Fábulas literarias — Tomás de Iriarte

Un burro toca una flauta por accidente y decide que es músico. Dos conejos perseguidos por perros se ponen a discutir si son galgos o podencos. Un oso empieza a sospechar seriamente de su propio baile cuando descubre que lo aplaude un cerdo.

Tomás de Iriarte no escribió estas historias para hablar principalmente de animales. Escribía sobre autores, críticos, lectores, imitadores y pedantes. Cuando publicó Fábulas literarias en 1782 convirtió uno de los géneros didácticos más antiguos de Europa en una sátira del propio mundo de las letras.

El resultado parece ligero porque Iriarte sabía exactamente lo que estaba haciendo. Bajo los conejos, burros, monos, ardillas y osos hay una discusión muy seria sobre el talento, la técnica, la originalidad, la crítica y la diferencia entre trabajar mucho y producir algo que realmente merezca la pena.

Fábulas literarias de Tomás de Iriarte, edición de Ediciones Busma
Fábulas literarias, de Tomás de Iriarte. Ejemplar de Ediciones Busma conservado en Librería5.

Una fábula en la que los animales son escritores

La tradición fabulística llevaba siglos utilizando animales para hablar de las pasiones humanas. El zorro podía representar la astucia, el león la fuerza, el lobo la ferocidad y el asno la ignorancia. Iriarte decidió desplazar ese mecanismo hacia un terreno mucho más específico. Sus animales escriben simbólicamente libros, juzgan obras, imitan a otros autores, presumen de capacidades que no poseen y discuten sobre cuestiones de gusto.

La primera edición de Fábulas literarias apareció en Madrid, en la Imprenta Real, en 1782, y reunía 67 composiciones. La «Advertencia del editor» presentaba el proyecto como una novedad precisamente porque sus asuntos no eran simplemente morales, sino literarios. Allí donde la fábula tradicional podía explicar por qué es peligrosa la vanidad, Iriarte quería mostrar también qué ocurre cuando esa vanidad pertenece a un escritor incapaz de aceptar una crítica.

Por eso el libro puede leerse como una pequeña poética fragmentada en escenas. En lugar de redactar un tratado sistemático sobre cómo escribir bien, Iriarte coloca delante del lector docenas de situaciones donde algo falla: el autor carece de oficio, el crítico carece de criterio, la imitación sustituye a la invención, la apariencia oculta la mediocridad o una disputa secundaria consume toda la atención que debería dedicarse a lo importante.

Los animales de Iriarte no representan solamente vicios humanos. Representan vicios literarios: escribir sin saber, juzgar sin entender, imitar sin talento y confundir movimiento con trabajo verdadero.

El burro que se creyó músico

«El burro flautista» probablemente sea la demostración más perfecta del método de Iriarte. Un asno encuentra una flauta abandonada, se acerca a olerla y, por pura casualidad, introduce aire en ella. El instrumento suena. El animal interpreta inmediatamente ese accidente como prueba de una capacidad musical que nunca ha aprendido.

La fábula es diminuta, pero su blanco resulta muy preciso. Iriarte no afirma que una obra producida sin reglas tenga necesariamente que ser mala. Hace algo más incómodo: admite que alguien sin conocimiento puede acertar alguna vez. El problema comienza cuando transforma ese acierto fortuito en demostración de maestría. El azar puede producir un resultado feliz; no puede convertir retrospectivamente el accidente en oficio.

Ese interés por la técnica recorre todo el libro. Para Iriarte el talento no consiste sólo en tener inspiración. La literatura es también un arte que exige aprender, corregir y dominar recursos. Esa convicción pertenece de lleno al Neoclasicismo del siglo XVIII, con su confianza en las reglas, la claridad, el equilibrio y la posibilidad de educar el gusto.

Lo curioso es que la idea ha envejecido mucho menos que parte de la teoría estética que la sostenía. El burro puede seguir funcionando hoy porque la fábula no depende realmente de conocer los preceptos neoclásicos. Basta con haber visto alguna vez a alguien convertir un éxito accidental en certificado perpetuo de talento.

Galgos, podencos y el arte de discutir hasta que sea demasiado tarde

En «Los dos conejos» Iriarte construye otra de sus escenas más memorables. Un conejo llega huyendo de dos perros. Otro lo detiene y, en vez de concentrarse en el peligro evidente, inicia una discusión sobre la raza de los perseguidores. Uno sostiene que son galgos; el otro afirma que son podencos. La disputa continúa hasta que los perros alcanzan a ambos.

La comicidad procede de la desproporción. Determinar la raza de los animales puede ser una cuestión perfectamente legítima en otro contexto, pero ha dejado de importar cuando esos mismos animales están a punto de devorarte. Iriarte convierte así una discusión terminológica en una forma de ceguera intelectual: ambos conejos prefieren demostrar que tienen razón antes que atender a la realidad que hace irrelevante su desacuerdo.

La imagen terminó emancipándose del libro. «Galgos o podencos» se convirtió en una expresión reconocible para designar discusiones sobre cuestiones secundarias que hacen perder de vista el asunto principal. Es uno de esos casos en los que una pequeña escena literaria del siglo XVIII continúa circulando incluso entre personas que nunca han leído la obra de la que procede.

Pero dentro de Fábulas literarias su sentido es todavía más concreto. Iriarte conocía un mundo cultural lleno de disputas minuciosas, polémicas entre autores y batallas sobre reputaciones. Él mismo participó intensamente en ellas. La fábula ridiculiza una tendencia que su propio autor conocía demasiado bien: la capacidad de los literatos para convertir una cuestión menor en un conflicto absoluto.

Críticos que saben y críticos que simplemente aplauden

«El oso, la mona y el cerdo» aborda un problema diferente. Un oso está aprendiendo a bailar y pide opinión a una mona entendida, que responde sin rodeos que lo hace mal. El oso no queda satisfecho. Poco después un cerdo elogia entusiasmado su actuación. Lejos de tranquilizarlo, aquel aplauso termina de convencerlo de que su baile debe ser desastroso.

La broma introduce una distinción esencial para Iriarte: no todas las opiniones tienen el mismo valor. La desaprobación de quien entiende una disciplina puede resultar incómoda, pero proporciona información. El elogio de quien carece por completo de criterio puede ser agradable y, al mismo tiempo, no significar absolutamente nada.

La fábula está dirigida expresamente al autor que busca reconocimiento. Iriarte conocía muy bien la economía social de la fama literaria: elogios interesados, amistades, tertulias, reseñas y enemistades podían influir en la recepción de una obra. Su respuesta es aristocrática en el sentido intelectual de la palabra. No importa cuántas personas aplauden, sino si el juicio procede de alguien capaz de distinguir una obra bien ejecutada de una mala.

Algo parecido ocurre en «La ardilla y el caballo». La ardilla presume de estar constantemente activa: sube, baja, corre, gira y nunca permanece quieta. El caballo sólo necesita hacerle una pregunta para desmontar aquella exhibición: ¿para qué sirve todo ese movimiento? La aplicación a la literatura es inmediata. Es posible producir mucho, moverse mucho y trabajar sin descanso y, sin embargo, dedicar toda esa energía a obras frívolas.

Iriarte distingue repetidamente esfuerzo, talento y resultado. Se puede trabajar mucho y no hacer nada útil; se puede acertar sin saber; se puede recibir aplausos y escribir mal. Ninguna de esas cosas demuestra por sí sola que exista verdadero dominio del oficio.

Cuarenta maneras distintas de demostrar que sabía versificar

El contenido didáctico de las fábulas tiene una contrapartida formal que a veces queda oculta cuando se leen únicamente las piezas más famosas. Iriarte convirtió el volumen en un verdadero laboratorio métrico. La advertencia de la primera edición explica que se emplearon cuarenta géneros diferentes de metro, desde versos de catorce sílabas hasta versos de cuatro.

La variedad no es un adorno añadido al final. Forma parte del argumento general del libro. Si Iriarte va a defender el conocimiento técnico frente al acierto casual, necesita exhibir ese conocimiento en sus propios poemas. Cada cambio de ritmo, extensión y combinación estrófica funciona como demostración práctica de aquello que sus animales discuten.

Eso permite entender mejor por qué muchas fábulas poseen una extraordinaria facilidad para quedarse en la memoria. Iriarte adapta el movimiento del verso a la escena. Algunas avanzan rápidamente mediante versos breves y diálogo; otras adoptan construcciones más amplias. El libro enseña sobre literatura mientras juega con los materiales mismos de la literatura.

La versificación también separa a Iriarte de la imagen reducida del fabulista exclusivamente infantil. Las fábulas terminaron entrando en las escuelas porque eran breves, claras y memorables, pero fueron escritas por un autor profundamente preocupado por cuestiones de teoría literaria y técnica poética. Su sencillez suele ser una forma deliberada de precisión.

Un libro que provocó una guerra entre fabulistas

La literatura que satirizaba Iriarte no era una abstracción. Él mismo estaba completamente sumergido en ella. Nacido en Tenerife en 1750, se trasladó a Madrid todavía adolescente y recibió una formación amplia en lenguas, retórica, música y poética. Trabajó como traductor en la Secretaría de Estado, participó en la vida cultural de la corte, escribió teatro, poesía y crítica y frecuentó un mundo de tertulias donde las reputaciones podían construirse y destruirse mediante impresos y conversaciones.

Por eso la publicación de Fábulas literarias terminó produciendo exactamente el tipo de conflicto que el propio libro parecía observar desde fuera. La advertencia editorial afirmaba que aquella era la primera colección de fábulas enteramente originales publicada en castellano. La precisión era importante: Iriarte no sostenía que nadie hubiese escrito fábulas antes, sino que reivindicaba la originalidad de los argumentos frente a la utilización de materiales tradicionales.

El problema era que Félix María de Samaniego había publicado ya en 1781 una primera entrega de sus fábulas. Ambos habían mantenido una relación amistosa, pero las comparaciones entre los dos autores y la reivindicación de Iriarte terminaron convirtiendo la competencia literaria en enemistad. Aparecieron las anónimas Observaciones sobre las Fábulas literarias originales de Tomás de Iriarte, en las que participó Samaniego, y Juan Pablo Forner se sumó a los ataques con El asno erudito. Iriarte respondió también por escrito.

La anécdota posee algo casi demasiado perfecto. Un libro dedicado a ridiculizar los defectos de escritores y críticos provocó inmediatamente una batalla entre escritores y críticos. Los animales de las fábulas no necesitaban buscar demasiado lejos sus modelos humanos.

De sátira literaria a lectura escolar

Con el tiempo, parte del contexto polémico se fue perdiendo y las fábulas adquirieron otra vida. Su brevedad, claridad narrativa y facilidad para la memorización las convirtió en materiales escolares muy eficaces. La propia contracubierta de nuestro ejemplar destaca «El burro flautista», «Los dos conejos», «La mona» y «La ardilla y el caballo» como piezas famosas y recuerda la presencia continuada del libro en la enseñanza.

El proceso tuvo una consecuencia curiosa. Muchas personas conocieron a Iriarte como autor infantil sin advertir que buena parte de sus animales estaban discutiendo problemas de escritores adultos. La moraleja podía independizarse del contexto literario y aplicarse a la vida cotidiana, lo que facilitó la supervivencia de las piezas, pero también ocultó parte de su intención original.

La primera edición contenía 67 fábulas. Tras la muerte de Iriarte en Madrid en 1791 se añadieron nueve composiciones póstumas, de modo que las ediciones completas llegaron a reunir 76. La contracubierta de nuestro volumen recuerda expresamente esta evolución textual.

Leídas hoy en conjunto, las fábulas recuperan algo de su filo original. Más que un repertorio de moralejas para niños, forman una sátira de la producción cultural: quién escribe, por qué escribe, cómo se juzga una obra, cuándo una novedad es auténtica, cuánto vale la imitación y qué diferencia existe entre tener actividad y tener algo que decir.

Nuestro ejemplar de Ediciones Busma

El ejemplar conservado en Librería5 pertenece a la colección Poesía y Prosa Popular de Ediciones Busma y lleva el número 62. La página legal lo identifica como primera edición de febrero de 1984. La colección utiliza aquí una presentación sencilla y muy reconocible: cubierta blanca, el apellido IRIARTE en grandes caracteres negros y un dibujo de un asno junto a una flauta, referencia inmediata a «El burro flautista».

El dibujo de la cubierta es obra de Jesús Moscat Guillén, mientras que el diseño, maqueta y realización de la colección se atribuyen al Equipo Arcany. El volumen incorpora un prólogo de Rosario de la Iglesia, licenciada en Filología Románica, que comienza situando al autor dentro del reinado de Carlos III y del ambiente cultural del siglo XVIII.

La ficha editorial registra ISBN 84-7520-114-8 y depósito legal M. 9.247-1984. La impresión se realizó en Mateo Cromo Artes Gráficas, en Pinto, Madrid. Los repertorios bibliográficos consultados describen esta edición con 126 páginas.

Contracubierta de Fábulas literarias de Tomás de Iriarte
Contracubierta de la edición de Ediciones Busma, con una presentación de la obra y una breve semblanza de Iriarte.
Título
Fábulas literarias
Autor
Tomás de Iriarte
Primera publicación
Madrid, Imprenta Real, 1782
Editorial del ejemplar
Ediciones BUSMA, S. A.
Colección
Poesía y Prosa Popular
Número de colección
62
Edición del ejemplar
Primera edición, febrero de 1984
Prólogo
Rosario de la Iglesia
Diseño y maqueta
Equipo Arcany
Dibujo de cubierta
Jesús Moscat Guillén
ISBN
84-7520-114-8
Depósito legal
M. 9.247-1984
Extensión
126 páginas según repertorios bibliográficos consultados
Impresión
Mateo Cromo Artes Gráficas, Pinto (Madrid)
Género
Fábula en verso, poesía satírica y didáctica
Periodo
Ilustración y Neoclasicismo español

El asno de la cubierta resume bastante bien la razón por la que estas fábulas continúan funcionando. Hace más de dos siglos Iriarte imaginó a alguien que obtiene por casualidad un buen resultado y decide inmediatamente que posee talento. Alrededor de ese burro aparecen escritores que se mueven mucho pero no avanzan, críticos cuyo elogio vale menos que su silencio y conejos tan preocupados por ganar una discusión que olvidan seguir corriendo.

Los nombres y las polémicas pertenecen al Madrid ilustrado del siglo XVIII. Los comportamientos, bastante menos.

Fuentes utilizadas para contextualizar la obra