Heidi — Johanna Spyri

Heidi de Juana Spyri, Historias Infantil número 9, Editorial Bruguera, 1968 Cubierta de Heidi, número 9 de Historias Infantil, Editorial Bruguera. Primera edición en la colección: septiembre de 1968.
Historias Infantil nº 9. Editorial Bruguera, Barcelona, 1968. Una pequeña edición que reúne literatura suiza del siglo XIX, ilustración española de los años cincuenta, adaptación industrial de los sesenta y una imagen de Heidi anterior a la que después impondría la televisión.
Seis años antes de que la serie japonesa de Isao Takahata convirtiera a Heidi en uno de los personajes infantiles más reconocibles de la televisión, Editorial Bruguera publicó en Barcelona esta diminuta versión de la novela de Johanna Spyri. El ejemplar parece sencillo, pero su página de créditos permite reconstruir varias capas de historia editorial: una adaptación de María Victoria Rodoreda fechada en 1968, ilustraciones de Ángel Badía Camps protegidas desde 1959, una sobrecubierta original de Manfred Sommer que ya no se conserva y una fórmula que sitúa inmediatamente el volumen en su época: «Con licencia eclesiástica».

Ficha bibliográfica

Autora: Johanna Spyri, presentada en la cubierta como «Juana Spyri»

Título: Heidi

Editorial: Editorial Bruguera, S. A.

Colección: Historias Infantil

Número: 9

Edición: 1.ª edición en Historias Infantil

Fecha: septiembre de 1968

Adaptación: M.ª Victoria Rodoreda

Ilustraciones interiores: Ángel Badía Camps

Copyright de las ilustraciones: 1959

Sobrecubierta original: Manfred Sommer, 1968

Encuadernación: cartoné

Depósito legal: B. 27.789-1968

Número de registro: N. R. 5.402-68

Impresión: Talleres Gráficos de Editorial Bruguera, S. A.

Dirección: Mora la Nueva, 2, Barcelona

Indicación editorial: «Con licencia eclesiástica»

Un libro de 1968 que contiene materiales de los años cincuenta

Lo primero que llama la atención al examinar el ejemplar es la superposición de fechas. La edición pertenece a septiembre de 1968 y la adaptación de María Victoria Rodoreda está registrada ese mismo año. También corresponde a 1968 la sobrecubierta diseñada por Manfred Sommer. Sin embargo, las ilustraciones interiores de Ángel Badía Camps conservan un copyright de 1959.

No se trata de una incoherencia, sino de una característica esencial del sistema industrial de Bruguera. La editorial disponía de un enorme fondo de textos, adaptaciones, historietas e ilustraciones que podía recuperar cuando reorganizaba sus colecciones. Una imagen creada para una edición anterior no tenía por qué desaparecer cuando aquella serie dejaba de publicarse: podía integrarse años después en un formato diferente y alcanzar a una nueva generación de lectores.

El volumen de 1968 reúne en un mismo objeto una novela del siglo XIX, material gráfico procedente de la Bruguera de los años cincuenta y una nueva adaptación realizada para el mercado infantil de finales de los sesenta.

La página de créditos

Página de créditos de Heidi, Editorial Bruguera, Historias Infantil, 1968 Página de créditos: adaptación de M.ª Victoria Rodoreda, sobrecubierta de Sommer, ilustraciones de Ángel Badía Camps y primera edición en Historias Infantil de septiembre de 1968.

La página legal permite observar la división del trabajo que se ocultaba detrás de un producto aparentemente elemental. Bruguera se reserva la disposición y presentación del volumen, identifica a Rodoreda como responsable de la adaptación, reconoce el trabajo de Sommer en la sobrecubierta y atribuye a Badía las ilustraciones. La documentación de propiedad intelectual de la época permite además precisar que Badía estuvo relacionado también con el material de cubierta.

Tenemos, por tanto, un libro colectivo. La obra literaria pertenece a Spyri, pero su transformación en objeto infantil español depende de adaptadores, ilustradores, diseñadores, técnicos, impresores y responsables editoriales. La gran industria cultural de Bruguera funcionaba precisamente mediante esa división de tareas.

La sobrecubierta original ha desaparecido

La fotografía que conservamos no muestra la sobrecubierta original, sino el cartoné del libro. La propia página de créditos elimina cualquier duda al indicar expresamente «© Sommer - 1968 sobre la sobrecubierta». Cuando el volumen salió de los talleres llevaba, por tanto, una pieza gráfica adicional cubriendo la encuadernación que hoy vemos.

Su pérdida no tiene nada de extraordinario. Las sobrecubiertas de los libros infantiles eran especialmente vulnerables: se rasgaban, se desprendían o se eliminaban cuando empezaban a resultar incómodas. Muchos ejemplares han llegado hasta hoy sin ellas mientras la encuadernación rígida que protegía el bloque interior ha sobrevivido.

La ausencia también tiene una consecuencia interesante. Nos permite contemplar directamente una cubierta que el comprador de 1968 veía inicialmente bajo otra envoltura y que durante buena parte de la vida del libro permaneció destinada a una función secundaria.

Ángel Badía Camps y la Heidi anterior de Bruguera

La fecha de 1959 junto al nombre de Ángel Badía Camps conduce hacia una etapa anterior de la editorial. Bruguera llevaba años desarrollando la fórmula de la Colección Historias, en la que clásicos de la literatura se adaptaban mediante una combinación muy característica de narración tradicional e historieta. El lector podía seguir el texto, recorrer las secuencias dibujadas o alternar ambos modos.

Heidi ya había pasado por aquella maquinaria editorial antes de llegar a Historias Infantil. Una versión de los años cincuenta contó con adaptación vinculada a Pilar Gavín y dibujos de Ángel Badía. Cuando Bruguera reorganizó el producto para la nueva colección de 1968, aprovechó parte de aquel patrimonio gráfico y lo integró en una edición de menor tamaño y con una adaptación renovada.

La misma obra podía así sobrevivir a varias colecciones sin permanecer idéntica. Cambiaban el formato, la presentación, determinados textos y algunos responsables editoriales, mientras otras piezas —sobre todo las ilustraciones— pasaban de una encarnación a otra.

Lo que hoy llamaríamos «reutilización de activos» era una práctica cotidiana de la industria editorial: Bruguera construía un archivo de materiales que podía reorganizar y volver a explotar durante años.

Qué era Historias Infantil

Historias Infantil adaptaba a un público más joven la fórmula que Bruguera había explotado con éxito en sus colecciones de clásicos ilustrados. Los volúmenes eran pequeños, resistentes y fácilmente reconocibles, con encuadernación en cartoné y una presencia importante de imágenes. La combinación permitía construir una biblioteca infantil manejable y relativamente asequible alrededor de títulos y personajes que los padres identificaban inmediatamente.

El número 9 dentro del pequeño círculo de la cubierta forma parte de esa lógica seriada. La numeración invitaba a continuar. El niño no recibía únicamente Heidi, sino una pieza de una colección cuya unidad visual hacía deseable la presencia de los títulos siguientes.

Del original suizo a la edición de Barcelona

1880 Johanna Spyri publica la primera parte de la historia de Heidi en alemán.
1881 Aparece la continuación y queda configurada la historia que terminará convirtiéndose en uno de los grandes clásicos infantiles europeos.
Década de 1920 La obra circula ya en ediciones españolas.
Años cincuenta Bruguera incorpora Heidi a su universo de clásicos ilustrados.
1959 Fecha de copyright de las ilustraciones de Ángel Badía Camps que reaparecen en este ejemplar.
Septiembre de 1968 Primera edición de Heidi dentro de Historias Infantil, adaptada por M.ª Victoria Rodoreda.
1974 La serie japonesa dirigida por Isao Takahata transforma internacionalmente la imagen visual del personaje.

«Juana Spyri»: cuando también se traducían los nombres

La cubierta identifica a la autora como «Juana Spyri». Para un lector actual puede parecer extraño, pero la castellanización de nombres extranjeros fue una práctica editorial habitual durante mucho tiempo. Jules Verne circuló como Julio Verne, Alexandre Dumas como Alejandro Dumas y Johanna Spyri podía convertirse con absoluta naturalidad en Juana Spyri.

La forma no pretendía ocultar a la escritora, sino acercar el nombre al sistema lingüístico del lector. Su supervivencia en esta portada convierte un elemento aparentemente insignificante en un marcador cronológico: una edición contemporánea de Heidi difícilmente adoptaría ya ese criterio.

La novela original: bastante más que cabras y montañas

Johanna Louise Spyri nació en Suiza en 1827. La historia que acabaría eclipsando el resto de su producción apareció originalmente en dos partes: Heidis Lehr- und Wanderjahre, en 1880, y Heidi kann brauchen, was es gelernt hat, en 1881.

La imagen popular de la novela se concentra con frecuencia en el paisaje alpino, las cabras, Pedro, Clara y el abuelo, pero la arquitectura original es bastante más rica. El contraste entre naturaleza y ciudad, libertad y disciplina, salud y enfermedad o sencillez rural y vida burguesa organiza buena parte de la narración. Existe además una dimensión religiosa considerable: oración, providencia, reconciliación y transformación moral poseen mucha más presencia en Spyri de la que podría recordar quien conozca únicamente algunas adaptaciones modernas.

Una Heidi anterior a la televisión

Ésta es probablemente la característica visual más atractiva del ejemplar. Fue publicado en 1968, seis años antes de la serie japonesa Arupusu no Shōjo Haiji. La niña que aparece en la cubierta de Bruguera no puede derivar de aquella producción ni intenta reproducir su diseño. Pertenece a una genealogía iconográfica completamente independiente.

La distinción resulta importante porque la televisión tuvo tanto éxito que terminó produciendo una ilusión retrospectiva. Para millones de espectadores, Heidi «siempre» tuvo el aspecto fijado por la animación japonesa. Pero durante casi un siglo el personaje había sido representado de maneras muy diferentes por ilustradores de numerosos países.

Este ejemplar conserva una Heidi anterior a la Heidi que terminó dominando nuestra memoria colectiva.

Takahata y Miyazaki todavía estaban en el futuro

La serie de 1974 fue dirigida por Isao Takahata y contó con la participación destacada de Hayao Miyazaki, dos creadores que años después resultarían fundamentales para la historia de Studio Ghibli. La producción prestó una atención extraordinaria al paisaje alpino y alcanzó una difusión internacional capaz de modificar para siempre la representación visual del personaje.

Su éxito ilustra un fenómeno frecuente en la cultura popular: una adaptación posterior puede llegar a ser tan poderosa que termine sustituyendo mentalmente al original y a todas las imágenes que la precedieron. Algo semejante ocurre con Don Quijote después de Doré, Alicia después de Tenniel y Disney o Sherlock Holmes después de ciertas interpretaciones teatrales y cinematográficas.

La cubierta de Bruguera pertenece precisamente al mundo anterior a esa fijación.

María Victoria Rodoreda y la literatura industrial

La adaptación de 1968 está atribuida a María Victoria Rodoreda Sayol, una de tantas profesionales cuya presencia resulta indispensable para entender la enorme producción de las editoriales populares españolas. Su trabajo no respondía al modelo romántico del escritor dedicado durante años a una única obra. La industria requería rapidez, versatilidad y capacidad para moverse entre géneros y formatos muy diferentes.

Adaptar Heidi significaba algo distinto de preparar una edición filológica de Spyri. Había que conseguir que una novela del siglo XIX funcionara dentro de un volumen infantil compacto, ilustrado y producido según las necesidades de Bruguera en 1968. La adaptación era, por tanto, una intervención editorial con un público y un formato perfectamente definidos.

Ángel Badía Camps: una ilustración que sobrevivió a su primera edición

Ángel Badía Camps desarrolló una extensa carrera como ilustrador e historietista, tanto dentro como fuera de Bruguera. En este ejemplar tiene una importancia especial porque sus dibujos permiten seguir físicamente la continuidad entre distintas etapas editoriales.

El volumen de 1968 ya no es el mismo para el que aquellas imágenes habían sido concebidas inicialmente, pero una parte del universo visual anterior sigue allí. Las ilustraciones se convierten así en una especie de estrato arqueológico: material de los años cincuenta conservado dentro de un producto editorial de finales de los sesenta.

Manfred Sommer y la pieza que falta

La sobrecubierta de 1968 estaba asociada a Manfred Sommer, dibujante que posteriormente sería conocido sobre todo por obras muy alejadas de este universo infantil, entre ellas Frank Cappa. Su presencia en Heidi muestra hasta qué punto los profesionales españoles del dibujo podían trabajar para públicos y géneros muy diferentes.

No había necesariamente una frontera rígida entre ilustración infantil, historieta, cubierta editorial y cómic adulto. Lo que había eran profesionales capaces de adaptarse a los distintos encargos de una industria muy amplia.

«Con licencia eclesiástica»

«Con licencia eclesiástica»

Entre todos los datos de la página legal, pocos sitúan el ejemplar en su momento histórico con tanta rapidez.

España seguía bajo la dictadura franquista y la literatura destinada a niños circulaba en un entorno en el que la formación moral se consideraba parte fundamental de la función del libro. Conviene, sin embargo, no confundir conceptos: licencia eclesiástica y censura estatal no eran exactamente lo mismo. La expresión impresa alude específicamente a una autorización de naturaleza religiosa, aunque ambos sistemas de control coexistieran dentro del marco cultural de la época.

En Heidi, además, esa dimensión religiosa no era completamente ajena al original. Spyri había escrito una novela en la que la fe cristiana, la providencia, el perdón y la regeneración personal poseen un peso significativo. La licencia no debe interpretarse automáticamente como prueba de una alteración concreta del texto, pero sí como testimonio de las condiciones bajo las que un libro infantil circulaba en España en 1968.

Los niños también eran un territorio ideológico

La literatura infantil merecía especial atención porque no se concebía únicamente como entretenimiento. Los libros participaban en la formación de modelos familiares, valores, concepciones religiosas y formas de autoridad. Eso no significa que cada obra fuese reescrita exhaustivamente por un censor, ni que todos los procesos editoriales fueran idénticos. Las prácticas variaron con los años, los géneros y las editoriales.

Pero la presencia material de «Con licencia eclesiástica» evita que proyectemos sobre el volumen las condiciones actuales del mercado infantil. Un libro nunca aparece en el vacío: también pertenece a las instituciones que permitieron su publicación.

Bruguera como fábrica cultural

La historia de este pequeño Heidi es inseparable de Editorial Bruguera, una de las grandes máquinas de cultura popular de la España del siglo XX. Sus talleres produjeron tebeos, novelas de quiosco, libros infantiles, traducciones, humor, aventuras y colecciones de clásicos en cantidades enormes.

Para sostener esa producción era necesaria una amplia red de profesionales: escritores, traductores, adaptadores, guionistas, dibujantes, rotulistas, correctores, técnicos e impresores. El lector recibía un libro terminado; la página de créditos nos permite desmontar parcialmente ese objeto y contemplar la industria que había detrás.

En este ejemplar se ve esa maquinaria con especial claridad: Spyri aporta la obra original; Rodoreda la adapta; Badía proporciona buena parte de su lenguaje gráfico; Sommer crea la sobrecubierta y Bruguera organiza, imprime y distribuye el conjunto.

El cartoné y la supervivencia

La encuadernación rígida tampoco era una decisión trivial. Un libro infantil debía resistir manos poco cuidadosas, préstamos entre hermanos, mochilas, caídas y aperturas repetidas. La sobrecubierta desapareció, pero el cartoné cumplió su función: más de medio siglo después el volumen continúa existiendo.

La resistencia física explica también por qué tantos libros populares han acabado adquiriendo un interés histórico que nadie imaginó cuando fueron fabricados. No fueron concebidos como objetos de bibliófilo; eran productos de consumo. Precisamente por eso pueden decirnos mucho acerca de lo que realmente llegaba a las casas.

Un libro corriente puede explicar mejor una época

La rareza y el valor histórico no son la misma cosa. Una edición lujosa puede informarnos de los gustos de una minoría, mientras que un volumen barato y muy difundido permite reconstruir hábitos de lectura compartidos por miles de familias. Este Heidi pertenece claramente al segundo grupo.

Nos habla de cómo se adaptaban los clásicos, de qué aspecto tenían las bibliotecas infantiles, de la enorme importancia de los ilustradores, de la capacidad de Bruguera para reutilizar su fondo editorial y de la presencia cotidiana de mecanismos de autorización religiosa en la España de finales de los sesenta.

La primera edición... sólo dentro de Historias Infantil

La página legal especifica con precisión: «1.ª edición en Historias Infantil: septiembre, 1968». La preposición es fundamental. No estamos ante la primera edición española de Heidi y tampoco ante la primera publicación de la obra por Bruguera. Se trata exclusivamente de la primera edición dentro de esta colección concreta.

La distinción resulta importante porque los clásicos acumulan innumerables «primeras ediciones»: primera de una editorial, primera de una colección, primera de una traducción o primera después de una revisión. La expresión sólo adquiere verdadero significado cuando sabemos cuál es su ámbito.

Heidi llevaba décadas en España

La obra de Spyri ya circulaba en castellano varias décadas antes de este ejemplar. Las primeras ediciones españolas estables aparecen en torno a finales de los años veinte, aunque las fuentes bibliográficas pueden variar ligeramente según la edición que se tome como punto inicial.

Por tanto, cuando Bruguera publicó este número 9 en 1968, Heidi llevaba aproximadamente cuarenta años formando parte de la literatura infantil española. La serie japonesa de 1974 no creó su popularidad. Hizo algo diferente y quizá todavía más poderoso: la amplificó y transformó radicalmente su imagen.

Una obra y muchas Heidis

Como todos los grandes clásicos infantiles, Heidi terminó viviendo a través de innumerables traducciones, abreviaciones, películas, historietas, libros ilustrados y series de televisión. Cada formato necesita modificar algo. Una adaptación infantil puede simplificar pasajes, una historieta transforma descripciones en imágenes y una serie de televisión puede desarrollar personajes secundarios para sostener decenas de episodios.

No existe, por tanto, una sola Heidi cultural. Existe la novela de Spyri y alrededor de ella una enorme constelación de reinterpretaciones. Este Bruguera de 1968 constituye una rama especialmente interesante porque pertenece a una tradición española de literatura popular anterior a la hegemonía visual de la televisión.

La niña de esta cubierta es el mismo personaje que todos conocemos, pero pertenece a un mundo visual que la televisión estuvo a punto de borrar de nuestra memoria.

Por qué merece conservarse

El interés de este ejemplar no depende de que sea una primera edición mundial ni de que alcance un precio elevado. Su valor está en la cantidad de historia editorial que ha quedado depositada en un objeto aparentemente corriente.

El nombre «Juana Spyri» conserva una antigua convención de traducción; el número 9 nos habla de una colección; el copyright de Badía nos lleva a los años cincuenta; la adaptación de Rodoreda muestra el trabajo invisible de los escritores industriales; la mención de Sommer demuestra que falta una sobrecubierta; la dirección de Mora la Nueva identifica los talleres que lo fabricaron; y la licencia eclesiástica sitúa el conjunto dentro de un marco cultural que ya ha desaparecido.

El texto de Heidi puede encontrarse hoy en centenares de ediciones. Esa combinación concreta de decisiones sólo existe en este tipo de ejemplar.

Conclusión

Este pequeño Heidi de Editorial Bruguera parece, a primera vista, una adaptación infantil más entre las innumerables que produjo la industria editorial española. Sin embargo, su página de créditos y su propia materialidad permiten reconstruir una historia bastante más rica. La novela escrita por Johanna Spyri en la Suiza del siglo XIX llegó a la España de los años sesenta después de décadas de traducciones y adaptaciones, entró en la gigantesca maquinaria cultural de Bruguera y terminó convertida en un volumen de cartoné pensado para soportar el uso cotidiano de un lector infantil.

La edición de 1968 tampoco partió desde cero. Bruguera reutilizó ilustraciones de Ángel Badía Camps cuyo copyright se remontaba a 1959, encargó una nueva adaptación a María Victoria Rodoreda y envolvió inicialmente el libro con una sobrecubierta de Manfred Sommer que el paso del tiempo hizo desaparecer. El resultado permite observar una característica esencial de aquella industria: textos e imágenes podían sobrevivir a las colecciones para las que habían sido creados y adquirir nuevas vidas mediante cambios de formato, adaptación y presentación.

El volumen conserva también las huellas ideológicas de su época. La expresión «Con licencia eclesiástica» recuerda que la literatura infantil de 1968 circulaba dentro de un sistema de supervisión moral y religiosa muy diferente del actual. No debe confundirse automáticamente con la censura administrativa del Estado, pero sí forma parte de las condiciones culturales bajo las que el libro pudo llegar a sus lectores.

Y, sobre todo, el ejemplar preserva una imagen de Heidi que hoy resulta extrañamente nueva precisamente por ser antigua. Fue publicado seis años antes de la serie japonesa dirigida por Isao Takahata, cuando el personaje todavía podía adoptar multitud de fisonomías sin que una representación televisiva hubiera conquistado el imaginario internacional. Para generaciones posteriores, Heidi parece inseparable de aquella animación; este libro demuestra físicamente que durante casi un siglo no fue así.

Por eso el ejemplar interesa aunque no sea raro ni especialmente valioso en términos económicos. Los productos culturales corrientes poseen una extraordinaria capacidad para convertirse con el tiempo en documentos. En ellos sobreviven decisiones gráficas, formas de producción, prácticas comerciales, sistemas de autorización y maneras de leer que los libros actuales ya no pueden mostrarnos.

La historia de un clásico no está solamente en el texto original: también está en todas las formas concretas que adoptó para conseguir llegar a las manos de nuevos lectores.

Fuentes y referencias para la identificación bibliográfica y el contexto histórico: