Un abogado rebelde — John Grisham

A Sebastian Rudd no le hace falta un despacho. El último que tuvo acabó destruido y desde entonces ejerce la abogacía dentro de una furgoneta blindada. Lleva una pistola, duerme en lugares distintos cuando considera que alguien puede estar siguiéndolo y viaja acompañado por Partner, un hombre que es al mismo tiempo conductor, guardaespaldas, ayudante jurídico y quizá la única persona en la que confía plenamente.

Pero lo verdaderamente incómodo de Un abogado rebelde no es que su protagonista parezca vivir como alguien perseguido por la mafia. Es la clase de personas a las que decide representar. Sebastian Rudd acepta al acusado que todos consideran culpable, al condenado a muerte, al hombre que ha disparado contra policías y al cliente del que cualquier bufete respetable preferiría mantenerse lejos. Su principio es sencillo y mucho más radical de lo que parece: el derecho a un juicio justo pertenece también a quien nos repugna.

John Grisham convierte esa idea en una novela construida mediante sucesivos conflictos con policías, fiscales, jueces y abogados. Rudd cree en el derecho, pero desconfía profundamente de las instituciones que lo administran. Y cuando está convencido de que sus adversarios hacen trampas, no siempre considera que él deba jugar limpiamente.

Cubierta de Un abogado rebelde de John Grisham, edición Debolsillo
Edición de bolsillo de Un abogado rebelde conservada en Librería5.

El abogado que defiende a quien nadie quiere defender

Sebastian Rudd pertenece a una especie particular dentro de la extensa galería de abogados creada por John Grisham. No es el joven licenciado que descubre una corrupción demasiado grande para él, ni el profesional prestigioso atrapado por una gran corporación, ni el idealista que se enfrenta por primera vez a la maquinaria judicial. Rudd llega a la novela habiendo perdido ya casi todas las ilusiones sobre la respetabilidad del sistema. Conoce el procedimiento, conoce a sus adversarios y conoce también las innumerables maneras en que una investigación puede torcerse antes de que un acusado llegue siquiera ante el jurado.

Su despacho móvil resume perfectamente al personaje. La furgoneta blindada no es sólo una extravagancia destinada a hacerlo memorable: es la consecuencia material de su profesión. Rudd ha conseguido acumular enemigos entre delincuentes, policías, aseguradoras, grandes empresas y otros abogados. No tiene socios, no cultiva una imagen corporativa y no pretende parecer un respetable profesional de traje oscuro rodeado de madera noble. Su derecho se practica en carreteras, cárceles, juzgados hostiles y habitaciones de hotel.

La pregunta fundamental aparece cuando conocemos a sus clientes. Un joven drogadicto y tatuado es acusado de un crimen monstruoso contra dos niñas y todo el entorno parece dispuesto a enviarlo a prisión antes de que comience el juicio. Rudd acepta la defensa. También trabaja para un delincuente condenado a muerte y para un hombre detenido después de disparar contra agentes que entraron por error en su vivienda. Cada caso cambia los hechos, pero conserva la misma tensión: el sistema puede estar funcionando formalmente y, sin embargo, producir una injusticia.

El principio de Sebastian Rudd: el derecho de defensa no es un premio reservado a las buenas personas. Si únicamente reconocemos garantías a quien nos parece inocente o simpático, han dejado de ser garantías.

Una novela hecha de casos que empiezan a entrelazarse

Un abogado rebelde tiene una construcción poco habitual dentro del thriller jurídico de Grisham. Durante sus primeros tramos parece formada por episodios casi autónomos. Rudd entra en un caso, se enfrenta a una situación judicial completa y pasa después a otra. El efecto recuerda por momentos a una colección de relatos protagonizados por el mismo abogado o incluso a una serie televisiva en la que cada capítulo presenta un nuevo conflicto.

La fragmentación inicial no es accidental. Permite que Grisham examine sucesivamente distintos fallos del sistema penal sin tener que concentrarlos artificialmente en un único proceso. En un caso aparece la presión de una comunidad convencida de haber encontrado al culpable; en otro, la pena de muerte; en otro, la militarización de una intervención policial; más adelante, la relación peligrosa entre un abogado y un cliente que conoce información capaz de comprometer a demasiadas personas.

Las líneas comienzan después a cruzarse y la novela va adquiriendo una continuidad que no parecía necesaria en las primeras páginas. Esa transición constituye buena parte de su eficacia. El lector descubre que no está simplemente asistiendo a una sucesión de juicios: está conociendo progresivamente el ecosistema de Sebastian Rudd, sus enemigos, sus lealtades y las consecuencias de una manera de ejercer que convierte cada victoria profesional en un nuevo problema personal.

La crítica estadounidense detectó enseguida esta peculiaridad. Algunos comentaristas observaron que la estructura se parecía menos a la novela judicial clásica que a una narrativa serial. El procedimiento encaja muy bien con Rudd porque el verdadero hilo común no es el delito investigado sino su presencia: un abogado que entra una y otra vez en lugares donde casi todos han dejado de hacerse preguntas.

Presunción de inocencia cuando nadie quiere presumirla

Uno de los conflictos más incómodos del libro surge de la distancia entre la presunción de inocencia como principio jurídico y la presunción de culpabilidad como comportamiento social. El acusado puede entrar formalmente inocente en la sala y encontrarse, sin embargo, con una comunidad que ya ha construido su biografía criminal, una policía que necesita cerrar el caso, un fiscal que desea una condena y unos medios de comunicación que han producido un relato comprensible para el público.

Grisham conoce bien ese territorio. Antes de convertirse en uno de los escritores más vendidos de Estados Unidos ejerció la abogacía durante casi una década, especialmente en asuntos penales y litigios civiles. Su primera novela nació precisamente después de presenciar un juicio que lo impresionó profundamente. Desde entonces, la posibilidad de que el procedimiento y la justicia terminen caminando en direcciones distintas ha reaparecido constantemente en su obra.

Rudd lleva esa desconfianza hasta un extremo incómodo porque tampoco representa una alternativa institucional pura. Sabe utilizar las reglas, pero sabe también cómo rodearlas. Manipula, oculta, provoca y recurre a estrategias que un abogado más convencional probablemente consideraría incompatibles con la ética profesional. No es un cruzado limpio contra un sistema corrupto. Es un hombre convencido de que combate a adversarios que ya están haciendo trampas.

Ahí aparece la cuestión moral más interesante de la novela. Si policía y fiscalía utilizan todo su poder para obtener una condena, ¿hasta dónde puede llegar la defensa para impedirla? La respuesta jurídica debería ser bastante más estrecha que la respuesta de Sebastian Rudd. Grisham aprovecha precisamente esa distancia para producir tensión: queremos que el abogado impida una injusticia, pero no siempre podemos aprobar las herramientas que utiliza para conseguirlo.

La rebeldía de Rudd no consiste en despreciar el derecho. Paradójicamente, nace de tomárselo tan en serio que termina despreciando a quienes utilizan su autoridad institucional para vulnerarlo. El problema comienza cuando esa convicción le sirve también para justificar sus propias transgresiones.

Un Philip Marlowe metido en un juzgado

La comparación de Sebastian Rudd con Philip Marlowe ayuda a comprender por qué el personaje se separa del abogado tradicional de Grisham. Como el detective creado por Raymond Chandler, vive en una relación de proximidad y rechazo con un mundo contaminado. Necesita entrar en él para trabajar, pero se niega a aceptar sus convenciones morales. Su independencia resulta atractiva precisamente porque tiene un precio: pocas amistades, enemigos abundantes y una existencia organizada alrededor de la posibilidad de que alguien quiera vengarse.

El propio lenguaje del personaje contribuye a ello. Rudd narra desde una primera persona áspera, irónica y desconfiada. No idealiza la profesión. Los jueces pueden ser vanidosos, los fiscales pueden preocuparse más por ganar que por acertar y las fuerzas del orden pueden protegerse unas a otras. La institución judicial aparece menos como un templo abstracto de la justicia que como un lugar de trabajo poblado por seres humanos con ambiciones, miedos, prejuicios y carreras profesionales.

Eso permite a Grisham ampliar el foco. El problema de una condena injusta no surge necesariamente de un gigantesco complot. Puede construirse a partir de pequeñas decisiones perfectamente ordinarias: una hipótesis policial demasiado temprana, una prueba interpretada en la dirección conveniente, un testigo poco fiable, un fiscal que no quiere reconocer un error o un jurado que llega al juicio habiendo escuchado durante meses quién debería ser el culpable.

En ese paisaje Rudd cumple la función del extraño que se niega a aceptar el consenso. Su cinismo puede resultar desagradable, pero también le proporciona una ventaja profesional: cuando todos los demás consideran que el caso está resuelto, él todavía pregunta quién necesita que esté resuelto de esa manera.

Policías, pena de muerte y poder institucional

Grisham utiliza los distintos casos para introducir debates que han aparecido repetidamente en su obra. La pena de muerte constituye uno de ellos. Rudd puede encontrarse defendiendo a un hombre difícil de defender moralmente sin que eso elimine la pregunta jurídica sobre el poder del Estado para ejecutarlo, la fiabilidad de una condena o las estrategias utilizadas para mantenerla.

Otro eje es la actuación policial. Una intervención errónea puede desencadenar en segundos una cadena de decisiones en la que alguien que cree estar defendiendo su propia casa termina convertido en acusado. La novela explota el potencial dramático de esa inversión: la autoridad comete el error inicial, pero dispone después de los recursos necesarios para imponer su interpretación de lo ocurrido.

Rudd tampoco siente especial respeto por bancos, aseguradoras o grandes empresas. En esto continúa una tradición reconocible dentro de Grisham. Sus novelas han enfrentado muchas veces a individuos relativamente débiles con organizaciones que disponen de abogados, dinero y capacidad para prolongar un conflicto hasta que el adversario se agota. En Un abogado rebelde, sin embargo, la crítica institucional aparece más dispersa y más cotidiana. No hay un único gigante contra el que luchar: el problema puede surgir en cualquier punto del sistema.

Esa variedad explica una observación especialmente acertada de la recepción estadounidense: Grisham encuentra drama en las pequeñas escaramuzas jurídicas. No necesita que cada capítulo descubra una conspiración nacional. A veces basta con una orden judicial, una identificación equivocada o una declaración dudosa para que una persona pierda años de vida.

John Grisham después de décadas de thriller judicial

Cuando Rogue Lawyer apareció en 2015, John Grisham llevaba más de veinticinco años publicando novelas y ya había convertido el thriller legal en una forma de narrativa popular reconocible en todo el mundo. Ese éxito podía haber convertido una nueva historia de abogados en un ejercicio de repetición. Sebastian Rudd fue una manera de desplazar el centro de gravedad.

El abogado de esta novela no aspira a entrar en una gran firma ni descubre de repente que el prestigioso despacho para el que trabaja esconde algo terrible. Está situado desde el principio fuera de las estructuras respetables. Ha asumido que su independencia lo obliga a vivir incómodamente y parece incluso disfrutar de su reputación de profesional indeseable.

La recepción fue bastante diversa. Hubo críticos que celebraron la energía, la estructura y la voz del protagonista, mientras otros vieron un procedimiento demasiado familiar. Esa diferencia de opiniones resulta lógica porque el libro vive precisamente en esa frontera: conserva los mecanismos que hicieron famoso a Grisham —juicios, pruebas, fiscales, policías, abogados bajo presión— pero los organiza alrededor de un personaje mucho menos tranquilizador que sus héroes jurídicos tradicionales.

Rudd tuvo además una pequeña vida posterior. Grisham publicó en 2016 Partners, una precuela breve que explica el origen de su relación con Partner. La existencia de ese relato confirma que el dúo había sido concebido con suficiente entidad propia como para sostener historias más allá del argumento principal de Rogue Lawyer.

La edición española conservada en Librería5

Nuestro ejemplar pertenece a la edición de Debolsillo publicada en marzo de 2018. La página legal utiliza una formulación precisa: «primera edición con este formato». La aclaración es importante porque Un abogado rebelde ya había aparecido en castellano en 2016 bajo el sello Plaza & Janés. La traducción de ambas ediciones corresponde a Sergio Lledó Rando.

La portadilla presenta el volumen como parte de la Biblioteca John Grisham, mientras que la cubierta lleva la identificación comercial Best Seller. Su diseño utiliza un gran automóvil americano detenido bajo un cielo oscuro, una imagen especialmente apropiada para una novela cuyo protagonista ha convertido un vehículo en despacho, refugio y elemento indispensable de su manera de ejercer.

Contracubierta de Un abogado rebelde de John Grisham
La contracubierta presenta los casos de Sebastian Rudd y conserva el precio impreso de 9,95 €.

Título: Un abogado rebelde

Autor: John Grisham

Título original: Rogue Lawyer

Traducción: Sergio Lledó Rando

Editorial: Debolsillo / Penguin Random House Grupo Editorial

Serie indicada en portadilla: Biblioteca John Grisham

Colección comercial: Best Seller

Edición: primera edición con este formato, marzo de 2018

ISBN: 978-84-663-4310-7

Depósito legal: B-260-2018

Páginas: 496

Impresión: Liberduplex, Sant Llorenç d’Hortons (Barcelona)

Precio impreso: 9,95 €

Papel: certificado FSC, código C117895

La página de derechos permite reconstruir también el recorrido temporal de la obra. El copyright original corresponde a 2015; la traducción española está fechada en 2016 y nuestra edición añade el año 2018. En apenas tres años, por tanto, la novela pasó de la edición estadounidense de Doubleday a la traducción española de Plaza & Janés y finalmente a esta edición de bolsillo destinada a una circulación más amplia.

El verdadero problema de Sebastian Rudd

Resultaría fácil reducir Un abogado rebelde a la caricatura de un abogado armado que conduce una furgoneta blindada y utiliza métodos poco ortodoxos. Pero esa extravagancia funciona porque debajo existe una pregunta jurídica mucho más seria. La justicia penal depende de instituciones que poseen un enorme poder sobre el individuo, y ese poder no deja de ser peligroso porque quienes lo ejercen estén convencidos de actuar correctamente.

Rudd ha decidido colocarse exactamente al otro lado de esa fuerza. No pregunta primero si su cliente merece simpatía. Pregunta si el Estado puede probar aquello de lo que lo acusa y si lo está haciendo respetando las reglas. Esa posición es esencial en cualquier sistema garantista y, al mismo tiempo, extraordinariamente impopular cuando el acusado despierta rechazo.

La novela se vuelve más interesante cuando tampoco permite convertir al defensor en santo. Sebastian manipula y fuerza las reglas. Su propia conducta obliga a distinguir entre la justicia que persigue y los métodos que emplea para obtenerla. Así, el título español funciona en dos sentidos: Rudd es rebelde frente a las instituciones, pero también frente a los límites éticos de su propia profesión.

Quizá ahí se encuentre la razón por la que el personaje sigue siendo memorable entre tantos abogados creados por Grisham. No representa la afirmación tranquilizadora de que el sistema funciona cuando aparece un buen profesional. Representa algo bastante más incómodo: que a veces el sistema necesita a alguien dispuesto a enfrentarse a él, y que ese alguien puede ser tan problemático como aquello que combate.

Fuentes consultadas

Ejemplar de Un abogado rebelde conservado en Librería5: cubierta, contracubierta, portadilla y página legal.

John Grisham — Rogue Lawyer: presentación oficial de Sebastian Rudd, sus clientes y el planteamiento de la novela.

John Grisham — Biografía oficial: trayectoria del autor, relación con el derecho penal y colaboración con organizaciones dedicadas a condenas erróneas.

Penguin Random House — Rogue Lawyer: fecha de publicación original, datos editoriales y recepción crítica.

Penguin Libros — Un abogado rebelde: edición española y traducción de Sergio Lledó Rando.

The Washington Post — reseña de Maureen Corrigan: análisis de la estructura episódica de la novela y del carácter de Sebastian Rudd.

Book Marks — recepción crítica de Rogue Lawyer: recopilación de reseñas, incluida la valoración de Benjamin Percy en The New York Times Book Review y la comparación de Rudd con un Philip Marlowe del siglo XXI.