Un sacerdote interpreta la belleza corporal y el deseo amoroso del Cantar de los Cantares como revelaciones sobre la Virgen María. Una audaz lectura mística publicada en Zaragoza en 1984, entre la tradición carmelitana, la simbología nupcial y la mariología.
¿Qué relación puede existir entre los besos de dos amantes, la descripción de un cuerpo femenino y la Virgen María? Para el padre Agustín de la Cruz, la respuesta merecía un libro de casi quinientas páginas. En Descubre tu presencia, publicado en Zaragoza en 1984, propone contemplar a María a través del Cantar de los Cantares, uno de los textos más intensamente amorosos de toda la Biblia.
La elección no resulta inocente. El Cantar habla de deseo, belleza, ausencia, encuentros nocturnos, jardines, perfumes y cuerpos que los amantes contemplan con admiración. No es un tratado de teología ni una biografía de la madre de Jesús, sino una composición poética que ha sido interpretada durante siglos como expresión del amor humano, de la relación entre Dios e Israel, de la unión entre Cristo y la Iglesia o del encuentro místico del alma con Dios.
Agustín de la Cruz lleva esa tradición hacia una interpretación específicamente mariana. Los títulos de sus nueve cantos son reveladores: comienza con un beso que vale mil mundos, atraviesa la anatomía simbólica de un alma enamorada y concluye presentando a María como reina de los ángeles y templo de la Trinidad. Una lectura en la que el lenguaje del cuerpo se transforma en lenguaje religioso sin renunciar a su intensidad poética.
Un libro bíblico en el que Dios no aparece nombrado
El Cantar de los Cantares ocupa una posición singular dentro de las Escrituras. A diferencia de los libros proféticos, no desarrolla una sucesión de advertencias dirigidas al pueblo de Israel. Tampoco presenta una legislación religiosa ni una narración histórica. Su materia principal es el amor entre dos personas que se buscan, se desean, se elogian y sufren cuando están separadas.
Los protagonistas hablan directamente de sus cuerpos. La mujer contempla al amado y describe su atractivo; él admira sus ojos, sus cabellos y su figura. Aparecen aromas, frutos, jardines cerrados, viñas, animales y paisajes convertidos en imágenes de la atracción amorosa. El poema concede una presencia extraordinaria a la voz femenina, que expresa sus deseos y emprende activamente la búsqueda de su amante.
Una de las particularidades más llamativas es que Dios no aparece nombrado de manera explícita e inequívoca como personaje del poema. La expresión hebrea de Cantar 8,6, que algunas versiones relacionan con una llama divina, ha dado lugar a interpretaciones diferentes; pero el texto no contiene discursos doctrinales semejantes a los de otros libros bíblicos.
Este carácter amoroso explica buena parte de su historia interpretativa. ¿Por qué una colección de poemas sobre el deseo humano forma parte de las Escrituras? La respuesta ha variado según los periodos y las comunidades religiosas.
La tradición judía desarrolló una interpretación en la que los amantes simbolizan la relación entre Dios e Israel. La amada representa al pueblo elegido; el amado, a su Dios. Las separaciones, los encuentros y las promesas de fidelidad pueden leerse entonces como expresiones de la historia de la alianza.
La exégesis cristiana adoptó y transformó esa lectura. El esposo pasó a representar a Cristo y la esposa a la Iglesia, aunque también se desarrolló otra interpretación en la que la mujer simbolizaba al alma que busca la unión con Dios.
Estas tradiciones no son intercambiables con el sentido histórico y literario del texto hebreo. Constituyen interpretaciones religiosas posteriores que utilizan el lenguaje amoroso del poema para expresar relaciones espirituales.
El estudio de David W. Kling sobre san Bernardo de Claraval y el Cantar de los Cantares reconstruye la importancia de estas lecturas alegóricas en el cristianismo antiguo y medieval. Orígenes y los grandes comentaristas monásticos encontraron en el poema un vocabulario especialmente apropiado para hablar del encuentro entre el alma y Dios.
La lectura de Agustín de la Cruz pertenece a esta larga historia. Su peculiaridad no reside simplemente en interpretar religiosamente un poema amoroso, sino en convertir la figura de María en el centro de una exposición que sigue durante nueve cantos los motivos corporales y afectivos del texto bíblico.
¿Cuándo se convirtió la esposa del Cantar en la Virgen María?
La interpretación mariana del Cantar de los Cantares tiene antecedentes antiguos. No fue inventada en Zaragoza en 1984, aunque el subtítulo de nuestro libro proclame una visión «nueva, íntima y audaz».
En las primeras lecturas cristianas predominaban las relaciones entre Cristo y la Iglesia o entre el Verbo divino y el alma. Sin embargo, María comenzó también a ser contemplada como la figura femenina que reunía de manera eminente las cualidades atribuidas a la esposa: hermosura, fidelidad, pureza, entrega y unión con Dios.
Una figura fundamental en este desarrollo fue Ruperto de Deutz, teólogo benedictino nacido hacia 1075 y fallecido en 1129. Su comentario al Cantar desarrolló una interpretación extensa en la que la esposa era identificada con María.
Benedicto XVI dedicó una audiencia general a Ruperto de Deutz el 9 de diciembre de 2009 y explicó precisamente la importancia de esta identificación. Según su exposición, el teólogo medieval convirtió su lectura del poema bíblico en una amplia reflexión sobre las virtudes y los privilegios de la Virgen.
Esta genealogía resulta importante para comprender el libro de Agustín de la Cruz. La operación interpretativa consiste en trasladar imágenes que originalmente pertenecen a una mujer enamorada hacia una figura religiosa cuya significación procede de otros textos y tradiciones cristianas.
No se trata, por tanto, de encontrar en el Cantar una narración literal sobre la vida de María. La relación se establece por analogía y mediante una lectura simbólica en la que la esposa bíblica puede representar distintas realidades espirituales.
Ese desplazamiento plantea una cuestión hermenéutica interesante: ¿hasta dónde puede llegar una interpretación alegórica sin hacer desaparecer el texto que pretende explicar? Si cada elemento corporal del poema recibe un significado teológico, la obra original corre el riesgo de quedar subordinada a un sistema simbólico construido por el comentarista.
Pero también sucede lo contrario. El lenguaje amoroso proporciona a la teología recursos expresivos difíciles de encontrar en una exposición puramente conceptual. Hablar de ausencia, deseo, abrazo o encuentro permite representar experiencias religiosas que no encajan fácilmente en definiciones abstractas.
La fuerza y el problema de la alegoría nacen de esa misma libertad. Puede producir interpretaciones de gran riqueza poética, aunque su capacidad para demostrar históricamente el sentido original de un texto sea muy limitada.
El beso, el cuerpo y la anatomía de un alma enamorada
El sumario de Descubre tu presencia permite reconocer la importancia extraordinaria que Agustín de la Cruz concede al lenguaje corporal. El primer canto, «Un beso que valió mil mundos», comienza en la página 19. El segundo, «Mil besos mensaje de una voz», arranca en la 67. Ambos títulos colocan el beso en el centro de la apertura de la obra.
La elección tiene un fundamento reconocible en el texto bíblico. El Cantar comienza con el deseo de recibir los besos del amado. En lugar de una presentación de los personajes o una explicación de las circunstancias, el poema introduce inmediatamente una voz que expresa su anhelo amoroso.
Para la tradición mística, ese comienzo ofrecía una imagen especialmente poderosa del encuentro con Dios. El beso podía representar comunicación, proximidad, revelación o unión espiritual. San Bernardo de Claraval dedicó una parte importante de sus célebres sermones sobre el Cantar a desarrollar el significado religioso de esas primeras palabras.
La interpretación no elimina necesariamente la intensidad original de la imagen. La utiliza precisamente porque el beso expresa una proximidad personal que sería difícil transmitir mediante un concepto abstracto. El contacto entre los amantes se convierte así en un símbolo del encuentro espiritual.
Después de los primeros cantos, el índice del volumen introduce «Tristeza en un lecho vacío» y «Anatomía de un alma enamorada». Los títulos sugieren que la ausencia, la corporalidad y la interioridad participan de una misma interpretación.
La imagen del lecho vacío posee antecedentes directos en el Cantar, donde la mujer busca durante la noche al amado que no encuentra. En su sentido literario, la escena representa el desasosiego provocado por la separación. En una lectura mística, esa ausencia puede transformarse en una experiencia de búsqueda religiosa: el deseo de una presencia que todavía no se ha alcanzado plenamente.
La palabra «anatomía», utilizada en el cuarto canto, resulta especialmente reveladora. No pertenece al vocabulario habitual de los títulos mariológicos. Su presencia plantea la posibilidad de una lectura minuciosa del cuerpo poético como representación de cualidades espirituales.
La contraportada confirma que ese aspecto llamó la atención de los primeros lectores. Isabel Salcedo afirma que le produjo admiración que el autor se hubiera fijado en la anatomía femenina de María para construir una obra de carácter espiritual.
Conviene distinguir aquí el testimonio de una lectora de las palabras del propio autor. El índice y la valoración publicada permiten identificar el interés de la obra por las imágenes corporales; no disponemos, a partir de las páginas examinadas, de una exposición completa de las equivalencias que Agustín de la Cruz establece para cada parte del cuerpo.
Lo que sí podemos afirmar es que el quinto canto se titula «Signos y símbolos de la corporeidad», comienza en la página 185 y confirma que el cuerpo ocupa un lugar estructural en el proyecto.
La cuestión es teológicamente sugerente. Si el cuerpo humano puede convertirse en signo espiritual, la sensualidad del poema no necesita ser negada o eliminada para desarrollar una interpretación religiosa. Puede ser reinterpretada como lenguaje de otra forma de amor.
Sin embargo, conviene evitar una confusión. La descripción poética de un cuerpo femenino en el Cantar no demuestra por sí misma ninguna característica física o biográfica de María. El paso de una imagen literaria a una afirmación mariológica pertenece a la interpretación simbólica del autor.
«Muro soy: Torres mis pechos»: el versículo que revela la audacia de la obra
Entre los títulos del sumario destaca especialmente el séptimo canto: «Muro soy: Torres mis pechos...», que comienza en la página 313.
La expresión procede directamente del Cantar de los Cantares 8,10. En ese pasaje, la mujer se compara con una muralla y relaciona sus pechos con torres, dentro de una sucesión de imágenes que celebran su madurez, su belleza y su posición ante el amado.
Es una imagen profundamente corporal. La muralla sugiere firmeza y protección; las torres forman parte de una comparación arquitectónica aplicada a la anatomía femenina. La poesía combina elementos que no pertenecen al mismo orden material y produce una representación de la amada a través de su cuerpo.
La comparación entre varias traducciones de Cantar 8,8-10 permite apreciar diferencias expresivas, aunque todas conservan la relación entre muralla y pechos. Unas versiones hablan de una mujer que encuentra paz ante el amado; otras ponen el acento en la belleza y la madurez.
Al trasladar esta imagen a una obra dedicada a la Virgen María, Agustín de la Cruz entra en un terreno particularmente delicado. La tradición cristiana ha representado abundantemente la maternidad de María, la lactancia de Jesús y la dimensión corporal de la Encarnación. Pero interpretar el cuerpo femenino descrito por el Cantar en clave mariológica plantea problemas diferentes.
La novedad no puede consistir en que María tenga una dimensión corporal, algo central para la doctrina cristiana de la Encarnación. La audacia está en utilizar una poesía originariamente amorosa y sensual como lenguaje de contemplación de la madre de Jesús.
La diferencia es importante porque permite entender por qué un libro religioso puede provocar lecturas muy distintas. Para un lector devoto, las imágenes podrían expresar cualidades espirituales de María. Para un estudioso de la literatura bíblica, constituyen ante todo elementos de un poema amoroso. Para un historiador de las ideas religiosas, el interés reside en observar cómo una misma imagen cambia de significado al pasar de una tradición interpretativa a otra.
El subtítulo del libro anuncia precisamente una visión «íntima y audaz». No tenemos documentación que permita determinar qué alcance exacto daba el autor a esas palabras, pero los títulos del índice permiten comprobar que no evitó algunos de los pasajes más intensamente corporales del texto bíblico.
De san Juan de la Cruz a los nueve cantos de Agustín de la Cruz
El título Descubre tu presencia posee una resonancia literaria particularmente significativa. Son las mismas palabras con las que comienza una de las estrofas más conocidas del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz.
En ese poema del siglo XVI, el alma busca al amado divino y expresa el sufrimiento provocado por su ausencia. La presencia deseada no es una simple proximidad física: significa una forma de unión y conocimiento espiritual que el lenguaje amoroso intenta expresar.
El teólogo Xabier Pikaza dedicó una reflexión a esta estrofa del Cántico espiritual, explicando cómo el deseo de presencia transforma la búsqueda del amado en una experiencia religiosa.
La coincidencia literal entre el verso de san Juan de la Cruz y el título de nuestro libro constituye una referencia literaria especialmente sugerente. Ambos textos participan de una tradición que utiliza el amor humano como lenguaje de la relación con Dios. No obstante, las páginas documentadas de nuestro ejemplar no permiten asegurar que Agustín de la Cruz eligiera expresamente ese título como homenaje al poeta carmelita.
La estructura del libro refuerza su dimensión poética. En lugar de capítulos doctrinales convencionales, el autor dispone su exposición en nueve cantos. Esa elección aproxima formalmente el volumen a una composición extensa de carácter contemplativo.
Los primeros títulos recorren el deseo y la ausencia: «Un beso que valió mil mundos», «Mil besos mensaje de una voz» y «Tristeza en un lecho vacío». Después aparecen «Anatomía de un alma enamorada» y «Signos y símbolos de la corporeidad», que desplazan la atención hacia la relación entre el cuerpo y su interpretación espiritual.
La parte final anuncia una transformación del registro. «Aquella danza reveló a Dios», desde la página 245, introduce una imagen dinámica del encuentro. «Muro soy: Torres mis pechos...», desde la 313, recupera una expresión corporal concreta del texto bíblico. Finalmente llegan «Reina de los Ángeles» y «Templo de la Trinidad», cuyos comienzos se sitúan en las páginas 363 y 447.
La sucesión permite apreciar un movimiento general desde el deseo amoroso hacia las representaciones más explícitamente teológicas de María. No basta para reconstruir los argumentos de cada canto, pero sí muestra una organización deliberada en la que las imágenes corporales preceden al desarrollo de títulos religiosos tradicionales.
Ese recorrido constituye una de las características diferenciales de la obra. El autor no se limita a reunir elogios marianos ni a comentar aisladamente versículos bíblicos: organiza una extensa exposición cuyo vocabulario pasa del beso y el cuerpo a la realeza celestial y la Trinidad.
1984: cuando Juan Pablo II también hablaba del cuerpo en el Cantar
La fecha de publicación de nuestro ejemplar ofrece una coincidencia histórica interesante. En 1984, el mismo año en que Agustín de la Cruz publicó su interpretación mariana en Zaragoza, Juan Pablo II dedicó varias audiencias generales al Cantar de los Cantares dentro de su reflexión sobre el amor humano y la teología del cuerpo.
El 23 de mayo de aquel año, el pontífice abordó el poema bíblico y recordó la diversidad de interpretaciones que había suscitado. Mencionó expresamente las lecturas antiguas que lo relacionaban con Cristo y la Iglesia, el alma individual y la Virgen María.
La audiencia del 23 de mayo de 1984 resulta especialmente útil para comprender el ambiente teológico de la época. Juan Pablo II no pretendía eliminar el sentido amoroso del poema, sino estudiar cómo el lenguaje corporal de los amantes podía relacionarse con una concepción cristiana del matrimonio y del amor.
Una semana después, en la audiencia del 30 de mayo, desarrolló el significado de la admiración recíproca entre los esposos. El 6 de junio volvió sobre la cuestión y explicó la relación entre la cercanía amorosa, el lenguaje del cuerpo y el conocimiento de la persona amada.
Estas intervenciones ofrecen un contraste revelador. Mientras el pontífice estudiaba principalmente el cuerpo y el amor entre los esposos, nuestro libro anunciaba una interpretación de las mismas imágenes orientada hacia la figura de María.
Ambas aproximaciones proceden del mismo universo de referencias bíblicas y teológicas, pero persiguen objetivos distintos. Una reflexiona sobre el amor conyugal; la otra utiliza el poema para desarrollar una contemplación mariana.
No hemos encontrado documentación que permita establecer una influencia directa entre las audiencias pontificias y la obra de Agustín de la Cruz. La coincidencia cronológica no demuestra que el autor conociera aquellas intervenciones ni que estas condicionaran la redacción del volumen.
Su comparación, sin embargo, permite observar una cuestión más amplia: el interés del pensamiento católico contemporáneo por recuperar la dimensión corporal del lenguaje bíblico. El Cantar ofrecía un terreno especialmente rico porque nunca había dejado de hablar de cuerpos, besos y deseo, incluso cuando sus intérpretes intentaban expresar realidades espirituales.
Una recepción devota y un lugar en la bibliografía mariológica
La contraportada de nuestro ejemplar conserva tres comentarios que permiten aproximarnos a la recepción inicial de la obra.
El carmelita Enrique M.ª Esteve elogia la interpretación espiritual del Cantar de los Cantares y, en particular, su aplicación a la Virgen María. Su valoración se centra en la fidelidad religiosa que encuentra en la lectura.
Otro carmelita, Rafael M.ª López Melús, considera la propuesta más atrevida que el comentario de san Bernardo sobre el Cantar. Su observación resulta interesante porque coloca el volumen de Agustín de la Cruz frente a uno de los modelos fundamentales de la interpretación mística medieval.
Finalmente, Isabel Salcedo destaca la originalidad de la aproximación a la anatomía femenina de María y presenta el libro como una obra artística y espiritual. Su comentario insiste en la capacidad del texto para estimular la imaginación, la reflexión y la devoción.
Estos testimonios tienen un valor documental concreto: muestran cómo determinados lectores acogieron la obra y qué aspectos consideraron dignos de elogio. No constituyen, por sí solos, una evaluación académica independiente ni permiten afirmar que las interpretaciones del autor fueran aceptadas de manera general por los especialistas.
La recepción documental del libro va, sin embargo, más allá de esos comentarios.
Hemos localizado Descubre tu presencia en la Bibliografia Mariana, volumen octavo, dentro del apartado dedicado al Canticum Canticorum. La obra aparece identificada con la referencia D92, publicada en Zaragoza en 1984 y con una extensión de 486 páginas.
Ese registro coincide con la paginación del ejemplar conservado en Librería5. Resulta especialmente valioso porque se trata de una recopilación bibliográfica especializada en estudios marianos, no de una simple descripción comercial.
El mismo repertorio incorpora, en la referencia siguiente, un artículo de N. Sánchez Prieto titulado «El Cantar de los Cantares para María», publicado en la revista Cistercium en 1988. La proximidad bibliográfica permite situar el libro de Agustín de la Cruz dentro de una línea de estudios sobre la interpretación mariana del poema bíblico. No demuestra, por sí sola, una relación intelectual directa entre ambos trabajos.
La bibliografía especializada conserva así una huella importante de una obra cuya presencia digital es limitada. Los registros localizados permiten identificar su edición y su temática, pero ofrecen muy poca información sobre la estructura interna de los nueve cantos.
Precisamente ahí adquiere valor el ejemplar físico: su índice permite documentar una organización narrativa y simbólica que normalmente queda reducida, en las fichas bibliográficas, a una larga expresión de título y subtítulo.
El ejemplar conservado en Librería5: Editorial Círculo, Zaragoza, 1984
El volumen conservado en Librería5 corresponde a la edición publicada en Zaragoza en 1984 por Editorial Círculo. La portada atribuye la obra al P. Agustín de la Cruz, C. D., denominación que conservamos tal como aparece impresa, sin desarrollar unas siglas cuya interpretación personal o institucional no hemos podido verificar documentalmente.
La página legal recoge la expresión «Con las debidas licencias», habitual en determinadas publicaciones religiosas. No identifica, en el material examinado, las autoridades concretas que las concedieron ni las fechas de aprobación, por lo que no corresponde reconstruir esos datos mediante suposiciones.
El ISBN impreso es 84-85036-08-5 y el depósito legal, Z. 77-1984. La impresión se atribuye a Octavio y Félez, S. A., con domicilio en el paseo de Cuéllar, números 11 y 13, de Zaragoza. La fotocomposición fue realizada por Tiposens.
La identificación precisa de estos responsables permite documentar la producción material de un libro religioso aragonés de los años ochenta. Se trata de información que suele desaparecer cuando una obra queda reducida a un registro de autor, título, editorial y año.
La cubierta utiliza una ilustración de carácter religioso en la que María ocupa la posición central, acompañada de símbolos tradicionales como la paloma y el león. La composición combina el tratamiento figurativo de la Virgen con elementos destinados a evocar una interpretación espiritual de su presencia.
El ejemplar tiene 486 páginas. La cifra coincide con la registrada en el volumen octavo de la Bibliografia Mariana, aunque otras descripciones bibliográficas y comerciales consignan extensiones diferentes.
En particular, el volumen séptimo del mismo repertorio mariológico describe una extensión de 483 páginas y dos hojas ilustradas, mientras que determinados catálogos comerciales registran 482 o 483 páginas. No disponemos de documentación suficiente para determinar si estas diferencias responden al cómputo de hojas finales, páginas sin numerar u otros criterios descriptivos. Para la identificación de nuestro ejemplar mantenemos sus 486 páginas.
La peculiaridad de este volumen no consiste únicamente en su extensión ni en los datos de imprenta. El índice conserva una organización poco convencional para una obra mariana: desde la fuerza del beso inicial hasta el cuerpo femenino expresado mediante símbolos bíblicos y la contemplación final de María en relación con la Trinidad.
La comparación con las fuentes antiguas y con las interpretaciones cristianas posteriores permite valorar ese recorrido sin confundir distintos planos. El Cantar de los Cantares es un poema amoroso; la lectura mariana constituye una interpretación religiosa; y el libro de Agustín de la Cruz es una elaboración particular dentro de esa tradición.
Su interés histórico y literario reside precisamente en esa transformación. Allí donde el texto bíblico habla de amantes que se desean y se buscan, el autor propone descubrir la presencia de María. La operación puede suscitar adhesión espiritual, reservas exegéticas o curiosidad intelectual, pero pone de manifiesto algo fundamental en la historia de los textos religiosos: una obra no permanece necesariamente limitada a su primer horizonte de significado.
Durante siglos, las mismas palabras han servido para expresar deseo humano, alianza divina, unión mística y contemplación mariana. Descubre tu presencia constituye un testimonio singular de esa capacidad de reinterpretación: un extenso libro aragonés de 1984 que se atreve a buscar a la Virgen María precisamente donde el lenguaje bíblico habla con mayor intensidad del cuerpo y del amor.
Fuentes consultadas
- Ejemplar conservado en Librería5. P. Agustín de la Cruz, C. D., Descubre tu presencia. Visión nueva, íntima y audaz de la Virgen María a través del Cantar de los Cantares, Editorial Círculo, Zaragoza, 1984. Portada, contraportada, página legal e índice. Fuente primaria de los datos editoriales y de la estructura de la obra.
- Bibliografia Mariana, volumen octavo, referencia D92. Registro especializado de la obra en el apartado Canticum Canticorum, con atribución de 486 páginas.
- Bibliografia Mariana, volumen séptimo. Registro bibliográfico que consigna una extensión de 483 páginas y dos hojas ilustradas.
- Benedicto XVI, audiencia general del 9 de diciembre de 2009: Ruperto de Deutz. Contexto histórico de la interpretación mariana del Cantar de los Cantares.
- Juan Pablo II, audiencia general del 23 de mayo de 1984: El Cantar de los Cantares. Exposición sobre el poema bíblico, sus interpretaciones históricas y el lenguaje del cuerpo.
- Juan Pablo II, audiencia general del 30 de mayo de 1984. Reflexión sobre el amor nupcial y la expresión corporal.
- Juan Pablo II, audiencia general del 6 de junio de 1984. Continuación del análisis del Cantar de los Cantares en relación con el amor humano.
- David W. Kling, «Let Him Kiss Me with the Kisses of His Mouth!»: Bernard and the Song of Songs. Estudio sobre Orígenes, san Bernardo y la tradición de interpretación alegórica del Cantar.
- Madeleine Taradach y Joan Ferrer, El comentario de Rashi al Cantar de los Cantares. Investigación sobre la tradición judía de interpretación del poema.
- Xabier Pikaza, «Descubre tu Presencia: Dios, Adviento de amor (Juan de la Cruz)», 2012. Análisis teológico de la estrofa del Cántico espiritual que comparte expresión con el título del libro.
- Cantar de los Cantares 8,8-10: comparación de traducciones bíblicas. Texto de referencia para la expresión que da título al séptimo canto de la obra.
- Libros con Historia — registro comercial de Descubre tu presencia. Identificación de la edición de Editorial Círculo y contraste de datos bibliográficos.