El precio de quedarse. Acto II: Todo lo que no puede comprarse — A.Tertius

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El precio de quedarse
Acto II · Todo lo que no puede comprarse
El precio de quedarse, Acto II: ilustración art déco de Kallisti

León llegó a la terraza antes que Inés.

La losa exterior había cedido en uno de sus extremos y una grieta recorría el pavimento como una herida abierta. Más allá, el mar golpeaba treinta metros abajo contra la roca.

Helena estaba atrapada junto a la balaustrada.

Argo permanecía entre ella y una columna inclinada.

—No te muevas —ordenó León.

La niña lloraba sin hacer ruido.

Eso fue peor.

—Argo no quería venir —dijo—. Yo lo seguí.

—No importa.

León avanzó.

Inés lo agarró del brazo.

—No.

Él se volvió con una expresión que habría detenido a cualquiera.

A ella no.

—La terraza está trabajando —dijo—. Si cruzas por el centro, puede ceder entera.

—Helena está ahí.

—Lo sé.

—Entonces suéltame.

—Escúchame.

Inés se agachó.

La grieta principal atravesaba perpendicularmente las losas. Había otra más estrecha junto al muro de la villa.

La piedra exterior era decorativa. La estructura verdadera debía apoyarse todavía sobre las vigas empotradas junto a fachada.

—Pegado al muro —dijo—. El peso tiene que ir aquí.

León miró hacia Helena.

—No tenemos tiempo.

—Precisamente por eso no puedes equivocarte.

Algo cayó al mar.

Helena gritó.

León respiró una sola vez.

—Dime por dónde.

Inés se quitó los zapatos.

—Voy contigo.

—No.

—Conozco la estructura.

—Y yo conozco a mi sobrina.

—Magnífico. Entre los dos quizá consigamos sacar también al perro.

León la miró como si quisiera discutir.

La terraza crujió.

—Después —dijo.

Avanzaron pegados a la pared.

Un paso.

Otro.

Inés apoyaba primero el pie y comprobaba la respuesta bajo su peso. León esperaba exactamente lo necesario antes de seguir.

Helena los observaba inmóvil.

—Mírame —dijo León—. No mires abajo.

—No estoy mirando.

—Bien.

—Pero Argo sí.

—Argo es idiota.

El perro gimió.

—No le digas eso.

—Cuando salgamos le pediré disculpas.

Inés llegó a la niña primero.

La columna inclinada se había desprendido parcialmente de su base y mantenía atrapada una parte del camisón de Helena contra la barandilla.

No era la niña.

Sólo la tela.

—Estás bien —dijo Inés.

Helena negó desesperadamente.

—No puedo moverme.

—Sí puedes.

Sacó del bolsillo trasero una pequeña navaja de trabajo y cortó el tejido.

—Ahora sí.

Helena miró el desgarrón.

—Era mi pijama favorito.

Inés sonrió.

—Cuando salvemos la casa, te compro uno horrible para compensar.

La niña soltó un sonido extraño entre risa y llanto.

León llegó hasta ellas.

—Ven.

Helena se lanzó contra él.

La expresión de León desapareció detrás de su cabello.

Durante unos segundos no fue posible ver nada salvo sus brazos rodeando a la niña.

Después abrió los ojos.

Miró a Inés.

Ella tuvo que apartar los suyos.

—Falta Argo —dijo.

El perro había retrocedido.

—No.

León intentó avanzar.

Inés lo detuvo.

—Quédate con Helena.

—Inés.

—Pesa cuarenta kilos menos que tú.

—No vas a—

—León.

La terraza volvió a crujir.

Él supo que tenía razón.

Lo odió.

—Treinta segundos.

—Cuarenta.

—Inés.

—Treinta y cinco.

—Maldita sea.

Ella se arrastró hacia el perro.

Argo estaba paralizado.

—Vamos, grandullón.

Nada.

—Tu amo acaba de llamarte idiota. No vas a permitir que tenga razón.

El perro jadeó.

Inés consiguió engancharle el collar.

Algo cedió bajo su rodilla.

La piedra se hundió.

Durante un instante no hubo suelo.

Una mano atrapó su brazo.

León.

—¡Te dije que no te movieras!

—Yo también te dije que te quedaras.

—Vas a matarme.

—Todavía no.

Argo saltó hacia el muro.

Inés perdió el equilibrio.

León tiró de ella.

Los cuatro consiguieron alcanzar la puerta justo cuando una sección completa de la terraza se precipitaba al mar.

El estruendo pareció durar una eternidad.

Después quedó silencio.

El rescate de Helena y Argo en la terraza de Villa Kallisti
En Kallisti, el peligro exterior obliga a Inés y León a confiar el uno en el otro antes de estar preparados para hacerlo.

Helena empezó a llorar de verdad.

León la abrazó.

Argo se tumbó.

Inés apoyó la espalda contra la pared y notó que le temblaban las manos.

León se acercó.

—¿Estás herida?

—No.

—Enséñame la mano.

—He dicho que no.

Él se la tomó.

Tenía la palma abierta por un corte.

—Eso es sangre.

—Qué observador.

—Siéntate.

—No soy Helena.

—No. Helena obedece más.

La niña levantó la cabeza desde el sofá donde se había refugiado con Argo.

—Eso es mentira.

Inés rió.

León no.

Sacó un pañuelo limpio, envolvió su mano y apretó.

—Me duele.

—Bien.

—¿Bien?

—Significa que estás aquí para quejarte.

La furia de su voz no coincidía con la delicadeza de sus manos.

Inés lo observó.

—León.

Él siguió haciendo el nudo.

—No vuelvas a hacer eso.

—Tú ibas a hacerlo.

—Es diferente.

—Claro. Tú eres multimillonario. Seguro que la gravedad te cobra otra tarifa.

León levantó los ojos.

—No bromees ahora.

—Si no bromeo voy a pensar demasiado.

—¿En qué?

En que había visto miedo puro en su rostro.

En que, cuando la terraza cedió bajo ella, León la había mirado como si durante una fracción de segundo hubiese vuelto a perder a alguien.

En que cinco años antes ella había abandonado una habitación sin saber que aquel hombre podía buscarla.

—En la estructura —dijo.

León soltó su mano.

—Cobarde.

Inés lo miró.

—¿Perdona?

—Acabas de llamar cobarde a un hombre que se lanzó a una terraza derrumbándose.

—Yo hablaba de otra clase.

Durante unos segundos ninguno se movió.

Helena bostezó.

—¿Os vais a besar?

Inés casi se atragantó.

León cerró los ojos.

—Helena.

—¿Qué?

—Dormitorio.

—Pero—

—Ahora.

La niña se levantó.

Antes de marcharse miró a Inés.

—Yo creo que sí.

Y desapareció con Argo.

Inés contempló la puerta.

—Es extraordinaria.

—Es peligrosa.

—Eso también.

León recogió el botiquín.

—Mi hermana decía exactamente lo mismo.

La tristeza regresó con tanta rapidez que Inés dejó de sonreír.

—¿Cómo murió?

Él tardó en responder.

—Cáncer.

—Lo siento.

—Yo también.

—¿Helena tiene padre?

—Legalmente, sí.

El tono endureció la frase.

—¿Y realmente?

—Mi hermana se casó con un hombre que estaba enamorado de la idea de tener una esposa preciosa y una hija perfecta. Cuando la enfermedad dejó de ser elegante, descubrió que los vuelos a Singapur eran urgentísimos.

—Qué hombre tan encantador.

—Se marchó seis semanas antes de que Elena muriera.

—¿Y ahora?

—Ahora recuerda que Helena heredará una participación importante en la empresa cuando cumpla veintiún años.

Inés entendió.

—Quiere recuperarla.

—Quiere recuperar aquello que representa.

—¿Y tú?

—Yo quiero que siga siendo una niña.

La respuesta fue inmediata.

Sin estrategia.

Inés sintió algo abrirse dentro de ella.

—Por eso Kallisti.

León asintió.

—Mi hermana quería convertirla en un hogar. No otro hotel.

—Pero dijiste que abriría en junio.

—Para el consejo será una residencia privada de la compañía y un pequeño centro de representación. Para Helena...

Miró hacia las escaleras.

—Quiero que tenga un lugar que no pueda desaparecer.

Inés pensó en la terraza cayendo al mar.

—Elegiste una metáfora arriesgada.

León soltó una risa breve.

—Por eso estás aquí.

Era la segunda vez que aquella frase sonaba diferente.

La tormenta llegó esa misma tarde.

El viento obligó a cancelar el transporte marítimo y el helicóptero no pudo regresar desde Atenas. El equipo técnico que debía llegar quedó en tierra continental.

Inés y León quedaron atrapados en Kallisti con Helena, una cocinera, dos empleados y una casa que acababa de demostrar su intención de matarlos.

Forced proximity, habría pensado cualquier lectora sensata.

Inés sólo pensó: mierda.

A las ocho de la noche se fue la electricidad.

A las ocho y diez Helena pidió hacer una fortaleza con mantas.

A las nueve León estaba sentado en el suelo del salón sosteniendo una linterna debajo de la barbilla mientras contaba una historia espantosa sobre un monstruo marino que exigía impuestos.

—Los monstruos no cobran impuestos —protestó Helena.

—Los inteligentes sí.

—Eso son gobiernos.

Inés se echó a reír.

León la miró.

El gesto le arrancó algo caliente debajo de las costillas.

El problema era que empezaba a verlo demasiado.

No al hombre de las revistas.

No al propietario que imponía plazos imposibles.

Al tío que se dejaba pintar una corona con rotulador lavable porque Helena había decidido que el monstruo necesitaba un rey.

Al hombre que iba cada veinte minutos a comprobar que la grieta de la escalera no había crecido.

Al que le había puesto una manta sobre los hombros a Inés sin preguntar cuando ella estaba distraída revisando planos.

La electricidad regresó a las diez y treinta.

Helena ya dormía.

León la llevó en brazos.

Inés recogió los papeles.

Cuando él volvió, llevaba dos vasos.

—No quiero whisky.

—No es whisky.

Ella probó.

Martini.

Sucio.

Levantó la mirada.

—Te acuerdas.

—De todo.

—Deja de decir eso.

—¿Por qué?

—Porque me enfada.

—Pensaba que te gustaría.

—Me habría gustado hace cinco años.

León se sentó frente a ella.

—Hace cinco años no sabía dónde encontrarte.

—Ahora ya lo has explicado.

—No parece haber servido de nada.

Inés sostuvo el vaso.

—Porque no sé qué hacer con la información.

—Podrías creerme.

—No me conoces demasiado bien si piensas que eso funciona por decreto.

—Nunca te he pedido obediencia.

—Hoy intentaste ordenarme no cruzar la terraza.

—Eso no cuenta.

—¿Por qué?

—Porque estabas a punto de caer treinta metros.

—Ah. La cláusula de excepción.

Él sonrió.

Luego dejó de hacerlo.

—Cuando cedió el suelo debajo de ti...

No terminó.

Inés esperó.

León miró el líquido de su vaso.

—Pensé que te perdía otra vez.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

Otra vez.

No podía esconderla detrás de Lisboa.

—No me perdiste. Me fui.

—No sabía la diferencia.

—Ahora sí.

—Sí.

—¿Y qué cambia?

Él levantó los ojos.

—Todo.

Inés sintió la necesidad urgente de levantarse.

No lo hizo.

—León...

—No quiero otra noche.

Aquello sí la obligó a respirar.

—Perfecto.

—No he terminado.

—Yo sí.

Se levantó.

Él no intentó detenerla.

Eso fue peor.

—No quiero otra noche —repitió—. Quiero saber qué ocurre la mañana siguiente.

Inés cerró los ojos.

—No hagas esto.

—Llevas diciendo eso desde que llegaste.

—Porque hay una razón.

—Dímela.

Ella se volvió.

—Tu familia puede haber destruido profesionalmente a mi padre.

—Y voy a averiguarlo.

—Tu consejo quiere convertir esta villa en un proyecto corporativo.

—Ya te he dicho lo que quiero yo.

—Tienes una sobrina por la que estás dispuesto a destruirte.

—Eso no es un defecto.

—No.

Inés tragó.

—Eso es precisamente el problema.

León frunció el ceño.

—No entiendo.

—Estoy empezando a encontrar demasiadas cosas que no son defectos.

El silencio se volvió espeso.

León se puso en pie.

—Inés.

—No.

—Mírame.

Ella lo hizo.

Mala idea.

Él no avanzó.

—Si te beso ahora, ¿vas a decir que ha sido un error?

—Sí.

—¿Antes o después?

Inés tuvo que morderse una sonrisa.

—Eres insoportable.

—Eso ya está establecido.

—Y arrogante.

—También.

—Y manipulador.

—Discutible.

—No.

—Bien.

León dejó el vaso.

—Pero no estoy fingiendo.

La frase eliminó cualquier ligereza.

—Lo sé.

Eso era lo peor.

Inés cruzó la distancia.

No él.

Ella.

Le agarró la camisa y lo besó.

Durante una fracción de segundo León permaneció inmóvil.

Como si realmente hubiese decidido cumplir su promesa de esperar.

Después la sujetó por la cintura.

Lisboa regresó de golpe, pero no era Lisboa.

Cinco años convertían un recuerdo en hambre.

Inés conocía su boca y, al mismo tiempo, la había olvidado. El primer contacto fue reconocimiento. El segundo, rabia. El tercero ya no tuvo nombre.

León la levantó apenas contra él.

Ella dejó escapar un sonido que llevaba años sin permitirse recordar.

La mano de León se detuvo en su espalda.

—Dime que pare.

Inés apoyó la frente contra la suya.

—No.

—Inés.

—No pares.

La besó otra vez.

Más despacio.

Mucho peor.

No había urgencia de desconocidos. Había tiempo. Memoria. Todo aquello que no se habían permitido saber la primera vez.

Inés le desabrochó el primer botón.

Después el segundo.

León atrapó sus dedos.

—¿Estás segura?

—No.

Él se apartó inmediatamente.

Inés casi gritó.

—¿Qué haces?

—Has dicho que no.

—He dicho que no estoy segura.

—Exactamente.

—León.

—Mañana me odiarás.

—Ahora mismo te odio bastante.

—Eso puedo soportarlo.

Ella lo miró, indignada.

—Cinco años imaginando esta conversación y resulta que te has vuelto honorable.

—Siempre lo fui.

—No arruines el momento con fantasía.

Él sonrió.

—Vete a dormir.

Inés quería matarlo.

Y quería otra cosa con una intensidad considerablemente menos civilizada.

—Te odio.

—Buenas noches.

—Muchísimo.

—Lo sé.

Llegó a la puerta.

—León.

—¿Sí?

Inés lo miró por encima del hombro.

—Mañana quizá esté segura.

La sonrisa desapareció.

Perfecto.

Ahora era su turno de no dormir.

Inés y León durante la tormenta en Villa Kallisti
La tormenta encierra a los protagonistas en Kallisti y convierte cinco años de memoria en una proximidad imposible de ignorar.

A la mañana siguiente encontraron el segundo documento.

No en el archivo.

En el despacho de la hermana de León.

Helena fue quien recordó que su madre guardaba «los papeles malos» dentro de una caja de música.

La caja contenía una memoria USB.

León tardó veinte minutos en decidir si abrirla delante de Inés.

Ella no le dio veinte.

—Si hay algo sobre mi padre, lo veo.

—Puede haber cosas privadas de mi hermana.

—Entonces tú miras primero y me enseñas lo que corresponda.

—Eso iba a hacer.

—Estabas pensando demasiado.

—Tú demasiado poco.

—Complementarios.

La palabra escapó.

Ambos la oyeron.

Ninguno comentó nada.

La memoria contenía fotografías, documentos escaneados y una carpeta titulada ASTERION.

Dentro había correspondencia entre Andreas Vardakis y Rafael Montalbán.

La historia era peor y mejor de lo que Inés esperaba.

Su padre había diseñado buena parte del proyecto.

Eso era indiscutible.

Pero no había sido simplemente víctima.

Había aceptado dinero.

Mucho.

Y había firmado una renuncia.

—No —susurró Inés.

León no dijo nada.

Siguió leyendo.

Había una carta posterior de Rafael.

Tres años después.

Exigía que se reconociera públicamente su autoría.

Amenazaba con demandar.

Andreas respondía recordándole el contrato.

Después aparecía una última carta.

Rafael retiraba cualquier reclamación.

A cambio de otra cantidad.

Inés se levantó.

—No.

—Inés.

—No.

Se alejó del ordenador.

Toda su vida había escuchado la historia de un padre brillante al que el mundo no había permitido llegar más lejos.

El concurso perdido.

El socio desleal.

Los clientes que no entendían.

La gran obra que nunca había llegado.

Y debajo de todo aquello siempre había existido una amargura que Inés había aprendido a interpretar como injusticia.

Ahora descubría algo distinto.

Su padre había vendido la obra.

Y después había intentado vender también el silencio.

—Necesito hablar con él.

León cerró el portátil.

—Claro.

—Sola.

—No iba a—

—Y necesito copias.

—Las tendrás.

Inés lo miró.

—¿Sin abogados?

—Sin abogados.

Aquello la desarmó más de lo esperado.

—¿Por qué?

—Porque es tu padre.

—Y tu familia.

—Mi familia ya tuvo treinta y ocho años para decidir qué hacer con esto.

Inés respiró.

—Podría hundir la reputación del Asterión.

—Sí.

—Y afectar a Vardakis International.

—Sí.

—Y aun así me darás las copias.

—Sí.

Ella lo estudió.

—No eres demasiado bueno negociando.

—No estoy negociando contigo.

—¿Qué estás haciendo?

León se acercó.

—Intentando que, por una vez, no tengas que preguntarte de qué lado estoy.

Inés sintió dolor.

No deseo.

Algo peor.

Esperanza.

Los documentos del Asterión cambian la historia de las familias Montalbán y Vardakis
La verdad sobre el Asterión obliga a Inés a revisar no sólo el pasado de los Vardakis, sino la historia que siempre había creído sobre su propio padre.

Su padre negó todo durante once minutos.

Después dejó de hacerlo.

La videollamada terminó mal.

Rafael Montalbán apareció en la pantalla con el mismo cabello blanco desordenado que Inés recordaba desde niña y la misma capacidad de hacer que una acusación sonara como una ofensa contra él.

—No entiendes cómo funcionaban las cosas entonces.

—Entiendo una firma.

—Tenía treinta años.

—Yo tengo treinta y dos.

—No es lo mismo.

—Claro que no.

—Nos pagaron una miseria.

—Te pagaron dos veces.

Silencio.

—¿Quién te ha dado esos papeles?

—Eso no importa.

—Vardakis.

—Papá.

—Te están utilizando.

La frase le dolió porque todavía podía ser cierta.

—Quiero saber por qué nunca me lo contaste.

—Porque no era asunto tuyo.

—He construido mi carrera creyendo que abandonaste la arquitectura porque te habían robado.

—Me robaron.

—Vendiste.

—Me arrinconaron.

—Y después aceptaste más dinero.

Rafael se levantó.

—No voy a permitir que una hija que no había nacido entonces me juzgue desde un despacho bonito.

Inés se quedó inmóvil.

—Ese despacho lo pagué yo.

—Todo lo que sabes te lo enseñé yo.

Ahí estaba.

La vieja deuda.

La que no figuraba en ningún contrato.

—Sí —dijo—. Y quizá por eso necesitaba que fueras mejor de lo que fuiste.

Rafael palideció.

La llamada terminó poco después.

Inés permaneció mirando la pantalla negra.

No lloró.

No quería.

Cuando abrió la puerta de la biblioteca, León estaba en el corredor.

—¿Has escuchado?

—No.

—Mentiroso.

—Sólo el final.

—Entonces sí.

—Inés...

—No quiero hablar.

Él asintió.

—Bien.

—Ni que me consueles.

—Bien.

—Ni que me digas que mi padre hizo lo que pudo.

—No iba a decirlo.

Eso consiguió que lo mirara.

—¿No?

—No sé lo que hizo. Sólo sé lo que firmó.

Inés tragó.

—Toda mi vida pensé...

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

—Tienes razón.

Y ahí estaba otra vez.

León no intentaba ocupar el dolor.

Sólo permanecer cerca.

Inés odiaba cuánto necesitaba precisamente eso.

—Puedes abrazarme —dijo.

Él no se movió inmediatamente.

—¿Estás segura?

—No arruines esto también.

León la abrazó.

Inés apoyó la frente contra su pecho.

No lloró durante los primeros treinta segundos.

Después sí.

Sin elegancia.

Sin control.

León no dijo que todo estaría bien.

No dijo que su padre la quería.

No dijo que el pasado no importaba.

Sólo la sostuvo.

Cuando Inés recuperó el aire, se sintió humillada.

—No mires.

—No estoy mirando.

—Estás literalmente sujetándome.

—Puedo cerrar los ojos.

Ella rió entre lágrimas.

—Idiota.

—Sí.

Inés levantó la cabeza.

León tenía los ojos cerrados.

Eso terminó de romperla.

Lo besó.

Esta vez no fue rabia.

Fue necesidad.

León abrió los ojos.

—Inés.

—Estoy segura.

No preguntó otra vez.

La habitación de León daba al mar.

Inés sólo recordó detalles.

La camisa cayendo al suelo.

La mano de él en su cintura.

El sonido de la lluvia contra las ventanas.

La cicatriz que había tocado cinco años antes y que reconoció con los dedos antes de recordar dónde estaba.

León diciendo su nombre como si la palabra pudiera contener todos los años entre Lisboa y Kallisti.

No hubo prisa.

Eso fue lo peligroso.

La primera vez habían intentado convertir el deseo en una excepción.

Esta vez ninguno fingía.

Después, Inés permaneció con la cabeza sobre su pecho mientras escuchaba el corazón de un hombre al que todo el mundo parecía atribuir frialdad.

Latía demasiado deprisa.

—Pensaba que los griegos multimillonarios tenían mejor resistencia cardiovascular.

León abrió un ojo.

—Pensaba que las arquitectas españolas dormían después.

—Estoy haciendo una inspección.

—¿Del edificio?

—Hay deficiencias.

Él la hizo rodar debajo de su cuerpo.

—Puedo aceptar críticas técnicas.

—Demasiada arrogancia en la estructura principal.

—¿Reparable?

—Quizá haya que demoler.

León bajó la boca hacia su cuello.

—Costoso.

—Pero satisfactorio.

—Inés.

—¿Qué?

—Quédate.

La palabra cambió la habitación.

No «esta noche».

No «hasta mañana».

Sólo quédate.

Inés dejó de respirar.

León lo vio.

—No quería decir—

—Sí querías.

—Sí.

Ella se incorporó.

El frío apareció demasiado rápido sobre la piel.

—No podemos hacer esto.

—Acabamos de hacerlo.

—Sabes lo que quiero decir.

—No, quiero que lo digas.

Inés recogió la sábana.

—Tu vida está aquí.

—Mi vida está donde decida que esté.

—No. Tu sobrina está aquí. Tu empresa. Tu familia. Todo.

—Y tú estás en Madrid.

—Sí.

—Los aviones funcionan.

—Esto no es logística.

León se sentó.

—Entonces ¿qué es?

—Realidad.

—O miedo.

—No utilices contra mí lo que te he contado.

—No lo hago.

—Claro que sí.

Él guardó silencio.

Inés se levantó de la cama.

—Tengo que terminar el informe.

—Son las dos de la madrugada.

—Precisamente.

—Inés.

Ella se vistió.

No porque quisiera irse.

Porque quedarse empezaba a significar demasiado.

La separación de Inés y León después de que la verdad salga a la luz
Cuando el deseo deja de ser el problema, aparece algo más difícil: decidir si todavía puede existir confianza.

El golpe llegó a la mañana siguiente.

No desde la familia.

Desde la prensa.

Una fotografía apareció primero en un portal económico griego.

León Vardakis besando a Inés en la biblioteca, tomada desde el exterior a través de una ventana la noche anterior.

Dos horas después ya circulaba en España.

El titular era peor:

LA ARQUITECTA QUE PODRÍA HUNDIR A VARDÁKIS: ROMANCE Y DOCUMENTOS SECRETOS EN KALLISTI.

Inés leyó la noticia tres veces.

Mencionaba el Asterión.

Mencionaba a Rafael Montalbán.

Mencionaba documentos nunca publicados.

Y citaba «fuentes próximas al consejo de Vardakis International».

—¿Quién sabe lo de los documentos? —preguntó.

León tenía el teléfono en la mano.

—Mi abogado. Mi director financiero. Dos miembros del consejo.

—¿Y tu personal?

—Saben que abrimos la sala. No qué encontramos.

—Alguien ha hablado.

—Sí.

—¿Quién?

—Lo averiguaré.

Inés siguió leyendo.

Había una frase que la dejó inmóvil.

«La contratación de Montalbán habría sido promovida personalmente por Vardakis meses antes de hacerse pública la existencia de los documentos.»

Meses antes.

Levantó los ojos.

—¿Meses?

León no respondió.

—Dijiste que supiste lo de mi padre cuando tu hermana encontró una referencia meses antes de morir.

—Sí.

—Y que al ver mi nombre en la propuesta pediste que me contrataran.

—Sí.

—¿Cuándo?

León dejó el teléfono.

—Inés.

—¿Cuándo?

—Hace cuatro meses.

Ella sintió algo helarse.

—La propuesta de mi estudio llegó hace tres.

Silencio.

—León.

Él se pasó una mano por el cabello.

—Pedí que os invitaran al concurso.

—No.

—Escúchame.

—No.

—Inés—

—Tú hiciste que mi estudio entrara en el proceso.

—Sí.

—Antes de que yo supiera que Kallisti existía como proyecto.

—Sí.

—Porque sabías quién era mi padre.

—Y porque sabía quién eras tú.

Eso fue peor.

Mucho peor.

—Así que me trajiste aquí.

—Quería que fueras tú.

—No por mi trabajo.

—También por tu trabajo.

—También.

La palabra cayó como una piedra.

—Todo estaba manipulado.

—No.

—Elegiste el concurso.

—Pedí que os invitaran.

—Elegiste que yo llegara a esta isla.

—Sí.

—Elegiste que abriera esa habitación.

—No sabía que Helena tenía la llave.

—Pero sabías que había documentos.

—Sí.

—Y no me dijiste nada.

León se acercó.

—Porque si te hubiera dicho «tu padre puede estar relacionado con documentos secretos de mi familia», habrías venido con abogados, periodistas o quizá no habrías venido.

—Era mi derecho.

—Lo sé.

—No. Si lo supieras, no lo habrías hecho.

Él no tuvo respuesta.

Inés sintió que la noche anterior se convertía de repente en algo distinto.

No falso.

Eso habría sido más fácil.

Pero contaminado.

—¿Lisboa también tuvo algo que ver?

La cara de León cambió.

—No.

—¿Ya sabías quién era mi padre?

—No.

—¿Seguro?

—Juro por Helena que no.

Inés cerró los ojos.

Le creyó.

Odiaba creerle.

—Pero cuando descubriste quién era yo...

—Quise encontrarte otra vez.

—Y utilizaste un contrato profesional para hacerlo.

—Sí.

La franqueza resultó insoportable.

—Eres increíble.

—Sé que estuvo mal.

—No, todavía no lo sabes.

Agarró el bolso.

—¿Adónde vas?

—Me marcho.

—No hay helicópteros hasta que mejore el tiempo.

—Entonces en barco.

—El puerto está cerrado.

—Encontraré algo.

León se interpuso.

—No vas a salir al mar con esta tormenta.

—Apártate.

—No.

—No vuelvas a decidir por mí.

La frase lo golpeó.

León se quedó quieto.

Inés pasó a su lado.

—Terminaré el informe desde Madrid.

—Inés.

Se detuvo.

No se volvió.

—Lo de anoche no fue una mentira.

Ella tragó.

—Eso es lo que lo hace peor.

El barco salió al mediodía.

No porque el tiempo hubiera mejorado.

Porque Inés pagó a un pescador de la isla vecina lo bastante como para que considerara razonable una idea mala.

León llegó al pequeño embarcadero cuando ella ya estaba subiendo.

—¿Estás loca?

—Probablemente.

—El viento está empeorando.

—Llegaremos en cuarenta minutos.

—No vas.

Inés se volvió.

—Ésa es exactamente la frase que no puedes decirme.

León miró al patrón.

—No salgas.

El hombre miró alternativamente a ambos.

Inés habló despacio.

—Si aceptas dinero de él para impedirme marchar, llamaré a la policía en cuanto llegue a tierra.

El pescador palideció.

—Señora, yo sólo—

—Arranque.

León bajó al muelle.

—Inés.

Ella subió al barco.

—Adiós.

—No hagas esto así.

—Tú decidiste cómo empezaba. Déjame decidir cómo termina.

El motor rugió.

El barco se separó del muelle.

Inés no miró atrás hasta que estuvieron demasiado lejos.

León seguía allí.

Solo.

La tormenta convirtió su figura en una mancha oscura junto al agua.

Entonces el teléfono de Inés vibró.

Un mensaje de Helena.

Una fotografía.

Argo tumbado sobre la cama de Inés.

Debajo, una frase:

Dice que eres una cobarde.

Inés soltó una risa rota.

Después llegó otro mensaje.

Yo no. Yo creo que estás enfadada.

Y un tercero.

Pero vuelve. Tío León cocina fatal.

Inés cerró los ojos.

El barco golpeó una ola.

Durante unos segundos pensó que quizá León tenía razón.

Luego recordó el concurso.

Los documentos.

La manera en que había elegido colocarla dentro de aquella historia sin darle la posibilidad de escoger.

Y endureció el corazón.

FIN DEL ACTO II
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