El jugador — Fiódor Dostoievski

Dostoievski tenía menos de un mes para escribir una novela. Si no la entregaba antes del 1 de noviembre de 1866, el editor con quien había firmado un contrato podría publicar durante años sus obras sin pagarle derechos.

El problema era que Dostoievski estaba terminando Crimen y castigo, debía dinero por todas partes y todavía no había escrito la novela prometida. El 4 de octubre apareció en su casa una joven estudiante de taquigrafía llamada Anna Grigórievna Snítkina. Durante las semanas siguientes él dictó y ella tomó notas, pasó páginas a limpio y convirtió una carrera desesperada contra el calendario en un manuscrito terminado.

La novela se llamaría El jugador. Dostoievski la completó en unos veintiséis días, salvó sus derechos de autor y pocos meses después se casó con la taquígrafa que le había ayudado a conseguirlo. Nuestro ejemplar pertenece a otra historia de difusión popular: es el Libro RTV número 5 de la Biblioteca Básica Salvat, publicado en 1969 con traducción directa del ruso de José Laín Entralgo.

El jugador de Fedor Dostoievski, Libro RTV número 5
Ejemplar de 1969 de El jugador, número 5 de la Biblioteca Básica Salvat de Libros RTV.

La novela que debía existir antes del 1 de noviembre

La creación de El jugador parece escrita por el propio Dostoievski. En 1865, acosado por deudas y necesitado de dinero inmediato, había firmado un contrato con el editor Fiódor Stellovski. El acuerdo le proporcionaba un anticipo, pero escondía una condición extraordinariamente peligrosa: Dostoievski debía entregar una obra nueva antes del 1 de noviembre de 1866. Si incumplía, Stellovski obtendría durante nueve años el derecho a publicar las obras que el escritor produjera sin abonarle remuneración.

Dostoievski conocía perfectamente el peligro y, sin embargo, durante 1866 estaba absorbido por una novela bastante más importante para él: Crimen y castigo. La publicación por entregas avanzaba mientras el plazo de Stellovski continuaba acercándose. Al comenzar octubre la situación era casi absurda. Faltaban unas cuatro semanas y el libro prometido todavía no existía como manuscrito terminado.

Un amigo le aconsejó recurrir a la taquigrafía, un procedimiento que Dostoievski nunca había utilizado para escribir ficción. El profesor Pavel Oljin recomendó a una de sus mejores alumnas, Anna Grigórievna Snítkina, de veinte años. Ella llegó a la casa del escritor el 4 de octubre y comenzó una rutina agotadora. Dostoievski preparaba escenas y materiales, después dictaba durante varias horas; Anna registraba el texto mediante taquigrafía, regresaba a casa para pasarlo a limpio y llevaba las páginas nuevamente al escritor para su revisión.

El procedimiento funcionó. En aproximadamente veintiséis días la novela estuvo terminada. Las reconstrucciones más precisas sitúan el fin del dictado hacia el 29 de octubre, seguido por la preparación de la copia definitiva y las últimas correcciones. Dostoievski había convertido un trabajo que parecía imposible en una carrera de producción diaria donde cada página tenía una consecuencia económica inmediata.

El autor de una novela sobre la ruleta estaba realizando al mismo tiempo una apuesta mucho mayor: si perdía contra el calendario, podía perder durante nueve años el control económico de aquello que todavía no había escrito.

La historia tuvo un último episodio digno de ficción. Cuando llegó el momento de entregar el manuscrito, Stellovski no estaba disponible. El riesgo era evidente: si el editor podía alegar que no había recibido nada antes del plazo, la cláusula contractual podía activarse. Anna ayudó a encontrar una solución práctica y el manuscrito fue presentado ante una autoridad policial para que quedara constancia oficial de la entrega. Dostoievski consiguió así probar que había cumplido.

La colaboración no terminó con el libro. Pocos días después el escritor pidió matrimonio a Anna y ambos se casaron en febrero de 1867. La joven contratada para salvar una novela se convirtió en la compañera de Dostoievski durante el resto de su vida y en una figura esencial para organizar una existencia que hasta entonces había estado marcada por el desorden financiero, los acreedores y las decisiones impulsivas.

Un jugador escribiendo sobre aquello que no podía dejar de hacer

La elección del argumento estaba muy lejos de ser arbitraria. Dostoievski conocía personalmente la ruleta desde sus viajes por Europa occidental. En 1863 había jugado en Wiesbaden y durante los años siguientes pasó por distintos casinos alemanes y centroeuropeos. El patrón se repitió demasiadas veces: una ganancia inicial parecía demostrar que había encontrado un sistema, aquella sensación aumentaba la confianza, las apuestas crecían y finalmente las pérdidas obligaban a pedir dinero, empeñar objetos o buscar nuevos recursos.

La novela convierte esa experiencia en la conciencia de Alexéi Ivánovich, un joven tutor ruso que trabaja para la familia de un general arruinado instalada temporalmente en una ciudad balnearia ficticia llamada Roulettenburg. En torno a ellos todo depende del dinero que existe, del que se debe o del que todavía no ha llegado. El general espera una herencia; otros personajes calculan matrimonios y relaciones según las fortunas disponibles; Polina necesita dinero y mantiene con Alexéi una relación de atracción, desprecio, dependencia y humillación.

La ruleta aparece dentro de ese sistema como una promesa radicalmente diferente del ahorro, el trabajo o la paciencia. No exige esperar años. Una sola combinación puede convertir en minutos al pobre en rico y hacer que quien estaba sometido a los demás pueda mirarlos de otra manera. Precisamente por eso la derrota no destruye necesariamente la fe del jugador. Siempre puede interpretarse como el paso anterior a la victoria que todavía no ha llegado.

Dostoievski comprendía esa lógica desde dentro. La crítica ha destacado repetidamente que El jugador es una de sus obras más abiertamente autobiográficas, no porque Alexéi sea un simple retrato del escritor, sino porque la experiencia psicológica del juego procede de alguien que había conocido personalmente la excitación de ganar, la incapacidad de detenerse y la reconstrucción mental que permite convertir cada pérdida en argumento para una apuesta posterior.

También Polina tiene una raíz biográfica. La relación tormentosa entre Alexéi y ella guarda ecos de la relación de Dostoievski con Apolinaria —Polina— Súslova, con quien había viajado por Europa. Esto no convierte la novela en la transcripción de un diario sentimental, pero ayuda a entender por qué amor y juego se parecen tanto dentro del relato: en ambos casos Alexéi acepta humillaciones, interpreta señales contradictorias y permanece convencido de que un giro inesperado puede cambiar completamente su situación.

La autobiografía proporciona materiales, no equivalencias exactas. Alexéi no es simplemente Dostoievski y Polina no es simplemente Súslova. La novela transforma experiencias personales en un sistema narrativo mucho más amplio sobre dinero, deseo, orgullo y dependencia.

Roulettenburg: una ciudad entera organizada alrededor de la apuesta

Antes de llamarse El jugador, el manuscrito llevaba otro título: Roulettenburg. La diferencia es importante. El título definitivo concentra la atención sobre Alexéi, mientras el primero parecía indicar que el verdadero protagonista podía ser el lugar donde todos se encuentran atrapados.

Roulettenburg no corresponde exactamente a una sola ciudad alemana. Dostoievski combina recuerdos de los balnearios y casinos que conoció con un nombre deliberadamente ficticio. El resultado es una especie de territorio internacional del dinero donde conviven rusos, franceses, alemanes, ingleses y polacos, todos observándose y midiendo su posición mediante deudas, fortunas, créditos y expectativas.

El casino ocupa el centro simbólico de ese mundo. Allí las diferencias sociales pueden alterarse durante unos minutos porque el dinero cambia de manos a una velocidad que ninguna profesión respetable permitiría. Pero la igualdad es ilusoria. Los personajes continúan cargando con prejuicios nacionales, intereses económicos y relaciones de poder. La mesa de ruleta no elimina la sociedad; la acelera.

Dostoievski utiliza además esas diferencias para contraponer distintas maneras de relacionarse con el dinero. Frente a la acumulación prudente y calculada que atribuye a algunos europeos occidentales, el personaje ruso aparece dispuesto a arriesgarlo todo en una sola operación. La caricatura nacional pertenece claramente a las ideas y prejuicios del escritor del siglo XIX, pero cumple una función precisa: la ruleta se convierte en una versión extrema de la fantasía de conseguir inmediatamente aquello que una vida ordenada exigiría obtener poco a poco.

Quizá por eso el cambio de título empobreció ligeramente una de las intuiciones originales de Dostoievski. Alexéi es un jugador, pero Roulettenburg está llena de personas que también apuestan aunque nunca toquen una ficha. El general apuesta por una herencia; De Grieux apuesta por los negocios y las deudas; Blanche apuesta por un matrimonio ventajoso; Polina intenta recuperar margen de acción dentro de relaciones económicas que la condicionan. Todos esperan que ocurra algo capaz de cambiar su posición.

Una obra escrita deprisa que no parece escrita deprisa

Las circunstancias de composición podrían hacer esperar un texto apresurado, construido simplemente para cumplir un contrato. Sin embargo, El jugador no se comporta como una pieza de relleno. Su primera persona produce una sensación de inmediatez especialmente adecuada para una conciencia dominada por impulsos, y la propia velocidad de la narración se adapta perfectamente a personajes que pasan del cálculo a la excitación y de la esperanza al desastre en cuestión de horas.

El relato tampoco necesita la estructura monumental de Crimen y castigo o Los hermanos Karamazov. Su concentración forma parte de su eficacia. Alexéi explica mucho y, al mismo tiempo, comprende bastante menos de lo que cree. Cada interpretación de Polina, del dinero o de sí mismo puede cambiar en la página siguiente. El lector observa así no sólo lo que ocurre, sino la extraordinaria capacidad del personaje para reorganizar mentalmente los hechos de manera que su siguiente decisión todavía parezca razonable.

La llegada de la anciana Antonida Vasílievna introduce una de las grandes ironías del libro. Buena parte de la familia espera su muerte porque necesita la herencia, pero la mujer aparece viva, activa y decidida a conocer precisamente aquello que todos consideran peligroso. La ruleta demuestra entonces que no necesita seleccionar previamente a sus víctimas por edad, experiencia o inteligencia. Puede convertir la curiosidad en obstinación con la misma rapidez con que transforma una ficha en ganancia o pérdida.

En el tramo final, la gran victoria de Alexéi tampoco funciona como solución. Dostoievski evita la estructura moral más sencilla según la cual perder demuestra la insensatez del juego y ganar premia al jugador inteligente. Una ganancia enorme puede ser casi tan destructiva como una derrota si lo que cambia no es la relación del personaje con la ruleta, sino únicamente la cantidad que tiene disponible para seguir jugando.

José Laín Entralgo: el ruso llegó directamente al castellano

La página legal de nuestro ejemplar especifica algo que merece conservarse literalmente en la catalogación: «Traducción del ruso por José Laín Entralgo». No estamos, por tanto, ante una versión declaradamente intermediada por francés, inglés u otra lengua, algo que sí ocurrió históricamente con muchas traducciones españolas de literatura rusa.

La biografía del traductor hace especialmente interesante esa indicación. José Laín Entralgo nació en Urrea de Gaén en 1910 y, después de su actividad política durante los años treinta, pasó parte de su exilio en la Unión Soviética. Allí se dedicó a la docencia y desde mediados de los años cuarenta comenzó una intensa actividad de traducción de autores rusos. Regresó a España en 1957 y trabajó como traductor para Aguilar y para el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Su catálogo incluye Gógol, Chéjov, Bulgákov, Tolstói, Shólojov y varias obras de Dostoievski. La Universidad de Alicante registra específicamente El jugador de Salvat de 1969 y las numerosas reediciones posteriores que reutilizaron su versión. De este modo, un libro popular de gran tirada llevaba a los hogares españoles una traducción realizada por alguien que había vivido durante años dentro del ámbito lingüístico y cultural ruso.

La edición incorpora además un prólogo de Carlos Pujol, escritor, crítico, traductor y estudioso de la literatura europea. Su texto explica con bastante detalle la situación económica de Dostoievski y la presión del contrato con Stellovski, precisamente el episodio que mejor permite comprender las condiciones extraordinarias en que nació la novela.

Hay, sin embargo, un pequeño lapsus visible ya en su primera frase. El prólogo afirma que en 1866 Dostoievski tenía cuarenta y siete años. El escritor había nacido en 1821 y aquel año cumplía cuarenta y cinco. El error no afecta a la explicación posterior, pero constituye una de esas pequeñas peculiaridades que sólo aparecen cuando se estudia la edición concreta en lugar de hablar únicamente de la obra.

El Libro RTV número 5

Nuestro ejemplar pertenece a la primera serie histórica de la Biblioteca Básica Salvat de Libros RTV, iniciada en 1969 por Salvat Editores con la colaboración de Alianza Editorial. El proyecto nació después de un concurso convocado por el Ministerio de Información y Turismo y contó con el apoyo de Radio Nacional de España y Televisión Española, que autorizaron el empleo de las iniciales RTV.

La colección pretendía construir una biblioteca doméstica accesible y extraordinariamente variada. Los cien números acabaron mezclando narrativa, teatro, poesía, historia, ciencia, medicina, arte, música, cine y otras materias. En aquella secuencia, El jugador ocupó el número 5: uno de los primeros títulos con los que el proyecto comenzó a definir la idea de qué debía contener una «biblioteca básica» destinada a un público masivo.

La cubierta responde completamente a esa filosofía. No representa un casino, una ruleta ni un retrato del escritor. El diseño está subordinado a la identidad general de la serie: fondo claro, tipografía de palo seco, gran bloque rojizo y el número «libro RTV 5» en la zona superior. El lector debía reconocer primero la colección y después incorporar cada nuevo volumen a un conjunto visual coherente.

La página legal permite identificar nuestra copia sin trasladarle datos de posteriores Biblioteca Básica Salvat. Lleva © 1969 de Salvat Editores y Alianza Editorial, depósito legal M. 9.611-1969 y fue impresa por Altamira-Rotopress, S. A., en Madrid. Declara además expresamente que se trata de una edición íntegra. En las páginas observadas del ejemplar no aparece ISBN, por lo que no se incorpora ninguno a la ficha aunque algunos registros comerciales modernos asignen códigos a determinadas reediciones o reimpresiones.

Título
El jugador
Autor
Fedor Dostoievski
Forma canónica del autor
Fiódor Dostoievski
Título original
Игрок — Igrok
Primera publicación
San Petersburgo, 1866, dentro de la edición de obras de F. Stellovski
Título inicial del manuscrito
Roulettenburg
Traducción
José Laín Entralgo, directamente del ruso
Prólogo
Carlos Pujol
Editoriales
Salvat Editores, S. A. y Alianza Editorial, S. A.
Colección
Biblioteca Básica Salvat de Libros RTV
Número
5
Año
1969
Edición
Edición íntegra especialmente autorizada para Biblioteca Básica Salvat
Extensión
188-189 páginas según los distintos registros bibliográficos de esta edición
Depósito legal
M. 9.611-1969
Impresión
Altamira-Rotopress, S. A., Padre Damián, 19, Madrid
Encuadernación
Rústica ilustrada
ISBN
No figura en las páginas observadas de nuestro ejemplar
Peculiaridad
El prólogo contiene un pequeño error biográfico al atribuir cuarenta y siete años a Dostoievski en 1866, cuando aquel año cumplía cuarenta y cinco.

Hay algo especialmente apropiado en que El jugador apareciera como uno de los primeros títulos de una biblioteca popular española. La novela había nacido bajo una presión económica extrema, dictada a gran velocidad para impedir que un contrato convirtiera el futuro literario de Dostoievski en propiedad de otro hombre. Un siglo después, aquella obra escrita para salvar derechos y pagar deudas se producía industrialmente para entrar por unas pocas pesetas en miles de bibliotecas domésticas.

Entre ambos momentos permanece la misma paradoja. Alexéi cree que una sola vuelta de la ruleta puede rescatarlo de todo lo anterior. Dostoievski, en octubre de 1866, también necesitaba que una sola obra cambiara de golpe su situación. La diferencia es que esta vez su apuesta no dependió de una bola saltando entre números rojos y negros. Dependió de veintiséis días de trabajo y de una joven taquígrafa que llegó a su casa cuando casi se había acabado el tiempo.

Fuentes utilizadas para contextualizar la obra