En el Olimpo de Robert Graves los dioses no son figuras solemnes contemplando el mundo desde las nubes. Son una familia rica, inmortal, poderosa y extraordinariamente pendenciera: se enamoran, engañan, se vengan, sienten celos, se ridiculizan unos a otros y meten a los mortales en problemas.
Ésa es la idea que da vida a Dioses y héroes de la antigua Grecia. Graves no intenta convertir la mitología en una lista de nombres que haya que memorizar. Convierte el Olimpo en un lugar habitado. Zeus puede ser temible y al mismo tiempo presuntuoso; Hera acumula motivos para estar furiosa con su marido; Hermes nace con el talento suficiente para comenzar inmediatamente a meterse en líos; Midas consigue exactamente lo que desea y descubre demasiado tarde por qué no debería haberlo deseado.
El resultado es un libro breve, escrito originalmente para lectores jóvenes, pero sin la condescendencia habitual de cierta literatura infantil. Hay incestos, engaños, muertes, castigos, guerras familiares, monstruos, matrimonios desastrosos y héroes capaces de alternar grandeza y brutalidad. Graves comprendió algo esencial: para hacer accesibles los mitos griegos no hacía falta volverlos inocentes. Bastaba con volverlos a contar bien.
Un Olimpo que se parece demasiado a una familia humana
Graves explica desde la introducción la clave con la que quiere que el lector entre en este mundo. Para los griegos, los dioses podían recibir sacrificios y ser temidos sin dejar por ello de resultar cómicos, mezquinos o ridículos. El cielo no estaba gobernado por una perfección moral abstracta, sino por una familia divina que se comportaba de forma reconociblemente humana, aunque dispusiera de poderes con los que cualquier disputa doméstica podía convertirse en catástrofe.
Por eso el primer capítulo no empieza con una definición académica de Zeus, Hera, Atenea o Poseidón. Graves nos hace entrar en el palacio del Olimpo. Describe las dependencias, los tronos y los símbolos de los dioses y, mientras distribuye a cada miembro de la familia por aquel espacio, empieza a contar sus conflictos. La mitología se convierte casi en una comedia dinástica. El lector aprende quién es cada dios porque descubre con quién está casado, a quién detesta, de quién desconfía y qué clase de problema suele provocar.
Zeus constituye un buen ejemplo del tono. No aparece únicamente como «rey de los dioses» armado con el rayo. Graves lo presenta como poderoso pero también ruidoso, violento, vanidoso y siempre atento a la posibilidad de que alguien de su propia familia intente apartarlo del poder. Esa caracterización explica mejor el funcionamiento de muchos mitos que una descripción reverencial: si los dioses griegos actúan como una aristocracia familiar inmortal, entonces los celos de Hera, las rivalidades de Poseidón o las intrigas entre generaciones dejan de ser anécdotas aisladas y se convierten en la política interna del universo.
El humor no elimina la violencia. Crono devora a sus hijos; Zeus depone a Crono; los titanes son derrotados; Prometeo desafía al poder olímpico; Sísifo intenta burlar a la muerte; los gigantes se rebelan. En el mundo de Graves la autoridad divina nunca termina de estar segura porque casi cada generación recuerda cómo la anterior fue expulsada.
Veintisiete historias, pero no veintisiete compartimentos
El índice de nuestro ejemplar contiene veintisiete capítulos. Empieza con el palacio del Olimpo y los otros dioses y diosas, pasa después por Deméter y Perséfone, los titanes y el Tártaro, y continúa con episodios relativamente breves dedicados a Hermes, Orfeo, Deucalión, Orión, Asclepio o Midas. Gradualmente aparecen historias cada vez más vinculadas a los grandes héroes: Europa y Cadmo, Dédalo, Belerofonte, Teseo, Sísifo, Heracles, Jasón y el vellocino de oro, Alcestis, Perseo, la cacería del jabalí de Calidón y los siete contra Tebas.
Pero Graves no organiza este material como una enciclopedia. Los relatos se llaman unos a otros. Un dios engendra a un héroe que interviene después en otra historia; una maldición familiar reaparece generaciones más tarde; un monstruo derrotado en un episodio deja descendientes o consecuencias en el siguiente. Cuando llega Jasón, por ejemplo, el lector ya conoce a buena parte del mundo que hace posible la expedición de los argonautas.
La selección también dice mucho sobre el proyecto. No encontramos aquí una exposición completa de todas las variantes conocidas de cada mito. Graves escoge una línea narrativa y avanza. El sacrificio de la exhaustividad permite que el lector conserve algo difícil de obtener leyendo un diccionario mitológico: la sensación de que todos esos relatos pertenecen a un mismo universo.
En el mito de Deméter y Perséfone, por ejemplo, no basta con saber que una diosa representa la agricultura y otra pasa parte del año en el mundo de los muertos. La historia explica una ausencia, una búsqueda materna, una negociación entre dioses y una solución imperfecta que organiza el tiempo del mundo. En Midas, el don extraordinario termina revelándose como una trampa. En Orfeo, el talento capaz de conmover incluso al reino de los muertos no puede corregir una sola mirada en el momento equivocado. En Sísifo, la inteligencia llevada hasta el desafío de la propia muerte acaba transformándose en castigo eterno.
Graves conserva así una de las características más poderosas del mito: rara vez funciona como una sencilla lección moral. Los personajes reciben dones que se vuelven contra ellos, son castigados por virtudes llevadas demasiado lejos o descubren que la solución de un problema ha creado otro. El relato permanece porque admite más de una interpretación.
Heracles, Teseo, Perseo y Jasón: héroes sin santidad
La palabra «héroe» puede engañar al lector moderno. Estamos acostumbrados a utilizarla como equivalente de persona moralmente admirable. Los héroes griegos no funcionan así. Heracles, Teseo, Jasón o Perseo pueden realizar hazañas extraordinarias sin convertirse por ello en modelos de comportamiento impecable.
Heracles concentra buena parte de esa ambivalencia. Su fuerza resuelve problemas que nadie más podría afrontar, pero su historia está atravesada por violencia, servidumbre, culpa y episodios en los que el poder físico no sirve para dominarse a sí mismo. Los trabajos constituyen aventuras memorables —el león de Nemea, la hidra, los establos de Augías, el jabalí, las aves, el ganado—, pero forman también una larga cadena de obligaciones. El héroe más fuerte de Grecia pasa una parte decisiva de su vida obedeciendo órdenes.
Teseo aparece igualmente como fundador, vencedor del Minotauro y gran figura ateniense, pero sus decisiones dejan víctimas. Jasón consigue reunir a los argonautas y alcanzar la Cólquide, aunque su éxito depende decisivamente de Medea y no conduce a un final particularmente glorioso. Perseo triunfa sobre Medusa gracias a ayudas divinas y objetos que otros ponen en sus manos. Graves conserva de este modo algo que las versiones excesivamente moralizadas pierden con facilidad: el héroe no es autosuficiente.
Ese detalle importa porque el mundo mítico griego está construido sobre relaciones de dependencia. Los héroes necesitan dioses; los dioses utilizan héroes; los reyes dependen de profecías; las familias heredan conflictos; un favor exige otro favor. Incluso las grandes hazañas individuales suceden dentro de redes de parentesco, hospitalidad, juramentos y deudas.
De ahí que muchas historias continúen resultando modernas. No porque los griegos anticiparan nuestras categorías morales, sino porque sus personajes rara vez caben en ellas cómodamente. El mismo hombre puede ser admirable en una escena y desastroso en la siguiente.
Graves selecciona los mitos: no existe una única «versión verdadera»
Este punto es importante para leer a Robert Graves. La mitología griega no llegó hasta nosotros como un libro sagrado con una versión definitiva de cada acontecimiento. Homero cuenta unas cosas, Hesíodo otras; los dramaturgos modifican genealogías o motivaciones; poetas posteriores introducen variantes; cultos locales conservan tradiciones distintas. Un mismo personaje puede tener varios padres, varios lugares de nacimiento o finales incompatibles según la fuente.
Graves conocía perfectamente ese problema. Cinco años antes de Greek Gods and Heroes había publicado The Greek Myths, una obra muchísimo más extensa en la que reunía numerosas variantes y añadía largas interpretaciones propias sobre ritual, religión, política y evolución social. Fue un libro influyente y enormemente leído, pero algunas de sus reconstrucciones resultaron muy discutidas por los especialistas. La propia Robert Graves Foundation lo describe como una aproximación brillante pero heterodoxa.
Dioses y héroes de la antigua Grecia pertenece a otro registro. Aquí desaparece la maquinaria erudita de notas, fuentes y discusiones comparativas. Graves actúa como narrador: decide qué piezas conservar, las une y cuenta una historia coherente. Esa facilidad es una de las grandes virtudes del volumen y también la razón por la que conviene no confundirlo con una edición crítica de las fuentes antiguas.
A veces la personalidad interpretativa de Graves asoma de manera llamativa. Puede combinar tradiciones alejadas entre sí o presentar como continuidad narrativa lo que en los textos antiguos aparece de forma mucho menos segura. Precisamente por eso el libro posee voz propia. No leemos simplemente «los mitos griegos»: leemos la manera en que Robert Graves decidió volverlos a contar.
La recepción contemporánea entendió bien esa operación. En 1960, Kirkus Reviews destacó que los veintisiete relatos estaban destinados a lectores jóvenes, pero que Graves no los había reducido a una versión infantil empobrecida. Seguían presentes la violencia, las rivalidades, el simbolismo y la extrañeza del mundo antiguo. Esa decisión explica probablemente que el libro continúe publicándose para públicos muy distintos décadas después.
Un libro infantil que Ramón Irigoyen convirtió también en una provocación
Nuestra edición española tiene algo que no pertenecía al volumen original de 1960: un prólogo de Ramón Irigoyen. Y no es uno de esos textos preliminares que se limitan a elogiar al autor y resumir su biografía.
Irigoyen parte de su propia educación católica y de su formación en Filología Clásica para contar una relación tardía y conflictiva con la mitología griega. Reconoce que, de joven, aquel Olimpo promiscuo y violento le habría parecido incompatible con la solemnidad religiosa en la que había sido educado. Después vivió en Atenas, perdió la fe católica y, aun así, tardó en reconciliarse intelectualmente con aquellos dioses.
El giro del prólogo llega cuando vuelve a Graves años después y descubre que esas historias podían ser leídas precisamente por lo que tenían de irreverentes, contradictorias y humanas. Las llama «cuentos griegos maravillosos» y acaba comparando la capacidad narrativa de Graves con la de Ovidio.
El prólogo convierte así una recopilación para jóvenes en otra cosa: una reflexión autobiográfica sobre cómo aprendemos los clásicos. Irigoyen no discute solamente la calidad de Graves; discute el filtro cultural a través del cual él mismo había recibido Grecia. Su texto plantea que conocer una tradición no consiste únicamente en estudiar su gramática o memorizar sus autores, sino en ser capaz de entrar en su imaginación sin exigir que se parezca a la nuestra.
La elección del prologuista tiene además sentido propio. Irigoyen se licenció en Filología Clásica, vivió varios años en Atenas y desarrolló una extensa labor como traductor de literatura griega antigua y moderna, desde Eurípides y Esquilo hasta Cavafis y Odiseas Elitis. No habla del encuentro con Grecia como una abstracción académica: forma parte de su biografía.
De Greek Gods and Heroes a Myths of Ancient Greece
La historia editorial de la obra tiene una rareza interesante. La bibliografía oficial de Robert Graves sitúa la primera edición en Estados Unidos, publicada por Doubleday en 1960 con el título Greek Gods and Heroes e ilustraciones de Dimitris Davis. Un año más tarde apareció la primera edición británica, pero no conservó exactamente ni el título ni las ilustraciones: Cassell la publicó como Myths of Ancient Greece, ilustrada por Joan Kiddell-Monroe.
Nuestro ejemplar de 1999 identifica como título original Greek Gods and Heroes, es decir, sigue la denominación de la primera edición norteamericana. El título español, Dioses y héroes de la antigua Grecia, hace explícito el marco geográfico sin apartarse demasiado del original.
También resulta interesante la traducción. España ya conocía el libro antes de 1999. Lumen había publicado en 1986 una edición traducida por Lucía Graves, hija del escritor. El volumen de Millenium conservado en Librería5 no reutiliza esa versión: acredita una traducción diferente, realizada por Carles Serrat.
La edición de 1999 pertenece a la colección Millenium. Las 100 joyas del milenio, publicada por El Mundo a través de Unidad Editorial. Este título se identifica como el número 38 de la colección. La página legal especifica que se distribuía de forma conjunta e inseparable con el periódico. La contraportada conserva además el logotipo de Endesa como entidad colaboradora, una señal material muy propia de aquellas grandes colecciones editoriales vinculadas a la prensa de finales de los años noventa.
El ejemplar conservado en Librería5
El volumen que conservamos es una edición española de 1999 publicada en Madrid por Unidad Editorial por acuerdo con Bibliotex. Está encuadernado en cartoné y utiliza un diseño específico de la colección Millenium. La cubierta y los interiores fueron realizados por ZAC diseño gráfico y la ilustración está acreditada a Javier Vellés.
La página legal permite separar claramente esta edición de otras españolas: Carles Serrat figura como traductor, Ramón Irigoyen como autor del prólogo y Printer, Industria Gráfica, S. A., como responsable de la impresión y encuadernación. El ISBN impreso es 84-8130-155-8 y el depósito legal B. 27.353-1999.
El índice del ejemplar conservado en Librería5 recoge veintisiete capítulos distribuidos a lo largo de 118 páginas. El último, «El final del reinado de los dioses del Olimpo», comienza en la página 113 y cierra un recorrido por las principales divinidades, héroes y relatos de la mitología griega. La estructura breve y accesible responde al propósito de Robert Graves: ofrecer una introducción amena a los mitos clásicos sin renunciar a su riqueza narrativa.
Por qué sigue funcionando
Hay libros de mitología muy superiores si lo que buscamos es seguir variantes, comparar fuentes antiguas o reconstruir cultos. También existen obras contemporáneas mucho más prudentes ante algunas de las interpretaciones históricas que Robert Graves defendió a lo largo de su carrera. Ésa no es la razón principal para leer este libro.
Su fuerza está en otra parte: consigue que un lector entre en la mitología sin sentir que está estudiando un catálogo. Cuando aparece un nombre nuevo suele venir acompañado de una acción, una rareza, un parentesco o una enemistad. Los dioses tienen personalidad antes de convertirse en materia de examen. Los héroes resultan memorables porque toman decisiones y pagan por ellas.
Graves tampoco domestica demasiado a los griegos. Su mundo continúa siendo extraño. Los dioses pueden comportarse de forma caprichosa, una profecía puede destruir precisamente a quien intenta evitarla, el parentesco no garantiza afecto y la frontera entre gran héroe y hombre peligroso es muchas veces incómodamente estrecha.
Eso explica que un libro concebido para lectores jóvenes en 1960 siga teniendo lectores adultos. No ofrece una Grecia de estatuas blancas e inmóviles. Devuelve movimiento a las figuras: Zeus vuelve a discutir, Hermes vuelve a engañar, Orfeo vuelve a mirar hacia atrás y Midas vuelve a descubrir que los deseos necesitan más inteligencia que entusiasmo.
Ramón Irigoyen entendió bien ese efecto en el prólogo de nuestra edición. Años después de haber estudiado griego, necesitó volver a estas historias sin solemnidad para comprenderlas de otra manera. Quizá ésa sea también la mejor puerta de entrada para cualquier lector: no empezar preguntándose qué hay que aprender de los mitos, sino dejar que primero vuelvan a ser historias.
Fuentes consultadas
- Robert Graves Foundation — bibliografía de Greek Gods and Heroes: primera edición estadounidense de 1960, edición británica de 1961 y datos de las ilustraciones originales.
- Robert Graves Foundation — The Greek Myths: publicación de la obra mitológica extensa de Graves en 1955.
- Kirkus Reviews, reseña de 1960: recepción contemporánea del libro como recopilación de veintisiete mitos destinada a lectores jóvenes.
- Our Mythical Childhood Survey, Universidad de Varsovia: estudio académico sobre la obra, su público juvenil y su forma de presentar la mitología.
- Ramón Irigoyen — biografía oficial: formación clásica, estancia en Atenas y trayectoria como traductor del griego.
- Austral / Planeta de Libros: continuidad editorial española de la obra y traducción de Lucía Graves en otras ediciones.