La cubierta dice Las flores del mal. La página legal dice Las flores del mal. Los catálogos dicen Las flores del mal. Pero al abrir nuestro ejemplar de 1999, la portada interior ofrece una diminuta sorpresa bibliográfica: «La flores del mal».
La errata sería trivial en casi cualquier otro libro. En éste tiene algo de involuntaria ironía. Charles Baudelaire fue un autor capaz de discutir mayúsculas, signos de puntuación, blancos y detalles tipográficos durante la preparación de sus poemas. Casi siglo y medio después, una edición destinada a acercarlo al gran público consiguió hacer desaparecer una sola letra precisamente del título.
Pero esa pequeña «s» perdida es apenas la puerta de entrada a una edición mucho más interesante de lo que su condición de libro distribuido con un periódico podría sugerir. El volumen reúne varias épocas superpuestas: la poesía de Baudelaire, la veterana traducción de Ángel Lázaro, un prólogo de Rafael Argullol y el proyecto editorial Millenium. Las 100 joyas del milenio, con el que El Mundo llevó a quioscos y hogares españoles una biblioteca de clásicos al final del siglo XX.
Librería5 conserva también otra edición de Las flores del mal, publicada por Orbis-Fabbri en 1997. Allí puede seguirse con mayor detalle la historia del libro, su transformación editorial, el proceso sufrido por Baudelaire y la entrada de la ciudad moderna en su poesía. Este ejemplar de 1999 permite recorrer otros caminos del mismo libro.
Un libro que empieza acusando al lector
Las flores del mal no comienza pidiendo indulgencia ni preparando ceremoniosamente al público. Comienza comprometiéndolo. «Au lecteur», el poema colocado en el umbral del volumen, enumera estupidez, error, avaricia, pecado, remordimiento, violencia y tedio, pero evita una solución demasiado cómoda: que todo aquello pertenezca únicamente al poeta, a los criminales, a los libertinos o a una sociedad ajena.
El movimiento decisivo llega cuando la voz poética se vuelve hacia quien sostiene el libro. El lector no está situado fuera de la escena como juez moral. Está dentro. Baudelaire concluye llamándolo «Hypocrite lecteur, — mon semblable, — mon frère!». La fraternidad que propone no es sentimental: es una fraternidad en la contradicción, en la capacidad simultánea para condenar un vicio y reconocer secretamente su atracción.
Esta inversión ayuda a entender por qué el poemario resulta más perturbador que una simple colección de imágenes sombrías. Baudelaire no se limita a exhibir monstruos. El mecanismo consiste en deshacer poco a poco la distancia confortable entre quien observa y aquello que observa. El mal deja de ser una rareza situada al otro lado de la página y pasa a ser una posibilidad humana compartida.
Rafael Argullol recoge precisamente ese nervio en el texto utilizado en la contracubierta de nuestra edición. Para él, la modernidad baudelairiana hace visibles las contradicciones violentas de la vida moderna y dirige sus imágenes contra las múltiples hipocresías de la conciencia. El prólogo de 1999 no convierte, por tanto, a Baudelaire en una pieza arqueológica: insiste en que el dispositivo moral del libro continúa funcionando mientras exista una distancia entre lo que una sociedad proclama y aquello que realmente desea, tolera o practica.
«Correspondances»: aprender a leer un mundo cifrado
Existe otro Baudelaire menos espectacular que el del escándalo, pero probablemente más fértil para la poesía posterior: el escritor que sospecha que las cosas visibles mantienen relaciones ocultas entre sí. Esa intuición alcanza una de sus formulaciones más conocidas en «Correspondances», donde naturaleza, sonidos, colores y perfumes dejan de pertenecer a compartimentos separados y comienzan a responderse.
La palabra importante es precisamente ésa: correspondencia. Un olor puede contener una memoria; un color puede adquirir temperatura moral; un sonido puede producir una impresión espacial; una materia concreta puede abrir una vía hacia algo que no está materialmente presente. El poema ofrece así una teoría de la percepción en miniatura. Ver el mundo no consiste únicamente en registrar objetos, sino en descubrir relaciones que la clasificación ordinaria separa.
De ahí procede buena parte de la importancia de Baudelaire para los simbolistas. El símbolo no funciona simplemente como un código en el que una cosa significa mecánicamente otra. Importa la red entera: ecos, analogías, resonancias, asociaciones que permiten que una sensación atraviese los límites convencionales de los sentidos.
El propio proceso de composición muestra hasta qué punto estas ideas estaban sometidas a control formal. Las pruebas de imprenta conservadas por la Bibliothèque nationale de France documentan varias correcciones de «Correspondances»: Baudelaire modificó mayúsculas, puntuación y relaciones sintácticas incluso en fases muy avanzadas de impresión. La aparente nebulosa de símbolos estaba construida con una atención casi microscópica.
Por eso reducir a Baudelaire a una estética de decadencia, cementerios y pecado empobrece el libro. Hay en él una verdadera investigación sobre cómo conocemos. La realidad inmediata puede ser insuficiente, pero contiene indicios. Un perfume, una cabellera, una música, una habitación o la luz de una tarde son capaces de abrir una profundidad que no se encuentra a simple vista.
El albatros: ser magnífico en el lugar equivocado
Entre las imágenes que terminaron definiendo a Baudelaire está la del albatros. En el aire, el ave domina un espacio inmenso; capturada por los marineros y depositada sobre la cubierta de un barco, sus grandes alas se convierten en un estorbo. Aquello que constituía su poder en un medio produce torpeza en otro.
Es fácil leer el poema únicamente como la vieja historia romántica del poeta incomprendido por una sociedad vulgar, pero la imagen permite ir algo más lejos. El albatros plantea una cuestión sobre la relación entre capacidad y entorno. No cambia el animal: cambia el sistema en el que debe moverse. Las mismas alas pueden ser instrumento de soberanía o causa de impotencia.
La metáfora explica muy bien una parte de la concepción baudelairiana del artista. La imaginación permite desplazarse por alturas que la vida cotidiana no recompensa necesariamente. El poeta puede percibir relaciones, intensidades y contradicciones que después le sirven de poco para resolver las exigencias ordinarias de dinero, reputación, disciplina social o estabilidad personal.
Eso impide leer el malditismo únicamente como pose. En Baudelaire existe, desde luego, una construcción consciente del personaje literario, pero también una pregunta mucho más seria: qué ocurre cuando una facultad extraordinariamente adaptada a una dimensión de la existencia resulta casi disfuncional en otra.
Esa inversión explica además la extraordinaria supervivencia del poema. Su mecanismo puede desprenderse de la biografía de Baudelaire y aplicarse a muchas otras experiencias: talento situado en el contexto equivocado, capacidades que una institución no sabe utilizar, individuos juzgados mediante pruebas que miden exactamente aquello para lo que peor están diseñados.
El gran enemigo silencioso: el tiempo
El vocabulario espectacular de Las flores del mal —Satán, muerte, pecado, voluptuosidad, enfermedad— puede ocultar a un adversario mucho más persistente: el tiempo. Una gran parte del libro está atravesada por la conciencia de que las cosas hermosas no solo pueden corromperse moralmente; sencillamente desaparecen.
Baudelaire vuelve una y otra vez al envejecimiento, al otoño, a la tarde, a los relojes, a los recuerdos y a la sensación de que cada instante consumido reduce las posibilidades restantes. El tiempo no necesita cometer ninguna atrocidad. Le basta con continuar.
Frente a él aparecen mecanismos de resistencia. Uno es la memoria. Otro es el arte, capaz de fijar mediante forma aquello que biológicamente estaba destinado a desaparecer. Y otro, particularmente baudelairiano, es el perfume. El olor atraviesa su poesía como una máquina involuntaria de memoria: una sensación presente puede devolver lugares, cuerpos, habitaciones o distancias que ya no existen.
De ahí la importancia de poemas en los que cabellos, piel, sustancias aromáticas y espacios lejanos se contaminan unos a otros. El perfume resulta literariamente poderoso porque carece de la precisión geométrica de la visión. Rodea, invade, despierta asociaciones y puede devolver un pasado antes de que la inteligencia haya tenido tiempo de organizarlo.
Esta lucha contra el tiempo explica también el extraordinario cuidado formal de Baudelaire. Un poema es, entre otras cosas, una operación de conservación. La experiencia pasa; el verso intenta darle una estructura repetible. El cuerpo envejece; una cadencia puede continuar intacta. Una tarde desaparece; la disposición de unas palabras permite que alguien vuelva a entrar en ella ciento cincuenta años después.
Hay algo casi cruel en ese mecanismo. El arte puede conservar la forma de una experiencia, pero no devolver literalmente aquello que se perdió. Precisamente por eso la memoria baudelairiana suele contener placer y dolor al mismo tiempo. Recordar salva algo y confirma simultáneamente que ya no está.
Ángel Lázaro: una traducción de 1963 dentro de un libro de 1999
La página de título de nuestro volumen separa con claridad dos responsabilidades: traducción de Ángel Lázaro y prólogo de Rafael Argullol. Esa separación es importante porque ambas capas pertenecen a momentos muy distintos.
La versión de Lázaro no nació con la colección Millenium. Los registros bibliográficos permiten seguirla en Edaf desde 1963 y a través de numerosas reediciones posteriores. Cuando Unidad Editorial publica este volumen en 1999, la página legal especifica que la traducción ha sido cedida por Editorial Edaf. Lo que se incorpora al proyecto Millenium es, por tanto, una traducción que llevaba más de tres décadas circulando en español.
Ángel Lázaro Machado tampoco fue únicamente traductor. Nacido en Ourense en 1900, desarrolló una larga carrera como poeta, dramaturgo y periodista, con una biografía repartida entre España y Cuba. Murió en Madrid en 1985. Cuando aparece nuestro ejemplar, Lázaro llevaba catorce años muerto, pero su voz española de Baudelaire continuaba entrando en nuevas colecciones y llegando a nuevos lectores.
Traducir Les Fleurs du Mal plantea un problema particularmente difícil porque el sentido no puede separarse cómodamente de la música. Baudelaire introduce materias ásperas, blasfemas, sensuales o desagradables dentro de formas métricas muy controladas. Una versión española puede trasladar con gran precisión el contenido literal y perder el mecanismo sonoro; puede preservar rima y ritmo a costa de alejarse de las palabras concretas; o intentar algún equilibrio siempre imperfecto entre ambas exigencias.
En un estudio comparativo de traducciones españolas se documenta, por ejemplo, que Lázaro recurre al alejandrino en su versión de «Un fantôme» con el propósito de conservar la naturaleza de verso compuesto y la presencia de una cesura. Un ejemplo aislado no permite describir mecánicamente toda su traducción, pero sí revela una prioridad: Lázaro no trataba los versos como prosa que pudiera dividirse en líneas después de traducida.
Esta dimensión resulta especialmente interesante porque el Baudelaire español que recibe un lector depende también del traductor que tenga delante. Las versiones de Eduardo Marquina, Nydia Lamarque, Fernando Gutiérrez, Antonio Martínez Sarrión, Carlos Pujol, Luis Martínez de Merlo, Jacinto Luis Guereña y otros no producen exactamente el mismo libro. Hay un Les Fleurs du Mal francés y, alrededor de él, una historia española formada por décadas de decisiones métricas, léxicas y editoriales.
1999: Baudelaire comprado con el periódico
La materialidad de esta edición cuenta otra historia. Millenium. Las 100 joyas del milenio no fue concebida para la librería especializada ni para un público de bibliófilos. La propia página legal advierte: «De venta conjunta e inseparable con EL MUNDO». Baudelaire entraba en casa con el periódico.
La fórmula pertenece a un momento muy concreto de la cultura editorial española. Periódicos de gran difusión compitieron mediante colecciones de libros, películas, enciclopedias y otros productos culturales que convertían el quiosco en una especie de distribuidor editorial paralelo. El efecto bibliográfico fue enorme: obras que durante décadas habían circulado sobre todo por librerías y bibliotecas podían imprimirse en grandes cantidades y dispersarse por miles de hogares.
El estudio ZAC diseño gráfico, responsable de la identidad visual de Millenium, explica que El Mundo pidió una presentación clásica, con ilustraciones, tonos pastel y un sello de calidad. Nuestro volumen conserva perfectamente esa gramática: fondo amarillo verdoso, cartela blanca para autor y título, ilustración central y el distintivo circular de «las 100 joyas del milenio» enlazando los diferentes elementos.
La ilustración de esta entrega está acreditada a Elena Sanz Marín. El diseño de cubierta e interiores figura atribuido a ZAC diseño gráfico; la impresión y encuadernación, a Printer Industria Gráfica, S. A.. La licencia editorial corresponde a Bibliotex, S. L., mientras que Unidad Editorial publica la colección y Edaf cede la traducción. Una sola página legal revela así la pequeña cadena industrial necesaria para que un poema francés del siglo XIX terminase formando parte de una promoción periodística española en 1999.
Hay además una coincidencia histórica interesante. El Ministerio de Educación y Cultura concedió precisamente en 1999 a El Mundo el Premio Nacional al fomento de la lectura a través de los medios de comunicación. El propio estudio ZAC relaciona el reconocimiento con esta colección y con Las novelas del verano. Más allá del premio, el dato ayuda a recordar que estos volúmenes baratos y masivos formaban parte de una verdadera política editorial de difusión del canon.
Nuestro ejemplar: una «s» perdida y dos números que no son lo mismo
Los catálogos permiten identificar este volumen como el número 37 de la colección Millenium. Esa numeración es coherente con la secuencia bibliográfica de la serie: Romeo y Julieta aparece como 36, Las flores del mal como 37 y Dioses y héroes de la antigua Grecia como 38.
La contracubierta, sin embargo, presenta junto al código de barras la cifra «00040». No hay razón suficiente para convertirla en número de colección, y hacerlo produciría un error. La misma contracubierta lleva además el EAN 8423793992024, mientras que la página legal proporciona como ISBN verdadero 84-8130-152-3. Conviene conservar ambos datos separados porque algunos registros comerciales han confundido el código de distribución de la contracubierta con el ISBN.
La peculiaridad más atractiva continúa estando dentro. La portada interior imprime literalmente «La flores del mal». No aparece así en la cubierta, en la página legal ni en las fichas bibliográficas consultadas. Puede ser un error general de la tirada o una anomalía de impresión que requiera comparar otros ejemplares para determinar su alcance; Librería5 solo puede afirmar con seguridad lo que conserva: en esta copia falta la s.
Ficha del ejemplar conservado en Librería5
Fuentes consultadas
- Ejemplar conservado en Librería5 — fuente primaria para página legal, créditos editoriales, ISBN, depósito legal, diseño, impresión, código de barras y errata de la portada interior.
- Biblioteca Nacional de España — registros de las ediciones españolas de Las flores del mal, utilizada para verificar la edición de Unidad Editorial de 1999, la traducción de Ángel Lázaro y el prólogo de Rafael Argullol.
- Biblioteca San Esteban — ficha de la edición Millenium de 1999, utilizada para corroborar el número 37 de la colección, el ISBN y la extensión bibliográfica.
- Portal digital de Historia de la Traducción en España — Charles Baudelaire, utilizado para situar la traducción de Ángel Lázaro dentro de la historia de las versiones españolas de la obra.
- Biblioteca Nacional de España — registro de autoridad de Ángel Lázaro Machado, utilizado para comprobar identidad y cronología del traductor.
- GaliciaAberta — biografía de Ángel Lázaro Machado, para su trayectoria como poeta, dramaturgo y periodista entre España y Cuba.
- Universidad de Málaga — estudio sobre la traducción española de la poesía francesa, utilizado para contextualizar decisiones métricas documentadas en la versión de Ángel Lázaro.
- Bibliothèque nationale de France — Les Fleurs du Mal, la obra de una vida, utilizada para el proceso textual de Baudelaire, sus pruebas de imprenta y la poética de las correspondencias.
- ZAC diseño gráfico — colección Millenium, las 100 joyas del milenio, para la concepción gráfica y editorial de la colección.
- Boletín Oficial del Estado — Premio Nacional al fomento de la lectura correspondiente a 1999, que confirma su concesión al diario El Mundo.