la voz de la niña.

—¡TÍO LEÓN!

León palideció.

Inés vio cómo el hombre que controlaba un imperio desaparecía.

Quedó solamente alguien que ya había perdido demasiado.

Y comprendió, con una claridad aterradora, que León Vardakis estaba dispuesto a cruzar una terraza que podía derrumbarse en cualquier momento.

También comprendió que ella iba a seguirlo.

Aunque lo odiara.

Aunque acabara de descubrir que su familia quizá había construido una fortuna sobre el trabajo de su padre.

Aunque cinco años antes hubiera aprendido que acercarse demasiado a León era una estupidez.

Porque aquella mañana, mientras la piedra empezaba a ceder bajo sus pies, Inés descubrió finalmente en cuál de las dos cosas se había equivocado la primera vez que lo vio.

León Vardakis seguía siendo el hombre más arrogante que había conocido.

La estupidez había sido creer que alguna vez había dejado de querer acercarse.

FIN DEL ACTO I
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