Freud tenía al pequeño Hans. Watson tenía al pequeño Albert. H. J. Eysenck decidió enfrentar a los dos niños para resolver una cuestión mucho mayor: qué parte de la psicología pertenecía a la ciencia y qué parte era, como dice el título español, simple palabrería.
Psicología: hechos y palabrería no es un manual neutral. Publicado originalmente en 1965, es un libro de combate escrito por uno de los grandes polemistas de la psicología británica del siglo XX. Eysenck recorre laboratorios, teorías de la personalidad, neurosis, terapias, accidentes y delincuencia con una exigencia constante: una explicación psicológica debe producir afirmaciones capaces de ser contrastadas con hechos.
La paradoja es que el tiempo terminó aplicándole al propio Eysenck el criterio que él exigía a sus adversarios. Algunas de las certezas defendidas en estas páginas envejecieron, otras fueron reformuladas y hasta uno de sus ejemplos favoritos —el pequeño Albert— acabaría revelándose mucho menos limpio y concluyente de lo que parecía. Eso convierte el libro en algo más interesante que una simple reliquia: permite contemplar a la psicología moderna mientras discute qué significa realmente ser una ciencia.
Una declaración de guerra desde el laboratorio
El primer capítulo tiene un título revelador: «Visita a un laboratorio psicológico». Eysenck sabía que para muchos lectores la palabra psicología evocaba todavía un diván, sueños, complejos infantiles o conversaciones prolongadas entre terapeuta y paciente. Su respuesta consistía en abrir otra puerta: detrás de ella había aparatos, mediciones, grupos experimentales, tiempos de reacción, condicionamiento, estadísticas y experimentos diseñados para aislar variables.
El objetivo no era simplemente mostrar que los psicólogos también podían utilizar instrumentos. Lo que Eysenck quería defender era una concepción completa de la disciplina. Para él, una teoría psicológica debía formularse de tal modo que los datos pudieran apoyarla o contradecirla. Una explicación capaz de acomodar retrospectivamente cualquier comportamiento podía ser sugerente, incluso brillante, pero tenía un problema esencial: si ningún resultado posible podía demostrar que estaba equivocada, ¿qué clase de conocimiento producía?
Esa pregunta recorre todo el libro y explica tanto su energía como su agresividad. Eysenck se siente particularmente incómodo ante sistemas teóricos que, en su opinión, sobreviven precisamente porque siempre encuentran una interpretación posterior para aquello que sucede. El psicoanálisis se convierte por ello en uno de sus blancos principales, pero la crítica es más amplia. También desconfía de intuiciones clínicas, generalizaciones sociales y conceptos psicológicos aceptados por costumbre que no hayan sido sometidos a pruebas controladas.
El libro pertenece así a un momento decisivo de la psicología del siglo XX. El conductismo, la psicología experimental, las teorías del aprendizaje y las primeras terapias de conducta estaban disputando terreno a las escuelas psicodinámicas. Eysenck no contempla esa disputa desde fuera. Es uno de sus combatientes y escribe para convencer a lectores que probablemente nunca entrarían en una revista académica.
El demonio de Eysenck y la personalidad escondida en el sistema nervioso
El segundo capítulo contiene una de las imágenes más memorables de toda la obra: el «demonio de Eysenck». El nombre parece una provocación impropia de un defensor del rigor experimental, pero precisamente por eso funciona. Inspirándose en el famoso demonio imaginado por James Clerk Maxwell en física, Eysenck pide al lector que suponga la existencia de una pequeña criatura situada metafóricamente en el sistema nervioso, equipada con dos palancas: una favorece la excitación y otra la inhibición.
No pretende afirmar que exista semejante criatura. El demonio es un modelo para visualizar diferencias fisiológicas que, según su teoría, podrían ayudar a explicar rasgos estables de personalidad. Algunas personas tenderían hacia una mayor excitación cortical; otras generarían inhibición con mayor facilidad. A partir de esa diferencia, Eysenck intenta conectar el funcionamiento del sistema nervioso con una de las dimensiones que habían hecho célebre su trabajo: la oposición entre introversión y extraversión.
El capítulo es importante porque muestra cómo concebía la investigación de la personalidad. No le bastaba con elaborar cuestionarios capaces de describir que una persona era más sociable, impulsiva o reservada que otra. Quería encontrar mecanismos que explicaran por qué esas diferencias aparecían y por qué se mantenían. Para ello combina mediciones psicológicas con aprendizaje, condicionamiento, rendimiento, vigilancia y respuestas fisiológicas.
En estas páginas la personalidad deja de ser una colección de adjetivos para convertirse en una hipótesis sobre la organización del individuo. Eysenck distingue además entre descripción y explicación causal: saber que alguien es extravertido describe una regularidad, pero no explica todavía qué procesos producen ese patrón. El demonio es su manera pedagógica de conducir al lector desde la clasificación hacia una teoría fisiológica.
El propio Eysenck consideraba entonces especialmente importantes la extraversión y el neuroticismo, junto a la inteligencia, para resumir grandes diferencias individuales. Su modelo fue modificándose con los años y terminaría incorporando de manera destacada una tercera dimensión, el psicoticismo. Pero ya aquí aparece el núcleo de una idea que marcaría durante décadas la psicología de la personalidad: los rasgos no son únicamente nombres que damos a comportamientos; pueden tener bases biológicas y producir diferencias medibles en la forma de responder al ambiente.
El pequeño Hans contra el pequeño Albert
El tercer capítulo es probablemente el que mejor concentra la personalidad intelectual de Eysenck. «El pequeño Hans o el pequeño Albert» coloca frente a frente dos niños convertidos en símbolos de dos tradiciones psicológicas. Hans es el niño cuya fobia a los caballos fue interpretada por Freud dentro de la teoría psicoanalítica. Albert es el bebé utilizado por John B. Watson y Rosalie Rayner en 1920 para investigar si una reacción de miedo podía condicionarse experimentalmente.
Para Eysenck, la oposición parecía casi perfecta. El caso de Hans dependía de relatos familiares, interpretaciones sexuales y reconstrucciones realizadas desde una teoría previa; Albert, en cambio, parecía proporcionar una demostración experimental de que el miedo podía aprenderse mediante asociación. Donde Freud encontraba conflicto inconsciente, complejo de Edipo y significado simbólico, el conductismo proponía estímulos, respuestas y condicionamiento.
La intención del capítulo no consiste sólo en defender una explicación diferente de las fobias. Eysenck utiliza los dos casos para discutir cómo sabemos que una explicación psicológica es correcta. Ataca especialmente el peligro de interpretar los datos después de conocer el resultado y señala que una teoría capaz de convertir cualquier acontecimiento en confirmación termina protegiéndose contra la posibilidad de ser refutada.
Vista desde hoy, sin embargo, la comparación contiene una ironía extraordinaria. La historia del pequeño Albert fue investigada posteriormente por historiadores de la psicología, que descubrieron cómo el famoso experimento había ido acumulando detalles inexistentes, exageraciones y versiones cada vez más limpias en libros de texto y relatos divulgativos. El historiador Ben Harris señaló específicamente a Fact and Fiction in Psychology como uno de los lugares donde esa transformación resultaba visible. Eysenck criticaba a los freudianos por convertir el caso de Hans en una narración que siempre favorecía su teoría mientras utilizaba a Albert mediante un relato que también había adquirido elementos legendarios.
Eso no vuelve equivalentes automáticamente a Freud y Watson ni resuelve la disputa en favor de uno u otro. Lo interesante es algo más profundo: incluso una cultura científica obsesionada con los hechos puede construir mitos acerca de sus propios experimentos. Los datos originales pueden simplificarse, los resultados ambiguos pueden transformarse en demostraciones rotundas y los relatos repetidos durante décadas pueden parecer más sólidos que las investigaciones de las que proceden.
Neurosis, terapia de conducta y el problema del «lavado de cerebro»
Los dos capítulos siguientes trasladan la discusión desde la explicación hasta el tratamiento. Eysenck llevaba años sosteniendo que la eficacia de la psicoterapia debía juzgarse mediante resultados observables y comparaciones, no por testimonios de pacientes o terapeutas. En 1952 había publicado una revisión muy polémica en la que afirmaba que los datos existentes no demostraban que las psicoterapias tradicionales acelerasen la recuperación de los pacientes neuróticos respecto a lo que podía suceder sin tratamiento formal.
Aquella conclusión provocó una discusión que continuó durante décadas. Se cuestionaron sus estimaciones de remisión espontánea, los estudios comparados y algunos aspectos de su interpretación. Pero para entender Psicología: hechos y palabrería importa menos decidir quién venció posteriormente en aquella controversia que comprender lo que Eysenck extrajo de ella: si la psicoterapia quería reclamar eficacia terapéutica, debía poder demostrarla experimentalmente.
«Nuevas formas de curar las neurosis» presenta por ello técnicas desarrolladas desde la teoría del aprendizaje y la terapia de conducta. Fobias y otras respuestas neuróticas podían considerarse, al menos parcialmente, conductas aprendidas y por tanto susceptibles de modificación mediante nuevos aprendizajes. En vez de buscar necesariamente un conflicto inconsciente enterrado en la infancia, el terapeuta podía trabajar directamente sobre las respuestas problemáticas y medir si disminuían.
La apuesta era poderosa porque aproximaba la clínica al experimento, pero planteaba inmediatamente otro problema. Si sabemos manipular respuestas mediante condicionamiento, refuerzo, aversión o desensibilización, la técnica no determina por sí sola qué comportamientos debemos cambiar. De ahí el siguiente capítulo, «¿Terapia o lavado de cerebro?», donde Eysenck afronta la acusación de que la modificación sistemática de conducta pueda convertirse en una forma de control.
Leído sesenta años después, este apartado funciona además como documento histórico. Algunas conductas que entonces podían aparecer dentro de un contexto terapéutico —entre ellas la homosexualidad— dejaron hace mucho tiempo de ser consideradas enfermedades susceptibles de «curación». El cambio recuerda que una técnica puede ser experimentalmente mensurable sin que por ello quede resuelta la pregunta moral acerca de sus fines. Saber modificar una conducta y estar legitimado para modificarla son cuestiones distintas.
Éste es uno de los lugares donde el libro supera involuntariamente la polémica de su tiempo. Eysenck quería defender la posibilidad de una tecnología científica de la conducta, pero al hacerlo deja planteado un problema que continúa vigente: cuanto mayor sea nuestra capacidad de intervenir sobre el comportamiento humano, más importante resulta decidir quién fija el objetivo de esa intervención y con qué derecho.
¿Hay personas propensas a sufrir accidentes?
En «Accidentes y personalidad» Eysenck se adentra en un problema que parece inicialmente mucho más cotidiano. Si algunas personas sufren reiteradamente más accidentes que otras, ¿se trata sólo de azar y circunstancias o existe alguna característica personal que aumente la probabilidad? La pregunta encajaba perfectamente en su programa porque permitía poner a prueba la utilidad predictiva de las diferencias individuales.
El concepto de «propensión a los accidentes» tuvo una larga vida en la psicología aplicada. Eysenck examina relaciones entre rasgos, rendimiento y comportamiento intentando establecer si determinados perfiles podrían ser más vulnerables. La cuestión tenía consecuencias prácticas evidentes en conducción, industria, selección de personal y prevención laboral. Una teoría de personalidad dejaría de ser una clasificación abstracta si pudiera anticipar quién tenía mayor riesgo en determinadas tareas.
La investigación posterior ha obligado a tratar el problema con mucha más cautela. Existen relaciones entre rasgos de personalidad y determinadas conductas de riesgo, pero las revisiones modernas encuentran que la personalidad por sí sola predice los accidentes con bastante debilidad. Factores como la exposición al riesgo, la experiencia previa, las condiciones ambientales o determinados comportamientos concretos suelen resultar más informativos que la idea de una personalidad general «accidentable».
Eso hace especialmente instructiva la lectura del capítulo. Permite observar una ciencia en pleno proceso de expansión, cuando se esperaba que unas pocas dimensiones psicológicas pudieran explicar campos enormemente distintos de la conducta. Algunas conexiones resistieron mejor que otras; otras se volvieron mucho más modestas al acumularse nuevos estudios. La historia de la ciencia no consiste únicamente en sustituir errores por verdades, sino también en reducir el tamaño de afirmaciones que inicialmente parecían mucho más poderosas.
Del delito a la conciencia: ¿aprendemos a ser buenos?
El último capítulo lleva el modelo de aprendizaje hasta una cuestión moral: «Delincuencia, conciencia y condicionamiento». Eysenck propone que una parte de aquello que llamamos conciencia puede explicarse como aprendizaje. Durante la infancia, determinadas acciones van acompañadas de castigos, desaprobación, miedo o consecuencias negativas. Con el tiempo, esas respuestas pueden anticiparse incluso cuando la autoridad ya no está presente, inhibiendo la conducta antes de que se produzca.
Esta idea le permite conectar la delincuencia con su teoría de personalidad. Si, como defendía, introvertidos y extravertidos presentan diferencias en la facilidad con que forman determinadas respuestas condicionadas, entonces también podrían diferir en la velocidad o intensidad con la que interiorizan prohibiciones. La delincuencia dejaría de explicarse exclusivamente por pobreza, educación, voluntad moral o maldad individual y pasaría a relacionarse también con diferencias psicológicas.
El razonamiento puede resultar reduccionista si se transforma en una explicación total del delito, pero Eysenck extrae de él una conclusión pedagógica menos simple de lo que cabría esperar. En la última página del texto, visible en nuestro ejemplar, rechaza explícitamente la idea de aplicar la misma disciplina a todos los niños. Un extravertido que se condiciona con dificultad requeriría respuestas diferentes de un introvertido que aprende esas asociaciones con facilidad. Tratar a todos exactamente igual podría ser, según su argumento, una forma de injusticia.
El párrafo final acaba afirmando que «la individualidad es algo sagrado». Es un cierre curioso para un libro tan entregado a la medición y clasificación. Después de cientos de páginas intentando encontrar regularidades, dimensiones, asociaciones y leyes experimentales, Eysenck termina recordando que precisamente esas investigaciones muestran cuánto pueden diferir dos seres humanos.
Lo que envejeció y lo que permanece incómodamente actual
Psicología: hechos y palabrería puede leerse hoy de dos formas equivocadas. Una sería tomar cada afirmación de 1965 como descripción vigente del estado de la psicología. La otra sería descartarlo entero porque parte de su contenido ha quedado anticuado. Las dos lecturas perderían lo más interesante. El libro importa porque permite contemplar las aspiraciones de una generación que quería convertir la psicología en una ciencia experimental capaz de explicar y modificar la conducta.
Algunas de sus batallas dejaron consecuencias duraderas. La exigencia de comparar tratamientos, medir resultados, formular hipótesis contrastables y desconfiar de explicaciones inmunes a la refutación forma parte hoy del lenguaje ordinario de la investigación psicológica. La terapia conductual que Eysenck defendía evolucionó enormemente, se combinó con aproximaciones cognitivas y dio lugar a tratamientos muy distintos de los procedimientos que aparecen en estas páginas.
Otros pasajes muestran, en cambio, la facilidad con que una ciencia joven puede confundir una hipótesis prometedora con una explicación demasiado amplia. El pequeño Albert no fue la demostración impecable que la tradición conductista llegó a imaginar; la personalidad predice los accidentes mucho peor de lo que sugerían algunas teorías; y varias concepciones clínicas y sexuales propias de 1965 resultan hoy históricamente obsoletas.
Existe además una ironía posterior que pertenece a la biografía científica de Eysenck. Mucho después de este libro, una serie distinta de trabajos que publicó junto a Ronald Grossarth-Maticek sobre personalidad y enfermedad física fue investigada por King's College London. La institución concluyó que los resultados de aquellas publicaciones debían considerarse «inseguros». Es importante no mezclar los corpus: esa investigación no convierte automáticamente en inválidas las afirmaciones de este volumen de 1965. Pero resulta inevitable recordar que el hombre que hizo de la evidencia su bandera acabó viendo una parte de su propia producción científica sometida al mismo juicio severo que había exigido para otros.
Quizá por eso el libro se lee hoy mejor si no buscamos en él un vencedor definitivo. Eysenck quería dividir limpiamente la psicología entre hechos y palabrería. Sesenta años de historia muestran que la frontera existe, pero se mueve, se corrige y debe vigilarse continuamente. La ciencia no se distingue porque nunca se equivoque, sino porque conserva procedimientos capaces de descubrir sus propios errores.
Alianza, Salustiano Masó y una cubierta de Daniel Gil
La obra apareció originalmente en 1965 como Fact and Fiction in Psychology, publicada por Penguin Books dentro de Pelican. La traducción española de Salustiano Masó llegó a Alianza Editorial en 1977 y nuestro ejemplar corresponde a la segunda edición de El Libro de Bolsillo, publicada en 1983. La página legal mantiene el copyright de H. J. Eysenck de 1965 y registra ISBN 84-206-1657-5 y depósito legal M. 14.598-1983.
El título español merece una pequeña observación. Fact and Fiction in Psychology significa literalmente algo próximo a «Hechos y ficción en psicología». Salustiano Masó y Alianza eligieron, sin embargo, Psicología: hechos y palabrería. «Palabrería» es mucho más agresivo que «ficción», pero capta perfectamente el tono del libro: Eysenck no está comparando dos géneros narrativos, sino acusando a determinadas explicaciones de producir palabras donde deberían aparecer pruebas.
El volumen pertenece a una de las empresas editoriales fundamentales de la cultura española de bolsillo. Alianza había creado en 1966 su colección El Libro de Bolsillo con la intención de poner obras literarias y de pensamiento al alcance de un público muy amplio, y una parte inseparable de su identidad fue el trabajo de Daniel Gil. Durante décadas convirtió cada cubierta en una interpretación visual del libro, utilizando fotografías, objetos, collages y asociaciones inesperadas.
Para este título Gil recurrió a una composición particularmente extraña: cuatro botellas negras cuyas etiquetas muestran perfiles humanos. No necesitamos atribuirle una interpretación única para reconocer el procedimiento habitual del diseñador. En lugar de ilustrar literalmente un laboratorio, un cerebro o un diván, convierte la psicología de la personalidad en un objeto visual desconcertante, como si varias formas humanas estuvieran clasificadas y embotelladas ante nosotros.
El ejemplar muestra desgaste visible en los bordes y la superficie de la cubierta, pero conserva íntegra su identidad gráfica. El índice cierra el volumen en la página 345 y ofrece una radiografía perfecta de su contenido: laboratorio, personalidad, Freud y Watson, terapia conductual, manipulación, accidentes y delincuencia. Más que una suma de temas dispersos, son siete intentos de responder a una misma pregunta: hasta dónde puede llegar una psicología que se toma en serio la obligación de demostrar lo que afirma.
- Título
- Psicología: hechos y palabrería
- Título original
- Fact and Fiction in Psychology
- Autor
- H. J. Eysenck
- Primera publicación
- Penguin Books, 1965
- Editorial del ejemplar
- Alianza Editorial
- Colección
- El Libro de Bolsillo
- Edición
- Segunda edición en El Libro de Bolsillo
- Año
- 1983
- Traducción
- Salustiano Masó
- Cubierta
- Daniel Gil
- ISBN
- 84-206-1657-5
- Depósito legal
- M. 14.598-1983
- Impresión
- Closas-Orcoyen, S. L., Paracuellos del Jarama, Madrid
- Extensión
- El índice figura en la página 345
- Encuadernación
- Rústica
- Género
- Ensayo de psicología
Hay algo admirable y algo peligroso en la seguridad con la que Eysenck escribe. Su confianza en que el experimento podía barrer siglos de confusión proporcionó a la psicología preguntas necesarias, pero también hizo que algunas conclusiones parecieran más definitivas de lo que el tiempo permitiría sostener. Precisamente por eso sigue mereciendo la pena leerlo.
El libro quería enseñarnos a desconfiar de las historias demasiado perfectas. La historia posterior de la propia psicología terminó aplicando esa misma desconfianza a algunas de las historias que Eysenck contaba. Pocas obras envejecen de una manera tan apropiada para su propio título.
Fuentes utilizadas para contextualizar la obra
- Wellcome Collection — registro de la edición original de Fact and Fiction in Psychology, Penguin Books, 1965.
- Google Books — edición de 1965, índice y contenido de la obra original.
- The Psychologist / City Research Online — «The centenary of a maverick», sobre la trayectoria, influencia y estilo intelectual de H. J. Eysenck.
- American Psychological Association — estudio de Eysenck de 1952 sobre los efectos de la psicoterapia.
- University of Miami — revisión de la controversia sobre el argumento de Eysenck contra la psicoterapia psicoanalítica.
- Journal of the History of the Behavioral Sciences — Ben Harris, «Letting go of Little Albert», sobre la transformación histórica del experimento en mito disciplinar.
- Cambridge University Press — análisis retrospectivo del «demonio de Eysenck» y de su concepción biológica de la personalidad.
- Federal Aviation Administration — revisión histórica del concepto de propensión a los accidentes.
- Alianza Editorial — historia de El Libro de Bolsillo y de la aportación de Daniel Gil.
- DIDAC — trayectoria de Daniel Gil y su trabajo para Alianza Editorial.
- Ministerio de Cultura de España — registro de la traducción de Salustiano Masó publicada por Alianza en 1977.
- King's College London — investigación sobre un corpus posterior de publicaciones de Eysenck y Ronald Grossarth-Maticek.