Educar adolescentes con inteligencia emocional — Maurice J. Elias, Steven E. Tobias y Brian S. Friedlander (2001)

¿Cómo educar a un adolescente que comienza a reclamar libertad sin renunciar a la autoridad, al afecto y a la responsabilidad? Maurice J. Elias, Steven E. Tobias y Brian S. Friedlander abordaron esta cuestión en una obra publicada originalmente en Estados Unidos en 2000 y traducida al español por Plaza & Janés en 2001. Un libro nacido durante la expansión de la inteligencia emocional que propone sustituir las respuestas automáticas de los adultos por una educación más consciente, sin confundir la comprensión con la permisividad.

Un día, casi sin advertirlo, los padres descubren que las reglas que habían servido para educar a un niño han dejado de producir los mismos resultados. El hijo que aceptaba determinadas explicaciones comienza a discutirlas. Pregunta por qué debe obedecer, reclama intimidad, cuestiona las contradicciones de los adultos y concede a la opinión de sus amigos una importancia que antes parecía reservada a la familia. Los padres siguen viendo al niño que han criado. Él, en cambio, comienza a verse como alguien distinto.

La adolescencia introduce así una transformación que afecta a toda la familia. No cambia únicamente el joven; también deben cambiar las relaciones que lo rodean. La autoridad que descansaba en buena medida sobre la dependencia infantil necesita encontrar nuevas formas de legitimidad. El afecto continúa siendo indispensable, pero ya no basta con proteger. Ahora también hay que aprender a discutir, escuchar, negociar y aceptar que la independencia constituye una finalidad de la educación, no una amenaza contra ella.

Sobre ese territorio se construye Educar adolescentes con inteligencia emocional, de Maurice J. Elias, Steven E. Tobias y Brian S. Friedlander. Publicado en España por Plaza & Janés en septiembre de 2001, el libro propone aplicar al ámbito familiar las ideas que habían alcanzado una extraordinaria difusión gracias a la obra de Daniel Goleman y al desarrollo de la investigación sobre las competencias emocionales.

Su planteamiento contiene una inversión que merece atención. En lugar de comenzar preguntando qué deben hacer los padres para corregir las emociones de sus hijos, los autores les proponen examinar primero las suyas. ¿Cómo reacciona un adulto cuando se siente desobedecido? ¿Escucha realmente antes de responder? ¿Sabe distinguir entre una conducta peligrosa y una discrepancia legítima? ¿Es capaz de reconocer sus propios errores sin considerar que pierde autoridad?

Estas preguntas desplazan la educación desde el terreno exclusivo de las órdenes hacia el de la relación humana. El adolescente no es presentado simplemente como un problema que debe resolverse, sino como una persona que está aprendiendo a administrar una autonomía para la que todavía necesita orientación.

El ejemplar conservado en Librería5 pertenece a la colección «Autoayuda», tiene una extensión comunicada de 258 páginas y conserva una característica histórica interesante: procede de una época en la que Internet ya aparecía entre los recursos educativos recomendados, pero todavía no existía el actual entorno de teléfonos inteligentes, redes sociales y conexión permanente.

Han transcurrido veinticinco años desde aquella edición. Algunas circunstancias de la vida adolescente han cambiado profundamente. Otras, como la necesidad de pertenecer a un grupo, la búsqueda de identidad y el conflicto entre libertad y protección, continúan siendo reconocibles.

Portada de Educar adolescentes con inteligencia emocional de Maurice J. Elias, Steven E. Tobias y Brian S. Friedlander, Plaza y Janés, 2001
Cubierta del ejemplar de Librería5. La edición española apareció en la colección «Autoayuda» de Plaza & Janés en septiembre de 2001.

La inteligencia emocional y una nueva manera de entender la educación

Cuando este libro llegó a las librerías españolas, la expresión «inteligencia emocional» estaba atravesando una etapa de extraordinaria popularidad. Sin embargo, su historia científica había comenzado antes de que Daniel Goleman la convirtiera en un fenómeno editorial.

En 1990, los psicólogos Peter Salovey y John D. Mayer publicaron en la revista Imagination, Cognition, and Personality un artículo titulado Emotional Intelligence. Allí formularon un marco teórico que relacionaba la identificación de las emociones, su comprensión y su regulación con determinados procesos de pensamiento y comportamiento.

La propuesta cuestionaba una separación demasiado rígida entre razón y emoción. Los sentimientos no tenían por qué entenderse únicamente como perturbaciones que impedían pensar correctamente. También podían proporcionar información sobre nuestras necesidades, nuestras relaciones y el significado que atribuimos a los acontecimientos.

El éxito internacional del libro Inteligencia emocional, publicado por Daniel Goleman en 1995, trasladó estas ideas a un público mucho más amplio. El concepto comenzó a utilizarse en la educación, la empresa, las relaciones familiares y los programas de desarrollo personal. Su popularización, sin embargo, también amplió sus significados: no todas las teorías que emplean la expresión describen exactamente las mismas capacidades ni utilizan los mismos procedimientos para medirlas.

En ese contexto, Maurice J. Elias, Steven E. Tobias y Brian S. Friedlander trasladaron la discusión a uno de sus escenarios más cotidianos: la convivencia entre padres e hijos. Los tres habían trabajado en psicología y educación, y compartían el interés por convertir las competencias emocionales en herramientas aplicables a situaciones reales.

La importancia de este desplazamiento reside en que una familia no funciona como un laboratorio. Los conflictos aparecen después de una jornada agotadora, durante una discusión por los horarios, ante unas malas calificaciones o cuando un adolescente toma una decisión que sus padres consideran irresponsable. La dificultad no consiste únicamente en conocer una teoría, sino en utilizarla cuando intervienen el cansancio, el miedo, el orgullo o la frustración.

Los autores intentan ofrecer un puente entre ese conocimiento y la experiencia familiar. La inteligencia emocional deja de ser solamente una característica atribuida a las personas y se convierte en una práctica: reconocer qué está ocurriendo, considerar las consecuencias de las respuestas disponibles y elegir una intervención que preserve, en la medida de lo posible, tanto la relación como los límites necesarios.

Esta concepción se relaciona con el movimiento del aprendizaje social y emocional que se estaba consolidando en Estados Unidos. La organización CASEL, fundada en 1994, situó las competencias sociales y emocionales dentro de la educación escolar. Maurice J. Elias figura entre sus primeros colaboradores, circunstancia que permite comprender que el libro no surgiera simplemente al calor de una moda editorial, sino dentro de una trayectoria de investigación y aplicación educativa anterior.

No obstante, que una propuesta tenga antecedentes académicos no significa que todas sus recomendaciones estén demostradas con idéntico grado de certeza. La educación emocional reúne ideas teóricas, observaciones prácticas, intervenciones investigadas y consejos cuya eficacia puede variar considerablemente según el contexto.

Leer hoy esta obra exige conservar ambas perspectivas: reconocer su lugar en la historia de la educación emocional y examinar críticamente hasta dónde alcanzan sus afirmaciones.

El adolescente no es un niño averiado: identidad, autonomía y pertenencia

Uno de los problemas fundamentales de la adolescencia consiste en la transformación de la identidad. Durante la infancia, buena parte de las referencias personales proceden de la familia y de las instituciones educativas. Con la adolescencia, esas referencias comienzan a competir con otras: los amigos, las relaciones afectivas, la cultura juvenil y las primeras decisiones que el individuo percibe como verdaderamente propias.

La independencia no aparece de repente ni se conquista mediante un acontecimiento único. Se ensaya en innumerables situaciones cotidianas. Elegir la ropa, decidir con quién relacionarse, organizar el tiempo libre o defender una opinión diferente de la familiar pueden convertirse en experiencias importantes porque expresan una pregunta más profunda: quién soy y hasta qué punto puedo decidir sobre mi vida.

El tercer capítulo del libro, que comienza en la página 61, se ocupa precisamente de lo que necesitan los adolescentes para desarrollar una identidad saludable. Su posición dentro del índice es significativa. Antes de presentar las herramientas concretas de intervención, los autores dedican una parte considerable de la obra a comprender las condiciones en las que se desarrolla la personalidad adolescente.

Desde esta perspectiva, el conflicto entre padres e hijos puede adquirir un significado distinto. Una discusión no demuestra necesariamente que la educación haya fracasado. Algunas discrepancias forman parte del proceso mediante el cual una persona aprende a defender sus criterios, reconocer los de los demás y asumir las consecuencias de sus decisiones.

Pero tampoco sería razonable idealizar cualquier comportamiento bajo el nombre de autonomía. El desarrollo personal necesita oportunidades para experimentar y equivocarse, al mismo tiempo que requiere protección frente a daños que el adolescente todavía puede tener dificultades para anticipar.

La cuestión decisiva es distinguir entre aquello que pone realmente en peligro su bienestar y aquello que simplemente contradice las preferencias de los adultos. No todas las diferencias merecen una confrontación. Una familia que convierte cualquier desacuerdo en una batalla por la autoridad puede terminar erosionando precisamente el respeto que pretende conservar.

Existe, además, una transformación que los padres no siempre reciben con serenidad: el adolescente necesita progresivamente que las relaciones exteriores a la familia adquieran importancia. La amistad y la aceptación del grupo contribuyen al desarrollo de una identidad propia, aunque también pueden introducir presiones que resulten difíciles de administrar.

La educación debe ayudar a reconocer esas influencias sin pretender eliminarlas. Proteger a una persona de cualquier decisión externa equivaldría a privarla de ocasiones para aprender a decidir.

La autonomía constituye, por tanto, una finalidad paradójica de la crianza: educar bien implica preparar al hijo para que un día ya no necesite que otros resuelvan por él las cuestiones ordinarias de su existencia.

Amor, risas, límites y lazos: una autoridad que necesita algo más que obediencia

El segundo capítulo lleva un título que resume buena parte de la filosofía del libro: «Amor, risas, límites y lazos». Comienza en la página 40 y sitúa en un mismo plano elementos que con frecuencia aparecen enfrentados en las discusiones sobre crianza.

El afecto no excluye la exigencia. La existencia de límites tampoco obliga a convertir las relaciones familiares en una sucesión de órdenes, amenazas y castigos. Los autores proponen una combinación en la que el adolescente pueda experimentar simultáneamente seguridad, pertenencia y responsabilidad.

La cuestión de la autoridad merece detenerse un momento. Durante mucho tiempo se ha confundido su ejercicio con la capacidad de obtener obediencia inmediata. Sin embargo, una conducta obediente no demuestra necesariamente que quien la realiza comprenda el sentido de la regla, la considere legítima o esté preparado para respetarla cuando desaparezca la vigilancia.

Existe una diferencia considerable entre comportarse de determinada manera por miedo a una consecuencia y hacerlo porque se ha aprendido a valorar las razones que justifican una conducta. Ambos caminos pueden producir resultados exteriormente parecidos, pero no contribuyen del mismo modo a la formación del juicio.

La propuesta de Elias, Tobias y Friedlander encuentra aquí uno de sus puntos más aprovechables. El propósito no consiste únicamente en evitar que un adolescente haga algo perjudicial en presencia de sus padres, sino en proporcionarle recursos para que pueda decidir cuando se encuentre fuera del ámbito familiar.

El humor aparece como un componente sorprendente de esta estrategia. No porque los problemas de la adolescencia carezcan de gravedad, sino porque determinadas tensiones pueden agravarse cuando los adultos convierten cualquier incidencia en una prueba de autoridad. Una situación que admite una respuesta proporcionada puede transformarse en una confrontación innecesaria si ambas partes consideran que ceder equivale a perder.

Naturalmente, el humor también tiene límites. La ironía humillante, la ridiculización o la burla no se convierten en recursos educativos por presentarse como bromas. La risa que aproxima a las personas es distinta de aquella que establece una jerarquía entre quien se ríe y quien debe soportarla.

Los límites, por su parte, necesitan claridad. Una norma que cambia de manera arbitraria, que se aplica dependiendo del humor de los adultos o que carece de una explicación comprensible puede producir desconcierto y resistencia. Su función debería guardar relación con aquello que pretende proteger: la seguridad, la convivencia, el descanso, el aprendizaje y el respeto recíproco.

Quizá lo más interesante de esta combinación sea que reconoce una realidad incómoda: los padres también pueden actuar impulsivamente, interpretar mal una situación y equivocarse. El respeto no exige infalibilidad. Al contrario, reconocer un error puede enseñar más sobre responsabilidad que una larga explicación destinada a justificar lo injustificable.

La educación emocional no consiste en suprimir el conflicto, sino en evitar que cada conflicto destruya un poco de la confianza necesaria para resolver el siguiente.

Una caja de herramientas para pensar antes de reaccionar

El capítulo quinto introduce una decisión metodológica particularmente significativa. Comienza en la página 105 y propone que los padres empiecen por examinarse a sí mismos mediante un test de inteligencia emocional aplicado a la educación de sus hijos. Solo después aparece la segunda parte del volumen, dedicada a presentar las herramientas concretas.

La disposición no es accidental. Los adultos suelen conocer perfectamente los comportamientos que desean modificar en sus hijos. Les resulta más difícil reconocer la contribución de sus propias respuestas a la escalada de un conflicto. El cansancio puede convertirse en irritación; la preocupación, en control excesivo; y el deseo de proteger, en una incapacidad para conceder espacios de decisión.

La segunda parte, iniciada en la página 127, recibe el nombre de «Una caja de herramientas para educar con inteligencia emocional a los adolescentes». Su único capítulo está dedicado a procedimientos que los autores identifican mediante diversas siglas, entre ellas ESP y AEDPY.

Una reseña contemporánea de la edición original, publicada por Publishers Weekly en septiembre de 2000, explica que ESP corresponde a una secuencia de evaluación, selección y actuación: detener la reacción automática, considerar las alternativas y proceder con una respuesta elegida.

El principio puede parecer extraordinariamente sencillo. Precisamente por eso resulta fácil subestimar su dificultad. La mayoría de las personas son capaces de reflexionar con cierta serenidad sobre una discusión que ya ha terminado. El verdadero desafío consiste en conservar esa capacidad mientras se está produciendo.

Una orden ignorada, una respuesta insolente o una noticia preocupante pueden desencadenar interpretaciones inmediatas. El adulto puede sentir que está perdiendo autoridad, que su hijo no lo respeta o que cualquier concesión abrirá el camino a problemas mayores. Pero ninguna de esas conclusiones se desprende necesariamente de la primera impresión.

Introducir un intervalo entre el estímulo y la respuesta permite preguntar qué ha sucedido realmente, qué objetivo se pretende alcanzar y qué consecuencias previsibles tendrá cada intervención.

Este modo de razonar no exige abandonar las sanciones proporcionadas ni renunciar a la firmeza cuando existe una situación peligrosa. Exige, sencillamente, que la respuesta no quede determinada exclusivamente por el estado emocional del momento.

La expresión «caja de herramientas» tiene, sin embargo, un riesgo: sugerir que las relaciones humanas pueden resolverse mediante fórmulas universales. Una conversación con un adolescente angustiado no es equivalente a otra con un joven que ha incumplido deliberadamente un compromiso, y ninguna de ellas tiene necesariamente la misma solución en todas las familias.

Las herramientas deben servir al juicio, no reemplazarlo. La empatía no implica aprobar cualquier conducta; escuchar no obliga a aceptar cualquier argumento; y negociar no significa que todas las decisiones familiares deban quedar sometidas a votación.

Una técnica educativa es útil cuando ayuda a comprender mejor una situación y a responder de manera más razonable. Se vuelve contraproducente cuando se aplica mecánicamente, sin atender a las personas y circunstancias concretas.

Diez capítulos y tres partes: de la teoría a las conversaciones familiares

El índice del ejemplar conservado en Librería5 permite reconstruir con precisión la arquitectura del volumen. El libro está dividido en tres grandes partes, contiene diez capítulos y concluye con materiales destinados a ampliar las lecturas y facilitar la realización de actividades colectivas.

La primera parte, titulada «Prepárese para educar a un adolescente emocionalmente inteligente», comprende los cinco capítulos iniciales. Comienza en la página 21 con una invitación a educar por decisión propia y no por casualidad, continúa con las relaciones de respeto y los problemas de identidad, examina el hogar como refugio frente a la presión exterior y termina proponiendo que los adultos evalúen sus propias capacidades emocionales.

El capítulo cuarto, iniciado en la página 80, utiliza una imagen especialmente expresiva: convertir el hogar en un oasis de paz dentro de un desierto de presión y estrés. La metáfora define una aspiración comprensible. La familia puede representar un lugar de seguridad cuando el adolescente se enfrenta a exigencias escolares, conflictos personales o dificultades para encontrar su posición entre los demás.

Pero el ideal de un hogar protector plantea también una cuestión importante: la paz no puede depender de que sus integrantes oculten sistemáticamente lo que piensan. Un espacio familiar saludable debe permitir el desacuerdo sin que cada diferencia se convierta en una amenaza contra la relación.

La segunda parte comienza en la página 127 y concentra las herramientas prácticas de la educación emocional en el capítulo sexto. Actúa como enlace entre la preparación de los padres y los ejemplos concretos que aparecerán a continuación.

La tercera parte, «Utilizar las herramientas: ejemplos para la vida real», comienza en la página 150. Aquí se advierte con mayor claridad el propósito aplicado de la obra. Los capítulos séptimo y octavo introducen historias, conversaciones y escenas familiares, prestando especial atención al estrés de los adolescentes más jóvenes y a cuestiones relacionadas con el sexo, el amor y las relaciones en edades posteriores.

El noveno capítulo, iniciado en la página 206, lleva el título de «El Rincón Clínico: cómo reconocer y manejar situaciones difíciles». Su presencia recuerda que los conflictos familiares no siempre pertenecen al terreno de las discrepancias ordinarias. Algunas dificultades requieren una valoración más cuidadosa y pueden superar las posibilidades de intervención de los propios padres.

La obra reserva su décimo capítulo, desde la página 224, a un texto destinado especialmente a los adolescentes y pensado para ser leído con sus progenitores. Es una decisión editorial significativa: después de dedicar gran parte del libro a orientar a los adultos, los autores introducen un espacio de lectura compartida.

El volumen se completa con lecturas recomendadas desde la página 245, páginas de Internet recomendadas desde la 247 y materiales sobre círculos y redes de educación emocionalmente inteligente desde la 249. En las páginas 253 y 255 comienzan, respectivamente, un esquema para organizar esos círculos y unas directrices para leer y conducir debates.

Estos últimos apartados revelan una ambición que supera el consejo familiar individual. Los autores contemplan la educación emocional como una actividad que puede extenderse a grupos de padres, espacios de discusión y comunidades educativas.

El libro, por tanto, no está organizado como una simple colección de recomendaciones aisladas. Intenta conducir al lector desde la reflexión sobre su propia conducta hasta la aplicación de herramientas y, finalmente, hacia la deliberación compartida.

Tres psicólogos, un prólogo de Gotham Chopra y el reconocimiento de Daniel Goleman

La portada atribuye la obra a Maurice J. Elias, Steven E. Tobias y Brian S. Friedlander, tres profesionales vinculados a la psicología y al ámbito educativo estadounidense.

La solapa del ejemplar presenta a Maurice J. Elias como profesor de psicología en la Universidad Rutgers y especialista en problemas relacionados con niños y padres. Su trayectoria investigadora ha estado vinculada al aprendizaje social y emocional, así como a la prevención de dificultades escolares y de convivencia.

Steven E. Tobias aparece descrito como psicólogo y director del Centro para el Desarrollo Infantil y Familiar de Morristown, Nueva Jersey. La presentación editorial destaca su trabajo sobre desarrollo infantil, aptitudes sociales, dificultades de atención e hiperactividad, así como su actividad de orientación dirigida a familias y escuelas.

El tercer autor, Brian S. Friedlander, es presentado como psicólogo escolar en Nueva Jersey, interesado también en las aplicaciones informáticas para la resolución de conflictos sociales y el seguimiento de problemas relacionados con la autodisciplina de los estudiantes.

La combinación resulta interesante. El libro reúne perspectivas procedentes de la universidad, la orientación familiar, la psicología escolar y las herramientas aplicadas al aprendizaje. Esa diversidad contribuye a explicar su voluntad de ofrecer instrumentos utilizables fuera del entorno académico.

La página legal identifica como título original Raising Emotionally Intelligent Teenagers. La primera edición estadounidense fue publicada en 2000 por Harmony Books, una división de Random House. La obra aparece registrada dentro de la bibliografía académica de Maurice J. Elias en Rutgers con el subtítulo Parenting with Love, Laughter, and Limits, una fórmula que la edición española conserva en el título de su segundo capítulo.

La edición española incluye un prólogo de Gotham Chopra, que el índice sitúa en la página 15. No debe confundirse esta intervención con la autoría del libro, atribuida expresamente a Elias, Tobias y Friedlander.

La contracubierta reproduce, además, una recomendación firmada por Daniel Goleman, autor de Inteligencia emocional. El elogio relaciona el libro con la formación de adolescentes conscientes de su identidad, responsables y capaces de actuar con empatía.

La presencia de Goleman en la presentación comercial no es un detalle menor. En 2001 su nombre representaba una referencia inmediatamente reconocible para quienes se interesaban por la psicología divulgativa. Su recomendación contribuía a situar el volumen dentro de una corriente editorial que ya contaba con numerosos lectores.

Pero conviene distinguir el valor promocional de un aval del valor científico de una investigación. Que una figura conocida recomiende un libro puede orientar al lector hacia determinada tradición intelectual; no demuestra por sí solo la eficacia de cada método que contiene.

La recepción estadounidense tampoco fue enteramente complaciente. La reseña de Publishers Weekly reconocía la utilidad práctica de muchas propuestas, pero encontraba ocasionalmente forzado el humor y excesivo el recurso a las siglas. Esta observación permite comprender una de las tensiones propias de los manuales de divulgación: la necesidad de presentar ideas complejas de manera memorable puede terminar produciendo fórmulas más fáciles de recordar que de aplicar.

La trayectoria posterior de Elias y su participación en proyectos de aprendizaje social y emocional confirman, en cualquier caso, que su interés por estas cuestiones no quedó limitado a la publicación de un único manual destinado al mercado de autoayuda.

Qué conserva su vigencia y qué ha cambiado después de veinticinco años

Una de las características más reveladoras del libro aparece casi al final de su índice: las «Páginas de Internet recomendadas» comienzan en la página 247. En 2001, la red ya constituía un espacio suficientemente relevante para formar parte de los recursos educativos ofrecidos a las familias, pero su presencia en la vida cotidiana era muy diferente de la actual.

Los autores escribían en una época anterior a la generalización de los teléfonos inteligentes y de las principales plataformas sociales contemporáneas. Un adolescente podía utilizar Internet para comunicarse o buscar información, pero todavía no se había extendido el modelo actual de conexión permanente mediante un dispositivo personal que acompaña al usuario durante prácticamente toda la jornada.

Esta diferencia histórica no vuelve inútil el libro. Al contrario, permite distinguir entre dos clases de problemas. Algunas dificultades educativas dependen de tecnologías y circunstancias concretas; otras proceden de necesidades humanas que pueden manifestarse a través de medios distintos.

La búsqueda de aceptación entre compañeros, por ejemplo, no nació con las redes sociales. Lo que ha cambiado es la posibilidad de recibir aprobación, rechazo o comparación pública de manera continua. Del mismo modo, la intimidad adolescente no comenzó con las conversaciones digitales, aunque las formas de preservar, compartir o comprometer esa intimidad sean hoy diferentes.

Las técnicas propuestas en 2001 pueden servir como punto de partida para reflexionar sobre estos problemas, pero no deben presentarse como respuestas ya comprobadas frente a fenómenos tecnológicos que entonces no habían adquirido su forma actual.

También ha evolucionado el conocimiento científico sobre la educación emocional. En 2019, un estudio longitudinal publicado en Journal of Research on Adolescence examinó las relaciones entre las respuestas emocionales de padres y amigos y la regulación emocional de adolescentes. Sus resultados mostraron que ambos entornos podían realizar contribuciones diferenciadas, aunque el tamaño de la investigación y su diseño obligan a interpretar sus conclusiones dentro de sus límites.

Más recientemente, una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2023 encontró efectos de magnitud pequeña a moderada en diferentes intervenciones parentales centradas en las emociones, tanto en algunas variables de los padres como en dificultades de los hijos.

Estos resultados proporcionan apoyo a la posibilidad de mejorar determinadas capacidades y relaciones mediante intervenciones específicas. Sin embargo, no constituyen una validación experimental del libro de Elias, Tobias y Friedlander como programa completo, ni permiten afirmar que toda técnica presentada bajo la expresión «inteligencia emocional» produzca los mismos beneficios.

Existe igualmente un límite fundamental que conviene preservar. Los conflictos ordinarios de convivencia, las dificultades de comunicación y los trastornos de salud mental no son realidades equivalentes. Una familia puede aprender a escuchar mejor y a administrar sus discrepancias sin que ello sustituya la atención especializada cuando existe una necesidad clínica.

La Organización Mundial de la Salud continúa señalando la importancia de los entornos protectores, el aprendizaje socioemocional y el acceso a los servicios de salud mental durante la adolescencia. Son dimensiones relacionadas, pero ninguna puede reemplazar completamente a las demás.

Desde una perspectiva crítica, quizá sea preferible hablar de una educación que combina afecto, autonomía, responsabilidad y capacidad de comunicación, sin atribuir a una única teoría psicológica la explicación de todas las relaciones humanas.

La familia tampoco debe convertirse en un laboratorio permanente en el que cada palabra del adolescente se interprete como síntoma, cada discusión requiera una técnica y cada emoción deba ser examinada hasta perder su espontaneidad. La convivencia necesita reflexión, pero también normalidad, confianza, humor y espacios donde las personas puedan relacionarse sin sentirse sometidas a una evaluación continua.

El valor duradero de este libro se encuentra menos en la promesa de fabricar adolescentes emocionalmente perfectos que en una idea más modesta y razonable: los adultos pueden revisar sus propias respuestas y contribuir a crear condiciones familiares que faciliten el aprendizaje de la autonomía.

El ejemplar de Librería5: una edición española de septiembre de 2001

El volumen conservado en Librería5 permite documentar con precisión la llegada de esta obra al mercado español. Su página legal declara la primera edición en septiembre de 2001, publicada por Plaza & Janés Editores, S. A., con domicilio editorial en Travessera de Gràcia, 47-49, Barcelona.

El copyright original corresponde a Maurice J. Elias, Steven E. Tobias y Brian S. Friedlander en 2000. La publicación estadounidense se atribuye a Harmony Books, división de Random House. La traducción española figura acreditada a Beatriz Magri, identificada también en registros comerciales con el nombre de Beatriz Magri Ruiz.

El ISBN impreso es 84-01-37767-6, equivalente al ISBN moderno de trece dígitos 978-84-01-37767-9. El depósito legal se identifica como B. 31.210 - 2001, coherente con el año de publicación declarado.

La composición tipográfica se atribuye a Comptext & Ass., S. L., y la impresión a A & M Gràfic, S. L., de Santa Perpètua de Mogoda, Barcelona. Son datos materiales que habitualmente desaparecen de las reseñas generales, pero resultan importantes para identificar la producción de una edición concreta.

La cubierta combina una extensa superficie azul oscuro con un título de grandes caracteres plateados y una fotografía de adolescentes. El diseño se acredita al equipo editorial y la fotografía de portada a Stone. La composición tiene algo de documento generacional: presenta a los jóvenes como protagonistas de una etapa vital que los adultos desean comprender y orientar.

La solapa incorpora una fotografía colectiva de los tres autores, acreditada a Jennifer Auletta, acompañada de las correspondientes presentaciones profesionales. La contracubierta resume el propósito del libro y reproduce la recomendación de Daniel Goleman.

Contracubierta de Educar adolescentes con inteligencia emocional, edición de Plaza y Janés de 2001, con recomendación de Daniel Goleman
Contracubierta del ejemplar de Librería5. El texto editorial relaciona la obra con el éxito de la inteligencia emocional y reproduce una recomendación de Daniel Goleman.

La extensión comunicada para nuestro ejemplar es de 258 páginas. Los registros bibliográficos externos consultados no ofrecen una cifra uniforme. Google Books y Agapea consignan 256 páginas, mientras que otros catálogos describen extensiones diferentes.

Estas divergencias no demuestran necesariamente la existencia de ediciones distintas. Pueden responder a diferencias en los criterios de recuento, a páginas preliminares o finales no numeradas, o a errores de catalogación. En Librería5 conservamos las 258 páginas comunicadas para el ejemplar físico y distinguimos este dato de las cifras consignadas por fuentes externas.

Obra

Título
Educar adolescentes con inteligencia emocional
Autores
Maurice J. Elias; Steven E. Tobias; Brian S. Friedlander
Título original
Raising Emotionally Intelligent Teenagers
Año original
2000
Género
Ensayo divulgativo, psicología educativa y orientación familiar
Materia
Adolescencia, inteligencia emocional, educación familiar, comunicación, autonomía y resolución de conflictos
Lengua original
Inglés
Prólogo
Gotham Chopra

Edición conservada

Editorial
Plaza & Janés Editores, S. A.
Colección
Autoayuda
Edición
Primera edición, septiembre de 2001
Año
2001
Lugar
Barcelona, España
ISBN
84-01-37767-6
ISBN-13
978-84-01-37767-9
Depósito legal
B. 31.210 - 2001
Traducción
Beatriz Magri
Idioma
Español
Extensión comunicada
258 páginas
Imprenta
A & M Gràfic, S. L., Santa Perpètua de Mogoda (Barcelona)
Fotocomposición
Comptext & Ass., S. L.
Encuadernación
Rústica ilustrada
Diseño de cubierta
Equipo de diseño editorial
Fotografía de portada
Stone

Particularidades documentales

Estructura
Tres partes, diez capítulos y materiales finales de lectura y trabajo colectivo.
Primera parte
Preparación de los padres y comprensión de la adolescencia, capítulos 1-5, desde la página 21.
Segunda parte
Caja de herramientas para la educación emocional, capítulo 6, desde la página 127.
Tercera parte
Ejemplos prácticos y situaciones familiares, capítulos 7-10, desde la página 150.
Materiales finales
Lecturas, recursos de Internet, círculos de educación emocional y directrices para debates, páginas 245-255.
Recepción
Recomendación de Daniel Goleman en la contracubierta y reseña estadounidense en Publishers Weekly (2000).
Paginación
258 páginas comunicadas para el ejemplar de Librería5; existen cifras diferentes en catálogos externos.

Hay un último aspecto que merece atención. La obra fue publicada en España en septiembre de 2001, cuando la expansión comercial de la inteligencia emocional prometía ofrecer nuevas respuestas a problemas educativos antiguos. Hoy podemos contemplar aquel momento con una perspectiva más amplia. Algunas propuestas se han incorporado a la educación social y emocional; otras continúan siendo objeto de estudio, discusión o revisión.

Pero la pregunta fundamental que atraviesa el libro ha envejecido mucho menos que las tecnologías, los métodos divulgativos y las expresiones de moda que lo acompañaban.

¿Cómo puede un adulto preparar a otro ser humano para ser libre sin abandonar su responsabilidad de educarlo?

La respuesta no puede consistir simplemente en imponer obediencia. Tampoco en retirarse y esperar que el adolescente descubra por sí solo todas las consecuencias de sus decisiones. Entre esos extremos existe un territorio difícil, construido con afecto, experiencia, límites y un progresivo reconocimiento de la autonomía.

El mérito de Educar adolescentes con inteligencia emocional reside en recordar que la educación no ocurre únicamente cuando los padres explican lo que debe hacerse. También sucede cuando se equivocan, cuando reconocen una equivocación, cuando contienen una respuesta injusta y cuando permiten que sus hijos defiendan una opinión distinta.

Al comienzo de la adolescencia, los padres descubren que el niño al que estaban acostumbrados comienza a desaparecer. No se trata, sin embargo, de la pérdida de una persona, sino de su transformación. Bajo las discrepancias, las preguntas incómodas y las primeras decisiones independientes está apareciendo alguien que debe aprender a vivir sin que otros decidan permanentemente por él.

Tal vez una de las mayores dificultades de educar consista precisamente en aceptar esa transformación. Durante años, los padres enseñan a sus hijos a caminar, a hablar, a comprender el mundo y a desenvolverse en él. Finalmente, deben admitir que todo ese aprendizaje tiene una consecuencia inevitable: llegará el momento en que sus hijos caminarán hacia lugares que ellos no han elegido.

La educación habrá cumplido una parte esencial de su propósito cuando puedan hacerlo con criterio propio, responsabilidad y suficiente confianza para regresar, no porque estén obligados, sino porque todavía encuentran en su familia un lugar donde merezca la pena ser escuchados.

Fuentes consultadas