Obras selectas — Edgar Wallace

En 1913 Edgar Wallace imaginó una organización criminal que amenazaba a Gran Bretaña con desencadenar deliberadamente una epidemia si no se cumplían sus exigencias. La novela se titulaba The Fourth Plague, y más de un siglo después su mecanismo sigue pareciendo inquietantemente moderno.

Nuestro ejemplar reúne aquella historia, traducida como La cuarta plaga, junto a El día de la concordia y El hombre que no era nadie. Las tres permiten recorrer distintas variantes de la maquinaria narrativa de Wallace: conspiración internacional, amenaza científica, asesinato, identidades dudosas y gobiernos que intentan impedir que el miedo se convierta en catástrofe.

El volumen conservado en Librería5 fue publicado por Ediciones Rayuela en 1992 dentro de Grandes maestros del crimen y misterio, pero sus páginas legales conservan una genealogía bastante más larga: Aguilar en 1979, Orbis en 1984 y finalmente esta edición especial de Rayuela.

Obras selectas de Edgar Wallace, edición de Rayuela de 1992
Edición de 1992 de Obras selectas de Edgar Wallace conservada en Librería5.

Tres novelas y tres formas de fabricar suspense

Las obras reunidas bajo esta cubierta no fueron concebidas como una trilogía. Pertenecen a momentos diferentes de la carrera de Wallace y fueron agrupadas décadas después por los editores españoles. La más antigua, La cuarta plaga, apareció en libro en Londres en 1913. El día de la concordia y El hombre que no era nadie nacieron en cambio como literatura periódica en 1921 y sólo años más tarde se convirtieron en volúmenes independientes.

La procedencia resulta importante porque explica el ritmo característico de Wallace. Buena parte de la literatura popular de su tiempo debía conseguir que el lector siguiera comprando revistas o avanzara inmediatamente hacia el siguiente capítulo. Por eso abundan los incidentes, las amenazas parciales, las revelaciones, los cambios de identidad y los finales de escena que dejan una nueva pregunta abierta. La estructura no busca la quietud psicológica de una novela lenta, sino una forma casi mecánica de mantener el movimiento.

El día de la concordia apareció completa en The Popular Magazine el 7 de octubre de 1921. En su centro se encuentra Maggerson, un matemático que llega aterrorizado ante el primer ministro británico después de realizar unos cálculos con consecuencias potencialmente catastróficas. A partir de ahí, la novela mezcla ciencia, secreto de Estado, comportamiento inexplicable de importantes personalidades y una sociedad a la que se intenta mantener al margen de aquello que sus gobernantes creen saber.

El hombre que no era nadie, serializada también desde 1921 y publicada como libro en 1927, se mueve hacia un misterio más criminal. Marjorie Stedman queda relacionada con la muerte de Sir James Tynewood y con un conjunto de personajes cuyos nombres, deudas, pasados y aparentes identidades van cambiando el significado del caso. El título resume bien una obsesión frecuente en Wallace: descubrir quién se encuentra realmente detrás de la figura que todos creen conocer.

La cuarta plaga: una amenaza de 1913 que parece escrita mucho después

La novela más antigua del volumen es quizá la que produce hoy la impresión más extraña. The Fourth Plague fue publicada por Ward Lock & Co. en 1913, antes de la Primera Guerra Mundial. En ella, una organización criminal conocida como la Mano Roja amenaza con extender una enfermedad devastadora sobre Inglaterra si no consigue aquello que exige.

La premisa pertenece a la ciencia y a los temores de comienzos del siglo XX, no al conocimiento moderno sobre armas biológicas. Sin embargo, la arquitectura narrativa resulta inmediatamente reconocible: una organización clandestina dispone de un medio capaz de afectar indiscriminadamente a la población, utiliza la amenaza como instrumento de presión y obliga a los investigadores a localizar a sus dirigentes antes de que el peligro pueda materializarse.

Wallace amplía así el crimen mucho más allá del asesinato individual. El profesor Tillizini no intenta simplemente determinar quién mató a una víctima; debe penetrar en una estructura criminal capaz de utilizar conspiración, armas, secuestros y terror a gran escala. El detective comienza a mezclarse con el agente de inteligencia y el relato policial con aquello que después llamaríamos thriller conspirativo.

Resultaría exagerado llamar a La cuarta plaga una novela moderna de bioterrorismo: fue escrita en 1913 y responde a las ideas científicas y políticas de su época. Lo verdaderamente interesante es comprobar hasta qué punto Wallace había encontrado ya un mecanismo narrativo que sigue utilizándose más de cien años después.

Esa capacidad para aumentar continuamente la escala del peligro ayuda a explicar la eficacia popular de Wallace. El lector no recibe únicamente un acertijo. Hay una amenaza que avanza mientras alguien intenta comprenderla, y el descubrimiento de la verdad sólo sirve si llega antes de que ocurra aquello que se intenta impedir.

Edgar Wallace, una fábrica de historias

La velocidad de sus novelas fue inseparable de la velocidad de su propia carrera. Edgar Wallace nació en Greenwich en 1875, creció en condiciones humildes y dejó pronto la educación formal. Después de distintos trabajos se incorporó al ejército, pasó por Sudáfrica y terminó ejerciendo como corresponsal durante la guerra de los bóeres. El periodismo le proporcionó tanto un oficio como una manera de mirar el mundo: acontecimientos rápidos, información fragmentaria, crimen, tribunales, política y necesidad de captar inmediatamente la atención del lector.

A partir de ahí desarrolló una producción extraordinaria. Publicó más de 170 libros, además de centenares de cuentos, obras teatrales, artículos y guiones. Durante los años veinte su nombre llegó a funcionar casi como un género por sí mismo. Los editores hicieron de su productividad parte de la publicidad y lo presentaron como el «rey del thriller», un autor capaz de proporcionar continuamente nuevos argumentos a un mercado que los consumía con la misma rapidez.

Ese modo de trabajar explica también por qué muchas de sus historias pasaron con facilidad al cine. Wallace construía personajes reconocibles, amenazas muy claras, escenas visuales y una acción que raramente permanecía quieta. A finales de los años veinte empezó a implicarse directamente en la industria cinematográfica británica y finalmente aceptó una oferta para trabajar en Hollywood.

Allí participó en el desarrollo inicial de una historia sobre una expedición, una isla y un enorme simio. Wallace murió en Beverly Hills en febrero de 1932 antes de poder ver terminado el proyecto. La película acabaría estrenándose al año siguiente con un nombre que sobrevivió mucho mejor que la mayor parte de sus novelas: King Kong.

El libro viajó de Aguilar a Orbis antes de llegar a Rayuela

La página legal de nuestro ejemplar permite seguir otra historia, esta vez española. Antes de llegar a Rayuela, las mismas tres novelas habían sido reunidas por Aguilar en 1979 dentro de la colección El Lince Astuto. Los registros bibliográficos conservan aquella combinación exacta de El día de la concordia, El hombre que no era nadie y La cuarta plaga, presentada en un volumen de más de seiscientas páginas.

Ediciones Orbis volvió a utilizar la selección en los años ochenta para Grandes maestros del crimen y misterio. La colección agrupaba grandes bloques dedicados a autores del género y permitió que convivieran bajo una misma identidad gráfica Agatha Christie, Georges Simenon, Conan Doyle, Erle Stanley Gardner, Patricia Highsmith, Edgar Allan Poe y Edgar Wallace, entre otros. En los catálogos de aquella edición, nuestro conjunto figura como el número 14 de las Obras selectas de Edgar Wallace.

La edición especial preparada en 1992 para Rayuela conserva explícitamente esa procedencia. De hecho, la página legal contiene dos ISBN: el 84-7530-375-7 corresponde a Grandes maestros del crimen y misterio, mientras que el 84-402-1369-7 identifica esta edición concreta. El depósito legal B. 40354-1992 confirma el año de nuestra copia.

También explica la aparente contradicción entre distintos años que puede encontrarse al buscar el libro. Nuestro ejemplar reconoce los derechos de Aguilar de 1979, atribuye a Orbis la presente edición en 1984 y declara después la edición especial de Rayuela. No son tres fechas alternativas para el mismo hecho, sino tres etapas de la vida editorial del texto.

Penelope Wallace y la supervivencia de un escritor muerto en 1932

El primer copyright de la página legal pertenece a Penelope Wallace. No era una editorial ni una traductora: era la hija menor del escritor. Nacida en 1923, dedicó una parte considerable de su vida a conservar la memoria de Edgar Wallace y en 1969 fundó la Edgar Wallace Society, destinada tanto a coleccionistas como a nuevos lectores de su padre.

La existencia de esa asociación ayuda a entender la extraordinaria persistencia de Wallace después de su muerte. Sus libros habían nacido en buena medida como literatura de consumo rápido, pero continuaron reeditándose durante décadas, especialmente en Gran Bretaña, Alemania y otros mercados europeos. Cine, televisión y colecciones populares mantuvieron circulando historias que originalmente habían aparecido en periódicos y revistas más de medio siglo antes.

Nuestro ejemplar es una manifestación material de esa supervivencia. En 1992, sesenta años después de la muerte de Wallace, tres thrillers anteriores a 1928 podían seguir empaquetándose como lectura contemporánea de crimen y misterio. La cubierta ya no necesita explicar quién era su autor: imprime «Edgar Wallace» en grandes caracteres y convierte el nombre en el principal elemento de identificación.

Nuestro ejemplar de 1992

La edición conservada en Librería5 pertenece a Ediciones Rayuela y está encuadernada en rústica ilustrada. Los registros coincidentes le atribuyen 378 páginas y un formato aproximado de 21 centímetros. La cubierta utiliza una combinación muy marcada de rojo y negro, separada mediante un borde irregular semejante a papel rasgado. Una pipa y una lupa estilizadas ocupan la parte superior, mientras una huella dactilar acompaña en la zona inferior el nombre de Grandes maestros del crimen y misterio.

La página legal no identifica al traductor de las tres novelas, de modo que no debe atribuirse uno por analogía con otras ediciones de Wallace. Sí conserva los títulos ingleses originales y proporciona una información poco habitual sobre la genealogía del texto: Penelope Wallace, Aguilar, Orbis y Rayuela aparecen sucesivamente en una misma página.

Título de cubierta
Edgar Wallace. Obras selectas
Contenido
El día de la concordia, El hombre que no era nadie y La cuarta plaga
Autor
Edgar Wallace
Títulos originales
The Day of Uniting, The Man Who Was Nobody y The Fourth Plague
Editorial de nuestro ejemplar
Ediciones Rayuela
Colección
Grandes maestros del crimen y misterio
Edición
Edición especial para Ediciones Rayuela
Año
1992
Páginas
378 según los registros bibliográficos de esta edición
ISBN de la edición
84-402-1369-7
ISBN de la colección
84-7530-375-7
Depósito legal
B. 40354-1992
Copyright anterior
Aguilar, S. A. de Ediciones, 1979
Edición Orbis
© Ediciones Orbis, S. A., 1984
Titular de derechos
Penelope Wallace
Impresión
Printer Industria Gráfica, S. A.
Encuadernación
Rústica ilustrada
Antecedente editorial
La misma selección había sido publicada por Aguilar en 1979 y posteriormente por Orbis dentro de las Obras selectas de Edgar Wallace.

Las tres novelas pertenecen a un mundo de periódicos, telegramas, secretarios, ministros, sociedades clandestinas y detectives que todavía dependen mucho más de una conversación escuchada o de un documento robado que de un laboratorio forense. Sin embargo, Wallace comprendió algo que el thriller nunca ha dejado de utilizar: para que una historia avance deprisa no basta con ocultar una respuesta; hay que conseguir que algo terrible pueda suceder antes de encontrarla.

Por eso La cuarta plaga continúa destacando dentro de este volumen. En 1913 Wallace ya había colocado a una organización criminal ante una sociedad moderna y le había concedido un arma que no necesitaba distinguir entre víctimas. El tiempo ha envejecido la ciencia, los modales y buena parte del decorado. La idea central del miedo, en cambio, necesita muy poca traducción.

Fuentes utilizadas para contextualizar la obra