Antes de convertirse en el faraón que llenaría Egipto con su nombre, Ramsés II tuvo que ser simplemente un muchacho. De esa etapa sabemos mucho menos que de sus guerras, sus templos o los monumentos que dejó distribuidos por el país. Christian Jacq aprovechó precisamente ese vacío para construir Ramsés. El hijo de la luz: no una biografía arqueológica, sino la novela de cómo un adolescente podría haberse convertido en uno de los reyes más célebres de la Antigüedad.
Hay una paradoja especialmente bonita en el ejemplar conservado en Librería5. Su cubierta reproduce, según la propia página legal, un relieve del Museo del Louvre que representa al joven Ramsés II. Es decir, la puerta de entrada al libro es un objeto arqueológico auténtico. Pero una vez abierta esa puerta empieza la ficción: rivalidades fraternales, pruebas impuestas por Seti I, amistades personales, amores y conspiraciones que llenan con imaginación aquello que las inscripciones egipcias no podían contarnos.
Ésa es la clave para disfrutar de la novela sin confundirla con un manual de historia. Jacq conocía profundamente Egipto y utilizó ese conocimiento para construir el mundo; después hizo lo que corresponde a un novelista: inventó una vida interior para sus muertos.
Cómo novelar la juventud de un faraón
El Ramsés que abre la novela tiene catorce años y todavía no es el gran constructor de Abu Simbel, el rey de la batalla de Qadesh ni el soberano cuya imagen terminará multiplicándose por templos y museos. Es un hijo de Seti I obligado a demostrar que posee las cualidades necesarias para gobernar. Christian Jacq convierte esa educación en el verdadero argumento del primer volumen de su pentalogía.
Seti no se limita a explicarle cómo funciona el poder. Lo pone a prueba. Ramsés debe aprender a dominar la fuerza, juzgar a quienes lo rodean, reconocer la lealtad y comprender que reinar significa algo más que heredar un título. La novela construye así una sucesión de pruebas que tienen una doble función: hacen avanzar la aventura y permiten presentar una determinada concepción del faraón como garante de un orden que reúne autoridad, justicia, religión y responsabilidad.
La contracubierta de nuestra edición lo resume con claridad: el joven debe superar los obstáculos colocados en su camino por su padre y, al mismo tiempo, enfrentarse a las intrigas de Chénar, su hermano mayor. La madurez no consiste solamente en demostrar que posee valor físico. Ramsés debe aprender a actuar con «sabiduría, rectitud y habilidad».
El verdadero tema del primer volumen no es todavía el reinado de Ramsés II. Es la fabricación de un rey: cómo convertir a un adolescente poderoso en alguien capaz de ejercer el poder.
Seti I: padre, faraón y maestro
Seti I pertenece plenamente a la historia. Fue el padre de Ramsés II y uno de los grandes soberanos de la dinastía XIX. En Abidos todavía se conservan los templos asociados a ambos reinados, y el British Museum posee fragmentos de la lista real procedente del templo de Ramsés II. Esa continuidad monumental entre padre e hijo proporciona a Jacq una base extraordinariamente fértil para construir literariamente la transmisión del poder.
En la novela, sin embargo, esa relación adquiere una intimidad que ninguna inscripción puede certificar. Seti observa a Ramsés, mide su carácter y lo somete deliberadamente a situaciones destinadas a revelarle quién es. Jacq transforma así una genealogía documentada en una historia de formación. El faraón no entrega simplemente el trono a su descendiente: intenta fabricar al hombre que algún día será digno de ocuparlo.
Este procedimiento es constante en El hijo de la luz. Un nombre real, un lugar real o una institución egipcia proporcionan el punto de apoyo; la novela rellena después el silencio de las fuentes mediante diálogos, sentimientos, decisiones privadas y pruebas iniciáticas. El resultado puede parecer histórico porque el escenario está densamente documentado, pero la psicología pertenece al novelista.
Chénar y la necesidad de inventar un adversario
Para que una formación se convierta en novela necesita resistencia. Chénar cumple esa función. Es el hermano mayor, calculador y ambicioso, que considera que el futuro trono debería pertenecerle y observa el ascenso de Ramsés como una usurpación. Frente al joven impulsivo pero noble que imagina Jacq, Chénar representa una inteligencia puesta al servicio del interés personal.
Conviene aquí separar con cuidado ficción e historia. La existencia de un hermano mayor de Ramsés ha sido objeto de distintas reconstrucciones modernas y se ha propuesto incluso el nombre de Nebkhasetnebet para un posible príncipe fallecido antes de alcanzar la edad adulta. Pero eso es muy distinto del Chénar adulto, conspirador y rival permanente construido por Jacq. No existe documentación que permita tratar a este personaje novelesco como el retrato de un adversario histórico concreto.
La invención tiene, sin embargo, una enorme utilidad narrativa. Si Ramsés estuviera predestinado desde la primera página y nadie pudiera disputarle nada, conoceríamos de antemano no sólo el final histórico, sino también cada paso emocional del trayecto. Chénar introduce la posibilidad de fracaso. El lector sabe quién llegó finalmente a ser faraón; lo que la novela necesita conseguir es que durante unas páginas pueda olvidar que ese resultado estaba escrito hace más de tres mil años.
Historia y novela no hacen el mismo trabajo. Sabemos que Ramsés sucedió a Seti I. No sabemos qué conversaciones privadas, temores o rivalidades acompañaron ese proceso. Jacq convierte esa zona oscura en materia narrativa.
Néfertari, Iset, Moisés y los amigos del príncipe
La transformación del futuro faraón no ocurre solamente dentro de palacio. Jacq rodea al personaje de una pequeña comunidad que le permite explorar diferentes formas de lealtad. Améni, el escriba, y Sétaou, asociado al conocimiento de las serpientes, funcionan como compañeros que acompañan el aprendizaje de Ramsés desde posiciones muy distintas. La amistad se convierte en otra prueba del gobernante: saber reconocer a quienes sirven por fidelidad y distinguirlos de quienes se acercan únicamente al poder.
Moisés ocupa un lugar particularmente llamativo. Jacq lo imagina como compañero hebreo del joven Ramsés y establece así desde el comienzo una relación personal destinada a adquirir importancia dentro de la saga. Esa amistad pertenece al terreno de la ficción. Las discusiones históricas sobre el Éxodo, su cronología y sus protagonistas no permiten documentar una relación juvenil de este tipo, y el lector debe resistir la tentación de convertir la eficacia de una escena en una prueba histórica.
Con Néfertari sucede algo diferente. Su existencia está sólidamente documentada y fue una de las grandes esposas reales de Ramsés II. El Metropolitan Museum conserva, entre otros objetos, una pequeña caja de marfil cuyos cartuchos reúnen precisamente los nombres de Ramsés y Nefertari. La novela toma esa relación histórica y retrocede hacia un territorio que los monumentos no pueden describir: el nacimiento del vínculo amoroso.
Junto a ella aparece Iset la Bella, y la elección sentimental del joven príncipe se integra en la elección política y moral. Jacq utiliza el amor como otro escenario de formación: antes de gobernar a otros, Ramsés debe aprender a gobernar sus propios deseos.
Un egiptólogo que decidió escribir una epopeya
La relación entre historia y ficción resulta especialmente interesante porque Christian Jacq no llegó a Egipto desde fuera. Estudió arqueología y egiptología, obtuvo un doctorado de estudios egiptológicos en la Sorbona y desarrolló durante años una producción paralela de ensayos y novelas. Su fascinación por Ramsés II comenzó además muy pronto: según su propia biografía, en su primer viaje a Egipto, con diecisiete años, una de sus primeras grandes impresiones fue contemplar en Menfis el coloso caído del faraón.
Cuando en 1995 emprendió el proyecto Ramsès, decidió contar aquella vida en cinco volúmenes. Él mismo explicó que para una figura de esa magnitud el formato adecuado era el roman, en la tradición de los grandes narradores orientales. La elección resulta reveladora. Un historiador debe detenerse allí donde desaparecen las pruebas; un novelista puede continuar, siempre que entendamos que a partir de ese punto ha cambiado el estatuto de lo que estamos leyendo.
El hijo de la luz es precisamente el libro donde esa operación resulta más visible porque se ocupa de los años anteriores a la monumentalidad. Del Ramsés rey sobreviven templos, estelas, tratados, relieves e inscripciones. Del muchacho que todavía no había llegado al trono sabemos inevitablemente mucho menos. Allí encuentra Jacq su espacio.
La imagen auténtica que abre una juventud imaginada
Nuestro ejemplar añade un detalle material que resume de manera casi perfecta esa mezcla. La página legal informa de que la ilustración de cubierta procede del Museo del Louvre y representa al joven príncipe Ramsés II. Entre las colecciones del museo existe una pequeña estela bifaz, inventariada como N 522, cuyo anverso representa al rey como niño: aparece sentado, con el dedo en la boca, la mecha de la infancia, diadema, pendientes y brazaletes.
La descripción coincide estrechamente con el relieve reproducido en la cubierta, aunque el volumen no proporciona número de inventario y por ello conviene mantener prudencia al identificar la pieza concreta. Lo importante es lo que la elección revela sobre el proyecto editorial: la cara visible de la novela no es una fantasía moderna sobre Egipto, sino una imagen antigua del propio Ramsés joven.
Hay algo casi programático en esa decisión. El objeto arqueológico certifica que Ramsés fue alguna vez niño. La novela se pregunta qué pudo ocurrir entre ese niño y el coloso que después ordenaría levantar estatuas gigantescas de sí mismo.
El ejemplar de Planeta-DeAgostini de 1998
El volumen conservado en Librería5 forma parte de la colección El Egipto de los faraones, una iniciativa de Planeta-DeAgostini que reunió narrativa y obras relacionadas con el Egipto antiguo. Esta edición apareció en 1998, tres años después de la publicación francesa de Robert Laffont y después de que Planeta hubiera introducido ya la traducción de Mauricio Wacquez en el mercado español.
La materialidad del volumen responde a la identidad gráfica de la colección: fondo negro, cabecera roja, tipografía dorada y una pieza arqueológica aislada como motivo principal. Frente a las portadas de novela histórica que reconstruyen escenas completas mediante ilustración moderna, aquí el pasado se representa mediante un objeto real.
- Título
- Ramsés. El hijo de la luz
- Autor
- Christian Jacq
- Título original
- Ramsès. Le fils de la lumière
- Traducción
- Mauricio Wacquez
- Editorial
- Editorial Planeta-DeAgostini, S.A.
- Colección
- El Egipto de los faraones
- Edición conservada
- 1998
- Edición original
- Éditions Robert Laffont, 1995
- ISBN
- 84-395-6969-6
- Depósito legal
- B. 51.528-1998
- Impresión
- Cayfosa, Santa Perpètua de Mogoda (Barcelona)
- Director editorial
- Virgilio Ortega
- Coordinación
- Asunción Vilella
- Diseño de cubierta
- Hans Romberg
- Realización gráfica
- Jordi Royo
Leer a Jacq entre dos verdades
Ramsés. El hijo de la luz funciona mejor cuando no le exigimos aquello que deliberadamente no pretende ser. No es una reconstrucción documental de cada episodio de la adolescencia de Ramsés II. Tampoco es una fantasía desligada de la historia. Ocupa un espacio intermedio mucho más fértil: utiliza el Egipto que conocemos para imaginar el Egipto que ya no podemos conocer.
Seti I existió. Néfertari existió. Ramsés acabó convirtiéndose en faraón y dejó una cantidad extraordinaria de testimonios de su reinado. Pero Chénar como rival político, las conversaciones privadas entre padre e hijo, las amistades juveniles y gran parte de las pruebas que forman al protagonista pertenecen al arte de la novela.
La tensión entre ambos niveles explica buena parte del atractivo del libro. Sabemos desde el principio que ese adolescente terminará reinando durante décadas. La proeza de Jacq consiste en conseguir que, mientras lo acompañamos, el resultado vuelva a parecer incierto.
Y quizá por eso la cubierta de este ejemplar resulta tan apropiada. Nos entrega un Ramsés niño que pertenece a la arqueología y nos invita a abrir el libro para conocer a otro que pertenece a la literatura.
Fuentes consultadas
Ejemplar de Ramsés. El hijo de la luz conservado en Librería5: cubierta, contracubierta, página legal e introducción.
Christian Jacq — Le Fils de la lumière: Ramsès, tome 1: ficha oficial del primer volumen, edición original, fecha, serie y presentación argumental.
Christian Jacq — biografía oficial: formación del autor como egiptólogo, relación personal con Egipto y concepción literaria de la serie sobre Ramsés.
Bibliothèque Numérique Francophone Accessible — Le fils de la lumière: comprobación bibliográfica de la edición francesa de Robert Laffont de 1995.
Musée du Louvre — estela bifaz N 522 de Ramsés II: descripción de la representación del rey como niño, relacionada con el motivo arqueológico utilizado en la cubierta de esta edición.
British Museum — lista real del templo de Ramsés II en Abidos: contexto monumental de Seti I y su hijo Ramsés II.
The Metropolitan Museum of Art — caja de marfil de la reina Nefertari: testimonio material de Ramsés II y Nefertari como pareja real.
Casa del Libro — edición española de Planeta: contraste de la primera circulación española de la traducción de Mauricio Wacquez anterior a nuestro ejemplar de 1998.