El peor pecado — Helmuth von Sohel

Trata de blancas, literatura popular y un seudónimo alemán · 1972

Un escritor llamado Helmuth von Sohel publica un libro sobre la trata de blancas. La página legal atribuye la traducción española a E. Fariñas. Hasta aquí, todo parece indicar que estamos ante una obra extranjera traducida para el público español. Pero al investigar la identidad del autor aparece una circunstancia inesperada: Helmuth von Sohel era uno de los seudónimos utilizados por el escritor español Enrique Martínez Fariñas.

La coincidencia resulta especialmente llamativa porque el apellido del supuesto traductor y el del autor que se escondía detrás del seudónimo son el mismo. No demuestra por sí sola que la traducción fuera ficticia, pero obliga a examinar con cautela la historia editorial de El peor pecado, un libro dedicado a reconstruir la historia, los mecanismos y los escándalos asociados al tráfico de mujeres para la explotación sexual.

Publicado en 1972 por Producciones Editoriales, nuestro ejemplar pertenece a una época en la que la denuncia de la prostitución y de la trata de mujeres convivía con una abundante literatura popular de tono sensacionalista. Sus páginas prometen descubrir organizaciones internacionales, redes de captación, matrimonios fraudulentos y escándalos sexuales. La cuestión es dónde termina la investigación y dónde comienza una forma de narrar el crimen concebida también para despertar la curiosidad del lector.

Portada de El peor pecado, firmado por Helmuth von Sohel, Producciones Editoriales, 1972
Portada de la edición conservada en Librería5, publicada por Producciones Editoriales en 1972.

Helmuth von Sohel: el escritor alemán que era español

El nombre de Helmuth von Sohel tiene una sonoridad deliberadamente germánica. Para el lector español de mediados del siglo XX podía sugerir una procedencia centroeuropea, particularmente adecuada para una obra que pretendía ocuparse de investigaciones criminales y problemas internacionales. Sin embargo, las referencias bibliográficas disponibles identifican ese nombre como uno de los numerosos seudónimos de Enrique Martínez Fariñas, un prolífico escritor español vinculado a la literatura popular.

La identificación aparece en repertorios de autores y en trabajos dedicados a la historia del bolsilibro español. También figura en el catálogo de Todos tus Libros, de CEGAL, donde ambos nombres aparecen asociados en el registro de autoría de Gamberros y teddy-boys, otra obra atribuida a von Sohel.

Martínez Fariñas perteneció a una generación de escritores que trabajaban para editoriales especializadas en novelas de consumo rápido, historias criminales, aventuras, relatos del Oeste y otras modalidades de literatura popular. El mercado exigía una producción constante y los seudónimos permitían presentar títulos diferentes como si procedieran de autores especializados en cada género.

Entre los nombres utilizados por Martínez Fariñas aparecen Elliot Dooley, Henry D'Oray, Ivonne Bel, Jack King, Young Lassiter, Enrico Farinacci y el propio Helmuth von Sohel. Algunos seudónimos tenían apariencia anglosajona, otros francesa o italiana. No se trataba necesariamente de ocultar una identidad por motivos políticos: también existía una lógica comercial que asociaba determinados géneros literarios con países y tradiciones editoriales concretas.

Una novela del Oeste podía parecer más auténtica si estaba firmada por un supuesto escritor norteamericano; una historia policial adquiría otra apariencia bajo un nombre inglés; y una investigación sobre criminalidad europea podía presentarse mediante un autor de resonancias germánicas.

La práctica era habitual en el mercado español del bolsilibro, aunque cada caso exige comprobar sus circunstancias. Un seudónimo no convierte automáticamente una obra en falsa ni demuestra que sus contenidos fueran inventados. Lo que modifica es la información que el lector recibe sobre quién escribe y desde qué posición de autoridad lo hace.

En el caso de El peor pecado, la cuestión se complica porque las ediciones españolas identifican como traductor a E. Fariñas. Así figura en la página legal de nuestro ejemplar de 1972 y también en descripciones de la edición de 1964.

La coincidencia permite plantear una hipótesis razonable: que la supuesta traducción formara parte de la misma presentación editorial que el seudónimo extranjero. Sin embargo, no disponemos de documentación suficiente para demostrarlo de manera concluyente. Para ello sería necesario localizar una edición original extranjera verificable, comparar los textos o encontrar contratos y documentos editoriales que explicaran la atribución.

Una ficha de la edición de 1964 atribuye incluso a la obra un supuesto título alemán, Der Mädchenhandel und interessante Kriminalfälle, aproximadamente «La trata de muchachas y casos criminales interesantes». No hemos localizado una edición alemana independiente que permita confirmar esa procedencia. El dato debe conservarse como una referencia bibliográfica pendiente de verificación, no como una prueba de que el libro nació en Alemania.

Esta pequeña investigación cambia la naturaleza del ejemplar. Ya no estamos solamente ante un libro antiguo sobre la trata de mujeres, sino ante un documento relacionado con la producción industrial de literatura popular española, sus mecanismos de atribución y la posible fabricación de una autoridad extranjera mediante nombres y créditos de traducción.

La trata de blancas: entre el crimen real y la construcción de un imaginario

La expresión «trata de blancas», que organiza buena parte del contenido del libro, pertenece a una historia mucho más antigua que la edición de 1972. Se popularizó desde finales del siglo XIX para describir el tráfico de mujeres destinadas a la prostitución, especialmente cuando implicaba desplazamientos entre países o continentes.

Su formulación resulta hoy insuficiente. La trata de personas no afecta exclusivamente a mujeres blancas, ni se limita a la explotación sexual. Pero el término conserva interés como testimonio de la manera en que las sociedades occidentales comenzaron a identificar y representar determinadas formas de explotación.

El historiador Jean-Louis Guereña ha estudiado esta cuestión a partir de los informes sobre prostitución española elaborados en 1925 para la Sociedad de Naciones. En su investigación explica cómo el tráfico de mujeres adquirió una presencia creciente en campañas internacionales, periódicos y obras de divulgación, hasta convertirse en un asunto que mezclaba preocupaciones humanitarias, intereses policiales y una intensa producción de relatos.

Uno de los escenarios especialmente representados era el traslado de mujeres europeas hacia América del Sur. Buenos Aires aparecía con frecuencia como destino de redes de prostitución internacional. La existencia de explotación y de circuitos de captación era real, aunque las narraciones periodísticas podían exagerar, simplificar o presentar como una organización única fenómenos mucho más diversos.

El problema histórico consiste en distinguir las redes criminales efectivamente documentadas de las imágenes que se difundieron sobre ellas. El secuestro de una joven inocente, su traslado a una ciudad extranjera y su encierro en un establecimiento clandestino se convirtieron en elementos recurrentes de una narrativa que podía denunciar abusos reales y al mismo tiempo alimentar el sensacionalismo.

Durante aquella época, la prostitución constituía además un terreno particularmente ambiguo para las autoridades. Los gobiernos podían justificar intervenciones policiales en nombre de la protección de las mujeres mientras mantenían sistemas de vigilancia y control sobre las propias mujeres prostituidas. La frontera entre asistencia, represión y disciplina moral no siempre resultaba clara.

Esta contradicción ayuda a comprender la importancia de estudiar las palabras utilizadas. La denominación «trata de blancas» no era simplemente una versión antigua del concepto contemporáneo de trata de personas. Formaba parte de un sistema de representaciones en el que intervenían nociones raciales, ideas sobre la virtud femenina y temores relacionados con la movilidad internacional.

El título de El peor pecado remite precisamente a ese universo moral. La explotación de seres humanos puede analizarse como una vulneración de derechos, una forma de violencia y una actividad criminal. Pero la palabra «pecado» introduce una categoría diferente: la condena religiosa o moral de determinadas conductas.

La diferencia es fundamental. No es lo mismo perseguir la coacción, el engaño o la explotación que condenar globalmente una actividad por considerarla contraria a una determinada moral sexual. Ambos discursos pueden aparecer mezclados, y durante buena parte del siglo XX esa mezcla resultó frecuente en los debates públicos sobre prostitución.

La obra atribuida a von Sohel pertenece a esa tradición. Su índice combina asuntos propios de la criminalidad organizada con capítulos dedicados a la prostitución, los espectáculos eróticos y los escándalos sexuales. Esa amplitud constituye uno de sus rasgos más reveladores.

Qué contiene realmente El peor pecado

El índice del ejemplar conservado en Librería5 permite identificar con bastante precisión la organización temática de la obra. Después del prólogo, iniciado en la página 5, aparecen dos capítulos introductorios: Antecedentes históricos, desde la página 11, y Realidad del problema, desde la 25.

La disposición anuncia un propósito explicativo. Antes de ocuparse de casos concretos, el libro pretende situar históricamente el fenómeno y ofrecer una descripción de su situación contemporánea. No podemos reconstruir las conclusiones exactas de esos capítulos sin examinar el texto íntegro, pero su presencia confirma que el volumen se presenta como algo más que una sucesión de episodios criminales.

El tercer apartado, Represión internacional, comienza en la página 47. Su inclusión conecta el tema con una historia de acuerdos diplomáticos, instituciones de vigilancia y cooperación policial que se desarrolló durante las primeras décadas del siglo XX.

La siguiente sección se titula Particularidades de la trata de blancas, desde la página 67, y prepara el paso hacia cuestiones más específicas. A partir de la página 91 aparece La prostitución: causa y desenlace de la trata, un título especialmente significativo por la relación causal que propone entre ambos fenómenos.

La formulación merece una lectura crítica. Prostitución y trata de personas no son términos equivalentes. Una investigación rigurosa debe distinguir la actividad sexual remunerada, sus diferentes condiciones de ejercicio y las situaciones de captación o explotación mediante violencia, engaño, coacción o abuso de vulnerabilidad.

El título del capítulo permite comprobar que el autor establece una relación estrecha entre prostitución y trata, pero no basta para determinar cómo desarrolla ese argumento. La existencia de la sección constituye un dato primario; la evaluación de sus razonamientos exigiría acceder al contenido completo.

La segunda mitad del índice introduce materiales de apariencia más periodística. Del strip-tease a las call-girls, desde la página 121, anuncia una aproximación a distintas formas de entretenimiento y actividad sexual comercial. Después aparece El escándalo de las millons-girls de Roma, desde la página 157.

Esta última denominación merece una advertencia documental. En nuestro ejemplar figura literalmente la expresión «millons-girls», con esa grafía. No hemos localizado una fuente independiente que permita identificar con seguridad el episodio al que se refiere ni determinar si el término designaba un caso concreto, una expresión periodística de época o una denominación particular del autor.

Sería fácil llenar ese vacío atribuyendo el capítulo a alguno de los numerosos escándalos sexuales que circularon por la prensa italiana. Pero hacerlo sin comprobar el relato equivaldría a convertir una semejanza superficial en una identificación histórica. En Librería5 preferimos conservar la expresión original y dejar constancia de que su referente no ha podido verificarse.

Los últimos capítulos, Los matrimonios blancos, desde la página 179, y Ciudades y rutas principales de la trata, desde la 191, anuncian el examen de relaciones matrimoniales y circuitos geográficos. La expresión «matrimonios blancos» puede tener diferentes significados según el contexto, de modo que tampoco sería correcto deducir de su título cuáles son los mecanismos concretos descritos.

La última sección identificada en el índice comienza en la página 233 y se titula El modus operandi del tratante. El empleo de la locución latina, habitual en el vocabulario policial y criminológico, indica que el libro termina orientándose hacia los procedimientos de actuación de quienes participan en la captación o explotación de personas.

El recorrido resulta coherente con una obra que intenta pasar de los antecedentes históricos a las operaciones concretas. Sin embargo, esa organización no permite decidir por sí sola si estamos ante una investigación original, una recopilación de reportajes o una reelaboración de materiales previamente publicados.

La autoría seudónima, la referencia a una traducción y la pertenencia del volumen a la literatura popular aconsejan examinar con especial atención la procedencia de los datos antes de considerarlos testimonios independientes.

De las call-girls a las millons-girls: el atractivo comercial del escándalo

La portada de El peor pecado presenta una contradicción reveladora. El tema anunciado es la explotación de mujeres, pero la ilustración utiliza una figura femenina sexualizada: una mujer de cabello oscuro, sentada y fumando, junto a un gran reloj de arena.

El reloj introduce una imagen asociada al paso del tiempo y a sus consecuencias. La figura femenina, en cambio, responde a los códigos visuales del entretenimiento y de la literatura popular de la época. La cubierta puede despertar curiosidad sobre un mundo considerado prohibido o clandestino sin mostrar directamente ninguna de las formas de violencia que el libro pretende estudiar.

Esta combinación era frecuente en publicaciones dedicadas al crimen, los escándalos sexuales y las conductas consideradas marginales. La denuncia moral podía convivir con una presentación comercial que utilizaba precisamente aquello que condenaba para atraer compradores.

El fenómeno no se limita a este ejemplar. La literatura popular española produjo numerosas obras con títulos relacionados con la prostitución, la delincuencia, los ambientes nocturnos y los llamados bajos fondos. Sus cubiertas recurrían a mujeres seductoras, personajes amenazantes, armas, sombras o escenas de peligro.

La misma firma de Helmuth von Sohel aparece vinculada a otros títulos como Biografía de la homosexualidad, La mujer y el delito o Biografía del crimen. La variedad temática ayuda a situar al supuesto autor extranjero dentro de un catálogo dirigido a lectores interesados en asuntos que combinaban información, curiosidad y transgresión.

El capítulo dedicado al tránsito del strip-tease a las call-girls ofrece una muestra de esa amplitud editorial. Ambos términos designan actividades diferentes y no permiten identificar automáticamente una situación de trata. Su incorporación a una obra sobre tráfico de mujeres puede responder a una intención contextualizadora, a una interpretación causal del autor o al deseo de ampliar el atractivo comercial del libro. Con la documentación disponible no es posible decidir entre esas explicaciones.

Lo que sí puede observarse es la acumulación de asuntos relacionados con la sexualidad comercial. El índice pasa de la represión internacional a la prostitución y después a los espectáculos, los escándalos y los matrimonios. La obra parece construir un panorama general de un mundo presentado como clandestino y peligroso.

El lector contemporáneo debe distinguir dos niveles. Uno es la existencia histórica de explotación sexual, redes de intermediación, violencia y criminalidad. Otro es la manera en que esos fenómenos fueron convertidos en un producto cultural para el consumo de masas.

La segunda dimensión no invalida necesariamente la primera. Un libro sensacionalista puede recoger información verdadera, del mismo modo que una publicación de apariencia académica puede reproducir errores. Pero la forma de presentación obliga a examinar qué fuentes se utilizaron y cuáles de sus afirmaciones pueden verificarse.

La historia de la literatura popular también forma parte de la historia de las mentalidades. Estas publicaciones permiten conocer qué temas despertaban curiosidad, qué conductas se presentaban como amenazas y qué imágenes se utilizaban para representar el crimen o la sexualidad.

En ese sentido, El peor pecado interesa tanto por el fenómeno que pretende describir como por su condición de objeto editorial. Su cubierta, su título y su organización temática revelan cómo podía comercializarse en la España de comienzos de los años setenta un asunto relacionado con la explotación de mujeres.

La represión internacional y la situación española

La preocupación internacional por el tráfico de mujeres había producido acuerdos mucho antes de que apareciera la obra atribuida a von Sohel. El 18 de mayo de 1904 se firmó en París un acuerdo internacional para combatir la llamada trata de blancas. Entró en vigor en 1905 y constituyó uno de los primeros instrumentos multilaterales dedicados específicamente al problema.

El 4 de mayo de 1910 se firmó una nueva convención internacional sobre la misma materia. Ambos instrumentos aparecen documentados en la Colección de Tratados de las Naciones Unidas.

Estos acuerdos pertenecían todavía a un marco jurídico distinto del actual. Sus denominaciones y algunos de sus presupuestos reflejaban preocupaciones particulares sobre las mujeres, la prostitución y los desplazamientos internacionales. A medida que evolucionó el derecho internacional, el enfoque se amplió y comenzó a utilizarse una terminología menos vinculada a categorías raciales.

Un cambio importante llegó con la Convención para la represión de la trata de personas y de la explotación de la prostitución ajena, aprobada por Naciones Unidas en 1949 y entrada en vigor en 1951. El instrumento reunió y actualizó compromisos anteriores y expresó una posición abolicionista respecto de la explotación de la prostitución.

Su preámbulo relacionaba prostitución, trata y dignidad humana mediante una formulación característica de la época. El texto es importante tanto por sus obligaciones jurídicas como por la concepción moral y social que reflejaba. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos conserva el documento completo.

En España, la relación entre prostitución, moral pública y actuación estatal tenía una historia compleja. Durante décadas habían existido sistemas de reglamentación y vigilancia que sometían a las mujeres prostituidas a controles específicos. También surgieron movimientos abolicionistas que cuestionaron ese régimen.

La Segunda República aprobó en junio de 1935 un decreto dirigido a suprimir el sistema reglamentarista. La historiadora Mercedes Rivas Arjona ha estudiado sus antecedentes, la influencia del movimiento abolicionista internacional y las limitaciones de aquella reforma. La experiencia republicana demuestra que el debate español no comenzó con el franquismo, aunque posteriormente adquiriera una orientación política y moral diferente.

Durante la dictadura, el Estado desarrolló instituciones encargadas de vigilar y controlar la conducta femenina en nombre de la protección moral. El Patronato de Protección a la Mujer constituye un ejemplo especialmente significativo.

El 3 de marzo de 1956 se aprobó un decreto-ley sobre abolición de centros de tolerancia y otras medidas relativas a la prostitución, publicado en el BOE el día 10. La norma prohibió las casas de tolerancia y declaró ilícito el tráfico de la prostitución, justificando las medidas mediante referencias explícitas a la moral social y a la dignidad de la mujer.

El registro oficial del decreto-ley de 1956 permite comprobar la fecha y la naturaleza de la disposición. Su texto original, disponible en el PDF del boletín, muestra la estrecha relación que el legislador establecía entre protección, moralidad y represión.

La historiadora Elisabet Velo i Fabregat ha investigado esta trayectoria institucional mediante documentación de la Junta Provincial de Barcelona para la Protección de la Mujer. Su estudio, publicado en 2023 en la revista Filanderas, analiza las funciones de estas instituciones y su actividad durante el franquismo.

La investigación resulta especialmente útil porque permite diferenciar el lenguaje protector utilizado por las autoridades de las prácticas concretas de control ejercidas sobre las mujeres. La persecución de conductas consideradas inmorales no siempre coincidía con una protección efectiva frente a la violencia o la explotación.

Cuando Producciones Editoriales publicó El peor pecado en 1972, este marco histórico seguía siendo relevante. La sociedad española se encontraba en la última etapa del franquismo y las cuestiones relacionadas con la sexualidad continuaban atravesadas por restricciones legales, prejuicios culturales y discursos morales.

La existencia de un libro sobre trata de mujeres no demuestra por sí sola una posición política determinada del autor o de la editorial. Sí confirma que el asunto podía convertirse en materia de divulgación popular dentro de aquel contexto.

Del pecado a la explotación: cómo ha cambiado el concepto de trata

El vocabulario empleado en 1972 permite observar hasta qué punto han cambiado algunas categorías jurídicas. Actualmente, la trata de personas se define mediante elementos que permiten distinguir la explotación de otras situaciones relacionadas con la movilidad humana o el ejercicio de actividades económicas.

El Protocolo de Naciones Unidas para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas, especialmente mujeres y niños, aprobado en 2000 como complemento de la Convención contra la Delincuencia Organizada Transnacional, estableció una definición internacional de referencia.

La trata comprende determinadas acciones, como captar, transportar, trasladar, acoger o recibir personas, realizadas mediante medios como la coacción, el engaño o el abuso de una situación de vulnerabilidad, con una finalidad de explotación. En el caso de los menores, el régimen jurídico contempla particularidades importantes que no exigen demostrar los mismos medios empleados respecto de personas adultas.

La definición permite abordar modalidades distintas de explotación, entre ellas la explotación sexual, los trabajos o servicios forzados, la esclavitud, las prácticas análogas y otras situaciones previstas en el instrumento internacional.

La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito explica la importancia del Protocolo de Palermo de 2000 como marco común para la prevención, la cooperación internacional y la persecución penal.

El cambio conceptual es importante por varias razones. La trata no necesita limitarse a mujeres ni a víctimas de una determinada procedencia racial. Tampoco exige necesariamente un desplazamiento internacional: puede producirse dentro de un mismo país.

Igualmente, la distinción entre prostitución y trata exige atender a las condiciones concretas de la actividad y a los elementos jurídicos de explotación. Las posiciones políticas sobre la regulación o abolición de la prostitución continúan siendo objeto de debate, pero esa controversia no debe sustituir la determinación de los hechos que constituyen un delito de trata.

El problema no es solamente terminológico. Las palabras influyen en qué conductas se investigan, qué personas son reconocidas como víctimas y qué mecanismos utiliza el Estado para intervenir.

Un sistema centrado exclusivamente en la moral sexual puede terminar vigilando a quienes pretende proteger. Por el contrario, un enfoque basado en la explotación, la coacción y los derechos de las personas obliga a identificar daños concretos y responsabilidades jurídicas determinadas.

La comparación con El peor pecado resulta especialmente reveladora. El libro utiliza expresiones como «trata de blancas», «represión internacional» y «modus operandi», pero también recurre a un título que presenta el fenómeno en términos morales. Es una combinación característica de una etapa en la que el lenguaje policial, la condena social y la divulgación comercial coexistían estrechamente.

No sería justo juzgar automáticamente cada afirmación de una obra antigua mediante conceptos posteriores, del mismo modo que tampoco sería razonable aceptar sus categorías como si no hubieran sido revisadas. El interés del documento consiste precisamente en permitir esa comparación histórica.

La edición de 1972 y su antecedente de 1964

La edición conservada en Librería5 fue publicada por Producciones Editoriales en 1972. La página legal identifica al traductor como E. Fariñas, atribuye la portada a Chaco y contiene el depósito legal B. 32302-72. La impresión figura a nombre de Ballgraf, establecimiento situado en la avenida del Ferrocarril, número 103, de Hospitalet.

La cubierta presenta el título en grandes letras negras y una ilustración femenina acompañada de un reloj de arena. La contraportada utiliza un diseño mucho más sencillo y lleva la indicación Joyas literarias, junto al precio impreso de 50 pesetas.

Esta información permite identificar el ejemplar sin recurrir a interpretaciones posteriores. El precio es un dato particularmente interesante porque conserva el posicionamiento comercial del volumen en el mercado español de comienzos de los años setenta.

La investigación bibliográfica ha permitido localizar un antecedente importante: El peor pecado ya se encontraba publicado en Barcelona en 1964, por Editorial Ferma, dentro de la Colección Popular Ferma, número 21.

Diferentes librerías especializadas conservan registros de aquella edición, que atribuyen igualmente la autoría a Helmuth von Sohel y la traducción a E. Fariñas. Algunas fichas indican alrededor de 189 páginas y formato de bolsillo.

La existencia de esta edición anterior demuestra que el volumen de 1972 no constituye la primera aparición documentada de la obra. También permite reconocer una continuidad entre las colecciones de literatura popular de la década de 1960 y las publicaciones posteriores de Producciones Editoriales.

Sin embargo, la diferencia de extensión obliga a ser prudentes. Nuestro ejemplar de 1972 contiene capítulos que, según el índice, comienzan en páginas posteriores a las 189 atribuidas al volumen de Ferma. El último apartado registrado, El modus operandi del tratante, empieza en la página 233.

La discrepancia demuestra que ambas presentaciones no pueden describirse simplemente mediante una paginación común. Pero no permite establecer si el texto de 1972 fue ampliado, si cambió la composición tipográfica o si las fichas de la edición antigua contienen errores. Para resolverlo sería necesario comparar físicamente ambas ediciones.

Tampoco disponemos de una comprobación completa de la última página numerada del ejemplar conservado, por lo que evitamos atribuirle una extensión total deducida exclusivamente del índice.

El dato documental más relevante sigue siendo la coincidencia entre el autor seudónimo y el nombre del traductor. La edición de 1964 ya presentaba esa particularidad, y la publicación de 1972 la conserva.

El uso de nombres extranjeros era una práctica comercial reconocible en la literatura popular española. No obstante, la cuestión concreta de si El peor pecado fue redactado originalmente en castellano sigue necesitando una prueba documental más sólida que la mera correspondencia de nombres.

También merece atención la atribución gráfica de la cubierta. La página legal identifica a Chaco como responsable de la portada, un crédito que conviene conservar porque muchas fichas comerciales omiten por completo el trabajo de ilustradores y diseñadores.

La imagen resulta representativa de una determinada manera de vender publicaciones sobre sexualidad y criminalidad. El libro denuncia o examina un fenómeno relacionado con la explotación de mujeres, pero se presenta mediante una ilustración que utiliza la sensualidad femenina como reclamo comercial.

Más que una contradicción exclusiva de esta obra, se trata de un recurso frecuente en la historia de la edición popular. La promesa de denunciar los peligros de un mundo clandestino podía utilizarse al mismo tiempo para despertar la curiosidad hacia ese mismo mundo.

Desde la perspectiva documental de Librería5, el ejemplar de 1972 conserva así varios niveles de interés: la historia de la trata de personas, el lenguaje moral de la época, la evolución de las publicaciones sobre criminalidad y las prácticas de atribución de autores en la industria española del libro popular.

Pero quizá su aspecto más singular sea la pequeña investigación que comienza con dos nombres impresos en una página legal. Un supuesto autor alemán y un traductor español que, según los repertorios bibliográficos, remiten a una misma identidad literaria. Esa circunstancia no resuelve todos los interrogantes sobre el origen del texto, pero proporciona una pista concreta para seguir investigando.

El libro termina siendo interesante por una razón que probablemente no figuraba entre las intenciones de quienes diseñaron su cubierta: permite estudiar no solamente cómo se narraba el delito, sino también cómo se construía la autoridad de quien afirmaba conocerlo.

Ficha bibliográfica del ejemplar

Obra

Título
El peor pecado
Autor identificado
Enrique Martínez Fariñas
Seudónimo
Helmuth von Sohel
Primera edición localizada
1964
Género
Divulgación criminal e historia de la trata de mujeres

Edición

Editorial
Producciones Editoriales
Denominación editorial
Joyas literarias
Año
1972
Autor en cubierta
Helmuth von Sohel
Traducción acreditada
E. Fariñas
Portada
Chaco
Depósito legal
B. 32302-72
Imprenta
Ballgraf, avenida del Ferrocarril, 103, Hospitalet
Precio impreso
50 pesetas

Ejemplar de Librería5

Documentación examinada
Portada, contraportada, página legal e índice.
Último capítulo del índice
El modus operandi del tratante, página 233.
Particularidad bibliográfica
El nombre del traductor acreditado, E. Fariñas, coincide con el apellido del escritor identificado detrás del seudónimo Helmuth von Sohel.
Estado visible
Cubierta y contraportada con señales de uso y envejecimiento.

La edición de 1972 no muestra un ISBN en la página legal examinada. La extensión total del ejemplar no se ha confirmado mediante recuento físico. La identificación de Enrique Martínez Fariñas como autor tras el seudónimo procede de repertorios bibliográficos externos; la atribución impresa en cubierta es Helmuth von Sohel.

Fuentes consultadas